Capítulo 6
Serena nunca pudo recordar bien cómo regresó de la casa de Metalia al hotel. Vagamente recordó que, pretextando fatiga y dolor de cabeza, iba sentada en el auto del conde con los ojos cerrados y respondía con monosílabos a sus preguntas.
Por fortuna, él no deseaba hablar mucho. Era manifiesta su desilusión por los resultados de la entrevista con Metalia, así como Serena se sentía abatida y escandalizada.
¿Habría sido realidad la conversación que escuchara entre Haruka y Metalia o también un producto de su imaginación?
Molesta, intentó admitir esa posibilidad. Su orgullo estaba herido, ese negativo impulso que la llevara a considerarse capaz de atraer al conde y nunca suponer que era sólo un instrumento para fines ajenos.
Llegaron al hotel y subió a toda prisa. Anhelaba estar sola, tener tiempo para pensar.
Pero al entrar en la suite, Darien estaba de pie junto al escritorio, ante una pila de cartas. No las abría, miraba hacia el frente como si sus pensamientos estuvieran distantes y se sobresaltó al ver a Serena en el umbral de la puerta.
—¿Me necesita, señor Chiba?
La miró un segundo y entonces sonrió.
—¡Qué transformación! ¿Me permite felicitarla?
—Me alegra… que le guste… mi vestido —incluso a ella misma, su voz le sonó insegura y triste.
—Es impecable. ¿Su orgullo, al impedir que yo se lo regalara, le resultó muy costoso?
—No, demasiado —respondió.
Su tono hizo que él le dirigiera una rápida mirada.
—Lamento no haber podido llevarla a almorzar. Pero recibí varias llamadas importantes de Inglaterra, tuve necesidad de reunirme con mi equipo para comentarlas y todo eso me llevo tiempo.
—Supongo que se trataba de la prueba —murmuró Serena .
Habló sin pensar porque su mente se distraía en otras cosas. Por lo tanto, no estaba preparada para la súbita reacción de Darien.
—¿Quién le dijo que habría pruebas? ¿Con quién ha hablado?
—El señor Kou… me lo dijo.
—¡Esa maldita prensa lo sabe todo! —exclamó Darien con súbita irritación.
Se sentó ante el escritorio y recorrió las cartas con la mano.
—Mi secretario puede ocuparse de éstas —dijo casi como si hablara consigo mismo—. Oh, aquí hay una para usted.
Se la entregó y, al tomarla, Serena vio que era de Mina.
El verla la hizo sentir súbita nostalgia por su vida en la aldea.
En Cobblefield nunca habría alguien como Haruka que susurrara dulces y locos halagos en su oído, presionándola a creerlos, contra su propio sentido común.
¿Cómo pudo ser tan tonta?, se preguntó. Debió suponer que había algo detrás. Los hombres de la posición del Conde Bernini no gustaban de cortejar a oscuras enfermeras cuando tenían cientos de mujeres exóticas de su propia clase.
Una súbita exclamación desde el escritorio la hizo volverse con rapidez. Darien tenía una carta frente a él y le extendía algo.
—Lea esto y vea si es el tipo de noticia que disfrutaría.
Con lentitud se acercó a él y vio que sostenía en su mano un recorte de periódico. Al tomarlo, pudo ver el título del Clarín con grandes capitulares y sintió un repentino temor al empezar a leer:
Darien Chiba llegó a Roma hoy. Lo acompañaba una bonita y rubia enfermera sobre la cual todos especulan. Se sabe que el señor Chiba sufrió un accidente días antes de salir de Inglaterra, pero era de esperarse que se hiciera acompañar por alguien de más edad y experiencia en la profesión o quizá por alguna de las eficientes enfermeras del Hospital Inglés de Roma para que atendiera su pierna accidentada.
En cambio, su acompañante es la señorita Serena Tsukino , residente en Worcestershire y quien nunca había viajado al extranjero. Ella y Darien Chiba se conocieron en circunstancias tan peculiares que se rumora entre la sociedad romana si ese encuentro terminará en compromiso matrimonial.
Serena leyó hasta el final y aspiró hondo. Seiya había escrito eso y ella pensaba que era su amigo. Creyó en él y le había dicho que la amaba. ¿Cómo pudo escribir tal reporte?
