¡Hola! ¡Ya tengo listo este capítulo!
Tómenlo como un capítulo de transición. Romance y unas cuantas pistas para que sigan armando el rompecabezas ("¿quién escribe el final de la novela? Puede que sea el amor (8)" Momento retro ochentero mode on).
Bueno…espero que les guste.
Disc. Como siempre, los personajes de Oda sama *-* no me pertenecen, ni nada de lo que aparece en One Piece, solo la trama(s) de esta historia.
Advertencias: Lemon.
Resumen: No sé quién eres. No sé de dónde vienes, ni a dónde vas. Pero al mismo tiempo te conozco. Y por algún motivo, solo quiero… deseo que sepas quien soy.
Iris
Capítulo 6: All I can taste is this moment
Finalmente, luego de un buen rato, tuvo que vencer a su orgullo-una batalla difícil- con tal de pedir indicaciones para llegar a la casa que el alcalde les había "dado" a él y a Robin. Una niña lo tuvo que llevar casi de la mano antes de encontrarse con la inofensiva construcción pintada de blanco que se encontraba en uno de los lugares más bonitos de la villa.
La casa para empezar, se veía grande, no demasiado, pero sí a comparación del resto de las casas que había allí. La puerta principal estaba abierta, lo cual lo hizo pensar en seguida que Robin se encontraría adentro.
Caminó hacia el interior, viendo a su alrededor con gran precaución a casi cada paso que daba.
-Robin- llamó, luego de un rato de no percibir movimiento o ruido alguno- ¡Robin!
El lugar tenía ya algunos muebles, pero todo lucía totalmente impersonal, como las habitaciones de la posada. Fue entonces que escuchó unos pasos acercarse detrás de una de varias puertas frente a él.
La puerta se abrió, y Robin se asomó. Lo miró y esbozó una sonrisa. Salió completamente y cerró la puerta con cuidado tras ella.
-¿Qué te parece?- preguntó con tranquilidad.
-No me gusta nada- declaró Zoro- vámonos de aquí de inmediato.
Robin no le prestó atención, o al menos no dio indicios de haberlo hecho.
-Parece un lugar muy tranquilo. ¿Ves? Desde aquí se ve la playa.
-Eso no importa ahora- declaró él, cada vez más molesto. Robin cambió su expresión mientras se alejaba de la ventana por la cual se estaba asomando.
-¿Ocurre algo?
Zoro se detuvo en seco, sin saber ni siquiera por dónde empezar. Pero no dejó que esta confusión momentánea fuera visible en su rostro; se mantuvo firme como siempre lo hacía y se esforzó porque ella lo notara.
-No podemos aceptar esto- dijo en cuanto pudo ordenar las ideas en su cabeza- esta gente no me da confianza, mujer.
Robin se encogió de hombros, relajada, tranquila, se sentó en uno de los sillones que estaban en lo que daba la sensación de ser una sala y miró hacia la ventana. La luz limpia del día dejaba caer sobre ella una luz bastante bella. Zoro la miró sin que ella lo advirtiera, por que seguía mirando por la ventana.
Se distrajo cuando vio que su boca se curvaba en una sonrisa preciosa, y luego volteaba a verlo.
-Hace un día muy bello. Deberías relajarte un poco.
-No es tan fácil- declaró- al menos, no para mí. Así que por favor Robin, escúchame. No falta mucho para que podamos irnos así que no hay necesidad de que aceptemos estas cosas y este trato. Mientras mayor distancia mantengamos con esta gente…
-No creo que pase nada por aceptar estas cosas, Zoro- le interrumpió ella- estamos bien. Pronto veremos a los demás y todo será como antes, ¿No? mientras tanto, no veo qué tenga de malo aceptar un poco esta comodidad.
Zoro respiró profundo con tal de no contestar en seguida; conociéndose, cualquier estupidez podría salir de su boca y la gran inteligencia de su compañera siempre era una gran desventaja para él. Aunque ahora pareciera que estaba completamente desfasada de la realidad.
-Insisto en que no me parece que tenga nada de malo. Después de todo nada ha sido gratis, trabajamos para ellos con tal de que nos dieran techo y comida mientras podemos regresar al Sunny. Parece un trato justo, ¿No crees?
-Y según tú, ¿por qué nos tratan entonces como si fuéramos importantes para ellos o algo así? Es decir, los tratos especiales, los baños termales gratis, y ahora una casa más grande que lo que cualquiera de los habitantes de la villa podría permitirse, ¿te parece normal todo esto?
Se acercó mientras ella se ponía de pie y sus rostros quedaron a la misma altura.
-Dime mujer, ¿cuándo fue la última vez que alguien hizo algo bueno por ti sin esperar algo a cambio?
Casi junto con decirlo, se arrepintió, pero no pudo retractarse. Robin lo miró a los ojos, luego miró al suelo, y finalmente volvió a mirarlo a él.
-Luffy lo hizo. Y por extensión, se supone que tú también.
Zoro no contestó, pero de todos modos Robin no iba a escucharlo, o eso fue lo que a él le pareció cuando ella se volvió hacia la ventana para mirar hacia afuera.
¿Pedir disculpas? Nunca. No había dicho nada que no estuviera sintiendo en esos momentos y Robin debía entenderlo.
Zoro miró a su alrededor, como buscando un lugar donde esconderse aunque Robin de hecho no le estuviera mirando. Sin embargo, se dio valor, él nunca había sido un cobarde y tenía que hacer las cosas bien desde un principio.
-Robin…escucha, lo que pasó anoche…
-Preferiría dejarlo así.
Ni siquiera lo había dejado terminar. Decir que le había quedado un hueco en el estómago era quedarse corto. Ella no había volteado y bueno, la verdad era que ni siquiera había mostrado alguna variación en su tono de voz.
