Parte 5
62 de Hriive del año 2505
Mi amado rey y padre
Imladris es hermoso, ya te lo había comentado y lo escribo de nuevo. La Última Morada al Oeste de las montañas nubladas es un lugar magnífico y fascinante. Los días pasan alegres y me ven siempre maravillado con los encantos que descubro en esta tierra, y me gustaría que fuera primavera para ver el hogar del Señor Elrond en su completo esplendor. Pero tan cautivante como Imladris es, extraño mucho nuestros árboles y tu abrazo… y a Tathren, pero no le digas.
El Señor Elrond y la Señora Celebrian son muy amables conmigo, siempre dispuestos a prestar un oído a cualquier pregunta que les impongo, y teniendo paciencia ante las situaciones en las que me veo involucrado… sin intención alguna, aclaro.
La Señora Celebrian es especial y he llegado a estimarla mucho. Siempre busca mi bienestar y comodidad, aún sobre la de los gemelos, sus hijos. Me consiente como a un hijo e indulge mis deseos, aunque estos son pocos. Ella es alegre y muy hermosa, y su cabello es plateado como los rayos de ithil en una noche despejada y sus ojos brillan como dos zafiros. Su voz es melodiosa y sus maneras gentiles. Sin darme cuenta he llegado a buscar su aprobación en las cosas que hago, casi al igual como busco tu favor, adar nin. Aunque cuando ella sonríe siento mi corazón llenarse de afecto, más cuando tú sonríes mi corazón se llena de orgullo y júbilo.
Los gemelos y yo nos hemos vuelto grandes compañeros, y alegra mi corazón haber encontrado amigos como ellos. Elladan y yo siempre estamos buscando diversión, y con todo, Elrohir siempre esta a nuestro lado para ver que no importunemos a nadie. Y sin embargo, pienso que el Señor Elrond secretamente anhela el tiempo cuando los gemelos viajen a Lorien y yo regrese a nuestro amado bosque… mis sospechas se basan en sus resignados suspiros. Aún no he conocido a Arwen Undomiel, la más joven hija de Elrond Peredhel y hermana de los gemelos; con todo la Señora Celebrian me a hablado tanto de la Estrella de la Tarde de nuestra gente que mi corazón siente una gran pesadumbre al no haberla encontrado en esta visita. Me dicen que ha anunciado su regreso al Valle pronto, tras una visita de diez años al Bosque de Oro, y entristece a mi corazón pensar que para cuando ella regrese yo ya estaré ido.
Los días pasan rápido aquí en el Valle Oculto, y sin darme cuenta solo me quedan unos cuantos días más en la Última Morada. El invierno casi no ha tocado Imladris, los fríos dedos de la helada nieve apenas si se han sentido en el transcurso de estos jubilosos días que he pasado en el Valle. Ya los retoños florecen y el viento sopla del este más cálido, y con todo nunca se sintió verdaderamente el frío como lo sentimos en nuestro hogar. He escuchado decir que el Señor Elrond posee un anillo mágico, y Elladan me ha dicho que es uno de los tres anillos de los reyes elfos de antaño. ¿Narnya, Vilya o Nenya? Elladan no ha querido decirme cual, ni hablar de Elrohir, y Elladan aún dice que ha visto y tocado ese anillo, el cual se encuentra cuidadosamente guardado en las habitaciones del Señor de Imladris. Trataré de ver si antes de dejar el Valle puedo penetrar a escondidas en la habitación del Señor Elrond para atrapar un vislumbre de ese anillo. Si no llego a nuestro hogar en el tiempo acordado de diez días a aquí ada, seguro es que el Señor Elrond me aventó de cabeza al río Bruinen…
Esta es mi última carta, hir nin, la próxima vez que te diga estas palabras será en persona y con un beso en los labios.
Im mella le, ada.
Legolas
El rey de los elfos del bosque dobló una vez más la última misiva que le había llegado desde Imladris, la carta que le traía noticias de su querido y más joven hijo.
