Apareció en el umbral, medio triunfal y medio abatido; todo un logro
Capítulo quinto
La mayoría del trayecto a Nueva York Will lo pasa en un estático duermevela. Estático, porque se supone que no puede levantarse del asiento, aunque lo hace; lo hace en numerosas ocasiones. Y no se resigna a quedarse sentado y quieto hasta que una no muy educada azafata le llama la atención.
"Er…, caballero, lo siento, pero no puede usar los pasillos del Airbus como si fueran el refugio del caminante".
Otras de ellas, azafatas, simplemente se habían apartado a su paso, ofreciéndole tímidas disculpas. Pero ésta tenía una expresión severa en el rostro, acentuada por el traje de chaqueta azul oscuro, el moño alto y ceñido con una redecilla en la cabeza, y la mirada inhóspita.
"¿Qué significa eso de refugio del caminante?", peguntó Will.
"Ya sabe", dijo ella, sujetándolo por la capucha de su sudadera cuando el intentaba alejarse hacia el otro extremo del vehículo. "Lleva más de una hora pululando de acá para allá. Esto no es el patio de un colegio, señor…".
"Llámame Will", había dicho Will, poniendo la más encantadora de sus sonrisas, pero ni eso la había ablandado. La mujer era inmune a sus encantos.
Él suspiró derrotado y volvió a su sitio, envidiando profundamente a Jessamine, que flotaba tan campante entre los asientos: leyendo libros ajenos, jugueteando con un crío que, al parecer, también podía verla (y estaba para nada asustado), o colándose en primera clase para visitar al hombre al que había despojado de su asiento y comprobar de primera mano que allí se viajaba mejor
Tras varias horas en el avión, Will se siente como si lo hubieran encerrado en una caja de cerillas; aborrece la sensación. Y aunque está impresionado por como, según avanzan las horas van dejando atrás el día para regresar a la oscuridad de la noche; sobre todo está excitado, y nervioso e inquieto, todo a la vez. Soportando el intenso deseo de volver a ver a Tessa y a Jem, con el corazón palpitándole dentro del pecho como un tambor, y retumbándole en los oídos. El silencio generalizado de la nave no es que ayude.
Ojalá tuviera un libro para entretenerse. Hace tanto tanto tiempo que no lee. Ni siquiera le importaría tener cerca a Benjamin, para que parloteara sobre cualquier cosa con ese absurdo optimismo vital del que había hecho gala el mundano. De esa forma el tiempo volaría más rápido. Jessamine regresa a su lado de vez en cuando y se encuentra tan despejada como él, pero hablar con ella en voz alta resulta demasiado raro para resto del pasaje, y la tripulación ya le ha preguntado varías veces si necesita una tila, o un somnífero.
Logra dormirse brevemente, mirando la negrura de cielo a través de la ventanilla. Pero sueña. Dios, llevaba mil años sin soñar, y no resulta un sueño agradable, sino un sueño en el que un joven Will es atacado despiadadamente por un pato negro. Se despierta jadeando y casi sin resuello, y en seguida consigue tener a dos alertadas azafatas a su alrededor, además de Jessamine. Afortunadamente ninguna de ellas es moñoprieto.
"¿Se encuentra bien, caballero?"
Will se frota los ojos antes de explicar que sólo se trataba de una pesadilla.
"Tranquilas señoritas. Eran patos, no un infarto de miocardio".
"¿Necesita un poco de agua?", dice una de ellas.
"¿Patos?", pregunta la otra
Es consciente de lo absurdo que resulta tener sentimientos así de complejos acerca de las aves acuáticas, pero no puede evitarlo. Fue cruelmente atacado cuando era pequeño, en dos ocasiones, dos días consecutivos, por un salvaje Ánade real. Le mordió los pulgares de ambas manos, el muy bruto y sanguinario, y él sólo tenía 6 añitos; era una tierna e inocente criatura que aún confiaba en los patos.
"Nunca os fieis de un pato", sentencia, aún a riesgo de que ellas piensen que se le va la castaña. No ha podido evitar decirlo, sólo para ver qué cara ponían. Las chicas parecen querer preguntarle algo más, pero la antipática mujer que lo obligó a sentarse, les obliga a ellas a marcharse.
Al final logra pasar el rato ojeando la revista de que la British pone a disposición del viajero. Allí se entera de que el JFK es el principal aeropuerto de la ciudad y uno de los principales del mundo en tráfico aéreo (eso mismo le dijo Benjamin de Headthrow). También pone que es la puerta a Estados Unidos desde Europa, que consta de 9 terminales (ellos llegarán a la 4), y que dispone de un metro ligero que conecta el aeropuerto con la red del suburbano de Nueva York.
Se busca la runa mnemosyne que está por debajo del cuello de la camiseta y la palpa con la yema de los dedos, para que le ayude a recordar la dirección del Instituto de la ciudad. Aunque lo cierto es que no la necesita, en ese instante se acuerda de que, si el centro no ha cambiado su ubicación en los últimos tiempos, se sitúa en York Aveneu, Manhattan, en la vertiente que da al East River, frente a la isla de Roosvelt.