Puso la nota sobre la mesa.
—Ahora comprende por qué le sugerí mantenerse alejada de la prensa —dijo Darien.
—Lo lamento —respondió Serena.
—Oh, sé bien que me juzgó ridículo por entremeterme en su vida privada —continuó como si ella no hubiera hablado—. Pero conozco al mundo en que me muevo. Esos tipos luchan por ganarse la vida de algún modo y todo lo que uno hace o dice lo tuercen hasta un extremo inconcebible.
—Lo siento —repitió Serena—. No lo sabía. Se mostró… amable.
En la última palabra su voz se quebró y las lágrimas acudieron a sus ojos.
No estaba enamorada de ninguno, pero había sido maravilloso tener a dos hombres que la cortejaban haciéndola sentir que era una mujer altamente deseada.
—¡Amable! —explotó Darien—. Así es como consiguen las cosas. Fingen, mienten, cualquier cosa con tal de conseguir una historia. ¿No puede entender, pequeña tonta, que usted no es alguien para ellos, sólo un instrumento para sus fines?
—Sí… lo comprendo —tartamudeó Serena .
Ahora las lágrimas la cegaban, corrían por sus mejillas, así que se alejó de Darien y caminó hacia la ventana para ocultarle su rostro, pues la avergonzaba llorar, pero le era imposible contenerse.
—No llore, Serena.
La voz surgió detrás de ella y se dio cuenta de que Darien se había acercado, en silencio.
—Es… una… tontería… lo… sé.
—No era mi intención herirla. Me indignó que fuera usted tema de rumores y risas. Si me encuentro a ese jovenzuelo, le rompo la cara.
—Lo… lamento… se mostró… tan amistoso… ambos… lo hicieron.
—¡Demonios!
La voz de Darien sonó brusca y Serena se dio cuenta de que había cometido un nuevo error.
—No quiero hablar de ello —dijo con rapidez—. No deseo volver a ver a Seiya Kou ni al conde. No puedo explicarlo, por favor, no me lo pregunte.
Habló con vehemencia y levantó hacia él los ojos, aún bañados en lágrimas. Resbalaban de sus largas pestañas por sus mejillas, dejando un rastro brillante en la blancura de su piel.
—No diré más —prometió Darien con voz suave.
—Todo fue por culpa mía —sollozó Serena —. Soy una tonta, eso es todo.
—¿Tonta porque brindó confianza y credulidad? No cambie, Serena , es una de las cualidades más preciadas en usted.
—¿El ser tan tonta? —preguntó con amargura.
—No, sino estar dispuesta a creer y a encontrar lo mejor de los demás. La gran mayoría sólo busca lo negativo. Por eso, usted es diferente.
—Nunca volveré a confiar en alguien —repuso con tristeza.
—No hable así —respondió Darien casi con brusquedad—. Nunca debe dar paso a la amargura, usted menos que nadie. Yo soy un amargado, lo sé, y sé que me considera duro, calculador y sin corazón. Intenté no serlo, pero ya es demasiado tarde.
—¿A qué se debe todo esto? —preguntó ella.
—Por cuanto tuve que pasar. Oh, comprendo cómo se siente usted ahora. Conozco el sinsabor de la ingratitud y la deslealtad. Todo lo he sentido en carne propia…
—No podría creerlo. Parece… tan seguro, tan autosuficiente.
—Usted perdió a su madre. Yo también la perdí cuando tenía trece años. La quería mucho y ella a mí.
Su voz denotaba dolor y, por un momento, las líneas alrededor de su boca se hicieron más profundas, antes que continuara:
—Nunca comprendí a mi padre y nuestra relación era difícil. A los seis meses de muerta mi madre, se casó nuevamente. Con una mala mujer, no hay otra descripción para ella.
—Con razón se sintió desdichado.
—Tanto, que yo también quise morirme. Mi madrastra me acosaba. Parecía celosa de mí; le disgustaba hasta verme y resentía la más mínima atención que me prestara mi padre o el dinero que gastara en mí.
—¡Qué terrible!
—Fue terrible vivir en una casa llena de odio. Ya no era un hogar, sino un escenario de riñas y recriminaciones. Mi madrastra engañaba a mi padre. Tenía una insaciable ambición. Lo que no podía conseguir de su marido, lo obtenía de otros hombres.
