Disclaimer: Los personajes de Naruto y la historia Corazón Salvaje no me pertenecen sino al Mangaka japonés Masashi Kishimoto y a la escritora mexicana Caridad Bravo Adams. Este fic es hecho con fines recreativos no pretendo buscar ningún tipo de remuneración o reconocimiento, simplemente lo comparto con ustedes porque realmente me gusta la historia y los personajes de Naruto.
¡Holaaaa meus amores! ¿Me extrañaron? Estuve a punto de no subirles capítulo porque se dañó el pin de carga de mi portátil y he de decir que están carísimos, pero como siempre mis dotes de electricista encontraron una solución. Lo fusioné (de forma segura no se asusten) con el que tenía para el carro y ya quedó como nuevo, cero corto, cero sobrecaliento y lo mejor de todo, ya no queda flojo el pin de carga (sí el del carro estaba nuevo de paquete y no lo había usado nunca), por ende ya apenas la muevo no se apaga como lo hacía antes, porque sí, mi batería también pasó a mejor vida y no la he visto en ningún lado.
Ya dejo de contar mis desgracias para subirle capítulo, por suerte todo se solucionó. Seguro están pensando, "Oye, ¿Pero por qué no te compras una nueva?", lo he pensado, pero no es tan fácil, están muy caras y pues no tengo money xD, soy pobre mis queridos lectores T_T jajajaja.
Ahora sí,
La historia tendrá tres partes como la trilogía original, "Sasuke y Sakura", "Hinata" (Viene siendo el libro de Mónica) y la última el desenlace y final "Sasuke no Akuma" (Viene siendo el libro de Juan del Diablo versión Sasuke)
Realmente espero que sea de su agrado. Ya sin más que añadir, los dejo con la lectura. Disfrútenla, nos leemos al final.
PRIMERA PARTE
SASUKE Y SAKURA
Capítulo 5
— ¡Que linda estás, hija… pero qué linda! Mírate un momento en el espejo…
Las blancas manos de Samui acaban de prender la corona y el velo sobre los brillantes cabellos rosados de Sakura Hyūga, mientras Mebuki sonríe emocionada y las tres doncellas arreglan cuidadosamente los pliegues sobre la larguísima cola del traje de desposada.
—Ya puede sentirse feliz mi Naruto… y orgulloso el padrino que va a llevarte del brazo al altar.
—Aquí está tu rosario y tu pañuelo. Que Dios te bendiga, hija mía. ¡Qué linda estás… qué linda eres! —Se entusiasma Mebuki Hyūga.
El último alfiler de la cuidadosa toilette ha sido prendido, y las mujeres, que llenan la amplia alcoba, rodean a la novia entre comentarios y cuchicheos. No hay duda que Sakura está más linda que nunca en estos momentos. Por rareza están pálidas sus mejillas siempre sonrosadas, y en el rostro pálido, más ardientes y profundos, los grandes ojos verdes. Tiembla la boca roja, trémula como un botón de rosa encarnada, y hay, a pesar suyo, un fulgor de profunda satisfacción en las pupilas cuando al mirarse en la luna de Venecia, que le devuelve su imagen, se halla a sí misma codiciable y bella. Saliendo de su momentánea abstracción, pregunta:
— ¿Ya es la hora?
—Hace rato… pero déjalos que esperen —aconseja Samui—. Hoy, aquí, la única persona verdaderamente importante eres tú, Sakura.
Ésta ha sonreído, escuchando el murmullo elegante que llega hasta ella. Jamás la casa Uchiha, ni en sus mejores tiempos, pareció más brillante que aquella noche. Como un ascua relucen sus mármoles, sus bronces, sus espejos, sus adornos de Sévres, sus vajillas de plata… Las flores desbordan en todos los floreros y forman un camino perfumado desde la escalinata de piedra hasta la pequeña iglesia blanca, a cuyos flancos se agrupan los trabajadores de Mangekyō y de las fincas vecinas, los cocheros y lacayos de los caballeros que llegaron de Uzushiogakure, los campesinos de muchas leguas a la redonda… Dos filas de criados, sosteniendo en alto antorchas, iluminan el trecho, que una noche nublada hace profundamente oscuro. De pronto, Sakura se vuelve a la señora Hyūga e indaga:
— ¿Dónde está Hinata?
— ¿Hinata…? —Balbucea Mebuki—. Pues… pues no sé. Supongo que…
—Aquí la tienes —señala Samui.
En efecto, Hinata se acerca, y es la única que no ha cambiado de aspecto: con su eterno traje negro de mangas largas y alto cuello, con sus negros cabellos peinados con la misma sencillez de siempre, con el pálido y exquisito rostro sin afeites donde el cansancio dejó su huella, con sus grandes ojos a la vez puros y profundos, altivos y sinceros. Y dirigiéndose a Samui, explica:
—El padrino está en la puerta esperando a Sakura. Y Naruto le ruega a usted que ponga en sus manos esto.
—Ponlo tú misma, hija mía, no faltaba más. Samui ha sonreído afectuosamente, observando, tal vez con el deseo de adivinar sus pensamientos, aquel bello rostro enigmático. Pero Hinata, sin vacilar, pone el blanco y perfumado ramo de novia en la mano de Sakura, al tiempo que indica:
—El último detalle, hermana. Ya no te queda sino ir hasta el altar.
— ¿No me deseas buena suerte? —pregunta Sakura con un rumor de sorna en la voz.
—Con toda el alma, hermana —afirma Hinata con la mayor sinceridad.
Lentamente se acerca al altar la bellísima novia, apoyada la mano en el brazo del Gobernador, que parece imponente bajo la bordada casaca de su uniforme de gran gala. La flor y nata de Uzushiogakure, de la isla entera, está en estos momentos bajo el techo de la iglesia de Mangekyō, que brilla como una llamarada de oro bajo la luz de millares de velas. Junto a Naruto, lánguida, y pálida bajo el severo traje negro, Samui Uchiha vive el minuto de emoción intensa que le da aquella boda, mientras los ojos de Naruto, fijos en Sakura, la miran como si con ella se acercase toda la dicha del mundo.
—Sakura de Hyūga y Haruno, ¿quieres por esposo a Naruto Uchiha y Uzumaki?
—Sí quiero…
La mano del sacerdote se ha alzado para bendecir aquellas dos frentes que se inclinan junto al altar, y en el silencio de las respiraciones contenidas vibra la emoción de aquel minuto, tan distinta en los diversos corazones… Hay lágrimas en los ojos de Samui y en los de Mebuki; hay una sonrisa bondadosa, indulgente, de madurez, en los labios del hombre que representa la autoridad de Konoha en la lejana isla tropical; hay una plenitud de dicha pura en las azules pupilas de Naruto; hay un extraño fulgor enigmático en los ojos jade de Sakura… y un poco apartada de los demás, junto a la puerta lateral del templo, las manos sobre el pecho, como si quisieran contener el latido desorbitado de aquel corazón que ahoga su dolor en silencio, Hinata asiste a la ceremonia, casi como ausente. Sus labios están resecos y febriles; sus ojos, envidriados de tristeza, no saben ya de llanto; sus rodillas se doblan suavemente, como si fuera mucho para ellas el frágil peso de su cuerpo; y el pensamiento; que se quema en sí mismo, que arde alumbrando y consumiéndose como las velas del altar, se reconcentra en dos palabras que son una oración:
— ¡Dame fuerzas! ¡Dios mío… dame valor y dame fuerzas…!
Ya brilla el aro de desposada en el dedo de Sakura, ya cayeron sobre la bandeja de plata las trece arras de oro, ya la mano del sacerdote se alza de nuevo, y sus labios van susurrando:
—Las casadas están sujetas a sus maridos como al Señor, por cuanto el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia. Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a su Iglesia y se sacrificó por ella, porque está escrito en el Segundo Libro del Génesis, Versículo 24: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer y serán los dos una misma carne». Cada uno de vosotros, pues, ame a su mujer como a sí mismo, y la mujer obedezca y respete a su marido… Unidos para siempre quedáis, hijos míos, con el santo y fuerte lazo del matrimonio, más fuerte aún en los que, como vosotros, tenéis el deber de dar ejemplo. Que sea vuestro hogar el modelo para los que menos saben y menos tienen. Que sea vuestra vida espejo y norma de virtudes cristianas, de bondad y prudencia, y sean la paz y la felicidad en este mundo, y la salvación eterna en el otro, los premios que el Señor os otorgue. Amén.
Sin fuerzas para acercarse, Hinata ha escuchado los saludos, los parabienes; ha visto los abrazos, las manos que se estrechan, y ahora, transida de un dolor sin nombre, ve cruzar a Sakura, del brazo de Naruto, por la estrecha senda de flores que lleva a las puertas de la iglesia, y les mira alejarse y perderse, como si toda la luz del mundo se apagara de un golpe, como si se abriese la tierra para tragarse toda la belleza de la vida, como si perdiera en un instante toda su razón de existir, y en voz baja, reza:
—Hágase, Señor, Tu voluntad, así en la tierra como en los cielos…
…
La luz deslumbradora y violenta del rayo cercano es lo único que alumbra la playuela desierta, los altos acantilados de rocas, el mar enfurecido, todo aquel imponente concierto de naturaleza salvaje y desencadenado, que hace sonreír a Sasuke no Akuma, como si con todo ello escuchase la vieja música terrible que envolvió su infancia: el Kēpu Akuma, el pedazo de costa más áspera de todo el litoral, y aquella anónima playuela escondida, desconocida, casi inaccesible, que es para él entrada exclusiva y secreta a la cercana ciudad de Uzushiogakure.
A una sola flexión de sus brazos de Hércules, ha metido el bote playa adentro, librándole de la posible furia del mar. Va a echar dentro los remos cuando algo se mueve bajo el banco, e indaga airado:
— ¿Qué, es eso? ¿Quién está ahí?
—Soy yo, patrón…
— ¡Rayo del infierno! ¿Y qué demonios viniste a hacer? ¿Cómo te metiste ahí? ¿Por qué hiciste eso? ¡Contesta!
—Yo quería venir con usted, patrón… quería conocer al ama nueva…
—Entrometida —pretende regañar Sasuke, pero su voz desdice su gesto—. ¿Quién te dio permiso de desobedecerme? ¿Y si se hubiera volcado el bote antes de llegar a tierra?
—Con usted no se vuelca. Y si se vuelca, yo sé nadar también. Me sé tirar desde lo más alto y llegar hasta el fondo buscando una moneda.
—Ya… supongo que has tenido que buscar monedas hasta en el fondo del infierno —acepta Sasuke. Y adoptando un gesto severo, rezonga—: Pero cuando yo doy una orden es para que se cumpla. Dije que bajaría solo y tú fuiste a esconderte en el bote.
—Yo ya estaba aquí, patrón. Desde por la tarde me había metido para que me trajera. Yo quería venir con usted. Si necesita algo en tierra, ¿quién va a servirle, mi amo?
—Bueno, está bien, Karin. Ven, trepa por aquí… Vas a conocer la buena tierra del Remolino, y vas a ver al ama nueva…
Sasuke ha empezado a subir los acantilados con paso firme y rápido, y la pequeña Karin le sigue con gran esfuerzo, hasta que de pronto advierte con entusiasmo:
— ¡Allá hay luces, patrón!
— ¡Quieta! No es allí donde vamos. Es más cerca… por este lado. La casa está a oscuras…
— ¿Eso es una casa?
—Sí, Karin. Ésa es la casa de tu ama.
—Pero está durmiendo… —se desilusiona la muchacha.
—Tal vez duerme… y sueña con Sasuke no Akuma. ¡Pobre de ella si soñara con otro!
— ¿Pobre de ella?
—Todavía no sabes de eso, Karin. Pero cuando un hombre quiere a una mujer, la quiere para él solo o no es un hombre. ¿Comprendes?
La mano ancha y recia se ha apoyado en la espalda de la muchachuela, zarandeándole en ruda caricia. Luego pasa sobre la redonda cabeza de cortos cabellos rojos, y le explica, orgulloso:
—Tu ama es la mujer más linda que has visto nunca, Karin.
—Usted me dijo un día que tenía los ojos como luceros…
—Como luceros sobre el mar le brillan los ojazos verdes, y es toda ella… como una flor de cerezo. Sí, Karin: como una flor de fuego…
— ¿Ella no sabe que usted llegó? Usted dijo que le mandaba cartas con el pensamiento…
— ¡Qué tonta eres! —ríe Sasuke verdaderamente divertido—. Pero ya te avispará ella. Son las mujeres las que, al fin y al cabo, lo avispan a uno, y las que le enseñan buenas maneras… ¿No me ves a mí? Nunca pensé que una mujer me hiciera esperar al raso, hasta que amaneciera… pero quiero llegar como un caballero. ¿Tú sabes lo que es un caballero, Karin?
—Sí sé, patrón… Es un hombre que va a caballo…
—También es eso —ríe Sasuke a carcajadas—, y me has dado una idea. Si yo comprara un buen caballo, si nos presentáramos vestidos de otra manera, no con estos harapos mojados… Vamos a comprar ropa Karin. —Una ráfaga huracanada, de viento y lluvia, hace maldecir a Sasuke—: ¡Rayo del infierno! Vuelve a llover, y tú estás temblando. ¿Tienes frío?
—No, patrón.
— ¿Cómo que no, si das diente con diente? Vamos a la taberna del Sordo. No nos vendría mal algo qué mascar y algo qué beber. —Vacila un momento y exclama—: ¡Claro que no sé cómo me aguanto para no tocar esa puerta…!
Ha dado un paso hacia la casa oscura y cerrada, se ha acercado a la ancha puerta del frente… saltando como un colibrí. Karin va tras él, y advierte:
—La puerta está cerrada por fuera, patrón. Mire: un candado…
—Pues es cierto. Una argolla y una cadena con otra cerradura… Esto quiere decir que no hay nadie en la casa.
Con violenta ira repentina, ha sacudido aquella cadena que cruza entre argollas reforzando la vieja puerta, pero al violento tirón cede la podrida madera y la mano audaz empuja decidida. Sasuke no Akuma ha penetrado sin vacilar. Una amarga desilusión, una impaciencia irresistible, que es terrible sospecha, le impulsa. No se ha detenido para entrar como una tromba a través de las desiertas habitaciones, donde todo denota que aquella casa ha sido abandonada para un largo tiempo: las ventanas sin cortinas, las camas deshechas, las paredes sin cuadros ni imágenes… Como por instinto, se detiene en el centro de la que fuera alcoba de Sakura. Una fuerza extraña parece envolverlo, como si aún flotara en el ambiente algo de ella, como si la delatase el sutilísimo perfume que aún parece persistir, como si el espejo de luna verdosa guardase en su fondo, misteriosamente, aquella imagen que le obsesiona. Y, sin poderse contener, murmura:
—Sakura… Sakura… ¿Dónde estás, Sakura?
Sin ella es como si, de repente, el mundo estuviese vacío: todo ha perdido su razón y su objeto. Le parece moverse en un mundo irreal, hasta que la pequeña figurilla de Karin se agita tras él, haciéndole volver a la realidad:
— ¿No está aquí el ama, patrón? ¿Se fue de viaje?
— ¿De viaje? ¿De viaje has dicho? —Se alarma Sasuke, dominado por repentina ira—. ¿Adónde y por qué? ¿Por qué?
— ¿Por qué no le pregunta a algún amigo, patrón? —Insinúa tímidamente Karin—. ¿No tenía amigos el ama nueva?
—Mucho me temo que demasiados, pero no los conozco ni sé nada de ellos.
— ¿Y usted, patrón? ¿No tiene amigos?
— ¿Yo? ¿Amigos yo? No, Karin, creo que no los tengo. Me temen o me atacan, me odian o me respetan, pero nadie es amigo de Sasuke no Akuma.
—Yo sí, patrón —afirma Karin, en un arranque infantil.
— ¿Tú sí? Puede ser… Bueno, ven… vámonos de aquí…
— ¿Y qué va a hacer patrón?
—Buscarla, buscarla y dar con ella donde quiera que esté.
…
— ¡Sakura, mi vida…!
Sakura se ha estremecido, volviendo la cabeza vivamente. Está sola junto a la balaustrada de aquel ancho portal que rodea la casa, frente al departamento preparado especialmente para ellos en el ala izquierda. Ha llegado escapando del bullicio, todavía con el blanco traje de desposada, y aspira con ansia el aire fresco y húmedo de la noche lluviosa, mientras mira correr las nubes negras, despejando a trozos el transparente cielo tachonado de estrellas.
—No sabía dónde estabas —explica Naruto—. Te he buscado por toda la casa…
—Escapé porque no soportaba ya tanto bullido y tanta gente.
—Pronto estaremos solos, mi vida.
— ¿Pronto? ¡Quién sabe! Eso no depende de tu deseo. Si hubieras hecho las cosas como yo quería, habríamos tomado el camino de Uzushiogakure inmediatamente después de la boda, y que se quedaran aquí de fiesta hasta el amanecer si querían. Pero con este sistema del tiempo de nuestros abuelos…
—Son sólo unas horas de paciencia, y han sido meses de adelanto en nuestra boda. Si hubiéramos hecho las cosas como tú querías, aún estaríamos esperando que acabasen de reparar la casa de Uzushiogakure. No estaría yo a tu lado como estoy en estos momentos: con el dulce derecho de llamarte mía…
Ha querido besarla, pero ella esquiva el beso. Ahora que la boda se ha realizado, siente una angustia extraña, algo muy parecido al miedo. Acaso teme la necesidad de dar a Naruto una explicación desagradable. Acaso es más punzante el disgusto que desde hace días crece en ella. Acaso el hecho de sentirle cerca con todos los derechos de esposo, provoca en ella frialdad y despego; pero comprende que no puede menos, que disculparse:
—Me siento mal, Naruto. Me duele la cabeza…
—Es natural, mi vida. Los nervios, el ruido, la obligación de saludar continuamente, de responder a todos, de sonreír a todos… Sin embargo, yo aún puedo decir, como decían nuestros abuelos: ¡Hoy es el día más feliz de mi vida! ¿No sientes tú lo mismo, Sakura? ¿No me respondes?
