Sidestory 6
NÉMESIS
Luz, calidez... presencias. Varias, en ese momento no estaba seguro de cuántas, eran más de una, pero quizá solo dos o tres.
Una de esas presencias se acercó a él. Claro que ese término no es exacto, porque no había distancias, ni dónde ni cuándo, pero la mente de Kanon solo podía traducir aquello como una aproximación, de la misma manera que se empeñaba en describir esa presencia como una luminosidad del color del oro antiguo y las violetas silvestres, aunque en ese lugar tampoco existían los colores. La presencia era algo cálido... algo... quizá más bien del color de la última miel del otoño y con una extraña brillantez de fuego violeta... aunque Kanon sabía de sobra que no existe el fuego violeta y no tenía idea de qué tono de dorado corresponde a la miel recolectada en otoño... en el caso de que en verdad se recolecte miel en otoño, pero cuando tu mente trata de hacer comprensible lo irracional, las asociaciones que salen de ello no pueden menos que ser extrañas.
Lo reconoció.
Reconoció el cosmos cálido y misterioso que lo había sostenido en Cabo Sunión las veces que estuvo a punto de ahogarse, el mismo que lo había traído de vuelta de las sombras a pesar del tridente de Poseidón atravesándole el pecho... y que ahora lo había salvado de la Explosión de Galaxias.
-¿Atenea?
-No me insultes.
Había resentimiento en aquella presencia.
La mente de Kanon, siempre empeñada en traducir la irrealidad de la Otra Dimensión en algo que tuviera un mínimo de sentido, empezaba a darle rasgos a aquella luminosidad. Persistía la luz oro oscuro/violeta, pero ahora rodeaba a un adolescente cuyo cabello era algunos grados demasiado oscuro para ser considerado rubio y algunos grados demasiado claro para ser considerado castaño. ¿Y el fuego violeta? Oh, sus ojos, claro, ojos violeta. Enfurecidos ojos violeta.
¡Bueno! Fénix se había equivocado y eso le hizo sonreír un poco triunfalmente. Si algún día se encontraba de nuevo con el Caballero de Bronce, sería lo primero de lo que le hablaría...
-No eres Atenea.
-Celebro que lo hayas notado –replicó el chico.
Y, no, no había sido su cosmos el que sintiera en el Cabo Sunión… nada más era extraordinariamente parecido al de Atenea. El Fénix tenía razón, a fin de cuentas.
Su entorno se iba aclarando, volviéndose familiar. Podía flotarse ahí indefinidamente, a menos que fueras tan terco como para convencerte a ti mismo de que existía "arriba" y "abajo", o que un cosmos dorado/violeta correspondía a un adolescente tan enfadado casi como para echar chispas. Justo lo que le estaba sucediendo a Kanon.
-Tu cosmos... es muy parecido al de Atenea.
-¡No pronuncies su nombre en mi presencia! Y no tiene nada de raro, ya que somos gemelos. También hay gente que no puede distinguirte de Saga ni siquiera por el cosmos a menos que los conozca bien a los dos.
-Sí, pero Saga y yo somos idénticos –Kanon le lanzó una mirada crítica, el muchacho puso cara de asombro, había esperado cualquier cosa menos que ese mortal lo mirara de arriba abajo como evaluándolo. ¿Desde cuándo los mortales evaluaban a los dioses?-. Tú no te le pareces siquiera.
Bueno, al menos había evitado pronunciar el nombre de ella. El muchacho irguió la cabeza con orgullo y desprecio.
-Dirás que no me parezco a Saori Kido.
-No, me refiero a las estatuas de Atenea que están en el Santuario.
Nuevamente lo había tomado por sorpresa y Kanon sonrió interiormente. En realidad sí se parecía a las estatuas, especialmente a la de Atenea Parthenos. Un poco, nada más, en la forma en la que mantenía un gesto frío y orgulloso y cómo permanecían cerrados sus labios con una expresión de firmeza que fácilmente podía degenerar en ira. Mucha gente sólo veía serenidad en el rostro de la gran estatua, pero él se había acostumbrado a observarla con verdadera atención y podía percibir en aquel joven los mismos defectos de carácter que Fidias había tenido el cuidado de retratar en su obra.
