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(¸.-´ (¸.-' ❥ Capitulo 5 ❥ .-´¯'-. ❥

Por la tarde salgo a dar una vuelta con Anny y Archie. Tony tenía que venir, pero ha llamado en el último momento para cancelarlo porque ha quedado con su última conquista. Nos paramos a tomar algo en nuestro bar favorito de San Antonio, un lugar de decoración retro llamado Maggi's, con el suelo de baldosas blancas y negras, paredes carmín y verde claro, mesas de melanina nívea y cómodos sofás tapizados en polipiel a rayas trasversales rojas y blancas. La barra es metálica, forma una ele en un lado, frente a un largo espejo, y en ella se asientan varios taburetes rojos con un poco de respaldo.

El lugar nos gusta por la máquina de canciones vintage que atesora una colección interesante de música mítica de los setenta.

Mientras mis amigos encargan un batido pongo una moneda y elijo la doscientos dos, Staying Alive, de los Bee Gees. Avanzo hacia la mesa balanceando el cuerpo al ritmo de los acordes discotequeros.

—Siempre le das a la misma —se queja Anny con una carcajada—. No tienes remedio.

—¿Quieres bailar? —La provoco pasando dos dedos frente a los ojos como en Pulp Fiction—. Vamos, me apetece un montón, esta canción tiene un ritmo genial y se ha convertido en un clásico del Maggi's.

Anny se levanta, me da la mano, me sonríe y me lleva a un recodo sin mesas, sin dejar de seguir los acordes con el cuerpo. Cierro los ojos y me imagino en medio de una discoteca antigua, con las bolas de espejos danzando en el techo. Mi amiga se sitúa en frente de mí sin perder la sonrisa e imita la forma de bailar de los setenta.

Varios clientes del local nos copian y otros corean el baile con palmas divertidas. Lo que ha empezado como una diversión acaba convirtiéndose en una bacanal de pasos exagerados, con risas y tarareos.

Cuando termina la canción las dos estallamos en carcajadas. Archie se acerca a su novia, la rodea con los brazos y la besa.

—Siempre igual —nos reprende en broma—. No se os puede sacar de casa.

—¿Y lo bien que te lo has pasado mirándonos? —Le guiño un ojo—. El próximo día te animas a bailar con nosotras.

Caminamos hacia la mesa, donde me espera el maravilloso batido de chocolate y plátano con un poco de nata.

—Ni loco. —Archie niega con contundencia—. Soy un pato mareado en la pista de baile. Yo toco el bajo, no meneo el cuerpo. Ya os dije una vez que yo soy el cámara o el mirón, nunca el bailarín.

Al sentarme en la silla me doy cuenta de la presencia de mi hermano y Albert en el bar. Están en la barra y me miran con una sonrisa. El corazón empieza a aumentar de velocidad al enfrentarme con la vista de los vaqueros de Albert. Son bajos de talle, un poco apretados y desgastados. La camiseta caqui ceñida le marca cada músculo del trabajado torso. Encima lleva una camisa a cuadros abierta.

Se acercan y mi respiración se agita sin remedio. Cuando Albert está cerca mis constantes se disparan.

—Así que cuando sales por ahí vas dando el espectáculo.—Stear se sienta a nuestra mesa sin perder la sonrisa burlona, seguido por mi Capitán—. No se te puede dejar sola Candy.

—Ha sido un impulso —musito sin apartar la mirada de Albert—. Esta canción me incita a bailar. ¿Os ha gustado?

La última pregunta se la dedico en exclusiva a él, pero la ignora.

—¿Podrías llevar a Albert de vuelta a la base? —pregunta mi hermano—. No tendrá el coche listo hasta el lunes y Patty acaba de llamarme para salir a dar una vuelta.

—Claro. —Me emociono ante la perspectiva de pasar un rato a solas con él—. Anny ha quedado con sus padres para cenar en un restaurante cercano, yo pensaba volver sola. Así tendré compañía.

Charlamos un poco los cinco mientras nos acabamos los batidos. Mi hermano nos cuenta alguna anécdota divertida de sus salidas en la universidad y nos arranca unas cuantas carcajadas.

Media hora después se despide para ir en busca de Patty.

—¿Te importa quedarte sola con Albert? —pregunta mi amiga lanzándole una mirada cómplice a su novio—. Ahora que tienes compañía… —¡Lárgate ya! —Me río y la abrazo.

—Eres la mejor amiga del mundo.

Me besa en la mejilla antes de caminar con Archie hacia la salida.

—¿Te apetece otro batido? —le propongo a Albert—. Los de plátano y chocolate son los mejores.