—Contestaré cuando se haya ido el último invitado.
—Algunos van a pasar aquí la noche. Por fortuna, los menos. Como amainó la lluvia, muchos se disponen a regresar, y el Gobernador entre ellos. ¿Sabes que aproveché la ocasión de hablarle de alguien que me interesa mucho?
— ¿A ti? ¿Quién?
—Un amigo a quien no conoces, pero en el que pienso como candidato a la administración de Mangekyō. Tengo muchos proyectos y necesito tener a mi lado colaboradores capaces, que compartan mis ideas plenamente… —Vacila un momento al observar que Sakura no le presta atención, y casi se disculpa—: ¿No te interesa lo que digo?
—No es el tema del que desea oír hablar una mujer unas horas después de casarse. Pero como en ti los asuntos de la finca son una obsesión…
—Perdóname, pero es algo tan ligado a nuestra vida… Mangekyō, tú y yo, somos la misma cosa, para mí al menos. De nuestros sentimientos depende el bienestar de mucha gente, y nosotros también, en cierta forma, dependemos de ellos. Es la cadena de la vida, ahora más fuerte que nunca, porque teniéndote a mi lado, en mi Mangekyō, el mundo para mí se encierra en este valle… Aunque, no te asustes… escaparemos de él siempre que quieras.
—Por mí gusto estaríamos bien lejos ahora y siempre.
— ¿Siempre? ¿No te gusta la finca? ¿No sientes, como yo, que nuestro hogar está en ella?
—Mi hogar todavía no sé dónde está…
— ¿De veras? ¿Es posible?
—Si te empeñas en obligarme a hablar…
—Pues sí. En cualquier caso, prefiero que seas sincera. ¿Qué te pasa, mi Sakura? No pensé encontrarte así en estos momentos. Hay en ti algo extraño, desconcertante… ¿Por qué, mi vida? ¡Te quiero tanto!
Se ha acercado más a ella, la ha tomado por el fino talle, atrayéndola a sí, y ella siente el impulso de rechazarlo, pero se contiene. Piensa que en el cercano salón dorado, lo mejor de Uzushiogakure celebra sus bodas. Piensa que es la señora Uchiha, envidiada por todas las muchachas casaderas de la sociedad en que habita. Piensa que es de oro su cadena, y sonríe… sonríe ahogando la protesta de su alma y de su cuerpo:
—No me hagas mucho caso, Naruto. Estoy cansada y nerviosa… Me gustaría tomar un poco de champaña…
—Desde luego… Aquí lo tienes… mira… ven…
La ha hecho cruzar el umbral del gabinete que precede a la alcoba. Sobre el bordado mantel de una pequeña mesa, hay golosinas en bandejas de plata: dulces, frutas, y un cubo de hielo del que emergen dos botellas de champaña. El propio Naruto llena las copas, pone la de él en los labios de ella y murmura apasionado:
—Sakura… mi amor… mi esposa…
Han bebido, y las copas se llenan de nuevo una y otra vez, siendo vaciadas entre sonrisas y besos… Un último relámpago pone su pincelada lívida sobre el cristal de los espejos; luego, la luna asoma, pálida y fría, y Sakura comenta:
—Ya se fue la tormenta…
— ¡Te adoro, Sakura! —Naruto ha vuelto a besarla, la ha alzado en brazos suavemente, y cruza con ella la cortina de raso de la dorada alcoba, mientras murmura sin poder dominar su pasión—: ¡Te quiero! ¡Te quiero!
—Pero tomemos más champaña, Naruto —intenta eludir Sakura—. Mucho más champaña. Trae la otra botella.
…
—Karin, ¿dónde estabas?
—Ni me mire tan serio, patrón que le traigo buenas noticias. Fui hasta la casa del ama nueva…
— ¿Y qué? ¿Qué? —Sasuke se ha puesto de pie empujando violentamente la banqueta que cae detrás de él. Es ya mediodía y pocos parroquianos quedan en la destartalada taberna del Sordo, muy cerca de los muelles y no demasiado lejana de la colina donde se alza la vieja casa de las Hyūgas—. ¿Acabarás de hablar?
—Ya va, mi amo, déjeme que respire, porque fui y vine corre que te corre… —Karin parece muy dichosa de poderle llevar a Sasuke no Akuma una buena nueva, tras la noche pasada junto a él en la sórdida taberna oyéndolo maldecir y viéndolo beber—. En la casa de enfrente había una muchacha barriendo la escalera y me dijo que la ama nueva… Bueno, ella no dijo así, dijo que la señora y las señoritas que vivían enfrente se habían ido a pasear al campo, y que ella no sabe cuándo van a volver, pero que seguro, seguro que vuelven…
— ¿Dijo eso? Al campo por unos días… ¡Claro está! ¿Cómo no se me había ocurrido eso? Fueron al campo, sólo al campo… Y yo que pensé… —se detiene un momento y pregunta—: ¿No sabe ella el lugar al que han ido?
—No, patrón. Dice que a nadie se lo dijeron, pero que ya otra vez se han ido y han vuelto.
Sasuke se ha acercado hasta la puerta de la taberna y el claro sol le baña por entero. Todo le parece ahora diferente: el cielo, las calles, las montañas cuyos picos se alzan allá lejos… Una bocanada de alegría le llena el pecho, una sacudida de alborozo le recorre de pies a cabeza, y afirma con resolución:
—Iremos a buscarla Karin. No habrá palmo de tierra donde yo no la busque. Pero antes, me vestiré de caballero.
…
— ¡Sasuke no Akuma! ¿Pero qué es esto? —se sorprende Chōza Akimichi.
—Me encuentra cambiado, ¿eh? —sonríe Sasuke.
— ¡Caramba! Pareces otro… Pero ¿qué haces aquí? ¿No te llegó mi recado? ¿No te dijeron de mi parte…?
—Llegó el recado y justamente vine a agradecérselo. El Luzbel se cruzó con la goleta Guren, ya a la vista de estas costas, y el patrón se tomó la molestia de venir hasta mí en un bote para decirme lo que pasaba. Gracias por el aviso.
—Ya veo el mucho caso que has hecho de él. Por lo visto, no te importa parar en la cárcel. A menos que…
El viejo ha interrumpido sus palabras para mirar más detenidamente a Sasuke no Akuma, examinándole de pies a cabeza. Tanto le diferencia el cambio de indumentaria, que apenas da crédito a lo que ven sus ojos. Recién rasurado, bien cortado el pelo, la gallarda figura bajo un traje comprado al mejor sastre de Uzushiogakure, Sasuke no Akuma parece realmente un caballero. Sus anchas espaldas, su elevada estatura, su porte desenvuelto, traen a la mente del notario un recuerdo punzante: el de otro cuerpo robusto, el de otra figura altanera, el de otro paso altivo y firme. Porque vestido de esa manera, el rudo patrón del Luzbel se parece demasiado a Fugaku Uchiha. Tanto se parece que las piernas del buen viejo flaquean, obligándole a tomar asiento, mientras un sudor frío, le baña las sienes, y murmura:
— ¡Es asombroso! ¡Igual, idéntico…!
— ¿Idéntico a quién?
—A nadie —elude el notario—. A un fantasma…
— ¡Caramba! —Exclama Sasuke con jovialidad—. No me halaga demasiado el parecido, y tampoco me atrevo a creer que toda su emoción sea por miedo a que me metan preso. Le aseguro que no hay ningún motivo legal para hacerlo. He rozado la ley, pero no he ido abiertamente contra ella. Tengo argumentos con qué defenderme de cualquier acusación grave que se me haga. He tenido suerte, mucha suerte, en el último viaje. Y ahora, mi buen Akimichi, estoy decidido a cambiar de vida. ¿Le sorprende? Sigue mirándome como a un fantasma…
— ¡Vas a cambiar de vida, Sasuke no Akuma! —Se entusiasma Chōza Akimichi—. Sí, vas a cambiar de vida totalmente. Alguien va a ayudarte… alguien que puede y debe hacerlo ¡Y yo me encargaré de que lo haga inmediatamente!
El viejo notario ha hablado con voz emocionada, conmovido y trémulo, sintiendo que un noble anhelo de justicia se levanta en su pecho. Siente que es necesario, que no puede ser de otra manera, frente al porte gallardo de aquel Sasuke no Akuma que tanto se parece a Fugaku Uchiha. Sí, parece otro hombre el rudo patrón del Luzbel bajo sus ropas de caballero… Parece el que realmente es: el hijo a quien Fugaku Uchiha no pudo dar su ayuda, su amparo, su apoyo a través de la vida; el que fue desposeído de todo y empujado al abismo para que pereciera; demasiado fuerte para ser destruido, demasiado altanero para esperar nada de nadie en este momento en el que sonríe con burlona indulgencia al asegurar:
—Nadie tendrá que ayudarme, Akimichi. Pedir ayuda no entra en mis costumbres. No necesito de nadie. Cambiaré de vida a mis expensas. A decir verdad, he comenzado a cambiar ya. ¿Quiere asomarse a la ventana un momento? ¡Mire…!
Él mismo ha abierto de par en par la cerrada ventana del despacho. En la estrecha callejuela aguarda un coche de dos asientos, nuevo, lustroso, reluciente, como también brillan los arneses del soberbio tronco que tira de él, fielmente guardado en este momento por la graciosa figura de aquella chiquilla Karin, de cabellos rojos y ojos refulgentes, ahora también vestida de pies a cabeza como una pequeña damita.
— ¿Qué es eso? —indaga Akimichi francamente extrañado.
—Mi carruaje y mi secretaria particular —proclama Sasuke alegre y risueño—. No se asuste, que esto no es más que el comienzo. Vine a darle las gracias y algo más también. Mientras aguardo a mi novia que está ausente, he dado vueltas arriba y abajo por Uzushiogakure. Ya sé de lo que me acusan y por qué tenía usted miedo de que me prendieran. He hecho correr algunas monedas y creo que no me molestarán si alguien no pone especial empeño en revolver las cosas contra mí. Desembarqué en mi Kēpu Akuma, y por allí dejé escondida mi goleta. Me pareció más saludable que no vieran al Luzbel en la rada de Uzushiogakure…
—Es lo único razonable que has hecho.
—Todo cuanto he hecho es razonable. En lo alto de la peña existe una cabaña en ruinas. Nadie ha puesto la mano en ella. Supongo que los vecinos de la aldea la consideran de mi propiedad.
—Mejor supón que a nadie le interesa ese maldito peñasco.
— ¡Magnífico! Quiero tenerlo legalmente y comprar el poco de tierra que está tras él. Edificaré allí una casa sólida. Desde luego, para todo eso hacen falta papeles…
— ¡Papeles y dinero!
—Yo traigo el dinero, pone usted los papeles, y en paz.
—Pero, Sasuke, entonces es cierto que has hecho fortuna…
—No es la fortuna de los Uchiha —contesta Sasuke en tono burlón—: pero, vamos… traigo dinero para darle a una mujer cuanto ella quiera.
—Una mujer… y antes dijiste: «mi novia»… ¿Qué tratas de decirme?
—Quiero a la mujer más hermosa del mundo Akimichi —manifiesta Sasuke con repentina pasión—. La quiero para mí solo. Usted verá cómo se arregla eso…
—No conozco más que una forma: el matrimonio. ¿No quieres casarte?
— ¿Por qué no? Lo que sea. También hacen falta papeles, ¿verdad?
—Bueno… sí… Pero ya lo arreglaremos. En último caso, ¡qué demonios!, cualquier cosa se hace… —El viejo notario vacila un momento, y con cierta timidez insinúa—: ¿Te molestaría llamarte Akimichi?
—Muchas gracias… Es demasiado… —responde Sasuke comprendiendo el ofrecimiento del buen Akimichi. Y profundamente conmovido, rehúsa—: Agradezco, pero no acepto. ¿No puede arreglar esos papeles con mi nombre nada más? Me llaman Sasuke…
—Sasuke no Akuma… No creo que a tu esposa le agrade… Bueno, ya buscaremos la fórmula legal. El nombre casi es lo de menos, lo importante es que de veras has cambiado y ahora sí veo clara la razón de ello. Quieres a una mujer, vas a hacerla tu esposa… Me arrodillaría para darle gracias a Dios, y hay otro que va a alegrarse muchísimo, pero muchísimo también. Otro a quien vamos a mandarle un aviso en seguida, porque se interesa por ti más de lo que tú piensas. Me refiero a Naruto Uchiha.
—Sí, ya sé —responde Sasuke, indiferente—. A él también quiero verlo. Tengo una cuenta pendiente y le quiero pagar hasta el último centavo.
— ¿Estás loco? ¡Vas a ofenderle si lo intentas!
— ¿Por qué? Me hizo un favor; se lo agradezco. Me dio un dinero, o lo gastó por mí; se lo devuelvo. Todo eso es correcto en el nuevo mundo en que voy a vivir.
—Bueno, bueno… de eso también hablaremos más tarde. Por el momento, voy a tomar nota de todo lo que quieres, y a ver por dónde empezamos. ¿Dices que tu novia está ausente? ¿Dónde?
—Eso lo tengo que averiguar. Según los vecinos, fue al campo unos días. El rumbo no lo saben, pero buscaré hasta dar con ella. Tal vez en eso pueda usted también ayudarme…
—Desde luego. En todo lo que quieras; pero espérame un momento…
Se ha alejado unos pasos, rebusca en el armario repleto de papeles, mientras Sasuke, impaciente, da vueltas al viejo escritorio. Sobre él, sujeta con un pisapapeles, hay una cartulina por donde sus ojos resbalan, primero descuidadamente, se fijan después con interés, y empieza a leer:
—«Samui Uzumaki de Uchiha tiene el honor de participar a usted el matrimonio de su hijo Naruto…».
— ¡Ah, sí! Es cierto —exclama Akimichi, acercándose—. Iba a hablarte de eso. Por unos días, más vale que dejemos en paz a Naruto, pero luego…
—«… con la señorita Sakura Hyūga» —termina de leer Sasuke, sin prestar atención a las palabras del notario. Y de pronto, un ronco grito brota de su pecho—:
— ¡Sakura! ¡Sakura!
— ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —se alarma Akimichi.
— ¡Sakura Hyūga! ¡Aquí dice Sakura Hyūga! —Estalla Sasuke ya fuera de sí—. ¡No puede ser! ¡Sakura Hyūga es la prometida de…!
—No su prometida; su esposa. Se casaron ayer —rectifica Akimichi completamente desconcertado.
— ¡Mentira! —Se enfurece Sasuke—. ¡Mentira! ¡Sakura casada con Naruto! ¡Ella su esposa, su mujer…! ¿Dónde? ¿Dónde están?
— ¿Te has vuelto loco? —reprocha el notario, francamente espantado—. ¿Dónde han de estar más que en Mangekyō? Pero ¿qué es esto?
Sasuke ha zarandeado entre sus duras manos al notario, blanco de espanto, que apenas acierta a comprender. Le ha apretado como si fuera a estrangularle, soltándole después con violencia, mientras exclama:
— ¡Canalla! ¡Maldito! ¡Y ella… ella…!
—Sasuke ¿qué pasa?
— ¡Con su vida y su sangre pagará ella también!
Inútilmente, el notario ha corrido tras él. Sasuke marcha ya como un ciclón, como una tromba a quien nada detiene. De un salto está sobre su coche, tomando las riendas, empuñando con ademán feroz el látigo, mientras la espantada Karin apenas acierta a subir tras él…
— ¿Cómo? ¿Vas a dejarme, Naruto?
—Sólo por una hora, mi vida. Hinata no puede hacerlo todo ella sola. Es justo que yo llegue hasta allá para prestarle un poco de ayuda.
— ¿Qué? ¿Vas a ir hasta el otro valle? ¿Y a eso le llamas estar una hora fuera? Sólo para llegar allí gastarás una hora, y otra para volver.
—Y unos minutos en echar un vistazo.
—Ya será, por lo menos, otra hora también. Total: tres horas sin verte, tres horas aquí abandonada.
—Abandonada… ¡qué terrible palabra! —Se burla Naruto con ternura—. Abandonada en una casa en donde están tu mamá y la mía, donde hay un verdadero ejército de criados esperando tus órdenes para satisfacer tus menores caprichos.
—No me interesan… no me interesa nadie más que tú.
—Entonces, vida mía, aguárdame. Te prometo tardar lo menos posible. Mira, en la biblioteca hay libros excelentes, además de las últimas revistas de Konoha. También puedes practicar un poco tu piano o dormir un rato. Es una dulce hora para la siesta. Además, hay unas labores de aguja…
—No quiero hacer nada. Te aguardaré furiosa y aburrida, ya lo sabes. Vete… vete ya que no tiene remedio, pero no tardes demasiado.
Sakura ha echado los brazos al cuello de Naruto, besándolo mientras él sonríe. El juego del amor no es difícil para su alma flexible y astuta. Lo jugaba a diario entre petimetres que formaban su corte en Uzushiogakure… tiene un íntimo y femenino goce al comprobar el efecto de sus mimos, de sus sonrisas, de sus besos, de aquellos gestos largamente estudiados que le han dado el fácil dominio sobre los sentidos del hombre. Naruto le ha besado las manos antes de cruzar con paso rápido la ancha galería. Cuando su figura ha desaparecido, Sakura se deja caer con gesto de fastidio, en el diván de raso, se hunde en los almohadones y entrecierra los párpados…
…
Con esfuerzo, brutalmente hostigados por el látigo que implacable empuña Sasuke, los robustos caballos que arrastran el liviano coche de dos asientos galopan cuesta arriba salvando el camino escarpado que deja atrás la costa. Con firme mano guía los dos caballos que, en lo alto ya de la primera loma, le dejan divisar aquel pequeño valle donde se extienden los cañaverales, donde se alza el primitivo ingenio de ladrillo, donde, amazona en el corcel que Samui obsequiara a Sakura como uno de los regalos de boda, Hinata Hyūga aparece de pronto, atravesándose en el camino.
—Cuidado, mi amo —advierte Karin.
—Kuso-! —maldice Sasuke frenando bruscamente a los poderosos caballos que relinchan y patalean sudorosos.
