Maybe be run out of time...
Por un segundo el aire abandona mi cuerpo y me quedo ahí, boqueando como un pez fuera del agua. Pero aspiro de nuevo y sobreviene el desasosiego, la desgarradora impaciencia. Un único pensamiento cruza mi cabeza: si me toca morir que sea YA.
Itachi me acaricia la mejilla y evalúa mi rostro, queriendo adivinar qué se me pasa por la cabeza. Con lo poco que le cuesta adivinarlo debe haberlo deducido ya. Pero en vez de tranquilizarme coge mi mano y cierra mis dedos alrededor de algo alargado. Es un abanico.
–El mentor de Moegi me ha cazado en el hall –explica –. Me ha dicho que ella quería que lo tuvieras. Como agradecimiento.
Me quedo mirando el objeto como una tonta. Es un regalo. El Distrito 12 es el más pobre de todo Panem; ¿cómo de preciado es este bien para la niña? Además, no lo quiero. No la he defendido por ella; la he defendido por mí misma, por intentar sentirme mejor.
Aplasto el abanico contra el pecho de Itachi para que lo coja, pero él me agarra de la muñeca e impide que lo suelte.
–No lo hagas. A estas alturas ya no tiene sentido devolvérselo, Temari. Esa niña no va a sobrevivir... pero se sentirá mejor si cree que te ha agradecido el esfuerzo.
Agradecido el esfuerzo. Irónico...
Itachi me lleva a la habitación y me ayuda a quitarme el vestido y los cristales de los labios y el pecho. Después cenamos mientras vemos las repeticiones de las entrevistas. Yo parezco una prepotente y una engreída, pero el resto se muestran satisfechos y dicen que estoy preciosa. Sasori tampoco está mal y los presentadores indagan acerca de por qué se presentaría voluntario. Hasta hace diez minutos le odiaba porque dio a entender que pudo ser por mí, pero ahora mismo me da igual. Total, ¿qué diferencia puede haber de cara a los juegos?
Soy la única que opina que la mejor entrevista es sin duda la del chico del 7: fresco, natural, con un encantador toque cómico. Con eso y su once está claro quién va a ser el favorito en estos Juegos. Además, ahora que lo veo con otra perspectiva, su estilista realmente consiguió que estuviera impresionante, con ese pequeño toque de maquillaje negro que profundiza su mirada.
Sacudo mi cabeza y trato de apartarle de mis pensamientos. ¿Qué era eso que nos repetía tanto mi padre sobre lo que se debía pensar del resto de los tributos? Ah, sí. No son gente, son tus presas. Si tú no eres el cazador, entonces serás el cazado. Quién no querría tener un padre tan majo, ¿a que sí?
Es mi última gran cena, así que bato mi propio récord y me pongo como una auténtica cerda. La adrenalina sigue corriendo por mis venas a toda velocidad, y eso hace que me sienta ansiosa, y siempre que estoy de los nervios tengo un hambre incontenible. Para cuando termino me siento tan llena que sería capaz de llegar rodando al dormitorio, pero no me arrepiento: quizá mañana a estas horas no haya comido nada en todo el día.
Vemos terminar el programa todos juntos en el salón y después de eso la pantalla queda en silencio. Es un poco pronto, pero mañana me despertarán al alba y a las diez empezarán los Juegos. Nos explican que tan sólo Itachi y Ken nos acompañarán hasta el estadio, y que Tsunade, Chiyo y Baki irán a la sede central de los juegos, donde se encargarán de hacer tratos con los patrocinadores y administrar el dinero que nos llega. Por lo tanto, éste es el momento de la despedida.
Tsunade, que se ha preparado para el momento con botella y media de vino, hace verdaderos esfuerzos para no echarse a llorar... en vano. Me abraza tan fuerte que temo asfixiarme, y a Sasori le hace la misma a juzgar por la cara de socorro que pone. Después balbucea alguna que otra frase de rigor y se marcha enjugándose las lágrimas con su guante. La verdad, de la señora embardunada con maquillaje que conocía de la cosecha a la mujer agresiva pero sensible que he vislumbrado estos últimos días hay un salto gigantesco, y se me encoje el corazón al verla marchar.
