Bienvenidos de vuelta al fic dónde no mato nadie... (por ahora, jejeje).
Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece, le pertenece a ese hombre que tuvo la desfachatez de pedirme la mano en matrimonio y no darme nada en mi ajuar, solo disgustos.
Pairings: escritas en mi perfil con todo detalle.
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- Rivaille, tranquilízate y toma asiento. Deja de dar vueltas por mi despacho. Debajo hay aulas ocupadas y el ruido es molesto.
- ¡Es inaudito! ¡Una semana! Lleva una semana sin cogerme el teléfono, ¿se puede saber que le ocurre? - propinó una fuerte patada contra el mueble contiguo a la pared haciendo crujir la madera de la base.
- No creo que sea necesario que maltrates mi mobiliario de esa forma. Si dañas algo, te lo haré pagar.
- ¡Me da igual tu estúpido mobiliario!¿¡Por qué no coge mis llamadas!?¡Lleva demasiado tiempo sin trabajar en su tesis!¡Va a retrasarse!¡Es necesario que sigamos teniendo las tutorías!
- Dudo mucho que su tesis sea lo que te preocupa – se levantó de su asiento y se dirigió a la pequeña máquina de café para servirse una taza humeante - ¿Qué ocurrió la última vez que la viste? ¿La volviste a besar? ¿Pasaste la noche con ella acaso?
- …...
- Por ese silencio deduzco que volviste a olvidar tu posición como docente.
- …...
- Me arrepentiré de sugerirte esto en cuando lo diga. Pero, si tanto la echas de menos, deja de gritar en mi despacho y ve a verla.
- No he dicho que la echase de menos.
- Defínelo como tú quieras, pero mientras has estado aquí te has encargado de destrozar la mitad de la habitación. Si tantas ganas tienes de dar patadas, ve a su casa y hazlo allí.
Refunfuñó en voz baja y comenzó a dirigirse a la puerta para abandonar el lugar.
- Ah, y Rivaille – su tono de voz sonó más prepotente que de costumbre – Si vas a ir a verla, será mejor que le lleves un detalle bonito. Se romántico por una vez en tu vida. Si no la chica pensará que es algo pasajero, nada más.
Le miró amenazadoramente y se encargó de dar un portazo lo suficientemente fuerte como para desencajar las bisagras del marco y dejarla semisuspendida.
- Esto te lo rebajaré de tu sueldo – musitó en voz baja.
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Olor a madera y viejos libros polvorientos. Debido a la afluencia de las grandes tecnologías aquel sitio se encontraba inhabitado. Una auténtica pena, la información que se hallaba allí recogida no se encontraba mediante ningún medio tecnológico.
Por otro lado, los asientos solían ser bastante incómodos. Debido a la renovación del mobiliario para atraer a más estudiantes, las previas sillas con respaldo y acolchado habían sido sustituidas por bancos de aluminio algo desgastados y en su mayoría ya rallados por los jóvenes universitarios.
Había algunas parejas que no podían resistir la tentación de dibujar corazones o sus iniciales sobre ellos. O incluso de hacer hendiduras con sus propias llaves. Como sea, era una pena el tratamiento que se tenía del patrimonio de la universidad.
No solía ir allí a estudiar, prefería hacerlo en casa. Pero ese día había sido mejor salir de allí. Hanji llevaba un tiempo encontrándose mal y era mejor dejarla descansar, sin hacer ruido.
Silencio, solo silencio en aquella raída biblioteca. E intimidad. Podía oír a la perfección los arañazos que hacía el bolígrafo sobre el papel donde su amigo tomaba notas concentrado.
- Si no entiendes algo puedes preguntarme – apoyó su cabeza sobre el escritorio de contrachapado mirándole con atención – He venido para eso.
- No, no... P-por ahora lo entiendo todo – disimuló su inmensa alegría por estar recibiendo aquel apoyo de su pequeño ángel. Nunca habría imaginado que ella llegaría a ayudarle en sus estudios.
- Ya, pero estoy aburrida. Me canso de estar aquí sin hacer nada – detuvo su mano que no paraba de tomar apuntes generando un pequeño temblor en la misma - ¿Por qué no te pregunto y así repasas?