— ¡La mató… la mató, mi amo! —exclama espantada la pelirroja muchachuela.
De un salto, Sasuke está junto a la mujer que ha rodado sobre el polvo del camino, pero que ya se alza sin esperar su ayuda para enfrentarle con más cólera que susto:
— ¡Salvaje! ¡Es usted un salvaje!
— ¡Santa Hinata…!
— ¡Sasuke no Akuma…!
Ella ha retrocedido al reconocerle, mientras las pupilas de él se agrandan de sorpresa. Un momento quedan los dos desconcertados, como si no pudiesen dar crédito a sus sentidos, como si la mutua transformación les maravillara al mismo tiempo…
— ¡Usted… usted…! ¿Pero es usted? —exclama Hinata realmente asombrada.
—Yo, sí… Yo…
Sasuke ha dado un paso hacia ella, mirándola intensamente, mientras en su corazón aletea un rayo de esperanza… Aquella espléndida mujer, ahora vestida con ropas civiles; aquella inesperada presencia, en las tierras de los Uchiha, de la que él no puede imaginar más que en su lejano convento; aquella aparición atravesándose en su camino, ¿no puede acaso significar que las cosas no son de la manera que él piensa?
—Hyūga… Hyūga… ¡Usted es Hyūga también! ¿O es la señora Uchiha?
— ¿Yo? ¿Está loco?
— ¿No es usted la que se ha casado con Naruto Uchiha? ¿No es usted? Entonces, es Sakura, ¡Sakura…!
Ha ido hacia Hinata, pero ella retrocede más, y hay en sus ojos una expresión de espanto. Comprende, adivina más que comprender; es demasiado elocuente la expresión de aquel rostro viril, de aquellos labios que tiemblan, de aquellos ojos que relampaguean, de aquellas duras manos que se alzan tomándola por los brazos bruscamente, y de las que ella se desprende altiva y violenta, ordenando:
— ¡Suélteme! ¿Cómo se atreve?
— ¿Y cómo se ha atrevido ella a hacerme esto? ¡A mí! ¡A mí!
— ¿Y quién es usted? No entiendo nada…
—Sí entiende. En sus ojos veo que sí entiende… ¡Ella no podía casarse con otro, y usted lo sabe perfectamente! ¡No podía, y le costará la vida haberlo hecho!
— ¡Quieto! ¿Es que ha perdido la razón?
Ahora es ella quien le sujeta, quien audazmente se interpone, deteniéndolo cuando él va ya hacia el coche cuyas riendas sujetan las temblorosas manos de Karin. Ella es quien lo ha visto todo en un momento, como si el resplandor vivísimo de un rayo hiriese sus pupilas, deslumbrándola al mismo tiempo que le muestra un impensado panorama de horror…
— ¿Dónde va?
— ¿Dónde he de ir sino a buscarla? ¡Donde esté, donde se halle, tengo que dar con ella!
— ¡Está junto a su esposo!
— ¿Y qué? ¿Piensa que voy a detenerme porque ese imbécil, ese monigote, ese mequetrefe…?
— ¡Cállese, o soy capaz de abofetearlo! ¡Usted es el imbécil, el monigote, el mequetrefe!
— ¿Quiere que empiece por apretarle a usted el pescuezo? —se enfurece Sasuke.
— ¡Hágalo si se atreve a tanto!
— ¿Que si me atrevo…? ¿Pero de veras quiere hacerme cometer un disparate? ¡Suélteme, quítese de en medio!
— ¡No voy a soltarlo hasta que me oiga! ¿Con qué derecho va usted a llegar hasta Sakura?
— ¿Cómo? ¿Con qué derecho? ¿Es que no sabe quién soy, quién he sido para ella? ¿Es que no sabe lo que he hecho para poder venir a cumplirle la palabra empeñada? ¿Es que no le contó ella que era conmigo, con Sasuke no Akuma, con quien tenía que unirse para siempre?
— ¡Con Sasuke no Akuma…!
— ¡Sasuke no Akuma, sí, Sasuke no Akuma! ¡Ese soy yo! Y si le molesta mi nombre, lo siento, pero Sasuke no Akuma soy y he de ser, y Sasuke no Akuma va a pedirle a su hermana de usted cuentas muy estrechas… tan estrechas como su cuello cuando estas manos dejen de apretarlo y lo suelten para que Naruto recoja lo único que voy a dejar de ella: ¡el maldito cadáver!
— ¡No! ¡Imposible!
Hinata ha estado a punto de caer desfallecida bajo la oleada de horror que le producen la mirada y el gesto de aquel hombre fiero, pero se repone bruscamente cuando las manazas de él la aprietan, a la vez zarandeándola y sosteniéndola.
—No se desmaye todavía Santa Hinata, ¡espere a verlo! —aconseja Sasuke con feroz sarcasmo.
—Usted no lo hará, porque a Naruto Uchiha…
— ¡A ése lo parto en cuatro, por traidor, por imbécil!
— ¡Naruto no sabe nada! Ni siquiera sabe que usted existe…
— ¿Que no sabe que existo?
—Nadie sabe que usted existe en la vida de Sakura. ¡Yo misma lo ignoraba!
— ¡Mentira! Usted y yo ya nos habíamos visto las caras…
— ¿Y qué? ¿Podía yo suponer que un sucio marinero era el amante de mi hermana?
— ¡Pues debía suponerlo!
—Efectivamente. Ahora tiene usted razón —acepta Hinata con amargura—. Conociéndola, debí suponerlo. ¡Qué baja y qué despreciable!
— ¿Por quererme…?
— ¡Sí! Por todo cuanto ha hecho, y también por eso. ¡Por querer a un bárbaro como usted!
Hinata ha retrocedido, tambaleante, al borde del camino, hasta que el tronco de un árbol la detiene y ahí queda inmóvil, jadeante, como sin fuerzas, mientras sin aprovechar el instante de seguir su camino, Sasuke da unos pasos para acercarse a ella, un tanto mitigada su cólera, como si un sentimiento nuevo le bullera dentro con punzante fuerza niveladora, y murmura:
—Entonces, Sakura nos ha engañado a todos…
—Exactamente —confirma Hinata con voz ahogada—. Nos ha engañado a todos, se ha burlado de todos, ha pisoteado nuestros sentimientos. Todos tendremos derecho de pedirle cuentas de la misma manera que usted quiere hacerlo, y Naruto Uchiha más que usted, ¡cien veces más que usted!
Sasuke ha apretado los puños, ha alzado la cabeza altanera, ha mirado a uno y otro lado toda la tierra que sus ojos abarcan: a la derecha, cerca, el valle pequeño que termina en el mar, los cañaverales, el ingenio, los acantilados, el mar bravío; a la izquierda, lejano, ya envuelto entre la bruma azul de la tarde, Mangekyō, el valle florido, dulce y fértil, en cuyo fondo se levanta el palacio anacrónico que es reino de los Uchiha. Y como en un lamento, se rebela:
—Naruto Uchiha… Todo lo tuvo, todo lo tiene desde niño, todo está en sus manos… Pero no era bastante, no era suficiente… Tenía también que quitármela, tenía que arrebatármela a ella, lo primero mío que yo quise tener. ¡Maldito sea!
Largo rato ha permanecido inmóvil Sasuke no Akuma, cerrados los puños, apretados los dientes, tan amarga la expresión, tan doloroso el gesto, que Hinata Hyūga le contempla desconcertada. Sólo ahora nota la gran transformación habida en él; sólo ahora le mira de pies a cabeza, desde las altas botas de charol brillante hasta la bien cortada chaqueta que ciñe impecable su cuerpo airoso y recio. Ahora es cuando nota con extrañeza la blanca camisa de hilo bordado, la botonadura de oro que la cierra, los cabellos cortados de otro modo, las mejillas pulcramente afeitadas, y aquella expresión desconcertante, de dolor noble y hondo, que borra un momento la fiereza de sus ardientes ojos negros. Le ve distinto, joven y atractivo, fuerte y hermoso, y la voz sale para él como para un ser humano:
—Sasuke, ¿quiere usted que hablemos?
— ¿De qué? No vine para hablar… vine para proceder… vine para vengarme. Es lo único que me queda ya por hacer: vengarme, y vengarme con estas manos. ¡Matarla a golpes, como una ramera! ¡Y matarlo también a él!
— ¿Está loco? ¿Qué mal le ha hecho él? ¿Qué mal consciente, voluntario, le ha hecho Naruto Uchiha?
— ¿Consciente y voluntario? No sé… tal vez ninguno… ¡Con vivir, con nacer, ya me hizo todo el daño!
— ¿Con vivir? ¿Con nacer? Ahora sí no lo entiendo —se sorprende Hinata.
—Naturalmente. ¡Qué va usted a entenderme! Acaso tampoco él pueda entenderme…
— ¿Por qué le odia entonces? ¿Por qué le maldice?
— ¿Y usted por qué le defiende con tanto empeño? Usted es hermana de ella; pero él, su cuñado, ¿qué puede importarle?
—No es sólo él —esquiva Hinata angustiada—. Es todo, son todos… Mi pobre madre, una anciana tímida, buena, débil… Cuanto haga usted contra Sakura, será contra ella, porque una madre… una madre… ¿Recuerda usted a su madre, Sasuke no Akuma?
—No, Hinata —niega Sasuke con amargo sarcasmo en la voz—. No la recuerdo. Y si la recordara, sería para odiar más el nombre Uchiha, para maldecirlo, para aborrecerlo, para querer borrarlo con sangre. Sí… ¡Para borrarlo con sangre de la faz de la tierra!
Con amargura inmensa ha hablado Sasuke no Akuma; con infinito asombro, Hinata le escucha y le contempla. Es alguien muy distinto, sí, es otro totalmente: un hombre que en nada se parece al insolente marinero que discutiera con ella en los alrededores de su casa de Uzushiogakure. Hay algo noble y digno en su dolor y en su cólera; algo recto, limpio y certero aun en su odio, aun en sus maldiciones, como si tuviese demasiada razón para odiar y maldecir, como si fuese demasiado justo aquel duro y amargo gesto rebelde con que se enfrente al mundo entero. Y a pesar de sí misma, Hinata Hyūga le admira… y le teme. El enigma que encierra se le clava en una interrogación que es casi una disculpa:
—En realidad, no sé nada de usted…
—Ni usted ni nadie; pero es igual, puesto que a nadie le interesa. ¡A nadie! Pensé que le importaba a una mujer, pensé que una mujer me amaba, ¡y no era cierto! Fui sólo su mofa, su juguete, alguien de quien reírse mientras llegaba la hora de la boda. Pues bien, ahora no reirá ella sola, ahora reiremos todos y yo seré el último en reír, ¡y el que ría con más gusto!
— ¿Pero es que no puede pensar más que en ella? La señora Uchiha está enferma…
— ¡La señora Uchiha! —estalla Sasuke rabioso—. ¡Oh, santa señora Uchiha! ¿Todavía enferma? ¿Aún no se muere? ¿Piensa vivir cien años, mientras revientan los demás en tomo de ella?
— ¡Sasuke… Sasuke! —reprocha Hinata.
— ¡Basta ya, Santa Hinata, hemos hablado de más!
—No; porque no me ha escuchado usted. No conozco su vida, no sé su historia, ignoro qué motivos de rencor pueda usted guardar para los Uchiha, pero, fuere lo que fuere, sé que Naruto es inocente…
—Inocente, inocente… ¿y qué? ¿Acaso sólo carga uno con sus culpas? ¿No basta un nombre para ser bien o mal nacido? ¿No se heredan con él honores y riquezas? ¿No se heredan baldones y dolores? Pero no es eso, no es eso… ¿qué importa el pasado, después de todo?
— ¿Y qué puede ganar con dar un escándalo como el que pretende?
—No pretendo ganar nada: me conformo con que todos pierdan, con pisotearlo todo, con mancharlo todo…
— ¿No ha pensado jamás en vengarse con más nobleza? Al fin y al cabo, ¿cuáles son los agravios de usted? Una mujer fue suya… lo fue porque quiso, sin condición, sin cálculo… Supongo que fue sin cálculo…
—Claro… el cálculo lo hizo después, el negocio lo hizo con la boda…
—Pero de eso no es usted el que tiene derecho a vengarse. Es él, es Naruto Uchiha. Lo único que usted puede hacer es decírselo, delatarla, jactarse de algo que un hombre debe callar siempre… Echar a los cuatro vientos la lista de los favores que una mujer le otorgó, pensando que, por lo menos, era usted lo bastante hombre para callar…
— ¡Basta, basta… no me enrede!
—No estoy diciendo más que la verdad. Y usted sería el último de los canallas, delatándola públicamente.
—Calle, calle, logrará trastornarme por completo…
—Lograré llegar a su corazón, lograré hacerle comprender. No es usted el vejado ni el ofendido.
—Soy el burlado porque había puesto la vida en ella. Fui un loco, un imbécil; pero ahora, ¡cómo la desprecio!
— ¡Eso es lo único que debe usted hacer! —Aconseja Hinata tomándole la palabra—. ¿Qué mejor venganza que su desprecio, su gran desprecio? Si ella le engañó, si le mintió, si fue con usted desleal y embustera, piense que, al menos, tuvo la suerte de conocerla a tiempo. El mundo es grande, hay en él millones de mujeres… ¿por qué destrozar su vida por ella, si usted sabe ya que no vale la pena? ¿Por qué hacer tanto mal a los que son inocentes, y hacérselo a usted mismo? ¿Qué le espera después de vengarse? La venganza no es más que un minuto y, ¿qué va a quedarle después de ella?
Sasuke no Akuma ha quedado inmóvil y pensativo. Una a una, cual flechas certeras, las palabras de Hinata se le han clavado corazón adentro. De pronto, la mira como si la viese por vez primera, vacila como bajo el hechizo de una sugestión, y murmura lentamente:
—En efecto… hay muchas mujeres. Supongo que todas son como ella: embusteras e hipócritas. Aunque, a decir verdad, usted no lo parece. Pero…
— ¡Jesús! —le interrumpe Hinata, azorada al oír el galope de un caballo que se acerca—. Es Naruto… es Naruto el que llega. Por piedad, no le hable, no le diga… Le ruego, le suplico, le imploro por Dios que está en los cielos…
—No creo en nada ni en nadie, Santa Hinata.
—Por usted mismo, Sasuke, por su propia conciencia —ruega Hinata en voz baja—. Llorando le suplico…
Sasuke ha clavado en Hinata una mirada intensa, mirada interrogadora y extraña. Un momento parecen suavizarse sus ojos soberbios. Luego sonríe con amargo sarcasmo y, también en voz baja, murmura:
—Ahí está el hombre más dichoso de la tierra…
—Hinata, ¿qué ha pasado? Me crucé en el camino con tu caballo suelto… —empieza a decir Naruto, que se acerca alarmado. Más de pronto, se sorprende al reconocer al acompañante de Hinata y, con sincera alegría, exclama—: Sasuke… Sasuke… Esto sí que es fantástico. Creo que te envía el cielo, Sasuke…
Ha ido hacia él con los brazos abiertos, le ha estrechado con gesto tan espontáneo, tan fraternal, tan sincero y abierto, que Sasuke no Akuma no acierta a rechazarle. Se ha dejado abrazar correspondiendo con un torpe gesto, volviendo luego la cabeza para mirar de frente, pleno de amargo sarcasmo, el pálido rostro de Hinata, y habla al fin, totalmente sereno:
— ¿Tú crees que es el cielo? Pues Santa Hinata no comparte tu opinión. Por poco tenemos un accidente. La atropellé cuando atravesaba el camino, y es un milagro que no haya sufrido ningún daño. Por supuesto, ni a ella ni al animal les ha ocurrido nada. Le estaba presentando mis excusas en este momento.
— ¿Santa Hinata dijiste? —se extraña Naruto.
—Es una broma… una broma de mal gusto, naturalmente, como todo lo mío. Pero la señorita Hyūga me perdona. Más pesada broma fue echarle encima el coche, pero no lo hice de intento.
— ¿Se conocían ustedes?
—Poca cosa, pero algo. ¿Verdad, señorita Hyūga?
—Efectivamente —corrobora Hinata, vacilando—. Nuestra casa en Uzushiogakure está muy cerca de la playa. El señor Sasuke…
—No Akuma —completa Sasuke.
—El señor Sasuke… no Kami… —rectifica Hinata— desembarcaba con frecuencia junto a los farallones de la costa y pasaba por casa. Alguna vez hablamos… De eso nos conocemos.
—Una forma bastante rara y sorprendente —comenta Naruto.
—En la vida hay muchas sorpresas —indica Hinata—. También lo ha sido para mí comprobar que ustedes se conocen de antes, que son amigos…
—Amigos de la infancia —recalca Naruto con satisfacción—. Pero tienes mala cara, Hinata, estás muy pálida. ¿Te asustaste mucho con el choque? ¿No te sientes bien?
—Claro está que no se siente bien —interviene Sasuke dominando la situación—. Pero, por fortuna, la casa está cerca. Si me lo permite, la llevaré hasta allí en el coche. Vamos, suba usted.
La ha alzado en brazos bruscamente, colocándola en el asiento. Ha empuñado el látigo y las riendas, y mientras Naruto va hacia su caballo, la observa de nuevo con una mirada intensa.
— ¡Gracias… gracias! —susurra Hinata en un hilo de voz.
—Todavía no me las dé. Tal vez he hallado, como usted me sugirió, una forma distinta de vengarme, un modo más fino, ¡y más cruel!
…
—Naruto, hijo, ¿qué ha pasado? —Interroga Samui—. El caballo que montaba Hinata llegó suelto…
—Mi caballo, Naruto… mi precioso caballo llegó todo estropeado, arañado, lleno de tierra, con un estribo roto… —se queja Sakura.
—Ya lo sé. Me crucé con él en el camino, y apuré alarmado yo también; pero, por fortuna, Hinata no ha sufrido ningún daño. Estará aquí dentro de un momento. Viene en aquel coche al que yo me adelanté justamente para tranquilizarlas si se habían alarmado.
— ¿En aquel coche? —pregunta Sakura.
