Disclaimer: Pokémon y sus personajes pertenecen a la franquicia del mismo nombre.
Advertencias: Eh, creo que nada esta vez.
Dedicatoria: ¡Feliz Navidad, Oscaroso! Tenía una idea para un romance en una fiesta hace varios meses rondando por mi cabeza, y este parece un momento perfecto para hacerlo. Así que este fic está hecho con mucho aprecio- y pueeeede que esté basado en hechos reales. Hay un poco de OoC, pero quise darle un toque de realismo. ¡Espero que lo disfrutes!
Trazos
El pequeño bar en el centro de Ciudad Castelia estaba rebosante de jóvenes y no tan jóvenes ese viernes por la noche. En una de las mesas del exterior, se encontraban dos chicos charlando animadamente, mientras disfrutaban de una cerveza y patatas fritas.
—¿Qué le has comprado a White por su cumpleaños, Black? —dijo uno de ellos, que tenía un pelo largo de color verde que llamaba la atención de las chicas en una mesa cercana—. Sabes que está esperando que le compres algo bonito.
—Es un secreto, N —replicó Black, guiñándole un ojo en dirección a la mesa de las chicas, que comenzaron a reírse y cuchichear entre ellas—. Además, yo creo que incluso le haría más ilusión tu regalo que el mío. Después de todo, se ven casi todos los días.
—Con la diferencia que yo tengo novia —respondió N, haciendo énfasis en la última palabra para que las chicas lo oyeran— y tú estás libre, mi amigo. Yo sólo la ayudo con sus estudios.
Black soltó una carcajada tan fuerte que las mesas de los alrededores se quedaron observándolo, incrédulos. N pareció darse cuenta de ello, ya que se removió un poco en su silla, mirando desafiante a aquellos que se burlaban de Black y de su estúpidamente ruidosa risa.
—"Necesito ayuda con Ataques Combinados, Nat" —la imitó Black a la perfección— "¿Qué nota sacaste en el final de Habilidades, Nat?" "¡Juntémonos a estudiar Crianza II en mi departamento, Naaaaat!". No sé cómo la aguantas, de verdad.
—Cuando sabes que estudiar con ella significa comida casera gratis, todo se vuelve más aguantable —se limitó a responder N, cruzándose de brazos y parándose para recoger su abrigo—, sumado a que pone celosa a Anthea. Y hablando de departamentos, creo que es hora de irse. Los dueños nos están mirando mal por el ruido que hacemos.
Black no se opuso y ambos se retiraron del lugar. Debido a la cercanía del departamento de White, decidieron ir caminando: las calles estaban tan abarrotadas de jóvenes en la noche que no se preocuparon por ningún incidente que pudiera ocurrir. Al llegar al portal de entrada, N tocó el timbre, pero no hubo respuesta.
—Supongo que es muy temprano —opinó Black—. Deberíamos esperarla.
N encendió un cigarrillo en la espera, mientras Black miraba su teléfono con preocupación. Esperaba que no le hubiera sucedido nada malo. Al fin y al cabo, ya había pasado bastante tiempo desde la fecha que White había planificado la reunión. Sin embargo, al levantar la vista, Black la vio.
La joven salía de un auto negro con vidrios oscurecidos, vestida con un hermoso vestido beige que dejo a Black boquiabierto. White saludó al conductor con un beso en la mejilla, y se dirigió hacia los amigos con una gran sonrisa. Parecía muy feliz.
—¡Black! ¡Nat! —saludó White mientras se acercaba, agitando la mano. Saludó a Black cortésmente con un beso en la mejilla, y le dio un gran abrazo a N, que se lo devolvió riendo.
—¡Feliz cumpleaños, White! —la felicitó N, mientras Black miraba adrede hacia otro lado, tratando de aguantar los celos.
—Sí, feliz cumpleaños. Gracias por invitarnos —agregó tranquilamente Black, tratando de despegarse de sus pensamientos.
