Capítulo 6
Esa noche Sirius se sentía de buen humor. Hizo todos sus deberes tarareando para sí, sin molestarse en comentar que no le hacían ninguna falta para aprenderse las lecciones, como era su costumbre, y anduvo jugando con un avión de papel, siempre alegre, mientras esperaba que su hermano acabara los suyos. Cuando Draco finalizó se entretuvieron junto a Pansy con un juego de snap explosivo, de vez en cuando echando miradas curiosas al reloj del rubio puesto sobre la mesa. Esto parecía irritar a Pansy, que prácticamente llevaba toda la conversación, hasta que por fin dijo que estaba cansada y se fue a su cuarto. A la medianoche, cuando ya sólo quedaban alumnos de cursos superiores estudiando en silencio, Sirius estaba tan satisfecho que prácticamente le dejó indiferente que el castillo de naipes estallara durante su turno.
—En este momento el par de idiotas habrán salido para buscarnos —comentó, contento.
—No puedo creer que realmente hayan pensado que íbamos a tener un duelo de magos —dijo Draco, no por primera vez, y volvió a sonreír—. Mentira. Se me hace perfectamente posible. ¿Te encargaste de informarle a Filch, no?
—Por supuesto, ¿por quién me has tomado?
Ambos volvieron a reírse. Draco apenas se acordaba ya de su desazón anterior. Estaba como si se hubiera librado de una piedrecilla que había estado fastidiándole el zapato durante todo el día. Sirius se sentía como un niño que podía balancear los pies por sobre una silla chupando un dulce, sin ninguna preocupación en mente. Cuando los chicos de séptimo acabaron amenazándoles con convertirlos en gusarapos si no dejaban de hacer ruido, ellos simplemente se fueron a dormir como si no lo hicieran por sus varitas en alto si no porque ya les ganaba el sueño. Descansaron sintiéndose ligeros y libres.
Razón por la cual fue tan pesado el golpe de ver a Potter desayunando como si nada. Draco sencillamente se derrumbó en su asiento, sin poderle creer a sus ojos, mientras Sirius echaba volcanes de pura frustración por los suyos.
—Maldito suertudo... —gruñó, masticando con mucha fuerza su comida. Apenas esperaba a tragar—. ¿Puedes creerlo, con esa gata infernal que tiene? Se libró de McGonagall, se libró de Filch. ¿Qué debe hacer uno para que lo echen? No te digo yo que es un rarito...
Y continuó derramando su enojo hasta que Blaise, aburrido con escucharlo, se los hizo saber:
—Sinceramente no sé de qué se asombran —Levantó un pedazo de tocino y lo masticó tranquilamente antes de proseguir. Como esperaba, tenía la total atención de los hermanos—: Es el niño que vivió, ¿no? Desde los pañales tiene la habilidad para saltarse lo que no le resulta conveniente, como morirse o cosas así. Si fuera ustedes dejaría de perder el tiempo tratando de forzar su buena suerte. Si el Innombrable no pudo... —se encogió de hombros— Me parece a mí que es una batalla perdida.
—¡Trató de tirar a Draco de su escoba! —replicó Sirius, indignado, dando un golpe a la mesa—. ¡A esa altura y por una estúpida cosa que cuesta tres miserables galeones! Y encima le premian por eso. Dime tú si no es razón suficiente para molestarse.
—Lo es —concedió Blaise sin perder la calma, cortando sus huevos como si nada más hablaran de sus horarios—. Pero existen mejores asuntos a las cuales dedicarse. Sólo eso digo.
Sirius se volvió a Draco, esperando compartir la amargura, pero este miraba a Blaise con una expresión pensativa. Parecía que se estuviera tragando un remedio de sabor horrible que, sin embargo, aceptaba.
—No —soltó Sirius antes de que dijera cualquier cosa.
Draco elevó una ceja.
—Tiene un punto —recalcó y continuó con la vista perdida, reflexivo—. Potter es... especial. O al menos eso debe creer todo mundo. Están predispuestos a pensarlo. No es tan insignificante y fácil de hacer un lado como Longbottom.
Sirius lo vio como si acabara de decir que estaba ansioso de darle un gran abrazo al calamar gigante.
—¿Entonces qué? ¿Lo dejamos pasar y ya está?
—No —respondió Draco, frunciéndole el ceño, molesto por su insinuación—. Pero habrá que ser cautelosos. En algún momento Potter cometerá un error o se le acabará la suerte y nosotros estaremos ahí para verlo. Además —dijo, echándole una mirada a Crabbe y Goyle, sentados frente a él— algunos de nosotros tienen sus tareas pendientes.
