Kapitel VI

As the white crescent moon looks down on the street

The devilishness begins to awaken from the blue labyrinth

Rakuen no Tobira - White Bound

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Draco abrió los ojos con lentitud, esperando a que su mirada se acostumbrara a la luz y así poder enfocar correctamente e identificar el lugar donde se encontraba. Frente a él, un pequeño niño de once años miraba con asombro al medio gigante que se encontraba sobre lo que, al parecer, había sido una puerta.

Eres un mago, Harry ―dijo el corpulento hombre mientras sonreía, dejando que su larga barba se balanceara de un lado a otro.

¿Soy un qué…? ―preguntó el pequeño, sin creer lo que estaba escuchando.

Un mago, y según lo que puedo decir, uno extraordinario.

Los enormes ojos verdes de Harry Potter se abrieron a la par que sus labios, de los cuales escapó un jadeó incrédulo. Detrás de él, personas extrañas y de apariencia sumamente desagradable (mucho más que la del guardián de los terrenos de Hogwarts, si tenía que decirlo), lo miraban con horror y desprecio, sin ocultar las muecas de repulsión de su rostro.

Muggles ―murmuró Draco con asco mientras entrecerraba sus ojos grises.

No pudo dejar de notar la cara de asombro y alegría del niño al saber que podría ir a una escuela de magos. Una discusión se llevó a cabo entonces. Los parientes de Potter se negaban a entregar al pequeño, que no había dejado de preguntar cosas de sus padres, para su enorme disgusto.

Esa era la familia con la que el héroe, el salvador del mundo mágico, había tenido que pasar gran parte de su niñez. Interesante. Sus ojos grises se desviaron hacia el suelo y miró fijamente el pastel dibujado sobre la tierra, con las palabras "Feliz Cumpleaños, Harry". Al parecer su idea de que lo llevaban sobre algodones hasta para ir al sanitario estaba un poco alejada de la realidad.

Vaya, había cometido un error. ¡Qué raro!

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Harry caminaba de un lado a otro de la sala de espera de San Mungo, mordiendo nerviosamente la uña de su pulgar derecho. Estaba molesto y nervioso. No le gustaba llamar la atención y era precisamente eso lo que estaba haciendo; era perfectamente consciente de que la mayoría de los presentes, incluidos sanadores y enfermeras, lo estaban viendo y murmurando a sus espaldas. Estaba acostumbrado a esa clase de reacciones, después de todo había convivido con ello desde que se había enterado de quién era en realidad, sin embargo, en ese momento no estaba de humor para esa situación.

Había llegado desde hacía poco más de una hora llevando a un aparentemente muerto Draco Malfoy en los brazos. Cuando lo había encontrado inconsciente en el suelo del chalet, sin respirar, no dudó por un solo momento en buscar ayuda; se había puesto tan nervioso que ni siquiera se había percatado de que el rubio sí que respiraba, sólo que apenas se notaba. Desafortunadamente, pudo darse cuenta de que Draco no era muy bien recibido en el hospital mágico pues nadie ardía en ganas de atender al hijo de Lucius Malfoy, mano derecha del caído Señor Tenebroso.

Aun con sus influencias y su popularidad no logró que los atendieran con rapidez, todo lo contrario, tuvo que entrar directamente al despacho del director y amenazar con levantar un acta ante el Ministerio de Magia.

Una vez que había dejado que los sanadores se llevaran a Draco, no pudo dejar de pensar en si éstos lo tratarían de forma correcta y profesional. En verdad quería creer que así sería y se obligó a tragar las amenazas que tenía en la punta de la lengua si es que se llegaba a enterar de algún maltrato para el joven pintor. ¡Por todos los Dioses, Malfoy también era un ser humano! ¡No podía ser posible que, aun después de pagar su condena en Azkaban, tuviera que pasar por esa clase de cosas!

Entonces recordó las tristes palabras que Hermione le había dicho hacía poco más de una semana:

¿Sabes, Harry? No sé cómo es el mundo ahora, pero me da la impresión de que no es por lo que yo luchaba.

Él ya lo sabía, no tenía la necesidad de que otras personas se lo dijeran. Las consecuencias de la batalla contra Voldemort sólo se resumían en desgracias para ambos bandos; al final todo terminó en un derramamiento de sangre innecesario, pues muy pocas cosas habían cambiado desde aquel entonces: ahora eran los ex mortífagos el objetivo del rechazo.