—Que la atropello al cruzar el camino —concluye Naruto—. Por suerte, a Hinata no le ha ocurrido nada; y el culpable del accidente solicitó el honor de traerla él mismo.
— ¿El culpable del accidente…? —se extraña Samui.
—Para el que, desde luego, te pido indulgencia, mamá.
—Si atropello a Hinata por torpeza…
—No sólo por el atropello, mamá, sino por otras cosas. En una palabra, también me adelanté para eso. Sé que no es santo de tu devoción, pero te suplico, te ruego que le trates con indulgencia, que lo soportes, que ya después hablaremos de él…
— ¿Pero quién es? —se alarma vivamente Samui.
—Un réprobo que confío pueda arrepentirse. Un loco a quien sueño con hacer sentar la cabeza. Un pecador a quién anhelo redimir desde hace mucho tiempo…
— ¿Acabarás de decir el nombre, hijo? —apremia Samui, ya alarmada en grado sumo.
—Yo también estoy en ascuas, Naruto —asegura Sakura—. ¿Quién puede ser todo eso?
—Sasuke… no Akuma… Justamente, aquí lo tienen ustedes…
Naruto ha ido hacia la escalinata de piedra, frente a la que ya se detiene el cochecillo de dos asientos donde Sasuke llega trayendo a Hinata. Karin, acurrucada en el estribo, salta a tierra para dejar espacio, mientras trémula de ira y desconcierto da Samui unos pasos detrás de su hijo. Por fortuna para ella, nadie ha mirado a Sakura, que se agarra al respaldo del sillón para no caer, para no desplomarse, aunque se doblan sus rodillas, aunque su vista se nubla… Un instante ve que todo gira a su alrededor: rostros y paisajes… y ahogando el grito que va a escapar de sus labios, cae, hundiéndose en la inconsciencia…
— ¡Sakura… Sakura…! ¿Qué es esto? —se alarma Naruto.
—Un desmayo… estaba muy nerviosa —explica Samui—. Llama, hijo, llama a las doncellas.
Sasuke ha bajado del coche lentamente. Desde lejos ha visto a Sakura; la ha visto tambalearse y caer; ha visto que todos corren acudiendo a ella; ha dejado pasar a Hinata, que se dirige hacia su hermana…
— ¡Pronto! ¡Que corran por el médico! —Ordena Samui con autoridad—. Ha perdido el pulso; está helada…
—Ella padece estos accidentes —explica Hinata—. Pero no es nada. Necesita reposo y silencio. Por favor, Naruto, llévala a su alcoba…
—La mía está más cerca… Vamos… pronto… —ofrece Samui, alejándose junto con Naruto, que carga el cuerpo inanimado de su esposa.
—Sasuke, váyase ahora… Aléjese en este momento —suplica Hinata transida de angustia.
—No se preocupe… Esperaré. Vaya con ellos… Esperaremos. —Ha vuelto la cabeza para mirar la muchachuela pelirroja, de pie junto a él, los grandes ojos espantados, y le sonríe con sonrisa de hiel—. Vaya tranquila, Santa Hinata, mi secretaria y yo esperaremos…
…
Bajo el dintel de la puerta que da a la galería, Samui Uchiha se ha detenido, apoyándose en el brazo de su hijo, y ambos contemplan un momento la figura arrogante que ha permanecido inmóvil junto a la escalinata de piedra. Un momento, Samui Uchiha ha sacudido la cabeza como espantando una idea horrible. También ella, como el viejo notario, ha sentido que un escalofrío la recorre, que un sudor helado humedece sus sienes, porque el mozo que aguarda de pie, fruncido el ceño y alta la cabeza, se parece demasiado a aquel Fugaku Uchiha que, faltando a todas las leyes humanas y divinas, le diera el ser. Es, como él, a la vez esbelto y recio, fuerte y ágil; tiene, como él, los ademanes anchos y el gesto desdeñoso, alza con la misma altivez, la cabeza. Sólo su piel más oscura le diferencia; sólo sus cabellos, más lacios y negros; sólo sus grandes ojos negros, aquellos ojos iguales a los de Mikoto Shimura, que son para Samui Uchiha la más intolerable de las ofensas…
—Con el desmayo de Sakura, lo dejamos plantado —murmura Naruto—. Pero tú oíste mi ruego, ¿verdad, madre?
—Naruto, yo soy quien te ruego…
— ¿Por qué ese rencor, madre? —Reprocha con suavidad Naruto—. Al fin y al cabo, ¿qué mal nos ha hecho?
— ¡Es un ladrón! —se defiende Samui en voz baja y rencorosa—. ¡Todo el mundo lo dice!
—Todo el mundo se engaña con respecto a él. Yo creo comprenderlo. Déjame hacer una prueba, madre, déjame darle una oportunidad en la vida. Yo te prometo que si no responde a ella, le volveré definitivamente la espalda…
—Perdónenme que les interrumpa —se disculpa Sasuke, acercándose a los Uchiha—; pero tengo prisa en regresar al pueblo. Vine sólo para saldar una cuenta con Naruto, señora Uchiha, y les ahorraré en seguida la molestia de verme. Aquí está lo que debo…
— ¿Qué dices, Sasuke?
—Toma… Lo que pagaste por mí cuando me detuvieron, lo que le diste al manco para que retirara la demanda, lo que costó el embargo del Luzbel… y esta cuenta más vieja: el pañuelo de monedas que te quité cuando éramos niños… dos monedas de oro y veintiséis reales de plata. Los robé para poder escapar de aquí, para no morir de hambre como un perro a las puertas de tu opulencia, pero ya está pagado todo, ¡hasta el último centavo!
— ¡Sasuke… Sasuke…! —llama Naruto al ver que Sasuke se aleja con paso rápido.
Ha corrido detrás de Sasuke y le detiene apoyando en su brazo robusto la bien cuidada mano de caballero. Es grave su presión, tanto como la de Sasuke es tempestuosa; es noble y sencillo su porte, tanto como el de Sasuke es altanero; y hay una luz profunda de comprensión y afecto en sus ojos azules, mientras en los negrísimos y fieros ojos de Sasuke no Akuma brilla la chispa de aquel rencor amargo, de aquel odio ancestral con que nutrieron su infancia miserable, su horrible adolescencia, su dura y rebelde juventud…
—Sasuke, ¿por qué te portas de esta manera?
— ¿De qué manera me porto? ¿Pagar mis deudas? No es sólo patrimonio de bien nacidos el hacerlo… Déjame, Naruto. ¿Por qué no me dejas?
—Porque soy más terco que tú, Sasuke no Akuma —afirma Naruto en tono cordial—. Porque tengo empeño en ser amigo tuyo, aunque me hayas rechazado siempre con los peores modales.
— ¿Qué quieres? Yo no soy un caballero. ¡Déjame, Naruto! Será mejor para ti que me dejes…
—Vamos, basta de hacerte el réprobo. Ni aun de niño lograste espantarme con tus bufidos de fiera. Sasuke, yo sé que eres bueno…
— ¿Bueno yo? —ríe Sasuke con amarga rabia.
—Ríete cuanto quieras. Sasuke, te comprendo cómo tal vez nadie en el mundo te comprende. Hay algo en ti que me atrae, que me hace sentirme hermano tuyo… Y la verdad es que no sé a qué atribuirlo… Acaso porque te vi llegar a esta casa de la mano de mi padre a quien siempre admiré; acaso, y esto es casi un secreto, porque con ser tan breve nuestra amistad de niños, tú eres el único amigo que tuve en la infancia.
— ¿Qué estás diciendo?
—Comprendo que te extrañe. Es raro, pero así fue. Yo no tuve amigos de niño. Mi madre no me dejó tenerlos. Su gran amor me envolvía en mimos y cuidados. No fui nunca a la escuela… los maestros no eran para mí sino sirvientes más o menos considerados, empleados a sueldo que se deshacían en elogios y halagos para el alumno único, cuyos padres pagaban espléndidamente. Claro que en Mangekyō sobraban niños y muchachos, pero jamás se permitió que se acercaran a mí, ni yo a ellos. Tú fuiste algo nuevo, diferente… Me parece que te estoy viendo cuando te trajeron: áspero, hosco, salvaje como un gato montés. Pero había en ti algo de fuerte y de libre que me cautivó, que me hizo envidiarte… sí, envidiarte, Sasuke. Me consideraba dichoso con que me dejaras ir detrás de ti por los campos tratando de imitar tus proezas, y te hubiera seguido sin vacilar si tú, naturalmente, no hubieras preferido irte solo. Ya veo que te sorprendes…
—En efecto. A mí me parecías un rey. Yo, a tu lado, era menos que un perro.
—Acaso los demás vieran así las cosas, pero yo no. Para mí, tú eras el rey y yo el mendigo de los ásperos goces de tu infancia libre. Poco has cambiado, Sasuke. Entonces me mirabas como ahora: hosco y ceñudo, pero te apresurabas a ayudarme y a defenderme si me veías en el menor peligro. ¿Te acuerdas?
Sasuke ha bajado la cabeza. Sus anchos puños, recios como mazas, se cierran. Es como si bajara al fondo de sí mismo, como si descendiera al abismo interno de sus más íntimos sentimientos… al mundo de amargura, de rabia y de celos, en el que se debate como perdido. Y suena la voz de Naruto más afectuosa, más fraterna, más profundamente cordial y sincera:
—Quiero que te quedes a mi lado, Sasuke; que cambies para siempre tus gorras y tus camisetas de marino por esa ropa que tan bien te sienta; que emplees para el bien, no para el mal, tu valor y tu fuerza; que seas, a mi lado, lo que soñé que fueras: amigo, colaborador, hermano… sí, hermano. Mi padre lo dijo así una vez y no he olvidado sus palabras. Te nombro administrador de Mangekyō. Tendrás autoridad y dinero, honra y provecho, y a nadie más que a mí tendrás que rendir cuentas.
— ¿Yo administrador de Mangekyō? —Totalmente desconcertado, Sasuke ha alzado la cabeza, ha buscado la verdad en el fondo de aquellas pupilas azules, fraternas y leales para él, y ha sentido el golpe brusco de su propio corazón, que late apresuradamente—. ¿De veras has pensado eso? ¿Tú solo? ¿Por ti mismo? Doña Samui me odia…
—No exageremos. No puedo negar que no le eres simpático, que nunca se lo fuiste. En realidad, creo que ni siquiera es eso, sino su amor maternal, su gran amor por mí, que le hace verme siempre pequeño, indefenso… Y no te ofendas, Sasuke… También materia propicia para que prendas en mí tu mal ejemplo. Mi pobre madre no comprende ciertas cosas, y es lógico que no las comprenda. Es otro su mundo, pero estoy seguro que todo eso pasará en cuanto te trate un poco. Es demasiado sensible y demasiado buena… Ya la irás conociendo…
—No lo creo, Naruto. Porque aun agradeciendo con toda el alma lo que acabas de decirme, no estoy dispuesto a…
—No me des tu negativa de pronto. Espera un poco y piénsalo. Te hice mi proposición de repente, para rogarte, al mismo tiempo, que te quedes unos días…, unos días solamente, que a nada te comprometerán. En realidad, no debes decir que sí sin enterarte de lo que se trata. Es un trabajo duro y arduo: quiero transformar el régimen interno de Mangekyō totalmente, desterrar los viejos procedimientos y arrancarle para siempre los colmillos a un viejo zorro: Shin, ¿lo recuerdas? En otros tiempos, mayordomo de la casa; luego, administrador general; actualmente, un tiranuelo ridículo y despreciable contra el que Hinata y yo hemos comenzado la ofensiva.
— ¿Hinata? —se extraña Sasuke.
—Sí… Hinata, mi cuñada, que fue, después de ti, mi única y verdadera amiga en la infancia y en la adolescencia, la musa inspiradora de mis quince años…
— ¿Y por qué no te casaste con ella?
— ¿Con Hinata? —Se sorprende Naruto—. Bueno… en realidad, no sé cómo no acabé por enamorarme de ella. Era encantadora, lo sigue siendo… Me llevaba mucho mejor con ella que con Sakura, pero el corazón es así… Un día cambió de rumbo y me cautivó esa criatura que tiene todas las gracias, todos los encantos. —Naruto ha sonreído a su propio pensamiento, ciego en su ensueño, sin mirar el rostro de Sasuke, a quien el solo nombre de Sakura transforma, endureciéndolo, encendiéndolo de cólera violenta, que milagrosamente contiene—. Supongo que la conoces de vista, como a Hinata. Lamento muchísimo el malestar que me impidió presentarte a ella, pero será dentro de un rato… Soy muy feliz, Sasuke, inmensamente feliz. Y cuando se es feliz, es fácil ser generoso. Quiero que esta dicha mía llegué hasta el último rincón de mi hacienda; quiero que los más humildes bendigan el nombre de Sakura, pensando que el bienestar les llegó por ella, porque su amor supo hacerme más humano, más bueno… ¿Te sorprende?
Ahora sí mira a Sasuke, y es él el sorprendido por la terrible expresión de aquel semblante. Sobre el rostro trigueño que la palidez hace blanco, son dos llamaradas de rencor los grandes ojos negros, y se aprietan los labios, de los que por un verdadero milagro no escapa su secreto.
— ¿En qué piensas, Sasuke? Estás lejos… lejos, y en un lugar nada grato. Me doy cuenta… Te he propuesto quedarte aquí sin preguntarte nada. Acaso tú tengas tu amor también… Acaso una mujer…
— ¡Malditas sean todas!
— ¡Sasuke! —Reprocha Naruto; pero, comprensivo, indaga—: ¿Te ha herido alguna? ¿Has tenido la desgracia de tropezar con alguna mala mujer?
— ¿Y cuál no es mala?
—Vamos… no hables de esa manera. No es digno de un hombre cabal maldecir así, a bulto, a todas las mujeres. Algunas son lo peor del mundo, estoy de acuerdo; otras, lo más alto, lo más noble, lo más limpio y puro que podamos hallar sobre la tierra…
— ¿Lo dices por tu Sakura…?
— ¡Naturalmente!
Naruto ha contestado con brusquedad, ha fruncido el ceño, ha clavado en Sasuke una mirada dura y penetrante, ha erguido más la fina cabeza… pero la frase que tiembla en los labios de Sasuke no Akuma no llega a brotar. Hay una desconocida fuerza interna que le detiene. Al volver la cabeza, ve que Hinata Hyūga se acerca, y comenta indiferente…
—Tu cuñada…
—Sakura ha vuelto en sí, Naruto —explica Hinata—. Preguntó por ti inmediatamente. Le sorprendió mucho que no estuvieras junto a ella.
—Sí, claro… voy corriendo. Salí sólo para detener a Sasuke. Que te cuente él lo que acabo de decirle… ¡Ah! Y tráelo para la casa. Mandaré que le preparen una habitación de huéspedes…
Naruto ha cruzado con ágil paso el trozo de jardín que le separa de las escalinatas y rápidamente penetra en la mansión. Los ojos de Sasuke le han seguido hasta verle perderse, mientras Hinata, tensa de emoción, le observa…
—No me mire así… todavía no he dicho una palabra; todavía no he hecho nada —la tranquiliza Sasuke—. Me he dejado llevar y traer al gusto de todos ustedes…
—Que Dios se lo pague ¿Pero qué es lo que Naruto le ha dicho? ¿Qué es lo que se propone usted hacer?
—Naruto pretende que me quede en Mangekyō. Que me quede indefinidamente. Me ofrece el jugoso puesto de administrador de su hacienda…
—Pero usted no ha aceptado eso, Sasuke. ¿Verdad? No puede aceptarlo. ¡Usted tiene que irse de aquí inmediatamente! Ya ha visto usted el efecto que su presencia hizo en Sakura.
—Un desmayo muy socorrido. ¡Qué cómodo, qué oportuno el mundo es para las mujeres…!
—No fue fingido. Su aparición la hirió como un rayo. Ahora está desesperada, enloquecida, sufre como en el fondo del infierno… Ella no sabía que usted iba a volver…
— ¿Y para no saberlo me lo hizo jurar tantas veces? ¡Que no mienta! ¡Ella estaba segura de que me tenía bien sujeto, loco y enamorado como un imbécil, capaz de todo por ella…! ¡De todo, sí, de todo! ¿Usted sabe lo que yo he hecho? ¡Me he jugado la vida cien veces cada día! Y todo, ¿por qué? ¿Para qué? Para cumplir mi palabra; para poder acercarme a ella con ropas de caballero; para poder darle lo que yo sabía que ambicionaba; para llevármela del brazo a la luz del sol, cumpliendo con todo eso que ustedes llaman religión, familia, conveniencias…
—Sasuke, por piedad. Ha callado hasta ahora. Siga callando, aléjese. Yo le aseguro que, en este momento, Sakura llora con lágrimas de sangre…
—Entre los brazos de Naruto —concluye Sasuke con infinita amargura.
—No piense en eso. Yo le ruego…
— ¡Basta de ruegos! —Corta Sasuke con aspereza—. No crea que va a seguir manejándome con súplicas y lágrimas. No soy un sentimental como Naruto, no soy lo bastante feliz como para querer ser generoso. Al contrario, soy lo bastante desdichado para odiar hasta la luz del cielo, hasta el aire que respiro, hasta la tierra que me sostiene… ¡Y no he renunciado a vengarme!
—Sakura, mi vida, ¿qué es esto? ¿Por qué estás llorando? ¿Te sientes muy mal?
— ¡Oh, déjame!
—Perdóname, pero no comprendo, Hinata dijo que estabas mejor y que me llamabas…
— ¿Qué sabe esa imbécil…?
— ¿Imbécil tu hermana? —se sorprende Naruto, profundamente estupefacto ante el exabrupto de su esposa.
— ¡Imbécil, estúpida y entrometida! ¿Cuándo va a irse a su convento y dejarnos en paz?
—Pero, Sakura, yo creo que estás trastornada, fuera de ti… ¿Por qué? ¿Qué es lo que ha pasado?
— ¿Qué es lo que te ha contado ella?
