Capítulo 6.

Por mucho que Shanks se esforzara en no mirar al indio y de este modo evitar la tradición de la tribu de batirse en duelo hasta la muerte, no era capaz de conseguirlo más de diez minutos seguidos. Pasado ese tiempo buscaba mantener de nuevo el contacto visual. Ciertamente este comportamiento podría haberse clasificado de acoso si no fuera porque se auto eligió personalmente para ser el guardián de tan importante preso bajo la excusa de "es de vital importancia, de él dependerán nuestras relaciones con los Lacota", por lo cual ninguno de sus subordinados puso objeciones o se extrañó de que Cienfuegos se pasara la mayor parte del día ante la celda del indio.

Al menos, por esa parte, Luffy se sentía más tranquilo, el capitán no sólo no se había enfadado con su comentario sino que además continuaba con esa actitud tan desenfadada, llevándole la comida, mirándole casi todo el rato y hablando de cualquier cosa durante las largas horas que pasaban juntos. ¡Incluso había tratado de enseñarle a jugar al ajedrez! Aunque la verdad sea dicha, el indígena no veía el tablero de curiosos cuadros blancos y negros y las piezas de raras formas más que como extraños monigotes sin ningún propósito. Por si fuera poco no entendían muy bien ni las reglas ni la forma en que cada pieza debía moverse. Sin embargo consiguió captar su atención. Sumándolo todo hizo que él comenzara a dejar la desconfianza a un lado y fiarse más de su primer amigo en aquel fuerte lleno de soldados que sólo le veían como un pagaré a cambio de las tierras por las que llevaban peleando tanto tiempo.

Igual que otras muchas veces el pelirrojo había reunido a los oficiales. Esta vez no se trataba de nada que tuviera que ver con una decisión de la forma en que se debía dirigir Grand Line, pero no por ello carecía de importancia.

Después de meditarlo durante estos dos días he deliberado que lo mejor es que vayáis dos de vosotros a informar al jefe Lacota que tenemos al príncipe y los términos del trato- dijo el capitán tratando de ocultar la pena que le acusaba la próxima marcha del indio-

Me encargaré yo señor- se ofreció Sanji-

Bien, ya había pensado en ti para ello, sin embargo me alegra que tengas iniciativa.-le sonrió a su segundo- Y veamos… el otro que sea Yuta.

¡¿Qué?! Pero señor…-el aludido iba a protestar pero fue cortado en el acto por su superior que dejó bien claro que estaba decidido y no había vuelta de hoja.

Después de la reunión, los dos hombres destinados a hablar con el jefe de la tribu, abandonaron el fuerte con destino al poblado montando sendos caballos al galope. Según lo que ellos mismos sabían y lo que les había confirmado su rehén, debían ir en dirección noroeste un día hasta encontrar el cauce del río y luego seguirlo durante otro medio, si iban a buen ritmo, todo recto hasta hallar el campamento.

Y así lo hicieron, como no dejaron descansar a sus monturas más que el tiempo necesario para recuperarse y beber, alcanzaron su objetivo incluso antes de tiempo. Una vez allí y tras un recibimiento de todo menos amigable a base de flechazos y hachas voladoras que casi les derriban, consiguieron mantener una charla medianamente normal con el jefe. Éste se mostró muy evasivo y desconfiado al principio sin querer prestar atención a los visitantes pero conforme la conversación avanzaba también lo hacía su estado de nerviosismo ante la idea de no poder volver a ver a su hijo y su futuro sucesor. Tenía dos opciones: o marcharse con todo su clan y tener un futuro en otro lugar o quedarse, arriesgarse a una confrontación que acabaría con muchas vidas y no tener nada por lo que pelear porque no tendrían gente ni príncipe que formaran ese futuro. Tras meditarlo y muy a su pesar, acabó aceptando el trato de los visitantes.

Durante los dos siguientes días que precedieron a la reunión en la que enviara a un par de oficiales al poblado Lacota, Cienfuegos estuvo especialmente apegado al indio. Sabía que si las negociaciones salían bien Luffy tendría que irse, por mucho que en su corazón no quisiera separarse de él, eso es lo que pasaría. Y lo peor vendría luego al tener que ocupar esas tierras por las que tanto habían luchado pero que acabarían en manos de cualquier mandatario acomodado que jamás había puesto ni pondría un solo pie en ellas. A veces ser soldado era un asco.

