Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es mía.


In your heart, in your heart, in your heart

I can tell you can fit one more.

Open up make a brand new start

I don't care who's stayed before

~The wanted


Capítulo Cinco: Esperanza

La musiquilla del ascensor se interrumpió para hacer sonar el agudo timbre que indicaba que había llegado a la planta baja. Edward salió apresurado del pequeño cubículo jalando la correa suavemente, y en seguida sintió los pasos de su compañero detrás de él, acompasados y gráciles, como si flotara en esa bola de pelo que lo envolvía.

Salió por la puerta delantera, una que sólo usaba cuando iba al lado de su acompañante, para pasear o hacer ejercicio un par de horas. Bajaron por la calle, con la intención de ir a caminar al parque más cercano, dando vueltas alrededor de él, para que su mascota pudiera estirar las patas y sacar toda esa energía acumulada.

─¡Edward! ─Creyó que había imaginado esa voz gruesa llamándolo, por lo que siguió caminando sin prestarle atención. ─¡Edward! ─repitió.

Edward se detuvo en seco reconociendo la voz y miró a su perro dar un ladrido ronco que rebotó en las paredes de la calle angosta, llamando la atención de los conductores que esperaba por la luz verde en el semáforo. Conocía ese sonido, ladraba así cuando estaba contento, como una risa gruesa que hacía vibrar los cristales. Edward rio con él. Se preguntó si movería la cola animadamente, creando una ligera corriente de aire, si tuviera una.

Se puso en cuclillas para soltar la correa que estaba enganchada al collar, escondido entre su pelo que parecía interminable. El perro, de poco más de medio metro de altura, corrió en dirección opuesta, moviendo toda su corpulencia de unos cincuenta kilogramos en contra del viento seco haciendo que su pelo se moviera hacia atrás, quitándoselo de los ojos.

El perro no se detuvo hasta que estuvo frente a Emmett y levantando sus patas delanteras y apoyarlas en los hombros de éste. Ladró alegremente, como una carcajada estridente que penetraba los oídos. Emmett rio con él, apenas tambaleándose ante semejante golpe. El viejo pastor inglés le lamió la barbilla como un saludo amistoso, dejando caer un hilillo de baba en la camisa azul marino de Emmett.

─¡Eso es asqueroso, hombre! ─gimió, pero no perdió la sonrisa jocosa que bailaba en su rostro. El perro se apoyó en el suelo con las cuatro patas y ladró juguetón. ─Al menos tú no te olvidas de los amigos, ¿eh, Edward?

─Hola para ti también ─respondió divertido. Detrás de Emmett apareció Jasper, pero no hizo ningún ademán de saludarlo más que sonreír escuetamente y acercarse a acariciar el pelo greñudo del perro, quien elevó su pata delantera derecha como si quisiera estrechar su mano.

─Sí, claro, a mí me lames y a él lo saludas con toda formalidad ─resopló Emmett. ─Eres un traidor, Chubby.

─Te trata como lo tratas tú a él ─lo defendió Edward.

─Los buenos perros no olvidan a su primer dueño, Chubby ─le recriminó indignado, pero Chubby no se inmutó, demasiado cómodo tirado en el suelo mientras Jasper le sobaba el vientre.

─Tú nunca fuiste su dueño, yo lo compré ─le recordó el rubio. ─Tú sólo lo tomaste y saliste de la tienda para que yo pagara.

─Como sea ─suspiró. ─¿Iban a algún lado en especial? ¿Llegamos en mal momento?

─Emmett, amigo, tú siempre llegas en mal momento ─se sinceró Edward. ─Pero sólo iba a que Chubby caminara un poco y después a buscar un lugar donde almorzar.

─Ya has aceptado el nombre, ¿eh? ─murmuró él más que con diversión con un tono burlesco en la voz.

─Cállate, Emm ─rio con él, atizándole un golpe en el hombro. ─¿Qué están haciendo aquí?

─Caramba, casi creo que no te da gusto verme ─suspiró Emmett, aunque no estaba herido en absoluto como quería aparentar. ─Digamos que quería pasear un rato y llame a mi queridísimo Jasper para que me acompañara.

─Déjame adivinar, tenías una cita y te canceló a la última hora ─se aventuró a decir, viendo de reojo a Jasper que mimaba a su perro que seguía en el suelo, moviendo las patas complacido.

─No fue tan así…

─No ─intervino Jasper. ─Lo plantaron en el restaurante.

─Bah, ─resopló Emmett ─ella se lo pierde. Pero entonces pensé, ¿por qué no llamar a mi buen amigo Jasper?

─Y después llamó a tu madre para apuntarse a almorzar en su casa ─agregó Jasper, impasible.

─Puedo decir en mi defensa que tiene meses diciéndome que debería pasar por ahí más seguido ─acotó. ─Además, tu madre me adora. Y a Jasper otro tanto, así que no veo el problema.

─Dile la verdad, fanfarrón ─espetó Jasper.

─Es lo que hago, amigo mío, es la verdad y nada más que la verdad.