En blanco, estaba en blanco. Mientras ella le sonreía abiertamente, él solo podía centrar su atención en el contacto de sus manos, tan suaves, tan tiernas. Silencio, demasiado silencio. ¿Podría oír los fuertes latidos que emanaban de su pecho?
Interiormente le pedía a su organismo que se detuviese o terminaría muriendo de un infarto.
Se relajó y miró la gran montaña de apuntes que había recolectado durante ese tiempo y tenía que aprender para la siguiente semana. Los meses anteriores de dejadez le pasaban ahora factura. Si quería llegar a esa opción universitaria, tenía que esforzarse.
- D-de acuerdo.
Respiró profundamente y esperó que el sonido melodioso de su voz no le distrajese de responder a las preguntas. Lo último que quería parecer ante ella era un chico vago y que no prestaba atención en clase. Sin duda, este era su momento de lucirse ante ella.
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Sus cinco clásicos toques al timbre. Ya comenzaba a aporrear la puerta. No le cabía duda de quién se encontraba al otro lado. Se apoyó como pudo en la pared y descorrió todos los cerrojos. Ya pensaría como echarlo. No se encontraba con ánimos de escucharle sus sermones sobre el trabajo duro, el esfuerzo y todas esas memeces.
Menos después del último día que se habían visto. Se sentía realmente mal por no ser capaz de arrepentirse de lo que había hecho. Incluso había llegado a gustarle encontrarse en esa situación, que fuese a verla. Encima Petra, tan amable como siempre, se había ido esa tarde de casa con Auruo para dejarle dormir tranquila.
Fueron cerca de cinco o seis veces las que le rechazó antes de aceptar su propuesta. Siempre obsesionada por ser fiel a su amiga. Sin ser capaz de contarle la verdad. Huyendo, como una cobarde.
Pero aceptó, hacía justo una semana de ello. Ir a un restaurante. Al que él había insistido en ir. Nada de los que ella acostumbraba, sino un sitio realmente caro. Demasiado elegante para una simple cita. Se preparó mentalmente para no cometer más deslices. Aunque realmente no sabía como evitarlos.
Ni tan siquiera intentó arreglarse, se presentó con su habitual vestimenta. Pantalones y camiseta, nada más. Pero su vestimenta nunca fue lo que conseguía mantener a raya a aquel extraño profesor. Fuese lo que fuese que había visto en ella, no iba ligado a su aspecto físico.
Una mesa apartada, comida deliciosa. Y un ligero paseo hasta su apartamento. Su error, aceptar ver una película en casa de él, no sabía porqué, pero no quería separarse tan pronto. Caer de nuevo.
Sentarse a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, sin apenas prestar atención a la película mientras Rivaille la cubría por la cintura y la apretaba contra él.
Le reconcomía la conciencia. Se encontraba tan a gusto, que su cerebro decidió conectar permitiéndole deslizar sus pestañas hasta perder la consciencia. Tan solo dormir en aquel sofá donde podía sentir como su cuerpo se hundía.
Horas más tarde un ligero golpeteo en la cornisa del balcón la desperezó. Su cabeza estaba apoyada sobre sus muslos y él descansaba a su lado apoyado en un enorme cojín. No, eso no era lo correcto. Dudas, arrepentimiento, no había hecho lo que debía hacer.
Sabía que no había hecho nada más que dormir a su lado. Solo eso. Nada más había ocurrido, pero el pesar que sintió aquella madrugada helada fue suficiente para que decidiese partir sin tan siquiera despertarle.
El rocío coronaba los tejados de los edificios y el asfalto. Generando una hermosa pátina brillante. Pero helada, muy helada. A pesar de haber entrado en marzo, aún había amaneceres tan fríos como el más duro invierno.
Ese día lo había sido. Caminar corriendo hasta allá bajo ese clima no había sido una buena elección. Y ahora pagaba las consecuencias. Quizás fuese el karma por no ser honesta con Petra. O quizás era su falta de arrojo la que le había provocado esa situación. Fuera cual fuese la respuesta, no podía repetirse más.
No podía dejar que su imaginación se dejase llevar de nuevo. Ante el último golpe en la puerta terminó de abrir la última cerradura y un leve rayo de luz se proyectó desde el exterior.