Chiyo y Baki quieren hablar con nosotros a solas, así que se retiran un poco para dejar que Sasori y yo nos despidamos. Nos damos la mano con frialdad y me deja pasmada en el último momento susurrándome:
–¿Sabes? Si no gano yo, estaría bien que tú lo hicieras.
–Oh –ni siquiera soy capaz de formular la educada contestación de "yo estaba pensando lo mismo". Más que nada porque no sé si sería cierto.
Le veo desaparecer por el pasillo. Habrá que ver si mañana sigue siendo tan amigo mío.
Baki me acompaña a la habitación y, para sorpresa mía, me revuelve un poco el pelo, como si fuera una niña de ocho años. Pero en seguida se pone serio; quiere darme su última ayuda.
–Corres bien, ¿verdad? En el desierto habrás aprendido a echar buenas carreras.
–Sí –uno de los castigos favoritos de mi padre era ponernos a los tres a la misma distancia de un punto central donde dejaba una sola ración de comida. El que la cogía antes, comía ese día. Una vez le desobedecimos y repartimos el botín entre los tres; eso hizo que nos quitara a todos la comida.
–Entonces mañana haz exactamente lo que te voy a decir –continúa Baki–: evalúa el terreno de la Cornucopia en cuanto salgas al exterior. Si ves que puedes llegar a algún arma de calidad antes de que te acribillen, entonces corre tanto como puedas, cógela y sal pitando. Pero si no, lárgate de ahí como alma que persigue el diablo, no seas avariciosa. Tú misma me dijiste que se te daba mal la lucha a corta distancia, así que evita al máximo las peleas directas con el resto. Después asegúrate una fuente de agua.
–¿Algo más que merezca la pena saber?
–Sí. Recuerda que este juego no deja de ser un espectáculo; todo estará pensado para explotar al máximo las oportunidades que les brindáis... y tú vas a ser un blanco fácil para eso.
– ¿A qué te refieres? –inquiero, nerviosa – ¿Te refieres a que puedan... no sé... hacer algún tipo de referencia a mis padres?
–Sí. No te puedo decir cómo... pero es posible. Así que ya sabes, evita reacciones pasionales como la de hoy. Ya está, no tengo nada más que decir.
Antes de que sea capaz de digerir lo que me ha dicho se ha marchado. Se me hace un nudo en la garganta: quería pedirle perdón por no haber dejado de darle problemas, por no haber sabido llevar con éxito la estrategia que planeó para mí. Además, era amigo de mi padre, le enseñó lo que él me ha tratado de enseñar a mí. Sé que si no salgo viva de aquí jamás se lo podrá perdonar. ¿O acaso algún mentor puede olvidar a todos esos chicos a los que intentan salvar año tras año en vano?
Al final me quedo sola en la habitación. Son apenas las diez de la noche y el resto de días me he dormido alrededor de las dos o las tres de la mañana. Me meto en la ducha y me pongo modos relajantes mientras se desprende de mi piel ese disfraz irreal que me hacía bonita y deseable, y me voy transformando en la Temari de siempre: tosca, rubia y agresiva.
Me pongo el pijama y me tumbo en la cama. Sé que no conseguiré dormirme, pero durante un rato lo intento. Es como en la primera noche: la ansiedad va aumentando cuanto más rato permanezco ahí. No me queda escapatoria: quería evita hoy las pastillas para dormir porque me da miedo no tener mañana la cabeza despejada. Pero me las tengo que tomar, y deseo tanto dormirme que antes de que me dé cuenta me he tomado cinco pastillas, más del doble de lo que Tsunade me recomendó.
Mis pies hacen el camino hasta el tejado solos, esta vez tan sólo me llevo una mantita. Cuando me tumbo boca arriba la cabeza me da vueltas. Las pocas estrellas que se ven danzan en el cielo como si fueran luciérnagas. Cierro los ojos para ver si así el mundo se desvanece y comienza el sueño, vacío y sin recuerdos... pero la imagen del chico del 7 vuelve.
