Hola! Aquí estamos de nuevo ¿Qué se le va a hacer? Vuestros rw me dan la vida y la inspiración vuela. Muchísimas gracias por el apoyo que está recibiendo esta historia, sois geniales todas, de verdad que me animáis el día.
Como siempre quiero dedicar mis palabras a esas personitas que hacen que mi vida sea mejor con estar en ella, son muchas y ellas ya saben quienes son así que no me enredaré, para todas vosotras, os quiero. #Squad
En fin, solo me queda recordaros que los personajes que aparecen en este fic no me pertenecen, ojalá lo hicieran, por lo que solo me pertenece mi loca imaginación.
Disfrutad de la lectura.
CAPÍTULO 6
Todo, absolutamente todo mi armario estaba encima de mi cama, no sabía qué ponerme, si vestir demasiado atrevida o recatada y elegante para mi cita con Regina… no era una cita más, ni una cualquiera, no, era la gran cita pues el mensaje era claro, en su casa a las ocho dispuesta a probar su famosa lasaña.
El cenicero de mi mesita de noche estaba abarrotado de colillas y los nervios no me abandonaban y millones de escenarios bailaban en mi mente sobre nuestro nuevo encuentro. No sabía si saludarla con un beso en los labios o en las mejillas, si darle un abrazo o mantener las distancias...
Labios, solo de pensar en sus labios me estremecía por completo, llenando mis recuerdos con su beso, ese beso que me tomó completamente desprevenido y que había sido incapaz de sacar de mi cabeza. Su sabor se había vuelto mi nueva adicción y suplía su falta encendiendo mis cigarrillos, uno tras otro, suspirando, sintiendo mi corazón acelerado en el pecho, echándola de menos pero sabiendo que no podía acelerar las reglas del juego, que ella debía dar sus pasos, trazar los límites de nuestros encuentros.
Miré el reloj y un gemido ahogado se escapó de mis labios. Cogí el primer modelo que encontré entre todo el revoltijo de ropa que había sobre mi cama y corrí a darme una ducha, no quería llegar tarde.
Una vez arreglada, cogí mi coche rumbo al apartamento de Regina, parando de camino para comprar una botella de vino pues me parecía de mal gusto presentarme con las manos vacías.
Cuando llegué al barrio de la morena, agradecí internamente mis ansias de verla que me empujaron a salir con demasiada antelación ya que solo en aparcar tarde cerca de veinte minutos. Maldije con todo mi ser el tráfico infernal de la ciudad mientras andaba a grandes zancadas por la acera, acercándome a mi destino demasiado nerviosa y excitada, pensando en una nueva y maravillosa velada junto a Regina.
Llamé al timbre soltando un suspiro y, en menos de cinco minutos, su voz a través del interfono dibujó en mi rostro esa sonrisa idiota que no se me borraba. Entré al portal en cuanto me abrió, dirigiéndome al ascensor ya que Regina vivía en el ático y quince pisos a pie no me veía capaz de subirlos sin perder por el camino un pulmón.
El viaje dentro de esa caja metálica se me hizo eterno, observando mi reflejo en el espejo, recolocando mechones rebeldes de mi cabello y haciendo muecas estúpidas para pasar el rato hasta que, finalmente, se detuvo en el piso indicado y salí al pasillo, encontrándome de frente a Regina, esperándome en el rellano ya que en el ático solo estaba su apartamento.
Su sonrisa blanca sacudió todo mi interior y me quedé en blanco sin saber bien qué decir, observándola, tan impecable como siempre, tan perfecta… Me fijé que su atuendo era el típico de andar por casa, unas mayas oscuras, camiseta básica blanca, iba descalza y eso hacía que se viese demasiado adorable.
Ella se me acercó y mi aliento se detuvo anticipando su saludo, cerrando los ojos al sentir el suave toque de sus labios rozando los míos.
-Buenas noches Emma, ¿Tienes hambre?
-Mucha… Traje vino
Ella echó un vistazo a la botella que temblaba en mis manos, cogiéndola con suavidad y mostrándome una vez más esa sonrisa que me tenía robado el sentido, mientras tomaba mi mano y me conducía a su hogar.
Recuerdo que lo primero que vi al entrar era la decoración minimalista y exquisita, todo tenía un lugar y estaba limpio, lo contrario a mi escueta habitación de motel llena de trastos por todos lados.
Ella me guió a la cocina, enseñándome con orgullo las distintas estancias que componían su morada mientras yo no podía dejar de mirarla y preguntarme qué milagro del altísimo había hecho posible que una mujer como ella me viese a mí, quisiera pasar tiempo junto a mí.
La cocina me recibió con aroma a hogar, ella me dejó sola unos instantes buscando copas para degustar el vino que le traje mientras yo llenaba mi alma del calor que me embriagaba desde que había conocido a Regina, preguntándome cuánto tiempo aguantaríamos en esa cuerda floja que solo yo conocía, cuánto tiempo querría seguir a mi lado al conocer el turbio pasado que traía conmigo en mi espalda.