─Entonces no tiene nada que ver que vas a arrastrarme a almorzar con Esme con que ella también es madre de Rosalie y que ella vive ahí mismo.

Emmett cuadró los hombros y fingió una sonrisa socarrona. Pero el truco no le salió muy bien, al menos no frente a Edward. Lo escrutó con rapidez, reparando en que él evitó subir la mirada, como si estuviera avergonzado de admitir algo. Por supuesto que está avergonzado, pensó Edward.

─Por favor ─resopló. ─Eso es ridículo. Si quisiera ver a Rosalie, la llevaría a alguna parte, no precisamente a la casa de sus padres.

─Y, ¿adónde llevarías a mi hermana, bruto? ─dijo Edward atizándole un golpe en la cabeza. ─Dando por sentado que ella aceptara.

─Lo dices como si eso fuese a suceder. ─Negó con la cabeza, haciéndole entender que la idea era ridícula. ─Te recuerdo que Rosalie y yo no somos ni siquiera amigos; es la hermana de mi amigo, sólo eso.

─Ten cuidado, Emm ─advirtió, entrecerrando los ojos. ─Mi hermana es exactamente la misma que cuando se fue, no queremos que vuelva a hacerte polvo.

─¿Como Emma lo hizo contigo? ─inquirió con un súbito tono mordaz.

Edward apretó la mandíbula. Luchó por no atizarle otro golpe, pues quizá lo tuviera merecido. Sabía que su comentario sería reabrir una herida que Emmett había disfrazado como un cicatriz maltrecha que continuaba manando sangre.

Rosalie siempre sería la primera mujer de la que Emmett se había enamorado y obligarle a mantener su amistad era en cierta forma algo egoísta, pues lo obligaba a tener una relación indirecta con ella. Pero Edward no podía renunciar a la amistad de alguien como Emmett de la noche a la mañana sólo porque a su hermanita se le había antojado jugar con él.

Hizo un trato silencioso con su amigo, acordando que él no mencionaría a Rosalie si Emmett jamás volvía a pronunciar el nombre de Emma. Eran recuerdos amargos que había vaciado en una maleta para emprender un viaje y dejarla muy lejos de él, donde no pudiera hacerle daño, donde no le recordara que ella se había enamorado de una prepotencia que en realidad él no poseía, se había enamorado de un hombre que él sólo había pretendido ser sin darse cuenta para que se quedara a su lado, un hombre que él jamás podría ser.

Mientras ellos pactaban sin emitir ni un solo ruido, Jasper estaba ensimismado, sin prestarles la más mínima atención, aparentemente concentrado en pasar los dedos largos por el pelo de Chubby, aunque su mente divagaba en un lugar lejano ahí, hundido en memorias quizá demasiado cercanas para parecer tan distantes, tan lejos del alcance de sus dedos para convertirse en una imagen poco nítida y que no le hacía justicia a la realidad.

─¿Sabes qué demonios le pasa? ─preguntó Emmett, dejando pasar la incomodidad anterior. ─Tiene todo el día así. Sólo piensa y piensa y no habla ni media palabra, comienzo a pensar que se ha dado un golpe en la cabeza y ha perdido un poco la cordura.

─Emm, ─articuló Edward ─Jasper nunca habla. Es lo que hace, pensar y pensar.

─Pero es más de lo normal. ─Su insistencia rayaba en una preocupación vana. Miraba a Jasper con lástima, como si fuera un animalito herido. ─Y mira esos ojos de idiota. Algo va mal con él, Edward.

─No hablen como si no estuviera aquí ─murmuró, sin despegar la vista del perro.

─¿Lo ves? ─Emmett negó con la cabeza. ─Incluso su voz suena como si hubiera perdido la razón. O por lo menos como si se hubiera atarantado un poco. Y, ¿quién demonios es Allison?

─No conozco ninguna ─afirmó Edward.

─No se llama Allison ─gruñó Jasper.

─Sí, sí, como sea ─le restó importancia el moreno. ─¿Crees que sea permanente?

─Cállate, Emmett ─volvió a gruñir. ─Se hará tarde, deberíamos irnos.

Emmett miró su reloj de mano y asintió. Se estaba haciendo tarde y la casa de los Cullen no quedaba muy cerca de ahí. Tenía que admitir que su corazón aun se aceleraba como el de un adolescente ante la idea de que ahí, frente a él, compartiendo la misma mesa, estaría Rosalie. Habían pasado semanas sin verla; semanas que le habían parecido años estirados hasta el punto de querer volverlo loco. Ni siquiera cuando ella había estado lejos se había sentido tan desesperado, quizá un poco más miserable, pero no tan ansioso de verla y comprobar que no era un espejismo que se difuminaría cuando se acercara.

─¿Dónde está la correa? ─preguntó Emmett mirándolo de arriba abajo, como si lo que buscaba fuera aparecer por arte de magia.

─¿Perdón?

─Que dónde está la correa de Chubby. Tenemos que irnos.

