5. Entonces
Tenía pesadillas. No todas las noches, pero sí bastantes. Su frecuencia disminuyó en los días que siguieron a mi estancia en el manicomio, pero también se volvieron más vívidas y truculentas. Había una en particular que se repetía: estaba en mi antiguo ático, el escondite caluroso y estrecho de mi primera vida, cuando descubría mis dones por primera vez. Mi sueño repetía el momento en el que las voces me sorprendieron por primera vez. Al principio iban despacio. Solo un susurro, un pensamiento, un nebuloso espejismo que, desatado, tanteaba para colarse en mi cabeza. Me lo sacudía de encima. Pero persistía. Y, de pronto, había más. Se arrastraban hacia mí y dentro de mí como millones de insectos invisibles de muchas patas, invadiendo cada uno de mis sentidos hasta que estuve abrumada por la sensación de extrañeza. Mi carne picaba y se estremecía ante el exceso de entidades extrañas atacándome repentinamente. Me rascaba los brazos, piernas y estómago hasta hacerme sangre. Al ver que eso no funcionaba, me tiraba del pelo, arrancándomelo a puñados, con la esperanza de que el dolor me alejase de otras sensaciones. No lo hacía.
Mi familia pensaba que estaba poseída por un espíritu maligno y, en aquella época, como yo no sabía que otra cosa pensar, les creía. Un cura me echaba agua bendita por encima y recitaba cantos en lenguas melodiosas que yo no entendía. El asombro y el horror colectivos de la pequeña multitud mientras eran testigos del inútil exorcismo fluían a través de mí como agua, y me daban náuseas. Vomité en la cama, y en el cura, y empecé a llorar. Me llevaban atada como a una loca al hospital psiquiátrico más cercano – en aquellos días, poco más que una prisión con médicos casi tan locos como sus pacientes – rechazada, y olvidada. Estaba totalmente sola, y moría de hambre y enfermedad a las pocas semanas.
El sueño terminaba en puntos distintos, noches distintas. A veces recorría todo el espectro de mis muchas vidas. A veces terminaba tras el día en que por primera vez manché mi espada de sangre (grité durante una hora para intentar distraerme de la satisfacción que había sentido). A veces terminaba con mi primer episodio en el ático. Pero siempre me despertaba bruscamente, como si hubiese caído desde gran altura, con la piel cubierta de sudor frío. No gritaba en sueños. Hacía muchos años que había aprendido a silenciar mis terrores nocturnos. El Joker se sentaba a cierta distancia, mirándome. Nunca dormía a mi lado. Ni siquiera estoy segura de que durmiese alguna vez. Yo no decía nada, pero me acercaba a él, y él venía a mi lado, y me consolaba. No con palabras bonitas o caricias para distraerme. Simplemente tomaba mi mano, la ponía contra su pecho, y esperaba. Él ya entendía, de algún modo, como funcionaba mi mente. Se mantenía silencioso cuando estaba cerca de mí. Y ese silencio se colaba en mi interior, me calmaba, y hacía que el miedo se desvaneciese en la lejanía. No se iba del todo – ambos lo sabíamos. Pero se encogía hasta un tamaño razonable.
Es curioso, pero nunca tuve pesadillas en el manicomio. A lo mejor es por lo poco que dormía. Y le echaba muchísimo de menos. No me di cuenta de cuánto hasta que pude estar cerca de él otra vez. Me inquietaba lo mucho que le necesitaba. Hacía mucho que me había adaptado a no necesitar a nadie. Escuchar mis propios pensamientos era más fácil y a la vez más difícil cuando estaba cerca de él. Más caótico. Cuando se lo dije por primera vez, lo había dicho en serio, pero nunca antes me había dado cuenta de hasta qué punto era verdad.
Ya que os hice esperar tanto, subo dos capítulos seguidos. Sed felices xD
