Este es el Baker Slash Fest 2015 y nosotros continuamos...

Disclamer.-Nada mío, solo la historia, todo de Sir Arthur Conan Doyle, Gatiss, Moffat y blah...

Las frases del comienzo de cada capítulo pertenecen a Poets of the Fall, desprendidas de la canción Dreaming Wide Awake.

Violette Moore, que agradeció profundamente este capítulo (en el fondo querías más detalles, acéptalo), fue quien se encargó del beteo .

Y bien, este el prompt #9, y si este prompt es tuyo me encantaría escuchar tu opinión, espero que sea lo que tú querías.

Enjoy...


Capítulo VI

Extraordinario.

por

Adrel Black

Edición

Violette Moore


Deflate the mystery of living in the most
Heartless fashion I could ever imagine...

El anciano, luego de casi una hora de entrevista le había contado básicamente toda su vida, su tiempo en Eton, el tiempo en el que se enlistó en el cuerpo diplomático en Inglaterra, sus correrías con dos mujeres Afganas una de las cuales terminó convirtiéndose en su esposa, que le dejó en la calle luego de que descubriera que él tenía una amante veinte años menor. Amante que le dejó a su vez cuando se enteró que el hombre había perdido hasta la última libra durante su divorcio. Luego, solo y pobre una de sus hijas se había compadecido de él y le había mantenido a su lado por un tiempo para después ir y dejarlo en aquel asilo en el que John le había encontrado y que, según el anciano pagaba con la minúscula pensión que el Gobierno Británico le brindaba.

John asintió con cortesía cuando el viejo terminó de hablar, no hacía falta ser un genio para comprender que no había mucha gente dispuesta a escucharlo, sin embargo, John estaba dispuesto a oír sus desvaríos por todo el tiempo necesario a cambio de que el hombre le diera a él la información que había ido a buscar. Le había costado cuatro años dar con alguien que hubiera estado en la embajada de Afganistán a finales de los setenta, ahora que él rondaba los veintiséis y que por fin había encontrado a alguien dispuesto a hablar no iba a echarlo todo a perder.

— ¿Entonces usted le conoció? —el hombre miró a John como si no supiera de que se trataba la conversación.

— ¿Conocer?

—Sí, a Timothy Holmes, —John intentó aclarar las ideas del otro — ¿usted le conoció no? Fue embajador en Afganistán durante finales de los setentas.

—Oh, sí, sí. Yo estuve en Afganistán a finales de los setentas, una época difícil. —John esperaba por fin llegar al meollo del asunto — ¿quién eres tu hijo?

—John —John soltó un suspiró, si no arrancaba algo de aquel setentón en los próximos cinco minutos empezaría a plantearse la rendición —soy John Watson, ¿recuerda? Estoy buscando información sobre Timothy Holmes.

—Si claro, Holmes, si, compartimos un tiempo juntos, en la embajada de Afganistán, en Kabul. Eran otros tiempos, —John se acomodó de nuevo en la silla y se preparó para lo que sin duda sería otra hora completa de divagaciones. Sin embargo, como estas al parecer se centrarían en el cuerpo diplomático que era lo que le interesaba, solo prestó atención en silencio y dejó al septuagenario hablar. —En aquel entonces la guerra no era tan encarnizada como lo es ahora, siempre ha sido un lugar problemático, las creencias religiosas siempre generan grandes pasiones y en el Este eso es un gran verdad, pero aun así los atentados de los rebeldes usualmente se destinaban solamente a iglesias cristianas, —el hombre de pronto pareció reparar en algo y miró a John —¿Eres hijo de Tim? Porque no te pareces a sus hijos.

—No, Señor Clayton, el Señor Holmes fue un viejo amigo de mi padre —John sacó del bolsillo interior de su chaqueta la fotografía que había recuperado de la caja de recuerdos de su madre. El Señor Clayton la miró —éste hombre, —John señaló a su padre —es mi padre, era el Mayor Jonathan Watson.

—No recuerdo a tu padre —dijo el anciano negando y John creyó que sus pensamientos se habían extraviado de nuevo, sin embargo seguía mirando la fotografía, la dejó sobre la mesita cuadrada en la que estaban recargados y luego continuó, —pero recuerdo el día en que se tomó esa foto y también al Coronel Harrison.

— ¿De verdad?