-Es decir…mientras estemos aquí. Quizás lo mejor será mantenerlo al margen. Quizás podremos hablar y aclararlo después, ¿Te parece bien?
Zoro vio claramente como un abismo se formaba entre él y Robin. Sintió sus manos sudar y temblar y se negó a aceptar que aquello estuviera pasando. Decidió entonces, que no iba a dejar que pasara.
-No me parece bien.
Robin volteó a verlo y se quedó así, paralizada.
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Sanji cerró el libro luego de terminar los primeros tres capítulos. Se había distraído por un buen rato y si no se apuraba en cualquier momento tendría a Luffy encima diciéndole que tenía hambre y que lo atendiera.
Memorizó la página en que se había quedado y dejó el libro sobre la mesa, acto seguido, se acercó a la estufa y comenzó a cocinar.
Ussop entró a la cocina en silencio y se sentó a la mesa. Él y Franky llevaban todo el día trabajando y estaba agotado; se tomaba un descanso mientras el ciborg iba a la bodega a buscar cola para rellenar sus reservas.
La curiosidad le ganó y tomó el libro. Lo escaneó en silencio.
-¿Es bueno?- preguntó en voz alta. Sanji, que no estaba demasiado concentrado en cocinar de todos modos, se encogió de hombros.
-Bastante, aunque es algo confuso. Pero bueno, era de esperarse de alguien tan lista como Robin chwan.
-Claro, entiendo- dejó el libro en la mesa y miró a Sanji fijamente- Oi, Sanji, ¿A ti no te parece raro que haya tantas islas "neutrales" en esta zona? Quiero decir…-bajó la vista al suelo y se quedó pensativo un momento- es un hecho que hay comunidades así, pero que hay juntas… ¿No te parece que ya el Gobierno Mundial debía haber hecho algo al respecto? Esos tipos no dejan cabos sueltos para nada.
Sanji no dejó de cocinar.
-No soy el único que lo piensa. Franky y yo lo estuvimos platicando en la mañana y sospechamos que Nami también lo cree.
-Por supuesto que es sospechoso- declaró el rubio finalmente.
Ahora, el suculento aroma de sus platillos comenzaba a inundar la cocina y a Ussop se le estaba haciendo agua la boca, pero no quiso hacer nada que hiciera molestar a Sanji, principalmente porque trataban un asunto de seriedad.
-Pero lo que se me hace aún más sospechoso es que en ninguno de los periódicos que han enviado haya alguna noticia de disturbios provocados por ese cabeza de alga.
-¡No es momento para bromas Sanji!
Sanji rio y llevó un plato a la mesa. Lo situó frente a Ussop. Para sus males, el rubio no podía ignorar a una persona hambrienta y casi desde el principio había oído el gruñir en las tripas de su compañero. Constaba que solo hacía una mínima excepción a las estrictas reglas que se imponía en la cocina; si Luffy se enteraba de que había alimentado primero a Ussop que a él, mejor se los comía a ambos.
-No bromeo- contestó mientras su amigo comía con algunas lagrimillas de felicidad cayendo por su rostro- por neutral que sea el lugar al que vamos siempre hay alguien buscando problemas, ¿Y quién mejor que el cabeza de alga para dárselos? Igual se me hace raro que Robin chwan no haya deducido nuestra ubicación de algún modo. Con su inteligencia y la impulsividad del marimo, estamos hablando de que cuando menos ya deberíamos tener alguna noticia suya, ¿No crees?
Ussop masticó y tragó lo último que se había metido a la boca.
-Pues viéndolo así, supongo que tienes razón- contestó- lo que querría decir que quizás no estén en ninguna de estas islas.
-O que estén, pero por algún motivo no tengan libertad.
Ussop siguió comiendo en silencio.
-Todo esto de la continencia ambiental se me hace también mucha casualidad- agregó Sanji- dime, ¿Desde cuándo se suspenden las actividades y se incomunican las islas tan estrictamente por algo así? A no ser que algo extraordinariamente grande esté sucediendo, siempre se deja por lo menos una ruta abierta.
Ussop suspiró y dejó la cuchara sobre la mesa. Había terminado de comer.
Se acercó al fregadero y lavó su plato y la cuchara.
-Quiere decir que nos acercamos a algo peligroso, ¿No?
-No necesariamente. Pero…en mi opinión habría que irnos con mucho cuidado- suspiró- no sabemos qué puede pasar. Habrá que hablarlo con los demás, quizás a la hora de la comida.
-Suena bien. Gracias Sanji.
Y acto seguido dejó ahí al chef, pensativo y concentrado con sus propias ideas.
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Robin abrió sus ojos. Apenas podía creerlo.
Pero allí estaba. Era real. Zoro estaba dormido debajo de ella, y ella lo veía ahí tan tranquilo, tan bello. Tuvo que reírse, de sus pensamientos tan despreocupados y románticos. Ella estaba extasiada con su presencia, con su aroma, con todo lo que manaba de él.
Aspiró profundamente, perdida en el aire que había alrededor. Cerró los ojos y se abrazó a él con mayor fuerza.
Se incorporó lentamente, tratando de no perturbarle el sueño. Lo miró por última vez y se sentó en la cama. Ya no hacía frío como la noche anterior, pero tampoco estaba ese calor asfixiante que había sentido los otros días, el clima estaba perfecto. Miró la ropa tirada en el suelo y se acordó de la noche anterior. Deslizó una mano por su cuello; aún se sentía a flor de piel.
Tomó sus bragas y se las puso. Después, vio la camisa de Zoro. La tomó y se la puso también y decidió no ponerse nada más. Quería sorprenderlo y pensó que ese detalle le gustaría a Zoro.
Salió de la habitación y bajó por las escaleras, descalza.
