Los personaje de VA pertenecen a Richelle Mead

Capítulo 6

PoV Rose

Esa vez, cuando Dimitri se levantó de mi cama para cumplir con sus deberes por la mañana, yo ya estaba despierta. No había sido él, con su paciente meticulosidad de siempre, quien me había sacado de mi intranquilo desvanecimiento.

Estaba acostada con las sábanas envueltas alrededor de mi cuerpo desnudo. Y aunque quería tener esa sonrisa, esa incrédula sonrisa post-Dimitri, mi atención continuaba aferrada a los vestigios de la pesadilla que había logrado despertarme.

Aun podía sentir la desesperación provocada por mi pesadilla como un grito atascado en la cima de mi garganta. La escena recreada por el padre Andrew la noche anterior había logrado materializarse de manera onírica, filtrándose furtivamente en mi inconsciente. Aún recordaba la impotencia cuando los Moroi de mi sueño arrojaban un pequeño bulto llorón a las profundas aguas sucias de un abismo. Sólo que en esté sueño no era Anna quien era sostenida por unas cuantas manos mientras presenciaba como los asesinos arrojaban a su hijo a la muerte. Y los responsables de esa atrocidad no eran desconocidos ante mis ojos.

En mi sueño algunos Moroi como Jesse, Ralf, Camille, Kirova e incluso Tatiana formaban un círculo a mí alrededor mientras se divertían con el aborrecible acto que presenciaban. Pero no eran ellos, cuya frialdad y hasta crueldad yo no desconocía cuya presencia me sorprendía. Era aquel grupo más reducido, el que me mantenía con fuerza de cara al piso de tierra y hojas secas del bosque, golpeando y hasta torturando con sus poderes en los casos más extremistas, cuya actitud más hería. Christian, Adrian y Mía se reían llenando con sus carcajadas el vacio del bosque. Sus insultos ardían en mis oídos. El dolor que me provocaban se sentía como mil puñaladas recibidas de una vez. Pero no me importaba. Mi dolor era tan nimio comparado con la desesperación de ver en peligro a alguien que amaba.

Una muchacha de espalda a mí, vestida con una túnica blanca, sostenía en sus manos un bulto de mantas verdes que se retorcía en sus brazos. Podía escuchar el grito de esa pequeña criatura perforando mis oídos. En mi sueño sabía que era mi responsabilidad librarlo de aquel terrible destino. Aquel llanto me mantenía despierta y activa. Ese llanto pedía por mí, yo lo sabía, aun cuando no lo hacía con palabras que yo pudiera interpretar.

La misteriosa mujer giró hacia mí revelando su identidad. Sus ojos jade me observaban con expresión impávida. Cuando habló, no podía encontrar en esa persona a la dulce chica que yo conocía. La Lissa que me había salvado, que había decidido darme una segunda oportunidad, no era aquella que sostenía como a un animal a aquel ser indefenso que rogaba con sus lágrimas, quizás consciente de lo terrible que era aquello que aguardaba por él.

─Es peligroso─ sentenció, su voz fría, casi gutural. ─No podemos permitir que viva algo que fue procreado a partir de la muerte. Nos destruirá a todos. Tu deber es proteger a los Moroi. Proteger a esta bestia por encima de nuestra especie merece que tanto tú como él sean castigados.

Con esas palabras Lissa elevó a la criatura por encima de sus manos, dejando que su frágil cuerpecito pendiera del risco. En ese momento, en esa realidad inventada por los temores de mi subconsciente, pude experimentar una desesperación y un temor tan grande que rivalizaba peligrosamente con cualquier momento de angustia que había creído sentir hasta entonces. Sin más palabras, haciendo oídos sordos a mis suplicas, la Moroi extendió sus brazos dejando que el cuerpo de mi bebé cayera a la inmensa oscuridad de la fosa.