—Prefiero una cerveza. ¿Te pido algo?

—Otro igual. —Señalo la copa—. Son irresistibles.

Sigo cada uno de sus pasos hacia la barra. Los vaqueros se le ajustan al trasero con una gracia especial. Mientras le encarga el pedido a la camarera me quedo embobada mirando sus gestos, como si me hipnotizara su manera de levantar un poco el mentón al hablar y los hoyuelos que le salen al reír.

Espera unos instantes frente a la barra, de espaldas a mí. Coloca un pie en la parte baja del taburete, sin dejar de observarme con disimulo a través del espejo situado a pocos metros de él.

La camarera le da un poco de conversación mientras prepara mi batido. Le ha servido la cerveza hace unos segundos con una expresión aduladora, como si quisiera captar su atención. Albert le da un sorbo al vaso, inclina un poco la cabeza hacia atrás y entrecierra los ojos.

Tres minutos después regresa a la mesa con las bebidas.

—¿Sueles bailar en los bares? —pregunta—. La camarera me ha contado que aquí lo haces a menudo.

—Solo si pongo la canción doscientos dos. —Me muerdo el labio—. Era una de las preferidas de mi madre y a mí me apasiona. La música de los setenta era genial. ¿Te ha gustado el espectáculo?

—Ha sido algo diferente —admite con una sonrisa—. Has conseguido animar a varias personas más.

—¿Quieres probar? —Señalo la máquina y le paseo la yema de los dedos por la mano que tiene sobre la mesa—. Solo has de tirar una moneda.

Mueve el brazo un poco incómodo.

—No me gusta demasiado bailar —musita—. Pero sí la música de los setenta. Los mejores sin diferencia fueron The Beatles. Imagine es la más grande, no solo por la canción, la letra tiene un significado profundo, comparto su punto de vista.

—Staying Alive también tiene una letra interesante. —Me enrollo un rizo de pelo en el dedo y le dirijo una mirada coqueta—. Es una manera de decir que a pesar de todo estamos vivos. Para mí es un canto a la vida. —Visto así…

Bebe un trago largo de cerveza.

—Stear ha dicho algo de un coche. —Ensancho mi sonrisa—.¿Te has comprado uno?

—Un Dodge Challenger V6 gris, con techo y tapicería de cuero, asientos eléctricos, pantalla integrada y palanca de cambios en T-Mopar de segunda mano. —Se detiene un segundo para recuperar la respiracion—. Me lo dan el lunes porque el motor necesita una última revisión.

Sin dejar de mirarle avanzo la cara hasta el batido y sorbo por la cañita roja. Compongo una expresión sexy, como si quisiera comérmelo con los ojos. Él se siente cohibido y mueve los ojos para no encarar mi gesto.

—Me gustan los Dodge —digo—. Stear tuvo uno antes del Hummer, lo vendió hace cuatro meses. Si le hubieras visto enseñarme a conducir en él fliparías. Nos peleábamos durante toda la clase… Se ponía de los nervios enseguida y acabábamos a gritos. Al final fue Sam, el padre de Anny, quien me enseñó a conducir. Si no llega a ser por él seguiría sin carnet.

—La confianza da asco. —Su sonrisa demoledora me despierta taquicardia—. Yo aprendí a pilotar en la avioneta de mi padre y también tuvimos momentos tensos.

—¿Tu padre es aviador? No tenía ni idea. —Me deshago en mil pedazos cuando me mira con emoción.

—Se dedica a llevar a turistas por el Gran Cañón del Colorado. Es un negocio muy lucrativo y se le da bien volar. Se compró la avioneta después de trabajar varios años para la competencia. Cuando reunió suficiente dinero montó su propio negocio.

Alargo la mano para rozarle la suya sobre la mesa.

—¿Cómo acabaste en la Fuerza Aérea? Podrías haberte quedado con tu padre, comprar otra avioneta y vivir en tu pueblo.

—Vi Top Gun mil veces —bromea—. Quería pilotar los mejores aviones del mundo. Cuando tenía cinco años ya sabía a qué quería dedicar mi vida, volar era increíble y mi padre a veces me dejaba los mandos. La avioneta se me quedó pequeña enseguida, un caza es el sueño de cualquier piloto.

Retira la mano para beber otro sorbo. Le observo en silencio con una aceleración perceptible de la respiración. Me gusta su manera de hablar, la ausencia total de subterfugios en sus explicaciones y el tono íntimo de sus palabras. Es llano, fácil de trato y parece muy consecuente con sus ideas.

—Yo me niego a aprender a pilotar o a alistarme—explico—Veo aburrido los aviones, en mi familia parece que no se puede hacer otra cosa que convertirte en un piloto de la Fuerza Aérea.