—¿Y qué sucedió?
—Durante cinco años me torturó esa mujer. Entonces le pedí a mi padre, que me permitiera irme lejos para trabajar. Tenía un amigo que diseñaba un nuevo tipo de motor para avión. Me aceptó en su oficina y el resto de la historia, lo adivina usted.
—La verdad, no —confesó Serena.
—Bueno, tuve suerte. Logré descubrir defectos en el diseño antes que los expertos los notaran. Asimilaba cuanto me explicaban y pedía más. No tenía dinero, excepto una pequeña pensión que me daba mi padre. Llevé una vida solitaria e incómoda en alojamientos baratos.
Suspiró.
—Nunca conocí jóvenes de mi edad y, por supuesto, ¡no tenía el menor deseo de relacionarme con una mujer, había aprendido mucho acerca de ellas con mi madrastra!
—Si su madre hubiera vivido, no habría sido así. Ella debía amar a la gente, porque lo amaba a usted.
—Era adorable. Siempre dispuesta a creer lo mejor de todos.
—¿Por qué no quiso usted ser como ella?
Darien desvió la vista hacia la ventana.
—No lo sé, creo que jamás pensé en ello. Por el comportamiento de mi madrastra, estaba muy ocupado en detestar todo y a todos.
—Nadie puede vivir sin amor. Los niños, principalmente.
—Mamá era como usted —observó de forma inesperada, Darien—. Su mismo color. Y el mismo truco para verse en exceso femenina, hiciera lo que hiciera.
—¿Truco?
—En lo que respecta a los hombres —respondió Darien con inesperada dureza en la voz—, la feminidad siempre es una trampa. Las mujeres, al parecer, más débiles, siempre consiguen lo que desean.
—¿Será verdad? Por lo que a mi respecta, no es así…
—¿Y qué desea? ¿Dinero? ¿Poder?
Serena se rió.
—¡No, nada de eso! Creo que sólo deseaba que me quisieran. Tal vez todas las mujeres lo anhelan en su corazón. Quizá es lo que todos buscamos.
Titubeó y añadió con voz baja:
—A eso se debe mi infantil comportamiento desde que llegué aquí.
—¿En realidad cree poder recibir amor de un conde libertino y un reportero de prensa? —preguntó Darien casi con sorna.
Serena sintió que el color encendía su rostro.
—Di… dijeron que les agradaba. Y yo… no esperaba… que mintieran.
Ahora sabía la cruda realidad. Era Darien Chiba quien les interesaba, no ella. ¡Qué hábil se mostró Haruka para engañarla!
Y había sido tan sutil, tan astuto…
Recordó la forma en que le besara la mano; la sensación de su brazo cuando bailaron; los halagos que le susurrara al oído, su mejilla junto a la de ella. Y después, sus labios, el primer beso en su vida…
Ansió querer borrarlo, tallarse los labios hasta hacerlos sangrar, borrar toda huella de ese beso que, como el de Judas, traicionara su confianza y su inocencia.
—No permitiré que me haga daño —exclamó en voz alta.
—Tiene razón —aprobó Darien—. Es más valiente que yo, mucho más.
—Oh, no. Soy una desagradecida al quejarme, aunque sea sólo un momento.
Lo miró y, de pronto, advirtió cuan extraño era que pudiera hablar así con él.
—Olvidará. Y, además, sin importar lo que sufriera por ellos, carecen de verdadera importancia en su vida, a menos que —hizo una pausa—, se enamorara de alguno de ellos.
Lo inquisitivo de su voz la perturbó de pronto.
—No, no, por supuesto que no —respondió en seguida.
—¿Es cierto? ¿No sintió una súbita ternura por el joven conde? Después de todo, se supone que es atractivo.
—No, se lo juro. No siento nada de eso por él. Lo que pasa es que… —se detuvo—. ¿Cómo poder explicarlo? Posiblemente… sólo estoy enamorada del amor…
—¿Qué es el amor? —preguntó —. Creo que la gran mayoría sólo busca dinero, joyas o lo que más les atraiga.
Hizo una mueca desdeñosa y Serena adivinó que pensaba en Beryl. De pronto, sintió impulsos por convencerlo, por alejar ese cinismo y esa amargura estampados en su corazón desde que lo atormentara su madrastra.
