Disclaimer: El único consuelo que me queda, es que hayan creado una historia muy bonita. Lo que reconozcan no tiene mi nombre plasmado.
Aclaraciones/advertencias: Post-Frozen. Espérense cualquier cosa de mí.
Indulto
Donde encuentras la diferencia
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Con una sonrisa, Elsa observó su reflejo en el espejo del camarote que le asignaron en el barco de los Andersen. Su dedo índice recorrió el material suave del vestido entregado por Agathe, la cuñada de Hans.
Estaba acostumbrada a los vestidos de muselina y seda, los de algodón sólo formaban parte de su vestimenta nocturna. Pese a ello, tener una prenda de algodón durante el día era… extraño.
Agudizó su oído al escuchar un sonido proveniente de fuera, que significaba que ya no sólo eran Hans, Agathe y ella en el navío, sino que también estaban los otros tres integrantes de los Andersen. Rápidamente terminó de cepillar su largo cabello rubio y se colocó en pie para reunirse con los demás. El avanzar era difícil, había postergado su alimentación hasta después de asearse, por lo que sus fuerzas aún no habían vuelto del todo.
Abrió la puerta y caminó a través del amplio pasillo; tal vez los Andersen se las daban de humildes -porque según Hans su 'padre' lo fue y así lo inculcó en su hijo-, pero tenían los suficientes medios para decirse eran acaudalados. Tenían una flota de barcos, después de todo.
Llegó hasta lo que asemejaba una sala de estar y recibió una sonrisa de parte de Agathe, que sostenía a su hijo en brazos, envolviéndole con fuerza. El niño, Georg, miró a la invitada y se movió para regresar al suelo de madera.
Elsa le sonrió al pequeño cuando éste avanzó hasta quedar parado frente a ella. Unos expresivos ojos azules le miraron de pies a cabeza, intrigados.
-¿Quién eres? -cuestionó con una voz adorable, luego se señaló con su índice, Elsa vio su pequeños pantaloncitos negros y su muy arrugada camisa de botones azul-. Yo soy Georg -extendió su brazo en dirección a Agathe-, ella es mi mami, ¿tú quién eres?
Elsa rió y con ayuda de la pared, se inclinó a la altura de Georg, aunque sus músculos le exigieron mantenerse erguida.
-Me llamo Elsa, me da gusto conocerte, Georg -de alguna forma, el pequeño le recordó a su amigo Olaf; pero, claro, el muñeco de nieve fue ideado cuando niña, así que su semejanza podía deberse a ello.
Georg hizo un mohín con sus labios.
-¿Qué haces aquí? -tras de él, Agathe rió, luego avanzó hasta tocar el hombro de su hijo.
-Cariño, ella es una amiga del tío Hans, está invitada a pasar un tiempo con nosotros -los ojos de Georg se iluminaron al escuchar que era conocida de su querido tío-. Ella es una reina -Elsa se sonrojó con las palabras, era imposible que la mujer evitara mencionarlo, la pelinegra era muy abierta.
-¡¿Una reina?! -exclamó el chiquillo, brincando emocionado-. ¿Tienes una corona? -preguntó abriendo sus ojos de par en par. Elsa irguió su cuerpo y asintió-. ¿Puedo verla?
Se sintió mal por la respuesta negativa, pero el objeto estaba perfectamente resguardado en su caja fuerte.
-No está aquí, Georg -dijo de manera conciliadora-. Pero me gustaría enseñártela algún día.
-¡¿Escuchaste mami?! -Georg se dirigió a su madre, exaltado-. ¡Podré tocar una corona!
Las dos mujeres rieron al notar la emoción del niño.
-Sí, cariño, pero ahora es tiempo de comer. Tenemos que dirigirnos a la mesa, hoy el almuerzo es especial, porque hay una gran invitada con nosotros -Agathe le guiñó un ojo para que no se sintiera incomodada por las palabras, le agradaba aquella mujer. No se sintió intimidada por ser quien era, sino que la trató como una igual cuando se lo pidió. Sin ningún esfuerzo.
Georg asintió y se quedó quieto en su lugar, mientras su madre avanzaba con rumbo al compartimiento que servía de cocina. Elsa lo miró interrogante. Él alzó su rostro y le regaló una sonrisa deslumbrante para, sin previo aviso, tomar su mano y dirigirla hacia la mesa, donde corrió una silla:
-Te sentarás junto al tío Hans -dijo haciéndose el inteligente, mientras indicaba con su dedo la silla a la izquierda. Elsa rió, aunque su garganta reclamó atención; todavía la sentía rasposa por las arcadas.
-Bien, ¿dónde te sientas tú? -devolvió sin ocupar el asiento. El pequeño castaño señaló la silla a su derecha y le empujó para que se sentara, y así lo hizo. Observó cómo él se colocaba en su asiento y permanecía quieto, en espera del alimento.