- Rivaille, hoy no me apetece trabajar, ¿para que has venido?
- Llevas una semana sin cogerme el teléfono – parecía que acababa de levantarse. Tan solo presentaba un pijama, una bata y unas zapatillas. ¿A qué debía ese aspecto tan desastroso? - Estás pálida, ¿te encuentras bien?
- Solo es un resfriado – se giró dispuesta a volver a su habitación ignorándole – Puedes irte si quieres, cierra la puerta al salir.
Sus piernas temblaron durante unos instantes y perdió el equilibrio apoyándose en la pared. Mareos, nauseas. No era un simple resfriado. E iba a peor. Cada vez peor.
Se sintió desfallecer y a punto de caer despedida hacia el suelo. Rivaille la agarró por el hombro sin dejarla hacerlo. Sintió como la cogía por las piernas y bajo las axilas, mientras la apoyaba contra su hombro. Durante el camino en que era llevada en brazos hasta su cuarto, su cabeza se negaba a hacerle caso a su razón. No debes sentir esto.
Hacía rato que había dejado de intentar convencer a su corazón.
- Deberías haberme dicho que estabas enferma, idiota – ni siquiera parecía quejarse debido a su peso. Como si no le costase nada.
- Estoy bien... - el tono febril de su voz indicaba justamente lo contrario – vete a casa. Solo necesito descansar un poco.
- Te recuerdo que soy licenciado en medicina. Y tengo un doctorado, legalmente estoy capacitado para tratar esta clase de síntomas.
- …
Era incapaz de negarse a esas atenciones. Por mucho que intentase resistirse, su cerebro le indicaba justo lo contrario. Relajarse de nuevo con él solo indicaría una cosa. Volver a caer.
La gruesa manta la tapaba con fuerza sin apenas permitirle moverse. El tacto helado del termómetro en su axila y su mano en la frente contando el tiempo mientras le tomaba la temperatura. Se notaba que era un profesional en ese sistema.
- Tienes mucha fiebre. No me gusta, ¿has tomado algún antibiótico?
- Sí, pero creo que no me hacen efecto.
- Tú no sabes de esto. Seguro que no te has tomado bien las dosis. O, conociéndote, te habrás olvidado de la mitad – su mano llegó hasta su garganta tocando su tráquea – Tienes inflamación, probablemente faringitis. ¿Te duele al tragar?
- Un poco – sus dedos ascendieron hasta sus labios indicando claramente sus intenciones – Estoy cubierta de gérmenes, puedo contagiarte.
- Estoy vacunado. Y no me importa arriesgarme.
Tal y como pensaba, ni siquiera intentó detenerlo. Durante toda aquella semana había añorado aquel tacto húmedo recorriendo la cavidad de su boca. Por más tiempo que pasase más grande se volvía aquella ansiedad. Aquella necesidad de su contacto. Se sentía como una víbora al no ser capaz de detenerse. Sino que intentaba mantener más y más aquel dulce beso.
Obligada por él, se cambió la ropa sudada y se lavó la cara. Cuando salía del baño para recostarse nuevamente se lo encontró sentado en su silla de trabajo con una bandeja con caldo humeante.
- Come – ordenó.
- No quiero comer.
- Me da igual lo que quieras, he dicho que comas – continuó insistiendo.
Era imposible discutir con él. Se sentó sobre la colcha y aspiró el dulce aroma de la sopa con fideos. El típico plato que solían hacerle sus padres cuando era pequeña. El sabor no era para nada el mismo, insípido y sin sustancia. Aunque al menos había intentado prepararle algo. Le recordaba a los primeros guisos de Petra al comenzar a vivir juntas y le hizo sentir mal.
- Gracias – murmuró en un tono apenas audible – Está asqueroso – rió.
- ¿Por qué no has cogido el teléfono? Por mucha fiebre que tengas, eso no te suponía ningún esfuerzo.
- No debía hacerlo.
- ¿No debías?
- Ya sabes lo que pasó la última noche.
- No pasó nada especial que yo recuerde.
- No debimos hacer eso. Esto solo acarreará problemas.
- Me da igual si me despide la universidad. Y a tí no van a suspenderte.