—No es verdad —defendió su punto de vista con tono apasionado—. Le juro que no es verdad. En todo hombre o mujer la maravilla del amor aparece inesperadamente. En alguna parte del mundo existe alguien a quien usted amará.
—Y si la encuentro, ¿me amará? —preguntó Darien.
—¿Por qué no?
—¿Así como soy, cínico, amargado, suspicaz?
—Por supuesto. ¿No comprende? Ella sabrá conocerlo a través de todo eso. Verá que sólo es una especie de armadura para defenderse de las crueldades humanas. Descubrirá que bajo toda esa actitud resuelta y hasta agresiva, existe un pequeño que perdió a su madre.
Había olvidado que su interlocutor era Darien, el atemorizante jefe quien siempre la hacía sentirse cohibida, e indignada…
Pero era un ser desorientado con necesidad de ayuda.
—Gracias, Serena.
La voz de Darien fue muy baja. Extendió la mano y tomó la de ella, cuyos dedos se sentían muy pequeños bajo el cálido apretón y al sentir que lo tocaba, un desconocido estremecimiento la recorrió.
Sorprendida, levantó la mirada y descubrió que él la observaba con esos ojos penetrantes. Se estremeció de nuevo.
No sabía por qué; sería tal vez por cuanto le contara.
Sus ojos quedaron prendidos a los de él. En ellos había un extraño magnetismo, que intentaban enviarle un mensaje.
Por un momento, pareció que retrocedía en el tiempo. No era a Darien a quien miraba, sino a un gladiador que, mientras moría, le enviaba un mensaje de amor con los ojos.
Con un esfuerzo se obligó a volver a la realidad. Era Darien Chiba, su jefe, el hombre a quien no entendía. Y sin embargo, el mensaje continuaba en sus ojos. Si sólo le dijera qué significaba.
Sintió que estaba a punto de hacerlo, pero en ese momento repiqueteó el teléfono, rompió el silencio de la habitación e hizo que Serena se sobresaltara apartando su mano de la de Darien.
—¡Diablos! —exclamó él entre dientes y se dirigió al escritorio.
—Hola, sí, por supuesto, pase la llamada.
Puso la mano sobre la bocina del auricular.
—Es de Inglaterra, los resultados de la prueba.
—Oh, espero que sean buenos.
—Sí, habla Darien Chiba.
Al fin, Serena lo escuchó decir:
—¿Eres tú, Jedaite? Sí, habla , ¿qué noticias hay?
La ansiedad y el súbito entusiasmo en su voz hicieron que ella comprendiera lo mucho que eso significaba para él. Y entonces, mientras él escuchaba y Serena observaba su rostro, comprendió que algo extraordinario había sucedido.
—¿Cuándo?
La pregunta de Darien sonó como un disparo.
—¿En dónde…? Sí.
Mientras le daban el largo informe, Darien fruncía el ceño y su rostro se ensombrecía más a cada instante.
—Muy bien, vuelve a llamarme —dijo al fin y colgó.
Permaneció sin moverse. Serena esperó un momento y con timidez, preguntó:
—¿Pasó algo?
Por un momento pareció no escucharla. Entonces se volvió.
—¡Una explosión! ¡Una explosión durante la prueba!
—¿De graves consecuencias?
—No lo saben, pero si fue en el motor, entonces sí. Tal vez sea sabotaje, y al menos eso será una excusa.
A Serena le pareció percibir un gran desaliento en su voz.
—¿Se afectarán sus oportunidades para vender el Zeus?
Darien levantó el rostro y la miró por primera vez desde que llamara el teléfono.
—Considero que no. Nadie debe saberlo, no debe trascender, ¿comprende?
—Sí, por supuesto.
—No se lo habría dicho si no le tuviera una confianza absoluta. ¿Se da cuenta, Serena, de que si esto se comenta podría arruinar todas las posibilidades del Zeus?
—Sí, lo comprendo.
—¿No dirá nada entonces? ¿Podría jurármelo?
—Por supuesto, lo juro. Puede confiar en mí, señor Chiba . Por favor, confíe en mí.
El rostro de él pareció suavizarse al mirarla.
—Confío en usted. Mucho más de lo que se imagina.