Llegó a la cocina y se asomó por la alacena, decidida a preparar un delicioso desayuno. Se sorprendió que de hecho estuviera llena de comida, siempre estaba ese mito urbano de que los hombres solteros comen prácticamente cualquier cosa.
Sacó algunas frutas y las partió en pedacitos y las mezcló en unos tazones. Preparó unos huevos fritos y tocino.
Mientras hacía esto, escuchó los pasos bajando por las escaleras. Sonrió, pero no se dio la vuelta, como si no lo hubiera notado. Hasta que escuchó los pasos detenerse. Se dio la vuelta ahora sí, y lo miró parado en la puerta casi tan confundido como aquél día en que se conocieron. Pero al verla, esbozó una pequeña sonrisa y se acercó. Ella se dio la vuelta otra vez hasta la estufa. Siguió removiendo lo que cocinaba mientras escuchaba los pasos acercarse más y más.
Zoro la abrazó desde la espalda y se pegó un poco a ella. Recargó la cabeza en su hombro y deslizó la nariz y los labios por su cuello. Ella rio por las cosquillas.
-Ahora sé por qué no encontraba mi camisa.
-¿Te molesta?
-No. Se te ve mejor a ti.
Robin rio una vez más y respiró profundo, cada vez las manos de Zoro iban perdiendo timidez, habían viajado lentamente para comenzar a desabotonar la camisa e introducirse despacio en ella para explorar su cuerpo.
-No- le dijo ella, moviéndose un poco para poner oposición pero sin querer alejarlo realmente- Vamos a desayunar, espera un poco…
No la escuchó. Comenzó a dar mordiscos y succiones en su cuello mientras sus manos se deslizaban por su abdomen. Robin apagó la estufa, haciendo amago de alejarse pero él no la dejó ir en ningún momento.
-Zoro…- pidió otra vez y ahora tuvo que soltar su espátula para sujetarle las manos-…Zoro, basta…
Una de las manos comenzó a acariciar su seno izquierdo. La otra mano se adentró en su ropa interior y acarició su sexo. Todo su autocontrol se perdió. Lo único que pudo hacer fue gemir y recargarse hacia él. Volteó la cabeza hacia atrás y se besaron con ansia.
Zoro la soltó y ella pudo darse la vuelta para abrazarlo. Él la cargó, sujetándola de las piernas y sin dejar de besarse, la sentó sobre la mesa.
-Zoro…-le habló un momento al separarse- basta.
-No quiero.
-¿No…tienes hambre?
Zoro asintió.
-Pero de un tipo diferente- contestó mientras la hacía recostar sobre la mesa.
Robin entendió enseguida la insinuación en sus palabras y tenía que admitir que le encantaba. Zoro liberó los botones que faltaban de la camisa y la abrió. La deslizó un poco hacia abajo para descubrirle los hombros pero no se la sacó por completo, haciendo con esto difícil la movilidad de sus brazos.
Lamió una de sus orejas mientras ella le apretaba los hombros con las manos.
-Eres hermosa- susurró en su oído.
-¿Tú crees?
Él asintió. Bajó por su cuerpo lentamente, siguió acariciándola con las manos y con los labios. Robin levantó sus manos para acariciarlo también, aún con el impedimento de la camisa sujetándola a la altura de sus codos, pero Zoro la detuvo. Negó con la cabeza y le sujetó los brazos firmemente. Volvió a besarla en los labios, la obligó a abrirlos e hizo el beso más íntimo todavía, metiendo su lengua lo más profundo que pudo para acariciarse con la de ella.
Acarició sus piernas y siguió bajando con sus besos. Robin desistió de acariciarle, se dejó hacer.
Le dio varios besos en el estómago. Luego sus piernas.
Robin se sujetó de la orilla de la mesa cuando sintió que besaba la cara inferior de sus muslos. Zoro le retiró con cuidado la ropa interior y sin aviso alguno besó su sexo. La emoción y las deliciosas sensaciones que comenzó a sentir le obligaron a dejarlas salir en un gemido fuerte que retumbó en las paredes.
-Zoro…Zoro…es demasiado…yo…
Pero él no se detuvo, ni detuvo sus manos de recorrerle las piernas que colgaban tensas de la orilla de la mesa. Sus labios le brindaban mayor placer a cada movimiento sin que ella supiera que hacer para contenerse un poco, ¿Cómo era tan capaz de hacerla sentir así?
No pudo extenderlo más, no pudo soportarlo, era demasiado, era un calor arrasador que sentía en su interior, el ardor que tenía en la piel, el incendio en que estaban sus labios, sus ojos que no podía mantener fijos por más tiempo.
Gimió con tanta fuerza que se quedó sin aire. Sintió que Zoro volvía a besar sus piernas, luego su estómago y su pecho. Robin cerró los ojos para no verlo, había gemido con tanta fuerza que ahora sí se sentía ligeramente avergonzada, pero sabía que a Zoro eso no le importaba. Él seguía recorriendo con sus labios y con su lengua cada centímetro de su piel. Le besó el cuello, pero cuidó no acostarse sobre ella, quizás porque sabía que necesitaba respirar. Sin embargo ella lo abrazó, necesitaba sentirlo cerca.
-Sabes delicioso.
Robin se sonrojó. Abrió los ojos y lo miró, ahora desafiante.
-Vaya, ahora resulta que eres más atrevido de lo que pensaba.
-Me provocas- contestó a su desafío- pero nunca haría nada que no quisieras.
-Perdí la cuenta de las veces que te dije que te detuvieras.
-Y mientras tanto me abrazabas y me besabas.
Robin rio y se besaron de nuevo, pero de una manera más tierna.
-No me vas a dejar así, ¿cierto?- preguntó cuándo se separaron.
-Vas a tener que hablar más claro, mujer.
