Capítulo 5: Amigos
—¡Vamos! ¡Ponedle más empeño!
La capitana sobrevolaba el campo de quidditch apretando con fuerza el palo de su escoba. Se había detenido sólo un momento para comprobar que su equipo siguiera en pie.
Fred acababa de derribar a Mary Higgs, una de las cazadoras del equipo de Slytherin, y la bludger seguía su camino directa a las gradas antes de desviarse hacia la izquierda y volver a por los jugadores.
Rápidamente se llevaron a Higgs a la enfermería, recogiéndola en un extremo del campo. Clary sonrió con un poco de esperanza. Entonces Fred la miró y alzó un puño de la escoba para felicitarse por su lanzamiento.
—¿Qué haces? Deberías…
No pudo terminar porque enseguida el chico se fue volando con el bate en la mano. Ella, por su parte, también aferró con fuerza el bate y fue en busca de la bludger.
Scorpius Malfoy, uno de los cazadores, acababa de robarle la quaffle a Fray Sullivan, el cual había cambiado de sentido para seguir al rubio. En su rostro se reflejaba la ira que había sentido al ser golpeado en la cara por el codo de Malfoy.
El Gryffindor sorteó a Kevin Derrick, un golpeador del otro equipo, quien lanzó su bate contra la cara del chico. Pero al no tener suerte también cambió el rumbo de su escoba y voló junto a Sullivan tras el rubio. Entonces apareció Gina Wood a la derecha de Scorpius y le lanzó la quaffle, pues él casi estaba atrapado entre los dos que llevaba detrás y el guardián, Matthew Green, que había salido del área de los aros.
Gina Wood no dudó al atrapar la pelota y la lanzó con todas sus fuerzas, encestando sin problemas. Voló hacia arriba celebrando entre vítores los noventa puntos sobre los ochenta de los Slytherin y se encontró con Scorpius que había conseguido escapar de los otros tres jugadores.
—Noventa a ochenta, marcador a favor de Gryffindor. Parece ser que este año cuentan con la participación de una maravillosa jugadora. ¿Dónde estabas el año pasado, Gina? —logró escuchar James Potter desde aquella altura.
El chico estaba atento a la jugada de su equipo, pero también debía captar el movimiento de la snitch. Al otro lado del campo podía divisar a su oponente, Mark McLaggen, que lanzaba maldiciones e improperios hacia su equipo. Entonces James soltó una carcajada muy audible, tanto que el Slytherin alzó la vista para mirarlo con rabia.
—Sally Zabini parece no querer perder el tiempo y avanza a gran velocidad por el lado norte del campo. —Joanna Towler, una Gryffindor de sexto curso, sujetaba el micrófono con intensidad—. Scorpius Malfoy va tras ella, pero parece que la chica tiene más velocidad por su peso. Espera, espera… Rose Weasley va directa hacia Zabini, se van a chocar, se chocan… ¡Cuidado! —casi gritó la comentarista antes de taparse la boca con las manos.
En las gradas se escuchó cómo los espectadores aspiraban con fuerza al ver que las dos chicas se habían encontrado en la mitad del campo. Rose se había enganchado a la quaffle antes de pasar volando a toda velocidad por un lado de Sally, pues no había ido en línea recta.
Ahora descendían las dos sujetando la pelota, entrechocando los palos de las escobas y empujándose con los codos. Cada vez el suelo estaba más cerca y si una no soltaba la quaffle caerían las dos. Fue Sally la que, asustada por golpearse, dejó la pelota en manos de la cazadora de Gryffindor.
—Rose Weasley consigue hacerse con la quaffle, pero no podrá volver atrás. Se estampará contra el suelo, va directa… —Joanna Towler se mordió el labio inferior y se inclinó sobre la grada, desesperada.
Scorpius susurraba para sí mismo. Tú puedes, Rose, tú puedes, decía.
En las gradas, Albus y Alan apretaban los puños, pidiendo mentalmente que pudiera doblar el vuelo y evitar el suelo.
Parecía que el partido se hubiera detenido, pero no era así. Aunque los jugadores de Slytherin se hubieran detenido para ver cómo una cazadora de Gryffindor era descalificada por tocar el suelo, no todos los leones estaban parados. James Potter cruzaba los dedos para que su prima lo consiguiera, pero a la vez volando tras la snitch que McLaggen no había visto.
Recorrió la zona donde se encontraban los aros de su equipo, pasando por encima de Logan Brown, quien lo contempló extrañado, pero sonriendo después al comprenderlo. De un momento a otro, justo cuando la snitch se acercaba al centro del campo, James vio que todo se movía otra vez.
