CAPÍTULO 6

No me la quitaba de la cabeza. ¿Cómo era posible que una simple chiquilla me impactase tanto? No… no podía ser real. Tenía que ser un sueño, un sueño demasiado bonito para ser cierto.

-Joder… -. Ni tan siquiera podía concentrarme para preparar las clases de aquella semana, y mucho menos, para corregir los exámenes de los del último curso. El examen de Clarke era el que tenía encima de todos, y ni tan siquiera me atrevía a acercarme. Aquella chiquilla me impactaba demasiado.

Cerré la libreta con los apuntes que había estado haciendo, estaban más llenos de tachones que de texto en sí. Era indignante. Yo, Lexa Woods, quien no se dejaba vencer por nada, la que no se distraía jamás, la que había cerrado su corazón años atrás. Ya no quedaba ni rastro de ella.

Y sólo habían pasado tres semanas. ¿Qué iba a hacer a finales de curso?

Me levanté de la silla donde había estado sentada las últimas casi tres horas, acercándome a la cocina a por un vaso de agua. Sentía la garganta seca, casi como si fuese el mismísimo desierto… o peor. Sentía la garganta seca, casi como si fuese el mismísimo desierto… o peor. Desde la pequeña ventana de la cocina podía verse el patio interior del edificio, mis vecinos volvían a discutir. No había momento en que no se gritasen, ¿cómo podían seguir casados? Apenas llevaba allí veintitrés días y ya estaba harta de ellos. Sentí lástima de los demás vecinos.

Junto al montón de exámenes y demás cosas del instituto, tenía una de las octavillas del concurso de dibujo. Cuando había estado allí unos días atrás, en uno de mis paseos curiosos por la ciudad, di con ello. Inmediatamente pensé en Clarke; había visto más de un dibujo suyo en viejas revistas del colegio, aunque no firmase con su nombre. Firmaba con un misterioso "Wanheda", alguien a quien únicamente Dante Wallace conocía. Al fin y al cabo, Dante era el editor de dicha revista, a él debían llegarle cada artículo, cada foto, cada opinión y cada dibujo que rellenaban las hojas de la revista. Y él era un gran amante del arte. Pero a veces podía irse de la lengua.

En uno de los descansos se había acercado a mí, dejándome uno de los ejemplares que editó este mes. Aún faltaban unos días para que saliera, pero me había cogido bastante cariño desde que llegué aquí, y yo no pude negarme. Estaba llena de crónicas de excursiones, debates, rincón de escritores y poetas adolescentes, rincón de quejas, ciencia, entretenimiento, fotos, historia, dibujos… El que ilustraba la portada estaba firmado por aquel extraño nombre. "Clarke Griffin. Pero no quiere que nadie vea sus dibujos", había dicho. Aquello me extrañó.

Me había enamorado de aquel dibujo. No tenía nada de especial, simplemente era el dibujo de un chico tocando la guitarra, con los ojos cerrados y dejándose llevar por la música que él mismo producía. Eso había sido al principio. Días después… le reconocí. John Murphy, el chico de mirada fría y amigo de los mecheros de gasolina. A veces parecía que estaba deseando matarte, y a los segundos… simplemente era un muchacho solitario, rodeado de un montón de gente que no le tenía demasiado aprecio. A excepción de un par de personas.


La clase había sido bastante monótona. Era viernes, y todos estaban exhaustos de esa semana. Me costó más de lo normal sacarles el interés por la independencia de los últimos reductos de Cuba, Filipinas y Puerto Rico de España. Clarke también estuvo desaparecida, continuamente miraba por la ventana al patio, dónde los niños de cuarto curso estaban correteando de un lado para otro, dándole golpecitos a una minúscula pelota de plástico con un stick. Les tuve envidia. Estaban tan cansados, que ni tan siquiera formaron escándalo cuando el timbre sonó. Sólo querían marcharse a casa.

Clarke se quedó atrás. Se acercó a Raven y Octavia, les dijo algo al oído y éstas asintieron, despidiéndose de ella con un extraño saludo. Cuando la clase se quedó vacía, se acercó al escritorio.

-Aún me tiene que pagar el favor, profesora.

-¿Y el concurso? -. Me levanté, cogiendo un par de carpetas y acercándolas a mi pecho-. ¿No te es suficiente? Cierto es que me salvaste de una pulmonía, pero…

Me quedé sin habla. Clarke había empezado a reír, y era el sonido más precioso que había llegado a mis oídos en mucho tiempo. No pude evitar que el corazón repiquetease violento contra mi pecho, e incluso la respiración se me volviera irregular durante unos segundos. Pero aparqué aquellos pensamientos en un lugar muy alejado de mi mente, frío, oscuro y al que no me atrevía a ir. No todavía.

-Clarke. No te aproveches.

-No pensaba hacerlo.

Sonaba tan inocente… y a la vez tan provocativo que volvió a descolocarme. ¿Cómo era posible que una simple adolescente me descolocase el mundo, me lo volviera patas arriba con sólo un gesto, una palabra? Iba a acabar conmigo.

-Me he inscrito. Pero me da vergüenza que el mundo sepa que dibujo.