A su memoria llegaban recuerdos de la forma en cómo Malfoy y otros igual que él eran tratados en las calles. Precisamente por eso decidió no dedicarle su vida a la sociedad como auror. ¿Para qué? Siempre habría situaciones como esas. ¿Acaso pensaban que arriesgaría su vida otra vez por una comunidad que incluso se negaba a vender comida a un ex convicto? Y era Malfoy quien solía llamarlo "San Potter". Qué ironía.

La visión de Draco Malfoy, orgulloso y soberbio, rechazando su ayuda, le trajo de vuelta a la realidad. El Slytherin era todo un cabezota, pero si algo debía reconocerle es que no había perdido su dignidad. Aunque por supuesto, aún seguía molesto de que éste le rechazara como si se tratara de la peste o algo parecido.

Llevó una mano a su frente y suspiró, intentando alejar la visión del delgado cuerpo de Draco, tirado en el suelo, apenas respirando. Eso había sido demasiado. Le traía muchos recuerdos dolorosos, fragmentos del pasado que había tratado de olvidar pero que, al parecer, seguían afectándole mucho más de lo que podía admitir.

Un par de enfermeras pasó frente a él, mirándolo con descaro, como si fuera un fenómeno de circo con dos cabezas. Harry apretó los puños con fuerza y se obligó a tranquilizarse, tenía que ignorarlas o acabaría haciendo algo de lo que podría arrepentirse después. Suspiró profundamente y giró hacia ellas.

―Disculpen, ¿podrían darme información sobre el estado actual de Draco Malfoy? ―el tono que utilizó había sido cortés y distante a la vez, esperaba que las mujeres se dignaran a contestar su pregunta; pero al parecer, les resultaba sumamente increíble, pues éstas compartieron una mirada rápida y nerviosa.

―L-Lo sentimos mucho, no estamos autorizadas a revelar datos confidenciales de los pacientes ―murmuró una a toda velocidad para después tomar a la otra mujer por el codo, instándola a caminar más de prisa.

¡Y una mierda con eso! ¿¡En verdad lo creían tan estúpido?

Las enfermeras se detuvieron con la recepcionista y murmuraron en su oído mientras dirigían una rápida mirada hacia él. Entonces Harry sonrió con desprecio y les dirigió una mirada venenosa, causando jadeos y murmullos escandalizados de las personas que se encontraban a su alrededor. Por supuesto, sabía que aún quedaba mucha gente resentida con él, por no haber cumplido su "destino" como héroe al dedicarse a luchar contra los tipos malos por ellos, cosa que casi todo el mundo había dado por sentado que haría.

Sus ojos se desviaron hacia la puerta que daba al ala de los pacientes y no pudo evitar sonreír al ver que ésta se encontraba abierta y sin ningún tipo de protección. ¡Qué triste era ver que muy pocos conocían al verdadero Harry Potter! Aunque por ahora eso le traía grandes beneficios.

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Una cegadora y blanca luz fue lo primero que vio al abrir los ojos. El aroma a líquidos antisépticos que flotaba a su alrededor era tan fuerte que casi lo hacía vomitar, torció la boca con disgusto al percatarse del lugar en donde se encontraba e hizo el intento de recordar cuáles fueron las circunstancias que lo habían llevado hasta ahí.

No pasaron ni cinco segundos cuando una poderosa ola de imágenes pasó justo frente a él, cortándole la respiración de golpe. Una vez que terminó el aturdimiento inicial, o eso esperaba, se permitió suspirar. Él mismo había decidido invadir el alma y los recuerdos de Harry Potter, esperando poder llegar hasta sus verdaderos sentimientos para así poder trabajar en sus cuadros y hacer que éste se marchara cuanto antes de su hogar. Todo producto de su debilidad, gobernado por el pánico de perder el control sin que Ullysses estuviera ahí para ayudarlo. Aunque en el fondo se lamentaba por ello, pues en verdad deseaba deshacerse de aquella agonizante sensación que amenazaba con hacerle perder totalmente la cordura en cualquier momento.

Draco alzó ambas manos, dejando que las palmas de las mismas le sirvieran como escudo contra la luz que se cernía sobre él y suspiró. Estaba en su límite, podía sentirlo, pero lo peor era saber que entre más tiempo pasara más terribles serían las consecuencias. Estaba tan sumergido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que la puerta se había abierto, dejando pasar a un atractivo hombre de bata blanca.