Pero el desconcierto había rendido frutos y ahora el enfado del joven se había esfumado casi por completo, estaba demasiado sorprendido como para poder mantener esa actitud y Kanon podía leer otras señales. También se parecía un poco a Saori Kido, detrás de aquella mirada que quería expresar firmeza, se veía algo de temor y desamparo. Justo como alguien que ha pasado solo demasiado tiempo.
-¿Y puede saberse cómo es que se supone que eres gemelo de Atenea? –preguntó con aire casual, con demasiada arrogancia quizá, pero estaba demasiado acostumbrado a manipular a los grandes dioses como para no tratar de dominar la conversación.
Se había confiado demasiado, y fue su turno de desconcertarse cuando el dios atacó de nuevo, rompiendo el equilibrio que había creado en su mente al inundarla con un torrente, no de palabras, sino de imágenes. La respuesta del muchacho había sido mostrarle su historia en lugar de contársela, con el claro propósito de descontrolarlo tanto como él había logrado descontrolarlo. No era tan tonto como aparentaba...
Sin poder oponer resistencia, Kanon contempló la Era del Mito.
Vio a Zeus tomar por esposa a la diosa de la Prudencia. Metis, la primera reina del Olimpo. Vio a las Moiras revelar el terrible decreto del Hado: Metis daría a Zeus dos hijos, una niña que siempre sería leal al padre y un niño que cumpliría la maldición de Urano. Vio a Zeus asesinar a Metis y absorber dentro de sí la esencia de los dos niños que aún no habían nacido. Vio a Hefesto blandir el hacha sobre la cabeza de Zeus, abriendo una larga herida de la que brotó una luz cegadora que se condensó en la forma de una joven, armada de pies a cabeza, que lanzó un grito de guerra al sentirse libre... y vio lo que los dioses no vieron entonces: cómo el cosmos liberado de Atenea enmascaraba otro cosmos, tan parecido al suyo (pero teñido de violeta) que nadie lo notó hasta que fue demasiado tarde, lo que le dio la oportunidad de huir... huir... a la Otra Dimensión.
-He estado aquí desde entonces –concluyó el muchacho.
Kanon recuperó el control de sus sentidos para darse cuenta de que había caído de rodillas en algún momento, aturdido por el exceso de información. Una sonrisita burlona curvaba apenas los labios de aquel pésimo bromista...
-Bueno, eso fue toda una experiencia –dijo Kanon, afectando indiferencia mientras se ponía en pie-. Un simple "soy el segundo hijo de Metis" habría sido suficiente.
-¿Ah, sí? Parecías tan interesado en saberlo... –la leve sonrisita era ahora una sonrisa verdadera, descaradamente burlona.
-De acuerdo. ¿Y por qué me salvaste?
Era mejor ir al grano.
El muchacho se mordió el labio inferior. Kanon comprendió que había esperado que primero preguntara su nombre, pero no iba a darle gusto en eso. Era él quien guiaba la conversación... y ahora era él quien sonreía con un poco de burla.
-Cuando Atenea obtuvo las armaduras para sus servidores, los otros dioses se sintieron alarmados. Muchos pensaron que su decreto de que los Caballeros combatieran usando sólo sus manos era simplemente una muestra más de su desmesurado orgullo... y que con sus 88 caballeros la diosa de la Guerra Inteligente llegaría a ser demasiado poderosa. Hubo quienes incluso se preguntaron si habían entendido bien las palabras de las Moiras acerca de que el heredero de la maldición era el hijo y no la hija. Así que... con la anuencia de Zeus, Hefesto creó otras 87 armaduras y el rey del Olimpo envió a las diosas de la Justicia a esta dimensión para obsequiármelas... como una ofrenda de paz.
-¿Ochenta y siete? ¿Por qué una menos?