"Ojalá Anna hubiera sido así", pensó apenada.
Escuchó las voces de dos hombres conversando y dirigió su mirada hacia la entrada. Un hombre mayor y otro castaño de aproximadamente treinta años, anunciaban su presencia. Ellos debían ser Henrik y Fredrik Andersen, padre e hijo, respectivamente.
Ambos inclinaron su cabeza en forma de saludo y desaparecieron en el pasillo. Ya entendía por qué era tan natural para Hans estar entre ellos, todos actuaban de manera tan sencilla y no hacían revuelo por sus identidades.
Agathe volvió con una bandeja y le hizo una negación cuando adivinó sus intenciones de levantarse. Cuando dejó el recipiente en la mesa, Elsa pudo observar filetes bien cocinados, sin poder identificar el animal de los que provendrían.
Un aroma a especias inundó sus fosas nasales y, por las horas pasadas sin comer, se sintió salivar sin demora.
Los vasos, platos, utensilios de comida y servilletas ya estaban ubicados en la mesa, por lo que Agathe procedió a sentarse, al mismo tiempo que Henrik y Fredrik volvían con ropas distintas.
-Un placer tenerla con nosotros, milady -anunció Henrik y ocupó el asiento en la cabecera de la mesa.
-Les agradezco que me reciban con ustedes, señor Andersen -respondió en tono suave. Fredrik se ubicó en la silla a la izquierda de la cabecera, junto a Agathe.
-¿Ha tenido muchas experiencias en el mar? -cuestionó entonces el 'hermano' de Hans, cortando su comida. Ella procedió a hacer lo mismo con su respectivo filete, aunque le incomodaba la falta del pelirrojo.
-No tengo inconveniente en que me tutee -él asintió-, en cuanto a mis experiencias, ésta supera a todas las que he enfrentado -Elsa miró a la entrada del comedor-. ¿Qué ha sido de Hans?
Agathe le entregó su plato a Georg y contestó:
-Salió mientras te encontrabas alistándote, Elsa, deberá llegar más tarde, dijo que era probable que no llegara a la hora del almuerzo.
-Comprendo. Señor Andersen -se dirigió al anciano-, ¿cómo se ha expandi… -calló cuando escuchó el sonido de unas botas, que avanzaban en un patrón discontinuo.
-¡Llegó tío Hans! -exclamó Georg, pero su madre le hizo una seña para que guardara silencio. Elsa frunció su ceño. Fredrik se levantó de su asiento y salió del comedor.
-¡¿Pero qué?! -le oyó decir Elsa e, instintivamente, ella se colocó en pie y avanzó hasta el pasillo principal.
Jadeó al observar la escena y rápidamente avanzó hasta llegar junto a Hans, que tenía un aspecto un tanto desagradable. Su rostro estaba levemente inflamado y alrededor de su ojo izquierdo comenzaba a verse una tonalidad violácea. En su camisa blanca había marcas de sangre, seguramente de la que había brotado de su nariz, pues debajo de ella tenía sangre seca. Su caminar era inseguro y su mano izquierda estaba presionando su costado derecho.
-Hans -musitó alarmada. Él alzó la cabeza, mientras Fredrik le ayudaba a avanzar hasta el sillón rojo-. ¿Qué ocurrió?
Él la ignoró un momento y ella caminó hasta ubicarse en el mismo sillón. Hans se dirigió a su hermano.
-Tendremos que arriesgarnos a navegar mañana -anunció y el castaño asintió.
-Iré a buscar qué colocar sobre la herida.
-¡Espera! -dijo Elsa-. Sólo se necesitará un pedazo de tela -manifestó observando a Hans de reojo, Fredrik hizo un asentimiento extrañado y fue a otra habitación.
Ella y Hans permanecieron en la estancia, observándose el uno al otro.
-¿Fue obra de Hugo? -preguntó y con timidez llevó su mano derecha cerca de su ojo, procurando concentrar el frío en ella. Hans brincó por el contacto, pero realizó una exhalación gustosa.
-Hugo tiene la tendencia de hacer que otros actúen por él -ella alzó su otra mano y la situó sobre el pómulo derecho del pelirrojo-. De alguna forma se enteró que yo no me había ido de las Islas.
Fredrik volvió con una tela azul y se la extendió a Elsa, que agradeció en silencio, apartando sus manos del rostro del ojiverde. Percibiendo su incomodidad, Hans cruzó una mirada breve con los ojos marrones de su hermano.
-En unos momentos nos reuniremos en la mesa, buscaré estar más presentable -y con eso el otro partió.
Elsa extendió la tela y con un movimiento de manos hizo aparecer un poco de nieve.
-¿Realizó alguna amenaza? -habló al mismo tiempo que presionaba el área hinchada. Él se removió incómodo por el toque en su herida.