El hombre asintió

—Creo que se cuándo se tomó, si, —John se echó un poco al frente en la silla, no quería perderse ni una sola de aquellas palabras. —Como te decía, eran otros tiempos, nuestras bases militares en el Este eran más para brindar ayuda humanitaria. —Se mordió un poco los labios y luego continuó —la verdad es que manteníamos ese destacamento en Kandahar porque era mucho más barato enviar soldados inexpertos a un lugar que aunque problemático no era enteramente peligroso. ¿Me entiendes? —John negó un poco, el hombre frunció la boca y explicó —si tienes un batallón de soldados novatos a los que tienes que aclimatar a la violencia, pero que en ese preciso momento son completamente inexpertos ¿qué haces? —el hombre no espero a que John contestara y se respondió a sí mismo —los envías a un lugar violento, uno en el que no haya nada que perder ni que ganar, algo así como un campo de entrenamiento pero de verdad —John asintió —esa era nuestra base de Kandahar, para eso era para lo que nos servía. Los manteníamos lejos de sus casas, con disciplina militar, ayudábamos al gobierno Afgano a patrullar sus calles y les auxiliábamos en el control a los rebeldes. Nosotros nos quedábamos con soldados entrenados y ellos tenían la carne de cañón que necesitaban. Era un buen trato para ambas partes.

El hombre se quedó en silencio casi un minuto antes de continuar.

—Tim era un buen hombre, quizás lo siga siendo, no sé si aún está vivo. Lo vi alguna vez hace algunos años, nos topamos en la Ciudad de Westminster. En aquel entonces, en los setentas, las hostilidades habían alcanzado un grado alarmante y los sediciosos habían intentado atacar nuestra base un par de veces, los opositores del gobierno Inglés habían echado en cara del primer ministro que estaba arriesgando a los jóvenes cadetes sin razón, fue entonces cuando el embajador Holmes y su familia fueron a la base. Recuerdo que regresaron bastante cansados y decaídos, toda la familia venía custodiada por un convoy al mando del Coronel Harrison, fue entonces cuando le conocí. Había otro hombre ahí, quizás fuera tu padre. No estoy seguro. —El hombre frunció el ceño —Tim nunca mencionó que fuera amigo de Harrison, ni de ningún otro militar.

—Debió pasarlo por alto —murmuró John incómodo y luego preguntó —los niños de la fotografía, ¿eran sus hijos? —El hombre soltó una risa despectiva que atrajo de vuelta la atención de John. — ¿Pasa algo con los hijos del Señor Holmes?

—Cuando ellos recién llegaron a la embajada, todas las mujeres, las secretarias, las oficinistas que trabajaban ahí estaban fascinadas, ya sabes, la novedad, Tim era bastante joven por entonces y obviamente su puesto era el de más alto rango entre los ingleses que vivíamos en Afganistán, eso habría sido suficiente para atraer a las mujeres, pero no era solo eso. Los niños, los críos siempre las atraen. El más grande —murmuró mientras señalaba la fotografía. John nunca había visto a Mycroft, pero sabía que Sherlock tenía un hermano mayor que se llamaba así, de modo que en su mente llamaba así también a aquel niño de cabello pelirrojo oscuro que fruncía los ojos a causa del sol de Afganistán, iba repeinado con gomina, y llevaba un pulcro traje café. Estaba de pie muy recto justo al lado de su padre, y posaba para la fotografía como si él mismo fuera el embajador. —Él era muy reservado, pero se paseaba por la embajada con cierto aire de superioridad que hacía enfadar a la mayoría. El otro, el más chico, era un pequeño pillo, se la pasaba haciendo travesuras por toda la embajada, robaba comida de los comedores, correteaba con un enorme perro al que llamaba barbarroja y decía las cosas más extraordinarias para ser un niño.

John recordó como Sherlock alguna vez, sentados en el parque había adivinado cual niño pertenecía a cada uno de los padres que se daban cita en aquel lugar y luego le había explicado que había deducido todo ello con solo observar cómo los padres se comportaban y cómo los niños se comportaban. John solo había tenido una palabra para aquello: extraordinario.

— ¿Qué cosas extraordinarias?