Dimitri continuaba colocándose su camisa cuando logré evadir las memorias tormentosas. Bastante rápido me encontré atrapada en sus movimientos, admirando sus acciones con devoción. Cuando llegó a atar los cordones de su calzado el cabello suelto cayó sobre su rostro, cubriendo sus ojos. Sus manos, a las que había visto arremeter con ferocidad en la lucha y con extrema dulzura cuando me acariciaba, trabajaban sin cesar atando y abrochando cada botón; y cada una de esas mundanas hazañas habían logrado cautivarme esa mañana.

─ ¿Ves algo que te guste?─ Preguntó cuando todavía estaba demasiado atrapada en su hechizo. Me encontré con sus ojos, que desafiaban a los míos con una mirada de impasible curiosidad.

─ Naturalmente─ respondí con una sonrisa. ─Pero esa es mi línea, camarada.

─ Tú ya sabes la respuesta a eso, Roza─ dijo, tomando su característico abrigo vaquero y acercándose a mi lado. Flexionó sus piernas para quedar a mi altura. ─ Buenos días.

─ Buen día, camarada─ susurré, con un nudo en la garganta. Ese debía ser un buen día; despertar de esa manera y tener todo esa atención por parte de Dimitri, era el paraíso mismo; pero los hechos aun no sucedidos empañaban con una luz legumbre toda la felicidad que podía llegar a sentir.

─ Debo marcharme ahora, antes de que comiencen los turnos de vigilancia en esta zona─ explicó, apartando con suavidad algunos mechones rebeldes de mi cabello. Me miró con intensidad mientras pronunciaba sus palabras. ─ Tenemos una reunión con el consejo de guardianes esta noche, por lo que terminaré una hora más tarde de lo normal. Pero necesito hablar contigo al final del día, ¿de acuerdo?

─ Bien─ susurré, sosteniendo su mano por debajo de la manta. Era tan cálida que podría haberme sostenido de ella eternamente. «Y puedes hacerlo si lo deseas, Rose» pensé «No tienes que dejarlo ir. Puedes tomar miles de decisiones mejores que ésta.»

Y sin embargo, no se me ocurría ninguna otra solución. Lo dejé ir.

─ Me preocupas, Roza─ manifestó evidenciando aquella preocupación. ─Puede que hayas logrado evadir mis preguntas anoche, pero tenemos que tener una conversación seria esta vez. ¿Sabes que puedes contar conmigo? ¿Verdad?

─ Por supuesto─ susurré, y no era mentira. «Pero por el bien de nosotros, y de alguien mucho más importante que cualquiera de los dos, no puedo confiarte este maravilloso secreto.» ─ Te amo.

─ También te amo─ murmuró en respuesta, dejando un casto beso sobre mi frente. ─Nos vemos más tarde.

─ No. No lo haremos─ me lamente una vez que él había salido de la habitación. Esa había sido nuestra súbita e impropia despedida.

x*X*x

Despedirme de Eddie había sido mucho más fácil, incluso porque no era una despedida como tal. No porque no fuera a echarlo de menos o porque mi relación con él no tuviera la misma intensidad que mi amistad con Lissa o mi romance con Dimitri. Él, junto a Mason, habían sido mis mejores amigos desde siempre, los primeros que me aceptaron cuando llegue a la academia; centenares de travesuras y buenos ratos era todo lo que me llevaba de ellos. Lissa era y sería siempre mi mejor amiga, mi hermana, porque nos unía algo mucho más grande que ambas, pero Eddie y Mason me habían enseñado lo que era la amistad de la misma forma que Dimitri me había enseñado a amar. Perder a Mason había revolucionado completamente nuestra relación, y aunque aún lo quería y estaba segura de que él a mí, ninguno de los dos era capaz de sentir lo mismo que antes; y lo entendía, porque ya no éramos lo mismo, porque ya no estábamos todos.