-Para enfatizar que no soy su primogénito. Haga lo que haga y pase lo que pase, Atenea siempre será la princesa del Olimpo, aún si es ella quien termina desafiando a nuestro padre y yo no... pero el que hubiera una armadura menos en realidad fue perfecto, me dio la oportunidad de hacer otra cosa...
-La armadura de Río Eridano –interrumpió Kanon.
¡Bien! Había logrado desconcertarlo de nuevo.
-¿Cómo lo...?
-Mencionaste a las diosas de la Justicia. Ellas tienen bajo su protección la armadura de Río Eridano, y quienes la han usado han estado siempre entre los personajes más excéntricos de la Orden. Siempre son mujeres, y rara vez toman parte activa en los combates, suelen ser más bien furtivas, observando todo, vigilando... Se ha hablado de ellas como el equivalente en oricalco negro a Sagitario, como si en lugar de un Caballero encargado de vigilar a Atenea debiera haber dos. Es a ti a quien sirve realmente Eridano, ¿no es cierto?
-...sí...
-Bien, entonces, tu nombre debe ser Némesis.
Esta vez el chico se quedó boquiabierto.
-¿Cómo lo...?
-Fácil. Las leyendas de Temis y Astrea están bien definidas dentro de la mitología. Pero no sucede lo mismo con las de Némesis. Se contradicen. Es hija de Erebo y Nix, no, es hija de Gea y Tifón, no, es hija de Atlas... es la madre de las Horas, no es la madre de las Costumbres, no, es la madre de Perséfone... –Kanon sonrió-. Se le representa sentada en un trono, como a Hera; coronada, como a Gea; con una rueda, como a Fortuna; con un ramo de espigas, como a Démeter...
-Fortuna es una diosa romana... –corrigió Némesis débilmente.
Kanon sonrió más ampliamente.
-Cierto, en todo caso, la idea de Némesis es tan borrosa en comparación con Temis y Astrea que más bien da la impresión de un cúmulo de rumores referidos a una divinidad cuyo nombre era conocido pero que nunca se manifestaba. Imagino que todos asumieron que Némesis era una diosa porque Temis y Astrea lo eran, y resultaba más cómodo pensar que la Tríada de la Justicia estaba integrada por tres diosas, igual que la Tríada de la Luna.
-Sí, así fue.
-Bien, pero no has contestado mi pregunta. ¿Por qué me has salvado la vida tres veces, Némesis? No habrá sido para hacer rabiar a tu hermana, ¿o sí?
-Un poco... pero también tengo otras razones...
-Pues dilas, con confianza...
Añadir eso último fue un error, Némesis había captado la burla demasiado bien y el fuego volvía a brillar en sus ojos con la misma intensidad que al principio. Kanon dejó de sonreír en un intento por tranquilizarlo, no acababa de salir de una guerra sagrada para terminar enfrentándose a otro dios.
-La elocuencia es patrimonio de Hermes, no me apresures –gruñó Némesis.
Kanon estuvo a punto de suspirar de alivio, no era con él con quien estaba enfadado el chico sino consigo mismo por lo difícil que le resultaba poner sus pensamientos en palabras. Sin duda había pasado mucho tiempo solo... no sabía llevar una conversación.
-Los he observado a Saga y a ti desde la primera vez que llegaron a esta dimensión, en la Era del Mito.
No pudo contener un gesto de sorpresa.
-Nunca notamos tu presencia –admitió antes de poder tener suficiente control como para cerrar la boca.
-Me oculté bien.
-¿Por qué nos espiabas?
Los recuerdos de su vida presente fluyeron como agua en la mente de Kanon. Habían llegado a la Otra Dimensión siendo muy pequeños (¿siete, ocho años?) y la mayor parte del tiempo que habían pasado ahí lo habían gastado jugando... jugaban ahí, como verdaderos niños, por todo lo que no se les permitía jugar en el Santuario, donde todo era entrenamiento... Era ahí donde habían sido realmente hermanos, como en ningún otro lugar ni tiempo... ¿por qué los observaba Némesis? ¿Tal vez habría querido participar?