El anciano miró a John como si estuviera calculando si podía confiar en él, luego de mirar muy intensamente, pareció decidir que sí, pues continuó diciendo:

—Cuando te miraba, podía decirte lo que habías estado haciendo, lo vi adivinar las profesiones de los hombres por la calle, al principio las secretarias habían estado encantadas, claro que el muchachito era lindo, tenía unos ojos muy particulares y no tenía todo el remilgo que su hermano. Pero luego de un tiempo cuando empezó a decirles a las oficinistas, sin malicia claro está, el chico apenas y tenía unos cinco o seis años, el marido de quien engañaba a cada una, o quien de ellas no había llegado a su casa a dormir, a quien la golpeaba su esposo, cosas que uno normalmente quiere callar, pues ya no les parecía tan lindo, todos rehuían su compañía y con el tiempo comenzó a aislarse.

—Entiendo —dijo John recordando las palabras de Sherlock cuando se conocieron, "ya sabes que no hablo con ellos, ni ellos conmigo".

—Pero le diré otra cosa Señor Watson, —el viejo parecía estar a punto de dormirse pues había comenzado parpadear de manera lenta, como si cada vez le costara más mantener los ojos abiertos —la última vez que vi al viejo Tim fue después de volver de Kandahar, no me contó mucho, apenas intercambiamos unas pocas palabras. Él y su esposa iban acompañados por su hijo mayor, el pelirrojo, nos encontramos a la salida del Royal Albert Hall, fue en el verano durante la temporada de los Proms de la BBC, hace unos ocho o diez años, no me dijo mucho, pero por lo que entendí, su hijo mayor también estaba dedicado a la política.

— ¿Y su hijo menor? —El hombre parpadeaba, parecía que se quedaría dormido sentado de un momento a otro, John reprimió el impulso de estrujarlo — ¿le dijo algo de Sherlock?

—A su hijo menor no lo mencionó.


Al día siguiente, con el corazón aun abatido porque la búsqueda a la que había dedicado cuatro años de su vida al final no hubiera rendido ningún fruto, John se embarcó con rumbo a Afganistán. La tierra en la que su padre había sido herido, en la que Sherlock alguna vez había estado y de la que se había esfumado, la tierra en la que John tendría que vivir por un tiempo indefinido, mientras su nación se lo requiriera.


Seis noches atrás los rebeldes habían bombardeado el lado de la ciudad donde el regimiento comenzaba a levantar sus barracas. Prácticamente todos los que estaban en el lugar aquel día habían resultado muertos. Quizás hubiera sido suerte, o quizás falta de organización por parte del enemigo pero habían sido pocos —los muertos —, en comparación con lo que pudo ocurrir si las barracas hubieran estado ya habitadas. Aun así, habían tenido que replegarse hacia el norte de la ciudad, era ese el lugar en el que se hallaban actualmente.

John escuchaba el silbido que hacían las bombas al caer al sur de la ciudad de Kandahar. Un nuevo silbido se escuchó, John se cubrió los oídos con las palmas de las manos, sabía que no amortiguarían el sonido de la explosión, pero al menos evitaría que le lastimaran los tímpanos.

Se acercó a una de las ventanas, cuando el bombardeo se detuviera, al amanecer, tendrían que ir a buscar sobrevivientes y acarrearlos hasta aquel edificio en ruinas en donde habían improvisado un desabastecido hospital, serían pocos, los heridos, siempre eran pocos.

Se sentía desgastado, hacía dos días, que durante toda la noche las detonaciones les mantenían despiertos, y luego en el día recorrían las calles en busca de heridos. Era una tarea difícil, ardua, peligrosa y sin lugar a dudas John se había ofrecido para hacerla, aun así las noches eran largas.

Necesitaba un poco de aire, dentro del edificio se olía a alcohol, desinfectante, enfermedad y a desesperación, caminó en silencio para perturbar lo menos posible a los enfermos que yacían en sus camas, en espera, algunos, de la recuperación, otros de la llegada del helicóptero que los regresaría a casa.

John apretó los puños y siguió caminando muy recto, y muy silencioso. Llevaba el pantalón caqui de su uniforme y una playera interior que seguramente fue blanca en sus mejores tiempos, ahora, casi un año después de que llegara a Kandahar, era de algún tono de gris percudido, y claro, sus botines negros cubiertos del polvo del desierto.

Subió las escaleras que componían aquel edificio de tres pisos con rumbo a la azotea, seguido iba allí acompañado de recuerdos y dudas, de añoranzas, pérdidas y de vez en cuando una libreta en la que escribía cartas a su madre, otras veces solo ideas inconclusas o hilos de pensamientos que luego se perdían y quedaban destejidos sin formar nada.

