¡Muy buenas a todos! ¿Qué tal os va? Bueno, seguimos avanzando en la historia. ¡Agarraos que vienen curvas!
El vuelo no ha sido demasiado largo, pero para Leon ir en un avión es un auténtico coñazo. Aunque lo cierto es que es el medio de transporte que más utiliza últimamente, sobre todo en los viajes del Presidente. No siempre tiene que acompañarle, pero cada quince o veinte días tiene que montarse en uno de esos trastos para garantizar la seguridad del Presidente.
Leon coge su equipaje y se pone en cola para pasar de nuevo por el control. Coge de su chaqueta su tarjeta de agente especial y su licencia para poder llevar armas. Es una auténtica odisea tener que demostrar que es un agente del Gobierno cada vez que tiene que tomar un avión. Hubo una vez que casi pierde su vuelo por culpa de las comprobaciones.
La cola avanza a buen ritmo. Leon consulta su teléfono. Sólo tiene un mensaje de Hunnigan recordándole que el jueves tiene una cita con el senador Jones para hablar sobre protocolos de seguridad. Un rollo de reunión, a decir verdad. Lo suyo es la acción; el papeleo es para los chupatintas.
La mujer que está delante pasa el control y es su turno. Leon enseña su pasaporte, su placa de agente federal y la autorización que le permite llevar armas en cualquier momento. Los tipos examinan detenidamente toda la documentación. Charlan unos instantes en voz bajan y le miran.
-¿Podría enseñarnos su arma, agente Kennedy?
-Claro –Leon saca la pistola de su chaqueta y la deja sobre el mostrador. Uno de los guardas mira alternativamente el documento y el arma, comprobando que corresponde con el modelo y los datos facilitados.
Los tipos siguen en silencio. Leon se está empezando a poner un poco nervioso. ¿Tanto trabajo tiene comprobar los datos y que esa arma es la suya? El guarda asiente en silencio y le devuelve todos los papeles.
-Todo parece estar en orden. Pase por el detector, si no le importa.
Leon hace lo que le ordenan. No suena ninguna alarma. Recupera su pistola y suspira aliviado. Bien, hora de volver a ponerse en marcha. Lo primero es acercarse al hotel donde tiene hecha la reserva, descansar un poco y dirigirse al cuartel de la B.S.A.A. El Presidente querrá un informe lo antes posible.
Parece que esos terroristas no descansan. Durante el vuelo estuvo revisando el informe que le pasó Chris a última hora de ayer. No hay mucho donde rascar, pero lo que está claro es que es necesaria una intervención antes de que sea demasiado tarde. Un virus puede tardar minutos, o como horas, en infectar a toda una ciudad… y en Río de Janeiro hay más de seis millones de personas…
Un grupo llamado Deus Bem-aventurado parece estar detrás de los ataques. Aunque aún no se han hecho responsables, la B.S.A.A. ha encontrado una pista en uno de los misiles lanzados con el emblema del grupo. La cuestión es: ¿qué virus han intentado propagar? ¿Cómo lo han conseguido?
En el mercado negro pueden conseguirse todo tipo de cosas, y no es la primera vez que se da el caso de que han intentado vender algún virus al mejor postor. La B.S.A.A. es bastante tajante en eso aspecto, pero no siempre hay acceso a todas las rutas comerciales clandestinas.
Casi diez minutos después consigue llegar a la entrada del aeropuerto. El ir y venir de gente es incesante. Leon le hace una seña a uno de los taxistas que está junto a la puerta de coche fumando un cigarro. Le mira con mala cara mientras pisa la colilla en el suelo. Leon niega en silencio mientras se monta en el vehículo. Los hombres y el tabaco… una mala combinación.
Coloca su bolsa sobre sus pies mientras el conductor accede al interior. Es un tipo con una gorra blanca y un bigote bastante poblado. Viste una americana y unos pantalones grises bastante anchos.
-¿Adónde le llevo, caballero? –pregunta en un tono algo más amable. Su voz es bastante ronca, quizá de los años que lleva fumando.
-Al Residential Palace Hotel.
-No está muy lejos. Llegaremos en unos diez minutos –informa poniendo en marcha el coche e introduciendo la dirección en el GPS.
