6.
—¡Mujer! —gritó el Saiyajin. No obtuvo respuesta— ¡Terrícola! —le fastidiaba tener que buscarla por todos lados.
Sabía dónde podría encontrarla: en el laboratorio.
—¡Mujer terrícola! —gritó, abriendo la puerta del laboratorio.
La chica estaba sentada frente a su escritorio leyendo unos papeles y anotando cosas en otro.
—¿Tanto te cuesta llamarme por mi nombre? ¡No es tan difícil! —espetó ella, levantando la mirada de su trabajo.
—La cámara de gravedad no sube a más de una gravedad aumentada quinientas veces, ¿por qué?
—Porque tu cuerpo todavía está recuperándose de la última vez, y no quiero que vuelvas a convertir este lugar en un intento de hospital sólo porque te exiges demasiado —explicó.
—¿Que no entendiste lo que te dije la otra vez? ¡Si no entreno morirás! ¿Quieres morir?
—Falta todavía mucho tiempo para que lleguen esos androides, y no es necesario que entrenes todo de golpe; además, entre los robots y esa gravedad será suficiente como para que estés entrenando durante un tiempo.
—¡Estás completamente loca! ¡No voy a tolerar que interfieras así en mi entrenamiento!
—¡Y yo no voy a tolerar que me hables así en mi propia casa! —espetó ella, parándose y rodeando el escritorio para quedar enfrente del Saiyajin. Estaba muy enfadada, pero el otro no se quedaba atrás— ¡Es mi cámara de gravedad, y puedo hacer con ella lo que me apetezca! ¡Si quiero que tenga una gravedad aumentada quinientas veces como máximo, la tendrá! ¡Y ni siquiera estoy diciendo eso; estoy diciendo que ese será el máximo hasta que mejore tu cuerpo, y eso será dentro de una semana!
—¡Y yo estoy diciendo que aumentarás la capacidad!
—¿Ah, en serio? ¿Me obligarás? —preguntó ella.
—Si es necesario, sí.
—¿Cómo?
—Te torturaré hasta la muerte.
—No funcionará.
—Verás como sí.
—Claro que no.
—¿Quieres intentar?
—Ponme a prueba.
—¿Estás segura?
—Más segura que nunca.
—Vale, ya me harté de esto —agarró a la humana por el cuello y la levantó apenas un centímetro, suficiente para cortar un poco el paso del aire.
—¡Suéltame! —gritó.
Nunca nadie le había hablado así; nunca nadie le había levantado el tono de voz. Ella no sería la primera.
—Aumentarás la capacidad...
—No.
—¿Quieres morir?
—No.
—Entonces aumenta...
—¡He dicho que no! —espetó ella, intentando soltarse del firme agarre del Saiyajin.
Vegeta apretó un poco más su cuello.
—¿Segura?
—Totalmente —en realidad, ya no estaba tan segura de que ese psicópata no fuera a matarla. Una cosa era segura: si no la mataba ahora, no la mataría después.
—No me hagas reír, ¿morirás por salvarme de mí mismo? —preguntó Vegeta, razonando.
Ella lo pensó mejor, y tenía razón: eso era lo que estaba haciendo.
—Moriré por salvar a la Tierra de tener un defensor menos —dijo ella, pensando con rapidez.
—En cualquier momento puedo decidirme por destruirla —le recordó.
—Si no lo has hecho hasta ahora, no lo harás.
—Estoy esperando a que lleguen esos androides para luego deshacerme de Kakarotto; cuando lo haga, la destruiré.
—No te creo —espetó ella.
El Saiyajin se enojó hasta límites insospechados con la irritante humana de inteligencia superior a la media, pero la soltó; si no la soltaba ahora, terminaría matándola. Aunque algo en el interior le decía que no hubiera sido capaz.
—Te dije que no me matarías —se pavoneó ella.
—Una semana. En el plazo de una semana quiero que mi cámara pueda aumentar la gravedad mil veces como máximo —exigió él, y luego se retiró del laboratorio sin darle tiempo a la muchacha de repetirle de que era su cámara de gravedad o de quejarse de su exigencia.
Vegeta se encaminó a la máquina, frustrado. ¿Por qué no podía infundirle temor a esa terrícola? Siempre había visto el temor de sus víctimas y hasta de sus aliados al verle, pero esta muchacha lo enfrentaba como si ella tuviera una fuerza superior y pudiera hacerlo pedazos, aunque fuera todo lo contrario. Nunca había visto un atisbo de temor en ella; sólo había atisbado algo de duda en un momento, pero nada más. ¿Cómo era posible?
Entonces entendió por qué no podía matarla.
Ella era la primera persona de muchas que había conocido que no le miraba con miedo ni se alejaba de él. Por el contrario, le hacía frente y vivían discutiendo; no le importaba que fuera mucho más poderoso. Esa mujer merecía respeto.
Era la primera vez que su orgullo dejaba que viera el mundo de otra manera, que viera que había otras personas que merecían respeto además de él. Pensó que, si esa muchacha había logrado algo que nadie en todos sus años de vida había logrado antes —tanto no temerle como hacerle pensar que merecía respeto—, tenía que ser especial.
Intentó desterrar ese pensamiento de su mente, repitiéndose —sin tanta convicción como antes— que el príncipe de los Saiyajin no podía estar con una mujer humana. Pero notó que, con ese reciente enfrentamiento, había nacido por así decirlo otra parte de su mente que, aunque tenía menos influencia, le recordaba que ahora era el príncipe de nada —ya que su imperio había sido destrozado junto a todos sus súbditos— y además le sugirió que, si tenía que estar con una chica humana, esta tenía que ser la mejor. Y la mejor, la que más daba con su carácter, la única que había logrado algo de él con sus enfrentamientos y la única que había logrado despertar esa pequeña porción de mente que pensaba diferente, que había logrado escapar del espeso velo del orgullo, era la muchacha humana que estaba en el laboratorio intentando recuperar el aliento.
