N. de A.: Buenas buenas. Haciendo cálculos, me adelanté unos días para subir este capítulo por dos razones; una es mi corazón lleno de fáciles "sí", y otra es que a partir del lunes no voy a poder subir más capítulos por unos días.
Quería entonces subir éste y otro más durante el domingo, detallando un poco el pedido.
Somos poquitas, el número perfecto y preciso, por eso a mi vuelta me gustaría invitar a una tertulia de tés y scons, preferentemente sobre una terraza desde donde se contemple el Sena y el otoño.
Después de todo; Quinn no es la única que vive en Paris…
Au revoir
Debía apresurarse, Quinn debía apresurarse, por cierto, y no quedarse con la victoria del regreso; de lo contrario no llegaría a tiempo.
Sabía perfectamente los horarios de Rachel, hasta hizo un meticuloso organigrama con todas las actividades de la diva gracias a la ayuda de Kurt, varias semanas atrás. Sin saberlo, el chico también le dio la valiosa información de su propio itinerario y el de Santana para ese día.
Rachel estaría sola…
Únicamente tenía un poco de dificultad con las horas de su nuevo trabajo, ya que con los ensayos solían cambiar constantemente, pero no se desalentaba por eso.
Ese día ella saldría a las cinco de la tarde; tiempo suficiente para volar al hotel reservado con antelación, dejar las maletas, ducharse e instalarse frente a la puerta de ese encantador tinglado que aquellos soñadores habían convertido en hogar.
Esperaría sin ramo de rosas, claro… Ningún ramo para Rachel, si no quería terminar con cada espina clavada en su cuerpo.
Finalmente, la chica que planeó y repasó todas esas acciones durante tantas horas y las realizó después en tiempo récord, frunció el ceño bajo la protección del paraguas negro.
Guardó una de sus manos en el bolsillo de su entallado trench oscuro, antes de buscar sus cigarrillos y encender uno.
No hacía mucho que se encontraba perpetrada en esa acera, pero desde el gran ventanal de la cafetería que tenía detrás, ya había recibido varias miradas recelosas de las camareras. Estaba segura.
Se detuvo justo allí para acechar, a prudente distancia, la esquina que se veía al cruzar la calle, principalmente una puerta despintada que se llevaba todos sus suspiros de ansiedad.
Quinn no podía pensar que había decenas de transeúntes tratando de guarecerse, otros con paraguas, yendo y viniendo, o algunos simplemente esperando, como ella. No; estaba segura que desde dentro de ese lugar se seguía todos sus "no movimientos" de espía.
¿Y si su actitud era demasiado sospechosa? ¿Y si alguien salía para llamarle la atención y la distraía durante segundos cruciales? Bueno, si eso pasaba defendería su posición a muerte.
Los nervios le estaban aniquilando el estómago, pero no se movería de allí. Seguiría escrutando cada centímetro de campo visual que le fuera posible… y si tenía que enfrentarse a la policía, bueno, mostraría su identificación, su flamante certificación de estudiante de Yale… y todo lo que haga falta.
Dios… Con un jadeo se llevó la mano a la chalina que cubría su garganta del frío, desesperada.
Esa nueva fantasía la subyugó de tal manera, que todo lo que sucedió luego fue algo casi lógicamente esperado.
Un auto estacionó justo frente a ella; la puerta trasera se abrió y un enjambre de niños salió del reducido espacio, directo hacia su persona.
Con un pequeño grito vio como de pronto su paraguas, del mismo y exclusivo diseño que su trench, voló despedido de su mano cuando el bullicioso grupo chocó contra ella, aterrizando aparatosamente entre el viento, el agua, pasos apresurados y críos que solo querían llegar al interior de la tienda.
Conteniendo una maldición, Quinn quiso rescatar su protección para el aguacero, cuando de pronto la vio... la vio caminando con un poco de prisa por la acera, del otro lado.