—Nada me ha contado ni nada tenía que contarme. Tú eres la que me desconciertas. ¿Por qué hablas así de tu hermana? Es absurdo que reacciones contra ella de ese modo, cuando no puede ser más generosa, más solicita, más tierna contigo…
— ¡Pobre Hinata! —suspira hipócritamente Sakura, algo tranquilizada ante las palabras de Naruto.
— ¿Ahora la compadeces?
—Es que no sé ni lo que digo…
Ha secado sus lágrimas, ha hecho un esfuerzo para reaccionar. Odia a Hinata… sí, la odia, y el rencor le sube a los labios como una espuma amarga. Pero en el rostro de Naruto ha visto una expresión dura, severa, grave, y astutamente recoge velas mientras le observa, mientras, como un relámpago de esperanza, cruza por su mente la idea de un plan disparatado, e interroga de nuevo:
— ¿No dijo nada Hinata de mi desmayo?
—Sí, mi vida, dijo que los padecías, cosa que yo ignoraba. ¿Te ha molestado que lo dijera? No tiene nada de particular. Además, tenía que decirlo para tranquilizarnos. Comprendo lo que sientes: te molesta, te humilla la idea de padecer algo. Pero, mi amor, ¡qué tonta eres! Eso no tiene nada de particular… todos padecemos de algo. Tú eres maravillosa y perfecta. Ese pequeño mal vamos a curarlo, y si no se cura, es igual. Mi amor es para siempre y para todo, Sakura, en dicha y en dolor, en salud o en enfermedad. Te quiero para siempre, y como dice el rito protestante: ¡Hasta que la muerte nos separe!
Dulcemente, Naruto ha estrechado a Sakura entre sus brazos. Poco a poco ha ido cambiando su expresión y su gesto, mientras, mejor que puede hacerlo nadie, halla en sí mismo la disculpa perfecta, que borra la dolorosa impresión de ingratitud, de dureza y violencia que por un momento le causaran las palabras de Sakura. Y mientras su amor salva generosamente la distancia, Sakura caza la intención al vuelo, demasiado astuta para no aprovecharse de cualquier ventaja que se le ofrezca, demasiado calculadora para no querer guardarse contra todo riesgo… aun con el escudo de una lágrima falsa.
—Sakura, mi vida, pero ¿qué es esto? ¿Lloras otra vez?
—Perdóname… ahora es de pena por haber hablado mal de Hinata. Ella es muy buena, Naruto.
—Sí, Sakura, inmensamente buena. Está haciendo una gran obra en el cuidado de los enfermos…
—Ya sé que estás encantado con ella; pero, de cualquier modo, su puesto no está aquí sino en su convento. Ella no es feliz con nosotros y es un egoísmo muy grande de nuestra parte empeñarnos en retenerla.
—Todavía no me he empeñado.
—Pero lo harás, te conozco muy bien. Y es un verdadero error de tu parte. El casado casa quiere. Tú y yo debíamos vivir solos, amor mío… solos en nuestra linda casa de Uzushiogakure. ¿No me respondes?
—Ahora no —evade Naruto—, pero ya hablaremos de todo. Por el momento hay mucho que hacer en Mangekyō, y como la suerte me pone a mano los colaboradores que soñaba…
— ¿Colaboradores? ¿Quiénes?
—En primer lugar Hinata, y después… supongo que no pudiste verlo, te sentiste mal. El hombre que guiaba el carruaje…
—Lo vi perfectamente.
—Le conocías, ¿verdad?
—Bueno… —acepta Sakura sin negar ni afirmar.
—Hinata sí; Hinata le conoce perfectamente. Y él, de vista al menos, afirmó conocerte. Hinata me recordó que la casa de ustedes, en Uzushiogakure, está muy cerca de la playa. Parece ser que Sasuke acostumbraba tomar tierra por una playuela que queda justamente detrás del jardín de ustedes. Lo curioso es que tú no lo conozcas más que ella, puesto que llevas más tiempo viviendo en esa casa…
—Ya te dije que sí lo conocía, pero no simpatizo nada con él, y no me preguntes por qué, pues no sabría decírtelo; pero no me es nada, nada simpático. ¿Se fue ya?
—No, Sakura, no se ha ido. Le he comprometido a que pase unos días con nosotros. Durante ellos trataré de convencerlo para que acepte un puesto en Mangekyō.
— ¿Estás loco? —Reprocha Sakura con vivacidad—. Él no sabe nada de fincas, es un hombre de mar… y con bastante mala fama por cierto. Lo acusan de contrabandista y de pirata.
—En efecto. Pero yo tengo mucho interés en que cambie de vida para que no le acusen más de nada de eso. Somos amigos de la infancia, mi padre le prometió al suyo velar por él. Por desgracia, murió sin poder hacer lo que se proponía, y yo considero un deber moral hacer por Sasuke lo que mi padre hubiera hecho.
— ¿Y él está conforme en trabajar para ti?
—Todavía no. Mas ya te lo dije antes: espero convencerlo. Él ha tenido suerte en su último viaje y trae algún dinero. Tal vez no quiera trabajar conmigo, sino establecerse por su cuenta, y en ese caso también lo ayudaré; pero, de un modo o de otro, quiero lograr su amistad. Por eso siento que no simpatices con él y que no seas tú la única, pues tampoco mamá quiere nada con Sasuke no Akuma, como le llaman. Sin embargo, confío en ir limando asperezas…
Sakura ha inclinado la frente hasta ocultar el rostro a las miradas de Naruto. Teme delatarse con un gesto y tiembla como si tuviera fiebre, mientras él acaricia sus manos con ternura, e indaga solícito:
— ¿Te sientes mejor? ¿Crees que puedes acompañarnos a la mesa?
— ¡Oh, no, Naruto! Me siento muy mal. Me duele horriblemente la cabeza y no creo poder ponerme de pie siquiera. No me obligues a levantarme…
—Claro que no te obligo, ¡qué ocurrencia! Yo mismo voy a llevarte a nuestro departamento…
— ¿Le molestaría mucho a doña Samui que yo pasara la noche en este diván? Por lo menos, déjame aquí unas horas, déjame sola, totalmente sola y a oscuras para reponerme. Con eso acabaré de sentirme bien. Te lo ruego, Naruto, tienes mil cosas en que ocuparte.
—Está bien. Si es tu gusto, te dejo sola; pero, de todos modos, prevendré a tu doncella para que esté atenta.
Ha salido, y Sakura hace tras él un gesto de impaciencia. No puede más; se siente enloquecer de desesperación, y afloja al fin los contenidos nervios. Ha resbalado del diván hasta caer al suelo, mordiéndose las manos, mesándose los rosados cabellos, retorciéndose como bajo la agonía del más cruel tormento… La sangre le hierve en las venas, el corazón le late hasta ahogarla y, al fin, se alza como aferrándose a una determinación y murmura en voz alta:
— ¡Sasuke… Sasuke…! Tengo que hablarle a solas. ¡Pase lo que pase, tengo que hablar a solas con él! —De pronto, oye unos pasos suaves que se deslizan sigilosos, y alarmada, indaga—: ¿Quién anda ahí? ¡Oh, eres tú, Anko! ¿Qué hacías detrás de esas cortinas?
—Pues nada, mi ama, ¿qué quiere usted que haga? El señor Naruto me dijo que estuviera cerca y que esperara…
—Ven acá…
Dócil a la voz de Sakura, la doncella que Samui ha cedido a su nuera se acerca a ella, sentándose muy cerca, a sus pies, en la alfombra, y ladea la cabeza mirándola con solicitud de animalejo doméstico. Nada parece haber cambiado en ella durante aquellos quince años: es como si hubieran resbalado sobre su alma infantil, como si eternamente tuviera aquella adolescencia ingenua que hace brillar sus ojos castaño claro y aparecer los dientes blanquísimos como carne de coco sobre la bronceada piel.
—Ya se estaban poniendo feas las cosas en esta casa, ¿verdad, señora Sakura? Igualitico que la otra vez que vino el niño Sasuke…
— ¿Qué otra vez?
—Bueno… la otra… Cuando se mató el amo viejo, que fue el que trajo a Sasuke. Entonces, el niño Naruto tenía este alto, y ni Kin ni Shin mandaban en la casa…
— ¿Es que los Uchiha conocían ya a Sasuke?
—Pues, claro. Y mire usted que se dijeron cosas… ¿Quiere que le traiga una taza de caldo?
—No. Dime dónde están los demás… ¿Qué hacen?
—Cada uno, una cosa distinta. La señora Samui, encerrada, furiosa como la otra vez… Dicen que le dijo al niñito Naruto que ella no iba a comer en la mesa mientras estuviera aquí Sasuke. Seguro que lo hace para que el señor Naruto lo eche. Pero que va, ahí está Sasuke en el comedor, tan alto y tan buen mozo como el amo don Fugaku hace veinte años. Se le parece, ¿sabe, señora Sakura? Cuando lo vi de pronto, hasta me di un susto. Era entre dos luces y me pareció que se trataba del ánima del amo…
—Dices muchas tonterías, Anko, y no respondes a lo que te he preguntado. ¿Dónde están todos? ¿En el comedor acaso? ¿Están comiendo ya? ¿Y Hinata? ¿Qué hace Hinata?
—Ahora no sé. ¿Quiere que vaya a verlo y vuelva a avisarle?
—Sí, Anko, porque necesito hacer algo grave, importante… algo en que tú sola vas a ayudarme, y que será un secreto entre las dos. Si sabes guardarlo, te regalaré un traje nuevo, de seda, y unos zapatos, y un collar, y todo lo que quieras. Pero tienes que aprender a hacer las cosas como yo te las mando, y a callarte, Anko, a callarte como una tumba. ¿Sabrás hacerlo? ¿Me lo juras?
—Pues claro. No voy a decir ni una palabra a nadie. Yo sé hacerlo muy bien… ¡La de cosas que yo me callo! Si yo hablara, señora Sakura… si yo hablara…
La doncella nativa ha hecho un gesto expresivo, mostrando al sonreír la doble sarta de sus dientes blanquísimos, dichosa y encantada de haber llegado a aquel punto de la confidencia en el que su joven ama nueva va a abrirle las puertas de su intimidad. Diáfana y simple, incapaz de pensar, es quizás la cómplice menos adecuada; pero es demasiado violento el torbellino de pasiones que arrebata el alma de Sakura. Necesita de alguien, y no es capaz de ser prudente…
…
— ¿No quieres que hablemos un momento, Hinata?
—Claro… si lo deseas, con el mayor gusto, Naruto. Están en uno de los saloncillos contiguos al amplio comedor. Hinata y Naruto apenas han probado el café y el coñac servidos después de la cena. Sasuke acaba de retirarse, y Hinata parece respirar con un poco más de confianza. Aún la presencia de Naruto es para ella preciosa… Aún saborea como una golosina, inquietante y amarga, el sentirlo a su lado, hasta en aquellos momentos de tensión y de angustia, sintiendo palpitar en torno suyo el peligro de una catástrofe.
—En primer lugar, quiero darte las gracias: eres la única que no ha desertado, la única que ha venido a acompañarme a compartir la mesa con Sasuke.
—Sakura está enferma, y mamá…
—Sí, ya sé: sufre de jaqueca. También mi madre, oficialmente al menos, tendrá jaqueca durante los días que Sasuke pase en esta casa. Y en cuanto a la enfermedad de Sakura, pienso que ella ha exagerado, pues tampoco le es simpático el pobre Sasuke.
— ¿Te lo dijo ella…?
—Me lo dijo con toda franqueza. Como siempre le he pedido que sea absolutamente sincera conmigo, se lo agradezco. ¡Pero me hubiera gustado tanto encontrarla, como a ti, comprensiva y amable con Sasuke…!
—No creo que Sasuke encaje en el ambiente de esta casa. Tú mismo lo estás viendo, Naruto. El no parece contento aquí. ¿Por qué no lo dejas alejarse?
—Lo dejaré, ¡qué remedio me queda! Pero es absurda la mala voluntad que todos tienen contra Sasuke. Es hosco y áspero, porque ha sufrido mucho… Su historia es larga. Otro día te la contaré, aunque la verdad es que aun para mí mismo guarda muchos puntos oscuros. Mi padre tenía en él un empeño tan grande… pero dejemos a papá, aunque está ligado con lo que quería decirte. Quiero hacer una modificación completa del régimen de trabajo en Mangekyō. Hemos empezado por lo más perentorio, que eran los enfermos; pero en todo hay que poner la mano. Claro que para eso necesito tener aquí al viejo Akimichi, y mira qué casualidad… pensaba mandar a buscarlo la próxima semana, y hace poco vinieron a traerme el aviso de que estaba detenido en mitad del camino, por una rueda rota del coche de alquiler en que viene. Y, como es natural, mandé un coche a buscarlo… ¿Pero qué te pasa? Estás inquieta…
—No me pasa nada. Son tantas cosas, que…
—Una a una las iremos solventando. Si no estás muy cansada, saldremos a la galería a ver si llega Akimichi. Mucho me temo que su presencia tampoco va a ser del agrado de mamá.
— ¿Entonces…?
—No le gusta nada que sea contra Shin, pero yo estoy resuelto a terminar con él y con todos sus abusos. Su presencia aquí es el mal que hay que extirpar y para eso no valen paños tibios: es preciso cortar por lo sano… ¿Oyes? Me parece que llega un carruaje… ¡Vamos…!
…
—El señor Naruto y la señorita Hinata salieron al jardín porque oyeron llegar un coche, pero no era la visita que esperaban… Era el coche grande, con los encargos de la señorita Hinata para esos enfermos que está cuidando. De modo que el señor y la señorita se quedaron muy entretenidos con tantos paquetes —informa Anko a Sakura, de acuerdo con el encargo que ésta le hiciera.
— ¿Y Sasuke? ¿Fue con ellos Sasuke?
— ¡Qué va! El Sasuke se fue del comedor acabando de comer, diciendo que a acostarse. Pero qué va… se fue a buscar a esa muchacha que trajo con él, a averiguar qué le habían dado de cenar. Y le dijo a Ibiki que no lo pusiera en ningún cuarto de sirvientes, porque Karin, que así se llama la condenada colorada, tenía que dormir como él, si era preciso en el mismo cuarto.
— ¿Y dónde está ahora?
—Paseando con la muchachita por el segundo patio, y sin hablar.
—Óyeme, Anko. Es preciso que llames a esa niña, que te la lleves a cualquier parte, que dejes sólo a Sasuke…
— ¿Para qué, mi ama? —se sorprende la sirvienta.
—No preguntes y haz lo que te mando. Mira, ¿te gusta esta sortija? Tómala… es tuya… Para ti… Pero haz inmediatamente lo que te mando. ¡Anda!
…
—Mi amo…
— ¿Qué quieres, Karin?
Sasuke se ha detenido en uno de aquellos lentos paseos de los que ha dado muchos ya de uno a otro extremo del segundo patio. Ha llegado hasta allí llevando consigo a la muchachuela, pero no le mira ni le habla. Está demasiado absorto en sus amargos pensamientos, y su mirada, al oírle hablar, es casi de sorpresa, como si despertara de un sueño poblado de siniestras imágenes, como si el pequeño rostro amigo le consolara un tanto…
— ¿Nos vamos a quedar en esta casa, mi amo? En la cocina dijeron que nos íbamos a quedar para siempre, y que usted iba a mandar, y que iban a echar a un hombre muy malo que es el que ahora está mandando. Pero cuando él llegó, todos se callaron. ¡Es un viejo más feo, patrón…! Llegó regañando, y a un gato que estaba bebiendo leche, le dio una patada. De verdad que es muy malo, pues el gato no le hacía daño a nadie. ¿Es cierto lo que dijeron, mi amo?
—No, Karin, no es verdad. Mañana mismo nos iremos de esta casa…
— ¿Sin ver al ama nueva? ¿Sin buscarla?
—No hay tal ama nueva, Karin —se lamenta Sasuke con amarga tristeza—. Nos iremos otra vez al Luzbel. Pondremos proa al centro del mar, y no volveremos nunca más al Remolino.
— ¿Y la casa grande que iba a hacer allá, en aquellas piedras? ¿Y todas las cosas lindas que usted pensaba, mi amo?
—Todas se acabaron, Karin. ¡Nos iremos para no volver más!
— ¡Chist… chist…! —llama Anko, la sirvienta.
— ¿Qué es eso? ¿Qué pasa? —se violenta Sasuke.
—Llamaba a la muchacha, señor Sasuke. La llamaba para llevármela. Van a hablarle a solas a usted —murmura Anko en voz baja y tono misterioso—. Quieren hablarle sin que nadie se entere.
— ¿Quién quiere hablarme?
—No grite. Tiene que ser sin que lo sepa nadie. Váyase a aquel rincón que está bien oscuro, y no grite. No hable alto. Es un secreto. El ama no quiere que lo sepa nadie…
— ¿El ama? ¿Qué ama? —Pregunta Sasuke; pero, de pronto, comprende y exclama—: ¡Sakura!
—Chist… No grite… No grite… —suplica Anko y alejándose, ordena—: Vámonos, muchacha.
Un momento, Sasuke ha quedado inmóvil, sacudido por un sentimiento que es sorpresa y es cólera, y también una especie de alegría salvaje. Sakura está allí, frente a él, a pocos pasos… Más que verla la adivina en el rincón oscuro; distingue su figura y, al acercarse, ve su rostro pálido, sus labios trémulos, sus manos que se extienden hacia él, suplicantes. Sin proponérselo, baja la voz… Acaso le ahoga el golpe del corazón que se desboca, o el inexplicable escalofrío que recorre su espalda, y murmura:
— ¡Tú! ¡Tú!
— ¡Mátame, Sasuke! Me acerco a ti, para que seas tú el que me mates…
—A matarte vine, Sakura… pero, al fin y al cabo, no creo tener ningún derecho…
— ¿No crees tener derecho? ¿Y cuándo has necesitado tú tener derecho para extender las manos y arrancarle a la vida cuanto la vida quiso negarte? ¿Cuándo, Sasuke?