El sanador se dedicó a observar a su paciente mientras éste miraba distraídamente hacia el techo, ajeno a todo y a todos a su alrededor. Entonces sonrió. Ese niño no cambiaría nunca, aunque debía reconocerlo, esa era una de sus más grandes virtudes. Avanzó hacia el rubio con movimientos lentos, esperando no llamar su atención, pues así tendría una mejor oportunidad de estudiarlo. Desafortunadamente para él, el pintor tenía sentidos bastante desarrollados, bastó un sólo movimiento para que éste se diera cuenta de que ya no estaba solo.

―Espiar es de mala educación, ¿lo sabía? ―murmuró Draco con recelo, arrastrando cada palabra.

El hombre sonrió sin poder evitarlo y se acercó un poco más mientras el rubio bajaba las manos finalmente, aunque sin despegar la mirada del techo.

―A mí también me da gusto verte ―dijo el sanador con honestidad, dedicándole una mirada amistosa y serena.

En cambio, Draco le respondió con una mueca de desdén y frialdad.

―Por supuesto ―contestó el rubio mientras intentaba incorporarse de la cama. Pero no pudo hacerlo, pues una fuerza invisible lo rodeaba, atándolo mientras impedía todos y cada uno de sus esfuerzos por levantarse.

Draco alzó una rubia ceja y le dirigió una mirada curiosa, esperando una explicación de por qué se encontraba en esas condiciones. El sanador sonrió y negó con la cabeza, sacó su varita y apuntó hacia él.

―Lo lamento, pero aún no hemos terminado, Draco.

Los ojos grises del pintor se abrieron al mismo tiempo que un jadeó escapaba de sus labios. Entonces todo se volvió oscuridad. Otra vez.

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Cuando Harry abrió la puerta de la habitación de Malfoy, lo último que esperó era ver cómo uno de los sanadores lo atacaba con un Desmaius. Debía ser honesto, esas cosas no se veían todos los días en un hospital, sin embargo, la furia e indignación que lo recorrieron no le permitían pensar con claridad. Por instinto sacó su varita justo en el momento en el que el otro hombre se había percatado de su presencia. Éste intentó sonreírle, pero ya era demasiado tarde, tenía el hechizo justo en la punta de la lengua.

¡Depulso!

El sanador salió disparado, chocando violentamente contra la pared de la pequeña habitación.

La respiración de Harry era pesada y jadeante, producto de la rabia que parecía cegarle sin remedio. El hombre yacía en el suelo, aparentemente inconsciente, incitándolo a propinarle una o dos patadas para desquitar la indignación que sentía, sin embargo, revisar a Malfoy era una prioridad. Quién sabe, quizá ya estaba muerto y él aún no lo sabía. Se acercó a la cama del rubio y retiró la manta que lo cubría, en busca de algún daño que pudo haber sufrido en su ausencia.

Fue entonces cuando su corazón casi dejó de latir.

Su antiguo rival estaba justo frente a él, tendido sobre las sábanas blancas de la cama, durmiendo plácidamente e inconsciente de su vulnerable condición. Harry se obligó a tragar saliva y a desviar la mirada por un momento. Frente a él estaba Draco Malfoy, desnudo. Cada centímetro de la blanca y cremosa piel expuesta ante sus ojos, los cuales intentaba desviar hacia cualquier otro lado, pero estos se negaban a obedecerle, seducidos ante la visión de aquel torso lampiño y de aquella delgada cintura que, aunque ya la había visto antes, nunca le había llamado la atención. Entonces su mirada viajó hasta el sur, cautivado por las largas, delgadas, y torneadas piernas, cubiertas únicamente por algunas vendas que cubrían parte de sus muslos. No eran solo sus brazos, también las piernas y su torso estaban llenos de vendajes.

Eso lo trajo de vuelta a la realidad, aunque no lo suficientemente rápido.

Expelliarmus ―dijo una voz detrás de él, arrebatándole la varita antes de tener siquiera una oportunidad para reaccionar.