Le gustaba jugar, eso era un hecho. Y a ella también, por ese lado no había problema. Pero podía ser cruel también.
-O, bueno, después de todo quizás no es necesario. Vamos a desayunar, ¿te parece?
Hizo como que se levantaba de la mesa, pero Zoro le sujetó de los hombros y la clavó de regreso, mirándola fijamente. Ahora no parecía tan seguro.
Pero lucía tan dulce, o al menos para ella así era. Le enredó las piernas en la cintura y lo atrajo hacia ella con decisión, y se le colgó del cuello para besarlo.
-¿Quieres hacérmelo, Zoro?- preguntó, haciendo una voz dulce, juguetona e inocente que a ella misma le provocó cierto enrojecimiento en las mejillas. Se miraron a los ojos y Zoro asintió.
-Solo tengo una condición.
-¿Cuál es?
Robin se mordió los labios y le acarició la cara.
-No dejes de besarme.
Zoro sonrió y asintió. Se inclinó hacia ella una vez más. Comenzó a cumplir el trato de la forma más sencilla, suave, externa y tierna, para luego profundizar poco a poco. Robin sintió como se bajaba los pantalones y se acomodaba para penetrarla.
No lo hizo en seguida, siguió deslizando las manos en su cuerpo cada rincón pedía con locura ser alcanzado por esos dedos tan delicados y a la vez tan poderosos que eran capaces de borrar todo pensamiento de su mente.
Robin quería gritar, pero Zoro no dejaba ir sus labios. Cada recorrido de sus manos en su cuerpo tocaba una nueva fibra, y ahora también rozaba su sexo contra el de ella, provocándola y desesperándola.
Poco a poco el calor que sentía por dentro se fue haciendo más poderoso que el que había sentido antes, iba a explotar en cualquier instante. Quería rogarle que la tomara por completo pero sus labios seguían atrapados en el beso que ella misma había pedido y no podía dejar salir ningún sonido que no fueran gemidos y quejidos ahogados.
No podía más. Le mordió los labios a Zoro, buscando llamar su atención, rogándole con esa acción que no la hiciera esperar más, y comenzó a jalarlo también con las piernas.
Finalmente, sintió como la penetraba lentamente hasta alcanzar la mayor profundidad en su interior.
Sus labios se separaron apenas un poco para dejar salir un nuevo grito, pero él retomó el control sobre ellos casi en seguida.
Y a partir de ese instante, no se movió ni un centímetro. Solo sus labios, y su lengua, simulando embestidas en el interior de su boca. Robin comenzó a mover la cadera pero ni con eso lograba que él lo hiciera también. Si lo que quería era torturarla, lo estaba haciendo muy bien.
Finalmente comenzó con un vaivén lento y acompasado. El estómago de Robin se encogió. Quería rogarle que siguiera y que no se detuviera nunca.
Siguieron con ese ritmo por largo rato. Cada embestida en su interior era una nueva oleada de placer que no parecía terminar de descargarse nunca.
Poco a poco el ritmo se volvió más veloz y atropellado, llenándola de sensaciones y sentimientos que apenas ahora sabía que existían.
Tanto tiempo encerrada en esa burbuja de aburrimiento, tedio e indiferencia….y ahora, a menos de una semana de conocer a un hombre (¡Menos de una semana!) estaba perdidamente enamorada de él, tanto que se había entregado sin dudarlo ni un segundo.
¿Quién le hubiera dicho que un día estaría trabajando frente a su computadora, sumida en tanto aburrimiento y fastidio, y al día siguiente estaría haciendo el amor con Zoro encima de una mesa?
Pero eso no importaba ahora. El sonido que hacían sus cuerpos al chocar uno contra el otro era demasiado fuerte como para poder concentrarse en otro sonido, y el beso era tan invasivo que apenas podía respirar y la unión de sus cuerpos tan placentera que apenas podía moverse.
Finalmente, dejaron de moverse, y Robin sintió con claridad cómo se descargaba en su interior. Comenzó a temblar, desde adentro, y todo su cuerpo lo hizo sin que pudiera desahogarse. Su corazón se desbocó y su estómago se contrajo con una fuerza inimaginable. El orgasmo la desmoronó y perdió toda la fuerza.
Zoro dejó de besarla y comenzó a deslizar los labios por su cuello.
-Zoro…- su pecho subía y bajaba con desesperación- eso fue…
No le salían las palabras. Él la besó de nuevo en los labios, al parecer también impedido de hablar. Se incorporó lentamente. La observó mientras le acariciaba las piernas.
-Eres hermosa- le dijo de nuevo mientras le acariciaba las piernas, que seguían rodeando su cintura. Salió de su interior y se acomodó los pantalones. Robin se sonrojó un poco por el cumplido, no estaba acostumbrada a recibirlos y menos escucharlos por una voz tan perfecta y agradable a sus oídos.
Zoro, sin notar esto, le puso la ropa interior con delicadeza y dejó otro beso en su estómago.
-¿Quieres que te lleve a descansar?
-Pues…- lo miraba fijamente, sorprendida por sus atenciones y sus caricias- quería que desayunáramos pero ya todo debe estar frío.
-La fruta se ve bien- dijo él, pensativo. Ella sonrió.
-Bien. Comamos esa fruta- Robin comenzó a abotonarse la camisa otra vez, pero Zoro la detuvo.
-Déjala así.
Robin sonrió y accedió sin mostrar problema alguno.
Zoro la tomó en brazos y la cargó. Se acercó hasta donde estaban los tazones de frutas y ella los tomó. Subió con ella hasta la habitación y se acomodó en la cama con ella sentada en sus piernas.
Se dieron de comer mutuamente y compartieron largos besos en el proceso.
Finalmente dejaron los tazones de lado.
-Estoy exhausta. Eres increíble.
Se recargó contra su pecho y Zoro la abrazó firmemente.