Al mismo tiempo, Rose había conseguido volar hacia los aros del adversario, en las gradas volvieron a sonar los vítores, James casi alcanzaba la pequeña pelota y Patrick Eisman, el otro golpeador de Slytherin, preparaba el bate para darle a la bludger que podía ir directa a la cara de Rose Weasley.
Entonces pasó todo en un segundo. Mark McLaggen volaba a toda velocidad hacia James, éste estaba a un escaso metro de la snitch, alargando el brazo.
—El buscador de Gryffindor, James Potter, conseguirá la snitch antes de que marquen diez puntos más. ¡Vamos! —dijo Joanna Towler poniéndose en pie.
Rose encestó al mismo tiempo que James atrapaba la snitch, pero la bludger de Patrick Eisman ya había conseguido un objetivo fijo hacia la cara de la castaña. Ella borró la sonrisa de su rostro al verla venir y, aún sabiendo que no le daba tiempo a escapar, se aferró a la escoba.
—¡Gryffindor gana doscientos cincuenta a ochenta! —anunció Joanna al escuchar el pitido que el profesor Weasley hizo para dar por finalizado el partido.
El cuerpo de un cazador de Gryffindor caía hacía el suelo lentamente, pues Minerva McGonagall había alzado la varita y lo llevaba con cuidado hacia el suelo. El partido había acabado.
Abrió los ojos, parpadeando por la luz que había en la habitación. Antes incluso de poder ver con claridad, se sentó en la cama donde estaba ayudándose con los codos. Se pasó las manos por los ojos y entonces vio quienes estaban allí.
—Scor, ¿cómo estás? —escuchó la voz de su amiga de una forma muy dulce.
El chico tardó en contestar, pues observaba a todo su equipo frente a su camilla, al igual que a Alan y a Albus.
—¿Ni siquiera cuando te salvo la vida me puedes llamar por mi nombre completo? —dijo con fingido enfado, enseñándole una sonrisa al terminar.
Rose sonrió al verlo así y se acercó para abrazarlo. Mientras apoyaba la cabeza en su hombro derecho le susurró un "gracias".
Se separó del chico pero se mantuvo cerca, apoyando la mano en el hombro del rubio.
—Si no hubieras visto la bludger antes que yo… Gracias por salvarme —dijo mirándolo a los ojos. El chico sonrió de lado e hizo un gesto quitándole importancia.
—¿Qué te has hecho? —preguntó Fred, el cual estaba junto a James. Scorpius se sorprendió al ver al segundo allí.
—La enfermera me ha encabestrado el brazo izquierdo, desde el hombro hasta la muñeca. Dice que no me supondrá muchas complicaciones para el día a día. —El rubio miró a sus amigos haciendo una mueca de desagrado, pero no por el brazo.
—¿Y el quidditch? ¿Estarás bien para poder entrenar antes de Navidad? —Tenían el siguiente partido en febrero y, aunque estaban a mitad de noviembre, Clary quería que practicaran más para ir preparados.
—Clary, tranquila. Ya has visto lo fácil que ha sido ganar a las serpientes —le dijo Fred con una sonrisa—. Hufflepuff será…
Madame Pomfrey lo interrumpió cuando lo empujó.
—Todos no, sólo tres personas. Vamos, fuera.
El equipo se fue despidiendo de él y sólo quedaron Alan, Albus y Rose acompañándolo.
Esos estúpidos de Potter y Weasley se creen los más inteligentes, pensaba con odio la Slytherin que siempre acompañaba a Fray Sullivan. Stella McIntyre, una chica de pelo rubio oscuro y muy rizado, con unos ojos azules claros, caminaba a grandes zancadas por los pasillos del colegio.
Había visto cómo alardeaban James Potter y Fred Weasley del hecho de haber sido los primeros en encontrar una de esas piezas. Malditas piezas, como si fuera muy complicado encontrarlas, se decía a sí misma.
Se detuvo cuando una idea le vino a la cabeza. Podía encontrar una de esas piezas y así acallar a los fans de aquellos dos. No, no quiero destacar, siempre me he ocultado detrás de Sullivan para que no notasen mi presencia. Aunque sé que soy mejor que él, pensó para descartar la idea.
De un momento a otro se encontraba frente al Gran Comedor, leyendo el cartel que contenía los acertijos del profesor Weaver. Uno estaba tachado, el que habían descubierto los dos Gryffindor. Los miró más de una vez, esperando ver algo oculto que la ayudase. Entonces seleccionó uno que citaba así:
6.- "Donde la sabiduría se acumula, allí donde no debes pasar, mira debajo de donde reposas los brazos"
Se había fijado en ese acertijo porque al leer sabiduría le había venido a la cabeza la biblioteca. Así que se lo aprendió y fue directa al lugar.