Sakura, ha dado un paso fuera de la penumbra para mirarle con sorpresa, casi con rabia. Aquel rostro frío, impasible, hermético, no es el que esperaba ver en Sasuke. Para salirle al paso, esquivando su violencia, se ha jugado el todo por el todo en una frase, y ahora se siente como defraudada en su anhelo morboso: Sasuke, su Sasuke no Akuma parece otro bajo aquellas ropas de caballero. Parece otro, como está ahora: enigmático, con un fulgor satánico en las pupilas…
— ¿Para qué quieres que te mate? ¿No amas a tu esposo, al noble caballero Uchiha? ¿No eres feliz siendo dueña de Mangekyō? ¿No eres dichosa con tus trapos de seda y la basura de tus collares y tus alhajas?
—Tú sabes bien lo que me hace feliz, y no es nada de eso, Sasuke, tú lo sabes…
—Yo no sé nada. ¿Qué puedo yo saber de la señora Uchiha, la esposa de mi mejor amigo? La esposa de Naruto Uchiha y Uzumaki, tan generoso y tan solícito para mí como si tuviéramos la misma sangre, tan preocupado de mi porvenir, que no quiere dejarme seguir en el mar; tan atento a mi bienestar, que quiere velar por él personalmente; tan seguro y confiado, que me ofrece un puesto en el que me sería muy fácil arruinarlo y, además, deshonrarlo.
— ¿Pero estás loco?
—Lo está él, en todo caso. Aunque mis palabras te suenen a sarcasmo, son la pura y estricta verdad. Gracioso, ¿no? Extraordinariamente gracioso… Pero no hay razón para que te muestres desesperada. Al contrario… eres una mujer de suerte, Sakura, de suerte extraordinaria. ¿Qué más quieres?
—Quisiera saber si eres sincero; quisiera saber por qué hablas como hablas. Y además, ¿para qué has venido? ¿Qué te propones? ¿Qué vas a hacer al fin?
—Para lo que he venido, ya lo dije antes: para matarte. Pero alguien me detuvo en el primer impulso…
—Hinata… ¡Ésa fue Hinata!
—Puede que fuese ella. Le debes la vida. Ya tienes algo que agradecerle. Pero también puedo pensar que fue Naruto. Es difícil dar de puñaladas a un niño que sonríe y que nos llama «el mejor amigo de su infancia». Y decirle a Naruto quién eres, es peor que apuñalarle. Porque no sólo cree en mí ese… bendito de Dios. También cree en ti. ¿Has visto nada con más gracia? Cree en ti, Sakura, te considera la mujer más pura, más noble, más leal. Te ama como al sol que llegara a su vida, iluminándola y purificándola. —Y enfureciéndose lentamente mientras habla, escupe el insulto—: ¡A ti… a ti, carroña, basura, mujerzuela hipócrita y despreciable, más y más perdida que la última ramera! Pero tranquilízate, él no lo sabe y tú eres la señora Uchiha, ama y reina de Mangekyō —termina en son de burla.
— ¡Oh, basta! ¡Mátame si crees que te he engañado, si defraudé tu amor y destrocé tu corazón; pero no me insultes, porque no voy a tolerarlo!
— ¿No? ¿Cómo vas a hacer para no tolerarlo?
— ¡Soy capaz de gritar, de ser yo la que lo diga todo!
— ¿De veras?… Hazlo… será maravilloso… Dile la verdad a Naruto. Dile, además, que te he tratado como a lo que eres. Llámale para que me pida cuentas de mi ofensa. Vuélvelo contra mí, que eso es lo que estoy deseando: que venga como hombre ofendido y que me injurie, que me ataque. Entonces sí será fácil destrozarlo con estas manos. Entonces sí que la partida estará igualada. ¡Hazlo, Sakura, hazlo! ¡Grita, llámalo!
—Demasiado sabes que no voy a hacerlo, y de eso te aprovechas para tratarme como me tratas —protesta Sakura brotándole la ira por todos los poros de su ser—. Sabes que estoy perdida, sin defensa. ¡Eres un cobarde!
—Sí… soy un cobarde, porque no debí haber escuchado una palabra de nadie, porque debería haber matado a cuantos me cerraron el paso, llegar hasta ti como me había propuesto y apretar tu cuello con estas manos… —Sasuke ve el temor reflejado en el pálido rostro de Sakura y, despectivo e irónico a la vez, la tranquiliza—: No, no te asustes, no grites. Tú sí que eres cobarde… cobarde y baja… Porque eres embustera, hipócrita; porque te arrastras, te arrastras mordiendo por la espalda, infiltrando tu veneno por la sangre…
—Sasuke… Sasuke… —suplica Sakura, adolorida—. Sé que me odias, tienes que odiarme. Sé que me desprecias, tienes que despreciarme. Pero en el fondo de tu corazón me amas, tienes que amarme, porque el amor no se arranca de golpe…
—El tuyo está arrancado, ¡y hasta la última raíz está fuera!
—No lo creas, Sasuke. Sólo estás luchando con él, como yo he luchado durante horas y días, y a cada tirón por arrancarlo te sangra el corazón, como a mí me ha sangrado, como aún me sangra y duele hasta enloquecerme. Porque yo te quiero, Sasuke, es a ti a quien sigo amando. Nada ni nadie me hará cambiar.
Se ha hundido en la penumbra, ha resbalado a lo largo de la columna en que busca apoyo, y ahora llora en silencio, cubierto el rostro con las manos, mientras Sasuke la mira llorar, rota la voluntad en la lucha titánica de aquella nueva turba de sentimientos y de ideas que han brotado en su alma, vacilando como entre dos abismos, y reprocha:
—Basta de mentiras, de embustes, de farsas… Si me hubieras amado, si me hubieras querido sólo un poco, sólo la mitad de lo que me jurabas…
— ¡Te quería y te quiero!
— ¡No mientas más! Ahí están los hechos, tus hechos, demasiado profundos, demasiado claros: ¡Te casaste con otro!
—Con otro a quien no amo. ¡Te lo juro! No lo quiero, no lo quise nunca. Lo detesto, me fastidia. Las circunstancias me empujaron. Yo no sabía que tú ibas a volver… Alguien me dijo que no ibas a volver más.
— ¿Quién fue ese alguien?
—Chōza Akimichi, el notario. Indaga, pregunta… Me dijo que tenías líos con la justicia, que la policía te buscaba, que no podrías volver más al Remolino, y yo pensé que tus palabras habían sido falsas, que mentías a sabiendas cuando te alejaste prometiendo volver. Pensé que te habías burlado de mi amor…
— ¿Y por qué no esperaste un poco más?
—Me cegó el despecho; Naruto me apremiaba…
—Naturalmente… apremiaba… Y como tú estabas jugando con dos barajas… No, a mí no me engañas. Sé quién eres, sé cómo eres… Yo no soy Naruto, bueno y cándido. Sé toda la maldad, todo el egoísmo, toda la crueldad fría e hipócrita que tienes en el alma.
— ¡Pero me quisiste sabiendo eso!
—Sí, te quise como puede quererse lo que más nos daña, la droga que envenena, el vicio que arrastra, el peligro en el que podemos perecer a cada instante… Así te quise, y por ti pensé lo que nunca había pensado: ser otro hombre, cambiar de vida, colmar tu ambición y tu vanidad, humillar lo único que tenía en el mundo: mi orgullo de pirata… Volverme como los demás, sólo para satisfacerte, para quererte a la luz del día, para saberte mía, mía solo, aunque el Luzbel se hundiera en otras manos, aunque no pudiera seguir llamándome Sasuke no Akuma, aunque todo lo mío se hiciera polvo, para hacer de ese polvo una alfombra de flores por donde tú pisaras. Así te quise… ¡Pero todo acabó, todo ha terminado! ¿Quisiste ser la señora Uchiha? Pues a serlo. ¡A serlo de verdad!
— ¡No! ¡No! ¡Me mataré si me dejas! ¡Te juro que me mataré si me dejas!
— ¿Tú matarte? ¡Bah! —rechaza Sasuke en tono despectivo—. Si no te dejo, será para volverte loca, para atormentarte, para torturarte, para hacer de tu vida un infierno.
— ¡No me dejes, Sasuke!
—Mi ama… mi ama… Viene gente… ¡Cuidado! —avisa Anko acercándose apresurada—. Viene gente por ese lado… y creo que es el señor Naruto…
— ¡Sakura! —llama Hinata aproximándose al grupo. Sakura ha retrocedido, hundiéndose en las sombras; Sasuke permanece inmóvil; Hinata ha dado un paso acercándose más a él, al tiempo que llega lentamente Naruto, con una disculpa en los labios:
—Perdónenme si interrumpo una conversación interesante. Oí la voz de Sasuke, y como se había despedido para irse a acostar hace más de una hora…
—Sí… pero tuve calor. No sirvo para dormir encerrado.
Hinata ha respirado un poco más tranquila. Por un instante aguardó tensa, trémula de angustia, la respuesta que pudiese dar Sasuke. Ahora le sorprende su cambio repentino, la fría serenidad con que ha contestado a Naruto, la leve y amarga sonrisilla que asoma a sus labios, al proseguir:
—Piensa que he pasado más noches de mi vida al raso que bajo techo.
—Me hago cargo. Las noches en el mar han de ser deliciosas.
—Sí… sobre todo cuando se es grumete o marinero de tercera clase, y lo despiertan a uno a puntapiés para hacer la guardia… —observa Sasuke con ironía.
—No quise aludir a esos recuerdos tan poco agradables —rehúye Naruto jovialmente—; pero, siendo como eres patrón y propietario de tu barco, estoy seguro que las noches a bordo tienen para ti muchos encantos, tantos que casi, casi empiezo a darte la razón.
— ¿La razón en qué?
—En algo de que antes hablaba con Hinata. —Y volviéndose de pronto a la aludida, le recuerda—: También tú te despediste para acostarte, Hinata. Me dijiste que estabas rendida, lo cual me pareció muy lógico, y renunciaste a esperar la llegada de Akimichi…
— ¿Viene Akimichi? —pregunta Sasuke, extrañado.
—Le estoy esperando. Tuve un aviso que el coche que le traía había sufrido un accidente en el camino, pero ya no debe tardar. Una visita por sorpresa, como la tuya. Me seguiré con lo que estaba diciéndote: pienso que acaso hago mal en empeñarme tanto en que cambies de vida…
—No creo que hagas mal. Es una solicitud que te agradezco. Además, me dijiste que me necesitabas…
—En efecto, es lo que dije.
—Pues no creo que deba negarte esa problemática ayuda, cuando tan desinteresadamente has tratado de servirme siempre que lo he necesitado.
—Pero, Sasuke, lo que quiere decir Naruto… —interviene Hinata, nerviosa.
—Déjale que termine, Hinata —la interrumpe Naruto—. Por favor… habla Sasuke…
—Termino en seguida. Iba a decirte que acepto el cargo que me ofreces… ¡Que me quedo en Mangekyō!
Como si repentinamente hubiese tomado una nueva resolución, ha hablado Sasuke mirando con fijeza a Naruto, un extraño matiz de desafío en el tono de sus palabras… Luego se vuelve lentamente hacia el oscuro rincón por donde Sakura desapareciera, con la esperanza de que ella esté muy cerca, de que haya escuchado sus palabras, de que recoja, valorando en cuanto significa, aquella determinación con que responde al reto, que ella le lanzara. Habría dado sangre de sus venas por poder mirarla a la cara en ese instante, para adivinar en sus ojos si había en ella placer o espanto, pero no atisba más que sombras espesas, y al volverse de nuevo ve otro rostro de mujer, pálido y helado como de mármol, dos manos blancas que se aprietan crispándose; una figura grácil que un instante se estremeció de angustia: Hinata Hyūga. Y aquella leve y burlona sonrisa que es siempre para él un arma contra ella, despunta en sus labios, al decir:
— ¿Te ha dejado pensativo mi resolución, Naruto?
—No, Sasuke —niega Naruto con nobleza—. Al contrario; es algo que deseo desde hace mucho tiempo y déjame decirte las palabras que por los especiales incidentes de tu llegada todavía no te he dicho, pero que me salen del corazón: Bienvenido a Mangekyō, Sasuke. Bienvenido a la que siempre debió ser tu casa, y lo es desde este instante.
—Gracias, Naruto… —se conmueve Sasuke a pesar suyo.
—Espero que sea yo el que tenga que darte las gracias muy pronto, cuando hayamos logrado lo que deseo. Pero ha llegado un coche… Sí, ha llegado un coche al frente de la casa… seguramente es el bueno de Akimichi… Vamos allá… —invita Naruto alejándose.
Sasuke no ha seguido a Naruto. Ha quedado inmóvil bajo la mirada interrogadora y ardiente de Hinata, clavada en él como una amenaza, que se expresa al decir estupefacta:
— ¿Debo suponer que está usted loco?
— ¿Yo? ¿Por qué, Hinata?
— ¿Piensa de veras quedarse en Mangekyō?
— ¿Y por qué no debo quedarme? Por lo visto, es el más ardiente deseo de los dueños de esta casa. Ya oyó usted a Naruto, y supongo que también a la nueva señora Uchiha, puesto que, seguramente, estaba usted escondida escuchando.
— ¡No tengo semejantes costumbres!
—Pues aun contra su costumbre, parece que, al menos por esta vez, lo ha hecho. De otro modo no se comprende que saliera en un momento tan oportuno, a tiempo de cubrir la retirada de su hermana. ¿Estaba usted de acuerdo con ella?
— ¿Quiere callarse? —ordena Hinata impulsada por la ira.
—No se enfurezca; ya veo que no… Debo suponer, entonces, que llegó por casualidad. Pero aún por casualidad, pudo oírla. Yo había decidido alejarme…
— ¡Tiene que alejarse, Sasuke! ¡Usted no puede seguir aquí! ¿Qué se propone? ¿A dónde quiere usted llegar?
—Por el momento, solo hasta ese coche, Santa Hinata —contesta Sasuke burlonamente—. Voy a evitar que el viejo Akimichi cometa una indiscreción enterando al buen Naruto de lo que más vale que ignore: que se ha casado con la amante de Sasuke no Akuma.
— ¡Qué vil y qué despreciable me parece usted en este momento! —salta Hinata en voz baja, pero trémula de indignación.
— ¿Yo…? —Sasuke se contiene haciendo un esfuerzo y con amargo cinismo explica—: Eso no es nada nuevo. Son los sentimientos que suelo inspirar a las personas como usted: puras e impecables… pero no se preocupe, que ya empiezo a saber cubrir las apariencias y, por lo visto, la apariencia es lo único que vale en el mundo de las gentes respetables. A sus pies, futura abadesa…
— ¡Estúpido, payaso!
—Ése sí es un insulto nuevo… Payaso… Hasta ahora nadie me lo había llamado. ¿Payaso? Puede ser. Pero el que pretenda reír a costa de este payaso, pagará la función en moneda de sangre. Dígaselo a su hermana, a la joven señora Uchiha. Prevéngala de que la entrada para el circo de Sasuke no Akuma cuesta muy cara. ¡Demasiado cara!
—Karin, ¿vienes conmigo a dar un paseo?
—Al fin del mundo voy detrás de usted, patrón. Saltando sobre una y otra pierna, hacia delante y hacia atrás, con aquella agilidad que le hace ver como un colibrí, sale Karin tras de Sasuke rumbo a las amplias cuadras que ocupan el fondo de la casa. Son las seis de una espléndida mañana, el aire transparente, el cielo azul muy claro y los primeros rayos del sol asoman dorando las cumbres limpias por excepción, de aquellas tres montañas que se alzan como gigantes petrificados sobre la fértil tierra Remolineña: Monte Myōboku y los picos de Cabet.
— ¿Hasta dónde vamos, mi amo?
—Por lo pronto, a buscar un caballo.
—A mí no me gustan los caballos, mi amo. Ni los caballos, ni los burros, ni los coches, ni las montañas… Me gusta el mar. ¿Cuándo vamos para el mar, patrón?
—No lo sé, Karin. Tal vez mañana mismo, acaso nunca más…
—Qué raro se ha vuelto usted, patrón. Antes lo sabía todo, hasta lo que iba a pasar dentro de un año… y ahora no sabe ni lo que usted mismo va a hacer mañana.
— ¿Te extraña? Algún día sabrás que así marcha un barco, cuando es una mujer la que toma el timón de las riendas de la vida de un hombre, Karin.
—Pero usted dijo antes que no había más ama nueva…
—No… no hay más ama nueva. Pero cuando una pasión nos hace su esclavo, el ama es la desesperación, y el rumbo, la ruta de la desgracia… ¡Mira…!
Se ha detenido sujetando a la muchacha. Ya están muy cerca de la entrada de las caballerizas y no se ve por ahí ningún sirviente. Pero alguien saca un caballo del pesebre. Unas manos blancas buscan al azar una montura, se extienden hasta alcanzar uno de los frenos colgados de la vía central de la cuadra… Una mujer se dispone a ensillar por sí misma un caballo, y hacia ella va Sasuke con rápido paso, ofreciéndose:
— ¿Puedo ayudarla en algo?
— ¡Oh… usted…! —se sorprende Hinata.
— ¿No hay un criado que pueda hacer esto en su lugar?
—Sin duda, pero es muy temprano y prefiero no molestar a nadie ¿Quiere seguir su camino y dejarme en paz?
—Mi camino es éste, Santa Hinata. Me acerqué para ensillar un caballo en el que dar un paseo. Me es igual ensillar dos o, mejor aún, enganchar mi cochecito y llevarla, ya que parece gustar, como yo, de los aires matinales. ¿A dónde es el paseo? Karin, ayúdame un poco… Vamos a enganchar el coche…
—Sí, patrón… volando… —aprueba la muchachuela alegremente.
—Ya le he dicho que no quiero que nadie se moleste por mí.
—No es molestia; al contrario. ¿No ha visto la alegría de esa tonta? Le tiene horror a los caballos… le encanta la idea de que vayamos a pasear en coche. Daremos un paseo al llevarla a usted a donde vaya. No creo tener nada que hacer en todo el día.
—Usted sólo tiene que hacer una cosa, Sasuke: marcharse… Irse pronto… ¡Irse para siempre!
— ¡Caramba! ¿No sabe usted decirme otra cosa? Resulta monótono escucharla. Cuando no aconseja u ordena, insulta. Resulta usted terrible, señorita Hyūga —comenta Sasuke en tono de guasa.