Le hubiera gustado correr y abrazarla, decirle feliz cumpleaños acompañado de un beso de felicitación. Hacerle una ligera escena de celos para saber quién era el conductor del auto negro que se había tomado la molestia de llevarla hasta la puerta de su casa. Separarla de N, o incluso ser él a quien ella corra a abrazar con una gran sonrisa…
Los tres se mantuvieron en el portal conversando unos minutos, mientras White acomodaba su bolso y sacaba la tarjeta magnética de su departamento. La guardia del bloque los saludó alegremente, mientras llamaban el ascensor. Una vez dentro se apretujaron: N era tan alto que debía agacharse para que su cabeza no golpeara contra el techo. Esto dejó a White y Black enfrentados, que se miraron a los ojos un tanto incómodos, sin saber que decir.
—¿Te imaginas si el ascensor se estropeara justo ahora? —bromeó Black, para romper un poco el hielo—. Nos quedaríamos aquí encerrados un buen tiempo.
—Esperemos que hoy no sea el día. No quiero pasar las últimas horas de mi día aquí aterrorizada —replicó White con una sonrisa, mientras el ascensor traqueteaba hasta llegar al noveno piso.
Lo que hubiera deseado que White y él estuvieran solos en el momento en que el ascensor se detuviera. Black la protegería, la tranquilizaría. Le diría que no se preocupe, y la confortaría de un abrazo. Quizás hasta se atrevería a confesarle lo que sentía por ella. Solos, tranquilos, sin nadie alrededor que cuchichee o se ría de la declaración…
El ascensor llegó sano y salvo a destino, y el trío salió estirando las extremidades. White abrió la puerta de su departamento, y activó la llave de luz.
—¡Sorpresa! —un estruendo de gritos y elementos de cotillón surgió del pequeño lugar, con tanta fuerza que hizo ondear el pelo de N hacia atrás—. ¡Feliz cumpleaños!
El departamento estaba abarrotado de gente. Black conocía a muchos de ellos: amigos de la universidad, como Cheren y Bianca, e incluso amigos en común, como Anthea y Concordia.
—Nos hubiera gustado que nos dejaran entrar —protestó N dándole un beso a Anthea, que sonrió acariciándole la mejilla.
—Lo hubiéramos hecho N, pero White estaba tan cerca de llegar que podrían haber arruinado la sorpresa. ¿Me perdonas? —dijo inocentemente la joven de pelo rosáceo, abrazándole un brazo al joven, que se mantuvo a su lado—. Tenemos tu regalo en la nevera, White: es tu torta favorita.
White fingió un grito de excitación, que hizo que Anthea y Concordia se partieran de risa, pero en el momento en que se volteó para saludar al resto de los invitados, su expresión cambió por un instante. Sólo Black pudo percibirla: cerró los ojos y sacudió la cabeza, antes de enjugarse casualmente una lágrima como si tuviese sueño para volver a sonreír nuevamente hacia la gente.
Ojalá el departamento hubiera tenido un balcón. Black podría haber inventado cualquier excusa para que White saliera a tomar aire, y así explicarle que N no sentía nada por ella, que él sólo la veía como su amiga. Luego le invitaría un trago, y le daría su regalo de cumpleaños, que aún guardaba en el bolsillo del pantalón. Le diría que no debía guardar sus sentimientos, y que la vida era corta para sufrir por alguien que no sentía lo mismo que ella…
La primera parte de la noche pasó rápidamente. Entre la comida rápida, los tragos, los juegos y la música fuerte, Black logró quitarse de la cabeza a White por un momento y disfrutar la compañía de sus amigos. Anthea y N eran el alma de la fiesta; reían, gritaban, festejaban y bailaban al compás de las canciones que estaban de moda, a pesar del estrecho lugar en el que se encontraban. Realmente eran una hermosa pareja.
Sin embargo, había alguien que no parecía estar disfrutando completamente de la fiesta. White reía y conversaba como una más, pero había algo en ella que se notaba diferente. Estaba pero a la vez no, y luego de un par de horas, se escabulló sigilosamente hacia la cocina, con la excusa de que debía cargar su teléfono. Sólo fue hasta que propusieron traer la torta y cantar el feliz cumpleaños que Black se percató de la ausencia de la joven.
—Cheren, Bianca ¿quieren buscar la torta y traer unas velas? —pidió Concordia, que se encontraba a cargo de la música, y se empecinaba en colocar canciones románticas para que se formen parejas entre sus amigos.