El fuego quemaba débilmente en la chimenea de su habitación iluminando levemente el fino rostro del pensativo monarca. Su rubio cabello caía en ondas sueltas sobre sus amplios hombros mientras el rey se sentaba pasivamente en una silla cerca a la luz necesitada para leer las palabras de su HojaVerde. Sus usualmente enérgicos ojos verde esmeralda, ahora se veían opacos con afligidas cavilaciones, y su noble frente fruncida en un preocupado ceño.
Era la tercera vez que releía la anhelada carta y su corazón se llenaba de júbilo al saber que su pequeña hoja pronto estaría en sus brazos, más había inquietud también en su corazón, y era la incertidumbre que sentía ante la llegada de su hijo.
Legolas encontraría que algunas cosas habían cambiado en su ausencia.
La partida del joven príncipe, aunque solo por unos cuantos meses, había entristecido a los habitantes del bosque, quienes siempre veían al joven elfo reír día a día y dar alegría a su familia con sus ocurrencias y travesuras en compañía de sus amigos. Muchos extrañaban al Dorado Príncipe y nadie más así que su padre y hermano.
Los primeros días de la ausencia de Legolas habían visto al mayor de los príncipes meditabundo, y al rey elfo entristecido. Más pronto Tathrenlas había sonreído de nuevo, pasando su tiempo entre sus deberes de príncipe, sus amigos e instructor de espada de Miredhel.
Pero el rey no había tenido igual suerte.
Como rey de los elfos, Thranduil era un monarca enérgico y firme, en quien todos sus súbditos podían confiar y depender. Siempre presente en caso de necesidad y viendo lo mejor para su gente, los elfos silvanos.
Cuando la caída de la Dorada Reina había ocurrido, el rey había quedado devastado, y todo el pueblo del bosque temió su rey sucumbiendo a la pena, tan grande era. Sin embargo Thranduil demostró su temple, y a pesar de haber perdido a la compañera de su espíritu luchó contra lo inevitable y salió vencedor. El rey del bosque siguió reinando sobre los elfos silvanos, el hijo de Oropher permaneció en la Tierra Media al lado de sus hijos, en especial del más pequeño de ellos. Su HojaVerde.
Legolas era solo un elfito de dos años cuando el desastre hirió a su familia. Demasiado pequeño para entender lo que ocurría a su alrededor, el hijo de Thranduil miraba el mundo a través de sus grandes ojos azul cielo y su infantil risa llenaba de alegría los grandes salones del palacio subterráneo, así como los corazones de quienes lo escuchaban.
Su madre lo bendijo ese último día con un dulce beso en la frente, instándolo a portarse bien y ser un buen elfito. Legolas había soltado una risita de elfito travieso al ver los amorosos ojos azul cielo de su madre mirándolo, y continuó con su día como solo un elfito de dos años podía hacerlo, jugando.
Esos ojos, tan parecidos a los suyos, nunca más volvieron a mirarlo de esa manera.
El primer aviso para el rey de que algo andaba mal fue el llanto incontrolable de su pequeño niño. Ni el rey, ni Tathrenlas, ni el pequeño Annael podían calmar al pequeño Legolas que sin advertencia alguna se puso a llorar desesperadamente. Las lágrimas duraron por horas, Thranduil fielmente al lado de su hijo haciendo todo lo posible para sosegar a su querido niño… y ahí fue cuando lo sintió.
La constante presencia del espíritu de su compañera en su interior, la presencia a la que había llegado a estar alegremente acostumbrado desde el día de su enlace con Mallriel bajo las hojas del Gran Bosque Verde, esa presencia que lo confortaba y tranquilizaba cuando por algún motivo o razón tenían que separarse y estar alejados el uno de otro. Esa presencia que representaba el espíritu de su amada unido al suyo desapareció de pronto de su interior. Y su espíritu gritó en agonía buscando a su compañera. Su corazón se detuvo por unos segundos incrédulo al darse cuenta que ahora solo había vacío donde antes había estado Mallriel, y lo único que atinó a hacer el conmocionado rey fue estrechar a su pequeño hijo fuertemente en sus brazos, sus lágrimas ahora uniéndose a las de su pequeña hoja.
