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Era media tarde del domingo y el Departamento de Homicidios de Boston estaba vacío, salvo por dos detectives, una médico forense y dos agentes del Servicio Secreto, que contemplaban de tanto en tanto una pizarra con fotos y anotaciones y la información que habían reunido en diferentes carpetas sobre el caso que estaban investigando. Varios contenedores de comida para llevar se amontonaban vacíos en una de las papeleras.

—¿Quizás sea el lugar donde presentaron sus libros? —sugirió Myka repasando una vez más la lista de títulos que las víctimas habían publicado.

—¿Crees que pudieron hacerlo todos en el mismo sitio? —Inquirió Jane terminando su tercer vaso de café del día.

—Es posible y además, nos daría una conexión más entre ellos y el asesino —respondió Myka.

—Su coto de caza —masculló Jane—. Tiene sentido. Frost, ¿puedes cruzar referencias en el ordenador a ver qué encuentras?

El detective asintió y volvió a su mesa, segundos después ya estaba tecleando y buscando dicha información.

—Tengo que reconocer que vial o no, este tipo sabe lo que se hace —comentó Jane—. Hasta ahora no ha dejado evidencia alguna de su paso por las casas de las víctimas. Ninguno de sus vecinos tiene constancia de que nadie los visitase el día o la noche de sus muertes.

—Eso sugiere que al menos sabe cómo es el procesamiento de una escena del crimen —dijo Maura.

—Más puntos para que se trate de alguien de este lado —gruñó la detective—. Odio cuando es uno de los nuestros. —Inconscientemente se llevó una mano al lugar donde se había disparado para acabar con el corrupto Marino más de tres años atrás

Maura observó el movimiento, pero no dijo nada al respecto. Policías corruptos o con un sentido retorcido de la justicia puntuaban muy alto en la lista de los más odiados por Jane; el hecho de que ella y su hermano hubiesen pasado varios meses en el hospital por culpa de uno de ellos no lo hacía más que peor. La médico forense esperaba que para detener a este asesino no hiciese falta llegar a tales extremos; por lo menos en esta ocasión Jane contaba con la ayuda de Myka y Helena, dos agentes entrenadas y que sabían no solo lo que se hacían, sino contra que se enfrentaban.

—¿Por qué parece que está obsesionado con Sócrates? —Preguntó en cambio la castaña.

—¿Y cómo sales con eso de repente? —Inquirió Jane mirándola confusa.

—Por lo de "corromper a los jóvenes". Una de las razones por las que Sócrates fue condenado a muerte en la antigua Atenas. ¿Sabías que aunque se le considera el padre de la filosofía, dado que no dejó nada escrito y solo lo conocemos por las obras de Platón, uno de sus discípulos, se especula con que el propio Sócrates fuese una invención de Platón y…?

—Sé quién es Sócrates, Maura —la cortó Jane antes de que siguiera recitando datos y anécdotas.

—Maura tiene razón —intervino Myka—. El vial y, por tanto los asesinatos, están relacionados con Sócrates o con ese aspecto, al menos.

—Definitivamente, ese tío está loco —dijo Jane sacudiendo la cabeza—. Así que culpa a sus víctimas de lo mismo que culparon a Sócrates. O por lo menos, lo que dicen los libros al respecto.

—Es la influencia del vial —comentó Helena.

—De acuerdo —suspiró la detective—. Me encantaría saber cómo funciona eso y estoy segura de que a Maura también, viendo la cara que está poniendo…

—No estoy poniendo ninguna cara, Jane —se quejó la castaña, pero la detective ignoró su comentario.

—Pero no creo que lo vaya a comprender del todo o que tenga alguna clase de lógica normal, ¿me equivoco? —miró a las dos agentes, que negaron con un gesto.

—A mí sí me gustaría saberlo —declaró la forense, era su necesidad de conocer todas las preguntas y respuestas.

—Maura, te conozco y sé que eres una persona que se basa en hechos, pruebas y la solidez de la ciencia —comentó Myka en tono amable—, pero lo que Helena y yo investigamos habitualmente, el tipo de cosas con las que trabaja nuestro Departamento… Digamos que distan mucho de ello.

—¿Como lo de la sangre funcionando como una especie de droga por entrar en contacto con el vial? —Preguntó Maura.

—Exactamente —asintió Myka—. No encontrarás pruebas sobre ello ni una explicación lógica y razonada, solo las consecuencias.

—Aunque no creo que pudiese trabajar en esas condiciones mucho tiempo, lo entiendo y tendré que hacer una excepción está vez. No me gusta, como cuando Jane basa sus suposiciones en su instinto, pero lo entiendo.

—A mi favor diré que mi instinto pocas veces se equivoca —señaló Jane cruzando los brazos sobre el pecho, los demás rieron suavemente.