Con el corazón en la boca entornó los ojos para fijar bien la mirada y que no fuera una absurda fantasía, como las que estaba teniendo, y ella seguía allí.
Con un abrigo de intenso color bordó y botas de lluvia a juego, Rachel se detuvo bajo una marquesina y buscó algo en su bolso, muy concentrada.
Y Quinn solo sonrió, con la emoción apretándole la garganta de forma furiosa. La coleta alta con la que se peinó ese día, se movía para todos lados cuando ladeaba la cabeza e intentaba llevar el teléfono a su oreja, sin soltar las cuatro bolsas que se repartían en sus manos.
—¡Señorita, cuánto lo siento! ¡Estos niños están terribles! Hoy hay una promoción y… —estaba escuchando a medias la exclamación de una mujer a su lado, que la despertó brevemente de su onírico instante.
En ese momento, Quinn se dio cuenta de que estaba derramando algunas lágrimas de profunda emoción, mezcladas con la lluvia que caía sobre su cabeza.
Se estaba empapando, pero no le importaba; Rachel estaba manteniendo una conversación un tanto quejosa con alguien por celular y era encantadora, infantil, expresiva, viva…
—Preciosa…—suspiró, sintiendo una dicha insoportable.
—¿Estás bien? ¿No vas a tomar tu paraguas?
Quinn negó, sin poder mirar a la madre contrita, en cambio si se llenó de la presencia a la distancia de Rachel… una presencia que se estaba moviendo rápidamente, hasta cruzar la entrada del departamento.
—¡Quédeselo! —exclamó apresurada, intentando hacerse paso para poder llegar a su destino.
En ínfimos y agitados segundos esperó el semáforo, cruzó la calle y estuvo delante de la raída y gruesa puerta de metal.
Con la respiración imposible se llevó las manos a la cara, intentando quitar el agua de lluvia, al igual que el terror que se interpuso y frenó el poco valor que juntó durante esas horas.
Mordiéndose los labios, tomando con más fuerza el asa de su pequeña mochila, probó con empujar la puerta... y entró al pequeño y oscuro pasillo.
Más tarde tal vez pensaría por qué se dejaba una puerta que daba a la calle abierta, o por qué había tan poca luz si dentro del pequeño recinto se tenía que subir escalones... más tarde. Ahora solo importaba llegar, como fuera, hacia una de las dos puertas que mostraba aquel pequeño distribuidor.
Quinn tenía que golpear una de ellas…
Mojándose los labios resecos, se detuvo ante la que Rachel abrió hacía solo instantes. Elevó un puño para llamar, pero éste temblaba demasiado y lo cerró con una violenta exhalación.
Llevó entre susurros una cuenta hasta diez, y no le dio tiempo al terapéutico conteo, porque sus nudillos ya estaban haciendo eco en ese penumbroso rincón de New York…
Rachel dejó de meter mano a las bolsas del mercado y levantó la mirada hacia la puerta con extremo cansancio. ¡Ni se había quitado el uniforme! Por dios, solo deseaba llegar a casa…
Ya salió de la cafetería con un humor de perros, y realmente no contó con que debería usar esa tarde libre para hacer la cena, obligada por Santana, ya que sería primera en llegar al hogar. Kurt y ella tenían para rato.
Y ahora alguien llamaba a la puerta…
Con un suspiro resignado y odioso se dispuso a tomar la llave y preguntar al mismo tiempo, pero nadie contestó.
Frunciendo el ceño volvió a realizar la pregunta de rigor, y eta vez sí escuchó un murmullo.
"Rachel"…
La mencionada soltó los llaveros como si quemaran.
No… no podía ser. Esa voz... simplemente no… Era imposible. El corazón comenzó a bombear sangre de una forma alarmante; su cuerpo entero se endureció.
Estaba alucinando, sí. Ése no fue un buen día. Discutió con un cliente que pidió un mocha blanco solo y ella le agregó caramelo sin darse cuenta. No contento con la disculpa y una reposición, se mofó de su juventud y despiste, sacándola de quicio…
Sacudió la cabeza con fuerza. Está bien… era simplemente imposible… entonces abrió y corrió la puerta de un empellón, quedando al instante paralizada.