Grande fue el sufrimiento del rey en esos sombríos días después de la aciaga partida de la Dorada Reina a los Salones de Mandos, y en todo momento Thranduil mantuvo al pequeño Legolas a su lado.
Las lágrimas del elfito pararon de pronto horas más tarde, y fue como si se diera cuenta de que su padre lo necesitaba. Y la sonrisa volvió a florecer en su infantil y redondeado rostro. Por ello dio muchas gracias a los Valar, Tathrenlas, a quien la aflicción había tocado ya que amaba mucho a su madre, más se mantuvo estable en nombre de su padre y su pequeño hermano.
Así fue que la risa de un elfito distrajo al rey de su pena, y el amor de su pequeño HojaVerde evitó que el espíritu del monarca haga el viaje final a los Oscuros Salones.
Y sin embargo el tiempo pasó y ahora Legolas era un apuesto joven elfo apenas entrado a la adultez de forma y mente, aunque de lo último grandemente debatiría el mayor de los príncipes, y ya no dependía de su padre como cuando era un pequeño elfito.
Ya no había más intrusiones en su cuarto por un elfito asustado en medio de la noche a causa de una pesadilla, o llantos ocasionados por una caída en plenos juegos infantiles donde solo el padre tenía la cura con amorosas caricias y sosegadoras palabras.
Sin el amor de su compañera a su lado, Thranduil sentía que su espíritu dependía enteramente del amor de sus hijos, en especial de su más joven, de quien decía que anor salía cada día solo para brillar sobre el sedoso oro de los cabellos de su HojaVerde, así como lo había hecho para su amada reina.
Y mientras los años pasaban, y Legolas crecía necesitando menos y menos a su querido padre, Thranduil sintió como su espíritu se lamentaba, temiendo el día que su pequeño hijo por fin alcanzara su Mayoría de Edad.
Jubiloso y exuberante, Legolas nunca se dio cuenta de lo que pasaba en el corazón de su padre, y Thranduil, enérgico y noble, lo ocultó bajo la calmada fachada de los señores elfos de antaño. Más su joven hijo no se alejó de él completamente, siempre habían espontáneos abrazos y amorosos besos prodigados liberalmente por Legolas, la mayoría de ellos para su preocupado padre.
Sin embargo, un intuitivo y atento Tathrenlas, algo había deducido sobre el estado de su rey y padre. Y había hecho, desde el deceso de su madre, la costumbre de casi cada noche, antes de ir a dormir, pasar un tiempo con su rey bebiendo una copa de dulce vino, hablando entre ellos sobre cosas banales, más disfrutando grandemente la compañía y preocupación por cada otro.
El mayor de los príncipes había planeado incluir a su joven hermano en esas reuniones familiares, una vez que Legolas alcanzara una edad donde fueran verdaderamente apreciadas por el exuberante elfito, pero el mayor de los príncipes se dio cuenta que había esperado demasiado cuando su joven hermano ya había alcanzado su Mayoría y demostraba un increíble y exultante amor por la vida
Y así fue que el joven príncipe se fue de viaje al Valle Oculto sin que su hermano lo haya hecho partícipe de las entrañables reuniones, y con todo el elfito una que otra vez había caído en medio de ellas sin sospechar su verdadera esencia.
Un débil suspiro interrumpió sus divagantes pensamientos, su agudo oído élfico escuchando el apenas sentido sonido, haciendo al rey elfo tensarse involuntariamente en su lugar al lado de la chimenea, apretando sin querer la carta aún en una de sus manos.
Su noble cabeza giró hacia donde provenía el sonido, y sus penetrantes ojos distinguieron una forma apenas visible en la débil iluminación del fuego en la habitación. Sus finos labios se apretaron en una línea de preocupación, mientras su vista escudriñaba la cama donde cada noche iba a descansar su cuerpo de las fatigas del mundo.
Amplia en verdad era esa cama, y alta, con bellas columnas talladas en madera de las fuertes hayas del bosque. A petición de su amada, talladas estaban plantas que trepaban las columnas y mostraban sus hojas en exquisito detalle. Sedosas cortinas colgaban de los cuatro pilares, verde del color de los ojos de su soberano, formando un encantador y hermoso refugio para amorosos amantes y compañeros de por vida.