Así que mi "no despedida" con Eddie me dejo la sensación de que todo estaba cerrado, que no dejaba cabos sueltos detrás. Consistió básicamente en pasar el rato con él durante uno de los entrenamientos, aunque gran parte de ellos estuvo distraído -probablemente pensando en una delgada muchachita Moroi de ojos jade-, hablamos de técnicas de defensa personal y eso fue todo. No hubo un adiós o abrazos o algún indicio de mi parte de que esa iba a ser nuestra última vez juntos; él no sospechó de nada, y cuando se fue con los otros novicios a las duchas comunes me dio un golpecito en la espalda y me saludo con un "nos vemos más tarde, Rose."

Fue fácil.

Pasé el resto de la tarde en compañía de Lissa y los chicos. Me sentía inusualmente nostálgica, pero considerando los hechos, los sucedidos y los prontos a pasar, creí que podía permitirme un poco de debilidad. No me opuse cuando Lissa me pidió ser su rata de laboratorio durante una práctica espiritual de lectura de auras; y sin embargo, mientras ella y Adrian me observaban con mirada atenta supe que mi huida era más necesaria de lo que pensaba. No podía permitir que el futuro de mi bebé fuera ese, el de las agujas y las pruebas, el de miradas examinadoras, el de un objeto de observación y alteración constante. Eso suponiendo que le permitieran vivir.

Incluso acepté con sumisión cuando me invitaron a la biblioteca; y hasta dios sabía que en mis años en la academia nunca había pisado las baldosas de cerámica del edificio central donde se albergaban los miles y miles de ejemplares de polvorientos libros.

─ No debes tener celos de él. Es a ti a quien quiere─ dije a Christian cuando Lissa se había retirado junto a Adrian para hablar con la bibliotecaria. No había pasado por alto las miradas indignadas del joven Moroi, y él ya me había manifestado en una ocasión aquellas sospechas de celos.

─ No sé de qué hablas─ susurró.

─ Sé de que hablo, como siempre murmuré, sin apartar la vista del manuscrito antiguo por el que fingía interés.

─ La mayor parte del tiempo me da la sensación de que no tienes idea de lo que dices o haces juró con sarcasmo. Christian era, quizás, lo mejor que le había pasado a Lissa, pero su problema residía en la falta absoluta de seriedad en... bueno, todo.

─Eres bueno para ella, y me pesa confesar esto en voz alta; seguro que lo sabes─ Aparté los ojos de aquella caligrafía extraña sobre papel marrón. Sus ojos azul profundo me devolvían la mirada, confundidos. ─ Ella necesita de Adrian, porque necesita aprender a manejar la oscuridad. Y sé que el chico es un tanto... bueno, la mayor parte del tiempo actúa como un niño mimado, como un típico Moroi real, pero no es así. Y no está detrás de Lissa. Lo sé porqué está detrás de mi, o lo estaba al menos. Lo que quiero decir es que no debes desconfiar de ninguno. No voy a decir que Adrian es del tipo que tiene el honor tan alto como para no tomar una mujer ajena, porque probablemente la libertad es el último de sus requisitos cuando salé a buscar compañía. Pero Lissa está fuera de sus estándares...

─ Lissa no tiene nada de malo─ defendió.

─ Por supuesto que Lissa no tiene nada de malo. Es perfecta para cualquiera, y cualquiera es insuficiente para ella. Pero no puedo comportarme de manera neutral en esta cuestión─ aseguré. ─ Pero está fuera de sus estándares porque no es llamativa en los niveles que busca Adrian...

─ ¿Poca ropa?, ¿mucho maquillaje?, ¿más alcohol que sangre?─ preguntó. ─ Y... ¿Andaba detrás de ti, dices?

─ Si─ Lo miré con mala cara. ─ Pero no uso maquillaje, y mi ropa cubre todo lo necesario, y ya no recuerdo cuando fue la última vez que bebí; así que deja de insinuar cualquier cosa que estés insinuando. Tampoco yo estoy detrás de Adrian, y creo que hice algo y él ya tampoco.