La verdad es que las cosas estaban yendo bastante mejor que al principio, pensó Myka, ahora que tanto Maura como los detectives estaban colaborando activamente con ellas, las posibilidades de atrapar al asesino y hacerse con el Vial de Cicuta habían aumentado; no es que dudase de su capacidad y la de Helena para rastrear el artefacto por su cuenta, pero la verdad era que más de cien años atrás la inventora y su compañero no habían podido apoderarse de ello y había logrado pasar desapercibido todo ese tiempo hasta ahora. Contar con la ayuda de Jane y Frost, así como con la de Maura podría facilitar la búsqueda, ya que contaban con acceso a los datos de la policía sobre los otros supuestos suicidios o las escenas del crimen y no tenían que andar trampeando y forzando su entrada en los mismos para poder estudiarlos; no es que ello hubiese sido un gran problema contando con las habilidades de Claudia, e incluso Artie, para obtener ese tipo de información y acceso, pero sentaba bien el hacer las cosas legalmente y con el apoyo de otro cuerpo de seguridad o parte de él, al menos.

—¿Algo interesante, Frost? —La voz de Jane sacó a Myka de sus pensamientos.

—Puede, dadme unos minutos más —contestó el hombre con la mirada fija en la pantalla de su ordenador.

Antes de que Jane pudiera decirle que se diera un poco más de prisa, la entrada de Frankie al departamento les sorprendió a todos; el joven vestía su uniforme, pero que la detective supiera, ese día no tenía que trabajar.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Le preguntó Jane cuando llegó a su altura.

—Podría hacerte la misma pregunta, ¿sabes? —contestó Frankie—. Ma dice que no os ha visto por casa en todo el día.

—No sé de qué se sorprende, podríamos haber salido a pasar el día fuera. O estar en mi apartamento.

—Ya, como últimamente pasas tanto tiempo en tu casa —Frankie sonrió de medio lado y Jane se limitó a contestarle con un gruñido—. Así que, ¿qué estáis haciendo aquí un domingo por la tarde?

—Trabajar en un caso. ¿Y tú?

—Perdí una apuesta con uno de los chicos y cambiarle el turno de noche de hoy es el pago. Y ya que tenía que venir, había decidido pasarme por aquí arriba a ver si había alguien —respondió mientras sus ojos vagaban sobre la pizarra del caso—. Ey, ¿estos no son todos esos suicidios que ha habido recientemente? ¿Es en lo que estáis trabajando? —Inquirió volviéndose hacia su hermana.

—Qué buenas dotes de observación, Frankie —ironizó Jane rodando los ojos.

—Puedes ahorrarte el sarcasmo, Janie. ¿Por qué volvéis a investigarlos? ¿Y quiénes son ellas? —Finalmente pareció reparar en las dos mujeres desconocidas para él de la sala.

—Oh, disculpad por no haberos presentado —intervino Maura, siempre atenta a las maneras—. Frankie, ellas son Myka Bering y Helena Wells, dos amigas. Él es Frankie Rizzoli, uno de los hermanos pequeños de Jane. Estamos colaborando para la resolución de estos casos.

Los tres intercambiaron amables saludos y apretones de mano.

—¿Sois detectives también?

—Casi, pero no, Frankie —sonrió Jane.

—Servicio Secreto. Y no, esto no tiene nada que ver con el Presidente —se apresuró a aclarar Myka, antes de que el joven oficial les preguntase lo inevitable.

—¿Entonces esos suicidios no han sido tales? —Curioseó el joven.

—No, aunque —Jane dirigió una rápida mirada a las federales, consciente de que no querrían que más personas se involucrasen en aquello— es complicado de explicar.

—Venga, Jane, sabes que necesito experiencia en estas cosas.

—Aunque apreciamos tu entusiasmo —dijo Helena adelantándose a la posible respuesta menos agradable de la detective—, la naturaleza clasificada de estos casos nos impide tener a más gente trabajando en ellos.

—¿Clasificados? —Frankie parecía confuso.

—Sí, ya sabes, federales, Servicio Secreto y esas cosas —trató de aclararle su hermana.

—Ya, bueno, pues… —se encogió de hombros evidentemente decepcionado—. Será mejor que me vaya yendo entonces. Dile a Ma que siento perderme la cena familiar de los domingos.

—De acuerdo. Hasta luego, Frankie. Ten cuidado ahí fuera.

—Vosotros también. Y suerte con el caso.

El joven abandonó el departamento para comenzar su turno de patrulla, aunque a juzgar por la expresión de su cara cuando salía, estaba claro que hubiese preferido quedarse allí. Jane no podía culparlo, a ella no se le había olvidado todavía que durante las primeras semanas después de aprobar el examen para detective, no había dejado de intentar ganar experiencia en los casos que se investigaban entonces a costa de intentar meter la cabeza en todos ellos. Esperar a que quedase libre una plaza en alguno de los departamentos mientras seguías patrullando, siempre era algo un poco frustrante.

—Así que tu hermano también es policía. ¿Tradición familiar? —Preguntó Myka.

—Nah, Frankie y yo somos los únicos policías de la familia. De ser una tradición, la estaría empezando yo, en todo caso.

—¿Pensando en tener críos, Rizzoli? —Intervino su compañero divertido.

—Cállate, Frost —gruñó la detective—. Y tú no digas nada —dijo girándose hacia Maura.