─¿Me estás diciendo que viniste hasta mi apartamento a decirme que almorzarías con mi madre, en mi casa, para luego llevarte a mi perro?

─Hermano, sé que es tu única compañía, pero quizá sea tu oportunidad de traer a cierta chica que trabaja contigo, ¿o me vas a decir que se conforma con que la agarres de la mano? ─rio, guiñándole, haciéndole sentir incómodo. No demostró ninguna emoción en su rostro, volviéndolo impávido, como si no hubiera escuchado nada. ─¡No! Oh, Edward, me vas a decir que no has conseguido que ella se te acerque. Estás perdiendo el toque, compañero.

─No se trata de una chica con la que flirteas en una de noche de juerga ─recriminó. ─Trabaja conmigo y es una mujer que se da a respetar, no como las amigas que frecuentas tú. Si va a ser mi esposa, entonces debería de hacer las cosas bien.

─O ella no te da ni la hora ─asintió Emmett. ─Vamos, Jasper, dejemos que Romeo enamore a Julieta.

─Necesitamos la correa ─comentó Jasper.

─Con o sin correa, Chubby se va con nosotros ─dijo con firmeza. ─Vamos, chico, es hora de ir a casa de la abuela Esme.

Edward le tendió la correa que había puesto en su bolsillo, resignado. Emmett se despidió, tan sonriente como era habitual, seguido por Jasper que se limitó a despedirse con un asentimiento. Ellos volvieron por el camino que había llegado y Edward apenas había podido dar un par de pasos cuando a su lado, por la calle, pasó el Jeep de Emmett, con Jasper en el asiento del pasajero y Chubby en el asiento de atrás, ladrando a todo pulmón con la cabeza asomándose por la ventana.

Emmett hizo sonar el claxon, despidiéndose con la mano para después desaparecer a toda velocidad calle abajo.

─Debería conseguir nuevos amigos ─dijo al aire.

Se sintió patéticamente solo. Podría subir a su apartamento, vestirse e ir a la oficina, pero estaba harto de trabajar todo el día todos los días, sin tomarse un solo segundo para respirar. Pero quizá era por eso que no lo hacía, es que no encontraba otra cosa que hacer. Podría leer o simplemente pedir comida rápida a domicilio y ver la televisión todo el día, pero le resultaba demasiado poco atractiva la idea.

Se decidió por caminar. Solo. Caminar sólo porque quería pensar y para esconderse del mundo que era su realidad. Se dio cuenta de lo cansado que estaba de las absurdas formalidades de trabajar en una oficina, de todos los asuntos legales y financieros que se le atribuían a él y a un cargo que había tratado de llevar con la mejor disposición pero internamente seguía dudando de sí mismo; se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no veía un solo diseño de un avión. Sus antiguos cálculos y miles de láminas erróneas que construían poco a poco una idea que se volvería realidad de la forma más majestuosa, habían sido intercambiados por contratos e inversiones para hacer prosperar un negocio en el que su mayor esfuerzo había sido volver de Alemania para sentarse en la oficina del Director.

Y ahora tendría que contraer matrimonio para conservarlo.

Mientras andaba notó como esporádicos hilillos transparentes se deslizaban por su frente y sus mejillas para desembocar en su cuello y esconderse bajo la camiseta polo que vestía. El clima estaba sorprendentemente caliente para la temperatura promedio de Seattle, aun siendo verano. En la esquina giró a la derecha siguiendo por la acera, con los manos en los bolsillos y caminando sin un rumbo fijo, con andares despreocupados, como las tardes en Múnich cuando daba cortos paseos por el campus. Sintió un amargo sabor en la garganta pensando que en uno de esos paseos había conocido a Emma Schneider.

Pronto se acercó a la avenida principal que conducía al centro de la ciudad, la que solía tomar cada mañana para ir al trabajo. La calle ancha, con gruesas aceras bordeando los costados, estaba atiborrada. Al parecer más de uno había tenido la misma idea que él. Frente a él caminaba encorvado un anciano enclenque de zapatos adustos, cuyo paso era más veloz que la mayoría de los hombres de su edad, renqueando en un vaivén acompasado; por la acera de enfrente andaba con cansancio una mujer joven cuyo vientre abultado era tan prominente que, estaba seguro, no podría ver sus pies. Le recordó a su querida Kate, que solía ir de arriba abajo como si no llevara un bebé en las entrañas. Aquella desconocida, a pesar de que era evidente el malestar que le causaba el solo hecho de caminar, acariciaba con ternura su abdomen. Se preguntó si alguna vez podría ver a su esposa en el mismo estado, se tratara de Bella Swan o de cualquier otra mujer.

Por un segundo, deseó que fuera así; deseó que Bella siguiera el plan que había trazado en su mente el día que lo había conocido y que llevara en su vientre a su hijo como aquella mujer cargaba el propio.

Los demás eran jóvenes insípidos que iban de un lado a otro, paseando de la mano de su pareja, o portando sus maletines de cuero ─cosa que le sorprendió, tomando en cuenta que era sábado ─que iban de un lado a otro creyendo que su porte altivo los hacía lucir enigmáticos y, quizá, inclusive seductores.