Eso era lo que Mallriel había esperado al pedir en detalle el lecho de su matrimonio, y un amoroso Thranduil había proveído con incandescente amor en su corazón.
Verdes ojos se nublaron con tristeza, y un velo de remordimiento cayó sobre el perfecto rostro del rey elfo. Sus ojos se posaron de nuevo sobre la forma que se distinguía a través de las entreabiertas cortinas. A sus oídos llegó el sonido de una regular respiración, abundante cabello color del fuego se derramaba sobre sedosas almohadas y suaves sábanas. Los labios del monarca silvano apretándose más mientras culpa se mezclaba con el remordimiento en su corazón.
Con un quedo suspiro el rey una vez más volvió sus verdes ojos hacia el fuego, sus dedos crispándose de nuevo alrededor de la carta de su amado hijo, mientras sombríos pensamientos invadían una vez más su mente.
No sabía cual fue el momento en el que tomó la decisión de profanar la memoria y amor de la compañera de su corazón, o si aún una decisión había sido tomada. Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, y una combinación de Dorwinion, pesadumbre y soledad hicieron que su cuerpo tome medidas para apaciguar el dolor en su espíritu.
Un amante había conocido el lecho en el cual solo la dueña de su corazón había yacido.
Tathrenlas, colérico e indignado, después de una acalorada discusión, había pasado una semana sin cruzar palabra con su padre, tanto era su conmoción ante los hechos.
Y con todo, no fue sólo un amante que Thranduil tomó, pero tampoco fue a menudo. La única excusa que el rey dio a su corazón fue que solo amantes ellyn conocieron su toque, ya que nunca más saborearía el contacto con ellith, siendo su amada la única que deseaba.
Vana excusa ya que el sentimiento de traición pesaba en su espíritu.
Apenas más de cincuenta años han pasado desde que me dejaste, Mallriel nin. Y mira lo que ya he hecho.
Sintiendo una profunda presión en su pecho, el rey instintivamente llevó la carta de Legolas hacia su corazón, presionándola acurrucadamente con su mano, mientras su hermosa cabeza se reclinaba cansadamente en el respaldo de su silla.
Los sueños de Irmo no lo alcanzarían esta noche en su lecho.
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63 de Hriive del año 2505, el santuario de Imladris.
Alto brillaba el sol sobre el Valle Oculto mientras el resto de la Tierra Media empezaba a despertar del frío del invierno, ansiando nuevamente por el regocijo de la primavera. Los pájaros trinaban en los árboles del valle levantando sus agudas voces celebrando un nuevo día y gorgojeando en júbilo
Con la salida de anor la mayoría de los elfos del Valle habían empezado sus actividades diarias, este día más temprano que otros antes, ya que una partida estaba en ciernes.
Los elfos visitantes regresaban a su Bosque al este de las montañas.
Varios habitantes del Valle habían salido de sus hogares a presenciar los preparativos del viaje. La pequeña partida de elfos silvanos preparándose a emprender su marcha de vuelta a su hogar. Caballos fueron acicalados y refrescados, herraduras fueron revisadas, bultos fueron cargados, y una aparente cantidad de elfos de la Casa de Elrond iba y venía procurando que todo estuviera en orden y listo.
El día había avanzado pausado e indiferente, y con esto trajo a los viajantes, finalmente listos, hacia sus corceles quienes impacientes esperaban en el patio frente a la Última Morada a sus amos para al fin pisar el camino, agitando sus largas melenas, y rascando inquietos la tierra con sus cascos para expresar su ansia.
Silinde oteó rápidamente al cielo, y sorprendido lo vio claro y despejado, mostrando a anor alto y brillante. Y le pareció difícil pensar que todavía era Hriive y sin embargo estaba alegre de por fin regresar a su hogar bajo el roble y las hayas.
Cinco elfos esperaban al sexto integrante de su grupo, Silinde giró para mirar hacia la bella casa de los Noldor viendo salir a su joven príncipe flanqueado por los gemelos peredhil, seguidos por el Señor y la Señora del Valle, y el gran capitán de Imladris y el Jefe de Consejeros.