—No iba a decir nada —sonrió la castaña demasiado inocentemente como para ser verdad.

—Ajá —suspiró Jane—. Ya tengo suficiente con mi madre, gracias. —Ante las miradas curiosas de Myka y Helena, Jane se explicó—. Lleva años atosigándome con el tema del matrimonio y los hijos… Antes de que Maura y yo estuviésemos juntas, su principal hobby era buscarme citas a ciegas. Muy cansina.

—No puedo decir que te entienda completamente, mis padres viven en Colorado y no nos vemos mucho por el trabajo —comentó Myka—. Pero cada vez que pasó por allí es un no parar de preguntas, "consejos", sugerencias y más preguntas por parte de mi madre.

—Ey, quizás debería haberme mudado a otro estado —rió Jane—. O mejor aún, que mi madre se mudase a otro estado.

—Sé que no hablas en serio, así que no señalaré lo rudo de esa idea —dijo Maura—. Y Angela solo se preocupa por ti, Jane. Quiere que tengas a alguien a tu lado que cuide de ti y una familia propia.

—Bueno, afortunadamente para mí, ya te tengo a ti —le dedicó a la castaña una cálida mirada y una tierna sonrisa—. Y, sí, Frost, se lo ñoño y sentimental que ha sonado eso, así que puedes ahorrarte el comentario.

Su compañero simplemente dejó escapar una ligera carcajada, como el resto, salvo Maura, que estaba ocupada devolviéndole la misma sonrisa y la misma mirada a la detective.

—Supongo que prefieres oír lo que he encontrado cruzando datos —dijo Frost, levantándose de su escritorio y yendo a la mesa a la que estaban sentadas las mujeres.

—Dispara.

—Myka tenía razón, todas las víctimas presentaron sus ensayos en el mismo lugar, una librería especializada en el centro. Ciencias. Ensayos. Y más, es el nombre del establecimiento. Al parecer, montan bastantes de estos eventos, solo en este mes tienen organizadas cinco presentaciones diferentes.

—Es una muy buena librería —comentó Maura—. He estado en ella varias veces. Y tiene cierto prestigio en el entorno académico.

—Esa es nuestra otra conexión. Ahí debe ser dónde elige a sus víctimas el asesino —dijo Jane.

—Es una buena pista que seguir —señaló Helena—. ¿Abren los domingos?

Frost consultó sus notas y negó con la cabeza.

—Entonces no podremos hacer nada hasta mañana —dijo Jane—. Estaría bien ver si tienen cámaras de seguridad y si todavía guardan grabaciones de los días en que nuestras víctimas presentaron sus ensayos o, por lo menos, de las últimas de ellas. Aunque sin una orden judicial puede que se complique la cosa.

—Ya y no veo a ningún juez facilitándonos una por unos suicidios —añadió Frost.

—Tal vez podamos ayudar con eso —intervino Myka—. Hablaré con nuestro jefe para que mueva algunos hilos y nos consiga esas grabaciones, si existen.

—Eh, eso de ser federal y trabajar en un Departamento misterioso del Servicio Secreto parece que tiene sus ventajas —comentó Jane.

—Unas pocas, sí —rió Myka.

—Muy bien. Pues creo que aquí ya no podemos hacer más. Frost imprime una lista con los nombres de nuestras víctimas y los títulos de los libros que presentaron en esa librería. Mañana nos pasaremos por allí a primera hora. Por hoy, vámonos a casa.

. —. — . —.

Myka y Helena llegaron a la conclusión de que una cena con el clan Rizzoli, o al menos parte él, no se diferenciaba mucho de una en el B&B con el resto de sus compañeros, el ambiente familiar, las voces, las pequeñas discusiones… Lo único que faltaba era Pete y su inhumana forma de devorar comida. Pese al bombardeo de preguntas de la madre de Jane y los ocasionales piques de esta con su hermano pequeño, Tommy, en general la velada estaba resultando bastante agradable y mucho menos ruidosa o agobiante de lo que Jane les había advertido, obviamente exagerando un poco. Además, la regla de Angela de que en la mesa no se hablaba del trabajo, les había ayudado a desconectar del caso actual y a empezar a relajarse de nuevo después de prácticamente dos días centradas en ello.

Tras terminar de cenar, Jane vio cómo su madre conseguía secuestrar a Maura y Myka en la cocina, en parte para recoger y en parte, a la detective no le cabía ninguna duda, seguir saciando su curiosidad sobre las dos agentes y la amistad de Myka con Maura. Jane sacudió la cabeza y volvió su atención hacia Helena y Tommy, ambos estaban charlando sentados en el salón; Jane no podía estar muy segura, pero le pareció que hablaban sobre ajedrez, nada menos. Aprovechando una pausa en la conversación entre ambos, decidió preguntar algo que desde aquella mañana daba vueltas por su cabeza.

—Así que, ¿H.G.? —Inquirió Jane sentándose junto a la británica en el sofá.

—¿También oíste eso? —Helena no parecía muy sorprendida por la pregunta o por qué Jane hubiese retenido aquel detalle de la conversación mantenida con Artie a través del Farnsworth.