Serena esperó porque pensó que Darien us iba a agregar algo más. Pero en cambio, él miró su reloj de pulsera y exclamó:
—¡Debo llamar a Gresham antes que salga de la oficina!
—¿Me necesita para algo más?
—Por el momento no. Tal vez tenga que salir, pero cenaremos juntos. No tengo otro compromiso.
Lo dijo algo distraído y ella comprendió que, por el momento, Darien la había borrado de su mente. Ya había tomado el teléfono e intentaba comunicarse a su oficina.
Era inexplicable con qué rapidez cambiaba de humor. Un momento era agresivo e indiferente y al siguiente parecía ser otro hombre. Recordó su desdichada niñez y disculpó muchas cosas que antes no entendiera.
Se dirigió a su dormitorio y fue todo un impacto verse ante el espejo. No esperaba estar tan atractiva.
"¿Tanto me ha cambiado Roma?", se preguntó, sonriente.
Era absurdo suponer que unos cuantos días en un país extraño pudieran cambiar a alguien; sin embargo, era consciente de su cambio.
El teléfono sonó. Ella alzó el auricular.
—¿Es usted, Serena? —se puso rígida al escuchar la voz de Seiya.
—Sí… pero nada tengo que decirle.
Pudo escuchar la exclamación ahogada al otro lado de la línea y en seguida la pregunta asombrada y urgente:
—¿Qué quiere decir? ¿Qué sucedió?
—Se lo diré en breves palabras. Acabo de leer el Clarín. Se lo enviaron de Inglaterra al señor Chiba.
—¡Oh, pero escuche, Serena! Lamento mucho que la perturbara. ¿Pero no comprende? Tenía necesidad de publicar algo. Por eso acudí al señor Chiba esa noche. Recuerde mi urgencia para conseguir una noticia. Y como no tenía ninguna, escribí acerca de usted. No fue nada malo.
—Las insinuaciones contenidas en su reportaje son, por demás, desagradables.
—Lo comprendo. El periodismo es detestable, también los trucos que tenemos necesidad de hacer. Pero no tenía otra noticia mejor y sabía que el editor me mandaría al diablo si no le enviaba algo. Trate de comprender, Serena.
—Procuraré hacerlo, Seiya.
—Escuche —el tono de voz era apremiante—. La amo, deseo casarme con usted. Sé que no tengo nada, pero la amo, Serena . Jamás había querido a nadie así. Deseo convertirla en mi esposa, ¿acepta serlo?
—Oh, Seiya.
Serena sintió que un bienestar la invadía; el de saber que Seiya no era como Haruka. No la utilizaba para sus propios fines.
—Diga que se casará conmigo —rogó Seiya.
—No, Seiya, pero gracias por pedírmelo. Gracias por quererme un poco. No puedo decirle cuánto significa para mí.
—Para mí lo significa todo y haré que se case conmigo, podríamos ser felices, Serena, sería difícil en lo económico al principio, pero juntos lo lograríamos.
—No, Seiya no puedo casarme con usted. No lo amo, lo sabe. Pero lo quiero como amigo. Deseo agradarle, que nos una amistad firme y sincera.
—Debe confiar en mí —insistió Seiya —. ¿De qué se trata, qué le sucede? Algo le preocupa.
—Sí, algo, pero no puedo hablarle de ello, no por teléfono, al menos.
—Cene conmigo —sugirió Seiya.
—No puedo, cenaré con el señor Chiba.
—Entonces podremos vernos después.
—No, tampoco es posible. Tal vez mañana.
—Sí será posible, aunque necesite llegar hasta su puerta. La amo, Serena, no lo olvidará, ¿verdad?
—No lo olvidaré.
—¡La amo! —repitió Seiya y colgó.
Serena colocó el auricular en su lugar y se dirigió a la ventana. El mundo ya no parecía tan nublado como antes. Seiya, al menos, parecía sincero. Era un amigo de verdad y no se había equivocado al confiar en él.
Sólo Haruka la había defraudado, pero era culpa de ella.
Escribió a sus hermanas. Terminaba de firmar cuando escuchó sonar el teléfono en el salón de Darien. No cesó de sonar y acudió a contestarlo.
—Telegrama para el señor Darien Chiba —dijo una voz.