Después de mirar un buen rato el plano de metro que proporciona la revista, y después de preguntar a Jessie y que ésta demuestre poseer un nulo sentido de la orientación, no le queda más remedio que recurrir a un miembro de la tripulación para preguntar la mejor manera de llegar a Manhattan. Se acerca una chica mona y bienintencionada que aún no había visto, todo sonrisa blanca y reluciente, pero su amiga la del moño enseguida manda a la muchacha a ocuparse de otra tarea, ocupando la butaca al lado de la suya. Si Jessamine no fuera un fantasma con la facultad de evaporarse en el aire, habría muerto apachurrada por la mandona del moño.
Cuando Will le comenta que donde quiere ir es a York Avenue, ella no contiene la emoción.
"Oh, fabuloso, yo vivo en Kent Avenue, que está al lado, y también viajo en transporte público", dice con un tono amable que parecía tener en el olvido el resto del viaje.
Will piensa que debe estar muy sola, aunque se pase el día rodeada de gente, cuando se alegra tanto por tener algo de compañía durante un trayecto de metro. Aunque con ese agrio carácter, no le extraña.
"Más que fabuloso", escucha mascullar a Jessamine. Él tiene una opinión similar pero se la calla, vista la tendencia ascendente en su relación con la mujer desde que ella ha descubierto que van al mismo sitio.
Minutos antes de aterrizar vuelve a amanecer, y mientras el avión desciende, Will contempla las nubes como manchas de agua sobrevolando el cielo de Nueva York, con un latido cada vez más intenso en el pecho. Piensa que en su vida ha sentido semejante ansiedad, no desde que logro librarse de la maldición de Marbas.
Una vez en tierra Will necesita hacer dos cosas, y es incómodo tener a la señora moño apretado pegada a él como una lapa, no obstante, resulta útil, no puede negarlo. Ella les acompaña (bueno, lo acompaña a él, sobre Jessie no tiene ni idea) a recoger el paquetito con la estela y a cambiar las libras que lleva encima por algunos dólares.
"¿No ha traído más equipaje que ese paquete, Will?", dice ella mirando la cajita que contiene la estela.
"No voy a quedarme mucho. Compraré aquí lo que vaya necesitando", repone Will.
"¿Para qué ha venido? ¿Negocios? ¿Placer? ¿Despilfarro?, vuelve a preguntar Mónica, que es como se llama la señora.
"Todo eso", dice Will. "Y por amor".
"Así que está aquí por una chica. Perdone que se lo diga, pero tiene usted poca pinta de saber mucho sobre el amor", apunta ella.
"Perdóneme que discrepe" parafrasea Will. "Creo que sé todo lo necesario, y puede resumirse en una sola frase".
"¿Qué frase?"
"El amor es despertar a una dama, y que ésta no se indigne", enuncia Will, como si se tratase de un hecho constatado, que lo es.
Mónica no puede replicarle nada, y Jessie afirma estar de acuerdo.
En Nueva York aire es como un caldo espeso, más que en Londres, aunque el cielo es menos plomizo, pero, ¿y qué más da?, lo importante es que ya está allí y tiene un propósito. Aunque también sabe lo que debe de hacer después: en cuanto localice y pueda pasar un rato tanto con Tessa como con Jem, asegurarse de que están bien y son felices, tendrá que arreglar todo ese desbarajuste de volver a estar vivo y regresar a lo que sea el lugar del que llegó. Aunque si existiera la forma de evitar ese tostón de sitio…
Will nota el pelo rizado contra las sienes, por el sudor y la humedad, en cuanto salen del metro, está seguro de que va a llover. Una rápida mirada hacia arriba lo confirma. Comienza suave, como si la lluvia besara la tierra, después más rabiosamente, como si la mordiera, o como si alguien se estuviera dedicando a lanzar cubos llenos desde el cielo.
"¡Oh, menuda mierda de aguacero!", exclama Mónica, colocando una mano por encima de su apreciado peinado. "Precisamente hoy que no llevo paraguas. Odio cuando llueve de esta forma".
"Pues a mí me encanta la lluvia", discrepa Will, sobre todo por molestar. "Vuelve a las ciudades más respirables. Amén de que abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia, aparte de atentar contra el ojo ajeno. Nunca me han gustado, ni eso, ni las sombrillas, que atentan contra el maravilloso sol"
Mónica y él se despiden de forma más afectuosa de la que había esperado. Ella incluso le apunta el número de su móvil en el cartón de la caja que contiene la estela, y le asegura que si necesita cualquier cosa, se ponga en contacto, que ella estará encantada de ayudarle. También le desea suerte con esa chica, pero añade que no cree que la vaya a necesitar.