-¡No los espiaba! –se había puesto rojo, confirmando la acusación-. Yo...
-Bueno, supongo que era aburrido estar aquí sin nada que hacer –sonrió Kanon, haciendo que Némesis enrojeciera todavía más.
-¡Déjame terminar!
-Claro, claro...
-Siempre volvían aquí en cada reencarnación y me acostumbré a verlos. Atenea siempre elegía a Saga como Caballero de Géminis... porque... porque...
-Porque él es la reencarnación de Pólux, que era su medio hermano en la era del Mito.
Había interrumpido otra vez, pero Némesis no se quejó, sólo asintió. ¿Qué era aquello? ¿Un gemelo abandonado tratando de comprender el universo contemplando a otra pareja de gemelos? Con algo de inquietud, Kanon trató de mantener una expresión tranquila, aquello estaba empezando a volverse incómodo.
Némesis buscaba algo en sus bolsillos, enredándose con su capa y sin atreverse a levantar la mirada. Un adolescente lleno de torpeza juvenil... eso no era natural, si había permanecido en la Otra Dimensión desde la Era del Mito, ese tenía por fuerza que ser su cuerpo original... oh, claro, el tiempo. El tiempo transcurría de otra manera en esa dimensión, Saga se había puesto a calcular una vez... ¿cómo iba la fórmula? ... Hum... Némesis llevaba ahí seis mil años aproximadamente, y habría vivido cada día de esos milenios, pero debía haber envejecido sólo el equivalente a... ¿Diecinueve? ¿Veintiuno? ¿Treinta y dos? ¡Ratas! El matemático era Saga, no él...
Tuvo que abandonar los cálculos cuando Némesis finalmente encontró lo que buscaba, una joya. Un broche con la forma de un dragón que sujetaba entre sus garras delanteras un zafiro estrella.
-¿Qué es? –preguntó Kanon, esta vez con auténtica curiosidad.
Némesis tomó aire.
-Es una de las ochenta y siete armaduras que me pertenecen. No te pediré que la recibas. Tampoco te pediré un juramento de lealtad. Si la tomas, será por tu propia y libre voluntad. Y lo que hagas con ella será tu decisión, ya sea que la uses a favor o en contra de mis deseos. No quiero tu lealtad ni tu obediencia, sólo tu amistad. Si la tomas...
-Esto no parece una armadura.
-Es oricalco negro, no tiene por qué parecerse a nada. Su apariencia se adapta a las necesidades de quien la use. Ahora tiene esta forma porque está tratando de responder a tu cosmos... creo que quiere adoptar la forma de tu emblema.
-¿Mi emblema? Yo no tengo...
-Ahora lo tienes –Némesis sonrió un poco ante el desconcierto de Kanon-, si lo aceptas, claro. El dragón marino y la segunda estrella más luminosa de Géminis, si no me equivoco, unidos en un solo elemento... ¿sabes que eres la única persona de la que tengo noticia que ha sido General Marino y Caballero Dorado? Eso es lo que el oricalco lee en tu cosmos y por eso adopta esta forma. Está tratando de adularte para que la recibas.
Eso estuvo a punto de hacerlo reír, pero se contuvo a tiempo, Némesis hablaba del oricalco como de un ser vivo y pensante... y probablemente lo era.
-¿A qué título corresponde?
-Géminis, por supuesto.
Debía haberlo imaginado.
-Así que yo sería el contrario de Saga, justo como tú eres el contrario de Atenea.
Conque por ahí iba el juego...
Némesis puso la misma cara que un chiquillo atrapado con las manos en la masa. Era evidente que estaba empezando a sentirse ridículo ahí, con la mano extendida, esperando a que Kanon se decidiera a tomar la joya.
-Bueno, en realidad, lo correcto sería referirse a ti como el segundo Caballero de Géminis, o Beta Geminorum.
-No me queda claro. ¿Por qué yo? Aparte de ser el gemelo de Saga, claro.