—¿Quién habla? —preguntó Serena, sorprendida al oír el acento inglés.
—Llamo de la oficina del señor Chiba en Londres. El telegrama acaba de llegar y no hay nadie aquí. Se fueron a casa todos excepto yo, pero hay órdenes de que todo telegrama enviado al jefe, lo transmitamos por teléfono en seguida.
—Un minuto, buscaré algo para escribir.
Serena hizo a un lado una pila de cartas en espera de encontrar algún cuaderno de notas abajo. Entonces algo llamó su atención.
Por un vestido de noche de encaje azul entregado en el Grand Hotel como se ordenó… 25,000 liras.
Miró asombrada la nota, con membrete de Valetta, una diseñadora italiana de gran prestigio en el país.
¡Un vestido de encaje azul! Las palabras quedaron grabadas en su mente.
Entonces escuchó que la voz hablaba en el auricular:
—Por favor, apresúrese.
Por fin encontró lo que buscaba, una hoja de papel con membrete del hotel.
—Dícteme el telegrama —indicó.
Clima más brillante salgo vacaciones miércoles. Saludos a todos los amigos. Geoffrey.
—¿Eso es todo? —preguntó Serena al terminar de escribir lo que la joven le dijera.
—Eso es todo. Adiós.
—Adiós.
Serena volvió su atención a la nota de nuevo. Así que había sido Darien quien le enviara el vestido. No podía creerlo. Era inconcebible. De pronto, vio algo prendido a la nota.
No titubeó en leerlo. Decía:
Por un par de sandalias plateadas número 3 1/2… 8,000 liras y abajo, escrito a mano: Espero que sea lo que usted desea y de la talla correcta. También agregué la estola, como me lo sugirió.
Madame Nita.
¿Por qué habría hecho eso Darien?
Era difícil imaginar lo que tuviera en mente. ¿Había sido por complacerla? ¿O sólo porque le avergonzaba que la vieran con uniforme de enfermera? Sin embargo, si ésa era la razón, ¿por qué la llevó consigo?
No podía entender su comportamiento y, tampoco, reconciliarlo con la actitud que habitualmente le mostraba.
"¿Por qué es tan incomprensible?", se preguntó, volviéndose con rapidez cuando se abrió la puerta porque pensó que él había regresado.
Pero no era Darien, sino Beryl quien lucía un fantástico vestido de cóctel de satén púrpura, con diamantes que resplandecían en sus orejas y una gran estola de chinchilla sobre los hombros.
—¿Está Darien? —preguntó con tono brusco, muy diferente al que usara con él.
—No, salió y no tengo idea de dónde pueda estar.
—Tal vez sabe más de lo que pretende, enfermera. El silencio de su profesión puede ser muy conveniente a veces.
—No la comprendo —contestó Serena.
—Desconozco su juego, pero si piensa que logrará quitarme a Darien, está muy equivocada.
—No tengo ningún juego.
—Ese aire de inocencia puede convencer a otros —expresó Beryl con sorna—. Pero a no mí. Toda Roma habla de usted. ¡La bonita enfermera de Darien Chiba! ¿Por qué no se mantiene en el lugar que le corresponde?
—Sin duda no sé cuál es. Y sin duda no voy a pedirle su opinión respecto a cuál debería ser.
—No voy a decirle nada más. Pero ¡se lo advierto! ¡Crúcese entre nosotros y yo la mato! ¡Y hablo en serio! —exclamó Beryl.
Salió y cerró la puerta de un golpe.
Serena se sintió, como siempre después de un enfrentamiento con Beryl, sola y desdichada.
Optó por evitar salir con Darien. Beryl habló de los comentarios en torno a ella. Tal vez hasta sospechaban de algún romance entre enfermera y paciente.
Se ruborizó al pensarlo.
Mientras permanecía indecisa escuchó a Darien abrir la puerta.
Sonreía y había desaparecido su ceño fruncido.
—Hay un telegrama para usted —indicó Serena—. Lo enviaron de su oficina y dijeron que era urgente.
Le entregó el pedazo de papel donde escribiera el contenido del telegrama.
—¿Lo comprende? —preguntó él.
—Me pareció bastante sencillo, no comprendo por qué es urgente.
De nuevo, Darien le sonrió.
—Está en clave.