Sintió más y más besos en su cuello y en sus hombros, y que poco a poco le sacaba la camisa.
Sonrió.
-¿De nuevo?
-No. Descansa.
Se recostaron y en sus brazos, Robin tuvo un sueño largo y reparador.
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Robin tardó un buen rato en decir cualquier cosa. Lo primero que Zoro pensó fue que tal vez estaba esperando a que él dijera algo. Y como era de esperarse, no lo hizo. Por lo cual, ella volvió a voltear hacia la ventana y mirar hacia afuera.
Zoro respiró profundo sin saber a dónde dirigir la mirada. Robin, de alguna forma o de otra, últimamente lo hacía sentirse demasiado confundido. Sin embargo, esta vez no pensaba dar su brazo a torcer.
-Robin- repitió con el tono más firme que pudo darle a su voz, y aunque ella no volteó, supo que debió haberlo escuchado por lo menos, ya que sus dedos se agarraron con fuerza del borde de la ventana- Dije que no me parece bien.
Robin respiró profundo, incluso pudo escucharla con claridad, a ella, que siempre estaba tan serena y era tan discreta.
-No sé si valga la pena considerarlo en este momento- contestó, tratando, evidentemente, de ponerle punto final al asunto.
-Primero hay que ver las cosas como son- exigió entonces Zoro, dando un paso para acercarse a ella, sin que Robin volteara- anoche nos besamos. Incluso aceptaste que tus pesadillas son por mí, eso sin mencionar que conseguiste que te hiciera una promesa. ¿Cómo llamas tú a eso?
Robin levantó los hombros y los volvió a bajar en un movimiento rápido. Zoro estaba cada vez más molesto e incómodo con la situación. Sin embargo, necesitaba acabar ya. Necesitaba saber si conservar sus sentimientos y compartirlos con ella, o sacarlos de su pecho y mandarlos lejos de una vez por todas. Él no era de los hombres que pueden amar y olvidar con facilidad, y ahora peor aún, ya que Robin era su nakama y tenía el deber –necesidad, convicción, deseo- de protegerla.
Ella quizás no estaba pensando lo mismo, quizás nunca lo había hecho. Quizás todo había sido un accidente, algo que no iba a repetirse. Quizás algo los había confundido la noche anterior y en realidad ellos no estaban destinados a estar juntos, así de simple.
No quería pensar así pero no había otra forma. Sin embargo, se siguió comportando como hasta el momento, firme, estoico, decidido. No quería que ella notara, nunca, lo vulnerable que podía ser cuando de su corazón se trataba. Ella debía seguirlo viendo como el hombre fuerte y poderoso que todo el mundo conocía pero, en el fondo, también sabía que ella era probablemente la única que podría sacar a relucir ese lado débil que sin duda tenía.
Por el momento, no le temía a eso. Todo lo que deseaba era terminar con eso de una vez por todas.
Sin embargo ella no respondió y como ya se había hecho costumbre, él se quedó allí parado sin saber cómo tenía que reaccionar.
Pasaron largos segundos que para su mente y su corazón se sintieron como horas, hasta que ella se dio la vuelta y se recargó en el marco de la ventana. Lo observó por un rato y luego hizo una media sonrisa.
-No sé, Zoro. No sé cómo llamarlo, ni creo que debamos discutir esto ahora. Pero yo…no quisiera que terminara.
Zoro respiró profundo.
-Preferiría esperar a que volvamos con nuestros compañeros antes de pensar en cualquier otra cosa. Pero quizás…sólo quizás, podríamos simplemente dejarlo fluir.
Se encogió de hombros e hizo una media sonrisa desesperanzada. Aunque ella parecía derrotada, para Zoro era todo lo contrario; su corazón latió a mil por hora al oír la proposición; solo quería estar seguro de lo que significaba para ella.
-¿Qué quieres decir exactamente?
-Pues… no es necesario que le pongamos un nombre o que pensemos al respecto ahora…solo deberíamos hacer lo que queremos hacer, y ya. Es decir, lo que nos nazca. No…siento que no me explico con claridad. Lo siento.
Ella se veía aún más nerviosa que él y tal vez fue eso lo que obligó a Zoro a caminar cada vez más cerca de ella.
-¿quieres decir…que si yo quiero hacer esto, puedo hacerlo?- preguntó cuándo sus rostros estaban a muy escasos centímetros. Ella asintió mirándole a los ojos y le tendió los brazos al cuello.
-Así es.
-Pero…sin nombre ni título…es decir, solo hacer…lo que queramos hacer.
-Exacto. Cuando estemos en el Sunny lo hablaremos con tranquilidad. Mientras tanto, nos quedaremos así, ¿te parece?
Zoro respiró profundo, aún sin estar del todo convencido. Siempre había una pieza suelta con esa mujer, no podía estar ciento por cien seguro de nada. Pero decidió jugar al juego con ella, seguirla y aceptar sus términos sin importar lo que pasara después.
Seguramente estaba asustada y por eso se portaba así. Nunca admitiría un temor, y es por eso que Zoro no presentó quejas ni insistencias, pero decidió que aunque fuera difícil le ganaría la batalla.
El abrazo fue largo e inusual. A pesar de ser ambos por naturaleza solitarios y alejados del mundo, la cercanía de sus cuerpos les hacía bien o al menos así lo sentía Zoro.
Se acercó un poco más para besarle la frente como había hecho antes y ella aceptó su beso con los ojos cerrados.
-Quédate aquí.
Las palabras de su nakama sonaron como orden y como súplica al mismo tiempo, y Zoro sabía que se refería a que quería que se quedara en la casa con ella. Sabía que de todos modos no hubiera podido dejarla sola en ese lugar, después de todo, si tenía alguna pesadilla no habría nadie que corriera a su lado tirando puertas para tranquilizarla –irónicamente-.