—Sí. Supongo que son tus iniciales, ¿no?

—Sí. Los demás, salvo contadas ocasiones, me llaman por ellas. Myka es la única que usa mi primer nombre habitualmente.

—¿Y quién de los dos era el freak de la ciencia ficción?

—¿Perdón?

—¿Ya sabes? H.G. Wells, uno de los padres del género. ¿La Guerra de los Mundos? ¿La Máquina del Tiempo?

—Oh, crees que a uno de mis padres le gustaba y por eso me pusieron este nombre, ¿verdad?

—Básicamente. Si no, sería una gran casualidad, la verdad. ¿Conoces al autor?

—Estoy familiarizada con su obra, sí —Helena resistió con todas sus fuerzas la sonrisa que pujaba por dibujarse en sus labios. No era la primera vez que alguien hacía un comentario similar sobre su nombre, por supuesto, a ninguna de esas personas se les podría si quiera pasar por la cabeza que ante ellos tenían a la verdadera H.G. Wells y, obviamente, ella no podía decírselo. En ocasiones, su reacción ante ello era divertida, como ahora con Jane, otras no tanto, pues le recordaba a un tiempo y una época que a veces echaba de menos, a algunas de las personas antes del bronce.

—Yo he visto esas pelis —intervino Tommy desde uno de los sillones—. Las modernas, quiero decir. No estaban mal.

—¿En serio, Tommy? ¿Las películas? Quizás deberías probar a leer los libros —dijo Jane rodando los ojos.

—Debo decir que estoy de acuerdo con tu hermana, aquí —el ceño de Helena se contrajo ligeramente al recordar las, en su opinión, poco acertadas adaptaciones que habían hecho de sus novelas y que Pete había insistido tanto en que viera. Esa había sido una experiencia sin la que podría haber pasado.

—Sí, bueno, quizás lo haga algún día —dijo Tommy encogiéndose de hombros.

—Deduzco entonces que tú sí has leído los libros de Wells —comentó Helena dirigiéndose a Jane.

—Algunos, cuando estaba en el instituto. La verdad es que me gustaron bastante, no solo los de ciencia ficción, también sus obras de contenido más social. El hombre era un adelantado para su tiempo en lo que respecta a la igualdad social.

Ahora Helena sí se permitió una sonrisa complacida, normalmente la gente que asociaba su nombre al del autor en estos días, solía recordar solo sus obras de ciencia ficción y pasando muchas veces por alto el mensaje y crítica social que contenían. Aunque algunos de los libros a los que Jane estaba haciendo referencia no había podido escribirlos ella, ya que para entonces se encontraba encerrada en bronce, parecía que Charles había seguido sus deseos y todas aquellas ideas que había dejado a medio camino antes de comenzar su sueño de más de cien años.

—Pero todavía no me has dicho a cuál de tus padres les gustaba H.G. Wells —le recordó Jane.

—A los dos —sonrió Helena—. Ambos sintieron siempre un amor especial por el autor. —Y nadie jamás podría acusarla de haber mentido en aquella afirmación, pensó la inventora.

—Entonces —intervino Tommy—, sobre esa apertura que mencionabas antes…

—Oh, sí —asintió Helena—. Verás, no es algo muy convencional, seguramente no la encuentres en ningún libro en estos días, pero el hombre que me enseñó a jugar era un maestro y…

Jane dejó que la conversación volviese sobre el ajedrez, aparentemente, Tommy seguía buscando maneras para intentar ganarle alguna partida; su vena competitiva la llevó a prestar atención también a las palabras de Helena, sería mejor estar preparada para el inevitable futuro desafío.

Mientras, en la cocina, Angela se despedía de Maura y Myka.

—Alguien tiene que estar en la cafetería de la comisaría temprano para servir café y desayunos a nuestros chicos —dijo Angela—. Y Stanley prefiere que sea yo.

—Muchas gracias por la cena, Angela. Lamento no haber podido ayudar hoy.

—No tienes que disculparte Maura —Angela le palmeó cariñosamente el brazo a la castaña—. Tú y Jane estáis trabajando en un caso y ya sabes que a mí no me importa meterme en la cocina. Sobre todo si hay invitados.

Myka devolvió la sonrisa que la madre de Jane le estaba dirigiendo y le dio las gracias también, alabando la cena que la mujer les había preparado, una de sus particulares recetas de cocina italiana.

Tras despedirse de todos, Angela se fue a dormir, no si antes "aconsejarles" que ellos también se retirasen pronto, a fin de cuentas, el día siguiente era lunes y había que trabajar.

—Ma, nosotras llevamos trabajando todo el fin de semana —le recordó Jane rodando los ojos.

—Bueno, yo solo digo que no os quedéis hasta tarde levantados. Buenas noches.

—Hasta mañana, Ma.

—Buenas noches, Angela.

Myka vio como Maura sonría ante el intercambio entre madre e hijos, del que en gran medida ella también era parte; la agente se preguntó hasta qué punto su amiga era consciente de ello, de que ahora era parte de aquella familia, como ella lo era de la familia del Almacén. Conociendo como conocía a Maura, seguramente era plenamente consciente de ello y además, lo valoraría de forma muy especial; los Rizzoli parecían estar dándole el cariño que sus propios padres no habían sabido darle. Myka sonrió contenta por que Maura hubiese encontrado todo aquello.