El taxista sale del aeropuerto y se incorpora al tráfico. Leon observa a través del espejo que un coche negro se coloca a la estela. Decide no perderlo de vista. Le contesta a Hunnigan agradeciéndole el recordatorio y le escribe a Claire para decirle que acaba de llegar a la ciudad. Aún no han quedado a ninguna hora ni en un lugar concreto, pero tienen toda la tarde para hablar.
-¿Negocios? –pregunta el tipo deteniéndose tras una larga fila de coches esperando a que el semáforo se ponga en verde. Leon tarda unos instantes en darse cuenta de que le está hablando. Está distraído mirando al coche negro.
-Sí… -responde sin apartar la mirada. Hay dos tipos. Ambos llevan gorras que les tapan prácticamente la cara. Definitivamente, hay algo en ellos que no termina de convencerle -. Sé que lo que voy a pedirle suena un poco raro, pero… ¿le importaría coger una carretera secundaria? Necesito comprobar algo…
El tipo mira a Leon con cara de circunstancias. El agente no le presta atención. Está tan concentrado intentando averiguar quiénes son sus perseguidores que apenas se da cuenta. El conductor gira a la derecha en la siguiente calle, donde hay menos tráfico de lo habitual. El coche negro los sigue ahora a un poco más de distancia. Leon se cruza de brazos sonriente.
-Lo sabía… -murmura echando mano a su arma. El conductor da un volantazo sorprendido que casi les hace chocar contra un coche que hay aparcado en la parte derecha.
-Joder… -exclama respirando con evidente dificultad. El agente sigue observando, esperando -. ¿Qué… está pasando?
-Acelere. Tenemos compañía –le explica Leon comprobando que su arma tiene un cargador. Se recuesta contra el asiento y coge aire por la boca. El coche empieza a ganar velocidad poco a poco.
Leon abre la ventanilla y saca el brazo. Aprieta el gatillo y esconde la mano rápidamente al ver que desde el otro vehículo le responden con una metralleta. Algunas balas romper el cristal trasero. El conductor grita sorprendido dando un nuevo volantazo. Los pasajeros se mueven violentamente mientras el coche sigue su trayectoria. El otro ya casi los ha alcanzado.
Los perseguidores golpean la parte trasera. Leon se mueve con violencia en su asiento, dándose en la cabeza con el techo. Suerte que está acolchado. Giran a la izquierda esquivando a coches, motos y bicicletas que les pitan y les gritan cuando pasan por su lado a toda velocidad.
-Vamos, adelante –le anima Leon volviendo a sacar el brazo. Dispara un par de veces y vuelve a su sitio. No saben cuánto más van a poder aguantar, pero está claro que esa gente viene preparada.
¿Quiénes son? ¿Cómo sabían que llegaba a esa hora y concretamente a Nueva York? ¿Hay algún satélite espía que los está vigilando? Tal vez deba hablar con Sherry en cuanto tenga un momento libre. Este asunto debe investigarse muy a fondo. Son unos auténticos profesionales.
Pasan por medio de una fila de coches que están detenidos ante un semáforo en rojo. No hay manera de quitárselos de en medio. Llegan a un cruce. Esquivan unos cuantos vehículos hasta que Leon va algo a su derecha que le hace ponerse en alerta.
-¡Cuidado! –grita demasiado tarde. Un camión cisterna choca contra la parte trasera del coche.
Leon y el taxista dan varias vueltas de campana hasta que todo termina. Ambos quedan bocabajo. Gimen de dolor mientras intentan comprender qué es lo que ha pasado. El agente se lleva las manos a la cabeza. Todo da vueltas a su alrededor, como si estuviera borracho. A tientas, consigue desabrocharse el cinturón. Cae al suelo con un ruido ensordecedor.
-¿Se encuentra bien? –le pregunta al conductor un tanto aturdido. No obtiene ninguna respuesta; sólo unos quejidos -. Dígame algo.
Es como si le hablara a una pared. Posiblemente el tipo esté en estado de shock. Él también debería estarlo… pero los accidentes se han convertido en algo cotidiano en su día a día. Leon sabe que debe salir de allí cuanto antes. Es muy posible que los tipos estén esperando fuera.
Leon mira hacia la puerta. Tal vez sea la única salida. Le da una patada con la pierna izquierda, pero no cede ni un milímetro. Vuelve a intentarlo una vez más, y de nuevo agua. Se agarra como puede al respaldo de la silla y empuja con las dos piernas. La puerta empieza a abrirse. Con tres golpes más, ve la luz del exterior… y algo más.