Aceptó mentalmente. Levantó su mano para acariciarle la cara pero antes de hacerlo se detuvo de golpe. Ella miró su mano con asombro y la sujetó.
-Zoro, estás herido- dijo con un ligerísimo tinte de preocupación y entonces Zoro recordó la fuerte furia que había sentido cuando el alcalde había ido a importunar su almuerzo. No se arrepentía de aquella muestra de violencia, pues serviría para hacer ver al alcalde con quién estaba tratando, pero el problema era que ahora tendría el descaro de aceptar quedarse en esa casa únicamente por deseo de su compañera. Retiró su mano para quitarle importancia al asunto, pero aún algunas gotitas de sangre salían de ella. Zoro, como el salvaje que casi siempre era, no lo había notado.
-Creo que nos dejaron un botiquín por aquí. Espérame un momento.
Zoro acercó una silla a la ventana y se quedó viendo hacia afuera, como la luz del sol poco a poco era cubierta por nubes. No le importó demasiado.
Robin llegó y se acercó a él. Examinó su mano, esperó un momento y luego se sentó resueltamente sobre el regazo del espadachín que a pesar de la noche anterior se sintió algo extraño de encontrarse en esa situación. Ella limpió la sangre que estaba alrededor de su mano y luego desinfectó la herida.
-Es algo profunda- observó- una línea recta. ¿Te hiciste esto con tus espadas?
Zoro lanzó una risa desdeñosa.
-¿Cuándo me has visto cometer alguna estupidez parecida?
-¿Entonces?
Zoro se encogió de hombros.
-Una botella.
Robin suspiró mientras esbozaba una pequeña sonrisa. Sacó del botiquín unas vendas y las aplicó con cuidado en la mano de Zoro, quién después de todo siempre rehusaba esos cuidados.
Quizás solo los aceptaba por ella y era eso lo que más le inquietaba.
-Listo.
Zoro miró embobado como Robin jalaba su mano hasta su rostro y la besaba suavemente. Lo miró a los ojos y sonrió. Zoro dejó de respirar por un segundo.
Claro que se quedaría con ella, después de eso, ¿Cómo negarse?
Le acarició la cara con la mano vendada y no pudo dejar de sentir que algo allí estaba mal, pero por alguna razón no era capaz de poner orden. No podía o no quería, no estaba seguro, pero si de algo estaba convencido era de que mientras Robin estuviera bien y a salvo, cualquier otra cosa no era de preocuparse.
¿Qué harían ahora? Esperar. Esperar hasta poder comunicarse y volver con sus amigos. Y si para eso había que esperar tres días o una semana más –como habían dicho Morton y Mary, supuso que no había más.
No pensaba confiar en nadie de buenas a primeras y mucho menos dejar a Robin sola en ninguna situación. Tampoco pensaba habituarse a una vida así y consideraba seriamente cumplir lo que había dicho antes; saldría de allí nadando con Robin a cuestas si era necesario pero no pensaba alargar su estadía en esa endemoniada isla.
Y eso era un hecho.
-Vamos- lo distrajo ella, poniéndose de pie- apuesto a que hay mucho que hacer por ahí.
La situación era absurda y él no se cansaría de repetirlo nunca, pero ya no había nada que pudiera hacer al respecto si había aceptado los términos, y lo había hecho, después de todo.
También se puso de pie entonces y caminó tras ella, deseando que ella sintiera su presencia a sus espaldas tanto como él sentía la suya aún agarrada de su cuerpo.
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Robin despertó cuando escuchó la regadera. Se incorporó despacio y miró a su alrededor, contenta otra vez al comprobar que no se encontraba en ningún sueño. Su maleta ya estaba sobre la cama, y otra, un poco más grande, estaba allí también, solo que abierta y un poco desordenada.
Al cabo de un rato la regadera se cerró, y después de un rato más Zoro entró a la habitación, ya vestido pero aún con algunas gotas de agua agarradas de su cabello. Robin sonrió contemplándolo.
-Pensé que querrías tomar un baño- dijo él cuando la vio despierta.
-Gracias- se puso de pie. Rodeó la cama y abrió la maleta. Escogió unos pantalones de mezclilla y una blusa cómoda- creo que me hace falta, necesito despejarme. ¿Tienes idea de qué hora es?
Zoro se encogió de hombros.
-Dos o tres de la tarde- contestó mientras se sentaba en la cama y se calzaba sus zapatos. Robin entró al baño y procedió a asearse.
Luego de un rato salió ya lista. Salió del cuarto y bajó por las escaleras hasta encontrar a Zoro sentado en la sala, probablemente esperándola.
-Te preparé café- dijo él sin voltearla a ver, probablemente había escuchado sus pasos- entiendo que te gusta.
-Gracias- Robin se sentó a su lado y recibió el café. Lo bebió lentamente. Le faltaba un poco de azúcar, pero aun así no estaba mal. Supuso que a él así le gustaba pues también estaba bebiendo una taza- me preguntaba si podríamos salir de nuevo al bosque un rato. Creo que lo apreciaría mejor ahora que es de día que anoche con la niebla y el frío.
Zoro asintió. Terminaron con el café y salieron de la casa.
Tal y como lo había sentido en la mañana, hacía un clima perfecto y se le ocurrió que quizás la presencia de aquellos hermosos árboles era lo que mantenía tan agradable el clima, regulando el calor y la humedad.
Miró hacia arriba y se perdió en la altura de sus ramas. Siguió caminando sintiendo los pasos de Zoro tras ella.
No quería decirlo pero tenía un objetivo, la reja que habían encontrado la noche anterior. Ahora sí sería más fácil ver sus límites, o por lo menos eso esperaba.