No era imposible; era real, profunda y subyugantemente real.
Quinn…
Ese nombre no salió de su garganta; ese nombre se quedó allí, suspendido, como su cuerpo helado, y el de aquélla, mojado y estático.
Vestía ropas oscuras, su cabello estaba corto, como antaño… No… no era su Quinn…
Sí… era su Rachel; allí estaba… ¿Debía hacer algo más que quedarse con la boca abierta y los ojos desorbitados, sin una sílaba entre ellas?
Sus miradas se encontraron, incrédulas. Vio tragar saliva a Rachel y llevarse una mano a la boca. Quinn respondió dando un paso y fue en un segundo cuando la puerta se cerró en su cara.
No se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento hasta que lo largó todo, mirando hacia el techo. Contó hasta diez una vez más para no violentarse dentro de su viejo temperamento, y tirar la puerta abajo antes de escuchar los cerrojos junto con un sin fin de insultos que le impedirían llegar a ella.
Pero nada de eso sucedió. Ni cerrojos, ni insultos. Un silencio sordo retumbó en ese lugar desierto.
Cruzar la puerta, solo cruzar la puerta y allí estaría Rachel, su Rachel a un ápice de distancia, después de tanto tiempo. Había visto sus ojos solo unos segundos y fue una tormenta.
Cruzar la puerta y envolverse en esa tormenta merecida… Tenía que hacerlo; debía hacerlo.
—Un año y medio… un año y medio sin vernos… —susurró con la frente pegada a la puerta.
Lo que Quinn no sabía era que Rachel estaba de espaldas a la entrada, completamente muda y quieta, sintiendo que el inmenso espacio que la rodeaba se le venía encima rápidamente.
Retorció sus manos sudadas, segura de que lo que acababa de suceder se trataba de un sueño.
No podía ser cierto, ella no estaba allí… pero el inconfundible ruido de la puerta corrediza arrastrarse era la prueba irrefutable de que Quinn sí estaba en su casa.
La furia y el júbilo extremo desgarraron su pecho. A pesar de todo, no aguantó un segundo más sin poder verla.
Juntó las fuerzas necesarias para volverse, y no quedarse una vez más como si tuviera kilos de plomo en sus las piernas podían sostenerla…
La enfrentó con los puños apretados a sus costados, perdiéndose en los ojos verdes que ahora se veían más oscuros.
Quinn comenzó a respirar cada vez con más dificultad; a punto de desmayarse dejó caer al suelo su mochila, rendida.
La boca gruesa se fruncía en una fea mueca de no bienvenida, pero la recién llegada no se movió de su lugar.
Y el silencio fue lo que sobresaltó la cordura de Rachel, no lo toleró más. ¡Por qué no hablaba! Había viajado desde Europa hasta allí solo para quedarse frente a ella, tan intocable y lejana como siempre… "¡Y bien, Fabray; te escucho!".
De esa forma gritaba su mente, al igual que su cuerpo con vengativo impulso, que no tardó en llegar a su deseada figura en dos pasos, empujada por el odio y el amor a cantidades enormes y desbordantes.
Demasiado cerca, demasiado… y ante su mirada perpleja estrelló su palma en la mejilla sonrojada de ese rostro casi divino. La cachetada salpicó sobre su boca las gotas que brillaban en sus cabellos.
El rostro de Quinn se dobló con violencia, y una sola exclamación de sorpresa y dolor. Rachel retrocedió en completo silencio, descontrolada en sus emociones. La otra nada dijo, creyéndose merecedora de ese recibimiento, tomando con sus brazos abiertos toda la tormenta y tormento que Rachel deseaba darle.
La más pequeña no se arrepintió, solo comenzó a derramar lágrimas silenciosas que llenaban su oscura mirada.