Abandonar el edificio en busca de alejarse del aire enrarecido del interior no era del todo una buena idea. Fuera el olor a quemado, el humo y lo que sin ninguna duda era el olor de la carne chamuscada impregnaban el aire de un olor acre y en momentos dulzón.

"Ese es el olor de la muerte", pensó John de manera sombría y sacudió la cabeza en busca de desechar el extraño pensamiento. Podía escuchar el estallido de las bombas mucho más fuerte ahora que ya no estaba guarecido en las cuatro paredes, después de cada estallido un nuevo coro de gritos de dolor le secundaban, después de un lapso de unos minutos todo volvía a quedarse en silencio. Quizás los heridos hubieran muerto, quizás los que estuvieran vivos supieran, que debían guardar fuerzas para gritar cuando el amanecer llegara, cuando por fin el quinto batallón de Northumberland al que John pertenecía, al mando del Mayor James Sholto saliera a las calles a intentar recuperarles.

Con todo y ello, John no había tenido mucho que hacer. En realidad lo usual era que hubiera muchos más muertos que heridos, así que luego de la ardua labor de un día entero, lo normal era que encontraran apenas a seis o siete heridos, de los cuales uno o dos morían en el traslado hacia el improvisado hospital, un par más morirían en el intento que hicieran por salvarles quizás uno se recuperara y otro si tenía suerte sobreviviría a la espera por el helicóptero que pudiera llevarle hacia las instalaciones de la cruz roja donde estaría a salvo y esperaría el transporte que le llevaría a casa como un soldado herido en combate. Ese era el destino que John más temía, el mismo destino que su padre había tenido, si tuviera que elegir preferiría la muerte.

John se recargó contra la media pared que delimitaba el techo del edificio, se cubrió los oídos con las palmas una vez más al escuchar el silbido de otra bomba que se precipitaba hacia el suelo, escuchó el estallido, por suerte el aire había cambiado de dirección y en vez de traerle el olor del incendio, arrastraba el humo hacia el desierto, era hermoso la forma en que el fuego contrastaba contra el sur de la ciudad que se había quedado sin electricidad la noche anterior, y contra la oscuridad del desierto yermo, las luces de los incendios parecían joyas en la noche naciendo directamente desde el interior de la tierra, era hermoso y más terrible de lo que John podría expresar.

Sacó del bolsillo frontal de su playera la fotografía de Sherlock, y pasó los dedos por la imagen de aquel niño, debía dejar de hacerlo si quería conservarla, pues sus dedos habían desgastado esa silueta en particular, en realidad, era bastante obvio cual era la parte de esa imagen que John más tocaba. Él dedicaba muchas horas de sus noches en vela a pensar en Sherlock, peor, el moreno de nuevo se había esfumado, a John le gustaba pensar que ése Sherlock con el que él soñaba vivía en un mundo paralelo, otro mundo donde ellos dos estaban juntos, le gustaba pensar en una encarnación de sí mismo que podía estar recostado al lado de ese ser extraordinario. Esa encarnación sin duda se había llevado todo lo bueno que podría haber en la vida de John, pues, ésta encarnación, la que John vivía, allí en el desierto de Afganistán estaba, había estado y muy probablemente seguiría estando en el futuro próximo y lejano, jodida por completo.

—Teniente Watson —aquella voz le sacó de su ensimismamiento la posición de firmes apareció en su cuerpo aun antes de que registrara por completo la orden de poner las manos a los costados y la espalda recta, la fotografía aún se mantenía en una de sus manos. Se sentía extraño que le llamaran Teniente, hacía menos de una semana que le habían dado su nombramiento, luego de la muerte del Teniente anterior, no era precisamente la mejor forma de ascender de puesto.

John no podía mirar, su vista estaba fija al frente, hacia el sur, sintió como el Mayor James Sholto se acercaba y se recargaba en el mismo lugar que John.

—No estoy de servicio esta noche, —murmuró y John se permitió relajar la postura. —El capitán Blair está a cargo.

John asintió y miró a Sholto, John no recordaba nunca haber hablado con él, como no fuera en medio de alguna operación de rescate. Sin embargo, desde que llegó al regimiento había sido muy consciente de la presencia del Mayor.

—Recordando a la familia, Watson. —Preguntó al ver que John mantenía en su mano una fotografía.

—No —murmuró.

— ¿A su novia entonces?

— ¿Novia? —John medio sonrió, Mary le había botado en cuanto supo que se había enlistado. —No, tampoco.