Edward quiso reír.

Son unos niños ilusos, quiso decirles. Eran niñatos que creían que el mundo caería a sus pies por el hecho de ser recién egresados. Pobres estúpidos que deberían buscar, en vez de un puesto prodigioso, un golpe de suerte que los lanzara a la cúspide de su carrera. Así era como se creaban los grandes empresarios, las celebridades e incluso los políticos. Todo consiste en un juego de azar en el que el dinero compra la suerte de algunos y otros simplemente son demasiado afortunados.

Cuando pasó por enfrente de la estafeta, a sólo unos metros de su destino, captó su atención una mujer sentada en la escalinata sucia y polvorienta, rodeada de la cantera que levantaba el edificio. Cuando estuvo más cerca observó que no se trataba más que de una chica que bordearía los veintitrés años. Su rostro tenía surcos negros y su nariz estaba tan roja que su piel lucía aun más pálida. De sus ojos no dejaban de brotar lágrimas gruesas y espesas que caían en una cortina similar a la que forma la lluvia, mojando el papel entre sus manos que, supuso, era el motivo de su llanto desconsolado.

Patético.

Había aprendido a lidiar con los berrinches amorosos de su hermana; caprichos sin sentido que no hacía más que quitarle el tiempo. Y no comprendía cómo alguien podía soportar su temperamento. Ella, de clase alta y de modales encomiables que podían resultar encantadores, era la persona más altanera, gruñona y egoísta que conocía. Su elocuencia era casi aduladora, su carisma era adorable, pero sólo alguien como él que la había visto nacer, podría escrutar sus gestos y descubrir sus verdaderas intenciones, inocentes o insanas.

Quizá Rosalie fuera una de las mujeres más hermosas que nunca conocería, sí, pero también era de las más inexplicables. Había tenido incontables amoríos adolescentes, que siempre terminaban aburriéndola o lastimándola. Pero, la primera vez que había visto en alguien un genuino, no sólo interés, se atrevería a llamar amor hacia ella, lo había aceptado por un tiempo para después echarlo a la basura como si no hubiera tenido importancia. Como si Emmett no hubiera dado su vida entera por ella.

Le dedicó una corta mirada desdeñosa a la chica sentada en los peldaños de mármol, rayana en lo lastimero. Avistó en el sobre de la misiva los sellos del gobierno de los Estados Unidos, sellos parecidos a los que había visto en las cartas que recibía Kate tan ansiosamente, lo que le indicaba que, probablemente, viniese de los lugares más recónditos de Asia donde se atrincheraban los campamentos militares, en medio de la guerra cruel.

Se preguntó fugazmente de quién vendría la carta, pero su contenido parecía traerle un dolor más intenso de lo que él querría imaginar. Sacudió la cabeza, diciéndose que eso no le incumbía.

Cruzó la calle hasta un pequeño restaurante que, aunque jamás había comido ahí, prometía ser una buena opción para aquel mediodía de julio. Lo recibían las paredes calizas de un blanco alabastro difuminado en todos ligeramente más oscuros, dándole un aspecto más antiguo de lo que en realidad era. Estaba seguro de que antes de irse a Alemania, aquel lugar no existía. Tenía brillantes puertas de cristal empotradas en marcos de madera de encino. Cuando entró, los pisos que le dieron la bienvenida estaban tan relucientes que destellaban contra la luz del sol, refractada por los cristales.

La chica de la entrada era escuálida y sin chiste, pero en su rostro había una sonrisa inocente que le hizo pensar que era nueva. Ella le preguntó su nombre amablemente, a lo que él sólo le respondió con su apellido. Odiaba que muchachitas como ella se tomaran el atrevimiento de hablarle con confianza y llamarlo por su nombre, en un vano intento de flirtear. Esperó a que ella lo guiara a una mesa apartada, pero sus pasos torpes y lentos los aburrían, a tal grado que estuvo a punto de adelantara y elegir una mesa él mismo, pero le pareció fuera de lugar.

El bullicio propio de un restaurante se instalaba a su alrededor, como un zumbido uniforme al uno se acostumbra fácilmente. Escuchaba conversaciones ininteligibles como un canto afinado con los cubiertos golpeando los platos de porcelana como música de fondo, con un par de risas a coro que terminaban la melodía tan incómoda pero tan fácil de ignorar. Oía al comentarista del noticiero de mediodía parlotear a la nada, uniéndose al coro, pero no pudo entender nada de lo que decía.

Sin embargo, alguien desafinó el concierto, haciendo que cada uno de los intérpretes mermara sus cánticos hasta el punto de que casi el silencio sumió al restaurante, exceptuando al comentarista que seguía hablando sin público. Era el efecto que tenía el cristal romperse entre la gente. Una chica a sólo unos metros de él había dejado caer su vaso repleto de hielo y lo que quizá sería agua. Pero ella ni siquiera se había inmutado. Veía su perfil, impertérrito y sus manos temblaban, sus labios entreabiertos trataban de murmurar algo pero no atinaba a decir nada concreto. Su compañero, un chico moreno que tendría la edad de Edward, la miraba ansioso y ligeramente avergonzado.