A Black sólo le faltó echarle un vistazo a sus amigos para darse cuenta que ninguno de los dos sería capaz de sujetar una torta sin tirársela encima, por lo que rápidamente intercambió miradas con Concordia que cambió de planes inmediatamente.
—¡Anthea! Tú qué guardaste la torta, ¿Por qué no vas con N a buscarla? —gritó la rubia, antes de girarse hacia Black— Creo que las velas están en el dormitorio de White.
El chico entró en la habitación con un poco de nerviosismo, nunca había estado allí. El lugar era oscuro y alejado del ruido, pero bellamente amueblado. Preguntándose donde podría haber guardado White unas velas de cumpleaños, se acercó dubitativamente hacia el cajón de su mesa de luz.
Tendría que haberle pedido a Concordia que él buscara la torta. De esa forma, podría haberse cruzado a White en la cocina y haberla alegrado con un baile, un trago, lo que sea. Ojalá esa noche pudiera quedarse a dormir en el departamento de White, pasar la noche con ella en la cama. Despertarla con un beso, y prepararle un desayuno como a una reina…
¡Bingo! Black se guardó la pequeña bolsa con velas de colores en la camisa, y cerró el abarrotado cajón de un golpazo. Sin embargo, algo más sonó en el momento en el que el cajón se cerró. Una puerta a sus espaldas, que dejó a Black a oscuras. Y en el silencio entre el final de una canción y el comienzo de otra, el chico alcanzó a oír un sollozo muy cerca de él.
—¿White? —preguntó en voz baja, y se oyó un respingo, seguido del sonido de la tecla de luz.
La habitación se iluminó de golpe, cegando a Black por un momento. La música continuó su ritmo habitual.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica con recelo, cruzándose de brazos. Black notó su voz agitada, su respiración entrecortada… sus ojos llorosos.
A modo de respuesta, Black sacó las velas de cumpleaños de su camisa, bajando la guardia de White. Cuando le explicó lo que le había pedido Concordia, la joven miró para otro lado.
—¿Estás bien, White? —preguntó Black, ya sabiendo de antemano la respuesta.
—Sí… sí. Vamos hacia el salón. Los chicos deben de estar esperando.
Ella no confiaba en él. No lo suficiente como para contarle lo que estaba sufriendo ahora mismo. Sin embargo, Black ya lo sabía, y se sentía mal por eso. White sólo necesitaba pedir ayuda para que él la consolara, pero con esa actitud defensiva, Black no podía hacer nada…
—¡…que los cumplas, feliz! —terminó el cántico, y todos empezaron a juntar sus cosas mientras tomaban rápidamente una porción de torta. Debían salir antes de que las discotecas se abarrotaran, de lo contrario se perderían la segunda mitad de la fiesta.
Black bajó con N y Anthea en el mismo ascensor. El chico agradeció que la pareja no hubiera llegado todavía a la fase de "besarse en cualquier momento y lugar posible parando solo para respirar" de la noche, así que agradeció su compañía.
—¿White está un poco rara hoy, verdad? —comentó Anthea, pensativa— Casi salió corriendo cuando entramos a la cocina a buscar la torta de cumpleaños.
—¿Ya le has dado tu regalo, Black? —preguntó N, y éste negó con la cabeza, pensativo—. Más vale que te apresures. Una vez entremos en la discoteca, puede que ni la volvamos a ver hasta la hora de despedirnos. O al menos nosotros nos alejaremos un poco del grupo —terció guiñando un ojo.
No se llevaría el regalo de vuelta a su casa. Lo había comprado sólo para ella, y debía armar el coraje para dárselo. ¡Era sólo un regalo, maldición! ¡Todo el mundo le había regalado algo! Solo debía encontrar el momento justo…
La caminata por el centro de Ciudad Castelia fue refrescante. El abarrotamiento de gente que había en el pequeño departamento de White estaba comenzando a viciar el ambiente, por lo que todos apreciaron un poco de aire fresco, aunque sólo sería por un momento antes de entrar en la discoteca.