Un gesto benevolente por parte de Elrond y una hermosa sonrisa de parte de Celebrian agració a los cinco elfos silvanos. El Señor y su Dama deseándoles un buen y pacífico viaje de regreso. Cada uno inclinó su cabeza en señal de respeto, más Andríl en nombre de todos agradeció la amable acogida y voceó el disfrute de sus compañeros en Imladris.
Los azules ojos de Silinde giraron de las palabras corteses que intercambiaron el Señor del Valle y su compañero silvano hacia una escena mucho más interesante, y era que la plateada Señora del Valle se acercó al principito, y en un gesto afectuoso y maternal jaló hacia sí al joven elfo y lo estrechó contra su seno largo rato como a un favorito hijo, finalizando con un dulce beso en una delicada frente.
Elrond y sus hijos fueron vistos sonreír tiernamente ante el bello cuadro, y la sonrisa en el rostro del joven príncipe era radiante y pura volviendo sus facciones más exquisitas bajo los rayos del sol. Su príncipe murmuró palabras a la plateada señora que Silinde no escuchó, y aún el guerrero silvano vio como Elrond, mucho para su incredulidad, se estiraba de forma poco digna para atrapar las palabras habladas, demostrando ante todos su curiosidad.
Elladan fue visto alzar una ceja en escepticismo.
Siguiente el Dorado príncipe se acercó a Glorfindel, y el apuesto capitán de Imladris no dudó en envolver al elfito en sus brazos. Largo tiempo el abrazo duró, y algunos dijeron más tarde que las palabras "melethron nin" cruzaron entre ellos, más otros desmintieron diciendo que solo fue "mellon nin" lo que hablaron. Pero lo cierto es que hubo mucho afecto en sus miradas y sus voces, y cariño en su abrazo.
La despedida entre Legolas y Erestor fue más circunspecta. El oscuro y serio elfo se inclinó formalmente ante el Dorado Príncipe deseándole buen y seguro viaje. Muchos elfos se sorprendieron al escuchar las reservadas palabras, porque varios vieron como el joven príncipe había tenido éxito en quebrando a través del severo porte del señor elfo durante su permanencia en el Valle, y pensaron que por una vez el frío y hermoso consejero de Elrond demostraría alguna emoción frente a la partida de un amigo; más no fue así y muchos fueron decepcionados. El joven príncipe fue visto retornar amables palabras y otorgó una tierna, sin bien un poco triste sonrisa sobre el oscuro noldo.
Los gemelos peredhil refugiaron al elfito en un acurrucado abrazo, jalándolo contra sus cuerpos haciendo al principito reír en deleite, mientras tiraba sus largos brazos alrededor de los cuellos de sus amigos. Palabras de amistad y afección pasaron apresuradamente entre ellos, y Legolas plantó un firme y sonoro beso en los labios de cada gemelo. Elladan reaccionando con una fuerte risa de diversión, y Elrohir con una cálida sonrisa de afecto. Silinde vio con un ceño en su bella frente, como el menor de los gemelos una vez más jaló al joven elfo silvano dentro de sus brazos, y lo estrechó fuertemente mientras murmuraba cuidante palabras en una puntiaguda oreja, mientras Elladan sonreía mirándolos con indulgencia. Legolas fue visto asentir una vez que Elrohir lo liberó de su abrazo.
Fue Elrond quien rescató al principito de las despedidas, ya que el perspicaz señor elfo vio varios elfos y doncellas de su Valle rondando y esperando el momento justo para acercarse al arquero silvano, y el peredhel pensó que si esto continuaba Ithil iba a asomarse en el cielo antes que los viajantes tomen el camino. Y con una firme y cálida palmada en la espalda del príncipe, y un inusual, para muchos elfos mirando, beso en la dorada cabeza del elfito, el Señor de Imladris dio su permiso de partida. Y con un sonoro revuelo de cascos y relinchos de caballos, y elegantes manos ondeando al viento, los elfos del reino de Thranduil emprendieron el regreso a su hogar.
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66 de Hriive del año 2505, al pie de las Montañas Nubladas.