Harry se maldijo interiormente por ser tan estúpido y giró, encontrándose con el sanador que ahora sostenía dos varitas en las manos. Éste sonreía divertido mientras movía la cabeza en ambas direcciones. Entonces recordó que Malfoy seguía expuesto. Lo cubrió rápidamente con una sábanay después suspiró, avergonzado. Contrario a lo que esperaba, el hombre soltó una carcajada.

―No es como si no lo hubiera visto antes, ¿sabes? ―dijo el sanador entre risitas, haciendo brillar sus ojos azules.

El moreno abrió la boca, permitiendo que un jadeó escandalizado saliera por ella, cosa que pareció divertir aún más al hombre frente a él.

―¡Por todos los Dioses! ¡¿Crees que soy un violador? ―exclamó el mago, incrédulo. Éste negó con la cabeza y extendió la varita hacia él, regresándosela.

―Bueno, usted acababa de atacar a Malfoy y… ―murmuró Potter mientras guardaba su varita, sin poder evitar sonrojarse.

―No, no, te equivocas, muchacho ―dijo el hombre con tono tranquilizador, alzando ambas manos en una clara señal de paz―. Mi nombre es Louis von Grantz, soy el sanador asignado a Draco Malfoy, ¿lo ves? ―dijo mientras mostraba la insignia pegada a su bata blanca, la cual lo acreditaba como tal.

Harry se acercó un poco, solo lo necesario para comprobar si era verdad lo que le decía.

―¿Pediatra? ―preguntó el moreno mientras alzaba una ceja.

El hombre se encogió de hombros, restándole importancia.

―Puede que me especialice en niños, pero sigo siendo un sanador ―contestó Louis, sin parecer ofendido ante la desconfianza de Potter―. Además, no es como si mis colegas se pelearan por atenderlo.

―Seguro ―murmuró Harry mientras se cruzaba de brazos, dirigiéndole una mirada apreciativa al sanador.

Von Grantz no parecía tener más de cuarenta años pero como siempre, no podía dejarse llevar por las apariencias, después de todo, la longevidad de los magos era diferente a la de los muggles y su envejecimiento era bastante más lento, lo cual hacia muy difícil determinar la edad real de los mismos. Su cabello era de un castaño muy claro, casi rubio, contrastando con sus ojos azul cielo. Aunque lo que más llamaba su atención era la forma en cómo miraba a Malfoy, sonriendo melancólicamente.

Louis giró hacia él, con una mueca de curiosidad. Aparentemente lo había estado observando con demasiado interés.

―¿Eres amigo de Draco? ―preguntó el hombre mientras lo invitaba a tomar asiento en la silla junto a la cama del rubio.

Harry negó con la cabeza.

―No precisamente amigos… ―contestó el moreno con un murmullo, incomodo.

―Ya veo ―contestó el sanador, soltando una risita divertida.

Se acercó al pie de la cama y tomó el expediente que se encontraba flotando en el lugar, pasando las hojas rápidamente, asintiendo de vez en cuando. Después alzó la mirada hacia él, con un aire mucho más profesional.

―Aquí dice que tú lo has traído al hospital, ¿eso es verdad? ―preguntó Louis mientras lo miraba con extrañeza.

―Bueno, sí… ―Harry dudó un momento antes de contestar, pero al final lo hizo, de alguna manera sentía que era importante, aunque no sabía por qué―. Estábamos en su casa. La verdad no sé qué fue lo que hizo, creo que usó algo parecido a la Legilimancia conmigo, no estoy del todo seguro. Creo que fue un poco diferente.

El hombre lo miró en silencio por unos momentos, estudiando cada una de sus palabras.

―¿Eres bueno con la Oclumancia? ―preguntó el sanador después de un par de minutos.

Harry negó con la cabeza.

―Lo cierto es que no. Siempre he creído que es una técnica un tanto oscura y la verdad no me hace sentir muy cómodo que digamos ―contestó el moreno, torciendo la boca ante los desagradables recuerdos que le traía la mera mención de ese arte mágico.

―Puede que no lo sepas, pero Draco es muy bueno con los hechizos a nivel psicológico y mental. Quizá sería buena idea que consideraras el hecho de estudiar algunos métodos de bloqueo, de lo contrario, esto podría suceder otra vez ―dijo Von Grantz con tono un poco más personal.