Con las indicaciones que le ha dado su amiga la azafata, llegan a York Aveneu sin mayor problema, y Jessamine y él se dedican a rastrear la calle en busca del número correcto. Cuando lo encuentran, se queda en shock por un segundo, ante el solar que tiene en frente. Podría tratarse de un basurero, a tenor de la cantidad de mierda que contiene, con los restos de una edificación medio en ruinas en su interior. Parece una Iglesia, una que desde luego no pasa por su mejor momento. Ni por asomo cree que los nefilim neoyorkinos vivan en un lugar tan cutre y dejado de la mano del Ángel.
Tarda más de la cuenta en deshacer el glamour, y piensa que es porque está desentrenado. Pero una vez que lo hace, el lugar es impresionante. Una catedral de elevadas agujas que podría pasar por gótica, aunque sin duda tuvo que ser construida en fechas no tan antiguas, de dimensiones extraordinarias e igual de extraordinaria majestuosidad.
El sitio le impone un poco, aunque no lo menciona delante de Jessamine.
Llama a la puerta del Instituto sin tenerlas todas consigo. En realidad no tendría por qué hacerlo, con decir: Soy William Herondale, cazador de sombras y bla bla bla… la puerta debería de abrirse sola. Lo hace por una simple cuestión de cortesía, y para causar buena impresión a sus colegas norteamericanos. Pero ser buen propagandista de sí mismo a Will no se le da bien, al menos eso es lo que él piensa. Pasó tanto tiempo dedicado a su propia mala prensa, que todavía le cuesta venderse.
En la espera, corazón le palpita en la caja torácica diez veces más fuerte que al pisar el suelo de Nueva York, mil veces más fuerte que durante el tenso último trayecto de avión; con esa tendencia ascendente no descarta que cuando vaya a encontrarse con Tessa pueda darle un infarto de miocardio de verdad. Casi seguro que sería el primer nefilim en morir por una dolencia de ese tipo.
Le tienta ligeramente la opción de buscar un hotel barato, uno que pueda pagar con los dólares que ha cambiado, y meditar mejor las cosas… Esta calado hasta los huesos, y seguro que tiene los ojos inyectados en sangre después de una eternidad sin dormir. No cree que vaya a causar muy buena impresión.
Pero, ¡qué demonios! Tiene que continuar y de perdidos al río. Ya que está allí no puede rajarse, y si las cosas salen de una forma demasiado catastrófica con los habitantes del Instituto, siempre podrá alegar locura transitoria y desaparecer discretamente.
Gira hacia Jessamine, que le ofrece una tenue sonrisa de ánimo, y en el momento en el que él se dispone a devolvérsela, la puerta empieza abrirse, y Jessamine se desvanece en un remolino de lluvia.
"No podríamos instalar un portero automático en condiciones", grita una chica volviendo la cabeza hacia dentro, sin mirarlo a él.
Aunque un poco borrosa por la cortina de agua, el sí que la ve a ella.
Parece peligrosísima, toda oscuridad, ojos sombríos y labios rojos. Tiene la piel pálida como el invierno y la melena azabache le enmarca una cara pequeña, de rasgos delicados, pero expresión adusta. Lleva unos pantalones negros que podrían pasar por una segunda piel, y una camisa igualmente negra, con botones, que deja al descubierto sus hombros. Un colgante late en el centro de su pecho, bajo las marcadas clavículas, vibra como la cuerda de un violín, rojo brillante, igual que sus labios, rojo rubí; mientras un gato gris azulado se le enreda entre los pies. Un gato persa con pinta de tener malas pulgas, para más señas.
Parece improbable, pero Will juraría…, juraría por el mismo Raziel, que el minino es clavadito a… Iglesia, el endemoniado gato que su parabatai rescató de la Casa Oscura tantos años atrás.
Cuando ella vuelve la cabeza hacia el frente para mirarlo, y por fin sus ojos se encuentran, pasan un dilatado momento escrutándose el uno al otro.
Y entonces Will, como siempre y en toda ocasión que requiere echar mano de las palabras, dice la mayor idiotez que se le ocurre (aunque si de verdad se trata de Iglesia, no resulta una idea tan descabellada).
"¿Se te ha comido la lengua el gato?"
La chica responde a la pregunta como si se la hubiese hecho un desconocido impertinente: torciendo el gesto y con cara de estar a punto de mandarlo a tomar viento. Lo cual es razonable y de lo más normal, porque él sin duda es un desconocido para ella, y si tiene que ser sincero, un poco impertinente también es.
Will reacciona a tiempo antes de que ella le cierre la puerta en las narices, y además con razón.
"Soy William", el nombre le sale solo, y se reprende por su ausencia de originalidad.
"William…", visualiza mentalmente un anuncio de colonia que ha visto al llegar por la Avenida Kent, y eso le da la idea.
"William Jonathan Bluewater, cazador de sombras, hijo de Raziel, y solicito alojamiento en el Instituto". Le muestra los restos de su runa de la visión para probarlo. "Por supuesto, si a la dama le parece bien".