La tierra aún parecía no despertar del sueño del invierno, y una vez que los elfos salieron del valle se dieron cuenta como Imladris era en verdad favorecido y merecía el nombre de Santuario de Reposo que se le daba.
Legolas miró como frente a él las Montañas Nubladas se acercaban día a día desde su salida del Valle, y como pronto tendrían que atravesarlas si querían llegar a su bosque. Más el camino hasta ahora había sido sin incidentes y completamente insulso. Solo el frío que amenazaba sus pasos, más su amplia capa castaña y la capucha tirada sobre su dorada cabeza eran más que suficiente para mantenerlo al margen.
Mientras los opacos árboles, las frías rocas y el monótono camino pasaban ante sus ojos la mente de Legolas retornó a los alegres días que había pasado en el Valle Oculto, y reflexionó sobre todo lo que había vivido allí.
En verdad el príncipe extrañaría el Valle, pero no más así que ansiaría por un hermoso sueño una vez que hubiera despertado. Y también anhelaría por el divertido tiempo que pasó entre sus habitantes.
Sus ojos se entristecieron levemente al pensar en que nunca más volvería a yacer con el Dorado Capitán de Imladris, Glorfindel de la Flor Dorada. Había sido extraña la manera en que había cambiado su relación, y si bien el joven príncipe había aceptado sin una pizca de lamento, una parte de él se apenaba en que ya no conocería el placer que le brindó su maestro en las artes del dormitorio. Noble, hermoso y alegre siempre le había parecido Glorfindel al Dorado príncipe, y había mucha afección en su corazón por el señor elfo, y Legolas se preguntó a sí mismo que hubiera sucedido si su relación seguía siendo íntima por un tiempo indefinido¿Acaso hubiera llegado a amar a Glorfindel como uno ama al compañero con quien se desea pasar la eternidad? Ahora nunca lo sabría.
En su mente también pesaba su cambiada relación con los gemelos peredhil, si bien el joven príncipe ya había conocido al más joven gemelo entre las sábanas, nunca en su corta vida pensó en yacer al mismo tiempo con dos elfos cercanamente relacionados, y menos aún hermanos¡Y gemelos en eso!
Con sobresalto Legolas se dio cuenta que su cuerpo empezó a cosquillear entre sus piernas al pensar en lo ocurrido con Elladan y Elrohir, y el principito se retorció incómodamente en su silla, causando a Nimloss, su corcel, relinchar en molestia. El joven elfo miró cautelosamente a su alrededor y suspiró débilmente en alivio al ver que ninguno de sus compañeros de viaje le estaba prestando atención.
Una sofocada risita escapó sus labios mientras Legolas recordaba la proferida inclinación de Elladan por los encantos de las doncellas, y aunque las tres veces que Legolas había yacido con los gemelos al mismo tiempo siempre había tenido que jugar de vaina tanto como espada, no puedo menos que sonreír pícaramente al recordar el entusiasta disfrute del mayor de los gemelos al abrimiento y posterior excavación de su cuerpo.
Un suspiro de alivio escapó sus labios sin que Legolas pudiera detenerlo. Su mente recordó la víspera, después del festín que el señor Elrond ofreció la noche antes en honor y despedida para su gente. Y es que Elrohir lo había buscado para yacer en su lecho, y fue con suma dificultad y arduo razonamiento que el principito alcanzó a copular con Elrohir, hundiéndose repetidamente dentro del cuerpo del joven gemelo, hasta bien avanzada la noche, tomando su placer tres veces seguidas antes de quedar saciado y dejando que los sueños élficos lo exijan al fin dentro de los brazos del hijo de Elrond. Y es que Elrohir había querido ser el que hiciera el tomado la noche antes, y fue con gran cantidad de persuasión y apelando a su viaje que Legolas logró convencerlo de lo contrario. No es que el joven príncipe no hubiera disfrutado siendo el receptor del duro deseo de los gemelos élficos, en especial de Elrohir quien parecía más propenso a tomar esa posición, sino simplemente fue por practicabilidad, o al menos eso el principito se dijo a sí mismo, ya que nada se comparaba al placer que sintió, habiéndose deleitado enormemente atravesando y acariciando una y otra vez el interior de Elrohir, y dándole sumo placer en retorno.