─ ¿Dices que aunque Adrian ha estado persiguiéndote -cuando según tú tampoco entras en su tipo- no debería preocuparme porque se interese en Lissa justamente porque no entra en esos mismos modelos?─ me preguntó, poco convencido.

─ No deberías preocuparte porque confías en Lissa, y confías en que ella te seguirá amando y seguirá eligiendo tu insoportable presencia ante la del chico guapo, de la realeza, carismático y bien for...

─ Entendí─ me cortó, pero su mirada se suavizó. ─ No, de verás. Tengo aprender a compartirla. Ella necesita ayuda con el espíritu.

─ Pero al final del día eres a quien necesita, a quien elige y a quien tiene─ le recordé. ─ Y tú y yo podemos no estar de acuerdo en muchas cosas. Pero algo que ambos queremos es mantenerla a salvo. En este mundo sólo hay tres personas en las que confió para mantenerla a salvo...

─ Y adivino que eres una de ellas─ rió.

─ Y tú también ─ aseguré. ─ Confió plenamente que si yo no llego a estar para ella en algún momento tu estarás allí, dispuesto a cualquier cosa por su bien.

─ Nunca dejaría que le pasase nada malo─ me prometió. Él no tenía idea cuan aliviada me dejaban aquellas palabras; cuánto equipaje menos que arrastrar en mi viaje.

Con Lissa tampoco hubo una despedida como tal. Le aconseje tener cuidado con el espíritu, y eso era algo que hacía siempre. Me senté a su lado y oí sus quejas, y eso tampoco era nuevo. Cuando Adrian se levanto del banco frente a mí en la biblioteca me despedí de Lissa con un abrazo con la escusa de estar cansada.

Las miradas de hostilidad por parte de Adrian aún estaban ahí, encendidas, quemando con más intensidad los restos de cenizas que quedaban de mi vida como la conocía. Se podría pensar que con todas las cosas que tenía en mi cabeza en ese momento mi lucha con el Moroi debía ser el último punto en mi lista de prioridades -o no aparecer en ella siquiera-, pero mi mente no dejaba de jugar con los recuerdos de los últimos meses, las últimas semanas, cada día, tratando de averiguar qué podría haber hecho para ofenderlo. No podía permitir que las cosas quedaran de esa forma entre nosotros.

─ ¿Qué quieres?─ preguntó Adrian cuando se encontró conmigo detrás de su puerta.

─ ¿Qué pasa? ─ inquirí, ignorando su actitud.

─ Eres quien ha venido hasta aquí, soy quien debe preguntar─ aseguró.

─ Apenas me hablas y cuando lo haces no es para otra cosa que arrojarme indirectas o mirarme como si hubiera apuñalado a tu perrito.

─ Eres más inteligente que esto, Rose... o eso creía.

─ ¿Más inteligente qué que?─ dije ofendida, empujándolo dentro de su habitación y cerrando la puerta detrás. ─ ¿Más inteligente que rechazarte?

─ Más inteligentes que otras dhampir─ manifestó, tomando una botella de licor de encima de su aparador y sentándose en la cama mientras daba un sorbo. ─ Más inteligente que ir corriendo tras un Moroi cualquiera...

─ ¿De qué..?

─ Más inteligente que quedarte embarazada─ gritó, apoyando con fuerza la botella sobre la mesa de noche. ─ Sabes cómo me siento... sentía... lo sabías. Podía entender que no me devolvieras tus sentimientos porque estabas prendida del mentor, pero entonces ¿un Moroi? ¿Por qué? ¿Qué hizo? ¿Qué te dio que yo no podría darte?

La sorpresa inicial a su arrebato y conocimiento pasó a vergüenza por mi propia estupidez. Por supuesto que él sabía; él había leído mi aura cada día por semanas. Probablemente se había enterado antes que la doctora Olendzki, antes que yo misma, apenas el bebé comenzaba a manifestarse.