No, no. Eso ahora no. Debo pensar en cosas que me puedan venir ahora bien, como... como los juegos. Entonces se me aparece mi padre, muerto con su cara agusanada. No por favor, tampoco me sirve, esto es lo que menos me sirve.
Gaara, pensaré en él. ¿Dónde estás, hermanito? Quizá estés pensando ahora en mí, en tu hermana que probablemente muera mañana. Mierda, eso tampoco es bueno para mi última noche. Algo bonito mejor. Mi comadreja, Kamatari. También los gatos son bonitos. Y los besos... mierda, eso tampoco. Me hace recordar lo mucho que me disgusta morir sin haber besado a nadie. Ya casi soy mayor de edad, y soy como una niña inútil que piensa en cosas absurdas... de nuevo se me aparece el chico del 7, con su coleta alta y hablando al público hace unas horas.
Haría todas esas pequeñas cosas que todo el mundo imagina en una vida perfecta. Me retiraría pronto, me casaría, tendrías dos hijos, un chico y una chica... Ayudaría a mi padre con su trabajo y a mi madre con su consulta... No sé. Sería feliz viviendo.
–Estúpido –digo en voz alta. Una lágrima me resbala por la sien – ¿Cómo puedes pensar todo eso ahora? Eres un estúpido...
– ¿Me dices a mí?
El susto hace que salte, tanto que me pongo de pie. Pero las rodillas se me doblan como si fueran gelatina y voy tropezando hacia un lado hasta caer. Las consecuencias de las pastillas... Miro a mi alrededor aterrada, buscando el origen de la voz.
Entonces veo una lucecita roja moverse a unos metros de mí, cerca del suelo. Esa luz por un momento gana intensidad y de repente lo huelo. Ese dulzor que me lleva persiguiendo todas las noches y sus mañanas, ese olor que me recordaba a casa, al tabaco de las cachimbas. No estaba muy desencaminada: es humo de cigarro.
Vuelve a dar otra calada y la lucecita vuelve a ganar brillo; eso hace que sus ojos oscuros se iluminen brevemente. Sigue con la coleta puesta y se puede ver que ha intentado desmaquillarse, aunque con poca maña.
Aunque mis músculos quieren relajarse y tirarme al suelo, mi instinto trata con desesperación de advertirme, como si ya estuviéramos en la arena y mi vida corriese peligro. Consigo sentarme bajo su atenta mirada, apoyando mi espalda contra la pared. Tiene esa mueca de aburrimiento que no se le borra de la cara, pero sus ojos no engañan: están fijos en mí, analizando cada movimiento.
– ¿Qué te has tomado? Pareces drogada –pregunta, alzando una ceja ante mi evidente falta de coordinación.
–Yo... insomnio –consigo decirle. Ahora hasta la lengua me pesa.
–Ah, entiendo. Pensabas que no podrías dormir y te has pasado con la dosis. ¿O querías suicidarte?
–A ti qué te importa –la sugerencia me molesta tanto que saco fuerzas para decir la frase entera.
–Tienes razón, no me importa. Estar contigo aquí ya es de por sí bastante problemático – decide entonces hacer como si no estuviera con él, dándole otra larga y tranquila calada a su cigarrillo.
Los efectos de las pastillas ya son tan fuertes que los párpados se me empiezan a caer, por mucho que mi instinto esté como loco y mis dedos fríos y rígidos. Me dejo resbalar hasta prácticamente quedar tumbada, con el cielo feo y amarillento del Capitolio sobre mí. Estoy a punto de quedarme de desconectarme cuando el rostro del chico aparece en mi campo de visión, tapándome la estrella polar.
–Oye, ¿estás bien? Tienes los labios azules –suelta un gruñido por lo bajo– . Mira que amargarme la última noche...
Sólo hay algo que me mantenga despierta, y es una pregunta que pende de la punta de mi lengua. No creo que me responda, pero necesito hacerla de todos modos.
–El once... ¿por qué?
Él se ríe entre dientes, aunque no parece estar divirtiéndose. Toma otra calada, pensativo; lo último que distingo antes de cerrar los ojos definitivamente es el humo, que parece niebla acariciando sus labios.