—Volar es apasionante, no deberías negarte a aprender por una tontería.

Me muerdo el labio y le miro con descaro, flirteando con él.

—Contigo debe ser un espectáculo.

—¿Nos vamos? —Mira el reloj—. Es tarde y me gustaría acostarme pronto, mañana me he apuntado a unas maniobras voluntarias.

—Tengo el coche aquí mismo. —Apuro el batido antes de levantarme—. El fin de semana que viene hay una feria cerca de Cibolo. ¿Vas a ir? Yo he quedado con unas cuantas chicas de la base para pasar el sábado allí. Mi padre me ha dado permiso para quedarme hasta las doce y media.

—Hablaré con Stear, a ver si él va con Patty y otros oficiales.

—¿Me conseguirás un peluche? No soy muy buena tiradora…

—Cuenta con ello si voy, tengo buena puntería.

En el exterior nos saluda la oscuridad de la tarde. El cielo permanece con algunas nubes, pero hace horas que la tormenta se ha desvanecido. Caminamos hacia mi coche charlando de la feria. A Albert le gusta la noria[2] y yo me imagino con él al lado en una de las cestitas que suben hacia el cielo. El recuerdo de la escena de El Diario de Noah, cuando él se prenda de Allie, me despierta una sonrisa.

Una vez en el Camaro Albert se abrocha el cinturón y enciende el aparto de música, donde tengo una colección nada desdeñable de música romántica.

—En Grand Canyon Village solo ponen una feria al año y es un acontecimiento social importante —cuenta pasados unos minutos—. De niño la esperaba con ansia, mi madre cerraba el bar y nos llevaba a divertirnos durante horas. Mi amigo Terry venía con nosotros siempre, nos lo pasábamos genial.

—A mí me encantan las nubes de algodón, son lo mejor de la feria. —Sonrío al recordarme con una en la mano y los restos de azúcar rosado en la cara—. De niña me podía comer seis o siete en una tarde sin problemas. Y luego me encontraba mal.

—¿Seis o siete? —Se carcajea—. Yo lo encuentro empalagoso, es azúcar puro. Prefiero un buen bocadillo o una pizza.

—Así que eres de salado. —Suelto la mano derecha del volante y le paseo la yema del dedo por la pierna—. No lo habría dicho nunca, a mí me pareces muy dulce.

Me aparta la mano con delicadeza y aguanta un segundo la respiración. El tacto de sus dedos me llena el estómago de cosquillas, como si mi cuerpo reaccionara ante sus gestos. Él espira antes de cambiar de posición en el asiento.

—Mi madre me enseñó a cocinar de niño, decía que debía ser un hombre moderno. Tiene un bar-restaurante para turistas, ahora lo lleva con mi hermana. —Las primeras notas de Love me like you do llenan el coche—. Es un negocio esclavo, trabajan muy duro, pero les gusta. Mi madre se ocupa de la cocina y Ross de las mesas, hacen un equipo perfecto.

—Así que eres un cocinitas. —Me muerdo el labio al sentirme atraída por su historia—. A ver si me sorprendes con algún plato. Podrías quedarte los sábados a comer conmigo, mi padre suele irse de pesca los fines de semana y tengo la casa para mí sola.

—Me gusta Texas. —Cambia de tema, como si no quisiera contestar a mi propuesta—. La temperatura es agradable y no se sufre el frío de los inviernos como en mi casa. Pensaba que no me adaptaría y ya ves.

Llegamos a la garita de control de entrada a la base. Tanto Albert como yo contestamos las preguntas de rigor y firmamos en el libro de registro.

—¿Quieres salir conmigo mañana? —propongo—.Podríamos pasar la tarde juntos.

—Tengo los ejercicios de vuelo y luego he quedado con Stear para ir al Mall.

Siento un conato de frustración al encontrarme con otra negativa. Una vez aparco el coche caminamos hacia nuestras casas en silencio.

—Me ha gustado charlar contigo. —Albert se despide al llegar a su valla—. Gracias por traerme.

Le observo mientras se adentra en la entrada de su casa, con un deseo intenso de seguir hablando con él de cualquier cosa. Albert se gira un segundo bajo el tejadillo, me sonríe y desaparece por la puerta.

Corro hacia mi casa, subo a mi habitación y me estiro en la cama boca arriba con un cojín abrazado en la barriga y una sonrisa boba en los labios. Albert me gusta muchísimo.

CONTINUARA

noria[2]

Atracción de feria que consiste en una gran rueda que gira verticalmente y que tiene una serie de cabinas o vagonetas con asientos para las personas.