— ¿Cómo puede bromear? ¿Es que no se da cuenta de la situación en que nos coloca a todos su presencia aquí? ¿Por qué se empeña en quedarse? ¿Qué espera? ¿Qué aguarda?
— ¿Alguna vez se le ha ocurrido a usted preguntarse qué espera, qué aguarda el náufrago que en medio del mar se aferra a un resto de lo que fue su nave, mientras el sol abrasador le tortura hasta enloquecerle, mientras la sed le afiebra y le extenúa el hambre, mientras a su alrededor ve asomarse a las feroces bestias del mar? ¿Se ha preguntado usted qué aguarda, cuando con sus ojos casi ciegos recorre el horizonte por donde no se asoma la esperanza de un barco? ¿Por qué sigue aferrado al madero con los dedos heridos, crispados? ¿Por qué sigue tragando el agua amarga que le cae en los labios, en lugar de soltarse y acabar de una vez? ¿Por qué lo hace? ¿Por qué?
—Bueno… —reflexiona Hinata, dubitativa—. Eso es distinto. Será por instinto de conservación, por deber y derecho humano de defender su vida… ¡Él espera un milagro que lo salve! Pero usted…
—Yo estoy como ese náufrago, Santa Hinata, y no creo en los milagros…
— ¿Y no cree tampoco en la bondad humana, Sasuke… no Kami?
—No, no creo en ella. Aunque me dé usted ese ridículo hombre que no tengo por qué llevar. Supongo que se burla de mí con el mismo derecho que yo de su presunta santidad.
—Yo no me burlo de nadie, Sasuke. Primero le creí a usted una fiera, un bárbaro… No voy a negárselo. Después, al saberle hombre, al sentirle humano, al ver que a pesar suyo no es indiferente a la amistad de Naruto y no fue del todo sordo a mis súplicas, tengo que decirle: ¿Para qué prolongar esta situación horrible? Acepte su fracaso y váyase.
—Yo no he fracasado. Sakura me quiere. A su modo, pero me quiere. Sin santidad, sin dignidad, si me deja que le hable claro. Me quiere y me prefiere, como tantas veces me prefirieron las mujerzuelas de las tabernas del puerto. Creo que es capaz de venir conmigo a donde yo quiera llevarla.
— ¿Pero está loco? ¿Están locos los dos? ¿Cómo puede estar pensando en una cosa semejante? ¿Quiere… pretende… espera…?
—Me ha pedido que no la abandone; me lo ha suplicado llorando. Cuando usted llegó anoche tan oportunamente a ocupar su lugar, eso era lo que ella me pedía, y mi respuesta fue aceptar el cargo que me ofrecía Naruto.
— ¡No! ¡No es posible! ¡No puede llegar a ese extremo la maldad humana!
—La maldad humana es capaz de llegar infinitamente más lejos de cuanto usted pueda imaginar —asegura Sasuke con gesto adusto y voz enronquecida.
— ¡No! ¡No! ¡Tendrían que ser dos monstruos! ¡No pueden destrozar así el honor y la vida de Naruto! ¡No pueden herirle de esa manera, porque hay un Dios en los cielos y ese Dios enviaría sobre ustedes sus rayos…!
—No diga tonterías, Santa Hinata —ríe Sasuke amargamente. Y volviéndose hacia donde se encuentra la muchacha pelirroja, la llama—: ¡Karin! ¡Ven acá! Acércate… quítate el corpiño…
— ¿Cómo? ¿Qué? —se extraña Hinata.
—Esta señorita quiere ver tu espalda, Karin. Quiere ver las huellas de tus golpes y de tus quemaduras. Quiere enterarse, porque no lo sabe y va a palparlo en este momento, hasta qué extremos puede llegar la maldad y la crueldad humana. Quiero que le cuentes lo que ha sido tu vida, lo que han hecho contigo aquéllos con quienes estabas antes. Y quiero que usted escuche esos relatos, señorita Hyūga, y que después me diga dónde estaba Dios cuando las bestias con figura humana, que fueron sus amos, lo maltrataban de esta manera. ¡Quiero que me diga usted dónde estaba Dios, señorita Hyūga, y por qué no envió entonces uno de sus rayos!
Brusco, violento, relampagueante la mirada, Sasuke no Akuma ha abierto a Karin el vestido de lino blanco, desnudando la pequeña espalda, alzándola en sus brazos para que ella pueda verla más de cerca, mirando con ansia el bello rostro de mujer, que ya no expresa indignación ni cólera, sino espanto, dolor y piedad, cuando balbucea:
—No… no es posible… Esta niña… esta pobre criatura…
—Véala, pálpela, escúchela hablar. Ella le dirá lo que puede sufrir una criatura humana sin que se conmuevan los cielos. Mire estos hombros destrozados por las cargas de leña, superiores a sus fuerzas de una niña; estos pobres huesos deformados por el hambre y los malos tratos. Vea las cicatrices de las quemaduras, de los latigazos… Para los hombres que la explotaban era menos que una bestia, menos que un perro cubierto de carroña: era una niña mestiza, huérfana, abandonada, sin una ley capaz de protegerla, sin una mano que se alzara para detener la de sus verdugos…
— ¿Pero dónde? ¿Dónde halló usted a esta criatura?
— ¿Dónde? ¡Qué más da! ¿Acaso no hay millares como ella? ¿Acaso estas horrendas cosas no pasan en todos los rincones de la tierra? ¿Acaso cada día no se cometen atrocidades semejantes bajo todos los cielos? Sí… la crueldad humana es infinita y Dios no envía sus rayos… Siguen triunfando los malvados, siguen los fuertes pisoteando a los débiles. Y cuando una de estas criaturas, tratadas peor que una sabandija, logra sobrevivir y se alza llena de todo el rencor del mundo, saturada de toda la crueldad que contra ella usaron, cuando un niño así llega a hombre, ¿cómo puede pedirle a nadie que se sacrifique por los que siempre fueron dichosos? ¿Cómo puede esperar nadie de ella más que odio y crueldad?
—Pero usted… usted…
—Sí… Yo soy ése… Me enseñaron a odiar, a herir antes de que me hiriesen, a matar para que no me mataran, y si no hubiera logrado aprender esa lección, que tan duramente me enseñaron, no estaría vivo frente a usted, señorita Hyūga. No espere de mí nada; no espere conmoverme jamás con súplicas y lágrimas. Las odio, las detesto, no sé lo que es piedad. Seguiré por mi camino, destrozándolo todo si es preciso. Y no tenga usted miedo, ¡que Dios no envía sus rayos! Nada tengo resuelto con respecto a su hermana, pero no es por piedad. Ignoro el significado de esa palabra… Ahora, voy a enganchar el coche para llevarla a ese maldito viaje…
Se ha alejado dejando antes en el suelo, junto a ella, la pelirroja muchacha semidesnuda que la mira con los grandes ojos llenos de asombro. Y ella se inclina contemplándola como si por primera vez le mirase, y viese a través de ella mucho más allá; todo un mundo dolorido y trágico. Y en ese mundo, Sasuke… el niño que fue Sasuke no Akuma… Y mientras piensa en él, sus blancas manos resbalan acariciando la piel de Karin, sus horribles cicatrices, aquella pobre carne, inocente y torturada, y de pronto le estrecha contra su corazón y la besa con una ternura nueva, pura y distinta, que cual un diáfano manantial le sube desde el corazón hasta los labios, de donde brota con infinita piedad el lamento:
— ¡Pobre Karin!
— ¿Usted es el ama nueva? El patrón dijo que veníamos al Remolino a buscar al ama nueva… Después dijo que no había más ama nueva, pero ahora… ahora… Él dijo que el ama era linda, que el ama era buena… —La ha mirado con un ansia encendida en las pupilas color de rubíes, con un hambre de calor y cariño, y Hinata vuelve a estrechar contra su pecho la redonda cabeza de cortos cabellos rojos—. Es usted mi ama nueva, ¿verdad?
—No, Karin. Ni tuya ni de nadie. De nadie soy ama, porque nada me pertenece en este mundo… Ni siquiera mi corazón…
—Listo el cochecito. ¿Quiere montar? —la interrumpe Sasuke que llega con el coche, parándolo frente a ella.
— ¿Por qué tiene que molestarse por mí?
—Porque no es molestia ni me cuesta nada. Lo que no cuesta nada se da con facilidad…
—Tiene razón. Tiene razón en eso, como en muchas cosas más.
—Tengo razón en todo —asevera Sasuke con rudeza—. Cuanto digo no es más que la verdad.
—No es verdad todo cuanto dice —refuta Hinata suavemente—. Usted niega que en su corazón haya piedad, usted niega que haya amor, y hay ambas cosas, Sasuke no Kami.
— ¡Sasuke no Akuma! —se encrespa Sasuke.
—Como usted quiera… Sasuke no Akuma… capaz de ayudar a una mujer que le fastidia y de salvar a esta niña, rescatándola de un infierno por el que usted mismo ha cruzado…
— ¡No lo hice por piedad!
— ¿Por odio entonces? —indaga Hinata con ironía.
—Tal vez… o acaso por egoísmo. Karin soy yo mismo, su infancia fue mi infancia. También a mí, algunas veces alguien supo mirarme como a un ser humano…
—Naruto Uchiha… Recuerdo una por una las palabras que pronunció ayer. El padre de Naruto también quiso rescatarle…
— ¿El padre de Naruto? Creo preferible que no hablemos del padre de Naruto, Santa Hinata.
— ¿Por qué?
—Porque… llegaría usted tarde a donde va… Vamos, arriba… Tú también, Karin. Sube con ella. No es la primera vez que Santa Hinata te lleva a su lado.
—Ni será la última. Karin es mi amiga ya.
—Muy bonita frase, pero no me conmueve.
— ¡Ni aspira a conmoverlo, Sasuke no Akuma! —se enfurece Hinata.
…
— ¿Quiere usted un «plantador», Akimichi?
— ¡Oh… caramba! —se sorprende el notario acercándose a Sasuke.
—Sírvase éste. Llenaré para mí otro vaso. Supongo que cuando ponen aquí este hermoso jarro y estos vasos, será para que los huéspedes nos atendamos solos. ¡A la salud de usted, Akimichi!
—No, no, gracias, Sasuke, no voy a tomarme ese brebaje. Pero gracias a Dios que te echo por fin la vista encima…
El notario se ha acercado hasta la mesa de mimbre que sostiene media docena de vasos y una gran jarra de aquella popular bebida Remolineña hecha de jugo de piña con ron blanco, y observa con desconfianza el vaso lleno, mientras Sasuke apura el suyo hasta el fondo y vuelve a llenarlo.
—Llevo dos horas dando vueltas en la casa sin tropezar con nadie, ni siquiera con un sirviente.
—Beba su «plantador»… resulta refrescante —invita Sasuke haciendo caso omiso de la observación de Chōza Akimichi.
— ¿Quieres decirme lo que ha pasado, Sasuke?
—Poca cosa, por no decir, nada. Creo que está a la vista.
—No vas a querer volverme loco, ¿eh? Creo que si estoy aquí fue porque me espantaste, porque saliste de mi casa de una manera que me dejaste turulato. Hubiera pensado que estabas loco, que de repente te habías trastornado, si no fuera por lo extrañísimo que es todo cuanto está pasando.
—Sí, todo es extraño, sorprendente…
—Anoche, por tu actitud y por tus medias palabras, entendí que debía callarme la boca. Muerto de inquietud y de curiosidad, estuve esperándote en mi cuarto, pero amaneció y no llegaste por allá. Salí a buscarte y no estabas en la casa ni nadie supo darme razón de ti… ¡Por Dios vivo, respóndeme, Sasuke!
— ¿Qué quiere que le responda?
—Lo que está pasando… lo que ha pasado. Te enfureciste hasta perder la razón cuando leíste la tarjeta del matrimonio de Naruto con la señorita Hyūga. Pareció enloquecerte de furia la noticia de esa boda. Saliste con cara de degollar a tres o cuatro. Pasé una noche horrible, salí hacia aquí con mil trabajos y en un coche alquilado que me dejó a mitad del camino, y cuando por fin llego a esta casa te hallo mano a mano con Naruto, en calidad de huésped de honor.
—En calidad de futuro administrador de Mangekyō. Al menos, ésa fue la proposición de Naruto. Y yo la he aceptado.
—Pero… pero… cada palabra que dices me enreda más. ¿Viniste en esa forma tan extraordinaria para que Naruto te nombrara su nuevo administrador? Me estabas hablando de mil cosas distintas, de mil proyectos: de arreglar tus papeles, de armar un tren de pesca, de reconstruir la cabaña, o mejor dicho, de hacer una residencia habitable en tu Kēpu Akuma, de casarte… Y de pronto…
—De pronto, todo se vino abajo. Fue como si esas montañas que tenemos delante cayesen hechas polvo, como si se abriese la tierra y por sus grietas vomitase fuego, como si el mar se alzara para pasar barriendo y arrasando cuanto hallara a su paso… Pero, olvídese de cuanto le preocupe o le moleste. Beba su «plantador», y aguardemos… Yo le acompaño con el tercer vaso.
— ¡Basta! No estoy para bromas. ¿A qué hemos de aguardar?
—Es lo que me pregunto yo a mí mismo. ¿A qué aguardar? ¿A qué estoy aguardando? —confiesa Sasuke con lenta amargura. Más de pronto, cambiando a un tono medio irónico, medio jovial, exclama ¡Oh…! Aquí llega la joven señora Uchiha. Anoche no me hizo el honor de sentarse a la mesa. Ahora sí parece dispuesta a hacernos los honores de la casa. Qué bella es, ¿verdad, Akimichi?
Con los labios entreabiertos de asombro, ha vuelto la cabeza el notario para ver acercarse a Sakura, realmente deslumbrante en estos momentos. Lleva un ceñido traje de seda roja, lo bastante escotado para mostrar el cuello perfecto, los impecables brazos de cremosa piel. Los brillantes cabellos rosa, recogidos con gracia criolla, caen por el cuello hasta la espalda, brillan los ojos verdes como dos estrellas tropicales, y se entreabre la boca fresca, jugosa, tentadora, con una sonrisa indefinible, como si destilara miel y veneno al propio tiempo. Tras mirarla a ella, Akimichi observa a Sasuke, que ha palidecido bajo la piel tostada. Un instante cruza por sus pupilas un relámpago de amor y de odio, de desesperación y de deseo, también de ciega e insensata esperanza, y escapa la súplica angustiada de la garganta del viejo amigo:
— ¡Sasuke… Sasuke…! ¡Tienes que salir inmediatamente de esta casa!
—Buenas tardes —saluda Sakura aproximándose adonde se hallan los dos hombres.
—Buenas tardes, señorita —corresponde Akimichi visiblemente turbado.
—Señora ya, señor Akimichi —rectifica Sakura con suave naturalidad—. ¿Cómo está usted? Anoche no tuve la oportunidad de saludarlo. No me sentía bien y me acosté temprano. ¿Hizo un buen viaje?
—Regular nada más.
—Vino usted llamado por mi esposo, ¿verdad? Los dos hombres se han mirado en silencio: el anciano notario totalmente desconcertado; Sasuke con su amarga sonrisa de cinismo en los labios, la fiera máscara helada que impone a su dolor y a su amor. Como si tomara una resolución repentina, responde Akimichi a la espléndida muchacha:
—En realidad, vine para ocuparme de los asuntos de Sasuke.
— ¿Ah, sí? ¿Llamado por él?
—No precisamente llamado, sino por la necesidad de puntualizar ciertas cosas. El bueno de Sasuke, que es mi amigo y cliente desde que era niño, es demasiado violento, demasiado arrebatado. Me dio una serie de órdenes tan confusas cuando estuvo en mi casa, que no pude entender lo que de veras quería. Él tenía sus proyectos al llegar, que me parecieron excelentes… Quiere cambiar la goleta por unos cuantos barcos pesqueros, reconstruir su casa en el Kēpu Akuma, poner en orden sus papeles, emplear razonablemente el dinero que trae… Son ideas excelentes… —Y con marcada intención, prosigue—: Sería criminal si alguien tratara de quitárselas, de llevarle por otros rumbos… No, no exagero, señora Uchiha. Seria sencillamente criminal… Sasuke, he venido a buscarte; tu presencia es necesaria en Uzushiogakure…
—Aquí también hace mucha falta… más falta que en ninguna parte —asegura Sakura—. Naruto cuenta con él. Está en apuros graves, precisamente por su falta de carácter. Si Sasuke se encarga de la administración de Mangekyō, será aquí el verdadero amo.
—Creo que el único verdadero amo debe ser el señor Uchiha —rectifica Chōza Akimichi—. Sasuke es demasiado independiente, demasiado violento, demasiado impetuoso para poder someterse a los intereses de nadie. Por el bien de todos, es mejor que venga conmigo ahora mismo.
—No iré, Akimichi, no iré —rehúsa Sasuke—. La señora Uchiha ha dicho una cosa muy interesante, y en la que tiene más razón de la que ella misma piensa. Si me quedo en Mangekyō, seré el amo de todo. Es grato mandar donde se ha sido menos que el último sirviente…
— ¡No es grato hacer daño a los que sólo bien nos desean! —rebate el viejo notario.
—El bien y el mal son dos conceptos muy confusos; cambian según quien lo reciba y quien lo haga —sentencia Sasuke.
— ¡Caramba! No te conocía como filósofo, Sasuke —comenta Naruto que ha oído las últimas palabras de Sasuke, y se ha acercado al grupo—. Buenas tardes a, todos. Me alegro de verte con tan buena cara, Sakura… Pero volviendo a tus palabras, Sasuke, déjame decirte que difiero de tu opinión. El bien y el mal son cosas concretas y claras. El camino recto no es más que uno y tarde o temprano se arrepienten los que lo abandonan. Cada hombre honrado lleva un juez en su corazón…
— ¡Caramba… cada hombre honrado! ¿Conoces tú a muchos de esa clase?