—Creo que nunca me has contado qué es lo que os hizo cambiar de opinión respecto a vuestra relación —comentó Myka, mientras Maura les servía dos copas de vino.

—¿No? Ha pasado casi un año, pensaba que en alguna de nuestras conversaciones habría salido el tema —dijo Maura, Myka sacudió la cabeza.

—No completamente. Supongo que ha sido un año complicado y ocupado para todos —la agente recordó por un momento la destrucción del Almacén 13, las muertes de personas importantes para ellos, el dolor, la rabia y después la esperanza de poder cambiar las cosas con un reloj de bolsillo—. Así que, ¿qué cambió? Quiero decir, siempre he pensado que tenías algunos sentimientos hacia Jane, por la forma en que me hablabas de ella y las historias que me contabas…

—Estás en lo cierto —asintió Maura—. Y se podría decir que cambiamos las dos, Jane y yo. Hace poco más de un año, las cosas entre nosotras se torcieron bastante y nuestra amistad estuvo a punto de terminar.

—¿Te refieres a todo el asunto con tu padre biológico, verdad? —Aunque al principio Maura se había mostrado reticente a hablar del tema, Myka había conseguido que le contase toda la historia, probablemente porque estando alejada de Jane, había necesitado a alguien con quien desahogarse, con quien poder hablar de ello.

—Sí. Creo que las dos nos dejamos llevar por nuestras emociones y complicamos las cosas más de lo necesario. Durante ese tiempo realmente pensé que nunca volveríamos a hablarnos, salvo profesionalmente y empecé a darme cuenta de lo mucho que Jane significaba para mí, aunque entonces no estaba dispuesta admitirlo —media sonrisa afloró en sus labios—. Pero luego nos vimos implicadas en una peligrosa situación, de vida o muerte, como las llaman algunos. Y eso terminó de poner las cosas en perspectiva para ambas. Volvimos a ser amigas… Supongo, aunque yo no supongo —sonrió— que nunca dejamos de serlo, simplemente nos faltaba darnos cuenta. Y al mismo tiempo, me di cuenta también de que quizá, dado nuestro trabajo, pero sobre todo el de Jane, la posibilidad de decirle lo que realmente sentía por ella podía dejar de existir.

—¿Así que te decidiste a dar tú el primer paso?

—Más o menos. Aunque había tomado mi decisión, acabábamos de recuperar nuestra amistad y quería ser cauta, Jane no lleva muy bien que la presionen. Pero obviamente, ella llegó a la misma conclusión que yo después de lo que nos había pasado y empezó a ser más abierta con algunos de sus comentarios y actitud hacia mí. Al final, el paso de amigas a pareja fue bastante natural.

—¿Nada de grandes momentos de daros cuenta de que estabais colada la una por la otra? ¿Ni elocuentes declaraciones de amor? —Bromeó Myka, la castaña rió suavemente sacudiendo la cabeza.

—No. Más bien un domingo, después de la cena, cuando estaba despidiendo a Jane en la puerta, simplemente nos besamos y… digamos que ya no me hizo falta seguir despidiéndome de ella aquella noche.

—Imagino —sonrió Myka—. Y sí, las situaciones de vida o muerte tienden a dar perspectiva sobre lo que es realmente importante. —Aunque en su caso, la muerte había sido real y tangible, afortunadamente, habían podido cambiar las cosas de nuevo.

—Parece que hablas por experiencia. Pero dado el trabajo que Helena y tú tenéis, es comprensible que hayáis pasado por momentos así.

—No te haces una idea —comentó Myka mirando por un momento a la morena británica sentada en el salón—. Pero lo que importa ahora es que estamos con ellas y que el pasado es el pasado.

—Ciertamente —Maura asintió sonriente—. ¿Qué me dices? ¿Nos unimos a su conversación? —señaló a los tres ocupantes del salón y Myka asintió.

La velada no se alargó mucho más, media hora más tarde Tommy les deseaba buenas noches y se iba para su casa, Jane lo acompañó un trecho aprovechando para sacar a Joe una última vez aquella noche. Para cuando regresó la detective, las otras tres mujeres ya se habían retirado a sus dormitorios.

—Espero que con la visita a la librería mañana, encontremos nuevas pistas sobre la identidad de nuestro asesino —comentó Helena metiéndose en la cama.

—Estoy segura de que lo haremos. No te preocupes, esta vez le cogeremos a él y capturaremos, embolsaremos y etiquetaremos el Vial —le aseguró Myka acomodándose contra ella—. Aunque siento que nuestras vacaciones hayan acabado así.

—No lo sientas, amor —dijo Helena tomando su mano izquierda en la suya y entrelazando sus dedos, sus ojos vagaron un momento por el vendaje que todavía cubría el brazo de Myka—. Ya sabes lo que me gusta la caza —le guiñó un ojo.