─ Adrian─ suspiré con lágrimas. Lágrimas que eran de miedo, porque estaba aterrada con todo y necesitaba el apoyo de alguien. Lágrimas de dolor, porque me lastimaba su falta de confianza, sus palabras hirientes contra mí. Lágrimas de culpa, porque me mataba saber que había sido quien lo había ilusionado y decepcionado. Lágrimas de duelo, porque estaba perdiendo todo lo que más quería en un sólo día.

─ ¿Tienes miedo? ─ preguntó. Me di cuenta de que estaba ebrio, pero la oscuridad del espíritu no se había dormido del todo. ─ ¿Qué te has hecho, Rose? ¿Por qué? ¿Cómo ser una madre joven del niño de un Moroi que quizás ya ni recuerde tu nombre es mejor que estar a mi lado?

─ No es así─ susurré, negando con la cabeza. ─ No fue así.

─ Ah. ¿Te dijo que te amaba?─ se burló. ─ Todos lo dicen. ¿Te hizo promesas que de repente te hicieron olvidarte del ruso?

─ No

─ ¿Entonces dormiste con él porque si?

─ No dormí con ningún Moroi. No hubo ningún Moroi.

─ Sabes que estás embarazada, así que no finjas. Sé que sabes por cómo has estado actuando. Me di cuenta cuando cambió tu mirada. Crees que todo se acabó, y quizás lo hizo...

─ Basta. Adrian, basta─ supliqué. ─ No sabes lo que pasó.

─ Yo te quería...

─ Escúchame.

─ Quiero que te vayas─ rogó en voz baja. ─ Sal de aquí, Rose.

─ Necesito tu ayuda─ lloré, acercándome. ─ Por favor...

─ Desde que te conocí he soñado con escucharte diciendo esas palabras, con poder brindarte mi ayuda.

─ Adrian...

─ No es un buen momento ahora... mañana... quizás mañana─ señaló la puerta. «Mañana» volvió a repetir con más intensidad cuando no me moví. Finalmente salí de allí, más desesperada y con las palabras de Adrian danzando dentro de mi cabeza como un mantra. «Crees que todo acabó, y quizás lo hizo.»

x*X*x

Quizás estuviera todo acabado. Quizás fuera yo quien estaba a punto de acabar con todo. O quizás alguien más acabaría conmigo si dejaba que acabaran con ese pequeño ser que tanto temor como ansias de proteger me provocaba.

Después de despedirme de todos -de intentar despedirme de todos- corrí hasta mi habitación. Tengo recuerdos vagos acerca de esos pasillos, a pesar de que mis pies los han recorrido largo rato durante mis primeros años de vida. Me encontré con Alberta allí cuando la conocí, eso sí lo recuerdo.

Estaba esperándome con un batido de chocolate en sus manos porque alguien le había dicho que yo amaba lo dulce. A pesar de no haber vivido nunca con mi madre la academia no aceptaba niños menores de cuatro años, por eso había estado al cuidado de una familia Moroi hasta ese día, hasta que me permitieron matricularme en el que sería mi hogar por más quince años. Alberta no era la encargada de los novicios de la primaria, sobre todo porque no existía tal cosa como novicios de cuatro años; pero había conocido a mi madre en sus propios años de estudio y se había ofrecido a guiarme en ese nuevo camino de mi vida.

Y ese día, mientras caminaba con prisa hacía el que había sido mi cuarto por años, también me encontré con ella allí, divertida, porque faltaban más de dos horas para el inicio del toque de queda -que yo no solía respetar- y sin embargo yo ya estaba preparándome para encerrarme en mis aposentos... o algo así. Y allí, en esos pasillos, recordé todo: sus abrazos, sus condolencias, sus palabras de aliento y de fe, sus regaños. Había sido la madre que Janine nunca había logrado ser.