–Sabes que no te lo voy a decir. Pero sí te voy a dar un consejo: no te acerques a las sombras... quién sabe lo que se esconde en ellas.
Es Itachi el que me viene a buscar por la mañana y no la chica avox. No me entero ni de lo que me dice, pero luego un chorro de agua helada me cae encima de la cabeza, haciendo que salte y me ponga en guardia. Cuando le consigo reconocer con la jarra en la mano veo que me mira extrañado, casi preocupado.
–¿Qué te ha pasado?
Al principio no entiendo qué quiere decir, pero en seguida me doy cuenta de las cosas que no encajan: la habitación desordenada. El pijama... el pijama tirado en el suelo hecho un revoltijo y con marcas de suciedad. ¿El pijama en el suelo? ¡Joder! ¿De dónde ha salido esta otra ropa que llevo puesta? ¿Y en qué momento me la he cambiado?
Me viene a la cabeza la conversación en el tejado. Casi me da algo con sólo pensarlo: ¡ese maldito cabrón! ¿Qué me hizo? ¿Tiene que ver con que ya no tenga el mismo pijama de antes? Yo... ¡Dios, esto es demasiado como para tener que pensarlo ahora!
Mientras me acribillan todas estas cosas y me voy alterando poco a poco, un increíble dolor de cabeza me ataca, abarcando mi mente como una masa densa que da ganas de dormir. Claro, las pastillas... tanta cantidad me sentó fatal, incluso puede que fuera algún tipo de sobredosis. Cojo mi pijama y compruebo que la suciedad que hay en él es vómito. ¿Acaso mi cuerpo no tolerase tanta cantidad y me vomité encima? (¡Espero haberle vomitado encima a él!) Todo empieza a cobrar sentido, pero, ¿por qué no recuerdo cómo llegué hasta aquí?
Itachi me arranca de mis divagaciones:
–Tenemos que ir al estadio. Hay que subir al tejado y coger un aerodeslizador.
Vuelvo a la realidad de sopetón y noto la sangre bombeando con más fuerza en mis sienes.
Me tiende una túnica y salimos de mi habitación para coger el ascensor; no nos cruzarnos con nadie. Subimos juntos al tejado, que está vacío excepto por el aerodeslizador que me espera. Unas escalerillas salen de él y cuando me agarro a ellas es como si mi cuerpo se convirtiese en una estatua, paralizándome. Me suben y antes de soltarme un hombre aparece con un instrumento parecido a una pistola.
–No te preocupes, es un dispositivo de seguimiento. Te lo voy a poner en el brazo, ¿de acuerdo? Así, muy bien.
El dolor es agudo y la sensación en la carne nauseabunda, pero no me viene mal en estos momentos; aunque mi cuerpo responda con normalidad tengo la mente muy espesa, todavía afectada por las pastillas, y parece que los estímulos del exterior tardan en afectarme.
Me sueltan de la escalera y suben a Itachi un minuto después. Nos acompañan a una habitación en la que me han preparado un suntuoso desayuno. El estilista me hace comer y beber agua en abundancia. Tomo algo de café para ver si me sirve un poco, pero sin pasarme, que ya soy yo lo bastante nerviosa sin que nada me ayude. El dolor de cabeza parece disminuir con la distracción en el estómago.
El viaje en aerodeslizador no dura demasiado; en algún momento tiñen las ventanas de negro, lo cual me indica que ya casi estamos. Ahora me conducirán a unas catacumbas que hay debajo del estadio, donde Itachi me preparará y por donde saldré al lado de la Cornucopia, el punto central y más representativo de los juegos.
Es aerodeslizador aterriza y somos conducidos a la llamada sala de lanzamiento, que es parecida a un camerino. Me ducho, me lavo los dientes y espero pacientemente mientras Itachi me peina. Cuando termina me doy cuenta de que me ha hecho las cuatro coletas, exactamente como yo me las hacía siempre en casa. Aunque no tengo cuerpo como para pensar en cosas agradables, me hace sentir algo mejor, un poco más yo.
Saca la ropa de una bolsa precintada que ya había cuando hemos llegado. Observa con detenimiento cada una de las cosas, apreciando los tejidos y describiéndome sus utilidades.