Sholto asintió y de pronto el rubio reparó en lo muy alto que era aquel hombre, de lo cerca que estaba, de lo bien parecido que era, de lo joven que se veía cuando vestía desenfadadamente y no con su uniforme. De pronto John se dio cuenta que los ojos de él eran azules, cosa en la que nunca había reparado, y que parecían muy calmos cuando no tenían hombres a su cargo y sin más, se dio cuenta también que estaban mirándose a los ojos de manera persistente.

El silbido de otra bomba cortó el aire antes de que ninguno de los dos reaccionaran, el sonido de la explosión cimbró su alrededor, los gritos comenzaron. Fue entonces, por primera vez desde que llegara a Afganistán, John se dio cuenta que la muerte caminaba por aquellas calles. Lo sabía, claro, lo había visto, la muerte en la cara de todos aquellos infelices que habían caído alrededor suyo, algunos habían sido sus compañeros, algunos habían sido sus enemigos, otros habían sido inocentes que no pertenecían a ningún bando, la muerte les rondaba a todos, el tiempo de todos seguía corriendo y por primera vez John se dio cuenta, a pesar de saberlo de ante mano, que cualquier momento podría ser el último.

Sholto no decía nada, solo seguía mirándole intensamente, cuando John por fin le besó con salvajismo, el más alto correspondió con igual entereza.

El beso fue estupendo, John jamás lo negaría, a pesar de sentir la fotografía de Sherlock aun apretujada en su mano y pesando una tonelada. Sholto apretó el frente de la playera de John y lo estrelló contra la media pared, John medio gimió por el golpe y por la tortura a la que estaban sometiendo a su boca, nunca nadie le había besado con tanta ansia.

El sexo fue rápido, salvaje y sin miramientos.

Después ambos recogieron sus ropas en silencio, James se acercó y besó de nuevo a John, ahora con calma. John correspondió como en una neblina, las bombas seguían atronando en el sur, ninguno dijo nada, era obvio lo que ocurría, habían sido sobrepasados, ambos necesitaban aquel momento, probablemente hubiera otros momentos posteriores, pero esto era una guerra, no había nada más que decir.

El Mayor recogió la fotografía del piso, John no recordaba haberla dejado caer.

— ¿Quién es el niño? —preguntó al ver la imagen desgastada de Sherlock.

—Alguien —John se mordió un poco los labios, incapaz de explicar —importante.

—Es una fotografía vieja —dijo Sholto, John asintió — ¿es por él que no hay una novia? —John asintió de nuevo, si no se sintiera tan contrariado por todo lo que acababa de ocurrir pensaría que esto era una broma. Estaba en un edificio en ruinas, de una ciudad bombardeada, esperando el amanecer para ir a recuperar los cuerpos de sus compatriotas heridos y acababa de tener sexo con el oficial al mando de su regimiento, para después charlar con él sobre Sherlock. —Es un tipo con suerte —fue lo último que James murmuró antes de dar media vuelta.

John se quedó en el techo un rato más, podría soltar la fotografía, podría por fin olvidarse de toda esa locura que había consumido tantos años de su vida, podría simplemente soltarla desde aquel techo y el viento la arrastraría hacia el olvido, probablemente terminaría quemada en el incendio provocado por una bomba, o llevada hacia el desierto y sepultada bajo alguna duna hasta que el olvido la cubriera, después que la vida de John terminara. Podría soltar la fotografía, morir allí en las tierras de Kandahar al mando del Mayor Sholto, sería algo honorable y le dejaría un regusto agridulce, habría como siempre, desde que era un niño, hecho lo mejor que podía.

Podría, sin duda podría, pero su mano se negó a abrirse y dejar ir a Sherlock, guardó la fotografía otra vez en el bolsillo frontal. John Watson jamás tomaba el camino fácil, eso era lo que le hacía extraordinario, era una forma mansa de serlo, no era extraordinario como Sherlock con su físico impresionante y su inteligencia sobrehumana, o como Sholto con su personalidad imponente y su voz de mando, o con ese liderazgo que manaba de cada uno de sus poros.

John sonrió sarcásticamente para sí mismo y se dirigió hacia el interior a prepararse para salir dentro de un par de horas hacia la zona bombardeada.


Admito que el Jolto no es lo mío, pero por Dios, John merece tener una vida además de andar suspirando por los rincones, ¿no?