La mujer se levantó, dejando ver su largo cabello rizado caer sobre su espalda menuda. Por fin logró hablar, aunque se pareció más a una despedida a un comentario. La observó sacar del bolsillo delantero de sus pantalones ajustados un billete. Enseguida, se dio la vuelta y se apresuró a la puerta del restaurante que estaba al otro lado de su mesa.

Entonces, cuando pasó a su lado, él reconoció las facciones finas de la chica: la nariz pequeña respingada, los labios carnosos y rosados, las mejillas sonrojadas y, ante todo, los ojos chocolate. Caminaba rápidamente, y apenas tuvo un segundo para mirarla pero supo con toda seguridad de que se trataba de Bella.

─¿Le gustaría junto a la ventana o en el medio, señor Cullen? ─decía la camarera.

─Yo… Yo tengo que irme, lo lamento.

Casi corrió lejos de la camarera, dejándola confundida. Siguió los pasos de su Asistente Financiera tan rápido como pudo y salió a la calle buscándola con la mirada desesperadamente. Miró su blusa cian de tirantes negros entre la gente y trotó hasta ella. Bella caminaba sorprendentemente rápido, pero cada una de zancadas eran la mitad de las de Edward. Cuando la alcanzó, tomó su muñeca para que no pudiera alejarse más entre el mar de gente que quería atravesar la calle por la esquina.

─Jake, déjame sola, ¿quieres? ─exigió con hosquedad, con los ojos enrojecidos. Cuando se dio cuenta de que no era quien ella creía, sus labios dibujaron una perfecta O y su rostro se relajó ligeramente, aunque aun estaban las muestras de su arrebato en sus facciones. ─¿Edward? ¿Qué haces aquí, cómo me encontraste?

─Yo ─balbuceó ─ te vi salir del restaurante y… quería saber si estabas bien.

─Me viste salir ─repitió para ella misma, aun con su muñeca presa entre los dedos de Edward. ─Un segundo, ¿me estás siguiendo?

─¿Qué?

─Lo que oíste, ¿me estás siguiendo, Edward Cullen? ─inquirió con rudeza, volviendo a adoptar el semblante frío que había tenido un segundo atrás. ─¿Es porque no quise almorzar contigo? Sabes, Edward, eso es la cosa más inmadura…

─No. ─Se apresuró a acallar sus protestas antes de que tuviera que despedirla por insolente, aun cuando no estaban en la oficina. ─No te estoy siguiendo, sólo quería almorzar, solo por cierto después de que me rechazaste tan sutilmente. Pero no tiene nada que ver con eso. ¿Te encuentras bien?

─Por supuesto ─suspiró ella, alejando su brazo de él. Volvió a sentir ese ardor en los ojos pero lo ignoró delante de su jefe. Ya tendría mucho tiempo para atender a las lágrimas traviesas que se resistían a permanecer en su lugar.

─¿Estás llorando? ─dijo incrédulo.

La miró tragar saliva y cuadrar la mandíbula altaneramente. Alzó el mentón, entrecerrando los ojos, tratando de disipar la acuosidad que se había formado en sus ojos, derivado del nudo en su garganta.

─No sé si lo sepas, Edward, pero soy una persona ─gruñó. ─Dato adicional: tengo sentimientos. Y no, por supuesto que no estoy llorando.

─No quise ser grosero ─se disculpó apañándoselas para sonreír. ─Yo sólo quise decir que no pareces la clase de chica que…

─¿Que llora en cada rincón por cualquier estupidez? ─murmuró burlona. ─No lo soy. Y ahora, con tu permiso, tengo que ir a casa.

─¡Bella! ─llamó una voz desconocida para Edward, pero tan pronto como se acercó, lo reconoció como su acompañante, el chico moreno.

El chico iba ataviado en pantalones de casimir y un blazer gris que tenía el botón caído. El cabello negro combinaba con la piel rojiza, que acentuaba sus rasgos gruesos y su complexión musculosa. Era más alto que Edward, y quizá más fuerte, pero Edward no se movió ni un centímetro.

─Jacob, déjame en paz, por favor ─suplicó Bella. ─Déjame asimilar las cosas, ¿quieres? Sólo necesito tiempo para poder… entender.

─Es lo que no tenemos, Bella, tiempo. ─Su interlocutor, Jacob, respondió con naturalidad, como si un desconocido no estuviera entre ellos escuchándolos. ─Siento habértelo dicho así como así, pero…

─Sí, has sido un bruto ─concedió Bella. ─Por favor, vete, déjame sola.

─No puedo hacer eso, no puedo permitir que algo te ocurra, atribúyelo a cualquier clase de sentimiento que desees, pero no voy a dejar de protegerte.