Tomándose la mejilla, Quinn, con una dolorosa pero férrea expresión, se le acercó un paso, luego dos al ver que la otra no retrocedía, que estaba dispuesta a tirarse contra su cuerpo sin medirse.
Y no se equivocaba. Rachel quería tirársele encima, golpearla, decirle que la odiaba, darle todo su enfermo sentimiento de impotencia y tristeza, porque no estaba dispuesta a dejar que se acercara, que invadiera después de tanto tiempo y ausencia su espacio personal.
Elevó una mano entonces para evitar su avance y la rubia se alertó ante ese gesto, creyendo que volvería a golpearla. Rachel fue aferrada por la muñeca con un movimiento lleno de recelo, y el contacto de las pieles pareció volverlas locas, estremeciéndolas.
Quinn, vencida una y otra vez, tiró de ella y la pegó a su cuerpo mojado con silenciosa violencia, entre jadeos y sollozos que ya no se podían contener.
La apretó tanto que las dejó a las dos sin aire, pero no importaba respirar, realmente no, cuando Rachel se aferraba a ella de igual forma, tirando de sus cabellos cortos y empapados para unirlas en un abrazo sin fin.
Se mezclaron entre ellas; unas manos estiraban un cardigan sobre la piel para intentar llenarse de un calor jamás olvidado, y otras se hundían profusamente en un cuero cabelludo para hallar también la suavidad que jamás olvidó.
Entre ellas todo volvió a comenzar; el tiempo se volvió adolescente, la tristeza y las ausencias dejaron cicatrices, pero allí estaban, encontradas nuevamente.
Los labios de Quinn le incendiaron la mejilla, y con un esforzado forcejeo, con la vista borrosa por las lágrimas, Rachel no pudo responder al contacto que la otra pedía.
Simplemente Rachel necesitaba respirar a Quinn. Necesitaba aferrarse, encontrar su olor, paladear el sabor de la chica aunque sea con sus labios cerrados, apretándolos a su cuello de forma furiosa y casi desquiciada.
Aun en sus brazos, aun tratando de encontrar las curvas que se acoplaban a su cuerpo como si hubiesen sido hechas para su propia matriz, Quinn era una visión, una que no podía liberarse ni con la vida ni con la muerte. Era una maldita droga que se acrecentaba con los años.
No importa las personas que pasen por su vida, o por la de ella; ni siquiera importaba los papeles de cabotaje con los que se conformó en un pasado, o el logro de pisar tablas con una Fanny Brice moderna por primera vez. No poseía personajes ni maquillaje ante ella.
Quinn la mantenía completamente estrujada de la cintura, vagando con sus labios contra la piel tersa de la mejilla en un incrédulo regocijo. El idilio siempre existió en esa mujer, y ahora solo podía perderse en la locura de sus brazos, como en el pasado.
Rachel sollozaba entre sus brazos y de vez en cuando negaba intensamente contra su piel, bebiéndosela. Cerró más los ojos al sentir la presión imposible que ejercía alrededor de su cuello.
Con un movimiento milimétrico, casi pidiendo permiso, logró descansar su frente en la de ella, exhausta.
—No quiero mirarte… —susurraba, enviándole todo el aliento caliente.
—Por favor… pequeña… —respondió entrecortada, fundida en un deseo creciente a pesar del dramático encuentro.
Abrió los ojos, todavía en ese capullo que las unía de la frente, y la mirada que tanto amaba estaba cerrada y sus labios entreabiertos, buscando contradictoriamente su respiración.
Temblando, Quinn se acercó un ápice y al hacerlo Rachel pareció despertar, separándose con un movimiento brusco. Uno, dos, tres pasos erráticos las separaron, y se encargó de mirarla con una dureza insoportable.
Con esa expresión poco agraciada, se alejó.
A metros de distancia y una barrera de hierro entre las dos, Rachel le habló, hiriéndola profundamente.
—¡Al diablo con pequeña! ¿A qué has venido, Quinn Fabray?