- No he querido decir eso...Rivaille, podías haberme despertado o haberte ido a tu cuarto, ¿por qué te quedaste conmigo?
- Lo prefería así – parecía detectar un halo de culpa incomprensible para él – Si te molesta, ya hablaremos otro día de ello. Será mejor que te acuestes. Me quedaré aquí hasta que te quedes dormida.
- Gracias.
Sus dedos acariciaban los mechones que caían sobre su frente, igual que aquella noche. De la misma manera, no le había costado nada quedarse dormida a su lado. Su error, su gran error. La razón por la que su conciencia no le dejaba en paz. Pero al mismo tiempo, su debilidad.
¿Qué sentía realmente? Quizás fuese solo afecto o cariño, nada trascendental. Se había jurado a sí misma que si pasaba el tiempo suficiente desaparecería de su mente. Incluso, si su amiga conseguía acercarse a él lo suficiente, se acostumbraría a verlos juntos. A pesar de que una fuerza extraña le dijese que no era eso lo que quería.
¿Qué importaba lo que quería? Primero iba Petra, su felicidad. Eso era lo importante. Nada de egoísmo por su parte. Solo eso. Solo...
Sus palabras comenzaban a quedarse suspendidas en el vacío mientras conseguía quedarse dormida, gracias a aquellos suaves roces.
Se quedó un rato más comprobando que la fiebre comenzaba a disminuir. El calor que emanaba de su frente la empapaba en sudor. Parecía sufrir en sus sueños. Movimientos inconscientes y espasmos.
Nada bueno, posiblemente estaba delirando. No parecía haber aumentado, pero quizás la batalla interna de sus anticuerpos había hecho que le bajasen las defensas. Una mera pesadilla, nada más. Le pasaría pronto.
Aún así, no podía abandonarla. Sin ser consciente de lo que hacía se tumbó a su lado y la abrazó de la misma manera en que llevaba tiempo deseando hacerlo. Solo que esta vez, no era preso de su imaginación.
Parecía algo más relajada y deslizó el peso de su cabeza hasta su pecho. Solo deseaba que aquel contacto se mantuviese por siempre y nada le obligase a separarse de nuevo.
Solo serían unos minutos. Descansaría unos minutos y se iría de allí. Se mintió a si mismo mientras cerraba lo ojos.
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Era raro. La puerta estaba abierta. Apenas metió la llave en el ojo de la cerradura cedió al instante. Quizás estaba despierta y había salido a comprar algo para comer, al sujetar el pomo con la mano recordó que se había olvidado de dejarle algo preparado.
Estaría hambrienta. Hanji era incapaz de entrar en la cocina, pero por alguna extraña razón había platos recién lavados frente al fregadero. ¿Había cocinado?
- Espera un momento aquí, Auruo, voy a ver que tal está – dejó su mochila en la mesa del comedor y se paró frente a la habitación de Hanji.
- De acuerdo, esperaré aquí.
Tocó a la puerta por si acaso sin obtener respuesta. Posiblemente se hubiera vuelto a la cama. Sería de esos pocos días en los que le permitiría dormir hasta tan tarde. Si al día siguiente se encontraba mejor, la pondría a limpiar. Esa semana de reclusión había convertido su habitación en un estercolero.
Tras tocar una segunda vez, abrió lentamente y asomó la cabeza con cuidado.
- Hey, ya no es hora de estar pegada a la almohada. Venga, vamos, te haré la ce – se detuvo sin ser capaz de afrontar lo que veían sus ojos.
La cama estaba algo desecha y en vez de estar ocupada por quién acostumbraba a ver, ahora había otra persona durmiendo en ella. Rivaille y Hanji. Como si de una pareja se tratase, su antiguo profesor la rodeaba y la pegaba contra él, mientras Hanji respiraba profundamente en su cuello.
Traidora. Fue lo único que pensó mientras sus ojos comenzaban a dolerle cada vez más. El mundo se volvió borroso. El agua cristalina que emanaba de sus lacrimales le ayudaba a borrar esa imagen de sus retinas.
Pero permanecería por siempre en su corazón.
Giró sobre sus talones y corrió lejos de allí, sin dar explicación alguna.