─¡Protegerme! ─resopló. ─Eso es exactamente lo que se supone que has estado haciendo y mira dónde estamos. Vete, Jake, haz algo, pero por favor no me atormentes más.

Jacob se acercó a ella haciendo ademán de abrazarla pero ella se alejó, dejando su cintura atrapada en su brazo largo, bajo el escrutinio de sus ojos negros y suplicantes.

─Sabes que no ha estado en mis manos.

─Tampoco en las mías, Jake, ahora por favor suéltame.

─¡No voy a permitir que te vayas sola!

─Suéltame ─gruñó.

─¿No la estás escuchando? ─intervino Edward, harto de ser sólo un espectador. Rodeó su brazo con los dedos obligándolo a retroceder. ─Te está diciendo que la sueltes, ¿eres sordo o estúpido?

─¿Y tú quién te crees, Frank Farmer? No metas la nariz.

─¿Y tú quién te crees para tratarla así? ─espetó Edward empujándolo lo suficiente para que soltara a Bella. ─Y no importa quien sea yo, tú no eres nadie para obligar a una mujer a estar cerca de ti.

─Tú no sabes nada ─gruñó Jacob, sacudiéndose el saco. ─No voy a permitir que otro imbécil se meta con Bella, ¿me escuchas? ¡Ni siquiera la conoces!

─¿Y tú qué sabes si la conozco o no?

─Lo veo ─dijo él con un encogimiento de hombros. ─No eres la clase de persona a la que Bella se acercaría. Y aun si fuera así, estoy seguro de que no sabes nada de ella, no sabes ni siquiera su…

─Jacob, basta ─lo acalló Bella. ─Sí lo conozco, sí sé quien es y sí, tú estas comenzando a hablar de cosas que no te atañen. Ya me dijiste lo que tenías que decirme, ahora vete.

─Te acompañaré a casa ─puntualizó él. ─Puede ser peligroso.

─¡De eso nada! ─exclamó. ─¿Para qué, para protegerme? Creo que lo hago mejor yo misma, muchas gracias.

Jacob quiso tomar la mano de Bella, esta vez más amablemente, pero Edward no se lo permitió.

─Déjala en paz ─repitió, saliéndose de sus casillas. ─Si quieres que alguien la lleve a casa, ese seré yo. Ahora vete.

─Bueno, ¿y tú quién te crees para tomar parte en este asunto? ─le escupió. ─Y peor, ¡para decirme qué hacer! Quién se ha creído este pedazo de idiota…

─Este pedazo de idiota ─Bella señaló a Edward con la mano ─es mi jefe. Y me estoy cansando de esta conversación sin sentido, así que me voy. ¡Pobre de ti si me sigues, Jacob Black, porque juro que te vas a arrepentir!

Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a caminar lejos de ellos. Edward intentó seguirla automáticamente, pero Jacob lo sostuvo con la mano, mirándolo amenazante.

─No voy a seguirla porque no quiero que se enfade ─gruñó en voz baja. ─Pero si se daña el más mínimo cabello de su cuerpo, te vas a arrepentir, ¿me entiendes?

Edward se deshizo de su agarre y la siguió acercándose a ella tan rápido como pudo. La llamó por su nombre un par de veces, pero ella no se detuvo, ignorando su voz aterciopelada que se cortaba por la respiración acelerada, caminando más rápido.

─Bella, espera ─pidió.

Ella finalmente se detuvo y espero a que la alcanzara para luego retomar su caminata. No dijo nada las primeras dos calles que subieron, cada vez más despejadas. Se mantuvo en silencio mirando el suelo, con las manos en los bolsillos, como si viniera sola. En su fuero interno, aceptó que estaba asustada y que la compañía, sobre todo la compañía de alguien como Edward, la tranquilizaban. Edward era la clase de hombre que brindaba seguridad a una mujer con su sola presencia, fuerte e imponente. Pero esa no era la clase de seguridad que ella buscaba, al menos no la que necesitaba.

─¿Vas a venir conmigo todo el rato? ─espetó agriamente.

─Me parece que lo haré ─dijo él, con su voz fluyendo con alegría, caminando a su lado, tan cerca que sus caderas casi chocaban. ─Bonito día, ¿eh?

─Juro que a veces desearía que pudieras meterte la cabeza en la boca y te la tragaras ─suspiró por lo bajo.

Lo vio tensarse y por un cortísimo segundo temió haber herido sus sentimientos. Pero entonces, él miró hacia abajo para que sus ojos se encontraran, joviales y amistosos, que la miraban un tanto sorprendido. Y fue ahí cuando, por primera vez, rieron juntos. Sonrieron juntos y pronto se transformó en un risa que se volvió una sonora carcajada que retumbó en la súbita soledad de las calles. No era solo una risita fingida, era una risotada a mandíbula batiente que parecía interminable, hasta el punto que les dolieran las barrigas.

─Bueno, después de todo sí estuve contigo el sábado ─murmuró Edward después de que el ataque de risa cesara.

─Como si eso fuera tan divertido.