No podía extenderse indefinidamente. En su cabeza visualizó la carretera y el camino por donde llegaron allí, y estaba segura de que si la reja seguía hacia la izquierda tarde o temprano tenía que doblar en alguna parte o cruzarse con la carretera.
De modo que siguió caminando, haciéndose la tonta cuando Zoro le preguntaba qué pretendía encontrar. Ella se encogía de hombros y volvía a mirar hacia arriba.
-Esos árboles son hermosos, ¿No te parece? Hacen unas sombras perfectas. Desearía haber traído mi cámara.
Zoro se encogió de hombros.
-Será otra vez.
-¿Insinúas que volverás a traerme?- preguntó ella con una sonrisa, y él se metió las manos en los bolsillos y volteó la cara, evidentemente apenado. Ella solo se acercó más a él y le tomó la mano.
Siguieron caminando pero pasaron los minutos y no encontraban la reja.
Robin estaba segura de que ya debían haberla visto por lo menos de lejos, la iluminación del día era preciosa y no había niebla. Habían tomado el mismo camino de la noche anterior y sin embargo no aparecía por ningún lado.
-¿Ocurre algo, mujer?
Robin se detuvo y miró a su alrededor por enésima vez. Claro que habían tomado el camino correcto, ella tenía muy buena memoria y recordaba ese lugar perfectamente.
-Aquí debería de estar- dijo en voz baja y entonces Zoro le pasó un brazo por los hombros.
No lo iba a negar, estaba algo asustada. Pero no se quiso sentir mal por culpa de aquello. Siguieron caminando.
Pasaron los minutos y ya ni siquiera reconocía los lugares en donde estaban.
Tal como la noche anterior, Zoro le jaló del brazo para regresar pero quizás fue esto lo que la obligó a seguir caminando, como lo había hecho antes.
-Mujer…
-Hay que continuar- insistió ella y avanzó soltándose de la mano de su compañero.
Se abrió paso entre los árboles que cada vez cerraban más el camino.
La encontró. Pero ¿por qué parecía que alguien la había movido a propósito?
No quiso pensar en eso por el momento. Avanzó hacia la reja, dispuesta, como la noche anterior, a escalarla y saltar hacia el otro lado.
-No te acerques ahí.
La voz de Zoro tras ella la detuvo. Se quedó con la mano en el aire. La cerró de golpe.
-Tengo qué.
-No. No es cierto.
-Yo…
-No sabes qué hay allá.
Él tenía razón, pero lo que no sabía era que quizás era eso lo que más le estresaba, no saber. Porque era ese mismo exagerado poder sobre ella el que le obligaba a querer continuar.
-Zoro…
Tenía que explicarle que lo que sentía ella era lo mismo que sentían con respecto al mar…pero ¿cómo hacerlo sin parecer más loca de lo que seguro ya pensaba de ella?
Tal y como antes, él la detuvo sujetándola y jalándola de regreso hacia él.
Ella se sintió como una verdadera tonta… ¿en qué estaba pensando?
Pero ese lugar….seguía llamándola.
Caminaron de regreso a la cabaña sin decirse una palabra más pero conforme avanzaba la tarde, dando paso a la noche, el frío volvió. Zoro encendió de nuevo la chimenea y cenaron algo que ella preparó sin muchos problemas después del desayuno fallido de la mañana.
Se quedaron allí, viendo las llamas arder.
Robin se recargó contra Zoro y después de un buen rato decidió sacarle plática. Comenzó hablando de cosas sin importancia, por ejemplo, lo mucho que le gustaba el clima templado, o hasta el frío, en comparación con el calor horrible que siempre sufría en la ciudad. Le agradeció por enésima vez el haberla llevado allí y comenzó a preguntarle cosas, pero él siempre contestaba con monosílabos. Aunque eso le decepcionaba un poco, no se iba a dar por vencida tan fácil.
-Dime… ¿Tienes algún sueño?
-¿A qué te refieres exactamente?- la pregunta había dado en el clavo. Robin sabía que si le preguntaba algo abstracto no iba a poder limitarse a contestar con un sí o un no.
-A algo que quieras lograr aunque sea muy difícil. No sé, por alguna razón siento que todos deberíamos tener uno.
-¿Tú tienes uno?
Y que mostrara interés en ella, en sus pensamientos, era algo que la hacía sentir más contenta aún.
-Por supuesto- contestó- quisiera ejercer mi profesión en algún lugar donde pueda trabajar con restos fósiles o con reliquias antiguas, viajar por el mundo y encontrar secretos del pasado. Pero actualmente no se le apuesta demasiado a la arqueología y es muy difícil unirse a un grupo de investigación. Además- su rostro se ensombreció sin que pudiera evitarlo- siempre encuentran un motivo para despreciarte o para elegir a alguien más aunque no tenga el nivel necesario.
-Lo siento.
-No es tu culpa. Será que no he intentado lo suficiente- se encogió de hombros- ¿qué hay de ti?
-Creo que no tengo ningún sueño.
Robin se incorporó, alejándose de su cuerpo para ver claramente su rostro. Le pareció extraño, pero no supo el porqué.
-¿En serio?
-Bueno…no. Es decir… hay algo que me gusta mucho hacer pero cualquiera lo tomaría como algo de otra época o algo innecesario. Quizás podría decir que mi sueño sería ir a esa época y a ése lugar y mostrarles lo que puedo hacer.
Robin frunció el ceño sin estar segura de haber comprendido. Sin embargo, ya que Zoro no dijo más ella no se animó a preguntar más. Se acercó y le besó la mejilla, entonces Zoro movió un poco la cara y le dio un beso en los labios. Se abrazaron y se acercaron más y siguieron conversando, o bueno, ella siguió hablando de las cosas que se le venían a la mente, como los libros que le gustaba leer, la poesía que le agradaba, las películas que solía ver e incluso algunas cosas del trabajo que estaba haciendo, y Zoro seguía escuchándola y haciendo algún comentario de vez en cuando.