—Lo sé, sí —sonrió la joven agente—. Pero después de que todo esto acabe, pienso recordarle a Artie que todavía nos debe unas vacaciones de verdad. Quizá la próxima vez podríamos a ir un sitio donde no vayan a aparecer artefactos… Una isla desierta tal vez —rió.

—Me gusta esa idea, tenerte solo para mí, mmm… —Se giró hacia ella para besarla.

—Ahora me tienes solo para ti —susurró Myka cuando sus labios se separaron un momento.

—Cierto. —Un sonrisa casi predadora y una mirada de deseó oscureció sus ojos, al tiempo que se colocaba sobre Myka, manos acariciantes recorriendo su torso bajo la camiseta—. Creo que mañana vas a necesitar una taza extra de café, querida… —Sus labios hicieron contacto entonces con el cuello de la otra mujer, que se estremeció.

—Hm… —suspiró Myka—. Sobreviviré… —Cerró los brazos en torno al cuerpo de Helena sobre el suyo, dejando que sus manos se perdieran en el largo cabello negro y su espalda.

El artefacto y los asesinatos olvidados por una noche.

. — . — . — .

La mañana del lunes encontró a Jane y a las dos agentes del Servicio Secreto en la librería Ciencias. Ensayos. Y más minutos después de que abrieran sus puertas; Frost se había quedado en la comisaría, buscando en Youtube vídeos de las presentaciones, el joven detective creía que sería una forma de completar lo que consiguiesen de la librearía. Y Maura tenía trabajo pendiente en la morgue.

Las recibió una mujer joven, de cabello castaño y facciones suaves y amables, con unas gafas de pasta cubriendo sus ojos claros; se presentó como Samantha Arson, una de las dueñas y que también trabajaba en el establecimiento como su encargada. Les confirmó que todas las víctimas habían presentado sus ensayos allí durante los últimos meses. También mencionó que aquellas obras habían sido las que más repercusión habían tenido tanto en el mundo académico, como en los medios especializados en el sector de la educación, y que todos ellos trataban temas similares. La mujer lamentaba las muertes de aquellas personas y no se explicaba cómo podrían haberse quitado la vida de aquella manera.

—El profesor Donaldson era un hombre encantador y muy inteligente. Podría haber trabajado en la universidad, pero prefirió dedicar su tiempo a los niños y la educación infantil. Una verdadera lástima —sacudió la cabeza.

—Así es, señorita Arson —asintió Jane—. Y quizá pueda ayudarnos a esclarecer las circunstancias de sus muertes.

—Creía que habían sido suicidios…

—Con tantas víctimas en tan poco tiempo, no queremos descartar nada —le explicó la detective, esperando que la mujer no siguiese haciendo más preguntas.

—Entiendo. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Necesitamos acceso a las grabaciones de seguridad de los días en que las víctimas presentaron sus ensayos sobre educación, si todavía las conservan —dijo Myka señalando las cámaras de seguridad del establecimiento.

—Por supuesto. Déjenme llamar a nuestra empresa encargada de la seguridad y ver si pueden enviárselas. —La mujer se dirigió a su despacho en la parte trasera de la librería.

—Esperemos que tengan algo —dijo Jane dejando vagar la vista por el local; era bastante común, estanterías repletas de libros conformaban los pasillos, lo suficientemente anchos como para que dos personas pasaran sin problemas, en un lateral acristalado se había montado una pequeña tarima, frente a la cual había varias hileras de sillas; allí debía ser donde se celebraban las presentaciones. La caja estaba cerca de las puertas de entrada, custodiada por un par de guardias de seguridad, que de tanto en tanto se turnaban para hacer recorridos por el lugar, aunque a aquellas horas apenas había un puñado de clientes.

Ambos guardias de seguridad las habían observado con atención cuando entraron, hasta que Jane, haciendo un movimiento practicado durante años, había dejado entrever su placa; uno de los hombres había asentido levemente y el otro las había mirado unos segundos más, hasta devolver su atención al resto del local.

—También deberíamos pedirle un listado del resto de autores que hayan presentado aquí ensayos como los de las últimas víctimas, podría conducirnos a la siguiente —sugirió Myka.

—No es mala idea, no creo que sean muchos nombres y podríamos adelantarnos a nuestro hombre —asintió Jane.

—Tal vez —dijo Helena dubitativa—. No estoy tan segura de que siga un patrón en ese aspecto, creo que se basa en otros aspectos a la hora de elegir a sus víctimas a que el que hayan presentado sus trabajos aquí recientemente.

—Puede ser, pero lo mejor será seguir todas las pistas posibles —se mostró de acuerdo la detective.

La señorita Arson regresó entonces con ellas con buenas noticias, la compañía de seguridad guardaba las grabaciones de sus cámaras con una antigüedad de dos años, al parecer era una política que mantenían para poder satisfacer las peticiones de algunas compañías de seguros cuando se producían robos en los locales que vigilaban. La mujer les dio la dirección donde podrían recoger las grabaciones esa misma mañana. La detective y las dos agentes no podían estar más complacidas con aquella colaboración, ni los dueños de la librería ni la compañía de seguridad parecían quererles poner ninguna clase de traba para acceder al material y Myka no tendría que llamar a Artie para conseguir ninguna clase de orden judicial.