La biblioteca no estaba precisamente abarrotada, pero sí que había alumnos por ser la hora que era. Las clases habían acabado y allí se reunían para hacer los deberes o algún trabajo. No se detuvo a saludar a nadie y caminó directa a las estanterías, hasta el final de la sala. Sabía dónde se podría encontrar, pues por el camino había recapacitado sobre el resto de la frase.
Allí donde no debes pasar, se repetía para sí misma. Estaba muy claro; el único lugar de la biblioteca donde los alumnos tenían la entrada vetada, excepto en situaciones específicas, era la sección prohibida. Y allí se encontraba, pegada a la barra que impedía el paso. Miró a un lado y a otro y se decidió a entrar, pero antes se detuvo.
No puede estar aquí porque ha sido el profesor Weaver quien lo ha escondido, recapacitó ella. Volvió sobre sus pasos hasta que se topó con una silla, pegada a una mesa. Se giró y apoyó las manos en el respaldo. Normalmente allí no iba a estudiar nadie, pues faltaba iluminación y siempre daba un poco de miedo estar tanto tiempo cerca de la sección prohibida. Aquella zona la utilizaban las parejas para tener más intimidad durante los estudios, aunque no hicieran eso precisamente.
Mira debajo de donde reposas los brazos, pensó allí parada. No se le ocurría nada, algo frustrante, pero no se daba por rendida.
—Vamos —murmuró para sí misma, moviendo rítmicamente una pierna, ya nerviosa.
No es tan difícil, se insistió. Miró en derredor, buscando algo donde poder apoyar los brazos o algo similar. Pensó en las estanterías, porque te puedes sostener si estás de pie, pero lo descartó enseguida. Miró hacia abajo, hacia la silla, y alzó una ceja, sopesando.
La arrastró para atrás y se acuclilló para observar más de cerca el mueble. No tenía reposa brazos, pero tal vez la frase no quería decir exactamente que fueran los brazos. La giró, la tumbó, se sentó para examinarla mejor, pero nada. Todo era madera pulida, sin una sola decoración o saliente que pudiera ocultar una pieza similar a la de Potter y Weasley.
Bufó mientras se inclinaba hacia atrás, apoyándose en las manos. Los tirabuzones rubios le colgaban por la espalda, teniendo la cara en dirección al techo. Bajó la mirada y recorrió el lugar. La mesa se encontraba a la altura de su cara, con la pequeña lámpara encendida en el centro de ésta. Tal vez era la menos iluminaba de toda la biblioteca.
Se levantó y se encaminó a la entrada, donde los alumnos seguían instalados. Pasó entre dos mesas y un movimiento en una le llamó la atención. Un chico delgaducho suspiró mientras hincaba los codos en la mesa. Enterró la cabeza en sus brazos, pero eso ya no le importó a Stella.
Corrió de vuelta a la mesa que había dejado hacía unos segundos y fue directa a tumbarse debajo. Y allí lo vio, en el centro, cuadrado y plano. Alargó la mano y lo sacó del pequeño hueco donde estaba. Se quedó sentada en el suelo observándolo. Era de color marrón y tenía un tacto similar al de una piedra preciosa.
—Lo hemos encontrado. —Fray Sullivan la miraba desde la estantería más cercana. Acababa de ver a Stella y había visto lo que tenía en la mano.
Ella se levantó y miró al chico. Parecía alegre, como si él hubiera descubierto algo. McIntyre se guardó su réplica para sí misma y le sonrió.
—Aquí tiene —se adelantó el chico.
Stella le entregó la pieza cuadrada y esperó a que el profesor Weaver dijera algo.
Los miró cuando la guardó en una bolsa y frunció el ceño.
—Y… ¿la habéis encontrado los dos?
—Claro, en la biblioteca —contestó Sullivan por ella.
—Muy bien, podéis marcharos. Ya me informaréis del día que queréis utilizar la Sala de los Menesteres. —Les sonrió y les indicó que se marchasen.
Fray salió el primero, directo a contarle a todo el mundo lo que había descubierto.
—Señorita McIntyre, espere. —Ella obedeció y dejó la puerta abierta—. ¿Es cierto que él ha colaborado?
Stella no cambió su expresión, pensando la respuesta. En realidad no quería compartir la hora en la sala con Sullivan, así que no tardó mucho.
—No. Él me vio cuando la cogía.
—Gracias. Puede marcharse.
Los Slytherin no estaban más contentos por el hecho de que alguien de su casa había encontrado la segunda pieza; seguían enfurecidos por el resultado del primer partido de quidditch, el aplastante resultado.
Las clases tampoco eran lo suficientemente agobiantes como hacerles olvidar el partido, ni a ellos ni a nadie. Lo único que les calmaba la rabia era el saber que, a finales del mes pasado, Ravenclaw había perdido contra Hufflepuff.