Goyle bajó la mirada y masculló algo de que ya estaban en eso. Crabbe se limitó a hacer oídos sordos, pero Sirius se dio cuenta de que desayunaba con menos entusiasmo que antes, casi con recelo. A veces Sirius no se explicaba de dónde nacían reacciones, pero ahí estaban y parecían completamente naturales. Tanto para ellos como para Draco.
—¿Ah, sí? —inquirió el rubio—. Pues entonces veré lo que han hecho esta tarde. McGonagall ya les regañó una vez y ya es bastante desagradable la voz de Flitwick sin que ande lamentándose.
Draco era inflexible y no admitiría excusa al respecto. Estaba determinado a hacer que sus amigos pasaran el año a su lado. Si a veces tenía que ponerse un poco duro para conseguirlo no le molestaba para nada. Sirius podía verlo siendo la pesadilla de toda una generación de estudiantes sólo porque se habían comido una coma y la idea le hizo sonreír por un momento.
Sin embargo, como a él le comentaron más tarde, aprovechando que Draco estaba en el baño, no habían hecho absolutamente nada para sus clases y se les hacía pesado leer tanto libro. Goyle afirmó que era demasiado y Crabbe ni siquiera entendía algunas de las asignaturas. Los dos habían sido educados en casa como los Malfoy. Les costaba adaptarse al cambio de ver suceder a la magia a su alrededor a estudiarla en profundidad. Antes simplemente estaba ahí, sin necesidad de explicaciones.
—Por Merlín —dijo Sirius, girando los ojos. Echó una ojeada a la puerta por la cual Draco había desaparecido y se les acercó—. Escuchen, yo lo distraeré hoy y mañana los ayudaré con lo que haga falta. Si pueden hagan algo mientras no estamos, ¿de acuerdo?
Los dos afirmaron con la cabeza, Goyle esbozando una sonrisa de agradecimiento.
Al final de la última clase, Sirius propuso a Draco ir a ver los entrenamientos del equipo de Slytherin. Le tomó un tiempo convencerlo de que sería una manera divertida de matar el tiempo y mientras se lo llevaba, levantó el pulgar en dirección a sus amigos a espaldas del rubio y los apremió a desaparecer antes de que éste los notara. Pero justo entonces Draco se volvió.
—¿No vienen? —preguntó.
Sirius se lo temía. Cochina costumbre de andar siempre acompañado.
—Eh... —dijo Goyle, intentando sacar una excusa convincente.
—No te preocupes por ellos. Les aburriría demasiado, ¿no, chicos?
Cabecearon en afirmación, muchas veces, mientras salían del aula. Sirius se llevó a su hermano poniéndole un brazo sobre los hombros, hablando de lo interesante que sería las pelotas oficiales de cerca, hasta que salieron del montón de alumnos y Draco, pese a su escepticismo, pronto no pudo contener su propio entusiasmo. Los jugadores todavía no habían salido de los vestuarios cuando llegaron, pero sí otros aficionados curiosos ya sentados en las gradas. Aprovechando tanto espacio ellos dos buscaron los asientos del medio, donde podrían ver el campo en su totalidad sin problemas. Mientras esperaban hablaron de sus esperanzas de que su equipo ganara la copa al final del año y que la entrada de Potter acabaría revelándose como lo que era; una medida desesperada. Desde su sitio podían alcanzar a ver un pedazo del lago y por un momento les pareció ver un tentáculo hundirse rápidamente. No muy lejos de ahí asomaba la copa de un árbol extremadamente feo, que se puso a dar puñetazos a un pájaro desprevenido.
Los jugadores salieron. Sirius vio que Draco ponía una especial atención en el buscador que tenían ahora, seguramente esperando encontrar la manera de superarlo en cuanto pudiera. Él, siguiendo su ejemplo, observó a los golpeadores. El capitán, Marcus Flint, apareció por un costado llevando la caja con las cuatro pelotas oficiales. Dio un par de órdenes para ubicar a sus compañeros en sus lugares asignados e hizo un gesto para decirles que se elevaran. Liberó a las bludger con un pase de varita y, contando diez segundos después, dejó ir a la snitch. Ninguno montaba una Nimbus, pero en general se movían bastante bien. El buscador, cuando creía haber visto su objetivo, era capaz de dar los giros más violentos y descarados con tal de conseguirla. Draco, a su pesar, estaba impresionado e impaciente por verlo en acción. A Sirius le pareció que sus golpeadores eran más bruscos que calculadores, pero tenían una puntería decente al menos. Cada vez que fallaban en su objetivo sentía el imperioso deseo de ponerse de pie, ir hasta ahí y golpearles con sus bates para demostrarles cómo debía hacerse. Creía que él podría haberlo hecho mucho mejor sin que la vida se le fuera en ello, como a veces daban la impresión de hacer.