Otro suspiro de alivio escapó sus labios mientras se acomodaba sobre su caballo. No quería ni pensar en como estuviera ahora si hubiera dejado a Elrohir tomar el control.
Los ojos azul cielo de Legolas miraron las montañas sin verlas, en vez veía a las doncellas de Imladris que le habían dado la bienvenida en sus lechos a los largo de su permanencia. Glorfindel lo había reprendido benignamente que su visita no era para diezmar la población de Imladris, sino para establecer mejores relaciones entre los dos reinos. Y con todo el príncipe descaradamente había replicado que él se estaba esmerando en crear estrechas relaciones con los habitantes del Valle. El capitán solo había sacudido su noble cabeza en exasperación y encargó a los gemelos en distraer a su huésped, cosa que los hijos de Elrond habían hecho estupendamente, en una ocasión hasta salvando al principito de un enojado padre quien había descubierto la poco modesta conducta de su casta, hasta antes que conociera a Legolas, y honorable hija..
El único lamento en su visita al Valle era no saber como había ofendido al sabio y serio Erestor de Imladris. Su corazón tomando ánimo en la próxima vez en que lo viera pediría disculpas por cualquier ofensa que sin querer hubiera cometido.
No obstante, el principito llegó a la conclusión que ya ansiaba a su próxima visita al hogar de Elrond Peredhel, aunque el Señor de Imladris con seguridad estaría infinitamente agradecido si pasaran un par de milenios, ante la casi diaria procesión de quejas que su estudio recibía por una que otra broma jugada por el principito y sus hijos en conspiración.
"Aminoren el paso."
La voz de Andríl, quien iba a la cabeza de su grupo, sacó al joven elfo de sus entretenidos pensamientos, y sus claros ojos se levantaron para escanear el horizonte.
"Príncipe Legolas," la firme voz de Armereth lo detuvo cuando Legolas tiraba de la rienda de su caballo para hacerlo avanzar y alcanzar el lado del más viejo elfo de su partida, para enterarse de lo que ocurría. "permanece en el medio. No sabemos quien se acerca y es mejor estar prevenidos."
Y en efecto, Legolas vio como Silinde, Garandíl, Laífenass movían sus manos y las depositaban en las empuñaduras de sus espadas a sus lados. Armereth ya había descolgado su arco, y lo mantenía flojamente en una mano. La mirada del príncipe saltó a Andríl y vio que era el único aparentemente no preocupado, sus armas estaban todavía en sus sitios, pero una más cercana inspección revelaba su tenso y cauteloso porte.
El joven príncipe dudó un poco, no sabía si descolgar su arco a la manera de Armereth, jalar sus cuchillas o mantenerse impávido como Andríl.
Sus dudas llegaron a un fin al otear de nuevo el horizonte.
Un pequeño grupo de personas se acercaban en su dirección, y aparentemente al haberlos divisado también habían aminorado su paso. A los ojos del príncipe no parecieron enemigos, pero su adar le había enseñado a estar siempre cauteloso, ya que eran oscuros tiempos en los que vivían.
A la corta distancia de unos veinte pasos los dos grupos llamaron a su gente a un alto total. A pesar de los agudos ojos élficos de su gente y la cercanía, no se podía distinguir bien el aspecto de los otros viajantes, ya que ellos también llevaban amplias capuchas tiradas sobre sus cabezas. Pero Legolas miró a los corceles, y mientras estos relinchaban se dio cuenta de que habían sido criados por elfos.
"Buen encuentro viajantes del Este," llamó Andríl, quien al parecer dedujo lo mismo que Legolas, y vio que los otros eran elfos quienes estarían yendo de visita o regresando al Valle de Imladris. "Nos disponemos a cruzar las montañas en nuestro camino al Valle del Anduin y más allá."