Auruo, preocupado, se acercó a la habitación abierta y vio el motivo de su preocupación. Lo había sospechado, pero ahora sabía que era cierto. Ella sentía algo por ese profesor. No podía competir. Lo que esperaba constatar desde hacía meses llegaba por fin a sus neuronas. La dura realidad.
Aquella mentira que había creído comenzaba a esfumarse. Sabía que no tenía porqué albergar esperanzas, que se conformaba con pasar tiempo con ella. Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Sin dudarlo un instante salió de allí tras ella. La interceptó en mitad de la calle y la abrazó sin dudarlo. Ella cayó de bruces en el suelo llorando desconsolada. Lo sabía, esa era la realidad. Solo podía conformarse con ser su amigo. Y esto era todo lo que podía hacer por ella.
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Un fuerte portazo. ¿Había venido alguien? Se despertó sobresaltada y justo frente a sus ojos solo llegó a ver una pequeña porción de piel blanquecina. El cuello de Rivaille. Se incorporó poco a poco y supo entonces que había pasado.
- Mierda...
Aún rodeaba su cintura con los brazos de manera cálida y protectora. No era su intención haberla dañado. Pero había sido la única consecuencia. Se apartó de él y le zarandeó levemente. Sabía que se arrepentiría de la decisión que iba a tomar.
Sus párpados se levantaron dejando ver sus iris grisáceos. Parecía reconfortado de ver que durante ese escaso par de horas había mejorado. Se acercó a ella y la besó tranquilamente en los labios como otras veces, solo que esta vez no obtuvo respuesta.
- Vete – se mordió el labio con impotencia. La culpa, dichosa culpa.
- ¿Qué ocurre?
- ¡He dicho que te vayas! - el eco de su enfado resonó por toda la habitación, interrumpido por su tos.
- Hanji,... cálmate. Vas a ponerte peor.
- ¡Quiero que te largues de aquí inmediatamente! – la culpa, que quema su garganta y no le permite tragar - ¡Si continúas aquí volveré a hacerle daño! ¡Y no quiero repetirlo!
No necesitaba saber a quién se refería. Era un secreto a voces, fácil de deducir. Por eso mismo había intentado que fijase su vista en aquel mocoso que iba detrás suya todo el día y que parecía tratarla tan bien. Continuar albergando esos sentimientos hacia su viejo profesor solo la confundiría más.
- No estoy interesado en Petra – afirmó – Lo estoy en t-
- ¡Me da igual quién te interese! - le interrumpió empujándole fuera de aquellas sábanas calentadas por el contacto de ambos - ¡Solo quiero que desaparezcas! ¡Desaparece de mi vida de una vez!
- ¿Es eso lo que quieres?
- …..S-sí...
La culpa. Aquello que te hace tener arrepentimiento sobre algo hecho en el pasado. Imposible de arreglar. Imposible de solucionar. La culpa. Por culpa de ese sentimiento separaría a una persona importante de su vida.
Pero había elegido. Su mejor amiga frente a cualquier hombre. Ella siempre tendría prioridad, fuese cual fuese la situación. Desde hacía tiempo. Como había elegido Petra tiempo atrás a Hanji. Una deuda inseparable de por vida.
Fue una despedida tan sutil que ni tan siquiera oyó la puerta cerrarse al salir. Tampoco fue consciente del paquete envuelto en celofán gris que dejó sobre el escritorio. Una pequeña muestra de un insecto prehistórico fosilizado en resina. La culpa. Y luego, lágrimas sin poder contenerlas dentro de su ser. ¿Habría tomado la decisión correcta?
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Tirar una moneda al aire. Si sale cara pierdes, si sale cruz, ganas. El azar es más fácil que cualquier otra disciplina. Se basa en la mera pervivencia de dejar tu destino a manos de algo incierto y descontrolado para tí. Pero siempre hay dos opciones: una buena y una mala.
Elijas lo que elijas, tendrás siempre dos posibilidades. El resto, puras supersticiones. No obstante, su moneda se había negado a salir aquel día de su bolsillo. Ni siquiera había echo el amago de arrojarla hacia arriba para ayudarla durante aquellos difíciles momentos.
