Londres de noche.

Mientras sus pasos se deslizan perezosos por entre los callejones repletos de ocasionales borrachos de andar torpe y transeúntes apresurados, no puede evitar pensar en lo mucho que han cambiado las cosas. Lo diferente que es su vida ahora. Lo diferente que es la ciudad ahora. Lo distinto que es todo ya.

Ese chico...

El recuerdo de la reciente pelea lo inquieta, inevitablemente. La herida no era grave; sin embargo, no recuerda haber visto jamás una mirada así: poblada de ira, desprecio, tristeza y desesperación. Alguna vez en el pasado, durante una discusión especialmente fuerte, George le ha gritado a la cara lo afortunado que continúa siendo, a pesar de las tragedias. A pesar de todo. En aquel momento no ha comprendido lo que en realidad quería decir el guardián; pero esa noche ha creído tener frente así la respuesta.

Sí.

Se siente afortunado aunque su familia entera ha terminado siendo sólo una serie de nombres inscritos sobre frío mármol, aunque sus sueños de libertad han sido aprisionados por el deber, aunque el mundo que conocía y él mismo han cambiado de rostro una vez más.

Pensativo acaricia su rostro, libre ya de las restricciones de la barba y el bigote. En Inglaterra le resulta más sencillo pasar desapercibido sin necesidad de tantos subterfugios, al menos por las noches, que es cuando puede escapar un minuto de sus múltiples labores y su arduo entrenamiento. Es el último esfuerzo, el último tirón para terminar de afianzarse y enfrentar al mundo entero con dignidad y firmeza. Ya no falta mucho para que su identidad sea del dominio público y ése será el fin de su escasa tranquilidad.

Suspira, sabiendo que la resignación llegará ¿Cuándo? No lo sabe. Pero al menos sabe que todo lo que hace es en provecho de mucha gente y que su vida no será inútil. Una mueca irónica se dibuja en su rostro al reconocer que ni siquiera su provechosa vida es mérito suyo; porque a ninguno en su posición le está permitido el desperdicio, ni la estupidez y, mucho menos, la autocompasión o la autocomplacencia.

Inesperadamente otro recuerdo surge en su memoria: aquella niña llorando entre sus brazos. Resulta extraño el sólo pensarlo, pero, muy en lo secreto de su corazón atesora ese momento. No puede evitar pensar que ese encuentro ha sanado su alma de manera inexplicable; como si cada lágrima que hubiera rodado por las tiernas mejillas de la niña en realidad hubiera vaciado el dique de su propia reserva de tristeza, dejándolo limpio y en paz.

De alguna manera, aquel momento pasado en el pórtico de Rose al lado de aquella niña, ha sido mágico. Como si cada lágrima que ella vertía se convirtiese en suya; como si ella hubiera llorado todo lo que él jamás iba a poder hacerlo.

Muy, muy extraño. Sin embargo, no tiene ánimos de meditar en ello. Sabe perfectamente que algunas respuestas sólo surgen con el tiempo... o nunca llegan.

¿Qué pensará ella cuando la verdad salga a la luz? ¿Cuando descubra que él...?

Sus reflexiones son cortadas de tajo y siente cómo su corazón altera el ritmo, cuando las luces citadinas le regalan una visión imposible:

La imagen de una jovencita rubia que transita despreocupadamente por entre las callejuelas, sin percatarse del peligro que corre en ese rumbo y a esas horas.

*.*.*.*.*.*.*
Talismán
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La noche aguarda, con todas sus emociones y también con sus peligros. Tras escalar la pared de piedra, de pronto se encuentra respirando libertad y eso es de agradecer. No importa que tal libertad esté envuelta en tinieblas y malos olores. Más allá de donde se encuentra, las luces comienzan a brillar con más fuerza.

Es de noche, y con toda seguridad la farmacia que busca está cerrada. Es lógico. A esa hora sólo los bares están abiertos. Sin embargo, continúa avanzando, un poco desconcertada por el ambiente, que no se parece a nada que haya conocido.

De improviso, a sus espaldas, una voz interrumpe su andar:

¡Hey, señorita!

*.*.*.Talismán.*.*.*

La confusión se apodera de ella y, por primera vez desde que ha saltado los muros del colegio y de la disciplina, se pregunta si no habrá sido un error esa pequeña aventura. El corazón le late con fuerza antes de decidirse a girar. Debe ser valiente y no dudar.

El airado reclamo sale de su garganta al tiempo que él aparece tras la esquina. Es un hombre.

Lentes oscuros, que ocultan una mirada risueña y chaqueta que han visto mejores días. Él no parece amenazante, a pesar de su aire desaliñado; sin embargo, no recuerda haberlo visto antes y, todavía desconcertada, lo escucha preguntar:

¿Te has olvidado de mí, Candy?

*.*.*.Talismán.*.*.*

Acompañado de una imagen muy distinta, el sonido de aquella dulce voz se filtra entre sus recuerdos; recuerdos de un sitio muy muy lejano: un lugar que se ha quedado al otro lado del océano.

¡No es posible...! ¡No puede ser! ¿Cómo es que precisamente él está aquí? Su rostro es distinto; sin embargo, es su voz, su mirada, su sonrisa...

Después de comprender que no está soñando, se lanza hacia los brazos que ya están listos para recibirla, mientras un grito emocionado escapa de su garganta:

¡De verdad eres tú!

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Talismán
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