Así que para el mediodía estaban de vuelta en el Departamento de Homicidios con varios DVD, para visionar en busca de alguna persona que estuviese presente en todas las presentaciones, así como un listado con todas las presentaciones de ensayos escritos por profesores sobre educación que se habían celebrado en la librería; era una lista considerable. Frost también había aprovechado la mañana encontrando varios vídeos "oficiales" y caseros sobre algunas de las presentaciones en Youtube, que había descargado para poder verlos con más detenimiento.

—Yo diría que tenemos un largo día por delante —comentó Jane.

—Eso parece, sí —asintió Frost—. Ah, Cavanaugh quiere hablar contigo.

—Era de esperar —suspiró la detective—. Bien, vosotros empezad con los vídeos de las cámaras de seguridad, mientras.

—¿No quieres que te acompañemos? —Inquirió Myka.

—No, yo me encargo —Jane agitó una mano y se dirigió al despacho del teniente.

La verdad es que había esperado que el hombre se le echase al cuello en cuanto pusiese un pie en su oficina, pero Cavanaugh estaba extrañamente calmado.

—¿Quería hablar conmigo, señor? —preguntó parándose tras una de las sillas frente al escritorio.

—Parece que Frost y tú os habéis metido en algo grande, Rizzoli —dijo su jefe sin levantarse—. ¿Colaborando con el Servicio Secreto?

—Lo siento, señor, sé que debería haberle informado sobre ello en cuanto se hicieron cargo de los casos de suicidio, pero siendo fin de semana y demás. —Años de experiencia recomendaban jugar la carta de la humildad cuando Cavanaugh no le estaba gritando ni exigiendo explicaciones—. ¿Frost le ha puesto al día?

—No. Esta mañana recibí una llamada de algún alto cargo del Servicio Secreto, explicándome por qué dos de sus agentes estaban trabajando aquí sobre unos casos que ya habíamos dado por cerrados. Su nombre era Frederic y, la verdad, ha sido bastante convincente. Así que supongo que debería agradecerte el hecho de que aceptaras colaborar con sus agentes durante el fin de semana.

—La verdad, señor, las agentes son amigas de la Doctora Isles, todo ha sido bastante casualidad. —Prefirió no añadir más ni explicar los detalles más extraños del caso, si Cavanaugh no preguntaba, ella no iba a meterse en ese lío.

—Muy bien. Seguid trabajando como hasta ahora y mantenedme informado.

—Sí, señor.

—Y, Rizzoli, que no se lleven ellos toda la gloria —le dijo el teniente a modo de despedida.

—No, señor —Jane se permitió una media sonrisa y abandonó el despachó sin saber muy bien cómo se había librado de una más que segura bronca.

—¿Todo bien? —Le preguntó Frost al llegar a su altura, él y las dos agentes ya estaban visionando una de las grabaciones sentados en torno a uno de los monitores de la sala de vídeo e informática.

—Sí —miró a Myka y Helena—. Sea quién sea, creo que le debo las gracias a alguien llamado Frederic. Esta mañana llamó a mi teniente para explicarle vuestra presencia aquí.

—La Señora Frederic, sí, no me extraña —comentó Myka, ya no le sorprendía la capacidad de su jefa de estar al tanto de todo en lo que estaban implicados sus agentes.

—¿Algún progreso? —Inquirió Jane acercándose una silla y sentándose con ellos.

—No de momento —respondió Frost—. Aunque este es el vídeo de la última víctima. Todavía no hemos empezado a comparar caras. Al menos, la calidad es bastante buena. Y, de todas formas, estoy haciendo capturas de pantalla mientras los vemos, para facilitar las cosas.

—Buena idea, Frost —Jane le palmeó en el hombro.

Una hora más tarde, mientras visionaban el comienzo de la tercera grabación y habían comprobado que al menos diez personas repetían en las tres presentaciones, el zumbido del Farnsworth los sobresaltó a los cuatro, tan concentrados estaban en las pantallas. Myka abrió el dispositivo para encontrarse la cara de Claudia al otro lado.

—Hola, Claudia, ¿va todo bien?

—Buenas. Todo perfecto por aquí. Steve y yo estamos de vuelta y Artie me ha puesto al día de vuestro caso. Llamaba por si necesitáis ayuda.

—Gracias, Claud —sonrió Myka—. La verdad es que sí que podrías ayudarnos con algo. —Los otros tres la miraron curiosos por saber qué tenía en mente.

—Tú dirás, jefa.

—Te voy a enviar un listado de libros y sus autores, todos han presentado esas obras en el mismo sitio. Dentro de un rato también te voy a mandar imágenes de personas presentes en dichos eventos. Quiero que cruces datos en nuestro sistema, a ver qué encuentras.

—De acuerdo. Me pondré con ello tan rápido como me vayan llegando. Ah, Artie me ha dicho que os recuerde que tengáis cuidado con este, al parecer encontró una breve mención sobre el Vial en uno de los archivos en la zona de cuarentena… Nada bueno lo que parece hacer con la mente de quien lo tiene.