─Bueno, me has hecho reír como no reía en… mucho tiempo. Eso te convierte en mi persona favorita del día.

─Supongo que de nada.

─No fue sencillo reconocerte, ¿sabes? Te ves diferente, te ves tan… no tú.

─¿A qué te refieres con eso?

Bella frunció el ceño. Trató de tomarlo por el lado amable, pero es que de verdad sus palabras le parecían inexplicables.

─En la oficina siempre eres… seria y callada. Fría. Siempre llevas esos vestidos y faldas formales, no me malinterpretes, te sientan bastante bien, pero pareces más…

─¿Vieja? Alice siempre dice eso.

─No. ─Se quedó en silencio unos instantes, tratando de buscar la palabra adecuada. ─Indiferente. Es como si justo ahora estuviera con otra persona. No creí que tuvieras algo más que faldas entalladas y tacones. Y tu cabello.

─¿Qué tiene mi cabello? ─preguntó, temerosa de que se le hubieran pegado las migajas de pan que había estado comiendo. Lo tomó entre sus dedos y lo peinó improvisadamente, con cierta vacilación en sus dedos.

─Es largo ─dijo, como si hubiera descubierto un planeta nuevo. ─Quiero decir, te hace ver más diferente. Quizá más joven; más jovial. Y hoy tampoco llevas anteojos, aun no me explico cómo puedes ver si no llevas lentes de contacto.

─Oh, eso ─exhaló, inflando las mejillas con cansancio. ─Bueno, digamos que los anteojos son sólo un… accesorio. Los uso para leer, pero en realidad veo perfectamente sin ellos.

─Entonces deberías dejarlos en casa más seguido.

─¿Por qué haría eso?

─Porque no dejan ver lo bonitos que son tus ojos ─le sonrió coquetamente. Bella miró en otra dirección, escondiéndose con su cabello como cuando era adolescente, para que nadie viera sus mejillas rosas.

─Quizá la persona que crees conocer no sea yo; tal vez detrás de ella esté quien realmente soy.

No volvió a decir nada mientras caminaban. Faltaban escasas seis cuadras. Él parecía estar muy cómodo en su compañía, no como su empleada, sino como… como su amiga, quizá. No podía permitirse tener una relación sentimental, pero si tuviera una, se dijo que Edward tal vez no estaría tan alejado de la clase de hombre que elegiría. O tal vez sí.

Él caminaba a su lado, algo aparentemente común, pero al lado de ella se veía tan grácil como un modelo a media pasarela, a diferencia de ella que caminaba a trompicones, apenas logrando no tropezarse con sus propios pies.

Miró el suelo cuidadosamente, asegurándose de no caer, pues sería demasiado humillante. Inconscientemente aminoró la marcha, sintiendo las plantas de los pies cansadas, poco acostumbrados a caminar con esa clase de zapatos. Vio los pies de Edward, que eran como el doble de grandes que los de ella, adelantarse hasta la esquina, donde viró a la derecha lo cual llamó poderosamente su atención.

¿No debía ser ella quien lo guiara hasta su apartamento? Sin embargo, él parecía ser perfectamente capaz de encontrarlo por sí mismo. Lo examinó aprensiva, evaluando sus movimientos, demasiado seguro para ser un terreno desconocido para él.

─¿Cómo sabes dónde vivo? ─soltó de repente, sobresaltándolo.

Edward se llamó imbécil. Era la segunda vez que dejaba ver que sabía más de lo que debería, pero trató de parecer despreocupado. Se encogió de hombros, restándole importancia y aminorando el paso para ir junto a ella.

─Debo haberlo visto en tu expediente del corporativo.

─Esos datos son confidenciales, no los puedes haber visto por casualidad.

─No hay datos confidenciales para mí, preciosa. Soy el Director, ¿recuerdas?

─Sí, y por eso el concejo no te deja ver los registros que hacen falta en el historial del corporativo ─le dijo sarcásticamente, aunque sabía que él lo tomaría como una broma. ─Suena lógico.

─Tú los escuchaste, esos registros se perdieron y, siendo los originales, no hay forma de obtenerlos de vuelta.

─Oh, espera ─dijo, frenando en seco a sólo una cuadra de su apartamento. Le puso una mano en el pecho para que parara también y la quitó rápidamente como si le quemara. ─¿Tú te creíste eso?

─¿Por qué no iba a hacerlo?

─Oh, Edward, eres más ingenuo de lo que creí ─suspiró. ─Eso es, obviamente, la mentira más creíble que se le ocurrió al señor Hopkins. Ellos no quieren que veas esos registros por alguna razón y temo bastante que el concejo te está viendo la cara y tú tan campante.

─¿Qué quieres decir? ─preguntó, reanudando la marcha.

─No lo sé, quizá haya irregularidades. O quizá son imaginaciones mías, pero de que existen esos registros, existen. Estoy segura.

─Suena inteligente ─concedió él. ─Pero si es verdad, no hay forma de que los recupere, ni de probar que están mintiendo.