-No, pero ahora no hay más personas en el barco que nosotros, es riesgoso irse, pero no quiero que ellos estén en peligro, tú tampoco, Elsa -reveló Hans en tono bajo-. No me perdonaría que le hicieran daño a las personas que más han hecho por mí -confesó al final, tomando de sus manos la tela, para ser él quien la sujetara.
-A todos nos importas, como tú a nosotros, Hans -susurró en respuesta. Le vio cubrirse el ojo.
-Y eso es lo que él quiere aprovechar, Elsa -manifestó Hans y realizó un suspiro-, antes no podía, pero ahora es distinto. En mi vida pasada sólo había algo que importaba, que era yo mismo, hoy día, todo ha cambiado, y Hugo lo sabe, yo lo sé.
-Las personas que queremos son nuestra mayor fortaleza, no nuestra debilidad -agregó confiada.
-Nuestra debilidad proviene de nosotros mismos, Elsa -respondió él y se levantó-. Iré a cambiarme la camisa.
Elsa asintió y se quedó sola, pensando en las palabras de Hans. ¿Quién hubiera imaginado que una persona que intentó matar en el pasado, por intereses personales, ahora quería actuar de una forma carente de egoísmo? Miró a su alrededor y agradeció que el cambio hubiera podido darse en el pelirrojo, que los Andersen se cruzaran con Hans había sido lo mejor que podía haber ocurrido, ellos le mostraron la importancia de la familia y que el afecto existía.
De no haberse encontrado con ellos, tal vez ella tampoco estaría allí.
Sonrió y abandonó el sillón, precisamente en el momento en que Hans volvía, ataviado en una camisa azul y pantalones grises, sonriendo levemente al extenderle el pedazo de tela para que ella pudiera colocarle más nieve.
Sin esfuerzo cumplió la tarea y bajó sus manos. El pelirrojo llevó la compresa a su pómulo.
-Elsa -ella alzó su rostro para brindarle toda su atención y Hans calló; ambos escucharon la risa de los Andersen. Desvió brevemente su mirada de aquellos intensos ojos color esmeralda. -¿Cómo crees que hubiera sido crecer así? -Elsa volvió a mirarlo, pensando en una respuesta a su pregunta.
-No lo sé, parece tan diferente -utilizó un tono bajo, tímido-. Sé lo que es la intimidad familiar, pero no se compara a la calidez y sencillez que me han mostrado en la única hora que llevo aquí -apartó unos cabellos que obstaculizaron su vista-. No encuentro manera de explicarlo, Hans. ¿Cómo es vivir el día a día así?
Él apartó la compresa de su cara y dirigió sus ojos a un punto indefinido.
-Me hace desear no haber crecido en el castillo -confesó y después formó una sonrisa irónica-. Aunque, claro, cualquier lugar habría sido mejor que ahí -la miró de nuevo-. Pese a tu encierro, tú tenías la certeza que había una familia que te quería y apreciaba.
-Tú la tienes ahora -musitó sin saber qué decir.
-Sí -él parpadeó-. Ahora la tengo. Aunque mucho se habría evitado si la hubiera tenido antes -su silencio le reveló que ya no había más que agregar.
-Hans, ¿hay posibilidades de llegar hasta Arendelle? -preguntó finalmente, tras analizarlo. Él enarcó una ceja.
-Creí que pensabas escapar de tus responsabilidades -llevó la compresa a su ojo. Elsa rió.
-No pretendo llegar allí para hacerlas, sino para que hables con Anna -anunció y lo observó reír antes de extender su mano libre, para guiarla al comedor. Sólo restaba una persona con la que él no había hablado. Su hermana.
-Creo que la travesía será lo más sencillo -concluyó Hans.
Mientras avanzaba, sintió un estremecimiento en su cuello, resultado de una respiración en su oído.
-Sólo no dejes que me mate -pidió el pelirrojo en un susurro.
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¡Hola!
¡Viernes! *música de fiesta*
Hoy es un lindo día para sonreír, ¡está lloviendo!, bueno, ya saben, por mi casa está lloviendo :)
Con este capítulo. Tenía la idea de qué quería abordar aquí, pero al momento de escribir no lograba plasmarlo de la manera que esperaba, desde este domingo que pasó tengo el principio, pero de allí no estaba feliz con la conclusión. Justamente ahora agregué otras cosillas y me decidí a publicarlo. Ojalá y sea lo suficientemente aceptable ;) [tal vez luego le agregue el 'amigovio' jajajaja, es broma, pero palabra aceptada O.o]
¿Qué pedirían para la reunión de Anna y Hans? Se los dejo de tarea, jajja no.
Me voy a concentrarme en otra de mis historias. Por cierto, ¿qué hay del romance Helsa? *sonríe con maldad*, ¿deberé incluirlo?
¡Saludos enormes!, cuídense mucho y diviértanse. Un caluroso abrazo de mi parte,
HoeLittleDuck