Supe luego de mi regreso cuánto daño le había causado mi partida, y no quería que esta nueva huida la hiciera sufrir también; pero la diferencia era, que en esta ocasión, no había elección de mi parte.

Cuando llegué a mi habitación tomé una mochila y comencé a guardar en ella todo lo que podía llegar a necesitar allí afuera. Pensar en «allí afuera» daba una nueva proporción al plan, un nuevo nivel de temor a mis sentimientos. Coloqué un par de pantalones de mezclilla, algunas camisetas básicas y otras prendas que considere necesarias. No tenía mucho, y no necesitada más que eso. Guardé algunos artículos personales de higiene, una vieja fotografía en donde Lissa y yo nos disfrazamos de hadas años anteriores, la nota de Dimitri de la noche posterior -así como otras tantas que solía dejar en los entrenamientos y que yo guardaba con devoción-; me coloqué el collar de plata encantada alrededor de mi garganta, esperando que cortar hasta el último lazo con la academia facilitara mi viaje.

Rompí un cerdito de cerámica en el que guardaba algo de dinero que había ganado el año pasado, cuando vivía afuera, ayudando a una vecina a mover sus muebles. No era mucho, pero alcanzaría para pagar por el pasaje en autobús hacia alguna parte y conservar una pequeña parte para comer y dormir en algún lugar uno o dos días.

La falta de dinero ampliaba el terreno de aquello que abundaba sin necesidad de más: el de los problemas. Conseguir empleo era una de mis primeras metas una vez que llegara a mi destino; porque el empleo significaba dinero, y el dinero comida, agua y un techo sobre mi cabeza.

Nunca había contado con él, pero nunca lo había necesitado realmente.

El mundo humano no era como la academia, o como cualquier ámbito de la sociedad Moroi. No es que el dinero no importará en mi mundo, pero en el mundo humano era el combustible que ponía en marcha todo, incluida la vida misma. Y conseguir trabajo en el mundo humano... esa era una cuestión que no se asemejaba a nada de mi sociedad. La sociedad Moroi podía tener sus injusticias -y las había-, pero al menos sabían que tener diecisiete años no te hacía inútil. En el mundo humano era mucho más difícil hallar un trabajo a esa edad, embarazada, y sin más formación que la de una cazadora de criaturas mitológicas. Sabia, incluso mientras empacaba mis escasas pertenencias, que podría haber pasado una vida sin más que eso que encajaba en mi mochila, pero que la necesidad comenzaría en el momento en el que me aventurará a ese nuevo mundo, allí afuera. No sería fácil. No quería pretender que lo fuera. Estaba asustada, pero me aterraba más la idea de no hacer nada. Había sido adiestrada para luchar; y era lo que iba a hacer, aunque no con espadas y estaca de plata esa vez. De alguna manera, mi bebé y yo, lograríamos salir de eso.

Cuando llegó el momento de tomar la pluma y el papel tenía miles de cosas que decir, pero no podía escribir ninguna de ellas. Me había despedido de todos, aunque ellos aún no lo supieran, pero no había tenido una justa separación con él. Mi corazón sentía que merecíamos más que eso, más que un te quiero rodeado de mentiras, de una promesa que sabía, mientras profesaba, que no sería capaz de cumplir. Y él pronto sabría que le había mentido aquella mañana cuando prometí volver a verlo, y no quería que pensara que todo lo otro también había sido una mentira. Por eso, a la hora de escribir una despedida, no me explaye en palabras que no tendrían ningún valor ni servirían de consuelo para ninguno más tarde. Con los latidos de mi corazón haciendo eco en mis oídos tome con firmeza la pluma y escribí en ella cinco sencillas palabras: el perdón por mi traición y la ratificación de lo más real que había sentido en mi vida.

Lo siento mucho.

Te amo.


(Capítulo reescrito)