Potter frunció el ceño ante el comentario, sin entender qué era lo que el sanador intentaba decirle. Por fortuna, éste era bastante perspicaz, así que no tardó en contestar a sus preguntas, aun cuando no se las hubiera expresado en voz alta:

―Como te dije, Draco es muy bueno en el arte de leer mentes. Seguramente intentó leer tus emociones y éstas eran demasiado intensas. Lo más probable es que se haya visto arrastrado por ellas, por eso está inconsciente ―Louis se llevó una mano al mentón y pensó por unos momentos, después alzó una ceja, mirándolo con curiosidad―. ¿Draco está trabajando para ti?

A Harry no le gustó que una persona desconocida le cuestionara tantas cosas, pero aun así le contestó.

―Podría decirse que sí ―masculló con disgusto.

―¿Cuántos cuadros te ha entregado? ―preguntó el hombre mientras leía el expediente de Malfoy.

―Ninguno hasta el momento.

―No lo entiendo, no se supone que esté tan debilitado… ―murmuró el sanador para sí mismo, ojeando todos y cada uno de los documentos que tenía en la mano―. ¿Tienes alguna idea de si ha estado trabajando en otros cuadros?

―Sí. Lo he visto trabajar en cinco lienzos diferentes, aunque al final no ha logrado completar uno solo ―contestó Harry mientras recordaba cómo Draco había acabado él mismo con ellos―. ¿Por qué la pregunta?

Von Grantz alzó la mirada hacia él y después frunció el ceño. Guardó silencio por unos cuantos segundos y suspiró.

―Entonces no ha tomado sus pociones… ―murmuró Louis para sí mismo, cerró la carpeta de golpe y le dirigió una mirada dolorida a Draco―. Eres mucho más necio de lo que esperaba.

―¿Disculpe? ―preguntó Harry, sin comprender.

El sanador negó con la cabeza y cambió rápidamente de tema.

―Me vi en la necesidad de aturdir a Draco porque él nunca permitiría que yo atendiera sus heridas que, como bien puedes ver, son muchas ―dijo el hombre con una pequeña sonrisa, aunque ésta no alcanzó a llegar a sus ojos―. Quizás no me creas, pero Draco no se ha portado muy bien las veces que ha estado en este hospital.

Quizás no fuera muy astuto, pero tampoco era un idiota. Harry sabía distinguir cuando alguien no era completamente sincero y en este caso no era la excepción. Louis se puso de pie, caminó alrededor de la cama de Draco y solamente se detuvo hasta que estuvo frente a su rostro. El sanador sonrió mientras quitaba algunos mechones platinados de la frente del rubio y entonces murmuró algo que sólo él pudo comprender. A Harry no le pasó desapercibido el brillo paternal que había aparecido en los ojos del otro hombre.

―Ya veo... ―musitó el moreno mientras hacia una pequeña nota mental al respecto.

―Ahora voy a revisarlo, ¿podrías dejarnos solos?

―Claro, lo siento ―dijo Potter, poniéndose de pie apresuradamente. Se dirigió hacia la puerta, pero la voz del sanador lo detuvo.

―Antes de que se me olvide, ¿podrías hacerme un favor? ―preguntó Von Grantz, girando hacia él mientras soltaba una risita amistosa.

Harry lo observó en silencio desde el marco de la puerta y asintió. De alguna manera, sentía que ese hombre no tenía malas intenciones.

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Draco abrió los ojos, aterrado, mirando de un lado a otro del oscuro lugar en donde se encontraba. Lo único en lo que podía pensar era en aquella extraña sensación que recorría sus manos. Pegajosa e inesperadamente tibia. Intentó ponerse de pie, pero un peso sobre sus rodillas no se lo permitió.

Una sonora carcajada se escuchó por todo el lugar, dejando que su timbre malévolo recorriera cada parte de su cuerpo, arrancándole estremecimientos involuntarios. Sabía quién se reía, pero aún no entendía el por qué. Su mente aún estaba algo adormecida y eso no le dejaba pensar con claridad.

Entonces se encendieron las luces, encegueciéndolo por unos instantes. Se llevó una mano al rostro, intentando cubrirse. Fue cuando las sintió, espesas gotas rojas cayendo sobre su rostro. Preferiría haber muerto antes de darse cuenta de la espantosa realidad. Desafortunadamente para él, eso sólo era el inicio.