Una vez dentro, las predicciones de N se hicieron realidad. Sólo bastaron unos minutos para que el enorme grupo se desperdigara en la espaciosa discoteca. Black se quedó con Anthea, Concordia y N, pero la pareja parecía ansiosa de estar a solas, lo que dejó a Concordia y Black solos. La rubia suspiró un tanto decepcionada, antes de mirar al chico sonriendo.
—¿Te parece si vamos a pedir algo en la barra de bebidas? —propuso en tono amistoso, y Black aceptó.
Ambos pidieron un trago fuerte, y se sentaron en las sillas altas de la barra, mientras conversaban y se divertían mirando a las otras parejas. Cheren y Bianca bailaban animadamente, y no había rastro de N y su novia. Sin embargo, algo captó la atención de Black inmediatamente. Reposada contra una de las paredes, y mirando su teléfono con aspecto decaído, se encontraba White. En tan sólo un minuto que el chico estuvo observándola, unos tres chicos la invitaron a bailar. Sin embargo, la chica los rechazaba con amabilidad, para que no se molestaran con ella.
Tendría que haberse bajado de esa silla, acercado a White, y haber cuidado de ella. Si se hacía pasar por su pareja, seguro nadie la molestaría. Qué rayos. Se bajaría ahora mismo. No tenía nada que perder a estas alturas. Si se acercaba con intenciones de conversar y no con ánimos de ligar, seguro White lo dejaría estar a su lado…
—¿Te gusta esa chica, verdad? —la voz de Concordia sacó a Black de sus pensamientos.
—¡No! —respondió inmediatamente el joven, pero se retractó—. Bueno, puede ser. ¿Cómo lo sabes?
—Tú se lo contaste a N, N se lo contó a Anthea, Anthea me lo contó a mí. Tan simple como eso. ¿Por qué no le invitas mi trago? Parece que lo necesita —suspiró la chica, mirándola con preocupación.
—Pero la bebida es tuya.
—¿Qué más da? Seguro alguien de por aquí me invitará algo, no te preocupes. Tú ve y diviértete.
Black le dio las gracias a Concordia y se armó de valor. No debía ir casual, como si se hubiera topado con ella. Debía ir como un simple amigo preocupado. El chico suspiró y se abrió paso entre la gente, mientras White rechazaba a un último muchacho, bastante más alto que ella. Sólo fue hasta que estuvo lo suficientemente cerca de ambos que Black notó la tensión de la situación: el muchacho no quería darse por vencido, y el alcohol lo estaba volviendo un poco irascible.
Sujetaba las bebidas con ambas manos. Estaba a solo un par de metros de ella. No importaba el tamaño de ese sujeto. Si le decía que era su novio, éste la dejaría en paz inmediatamente. Sólo tenía que interponerse entre ellos. White le seguiría la corriente, con tal de librarse de ese tipo…
—¡No voy a bailar contigo! ¡Yo… estoy saliendo con alguien! —improvisó White sobre la marcha, un poco atemorizada.
—Llevas casi veinte minutos aquí sola, te he estado observando. ¿Dónde se habrá metido tu supuesto novio? ¿O será que me estás mintiendo?
—¡No! ¡Él está… justo allí! ¡Black! —gritó la chica con una mirada suplicante, y el Black se acercó finalmente, sin decir una palabra—. ¿P-por qué te has tardado tanto? Vámonos de aquí.
Ambos dejaron a aquel buitre insistente detrás, White suspirando aliviada. Le pidió uno de los tragos a Black, y esté se lo entregó sin dudarlo.
—Has aparecido en el momento justo, Black. Me has salvado la vida.
—No es nada, de verdad —replicó el chico, nervioso—. ¿Qué hacías allí sola, de todas formas?
White no respondió. Siguieron abriéndose paso entre la multitud, hasta que llegaron al patio interior del lugar, donde la música era menos fuerte. White se sentó en una de las bancas exhausta, y Black se sentó a su lado. Pasaron unos minutos en silencio, antes de que White hablara nuevamente.
—¿Alguna vez te has arrepentido de no haber hecho algo que querías hacer de todo corazón? —preguntó en voz baja mientras miraba distraída hacia el interior, donde una cola de caballo de color verde resaltaba entre la multitud.
—Yo… supongo que sí —respondió Black evasivamente: —. Son nuestras acciones las que determinan lo que somos… y a quienes queremos. Si no hiciéramos nada nunca, nuestro paso por el mundo sería triste y solitario.