-No deberías tener vergüenza -. Le recriminé. Estaba deseando que acabase noviembre para que la revista del próximo mes estuviera disponible. "Sólo unos días más, Woods. Sólo unos días"-. Ya te he dicho que dibujas muy bien.

Su gesto se volvió solemne, serio. Había perdido toda la alegría de minutos antes.

Empecé a caminar, con Clarke a unos pasos de mí. El instituto estaba casi vacío; era viernes y todos querían volver a casa y disfrutar del fin de semana. En el aparcamiento sólo había unos cuantos coches aparte del mío, y la bicicleta de la rubia.

-¿Quieres que te lleve a casa? -. Para mi sorpresa, Clarke asintió.

No fue fácil meter su bicicleta en el maletero, pero tras unos cuantos intentos, lo conseguimos. Tuvimos que doblar el manillar varias veces, probar cuál era la mejor manera para que no decidiera escaparse en pleno trayecto. Casi parecía un juego de tetris que otra cosa.

Por el rabillo del ojo pude ver su tristeza. Nunca la había visto así, tan apagada, tan callada. Se pasó todo el camino de vuelta a casa mirando por la ventana, ajena a todo lo que le rodeaba. Sus manos se asían con fuerza a su mochila, como si fuese la única cosa que le quedase en el mundo, su último recuerdo de una infancia feliz y digna de recordar. Pero cuando durante unos segundos dejaba de estar tan lejos de mí, podía ver la tristeza en sus ojos azules. Estaba deseando llorar.

Tal vez era hora de devolverle el favor.

Giré repentinamente por una calle para evitar su casa e ir directamente a la mía, allí estaríamos a salvo de miradas indiscretas. No sólo por mi compañía, sino por su visible llanto. Quizá no lloraba externamente, pero por dentro estaba rota. Completamente. Y yo quería recomponerla, trozo a trozo, como un hermoso puzzle al que adoraba demasiado, más de lo que me podía permitir.

Aparqué frente a la misma puerta. No podía ni tan siquiera permitirme el lujo de meter el coche en el garaje. Sólo quería tener a la chica rubia entre mis brazos, susurrarle palabras al oído hasta que se calmase, ser un hombro en el que llorar hasta que se quedase seca. No era más que una chiquilla, no podía estar siempre alegre. Pero, ¿qué era aquello tan doloroso que la destrozaba de tal manera que su simple recuerdo hacía que estallase en lágrimas? Porque nada más cruzar el portón, no pudo (o no quiso) aguantar más. Empezó a llorar como una niña pequeña, con la misma rabia que un infante de cinco o seis años cuando no conseguía lo que quería.

Pero Clarke ya no era una niña. Había perdido algo, de eso estaba segura. Algo que amaba más que a nada en el mundo, y ya no lo tenía consigo.

La arrastré hasta el salón, sentándola en el sofá con una manta sobre los hombros. De manera inconsciente, cruzó los brazos sobre su pecho, dobló las rodillas y se hizo un ovillo, protegiéndose para que nadie le hiciese daño.

Yo no sabía qué hacer.

Y además, empezó a llover. El cielo lloraba por ella lo que Clarke no se atrevía a llorar.

Y yo no tuve más remedio que quedarme a su lado, abrazada a ella. Hacía años que no me permitía un gesto como ese. Y se sentía tan bien, tan cómodo y seguro… Me daba miedo. Mucho. Porque temía enamorarme de ella como me enamoré de Costia. No querría perderla, ni tan siquiera ahora, con este lazo invisible que nos ataba en medio del silencio de mi salón, sólo roto por el continuo llanto de la rubia.

Llevé mis manos hasta sus mejillas, obligándola a mirarme. Dios… incluso estando así de rota estaba preciosa. Tragué saliva, mientras mis pulgares se afanaban en limpiar sus lágrimas, lágrimas rebeldes que no tenían intención de parar.

-¿Por qué no has querido volver a casa, Clarke? -. Temía meter la pata, pero no podía seguir viéndola así. Una parte de mí sabía que si la obligaba a hablar, iba a ahondar en su dolor, pero necesitaba saberlo. No por curiosidad, eso me daba bastante igual; sólo quería saber qué hacer para consolarla, para volver a verla reír. Que dejase de llorar.

-Mi padre murió hace cinco años -. Respondió, con un leve movimiento de cabeza. Una sonrisa triste curvó sus labios, una alegría falsa que no llegó a sus ojos. En cambio, éstos volvieron a llenarse de lágrimas-. Hoy hace cinco años. Y no…

-Shh… suficiente -. Sabía lo que era perder a alguien. A lo que más quería en el mundo.

La abracé y empecé a mecerme, a tararear una canción de cuna que aún vivía en mis recuerdos de chiquilla. Poco a poco sus sollozos fueron disminuyendo, hasta casi desaparecer. Su corazón también se había calmado, había dejado los latidos violentos hasta ser un suave golpeteo contra su pecho. Me había tumbado sobre ella, como un escudo cálido, protegiéndola de todo lo malo que pudiese pasarle.

No tardó mucho en quedarse dormida.


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