Como las últimas cuatro noches, el pelirrojo se dirigió con una bandeja de comida en una mano y el ajedrez en el otro a la mini-cárcel donde se encontraba el rehén. Como era costumbre abrió la puerta de la celda y se sentó a su lado.

Noches buenas paliducho.-saludó alegre el pelinegro-

Buenas noches Luffy. Ten, la cena.- éste acabó con ella enseguida- Veo que hoy tenías mucha hambre

Más que ser hambre, mi tener ganas de que Shanks enseñar "aje-drez".

¿Tanto te gusta?- se asombró-

Tratar de juego curioso. Figuritas hacer gracia.

Je, está bien, pues sigamos por donde lo dejamos anoche.- le sonrió cálidamente; no podía negar que disfrutaba de esos momentos- El alfil,-señaló la pieza en concreto- se mueve en diagonal por los cuadros del color en que se encuentra…

Un tipo misterioso se había pasado la tarde al amparo de las negras pinceladas del crepúsculo trapicheando entre los muros del fuerte disimulando lo más que le fue posible mientras realizaba su tarea. Dicha tarea, tal y como le habían encomendado, consistía en colocar estratégicamente las cargas de explosivos y aceite inflamable para que a la noche todo ardiera. Increíblemente, para bien o para mal, nadie le sorprendió mientras lo preparaba y ahora ya era noche cerrada, los soldados se habían ido a sus barracones y él se encontraba pululando por el patio esperando el momento oportuno para encenderlo todo y que el fuerte desapareciera junto a sus ocupantes.

Las agujas del reloj avanzaron despacio a su parecer pero finalmente llegó la hora convenida. No se demoró ni un segundo en prender las mechas desde un lugar estratégico que le dejaba el tiempo justo y necesario para escapar a lomos de un caballo y desaparecer. Cuando se hubo alejado lo suficiente paró de cabalgar para observar como el gran fuerte conocido como Grand Line, ardía envuelto de grandes llamaradas producto de las diversas explosiones. Su misión de infiltración había sido un éxito y la corona de su país estaría contenta de ya no tener rivales con los que competir por las tierras del "Salvaje Oeste".

El tiempo pasó volando y antes de que se dieran cuenta habían caído los dos dormidos. Luffy sujetando un peón entre las manos, que fue la pieza que más gracia le hizo, porque según él y tras la explicación del pelirrojo, "tenían que ser los mejores si había tantos y se movían tan lentos". Por su parte Shanks murmuraba cosas incomprensibles entre medias de cómo se debían mover las piezas del ajedrez. Formaban una curiosa estampa.

De pronto el más joven se despertó sobresaltado por un fuerte estruendo que le pareció oír en sueños. Hacía demasiado calor. Al abrir los ojos y contemplar como todo a su alrededor estaba en llamas y continuas explosiones aún se sucedían sin parar en todo el fuerte, quedó en shock sin saber muy bien lo que debía hacer. Un nuevo estallido le hizo despertar de su estado de coma temporal.

Shanks,-le zarandeaba tratando de despertarlo- ¡deber despertar, paliducho, venga!

Pero él no hacía el mínimo movimiento. El indígena salió de las celdas para dirigirse al patio en busca de ayuda pero lo único que encontró fueron ardientes flamas que le cortaban el camino a cada paso que daba. No había nadie excepto algunos asustados caballos que relinchaban tratando de salir de los corrales. "Todos haber huido deben", pensó. Y si bien era cierto que muchos de los soldados, alarmados por las primeras explosiones, habían abandonado el fuerte sin mirar atrás, la gran mayoría no tuvieron oportunidad. Volvió raudo al interior, quizá el humo que se acumulaba provocara la inconsciencia del pelirrojo y por eso no conseguía despertarlo. Le zarandeó unas pocas veces más con más insistencia que antes sin obtener resultado. Después de un pequeño debate moral sobre lo que debía hacer con su amigo, en un último intento, le cargó como buenamente pudo sacándole de la dañada estructura que pocos minutos después caía consumida por el fuego. Se acercó a los establos liberando a los animales y montando a uno de ellos, agarrando a Cienfuegos fuertemente contra sí para que no callera, abandonó el fuerte sin ninguna dirección concreta, sólo sabía que tenía que alejarse de allí lo más rápido posible.