—¿Cuál crees es la mejor escoba? —le preguntó a Draco durante un descanso, mientras el capitán daba nuevas instrucciones.
—Diría que la de Flint —afirmó el rubio sin dudar, como si ya lo hubiera pensado antes—. Es la única que mantiene la velocidad constante y no da sacudidas cuando se detiene bruscamente. Una Cometa 156, si no me equivoco.
—Sí, tienes razón —coincidió Sirius.
Y entonces empezaron a hablar de lo que le parecían lo jugadores en general. Cinco veces fue atrapada la pelota más pequeña y cinco veces fue liberada antes de que Marcus hiciera sonar su silbato, indicando el final del entrenamiento. Les dijo a todos que ojala se desempeñen mejor en su próximo partido. No lo dijo pero el "o si no" estaba de alguna manera implícito en su tono de voz. Draco parecía más animado que antes, pero se quedó desconcertado cuando Sirius le dijo que volviera a la Sala Común sin él.
—Tengo que preguntarle una cosa a Flint —excusó mientras descendía por las gradas.
—No te dejará entrar al equipo —le avisó Draco, aunque sin lograr disimular su frustración.
—No es eso... —dijo Sirius y le dirigió una sonrisa, desapareciendo por una esquina.
En la Sala Común encontró a sus amigos intentando hacer sus deberes. Ver las posibilidades de Slytherin para ganar sobre las demás casas le había puesto tan benevolente que casi no dijo nada cuando vio que ninguno de los había hecho gran cosa e incluso los ayudó a terminar. Pansy, que justo pasaba cerca cuando él se esforzaba por explicarles un concepto de Transformaciones, se les unió y confesó que tampoco lo tenía del todo claro. Para cuando Sirius apareció, poco antes de la cena, ya eran un grupo perfectamente organizado de estudio: Draco, obviamente, estaba en su elemento mientras corregía errores y daba indicaciones. Apenas si le dirigió un saludo con la cabeza cuando él tomó asiento cerca de ellos, sin dejar de explicarle a Goyle la diferencia entre el hechizo de succión y el de inmersión forzada.
Para cuando todos tuvieron sus trabajos terminados y dudas aclaradas, la muchacha se deshizo en un agradecimiento efusivo que, lejos de incomodarlo, encantaron al rubio. Crabbe y Goyle liberaron sendos suspiros de alivio, y Sirius encontró que ese era el momento apropiado para abordar a su hermano. Le puso una mano en el hombro y señaló con la cabeza en dirección al cuarto de los chicos. Quería hablarle en privado. Draco hizo un gesto de que le entendía y se volvió a Pansy, con la que había seguido hablando de las otras materias. Sirius no había terminado de subir las escaleras cuando su rubia presencia le alcanzó y le dio una palmada amistosa, que fue aceptada con una mirada de curiosidad y cautela.
Se aseguraron de que en la habitación no había nadie más y el mayor cerró la puerta. Se volvió esbozando una gran sonrisa.
—¿Vas a decirme ahora qué hiciste? —preguntó Draco.
—Sí, y creo que vas a adorarme cuando te lo cuente —Rebuscó entre los bolsillos de su túnica y sacó un pedazo de pergamino doblado—. Léelo y llora.
Lo hizo, aunque con un vago de inquietud. Las palabras ahí escritas rápidamente se encargaron de quitárselo de encima. Examinó la firma del final como si fuera a convertirse en humo en cualquier momento, observó a su hermano con una expresión tan pasmada que parecía aspirante a atrapar hadas con la boca
—¿Cómo lo...? ¿Qué—qué hiciste para que Flint aceptara esto? —levantó el pergamino en el aire y no pudo evitar volver a leerlo, pese a que lo había entendido perfectamente.
Ahí, más claro que el agua, Flint se comprometía a permitirles a Sirius y Draco Malfoy utilizar su escoba y la de su golpeador cuando los otros equipos no estuvieran utilizando el campo para entrenarse. Draco vio que su hermano sonreía todavía más contento por conseguir esa reacción de él, así que procuró mudar a una más compuesto y repitió su duda.
—No fue tan difícil. Sólo tuve que comprometerme a un par de cosas.
Ahí estaba. Justo lo que Draco no quería escuchar.