El principito frunció el ceño debajo de su capucha ante el saludo de Andríl, ya que parecía más bien parco y poco amical, y sin embargo vio con sorpresa como el elfo que conformaba la vanguardia del otro grupo levantó una mano y dejó caer su capucha para revelar facciones élficas enmarcada por oscuros y largos cabellos. "Feliz encuentro gente del bosque. Pueda la Dama de las estrellas iluminar el camino que sigan en su viaje." El oscuro elfo avanzó un poco más con su caballo, y Andríl en gesto recíproco bajo su capucha de su noble cabeza. "Hemos atravesado el Paso del Cuerno Rojo en nuestro camino desde el Valle del Anduin" el elfo continuó, "y libres, sin incidente alguno lo atravesamos."
Ante un leve asentimiento de cabeza de Andríl, Silinde, Garandíl, Laífenass y Armereth abandonaron su defensiva postura; y apenas sutil movimiento en el otro grupo indicó que los otros estaban haciendo lo mismo. Y ante otra casi imperceptible señal de sus guías los dos grupos se acercaron aún más.
El elfo de cabellos oscuros y Andríl se saludaron como guerreros estrechando sus antebrazos con las manos. "Mi nombre es Golradír." Habló el líder del otro grupo, respondiendo a la presentación del guerrero silvano, "y hacemos nuestro camino de regreso a Imladris. ¿Vienen de allí?" preguntó curioso.
Legolas, al ver que eran gente del Valle con quienes se habían encontrado, con su juvenil exuberancia quería unirse prestamente a la conversación, más la firme mano de Armereth y gentil presión lo detuvo. Sobresaltado, giro interrogantes ojos hacia la fría doncella guerrera, quien solo le instó a permanecer callado y tranquilo con una penetrante mirada. Y con más sorpresa el joven príncipe se dio cuenta que los elfos del otro grupo, sin contar al líder, también permanecían en silencio.
Después de una breve conversación donde cada elfo intercambió información relevante para cada grupo y su viaje, Andríl dio señal a sus elfos de continuar. "Feliz partida gente del valle. Que el camino sea firme y seguro hasta que alcancen el santuario."
Golradír señaló a sus elfos para retomar su viaje, y alcanzando por el brazo de Andríl y agarrándolo en un gesto de despedida, asintió levemente con la cabeza en respeto. "Feliz viaje a ti Andríl y a los tuyos. Que la Señora guíe tus pasos como ha guiado el nuestro."
Con eso los dos grupos continuaron su viaje, un grupo pasando al lado del otro en su camino a su destino.
Legolas no pudo evitar su curiosidad, y mientras el otro grupo pasaba a su lado giró su cabeza y atisbó curiosamente a los otros elfos quienes pasaban no perturbados e indiferentes. Más de pronto una cabeza giró en su dirección, y aunque la capucha velaba el rostro, por la forma Legolas dedujo que era una doncella élfica la que lo observaba, y cuando trató de ver el rostro oculto por la capucha, jadeó quedamente en sorpresa al notar un par de brillantes ojos. Grises como en una noche despejada le parecieron, y que brillaban con la luz de las estrellas en ellos. Y aunque los otros elfos ya empezaban a alejarse, el principito siguió con la mirada tratando de mantener el contacto con esos ojos, girando la cabeza sobre sus hombros para seguir su camino, más una firme mano sin compunción agarró su cabeza y la volteó hacia delante. Legolas giró una vez más su cabeza solo para ver el desaprobador ceño de Armereth enfocado en él.
Suspirando en derrota Legolas fijo de nuevo su vista hacia delante, hacia las enormes montañas que conformaban la espina dorsal de la Tierra Media, y la más difícil parte de su viaje.
Esa noche cuando el pequeño grupo de elfos silvanos hizo su campamento y se dispuso a descansar, el joven príncipe soñó con grises ojos con la luz de las estrellas brillante en ellos, e inconsciente aún a él mismo, un nombre élfico escapó de sus entreabiertos labios.
"Arwen."
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TBC
Notas
Im mella le, ada – Te amo, papá
Anor – El sol
Ellith – Doncellas élficas (sing. elleth)
Ellyn - Elfos (sing. ellon)
62 de Hriive del año 2505 – 21 de enero
Melethron nin – Mi amante
Mellon nin – Amigo mío