Los dos enviados volvían a Grand Line en plena noche alegres por haber cumplido su objetivo para informar a su superior de su éxito, aunque uno de ellos en cierta manera triste por despojar a unas gentes que no tenían culpa de nada de sus campos.

Oi, Sanji, ¿por qué tienes esa cara de amargado? ¿Acaso no te alegras de cumplir con tu deber?

No, no es eso, sólo que no me parece del todo bien.

Ya estamos otra vez con el alma de monje.

¡Que no es alma de...!- paró de hablar al fijarse como el lugar del horizonte donde supuestamente debería estar su destino había sido sustituido por una gran masa de fuego- ¡Joder! ¿Viste eso?

Yuta se limitó a asentir mientras ambos espoleaban a sus caballos para que apretaran el paso, tenían que saber qué es lo que estaba sucediendo.

Al acercarse más el espectáculo no mejoró para nada los nervios que acarreaban desde hacía unos pocos kilómetros. Tal y como parecía desde lejos, el fuerte ardía como si de una falla en la noche de San Juan se tratase. Las llamas lo consumían sin piedad amenazando con quebrar su estructura en cualquier momento, mas ése no fue impedimento alguno para que el rubio nada más bajar de su montura corriera a su interior para ayudar a los posibles heridos. En el último momento una mano lo aferró firmemente por la muñeca.

¿¡Qué haces loco?!- le acusó su compañero.

¡Ir a ayudar, ¿no lo ves?!

Ya no hay nada en lo que ayudar Sanji.

¡Déjame, el capitán podría estar ahí dentro todavía!

No.

¡Qué me sueltes te digo!

Está bien idiota, haz lo que quieras, cuando acabes calcinado no vengas a buscarme, yo me largo- soltó al rubio y desapareció-

Sanji una vez libre entró en el fuerte, tal y como le advirtió Yuta, ya no había nada en lo que ayudar, lo único que quedaba eran los escombros churruscados de lo que antaño fuese una gran fortaleza. Dio un último vistazo cayéndosele el mundo a los pies al comprobar como el despecho del pelirrojo ardía y se derrumbaba ante sus ojos. No podía ser. Apenas habían estado fuera dos días, ¿cómo era posible que hubiera pasado todo eso en tan poco tiempo? El escenario no le dio tiempo a hundirse en sus pensamientos pues las aparentemente implacables explosiones le obligaron a salir corriendo antes de hundirse él también entre las flamas.

Tirado en el suelo, impotente y contemplándolo todo desde fuera la estampa era peor y para colmo su caballo se había escapado, seguramente asustado de los estallidos.

Estaba solo. Completamente solo delante de una fogata que alumbraba los alrededores quebrando la paz que debería haber tenido esa noche. Las lágrimas desbordaron de sus ojos incapaces de retenerlas más tiempo. ¿Qué habría sido de sus amigos? ¿Y de su capitán y ese indígena? ¿Qué iba a hacer él ahora? ¿A dónde debía dirigirse? Eran demasiadas preguntas para que su mente, en las condiciones en las que se encontraba, fuera capaz de encontrarles solución a todas, sin embargo sentía que por la parte de su superior todo marchaba bien, no sabía por qué pero es lo que sentía, ellos andaban por algún lado. Entonces una bombillita se encendió en su cabeza, vio ese pequeño rayo de luz y esperanza que siempre te dicen debes buscar en momentos así.

Él…- se limpió las lágrimas con la manga- Debo encontrarle, si el capitán confiaba en él yo también debo hacerlo, seguro que juntos podremos encontrarlo. Zoro, más te vale estar en el pueblo…

Se puso en pie y comenzó a andar con rumbo sur, Solèy le esperaba, y en él, ese hombre. No era la mejor manera pero las circunstancias así lo obligaron, había llegado el momento de conocerse.