—¿Y cuando ya es muy tarde para hacerlo? ¿Aún así lo harías? —continuó la chica.
— Si es algo que realmente quieres, yo creo que nunca es tarde para intentarlo —replicó Black—, pero si eso que quieres puede traerle tristeza a otra persona, a veces es mejor hacer a un lado nuestro propio egoísmo— completó, pensando en Anthea y N.
White se abrazó las piernas con los brazos, mientras suspiraba temblorosamente y sus ojos se esmerilaban. No sólo su deseo era egoísta, sino que le traería infelicidad tanto a N como a su novia, que se conocían desde pequeños. Ya era muy tarde, y pensar en ello sólo la deprimiría aún más. Por primera vez, deseó tener la misma confianza en Black que en N, para poder enterrar su cara en los brazos de otra persona. Pero su amigo jamás había sido bueno mostrando sus emociones.
—Todavía tengo tu regalo, si lo quieres— dijo súbitamente el chico, haciendo que White levantara la vista.
Los ojos cristalinos de la joven se iluminaron mientras Black sacaba de su bolsillo una pequeña caja de color blanco, y se la entregaba con una sonrisa. White la tomó con cuidado, y la abrió inmediatamente. Dentro había un hermoso collar de plata, con un ágata blanca a modo de pendiente.
—Combina con el vestido que llevo puesto. Muchas gracias —le agradeció White, un poco aborchornada—. No hacía falta, de verdad —agregó, mientras se colocaba el collar.
Estaban solos, en medio de la noche. Nadie se fijaba en ellos. Era su oportunidad para decirle lo que sentía. Sólo debía juntar el coraje para hacerlo. Tomarle la mano, mirarla a los ojos con seriedad y hablar. ¿Qué más daba que le dijera que no? Era mejor sacárselo de encima que vivir con la ilusión de lo que podría haber sido…
—Creo que deberíamos volver con el grupo —dijo Black, después de varios minutos en silencio.
.-
La noche estaba acabando. El amanecer había comenzado a asomarse, y el grupo fue reuniéndose poco a poco para volver al departamento de White, donde hicieron una última parada para despedirse. N reapareció en los últimos minutos despidiéndose de Anthea, a quien Concordia se llevaba casi a rastras. Ambas saludaron general al grupo, y la última le guiñó un ojo a Black antes de subirse al coche.
— ¿Nos pedimos un taxi, Black? —preguntó N bostezando.
— Ehh… Sí, por qué no —respondió éste distraído.
N se acercó a la calle y comenzó a alzar la mano, esperando que algún coche se detuviera. Black se acercó a él, pero su mente estaba en otro planeta.
No había hecho nada. Había sido una noche perdida. Sí, le había dado su regalo a White, pero eso no tenía nada de especial. Al fin y al cabo, todo el mundo le había regalado algo…
Un coche amarillo frenó en la calzada, y N se acercó a las pocas personas que quedaban para despedirse. Al momento de saludar a White, ésta esquivó la mirada del chico.
¿Por qué tenía que ser tan cobarde? Cualquier persona de su edad se habría echado de cabeza ante esa oportunidad que el destino le ofrecía. Un simple acto que cambie nuestro paso por el mundo, o que comience a trazar uno nuevo…
Black se acercó detrás de N y comenzó a saludar a todos hasta llegar a White, la cual lo miró con una sonrisa un tanto melancólica. Y en el momento en el que se despedía con un beso en la mejilla, alcanzó a oír una risa cómplice de parte que ella. Una risa que sólo él podía oír.
¿Alguna vez te has arrepentido de hacer algo?
¿Y si fuera muy tarde para hacerlo?
Black giró la cabeza, quedando su cara a escasos centímetros de la de White y mirándola fijamente, mientras ella le devolvía la mirada sin decir una palabra, pero sin apartarse. E instintivamente, sin siquiera pensarlo demasiado, Black posó una de sus manos en el cuello de la chica y le plantó un beso en los labios con los ojos cerrados, con la misma delicadeza con la que una mariposa se posa sobre una flor.
Nunca es tarde para hacer realidad el deseo más profundo de tu corazón.