–La camiseta interior es de lana; seguramente haga frío, o mucha humedad –confirma lo primero al ver la camiseta negra de cuello alto y manga larga, así como la chaqueta impermeable y los pantalones. El calzado lo constituyen unas botas de cuero negro, con cordones y una suela de goma que me vendrá bien para no resbalar.
Lo último que me pone en el cuello es el reloj de arena. Es el recuerdo que he elegido para llevarme conmigo a los juegos; le permiten llevar uno a cada tributo, aunque deben pasar una revisión. No tengo ni idea de cuándo ha pasado el mío esta prueba, pero si Itachi lo tiene es que no lo he tenido tan vigilado como yo pensaba.
Me hace caminar alrededor de la habitación para ver cómo me desenvuelvo con los zapatos. Por fortuna no me molestan, que era lo que más miedo me daba. En vez de eso el cuero parece ajustarse a mi pie, respetarlo y hacerlo sentir a gusto.
Me ofrecen más comida y me dedico a comer castañas asadas, que entran bien y aportan mucha energía. También tomo zumo de naranja, que aparte de hidratarme tiene vitaminas. Pero pronto ya no me entra nada más y me quedo ahí, aterrada, pensando en lo que viene ahora. Itachi se sienta a mi lado y me coge de la mano. Yo no me resisto al contacto y le abrazo; nos quedamos así, hechos una bola, mientras los interminables minutos pasan.
–Temari –susurra en un momento dado –, lo siento. Ayer no quería decir que no tuvieras ninguna oportunidad. Debería habértelo aclarado antes de irme.
La verdad es que en estos momentos no me interesa nada hablar del presidente y el asunto del reloj de arena, pero no hay nada mejor que hacer.
–¿Entonces?
–Simplemente que lo vas a tener difícil, pero no imposible. No es un seguro, pero si un quizá –se aparta y me mira a los ojos con seriedad –. No puedes rendirte, Temari. Eres capaz de hacerlo.
Me permito sonreír, pero entro en pánico cuando una voz de mujer nos avisa de que ha llegado el momento del lanzamiento. Itachi me lleva de la mano hasta la placa de metal redonda. Cuando hace amago de soltarme me aferro con fuerza a él con la imperiosa necesidad de decir algo... aunque no sepa qué.
–Mis hermanos...
–Tranquila. Les escribiré algo bonito de tu parte.
Asiento, agradecida por lo bien que sabe leer mi mente. Le sonrío como puedo y él me acaricia la mejilla.
–Tienes unos ojos preciosos. De lo más bonitos que he visto –me besa la sien, como haría mi tío Yashamaru.
Entonces me rodea un tubo de cristal y ya no puedo seguir tocándole. Por un segundo los dos apoyamos las manos en el cristal como para querer tocarnos y yo dedico todos mis esfuerzos a memorizar a esta persona tan maravillosa: sus uñas pintadas de morado, su sencillo collar, las grandes ojeras bajo esos ojos tan excéntricos y tristes. No necesito imaginarme la desolación en su rostro. Sí, definitivamente ha merecido la pena conocerle...
El cilindro empieza a elevarse y durante unos segundos me quedo a oscuras, lo que me hace sentir atrapada. Pero en seguida aparece la luz por encima de mi cabeza y salgo al exterior. Me llega el olor de un sitio distinto: humedad que huele a vegetación, a densa vegetación, y muy por debajo olor a sal.
Todo retumba al fuerte grito de Deidara:
–¡Damas y caballeros, que empiecen los nonagésimo séptimos juegos del hambre!
Comienza la cuenta atrás.
¿Y bien? ¿Qué os ha parecido? ¿Merezco algún review? =P
Para que os tengo en cuenta voy a hacer una petición popular: quiero canciones que os hagan pensar en el shikatema, o cualquier que os guste y que podáis pensar que me puede venir bien para escribir! =)
Bueno, os dejo, que mañana tengo examen T_T Gracias por vuestros reviews, alertas y demás, me alegráis el día. Hasta la semana que viene!
Y.L.