—¿Como cuáles? —preguntó entrecerrando los ojos.
—No pongas esa cara, que no fue nada del otro mundo —Como la cara de Draco no varió, lanzó un suspiro—. De acuerdo. Le dije nos entrenaríamos, sólo eso, y que el año que viene, cuando su buscador se gradúe, ya tendrá a un buen par de candidatos listos para el puesto.
—¿Qué más? —preguntó.
Parecía todo demasiado simple y su intuición no le falló. Sirius dibujó una expresión algo contrariada. Se quedó un momento en silencio, mirando las cortinas y por fin confesó.
—Le prometí 30 galeons.
Draco por un momento no encontró qué decir. 30 galeons no eran una cantidad precisamente modesta pero tampoco digna de arrancarse los pelos. Sobretodo considerando que la fortuna de los Malfoy se había incrementado de forma considerable desde que agregaron la fortuna de los Black, sobre la que Sirius era titular oficial. Sus padres nunca se darían cuenta si unas simples monedas llegaban a faltar de un día para el otro.
—¿Y cómo piensas sacarlos de Gringotts? —preguntó con verdadera curiosidad.
—Puedo pedírselo a Kreacher cuando quiera —respondió Sirius, haciendo un gesto despreocupado con la mano—. Yo soy su amo, ¿recuerdas? Ni siquiera tiene que decírselo a nadie a menos que yo se lo ordene.
—Bueno, eso no suena completamente terrible. ¿Algo más? —inquirió el rubio.
—Bueno... —Las cejas de Draco descendieron. Sirius miraba con mucho interés un poste— le dije algo así como que si estropeábamos alguna de las escobas les conseguiríamos unas nuevas. Puede ser que le haya mencionado que serían un par de Nimbus...
Sirius esperó una explosión de reproches y regaños, pero en su lugar vio a la cara de su hermano vaciarse de toda expresión. Pálido (todavía más pálido de lo que era) se dejó caer en la cama más cercana, la de Crabbe. Miró a Sirius con una combinación de incomprensión y sorpresa, como si intentara comprender cómo un ser tan increíblemente estúpido pudiera existir en la realidad.
—Mira, antes de que digas nada —se adelantó Sirius, algo molesto—, el trato era "solo si" estropeábamos las escobas. Siempre y cuando se las devolvamos enteras después de usarlas no tiene por qué haber ningún problema.
—Ah, bueno, qué alivio saber que lo tienes todo perfectamente planeado —ironizó Draco y, aunque no elevó la voz de ningún modo, un par de manchas rosadas aparecieron en sus mejillas—. Un real alivio. Y yo que temía que fuera algo para preocuparse. Se te ha ocurrido nada más esta tarde, ¿cierto?
—Una parte y la otra mientras le hablaba a Flint —reconoció Sirius, encogiéndose de hombros. Draco elevó los ojos hacia el techo—. No sé cuál es el gran problema. Creí que te alegraría que pudiéramos volar mientras estemos aquí hasta que podamos presentarnos a las pruebas.
—El problema, Sirius —dijo Draco, haciendo gala de paciencia—, es que si por casualidad le sucede algo a la escoba de Flint tendremos que sacarnos otro par de escobas de la manga. ¿Has pensando en que Flint podría dañarla él mismo sólo para conseguir las Nimbus?
—Lo hice y le dije que la revisara justo después de que las usáramos. Si algo le sucedía después ya no es nuestro problema. Él aceptó todo y la verdad pareció contento con tener los galeons.
—Y tú crees que está todo bien, ¿no?
—Sí, ahora que lo dices, sí —Ahora estaba realmente exasperado—. Deja de preocuparte. Este papel sólo tiene mi firma, la del golpeador y Flint. Si sucede algo malo, lo que sinceramente no creo, yo soy uno de los responsables. Tómalo.
—¿Qué? —Draco no se fijó en su hermano, contemplaba el pergamino como si lanzara destellos multicolores.
Sirius se acercó y le embutió el pequeño contrato en la mano, cerrándola en un puño con la suya.
—Listo —dijo, apartándose con los brazos en alto, como si declarara que el asunto ya no era con él—. ¿Satisfecho?
Draco parecía que había perdido el hilo de sus pensamientos. Se concentró en lo que acababa de recibir por un tiempo absurdamente largo. Luego, con un suspiro, se lo guardó en el bolsillo.
—De nada —dijo Sirius, insinuante.
Su hermano le fulminó con la mirada. Sirius, que lo había visto todavía más furioso, pensó que era lo mejor que iba a conseguir.
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