-No es por ser "el gemelo de" –replicó Némesis, con aire ofendido-. Yo estoy aquí por ser "el gemelo de" y no le haría eso a nadie. Alguien te recomendó.
-¿Sí? ¿Y quién me recomendó?
-Eridano.
-¿De dónde me conoce Eridano?
-De una playa en Grecia –replicó otra voz, que destilaba impaciencia.
Era otra de las presencias que Kanon había captado al principio.
Trató de verla a los ojos, pero la Otra Dimensión eligió justo ese momento para gastarle bromas. No podía distinguir sus rasgos.
-Haz lo que te pide el niño –dijo Eridano-. Renunciaste a la armadura de Géminis a favor de Saga y creo que resultaría ligeramente complicado que Poseidón te recibiera otra vez entre sus generales. Esto te dará la oportunidad de seguir adelante. Y no se te está pidiendo el alma a cambio. De hecho, no se te pide nada, excepto lo que tú mismo quieras dar.
-¿Y qué querría yo dar a cambio de una armadura y de la amistad de alguien a quien no conozco?
-Eso depende de ti –respondió Eridano.
Kanon la miró solemnemente y luego sonrió, divertido. Si llamaba "niño" a Némesis, debía ser porque había calado al joven dios de la misma manera que acababa de hacerlo él... y Némesis lucía tan desamparado, todavía con la mano extendida y dejando que ellos tomaran el control de la conversación...
Podía ser una trampa, claro... pero eso no desmentía el hecho de que era el cosmos de Némesis el que lo había salvado... realmente debía necesitar ayuda, si desperdiciaba así su poder, salvando a alguien que no se lo había pedido y tampoco lo necesitaba... Bien, no perdía nada y podía ganar mucho.
Lentamente, tomó la joya, que se sintió caliente y viva en su propia mano, como un verdadero dragón en miniatura.
-De acuerdo –murmuró Kanon-, veremos qué logramos con todo esto.
Némesis sonrió, una sonrisa cálida, extrañamente parecida (y a la vez diferente) a la de Saori Kido. Kanon miró de reojo a Eridano, que se alejaba.
-¿A dónde vas tú?
-En realidad no estoy aquí –respondió ella, con un tono ligeramente burlón en la voz-. Tengo clases, ¿sabes? Se supone que estoy poniéndole atención a mi profesor de Historia de la Literatura.
-¡Eh! Pensé que por lo menos podrían presentarnos, ya que me recomendaste para el puesto...
-Acompaña a Némesis un rato, sé que le encantará conversar contigo... Estamos a 31 de octubre, ¿verdad? Me reuniré con ustedes... mmm... ¿30 de noviembre les parece bien? Los últimos días del invierno y casi el principio del verano. Es una buena época para pedir vacaciones en mi trabajo y podremos tomarnos un capuchino y hablar de los viejos tiempos.
Kanon no supo qué responder, y nuevamente era Némesis el que sonreía con burla.
-¿Siempre es así? –preguntó Kanon.
-Generalmente es peor. Le encanta salirse con la suya. Legítima rata.
-¿Qué?
-Ella es rata, según el zodiaco chino... Ya lo entenderás cuando lo conozcas un poco mejor.
-No comprendo... no recuerdo su voz ni su cosmos... ¿y dice que la conozco de una playa griega?
Némesis se encogió de hombros.
-No me ha contado toda la historia. Sólo sé que fue en verano y que ustedes tenían cinco años...
-Oh, cielos... –murmuró Kanon-... Ella.
La sonrisa de Némesis se hizo más amplia.
-La vida está llena de sorpresas y casualidades, ¿no?
-Como una novela de folletín...
-¿Una qué?
La expresión de curiosidad por parte de Némesis era casi aplastante. Con un suspiro, Kanon comprendió que pasaría los próximos treinta días hablando... contestando infinidad de preguntas acerca del mundo exterior... Y todo parecía indicar que Némesis tenía toda la intención de aprender a dirigir la conversación...
Fin