Pasadas varias horas decidieron ir a dormir. Debía ser más de media noche.
Al encontrarse en la oscuridad de la habitación todo cambió. La personalidad reservada que parecía inamovible de Zoro se transformó en fiereza; no dejó ni un centímetro de su piel sin recorrer con los labios, ni un rincón de su corazón sin alterar. Robin sentía que no podía hacer nada contra semejante fuerza, y aun así lo disfrutaba como nada que hubiera sentido antes. Su consciencia se perdía por completo entre las sábanas e incluso el tiempo dejaba de tener rumbo, sentido o magnitud.
Era tarde cuando Robin sintió el frío sobre su cuerpo desnudo. Se levantó de golpe y alcanzó las sábanas para cubrirse, y fue entonces que se percató de que Zoro no estaba a su lado. Tardó un par de segundos en despejarse, y fue entonces que se percató de que su amante estaba parado frente a la ventana mirando hacia afuera.
Se quedó admirándolo un momento. Traía esos pantalones negros deportivos, amplios y cómodos y su pecho desnudo. Descalzo y ligeramente iluminado por la luz débil de la media luna que era perfectamente visible ya que no había neblina.
Se incorporó y se envolvió en la sábana. Atravesó la habitación y se acercó por su espalda. Le sujetó un brazo y miró hacia afuera igual que él.
-¿Sigues sin poder dormir?- preguntó en voz baja- puedo ayudarte.
Él asintió. Se despegó de la ventana y caminaron de regreso a la cama. Se abrazaron y ella le acarició la cara y el pecho con la intención de relajarlo y ayudarle a dormir.
-¿Qué tanto mirabas allá afuera?
-…
Él no contestó. Solo se quedó mirando sus ojos en silencio mientras ella le acariciaba.
-Cierra los ojos. Así nunca podrás dormir- le regañó.
Él obedeció.
-Veía la reja- contestó finalmente con la voz ya bastante adormilada. Robin sacudió la cabeza y frunció el ceño.
-¿La reja…? Pero la reja estaba…
El cambio en el ritmo de respiración de Zoro le hizo darse cuenta de que estaba ya dormido. Pero la pregunta se le quedó en el aire, sin respuesta.
Quería ir a la ventana y asegurarse por sí misma pero prefirió dejarlo así. Se acercó un poco más a él y se acomodó entre sus brazos, y no pasó mucho tiempo antes de que se quedara dormida. Tal vez así sería más fácil convencerse por la mañana de que aquella respuesta de Zoro, que ahora la inquietaba, no había sido más que un producto de su inquieta imaginación.
.
.
.
Pasaron unas cuantas horas antes de que regresaran a la casa. Zoro no quería estar allí por supuesto, y por otro lado Robin estaba tranquila con el trato que les daban en aquel lugar. Ella no veía nada sospechoso y se mostraba amable y accesible con todas esas personas.
Él no podía ser igual, pero se estaba esforzando únicamente porque después de todo nadie le había mostrado ser un verdadero peligro. Sin embargo esa noche todo estaba determinado a cambiar.
Zoro se quedó parado en la puerta cuando se percató de que estaba cerrada, Robin no había regresado.
No se dejó contrariar y se metió en la casa con una llave que le había dado su nakama.
Se sentó a esperar. Pasaron las horas y ella no apareció.
Se hartó. Salió corriendo de la casa y recorrió la villa de cabo a rabo- al menos en la medida en que sus facultades de ubicación se lo permitieron- pero no había ni rastros de ella. Es más, ya era tarde y todas las casas estaban a oscuras, ya no había movimiento en la aldea.
De modo que él siguió corriendo por la aldea, y no la pudo encontrar ni haciendo uso de sus mejores dotes de cazador.
Corrió de regreso a la casa y tardó horas en encontrar el camino correcto, como era de esperarse. Entró a toda velocidad; había dejado la puerta abierta.
Igual no había rastros de que nadie hubiera entrado. Zoro estaba cada vez más molesto.
Cuando vio los primeros rayos de sol asomándose en el horizonte, tomó sus espadas y caminó por el pueblo.
La gente comenzaba a salir a hacer sus primeras labores del día y se sorprendieron de que pareciera aún más serio y enojado de lo que habitualmente mostraba.
Llegó a una puerta enorme y pesada; la de la alcaldía.
La deshizo de dos tajos y entró ignorando y derribando a cualquier infeliz que quiso detenerlo.
Entró en la oficina y acorraló al hombre contra la pared. Le puso una espada en el cuello y el alcalde se quedó helado sin poder reaccionar de forma alguna.
-Escúcheme bien porque no pienso repetir la pregunta. ¿Dónde está mi nakama?
-Señor…
-No gaste palabras- advirtió acercando la espada todavía más y mostrando la expresión más fiera que tenía- dígame lo que quiero saber. ¿Dónde-está-Robin?
Trataba de controlarse, pero esa era la gota que derramaba el vaso. Su sangre ardía. Su cuerpo estaba tenso.
Y si Robin no aparecía pronto… esa gente iba a conocer al demonio que los marines de todo el mundo tanto temían…
Continuará…
Ah, esa Robin, está dándole muchos problemas a Zoro ¿no?
Jeje, espero que les haya gustado.
Nos leemos pronto (espero) cuando escriba el siguiente. Mientras tanto ya saben que cualquier cosa que quieran platicar, decir, comentar, etc, un review o un PM serán bienvenidos ñ.ñ
Si tardo en contestar discúlpenme, tarde o temprano lo haré :p
Y puesmmmm
Gracias a todos los que han leído y comentado hasta ahora.
Muuuuuchos besos n.n
Atte. Aoshika October