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Ullysses estaba de pie frente al antiguo cuadro de Draco, observando en silencio cómo éste caminaba de un lado a otro de la pequeña biblioteca en donde se encontraba. Sus ojos negros brillaron por un momento, proyectando la melancolía que se negaba a expresar en voz alta. No pasaba un día en que no se preguntara sobre lo que pudo ser, sin embargo, su naturaleza oscura le permitía un mejor dominio sobre sus emociones. Algo que agradecía profundamente, pues aun con todo su autocontrol, los siglos de vida y experiencias, el vacío seguía siendo demasiado grande.

La puerta del chalet se abrió entonces, dejando pasar a un jadeante y sonrojado moreno de ojos verdes. El kelpie giró lentamente y le dedicó una mirada hueca a Harry, quien parecía querer saltar a atacarlo en cualquier momento. Sonrió con ironía para sí mismo. Era un imán para esa clase de gente después de todo.

Harry vio con ansiedad como Ullysses giraba hacia él por completo, sin quitar esa mirada vacía y sin emociones de su rostro. Avanzó un paso e intentó subir por las escaleras, sin embargo, la criatura se interpuso, llegando hasta él con un salto.

―Draco no está aquí ―dijo Ullysses con voz serena mientras lo taladraba con sus ojos negros.

El chico se obligó a no ceder ante el estremecimiento que esa mirada sobrenatural causaba en él y asintió, consciente de que en ese momento había cosas mucho más importantes de las cuales ocuparse.

―Eso lo sé, se encuentra en el hospital ―contestó Harry con seriedad.

Al tratarse del guardián de Draco, pensó que la criatura reaccionaría de alguna manera, aunque no podía predecir cuál. Por supuesto, sabía que la esencia de Ullysses era maligna, por decirlo de alguna manera, pero aun así creyó que le importaría.

Se equivocó.

―Entonces deberías irte ―murmuró el kelpie mientras se encogía de hombros, restándole importancia a lo que había dicho.

Harry apretó los puños y cerró los ojos intentando controlarse. Un enfrentamiento sería algo estúpido, lo sabía.

―Sólo he venido por algo de ropa para Draco, la necesitará ―comentó el moreno mientras caminaba hacia las escaleras.

Ullysses lo siguió con la mirada, pero nada más.

Harry abrió la puerta de la habitación de Draco, nervioso, pues en verdad no sabía qué esperar. Los últimos acontecimientos le indicaban que había muy pocas cosas que podían ser seguras con respecto al rubio, por eso debía ser precavido. A simple vista era una habitación común y corriente, antigua, muy al estilo del Siglo XVI. Los muebles le daban un toque sobrio y elegante, común en familias ostentosas y adineradas. Esperaba encontrar algún detalle personal que hablara sobre el dueño del lugar, pero no lo encontró. Ni un solo cuadro o fotografía, nada, ni siquiera un libro sobre el pequeño escritorio que estaba junto a la ventana. Nada. Aparentemente, Draco apenas y usaba la habitación para dormir.

Frunció el ceño y caminó directo hacia el closet, ignorando la curiosidad que sentía. ¡No estaba ahí para espiar! Tomó una sencilla camisa, un suéter y unos pantalones; buscó algunos zapatos pero todo lo que encontró fue un único par de botas. Buscó entre los cajones del buró y sacó unos boxers negros, alejando con rapidez las incomodas imágenes que comenzaban a cruzar por su mente.

Escondida entre la ropa vio una caja pequeña y de color negro. Harry alzó una ceja y la tomó, alzándola hasta su rostro para poder observarla a detalle. No tenía nada de especial, ni siquiera tenía un seguro, por lo que supuso que dentro no habría nada de valor. Se corrigió mentalmente, seguramente era algo de valor emocional, por lo que era mejor dejarla en su lugar. No tenía intenciones de invadir más la privacidad de Malfoy. Tomó las cosas y las guardó dentro de una bolsa, la cual encogió con un rápido movimiento de varita.

Estaba tan concentrado en su labor que no se percató de que Ullysses lo había estado observando con la puerta entreabierta, vigilando todos y cada uno de sus movimientos. La criatura se alejó una vez que se dio cuenta de que Harry había terminado con su labor, caminó lentamente por el pasillo y se detuvo hasta quedar justo frente al cuadro, vacío por el momento.

―Veo que aún no aprendes, Draco ―murmuró la criatura mientras dos pequeñas espirales blancas aparecían en sus ojos.

Entonces siguió con su camino.