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–¡Ya te has despertado, cariño! – chilló su tía mientras asomaba la cabeza por donde las voces se escuchaban.
Con precaución entró al pequeño cuarto de estar y miró a su alrededor. Karina se encontraba sentada en la pequeña mesa para seis personas molestando algún hombre que parecía de su misma edad.
Había fácil siete personas en aquel diminuto espacio y la claustrofobia se empezó a asomar. Una cosa era tener una familia lejana y olvidada y la otra era convivir con ellos sin conocerlos en un lugar limitado. Su cabeza era un caos, un tremendo y confuso caos, quería hablar con alguien y le dijera que estaba pasando, sin embargo sabía que eso estaba lejos de suceder por lo que forzó una sonrisa en su angulado rostro y respiró hondamente, sacándolo con esfuerzo.
–Déjame te presentó a todos– comenzó a decir su tía. Empezó a señalar al señor moreno que se encontraba en el rincón –, es mi marino Víctor, a su lado –señaló a una versión joven de su marido, no debía tener más de doce años – es Iván.
–Ya conoces a Karina– ella sonrió ampliamente y volvió a molestar a lo que parecía ser su otro hermano – y a su lado está Mario.
–¿Hola? – Intentó sonar amable, pero creo que su mueca de disgusto les dijo todo.
–Clara, ahí estás – gritó su tía –, ella es nuestra sobrina, la hija tu tío. Él se quedó en Colombia por motivos que desconozco, solo nos trajimos a Clara y Hernán – giró su cabeza en busca de Hernán, lo encontró acostado en el sofá lanzando una pelota. –Ese de ahí es Hernán, el más pequeño.
Entrecerró los ojos intentando entender la situación familiar, Mario debería de tener alrededor de veintitrés años, donde luego le seguían Karina e Iván, mientras que por el otro lado, Clara debería de tener quince y Hernán unos ocho. Era un desastre, sabía que su privacidad acabaría.
Tragó saliva en seco sin decir palabra y se sentó lo más lejos posible de Karina y Mario en la diminuta mesa, esperando la comida. Nadie le ofreció sus cubiertos y platos, lo que se le hizo totalmente extraño.
Se aclaró la garganta.
–¿Quién sirve en esta casa? Mi estómago ha estado vacío por tiempo indefinido– las carcajadas y voces se callaron, volteándola a ver como si una cabeza le hubiera crecido. Su tía se acercó sonriendo sin significado.
–Bella, tu vida como princesa ha sido suspendida– susurró –, desde ahora, en esta casa, cada quien hace sus deberes. Podremos enseñarte a lo que no estés acostumbrada, pero nadie será tu sirvienta. Siento el trágico giro que tu vida está dando, pero imagínate lo que nosotros estamos sacrificando por tenerte con nosotros, por lo que te pido amablemente, adáptate.
Isabella achicó los ojos y levantó su barbilla. Se puso de pie y caminó hacia el refrigerador para sacar las cosas necesarias para hacer un sándwich.
–Estoy intentando– susurró con melancolía –. Mi padre está muerto, y mi reino ha sido invadido, no tengo ni la mínima idea de lo que ha ocurrido y nadie parece querer decírmelo. Soy la princesa heredera, ¡es mi deber saber!
Chilló con sus ojos llenos de lágrimas, las siete personas en la sala la voltearon a ver con compasión, aunque no sabiendo que decir. Lo inteligente fue que nadie habló y todos, con excepción de su tía, dejaron la cocina.
Exhaló el aire que tenía contenido dejando así todo el enojo acumulado con aquella bondadosa familia.
–Lo siento– susurró –, estoy adaptándome. Lo siento.
–Lo sé, cariño– le acarició su asqueroso cabello corto del color ridículo. Odiaba al peluquero que había hecho eso, pero sabía que tenía que hacerlo. –Pronto saldrás de esta, no te rindas.
–Debería de estar ahí, en mi palacio enfrentando lo que sea que esté pasando. Mi país creerá que he huido. No puedo hacer esto sin mi padre, no puedo.
Ansiosa, empezó a hacer el sándwich ya que era lo único que sabía preparar.
–Nadie sabe nada, Bella. Pronto sabremos que está ocurriendo, mientras tanto lo mejor es que no abandones a alguno de nosotros. Te podemos enseñar la ciudad, dime ¿quién no ama Nueva York? No te limitaremos de nada con excepción de que nos digan que estás en peligro.
–Eres muy amable– le sonrió, dejando lo que estaba haciendo –. Les pagaré cuando recupere a mi reino.
Su tía sacudió la cabeza con una cálida sonrisa.
–Somos familia, Bella. Nos ayudamos.
Y fue ahí donde Isabella entendió lo difícil que también esta aventura era para ellos.
Haber esperado que el rey muriera había sido un largo y desesperado camino, aunque lo más inteligente que había elegido. Matarlo hubiera puesto a todo mundo en alerta y su plan se estuviera yendo por el retrete ahora mismo… Sin embargo la cosa tenía buena pinta, todo estaba como lo había dictado y acordado con su colega, solo faltaba un último detalle: encontrar a la princesa heredera.
Algo debió de haber fallado, se dijo mientras descaradamente caminaba de un lado al otro en su gran habitación, porque la princesa había salido huyendo con un agente especial encubierto, ¡y a él se le había pasado por desapercibido!