—Lo tendremos en cuenta, Claudia. Gracias.

—A mandar.

Ambas cortaron la comunicación y Myka guardó de nuevo el Farnsworth en la cazadora que colgaba del respaldo de su silla. Después se puso delante de uno de los ordenadores libres junto al que estaban usando y le fue enviando a Claudia lo prometido.

—¿Crees que podrá encontrar algo antes que nosotros? —le preguntó Jane.

—Estoy bastante segura. Claudia es un genio de los ordenadores y… Bueno, digamos que puede acceder a cualquier tipo de información. Con Artie allí, ambos podrán poner en común cualquier cosa que se nos escape a nosotros —explicó la agente.

—Es una suerte que ya esté de vuelta en el Alm… en la oficina —comentó Helena rectificando a tiempo.

—Si tenéis esa confianza en su talento… —Jane se encogió de hombros—, supongo que nosotros también podemos confiar en ella. Muy bien —tomó aire—, sigamos con esto para ver cuánta gente repitió en esas presentaciones. Por lo menos las cámaras de seguridad cogían bastantes ángulos de ese sitio.

Como Jane había predicho, el día resultó ser largo, apenas pararon un rato para reunirse con Maura fuera de la comisaría y comer algo; la forense insistió en que tenían que salir a respirar y despejarse, pero sobre todo a descansar la vista después de horas observando la pantalla y escudriñando las imágenes de los vídeos en busca de las mismas caras. El resto del Departamento también se hizo notar a su manera, con detectives yendo de vez en cuando a la sala donde estaban con cualquier excusa, al parecer se había corrido la voz de la presencia de dos agentes del Servicio Secreto y la curiosidad por saber qué hacían allí trabajando con Jane y Frost había prendido como la pólvora. La detective se encontró echando más de una dura mirada a alguno de sus compañeros; al menos era una "suerte" que Korsak estuviese de permiso esa semana, estaba segura de que al veterano no le habría hecho ninguna gracia que le hubiesen dejado fuera del caso, como habría ocurrido de estar allí.

No fue hasta última hora de la tarde que terminaron con los vídeos de seguridad y también con los conseguidos en Youtube; Myka terminó de enviarle las capturas a Claudia. Su lista de sospechosos se componía de unos veinte y cinco nombres, los de aquellos que habían acudido a todas y cada una de las presentaciones de sus siete víctimas. Era una lista larga y los cuatro eran conscientes de que pasarían parte de la noche buscando, recopilando y repasando información sobre ellos.

—Ahora entiendo cómo ha podido escaparse tantas veces —comentó Myka suspirando; ella y Helena estaban sentadas junto a las mesas de Jane y Frost, ayudando con la búsqueda de información sobre sus sospechosos.

Helena simplemente asintió, recordando que durante el tiempo que Wolcott y ella habían pasado buscando el Vial de Cicuta, se habían encontrado con el mismo problema, demasiados sospechosos entre los que mirar; afortunadamente, ahora contaban con la tecnología para facilitar aquella tarea, aunque era consciente de que con todo iba llevar algo de tiempo reducir la lista a unos pocos nombres. Esperaba que Claudia y Artie pudiesen ayudar con ello.

Maura subió al departamento ya cambiada de ropa y cuando el resto de detectives recogía para irse a casa, las luces de la tarde daban paso a la noche detrás de las ventanas y el grupo de investigadores iba por la mitad de su lista; los cuatro parecían cansados, pero cuando la castaña les propuso dar el día por terminado, insistieron en quedarse un par de horas más, intentar terminar de conseguir toda la información sobre los sospechosos. Jane le dijo que podía irse a casa si quería, pero Maura decidió quedarse con ellos, aunque solo fuera como apoyo moral; solo esperaba que las dos horas no se convirtiesen en cuatro.

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Tenía que calmarse, no podía dejar que los nervios se impusiesen, pensó respirando hondo; tenía que tranquilizarse o cometería algún error estúpido y su búsqueda y administración de justicia podría llegar a su fin. Todo era culpa de aquellas policías que habían aparecido esa mañana en la librería, no sabía con seguridad la razón de su visita, pero algo le decía que estaba relacionado con sus actos de justicia.

—Maldita sea —gruñó—. No lo comprenden. No ven la importancia de lo que estoy haciendo. Del mal que estoy purgando de esta ciudad.

No, por supuesto que la policía no podía entenderlo, pero eso no era lo importante ahora; debía centrarse y elegir de la lista al siguiente culpable. Miró el ya arrugado papel que llenaba su letra, una de sus manos se cerró sobre el pequeño vial, sintiendo como el deseo por cumplir con lo que era justo y necesario recorría su cuerpo como una corriente eléctrica. Sus ojos se detuvieron sobre uno de los nombres y una retorcida sonrisa asomó a su boca. "Qué apropiado", pensó, "sí, ese era el candidato perfecto. Más culpable incluso que los dos últimos". Se relamió los labios. Mañana volvería ha hacer justicia con la caída del sol.