A su espalda, una pequeña bolsa de tela con cosas imprescindibles. Solo lo necesario, no pudo sacar más durante aquella fuerte discusión. Tan solo se permitió coger dos cosas adicionales, una vieja foto de ambas y un recuerdo de su error que no vio en su momento. Recordatorio de por vida del mayor error que había cometido.
En el bolsillo derecho de su pantalón, las llaves de su nuevo hogar de acogida. En su mano izquierda un papel de color crema y tipografía dorada alrededor.
Sus pasos se arrastraron por las briznas de hierba que quedaban junto al edificio principal. Un extenso pasillo de color aceitunado y al fondo un corredor con varios despachos. Buscó al que se dirigía y sujetó más fuertemente el papel.
Al llegar a la intersección observó el letrero de salida a su izquierda y estuvo tentada de salir por ahí y olvidar sus intenciones. Pero no, ya había fallado demasiado. Ahora debía tomar responsabilidades.
Giró el mango de metal y entró en aquella diminuta oficina.
Se sentó enfrente de una mujer excesivamente maquillada que sonreía con parsimonia. Realmente hipócrita. Falso, mentira. Como lo que ella iba a hacer. Mentirse a sí misma.
- Me llamo Hanji Zoe, vengo a entregar un formulario.
- Bienvenida, señorita Zoe. ¿Lo ha rellenado correctamente?
- S-sí.
- De acuerdo, deme unos minutos mientras introduzco los datos.
Mientras aquella chica tecleaba en su ordenador leyó por última vez el encabezado del papel arrugado.
Solicitud de cambio de profesor asistente
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Los cordones de sus zapatillas caían a los lados, desanudados y ligeramente corroídos por la caminata que llevaba aquel día. Se agachó y los volvió a atar, resoplando con tristeza. Aquel mismo gesto había sido el que le había llevado a conocerla.
Se sacudió la cabeza con la mano eliminando aquellos pensamientos de su cabeza. Optimismo, ante todo optimismo. No había recorrido todo aquel trayecto en vano. Iba a ver a una amiga, por la que estaba preocupado.
Conocía perfectamente sus horarios diarios. Los habían discutidos mil veces cuando habían quedado. Era jueves. Los jueves por la mañana iba a ver a su asesor en la tesis. Eso indicaba que estaría en la universidad. Sería fácil encontrarla. Aunque fuese necesario saltarse las clases un día.
Con ese pensamiento en su cabeza terminó el nudo de su calzado y se puso en pie.
Aquella empinada escalera. Solo alguien lo suficientemente loco como para querer un despacho allí era suficientemente digno como para ser su profesor. Al llegar allí descansó unos minutos recobrando el aliento perdido.
Cuando él se graduase, tomaría a otro profesor que tuviese un despacho en la planta baja para su tesis.
Tocó la madera con firmeza y recibió una orden indicándole que podía entrar desde el exterior.
- H-hola, buenos días,... - vaciló unos instantes – Me llamo Auruo Bossard, estoy buscando a Petra Ral. Tenía entendido que tenía tutoría con usted hoy.
- Pasa muchacho – aquel hombre se puso en pie y parecía estar reforzando algunas zonas con tablas y clavos, como si un terremoto hubiese pasado hace poco por allí – ¿Eres alumno de la universidad? No me suena tu cara. Como vicerrector conozco a casi todos los alumnos.
- N-no. Solo soy un amigo de Petra. Venía a buscarla aunque... - paseó su mirada por la lujosa habitación que presentaba extraños parches de arreglos que habían sido colocados hace poco – No la veo por aquí...
- Petra estuvo aquí hasta hace un momento. Recibió una llamada y salió a recibir a alguien – continuó con la base del escritorio sujetando un martillo de madera – Si quieres, puedo decirle que has venido. Auruo, ¿verdad?
- S-sí. Gracias señor Smith.
- No te preocupes. Pero a cambio hazme un favor, ¿se te da bien el bricolaje?
Invirtió un par de horas más allí ayudando a aquel hombre de mediana edad. Por lo visto, un viejo amigo suyo se tomaba algunas concesiones con su despacho cada vez que algo le pasaba. Luego le tocaba a él recibir las consecuencias de su testarudez y sus enfados.