Está empezando a salir humo por la parte delantera, por donde debería estar el motor.
-Maldita sea… -murmura arrastrándose hacia la salida. Se desplaza con rapidez con los codos. Ya tiene casi el cuerpo entero fuera.
Se arrastra con la poca fuerza que le queda hasta alejarse unos metros. Leon observa impotente cómo el taxi explota con el conductor dentro. Es incapaz de decir una palabra. ¿Cómo han podido acabar así? Eso le recuerda…
De pronto, alguien lo agarra por los brazos y lo introduce en una furgoneta blanca que tiene la puerta trasera abierta. Dentro hay cinco hombres que le apuntan a distintas partes de su cuerpo. ¿Quién demonios son esta gente? Lo empujan contra su asiento con bastante violencia y el vehículo empieza a caminar.
-Vale… Lo he pillado… -logra decir Leon intentando no perder su sentido del humor -. Seré bueno…
-Más te vale, gringo –responde el tipo que está a su derecha. Tiene los brazos cruzados a la altura del pecho. Todos llevan pasamontañas, un dato del que se da cuenta en ese momento -. Es hora de que los peces gordos dejen de meterse donde no les llaman. El mundo verá un nuevo amanecer…
Leon se queda pensativo. Un nuevo grupo de psicópatas. El recuerdo de Simmons está aún muy fresco en su memoria, y la verdad es que no le apetece nada involucrarse de nuevo en un ataque. Lo único que parece claro es que esta gente sabe quién es, y que lo tenían todo planeado.
¿Por qué él? ¿Es que tienen pensado atacar al Presidente o algo de eso? Si es así, tiene que ponerse en contacto con la central. El problema… ¿Cómo? ¿Cuándo? Nadie dice nada. El coche sigue su trayecto. Las pistolas siguen apuntándole. Hacer un movimiento es un suicidio.
Después de quince o veinte minutos, el coche se detiene. Leon no puede ver nada en el exterior. Alguien le pone una bolsa de plástico en la cabeza. Ahora sí que está completamente perdido. Le cogen del brazo y tiran de él hacia el exterior. Lo meten dentro de un edificio y lo conducen hacia una habitación vacía, donde solo hay dos sillas metálicas en el centro.
Le quitan la bolsa a Leon, que parpadea un poco para acostumbrarse a la tenue luz de la habitación. Uno de los encapuchados cierra la puerta, otro se coloca detrás de él y los demás se quedan en el exterior, vigilando. El agente intenta mantener su habitual gesto serio, para demostrarles que no se va a dejar intimidar por nada ni nadie.
El tipo se sienta delante de él, sin bajar su arma ni un milímetro.
-Imagino que tendrás muchas preguntas… Preguntas a las que, de momento, no tienes respuesta… -comienza diciendo el extraño sin alterar su tono. Algo en su acento indica que no es estadounidense -. Señor Kennedy, el incidente de Raccoon City, Las Plagas, el virus C… Son sólo algunos de los momentos que han marcado el devenir de una nación que poco a poco se ablanda… El mundo necesita nuevos líderes…
-Con gente como vosotros… Imposible –le interrumpe Leon sin arrugarse lo más mínimo. Sus años de agente y su experiencia lo han endurecido hasta un punto que a veces ni él mismo se reconoce.
-Por eso, necesitamos a alguien que dé la talla –prosigue el tipo como si no le hubieran interrumpido -. Alguien que sepa de qué estamos hablando. Señor Kennedy, bienvenido a nuestro mundo.
Le agarran por los brazos y le ponen una mascarilla en la boca. Leon pierde el conocimiento casi de inmediato.
Parece que se está llevando a cabo un plan... ¿Quién? ¿Por qué?
BrunoAscar: Muchas gracias por unirte a mi historia. Bueno, puede ser que tengas algo de razón en tus suposiciones... ¡El tiempo dirá!
Llana: últimamente parece que Claire siempre está en el ojo del huracán... Y sólo puedo decirte que esto va a más.
Kim Redfield: muchas gracias por seguir ahí. La verdad es que no me está siendo nada fácil llevar las dos historias con el escaso tiempo que tengo... Pero bueno, aquí estoy jeje. Respecto a Chris y Jill... bueno... habrá que verlo ;)
¡Nos vemos la próxima semana!