—Conozco por lo menos a dos, y los tengo delante. Por eso quiero que me ayuden a gobernar esta finca, que es casi como un pequeño estado. Pero sentémonos, ¿no les parece? Tomemos algo…
—Para mí, medio vaso —indica Sakura—. Digo, si es que me permiten quedarme en esta reunión de caballeros…
—Por supuesto —accede Naruto—. He pasado la noche y parte de la mañana acompañando a mi madre…
— ¿Doña Samui se encuentra mal? —se interesa Akimichi.
—Sí. Por desgracia, cada día más delicada, lo cual hace mi labor más difícil. Mi madre y yo, que nos adoramos, solemos, no obstante, vivir en absoluto desacuerdo. Muy rara vez acertamos a compaginar algo; pero, cediendo yo un poco y ella otro poco, hemos logrado firmar la paz…
Ha hecho una pausa, apurando el contenido de aquella bebida de aspecto refrescante que pone fuego en las venas, mientras se cruzan en el aire las miradas de los demás. El ambiente se hace cada vez más espeso, como si bajo el cielo encapotado las pasiones contenidas se hinchasen lentamente con turbias ráfagas de tempestad. Pero Naruto sigue hablando con su voz clara y amable de caballero:
— ¿Sería pedirle demasiado, Akimichi, que volviera a ser nuestro consejero legal?
—Bueno, Naruto… yo… Si ha hablado usted con su madre claramente, sabrá…
—Mi madre está conforme. Acepta y me da con ello una alegría. Sasuke aceptó ya… No creo que vas a volverte atrás, Sasuke. He hablado mucho de ti con mi madre…
—Voy a usar, acaso prematuramente, de mis derechos de consejero, y con toda franqueza, aunque sea delante de Sasuke, no me parece que ésa sea una medida acertada. Sasuke, que en efecto ha decidido cambiar de vida, tiene otros proyectos que van mejor con su carácter. Yo me encargaré de ayudarle a realizarlos. Arreglaremos sus papeles, construiremos una verdadera casa en el Kēpu Akuma… Estoy seguro que por muy poco dinero puede quedar todo eso arreglado. ¿No le hablaste a Naruto también de tu proyecto de un tren de pesca? El negocio puede ser muy bueno en manos de un hombre como Sasuke…
—Tan bueno que podemos hacerlo en grande, Akimichi —afirma Naruto—. Mangekyō tiene leguas de la costa más rica en pescado de la isla entera. Una vez que hayamos arreglado las cosas de la plantación, podemos intentar…
Naruto ha seguido hablando, pero Sasuke no le escucha, no ha oído apenas sus palabras. Se ha ido alejando hasta llegar a la baranda que da sobre el jardín y Sakura se pone de pie suavemente, yendo tras él.
Akimichi ha mirado a Naruto que contempla las dos figuras, juntas ya cerca de la baranda. Pero ni un músculo se mueve en su fino rostro impasible, no hay en sus ojos una expresión que pueda delatar lo que pasa por su alma. Su mano se extiende para llenar de nuevo el vaso, y luego lo lleva a sus labios apurándolo despacio, saboreándolo…
—Quisiera que habláramos a solas, Naruto.
—Casi a solas estamos, Akimichi.
—Bueno, pero no es eso. Quiero decir en tu despacho, con una gran calma, con una absoluta libertad de decirte…
— ¿Para qué Akimichi? ¿Para aconsejarme que no deje a Sasuke en esta casa? Es inútil. Tal vez no debí haberlo traído nunca. En realidad, no lo traje, vino por sí mismo, como si su destino lo empujara, y se quedará… Se quedará, porque es mi deseo más ardiente. ¡Porque me he empeñado yo en que se quede!
—Sasuke, ¿me oyes? ¡Sasuke…!
La voz de Sakura suena inútilmente cargada de pasión… Sasuke no le responde, no vuelve la cabeza para mirarla. Sólo sus mandíbulas se aprietan un poco más, acaso se crispan sus manos apoyadas en la baranda y se hace más intensa la fiera expresión de sus pupilas, fijas, sin verlo ni mirarlo, en el abierto paisaje. Pero Sakura da un paso acercándose más, indiferente a los ojos que tras ellos siguen cada uno de sus movimientos, y a la vez temblando como si con aquel temblar, temer y esperar, llenara hasta los bordes el vaso sombrío de sus emociones.
—Sasuke, ¿qué has decidido de nuestras vidas?
— ¿De tu vida? —contesta Sasuke en tono bajo, pero desdeñoso y cortante—. Nada. Tú misma decidiste, tú misma escogiste el camino, tú misma señalaste la meta a la que querías llegar, a la que ya has llegado. Estás en ella, en la cumbre… Todo lo que tu vista alcanza te pertenece… Es justo que lo pagues con la moneda de tu cuerpo. Y no digo con la moneda de tu alma porque no creo que tengas alma…
—Tú eres el único que no tiene derecho a dudarlo. No rehúyas los ojos, mírame a la cara para decirme eso.
— ¡No pienso volver a mirarte a la cara! —escupe Sasuke al tiempo que se aleja.
— ¡Sasuke! —Llama Sakura, y alzando más la voz, repite—: ¡Sasuke…!
— ¿Qué pasa? —pregunta Naruto acercándose a su esposa.
— ¡Oh, nada! —Intenta disimular Sakura realizando un enorme esfuerzo—. Sasuke parece totalmente sordo. Le estaba preguntando algo… algo sobre el tiempo. Supongo que para un navegante no será difícil…
El trepidar de un trueno y una ráfaga de viento huracanado han interrumpido las vacuas palabras de Sakura, y Naruto observa con frialdad:
—Creo que para nadie es difícil predecir el mal tiempo cuando ya está sobre nosotros.
—No… claro… Soy tonta, ¿verdad? ¡Bendito sea Dios! Llueve a cántaros… y ese Sasuke… —Ha extendido la mano, sin saber qué hacer ni qué decir, totalmente desconcertada, señalando al hombre que marcha firme y descuidado, indiferente a la lluvia, al viento, al temporal que ya descarga sobre el valle, haciendo más rápido el crepúsculo que llega—. ¿Tú has visto qué hombre más extraño, Naruto? Estábamos hablando del mal tiempo, y de pronto se va… Se va bajo esa lluvia… Supongo que no estará loco tu nuevo administrador. Sería una verdadera lástima, porque tenías razón, gana mucho con el trato. Acercándose a él, hablándole, ¡qué simpático resulta tu Sasuke no Akuma! ¡Qué pintoresco y qué simpático!
— ¿Puedo saber en qué ocasión, en qué momento has hablado con Sasuke lo suficiente como para cambiar de ideas con respecto a él?
Sakura se ha vuelto sacudiendo la cabeza, como para despertar, como para volver a la realidad. Mira los ojos de su esposo, fijos, clavados en su rostro como si pretendiese adivinar qué es lo que pasa por su alma, y balbucea:
—Bueno… ahora mismo. Estábamos aquí, juntos, hablando, mientras mirábamos las nubes…
—Me parece que eras tú sola la que hablaba. Ni una sola vez vi a él volver hacia ti la cabeza para mirarte… ni una sola.
— ¡Caramba, no pensé que te fijaras tanto! Por lo que se ve, estabas espiando nuestros menores movimientos…
—No espiaba; te miraba, te miraba como siempre que estás al alcance de mi vista. Soy un hombre que te quiere, Sakura.
— ¡Oh, ya lo sé! De lo contrario, no te hubieras casado. Ahórrame el recordatorio de que no traje dote al matrimonio.
—Sólo un villano podría hacer a su esposa una alusión semejante. Sólo un villano, Sakura; pero desde ayer es la tercera vez que me tratas como a un villano.
—Desde ayer estás como loco, como una fiera: nervioso, exasperado, desconfiando de mí, atormentándome… Supongo que te peleaste con tu madre y como con ella no puedes desahogarte…
—Por cuarta vez me ofendes, Sakura. ¿Qué tienes? ¿Por qué has cambiado como has cambiado? ¿Por qué en unas horas toda tu suavidad, toda tu dulzura…?
—Toda mi dulzura, ¿qué? ¡Acaba!
—Es que no sé ni cómo empezar. Tú sabes que yo me había hecho el propósito de no discutir jamás contigo, sabes que tenía la ilusión de que viviésemos el uno junto al otro adivinándonos los pensamientos, de que nuestros sentimientos fueran como uno solo, de que con sólo una mirada llegase cada uno al fondo del alma del otro…
— ¡Oh, eres terriblemente romántico, Naruto! —Interrumpe Sakura con cierto malhumor—. Quieres hacer de la vida un idilio, un poema, y la vida tiene muchos días vulgares, muchas horas malas, muchos momentos desagradables en los que no se puede vivir soñando…
— ¡Pero sí amando!
—Bueno, a todas horas…
— ¡A todas horas! ¡Siempre! Ése fue mi propósito y tú lo compartías, lo aceptabas y lo juramos, lo juramos los dos frente al altar. ¿Es que tan pronto te has olvidado? Juraste ser como parte de mí mismo, y yo juré llevarte sobre mi corazón y amarte como mi propia carne. ¡Pronto lo has olvidado!
— ¡Es que te has vuelto insoportable…! —exclama Sakura con ira, alzando la voz.
—No grites. Akimichi nos está mirando —reconviene Naruto en tono bajo y firme—. No quiero darle el triste espectáculo de nuestras desavenencias.
— ¡Lo siento, pero no sé disimular!
—Tienes que hacerlo, puesto que eres una Uchiha.
— ¡Caramba… mucho había tardado en salir el ilustre apellido!
— ¿Qué dices? —se sorprende Naruto.
—Que no lo menciones más, porque estoy harta de él, ¿entiendes? ¡Harta! Como de esta finca, de esta casa y de…
— ¡Cállate! —ordena imperioso Naruto. Luego, cambiando el tono, se dirige al viejo notario—: Acérquese, Akimichi. Estábamos comprobando que llueve a cántaros.
—Sí, tenemos arriba una buena tormenta, pero no hay motivo para extrañarse, pues es lo de casi todos los días. Sin embargo, parece que es pasajera y ya va amainando.
Akimichi se ha acercado a la baranda, observando al pasar, con su mirada comprensiva y penetrante, los rostros demudados del joven Uchiha y de su esposa. Ella está muy pálida y a él le tiemblan los labios. La mirada del viejo mira sin ver en la noche tormentosa, y vuelve a ellos más tranquila tras no haber hallado rastro de Sasuke. Y desviando la conversación, pregunta:
— ¿No tendré el honor de saludar hoy a doña Samui?
—Me temo que no, Akimichi. Es lo que estaba tratando de explicarles antes. Entre mi madre y yo hay cierta disparidad de criterio. A pesar de que yo he tratado por todos los medios evitarlo, nos hemos disgustado. Es usted un amigo de bastante confianza para que yo no se lo oculte… Más que un amigo, puesto que acabo de nombrarlo nuestro asesor legal.
—Y ya lo dije antes: que mucho me temo que parte de ese disgusto haya sido por mi nombramiento…
—No, mi madre se resiente de la presencia de Sasuke. Pero tampoco Sakura simpatizaba con él. Ahora tengo la esperanza de que cambie mi madre al igual que mi esposa ha cambiado… aunque sea de un modo menos rápido…
Ha mirado a Sakura de un modo extraño y ella vuelve la cabeza esquivando aquella mirada, que Akimichi capta plenamente. Como si se arrojase al agua, el viejo notario se decide:
— ¿Y por qué ese empeño de traer a Sasuke a Mangekyō, Naruto?
—Usted es el que menos debería preguntarlo, puesto que sabe que ésa fue la voluntad expresa de mi padre. Esperé encontrar en usted un aliado, y me resulta todo lo contrario.
—Estoy tratando de velar por la tranquilidad de esta casa. Sasuke es joven y violento; probablemente disoluto, de carácter muy independiente, y me temo que bastante mal educado. Su presencia en el salón de doña Samui…
—No tiene por qué frecuentarlo. Como administrador puede construírsele una pequeña casa en cualquier otro lugar de la finca. Allí puede vivir a su modo y hacer lo que le plazca.
—Me parece una gran idea. —Sakura ha hablado, totalmente serena ya, con un raro relámpago en las pupilas de jade, y parece desafiar la mirada sorprendida de los dos hombres, dominando la situación con soltura mundana—. Es una forma de compaginar las cosas. Yo sé que Naruto no tiene otro deseo. Usted como amigo, y yo como esposa, Akimichi, vamos a hacer todo lo posible por complacerlo y ayudarlo. Creo que a usted no le falta autoridad ni diplomacia para amansar un poco a ese gato montés de Sasuke no Akuma. Hágalo, Akimichi, hágalo… por Naruto.
Sólo unos pasos se ha alejado el notario de la joven pareja; sólo un instante les ha dejado solos, tratando a su vez de serenarse, de penetrar hasta el fondo el torbellino oscuro que ve agitarse en derredor. Pero ese momento ha bastado para que Sakura sonría a Naruto, para que se apoye en su brazo haciéndole sentir la cálida y tierna presión de sus dedos, alzando la cabeza para mirarle muy cerca, frente a frente, con aquella mirada suya, intensa y cálida, cuyos efectos conoce muy bien, y susurra con humildad:
—Perdóname, Naruto, a veces soy violenta, impaciente, malcriada… Sí, lo reconozco. Es mi carácter, y tal vez no le falte razón a los que aseguran que me mimaron demasiado. Perdóname… yo sé que a veces me pongo insoportable; pero es sólo un momento, mi Naruto. Es como una ráfaga… qué sé yo… una especie de explosión de mis nervios… Naturalmente, no se puede tener en cuenta nada de lo que digo cuando estoy así, porque nada es verdad. Doy una impresión malísima, lo sé perfectamente: la impresión de odiar lo que más amo. Pero yo sé que tú eres capaz de comprenderme… de comprenderme y de perdonarme, ¿verdad?
—Tal vez yo deba también pedirte perdón —se disculpa Naruto suave, pero dubitativo—: te traté ruda y ásperamente… Pero dijiste cosas tan duras y tan extrañas… Dijiste que odiabas mi nombre, mi casa… esta casa y este nombre que son tuyos, porque junto con mi alma y mi corazón entero te los he dado. Sentí algo espantoso, Sakura. Tuve la horrible sensación de que todo era mentira en la vida, porque tú habías sido capaz de mentirme y de engañarme. ¡La horrenda impresión de que nunca me habías querido!
— ¡Pero qué locura, Naruto! —Protesta Sakura con falsa ternura—. Te pido de rodillas que olvides mis palabras. No me des explicación de ellas, no pretendas que yo te diga por qué las dije. Yo misma no lo sé, y ya ni siquiera podría repetirlas. Las he olvidado y es preciso que tú también las olvides. ¡Te lo ruego! Porque te quiero, te adoro, Naruto…
Se ha arrojado en sus brazos, que la estrechan con ansia, con un temblor en el que aún vibran la duda y la angustia. Y mientras cerrados los ojos se apoya en aquel pecho leal, Sakura piensa en otros ojos, en otros brazos, en otro pecho más ancho y duro: piensa y sueña un instante, que otra vez está en brazos de Sasuke no Akuma…
N/A:¿Y qué les parece el capítulo de hoy, meus amores?, Sasuke desprecia a Sakura, Hinata y él poco a poco van entablando una extraña amistad. Naruto continúa enamorado y ciego, pero de a poco los arrebatos de su esposa le dan un atisbo de su verdadera naturaleza, una que hasta ahora nunca le mostró. Ya se acerca el final de la primera parte, en el próximo capítulo termina Sasuke Y Sakura, ya se viene la segunda parte titulada Hinata, cada vez se pone mejor. Espero hayan disfrutado de este capítulo tanto como yo.
RESPONDIENDO REVIEWS:
Miryale: Hola ¿Qué tal?, en efecto no es SasuSaku, creo que si lees el principio de todos los capítulos lo dejo claro al decir que la historia se divide en tres partes, Sasuke y Sakura, Hinata y Sasuke no Akuma. Y si has visto la historia, te has de hacer una idea de cómo va esto. Con lo de sacar a Sakura de los personajes lamento decirte que no podré complacerte, es precisamente ella uno de los protagonistas principales y por ende debe figurar entre los personajes. Créeme, si la historia no es de tu agrado, ni la pareja protagonista, fácilmente puedes pasar de ella, de todos modos ya agregué en el sumario que tiene SasuSaku al principio pero que es SasuHina, para evitar que más lectoras se confundan. Un abrazo, saludos.
CherryMarce: ¡Hoooola! Aquí de nuevo, jojojojo y sí la cosa se pone buena, aquí la reacción de Sasuke y vemos como Hina y él de a poco se van acercando. Ojalá te guste, ya pronto comienza el SasuHina, paciencia. Cuídate.
Guest (Mi inspiradora): Sakura a pesar de malita sí tiene sentimientos, pero claro, su ambición es más grande que ellos, ella quiere estar bien con Dios y con el Diablo y pues no, como dirían en mi país: "O es chicha o es limonada, pero las dos no se puede." Espero que te guste este capítulo, aquí te dejo más. ¡Saludos!
Soo Hyun Yuki: Hola señorita Mercedes (Sorry, jejejeje eso era para NanoUchiha y se me cruzaron los cables, pero entiende, eran las diez de la noche y estaba a oscuras xD). Jajajaja tranquila sé perfectamente cómo te sientes con respecto a Sakura, y oye qué coincidencia, esas son las mismas parejas que me encantan, aunque me digan que no tienen sentido la mayoría de ella. Al final al que no le encuentro sentido es al canon, pero ya eso es cosa de los gustos de cada quien. Espero leerte pronto. ¡Un abrazo!
Hime-23: Oiii! Menina que gostoso voltar a ler sua review, aqui já olhou a reação do nosso Sasuke no Akuma, Hinata fiz que ele mudara seus planos e agora ele busca vingança de uma maneira mais inteligente, e sim nossa Hina é um pão de Deus, ela só quer evitar uma desgraça, mas tudo aponta que ela não vai poder fazer nada para parar a Sasuke. Quero que goste deste capitulo, um beijo grande para você, se cuida menina.
Y bueno, hasta aquí llegamos por el día de hoy, les mando un abrazo y nos leemos en la próxima.
Sayonara, meus amores
Lis.