De todas maneras, el trimestre estaba por acabar. Se encontraban ahora en esa semana previa a las vacaciones, en la cual lo único que podían hacer era pasearse por el castillo, jugar con la nieve o pasarse el día en las salas comunes.
Como lo hacían en ese momento unos cuantos Gryffindor en su sala común. Era jueves, pero para ellos era como si hubieran pasado semanas desde que terminaron las clases. Albus, Alan y Scorpius estaban apostados en los cómodos sofás de la estancia, sintiendo el calor de la chimenea en sus pieles y relajándose. Rose, en cambio, estaba sentada en una silla y hablaba con Lily y Phoebe Bell, quienes estaban al otro lado de la mesa que ocupaban.
—… así que no intentéis hacer otro hechizo hasta que no os enseñen como es debido —les seguía reprendiendo la castaña.
Lily y Phoebe habían estado practicando un hechizo en el baño de las chicas y Rose les echaba la charla sobre que todavía estaban en primero y no estaban preparadas.
—Pero si no ha pasado nada —dijo Lily, quien parecía cansada de tanta histeria.
—A mi no me ha salido ni una vez —comentó Phoebe cabizbaja, todavía esperando que la prima de su mejor amiga la castigara.
—Rose —la llamó Scorpius desde el sofá—, todavía no eres prefecta, así que déjalas en paz.
Era cierto, no era prefecta, pero todos sabían que lo sería en un par de años.
Lily se levantó, seguida de su amiga, y subió las escaleras sin mirar a nadie. Rose se levantó también y se sentó en el sillón más cercano a la chimenea. La sala estaba medio vacía; algún que otro alumno sentado en los sillones restantes y otros pocos hablando sobre la mesa junto a la ventana. Aquello era extraño, pues en los pasillos hacía frío, al igual que en el Gran Comedor, la biblioteca y las aulas.
—¿Dónde está la gente? Esto está vacío —rompió Rose el silencio formado entre los chicos.
—Seguramente con sus parejas repartidos por el castillo —contestó Scorpius con indiferencia.
Los cuatro sabían lo que seguramente estarían haciendo, pero no dijeron nada; eran demasiado inexpertos en el tema que les daba cierta vergüenza decir algo. Rose fue la única que demostró algún cambio, pero poco perceptible por sus amigos. Se había sonrojado al imaginarse a ella besando a un chico, a uno en especial. Entonces decidió hacer lo que hacía un tiempo se planteó. Se levantó y se separó un poco del sillón.
—Scor, ¿puedes venir un momento? —preguntó lo más serena posible, pero sintiendo un retortijón en el estómago, similar al que se siente cuando te tiras por un tobogán muy largo y alto.
El rubio frunció el ceño y se levantó. Siguió a la chica cuando ésta se acercó a las escaleras de las habitaciones y se detuvo frente a ella. A Rose le costó empezar.
—Bueno, es que quería… agradecerte que me salvaras de la bludger —dijo costosamente mientras enrollaba un mechón de pelo en su dedo.
—Pero si ya me diste las gracias. Además, no te hubieras muerto si te llega a dar —intentó hacerla entender.
—Ya, pero… siento que un simple "gracias" no es suficiente. —Cada vez notaba las orejas más coloradas y agradeció que su pelo las cubriera.
Scorpius alzó los hombros para restarle importancia, pero ella no desistió. Fue entonces cuando llevó sus manos a los hombros de su amigo y pegó sus labios a la mejilla del rubio. El beso no fue cosa de dar y separarse, sino que Rose quiso alargar tanto el agradecimiento que incluso los pocos que allí había se fijaron en aquellos dos.
La castaña subió las escaleras tras separarse sin mirar a nadie, sólo a Scorpius. El chico volvió a sentarse sin cambiar de expresión y sin mirar a sus amigos. Daba la sensación de que no entendía lo que pasaba, al igual que Albus, pero al menos el moreno sabía por dónde iban los tiros. El que sí sabía exactamente lo que había pasado era Alan.
Scorpius podía ser muy inteligente a lo que en situaciones difíciles se refiere, pero en el amor tenía pocas luces. Por otro lado, el chico de ojos negros estaba más metido en aquello nuevo para ellos, pues era precisamente por Rose por lo que sabía cómo se sentía uno al estar enamorado. Pero después de eso, después de ver aquel beso, se había dado cuenta de que Scorpius y Rose se parecían mucho.
Entonces, allí tumbado en su cama, se propuso dejar de lado ese pequeño sentimiento para no tener que olvidarla cuando fuera más fuerte. No sería muy difícil pensar en ella como en una amiga.