Parecía un hombre agradable y bastante comprensivo. Comenzaba a entender porqué Petra le había elegido para su tesis. Era todo un ejemplo a seguir. Se atrevió a confesarle que quería estudiar allí tras terminar sus estudios y el vicerrector se alegró inmensamente de la noticia. No le faltaría el apoyo en sus primeros años de carrera.
Tras aquella larga conversación, comenzaba a ver todo desde una perspectiva distinta. Salió del edificio principal y calculó mentalmente como sería el trayecto de vuelta a casa. Había fallado ese día en encontrarla. Lo intentaría la semana siguiente.
El pequeño desnivel de la acera le hizo inclinarse un poco para ver que su cordón había terminado de ceder y se había roto. Tendría que quitarlo entero y ajustarlo de nuevo para poder cerrar sus zapatillas.
Se sentó sobre el asfalto mientras los estudiantes pasaban a su lado dirigiéndose a sus clases. Un grupo de chicas que llevaban unas batas de laboratorio llamaron su atención y no pudo evitar prestar atención a lo que decían.
- Pues sí, ha vuelto con él. Os lo juro, la he visto esta mañana – vulgares cotilleos.
- Me sorprende, tenía entendido que no quería volver a saber nada más de él tras lo que pasó – no se diferenciaban mucho a sus compañeras, también hablaban de la misma forma.
- Petra tiene que sentir algo muy fuerte para estar de nuevo con Kabei - ¿Petra? ¿Su Petra? ¿Y quién era ese tipo? - Ya fueron novios durante muchos años. Algún lazo fuerte deben haber tenido. Pasase lo que pasase.
- Eso no te lo niego. La manera tan melosa en que estaban en el paseo de allí arriba me recordó al pasado.
- Como sea, es un asunto aburrido. ¿Os habéis enterado que el profesor tuvo un lío con una alumna?
- ¿Sí? Que envidia...- sus voces se perdieron en la lejanía mientras entraban.
No cabía dudo, hablaban de Petra. Ninguna otra, la que él mismo conocía perfectamente. Pero no sabía nada de su vida antes de conocerse. Había un chico. Otro chico que no tenía nada que ver con Rivaille.
No sabía como había asumido tan rápidamente que una chica tan guapa y agradable como ella no podría haber tenido un novio antes. Su relación se había visto truncada por alguna razón, pero parecían estar recuperando el tiempo perdido.
Un agujero negro se cruzó en su camiseta y comenzó a hacer pedazos lo que quedaba de su corazón. No quería ver aquello. Sufriría más. Pero, una vez más su razón le perdió la batalla.
Se escondió tras aquella pared y buscó su risa entre la gente. No fue difícil localizarla. Su pequeña figura mostraba unos pequeños pasadores de color crema a ambos lado de su cara, con forma de hueso. Se los había regalado Hanji hacía tiempo por lo que le había contado.
Llevaba un vestido azul que apenas cubría sus muslos y una chaqueta de color burdeos. Su cintura era asaltada por una mano desconocida que iba bajando poco a poco hasta su pelvis, de manera vulgar.
Parecía incómoda. Como si la estuviesen asaltando. Con las manos le empujaba hacia atrás y le miraba con desaprobación. Aquel no podía ser el novio que decían las chicas esas que oyó hablar. Quizás era un mero asaltante del que no sabía como zafarse.
Se llenó de valor y se dispuso a separarla de aquel acosador cuando le agarró de la nuca y le besó frente a la multitud que pasaba por el lugar. Se quedó quieto en el acto. Petra aún mostraba incomodidad pero había dejado de intentar separarlo para sujetarse a sus brazos mientras su ropa interior era expuesta al público cuando ese chico levantaba su falda con la mano.
Suficiente. Había sido suficiente dolor por ese día. Contempló la risa de su pequeño ángel mientras ese desconocido le lamía la oreja hablándole en voz baja. Ella consultó su reloj de mano y asintió. Hundió la mano en su bolso y sacó un pequeño llavero.
Solo el mayor experto en puzzles podría recomponer todas las piezas que habían quedado esparcidas por el suelo. Adiós a su primer amor.
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Laia Caro va a sufrir mucho con este capítulo y yo también. Eso es todo.
Estoy algo enferma así que Hanji en este capítulo está inspirada en mí. Un saludo a todos mis lectores.
¡Nos leemos!