─Podría tratar de persuadirlos…

─Oh, no, no lo harás ─la interrumpió antes siquiera de que ella pudiera trazar la idea en su cabeza. ─El concejo es un dolor de cabeza, lo juro por Dios. No quiero que lo sea para ti también. Créeme, no es bonito.

─Está bien, sólo era un idea ─susurró cuando llegaban al pequeño pórtico de su edifico. ─Gracias por acompañarme, necesitaba distraerme. No ha sido tan malo ─bromeó. ─Yo… eh… hasta el lunes.

─Cuando quieras ─ofreció. ─Y, eh, Bella, sobre lo que dijo tu… novio…

─Jacob no es mi novio, justo ahora ni siquiera es mi amigo ─esclareció, aunque estaba demasiado confundida para explicarse a sí misma por qué le estaba dando explicaciones.

─Bueno, él. No sé qué haya sucedido entre ustedes o lo que haya pasado antes de conocerte, pero no importa, ¿entiendes? No importa quién sea o qué signifique o haya significado para ti, si no lo quieres cerca, no voy a permitir que te haga daño. No voy a permitir que nadie te haga daño, Bella. Nunca. Lo prometo.

A Bella le abrumó la seriedad de sus palabras. La forma tan intensa que sus ojos verdes la escaneaban haciéndola estremecer, como si quisieran convencerla de que era verdad. Pero se negó a creer en el pequeño lado iluso que aun conservaba. Él era un hombre de mundo, con dinero y con cualquier mujer a su disposición.

Ella sólo significaba un reto para él, la única mujer que lo había rechazado y no había besado el suelo que pisaba. Eso era para él. Una más en la que seguramente sería una larga lista de mujeres ilusionadas con las que había jugado para obtener lo que quería de ellas y, cuando lo obtenía, las tiraba en la basura como muñecas viejas. Ella no iba a ser su muñeca. Había pasado demasiadas cosas en su corta vida para permitirse que un idiota adinerado jugara con su magullado corazón.

─Gracias ─le sonrió a pesar de todo.

Se dio la vuelta para entrar al edificio, dándole una mirada por encima del hombro. Él estaba ahí, parado al pie de la escalera, con una sonrisa boba en los labios, una sonrisa esperanzada.

Pero eso era lo que justo ahora escaseaba dentro de ella: esperanza. Y estaba segura de que era algo que él no le iba a poder brindar, sin importar cuánto pagara. Ella no era su tipo, estaba segura.

Y Edward Cullen nunca sería el hombre para ella.


Para quien no lo sepa Frank Farmer es el personaje protagonista de la película El guardaespaldas, interpretado por Kevin Costner al lado de la difunta Whitney Houston


Buenas noches, lectoras bonitas.

Aquí, en mi ciudad, son las 3:02 de la mañana del martes 7 de agosto del 2012. Las 4:02 am en el D.F. si les sirve para orientarse mejor. He invertido tantas horas escribiendo esto que he perdido la cuenta. Sé que no tengo perdón de Dios y que mis promesas ya no tienen validez para ustedes. Pero es que todo está en mi contra. El sábado tengo una cita con mi mejor amiga para ir al cine y ver Valiente, si es que no la han quitado ya -.-, por lo que no puedo comprometerme a subir durante la tarde, pero sí en la noche. Mis amigas tienen la culpa porque me traen de arriba para abajo con la excusa de que "casi entramos a la escuela" y que tiene que ser "el mejor año de la vida". Espero que lo sea.

Pero pasando a otros temas, ¿les gustó? Bueno tienen un pequeño acercamiento pero estos chicos dan un paso adelante y dos para atrás. En el siguiente capítulo van a cambiar un poco las cosas para ambos, en cuanto a su relación. Tengo una idea bastante concreta del siguiente capítulo. Pero también sabemos que mis ideas concretas cambian de un día para otro.

Yo... tengo que agradecerles sus reviews. Son muy bonitos. Saben que yo nunca he usado la excusa de "quiero tantos reviews para subir", Dios mío eso es patético. Si alguien me lee, debería hacerlo porque le gusta lo que hago no porque la esté obligando. Pero mi pregunta es, ¿por qué tengo 39 favoritos y no hay ni la mitad de reviews? No es una queja, es sólo que quiero saber lo que creen. Incluso si piensan que soy un asco, quiero saberlo.

Sin embargo, es sólo un comentario que quería hacer, nunca ha ido conmigo eso de "si no tengo muchos reviews no voy a subir". Simplemente me animan y en algunas ocasiones me hacen ver en qué me estoy equivocando.

Gracias por haber llegado hasta aquí, porque si estás leyendo esto es porque soportaste catorce hojas de word.

Gracias por seguir aquí, a pesar dee mi tardanza. Pero saben que nunca dejaría una historia, no, señor. Y a quien me ha preguntado, no, la historia absolutamente no es una traducción. Es mía, cada letra. Excepto los personajes, claro.

Que tengan una buena semana y nos leemos el fin de semana.

Besos.

Lizeth