Empezó a descifrarlo mientras Serena lo observaba. Por fin, levantó la cabeza y leyó en voz alta:
Sabotaje cometido por simpatizantes de los comunistas. Ligeros daños que pueden repararse en cuarenta y ocho horas. Secreto asegurado de este lado.
—¡Así que fue sabotaje! —exclamó Serena.
—Eso pensé. En cuarenta y ocho horas continuaremos adelante.
—Me alegra que no sea de mayores consecuencias.
—Gracias, ahora, ¿qué tal si nos cambiamos para salir a cenar?
—No… creo conveniente ir… sería… un error.
No lo miró y después de un breve silencio, Darien preguntó:
—¿Quién la ha confundido?
Serena apretó los labios en un esfuerzo por no decirle la verdad, pero él debió adivinar la respuesta en su rostro.
—¿Estuvo Beryl aquí?
Serena asintió con un movimiento de cabeza. Por nada del mundo podía hablar.
—¿En verdad es usted una persona influenciable?
—No… lo… sé. Pero… Beryl dijo…
—Carece de importancia cuanto diga —la interrumpió con brusquedad Darien—. No quiero escucharlo. Haré lo que deseo hacer y si a la gente no le gusta, no me interesa.
Irguió los hombros y echó hacia atrás la cabeza, como dispuesto a desafiar al mundo, pensó Serena.
—Pero escuche —dijo ella, desesperada—. Lo dañarán las murmuraciones, respecto a mí. No deseo molestarlo y no es necesario que salgamos. Podremos cenar aquí.
—Cenaremos donde yo quiero ir —insistió Darien.
Entonces miró el rostro de Serena y añadió:
—Está bien, usted gana. No cenaremos aquí, pero lo haremos donde nadie pueda vernos. La llevaré a un lugar tranquilo y privado, ¿le parece bien?
—Sí, será mejor.
—Muy bien. Y no es necesario cambiarse, podemos ir tal como estamos.
Serena se volvió hacia la puerta, de pronto se detuvo, y se enfrentó con él.
—¿Por qué me regaló el vestido, señor Chiba ?
Él levantó la ceja.
—Ya lo descubrió. ¿Tengo que explicarlo? Fue un impulso o quizá deseaba verla como debe ser.
—Fue incorrecto dármelo y dejarme pensar que provenía de alguien más.
—No hacemos daño a nadie. ¿Ese es el criterio para decidir si algo es incorrecto o no? ¿Acaso alguien resultó perjudicado en el proceso?
Ella lo miró y de pronto avanzó un paso.
—Deseo darle las gracias. Fue muy amable de parte suya. Sabe que no lo habría aceptado de saber que usted me lo daba. Es un vestido precioso, el más bonito que he tenido en mi vida. Y como es demasiado tarde ahora para devolverlo, ¿puedo quedármelo?
Darien no respondió en seguida, después extendió la mano.
—¿Amigos? ¿Me disculpa?
—Todavía no sé cuánto agradecérselo.
—No ha aceptado mi mano.
Presa de una gran turbación, ella depositó una mano en la de él, quien la apretó entre las suyas.
—Qué mano tan pequeñita —exclamó—, y, sin embargo, es usted una gran persona, Serena.
—Me gustaría serlo —respondió ella con voz un tanto entrecortada—. Pero cometo muchos errores, hago tonterías, confío equivocadamente en las personas y…
—¡Desconfía de aquél en quien debe confiar!
—¿Hice eso?
—Eso creo. ¿No ha luchado contra mí desde que llegamos a Roma?
Todavía le sostenía la mano y ella sintió que un pequeño temblor la recorría. No sabía la razón, pero se sentía turbada y confusa al permanecer frente a él, tomada de su mano y su mirada fija en ella.
Por alguna razón inexplicable, su respiración se agitó, sintió que sus labios se entreabrían y percibió una ignota sensación jamás sentida, un súbito aletear en su pecho.
—Debo… ir a… prepararme… para la cena —dijo con rapidez.
Se volvió, con súbita confusión y deslizó su mano por entre los dedos de él. Corrió hacia la puerta. Creyó escuchar su nombre, pero no estaba segura.
Sólo sabía que, en ese instante, no podría permanecer más tiempo a su lado y debería buscar el refugio de su propia habitación.