Ella volvió, orgullosa y dulce, llenando las copas con el vino y ofreciéndome una con toda ceremonia haciéndome reír.
-¿Por qué brindamos Mills?
-Por nuestra cuarta cita Swan, que sea tan especial como las tres que le preceden
Mi sonrisa y un sonoro choque de copas fue toda la respuesta que Regina recibió. Bebimos concentradas en analizarnos la una a la otra unos instantes, fingiendo que degustábamos ese elixir de uvas fermentadas tan popular y que a mí no terminaba de convencerme del todo, prefería la cerveza.
El timbre del horno nos sobresaltó y empezamos a reír sin poder evitarlo. La cena estaba lista por lo que Regina me pidió que le echase una mano colocando los cubiertos, al parecer usaríamos la misma cocina para cenar y no me opuse, una cena más informal y sin todo el lujo de un gran comedor me haría sentir infinitamente más cómoda.
Ya colocadas en la isleta de la cocina, Regina sirvió nuestros platos con generosas raciones y mentalmente lo agradecí pues, a pesar de mi vientre plano y mis músculos siempre había sido una mujer de buen comer.
Devoré, no pude evitarlo, desde el mismo momento en el que mis papilas gustativas probaron aquel manjar de Dioses que Regina llamaba lasaña, en menos de cinco minutos había limpiado el plato ante su mirada estupefacta.
-Veo que te ha gustado la cena
-¿Gustarme? Me ha encantado… Con tu permiso tomaré más
Sí, posiblemente me estaba tomando demasiadas libertades pero creedme, esa lasaña bien lo merecía, como también lo merecía su risa a carcajadas mientras, orgullosa, me servía un nuevo plato que duró exactamente lo mismo en él, cinco minutos.
Mientras terminábamos de comer, o al menos Regina terminaba y yo la observaba ya que ella comía como una persona civilizada y no engullía como yo, hablamos de todo y nada, le conté mis nuevas aventuras en la cafetería donde trabajaba y que cada día era como para escribir un libro de frases célebres de borrachos, de rupturas amorosas escandalosas, encuentros de enamorados fortuitos… Vidas ajenas que pasaban ante mis ojos y yo las compartía con Regina, viendo como se iluminaba su mirada y se ensanchaba su sonrisa ya que estar tantas horas encerrada en un despacho debía ser tremendamente aburrido.
Tras la lasaña, Regina sacó el postre, un pastel de manzana que tenía una pinta fabulosa e hizo rugir mi estómago como si no lo hubiese alimentado antes con dos platos generosos de lasaña. Ella me sirvió a mi primero, haciendo gala de su buena educación y esta vez tuve la decencia de comer más despacio para no parecer una vagabunda muerta de hambre.
Tuve que hacer grandes esfuerzos ya que, si la lasaña era un manjar de dioses, esa tarta de manzana debería ser ilegal por crear una severa adicción… Ya no podría vivir sin ella, eso estaba claro.
Con los platos vacíos, las risas iban y venían en la sobremesa, siendo yo la payasa de siempre y provocándole carcajadas que me encargué de inmortalizar con mi teléfono, haciéndole fotos una y sacándonos selfies que guardaría como un tesoro, así al no estar junto ella podría verla y memorizar sus perfectas facciones.
De pronto ella me miró, como solía hacer que mi mundo se detuviese, con tanta intensidad, tantas emociones en sus pupilas oscuras que hacían bailar mi estómago. Sus labios buscaron los míos, regalándome el segundo beso de la noche si contamos el que me dio al verme. Un beso suave, sin prisas, memorizando el recorrido de mi lengua en sus labios, la explosión de su sabor en mi boca, sus pequeños mordiscos, los gemidos ahogados que escapaban entre suspiros llevándome al mismísimo infierno en un solo segundo…
Rompió el beso como lo había iniciado, suavemente, dejando su huella en mis labios, tomando mi mano sin decir nada y llevándome al salón donde me dejé caer en el sillón sin apartar mi mirada de ella, cada vez más nerviosa, sin saber cómo proceder. Fue su voz la que me sacó de mis ensoñaciones, obligándome a bajar de las nubes y concentrarme en ella para no parecer una idiota.
-¿Te apetece un vaso de sidra?
-Claro…
Ella se alejó y pronto el sonido de los hielos contra el cristal me indicó que estaba sirviendo las copas que había propuesto. No tardó en volver con aquel elixir, sentándose a mi lado y entregándome un vaso del que bebí de inmediato, intentando tragar el nudo de mi garganta.
El silencio bailó entre nosotras mientras bebíamos, mirándonos sonrientes, nerviosas, tanteando el terreno sin saberlo, hasta que, con el vaso ya vacío y al parecer incitada por el alcohol que había conseguido desinhibirla, acarició mi mejilla con ternura provocándome un escalofrío y que mis ojos se clavasen en sus labios, deseando con locura volver a probarlos, cuando su voz rompió el silencio deteniendo mi corazón al menos unos instantes.
-Emma quiero que te quedes, quiero que pases aquí la noche, conmigo.