Ahora Isabella Bernadett se encontraba en algún lugar escondida por manos expertas, no había podido dar con ella en los cuatro días desde que el reino quedó inundado por el miedo al perder a su rey y princesa heredera al mismo tiempo.
Un toque en la puerta lo hizo tomar su papel que se decidió actuar para no parecer sospechoso y con la mirada perdida en la ventana dijo un leve: -adelante.
–Hay, mi señor, debemos de esconderlo, bien sabe– dijo alguna de sus pequeñas mucamas, no se sabía el nombre y no le importaba. Sacudió lentamente la cabeza siguiendo con su actuación.
–Siento que le debo a mi primo el, por lo menos, vigilar al reino. Sé que no es mi deber, sin embargo…
–Mi señor– interrumpió cuidadosa –, será mejor que no sea visto.
–¿La princesa, la reina? ¿Se encuentran bien? – intentó sonar lo más preocupado que pudo, solo quería saber si podría obtener la mínima información, no importaba la fuente con que le abriera un nuevo camino.
–No sé de ellas, nadie lo sabe.
–Entonces vete y déjame con mi pesadez, es mi país y no los desampararé.
Al escuchar el cerrojo rozar con la orilla de la puerta, apretó los dientes rechinándolos y maldijo su suerte.
Necesitaba encontrar a Isabella Bernadett y declarar su trono a como diera lugar.
Cuando había ido a Colombia había enamorado a toda su familia y se disgustó por el hecho de no poderlo hacer de nuevo, la única que parecía emocionada con su existencia en aquella humilde casa era Karina, aunque sus preguntas la sobrecargaran de emoción, al menos trataba de serle honesta de cómo se sentía.
–Los vestidos, ¡oh, los vestidos y esos bailes han de ser fantásticos! – Le había dicho y su mirada soñadora le animaron a seguir con su conversación.
Una hora y media de preguntas acerca de qué se sentía ser de la realeza, decidió que podía, por lo menos, intentar picar algo de comer ya que su estómago estaba hambriento.
Bajó las pequeñas escaleras y pude notar cómo la cocina dejaba sonido alguno cuando ella entró. Incómoda por que no la involucraran en su estilo de vida, caminó hacia el refrigerador sacando un pequeño contenedor con sandía partida dentro. Agarrando un pan, lo tostó y rebuscó jamón y queso en el frigorífico y su comida estaba lista.
–Uh, Bella– dijo Hernán con una mueca en su cara –, eso no es exactamente material para comer, es más bien como un desayuno a la hora de la comida. ¡Guac!
–Es bajo en calorías y nutritivo, Hernán– dijo sin ninguna emoción en su voz –. Tal vez deberían de aprender a comer más saludablemente.
El niño volvió a hacer una mueca asqueado y regresó a su lugar enfrente de la televisión, el sonido de esta le molestó, por lo que de mala gana se sentó en una silla y empezó a picar su comida con un tenedor.
–Interesante color de comida, roja– escuchó una voz graciosa que venía bajando las escaleras –. Ahora entiendo porqué estás tan esquelética. Necesitas grasa, mujer. Un día te llevaré a Wendy's, te fascinará.
Sin saber que responderle lo fulminó con la mirada y colocó con una elegancia digna de la realeza un pedazo de sandía en su boca, no se molestó en voltearlo a ver de nuevo.
La cocina se fue llenando de murmullos y deseó poder salir de ahí, Karina se había perdido en su conversación con Clara acerca del quarterback de su secundaria y en un pensamiento se preguntó cuál hubiera sido su experiencia si hubiera sido educada públicamente…
El protocolo de su país indicaba que se debía de contratar a tutores especiales, aquellos que sólo saben lo mejor de lo mejor, para enseñarle a los príncipes herederos. Desde que tenía memoria, había sido la señorita Friedman su tutora en matemáticas (desde aprendizaje de números hasta los cálculos más complicados en física) y la señorita Grey en la importancia de la lectura y redacción necesaria para componer exquisitos textos para sus futuras publicaciones, no fue hasta que tuvo dieciséis años que su padre le empezó a tutorar tres horas a la semana lo que una reina hacía.
Le había enseñado a gobernar todo un país.
No había acabado sus lecciones, pero sabía lo necesarios para empezar a gobernar para la edad de los veinte. Cualquier complicación se dirigiría a su mano derecha, le había dicho el rey.
–¿Crees que es buena idea que Bella salga? – preguntó una voz a lo lejos de sus pensamientos, solo le había hecho caso por su nuevo sobrenombre impuesto.
Aunque no lo admitiera, cada vez le iba gustando más.
–No hay peligro, y no estará sola– le sonrió maternalmente su tía –, véanle la cara de exasperación. Tiene que darse un respiro al aire libre, Mario.
–Como quieras, la sacaré en la noche. Iré con Edward al bar, se podrá colarnos.
Su tía le dio una sonrisa radiante a su hijo besándole el tope de su cabeza, Mario siguió sonriendo y luego la volteó a ver divertido.
–Te tendrás que poner guapa, roja, nos vamos a las ocho.
Y la ignoró por el resto de la tarde.
Espero que les haya gustado, siento la tardanza he estado liada con examenes.
Dejen cualquier duda o comentario que tengan,
He escrito una nueva historia, visiten mi si gustan leerla.
saludos, asof.
