Capítulo 6
-Oye.
Papyrus no quería despertarse. Sólo después de anoche había tenido oportunidad de dormir en otro lugar aparte del sofá y su cuerpo no estaba listo para abandonar la comodidad. Pero con las palabras venía acompañada una mano tomándole del hombro y eso era más difícil de ignorar. Al principio era gentil, pero a medida que pasaban los segundos esa suavidad estaba siendo dejada de lado.
-¡Rus, por dios, ya pareces mi hermano!
Papyrus se resignó a abrir los ojos y, a pesar de que se dijo que ya debía esperárselo, todavía fue una sorpresa encontrar a su reflejo roto tan cerca de su propio rostro. El otro monstruo ya estaba vestido con su traje de uso diario y estaba a cuatro encima de su cuerpo. Papyrus pasó uno de sus brazos alrededor de los del otro para frotarse una cuenca.
-Buenas… -murmuró.
-Finalmente –dijo el otro Papyrus en un tono bajo e irritado. Papyrus se dijo que al menos había tenido la cortesía de no despertarlo a los gritos como a su hermano-. En realidad todavía es algo temprano para el desayuno y asistir a nuestros deberes diarios. La razón de que te despertara era porque había algo que quería probar y tenía que preguntarte si estabas bien al respecto.
Papyrus suspiró con fuerza.
-¿Tengo que moverme?
-No –afirmó el monstruo y por alguna razón una leve luz rojiza apareció en el hueso de sus mejillas-. De hecho lo único que tienes que hacer es quedarte ahí. Quiero ver si puedo hacer que termines de esa manera. ¿Te parece bien?
-¿Termine cómo? –preguntó Papyrus y al verle la expresión incómoda, entendió. Un poco del sueño se le esfumó en el acto. De todas las conversaciones a las que podría haberse levantado, esa nunca habría entrado a su lista-. Oh. Eh… claro. Digo, mientras no incluya dolor.
-Oh, no, ya dejaste claro que esa no es tu área de experiencia y lo entiendo –El otro Papyrus asintió con seriedad-, así que no te preocupes. En todo caso, recuerdas tu palabra, ¿verdad?
-Mmm…
Anoche, después de que acabaran con el sofá y se trasladaran al cuarto del esqueleto alto, éste le había dado una charla rápida acerca de cómo serían las cosas si de verdad pretendía tener algo con ellos dos al mismo tiempo.
La primera cosa, sobre la que no dejó de insistirle su importancia, era la selección de una palabra de seguridad, esa que sólo debía usar cuando no estaba absoluta y totalmente seguro de continuar con lo que estaban haciendo. Sans tenía la suya y si la hubiera pronunciado, el otro Papyrus explicó, entonces todo el juego se habría detenido de inmediato, sin preguntas, sin vacilar, aunque cualquiera de los dos podría haberla dicho en cualquier momento.
Era la única manera que tenían de confirmar que no estaban llevando las cosas demasiado lejos. Les había tomado tiempo, mucha prueba y error, muchos sustos y momentos estresantes, pero finalmente habían conseguido llegar a un lugar en el que invitarlo no se sentía como arrastrar a alguien a un infierno, sino simplemente abrir las puertas al hogar dentro de su hogar, ese que nadie encontraría aunque revolvieran toda la casa.
Fundamentalmente se trataba de confianza y por alguna razón, el otro Papyrus creía que podía confiar en él. No sólo por lo que Sans decía sino porque a él también le parecía que era un monstruo digno de ello. Le preguntó si creía que él podría confiar en ellos y Papyrus no dudó un segundo en decir que sí, pese a que toda la charla en realidad estaba abrumándolo un poco. Es decir, ¿cómo no hacerlo? Uno era sí mismo y podía cuidar de sí mismo. E incluso cuando no podía, ahí estaba la versión de su hermano, quien siempre había sido responsable de mantener las cosas bajo control y en ese aspecto no parecía ser diferente. Aquel monstruo todavía le inquirió si lo decía en serio, y Papyrus no sabía si lo decía por incredulidad o por confirmar, pero le aseguró que así era y entonces el otro Papyrus lo había besado breve y ligero, una pequeña sonrisa en el rostro.
También le mencionó que había otros detalles que agregar, pero para entonces Sans roncaba en el regazo de su hermano y Papyrus ya había emitido su primer bostezo, por lo que lo dejarían para otro momento. Parecía que ese otro momento bien podía ser ahora.
El problema era que en verdad no recordaba qué palabra era la que se le pedía.
-No realmente… Ya estaba muy cansado para entonces y tampoco lo entiendo muy bien. ¿Qué tiene de malo decir "detente, quiero parar"? ¿No debería ser suficiente?
Una parte de sí se preguntó por qué se molestaba en discutir ese detalle tan temprano a la mañana, cuando simplemente podría seguirle la corriente, pero le molestaba no entender las cosas y ya que lo tenía en frente podría aclararle sus ideas.
-Normalmente sí -dijo el otro Papyrus y algo en su tono hizo que Papyrus volviera a abrir las cuencas, lo justo para ver que todo embarazo se había ido de su rostro-, pero es diferente en esto. Piénsalo como una obra. A veces tu papel va a requerir que actúes como si no quisieras lo que está pasando, aunque así sea, y esa palabra me permitirá saber que ya no estás actuando.
-Mmm –Papyrus sí recordaba que usaban mucho palabras así. Juego. Pretender. Papel. A él le parecía que era demasiado esfuerzo para algo que en teoría siempre había creído sería más simple, pero, siendo honestos, no era como si él tuviera una mejor idea para comparar. Parecía que ellos dos lo estaban sobrellevando bien, así que tal vez debía aceptar que sabían lo que hacían-. Vale, si tú lo dices. ¿Cuál era la mía?
El otro Papyrus se acercó a rozarle los dientes en su frente y los frotó suavemente, enviándole una tranquilizadora sensación de calor. Ese tipo de gestos no estaban nada mal y podía verse acostumbrándose a ellos. Pero en cuanto el monstruo volvió a separarse, le pareció demasiado corto el momento.
-La misma que Sans y yo usamos –dijo su doble-. Calceta. ¿Listo?
-Sí –Papyrus elevó la cabeza para seguirlo mientras el otro se sentaba en el borde de la cama, justo entre sus piernas-. ¿Qué quieres hacer?
-Sólo practicar algo que no he tenido oportunidad de hacer todavía –El otro Papyrus elevó un pie desnudo y lo elevó sobre su entrepierna, apartando el elástico de su pantalón para llegar a hacer contacto con su pelvis. La sensación de hueso contra hueso en esa área sensible activó a los pocos roces a su magia, pasando lentamente de un tranquilo blanco a un encendido naranja-. ¿Cómodo?
Papyrus se dejó caer de vuelta en la almohada con un suspiro. No podía negar que le estaba gustando la manera en la cual los dedos de su reflejo se cerraban sobre su magia, acumulada en un montón brillante todavía sin forma. En la oscuridad de su cuarto podía ver su propio brillo más allá de su vientre y la lengua roja del otro monstruo saliendo a lamer sus dientes afilados. Cerró las cuencas con fuerza mientras abría un poco más las piernas. En poco tiempo su erección se elevaba y ahora era un par de pies esqueléticos los que lo acariciaban, primero apretando desde la base hinchada antes de frotarse contra su cabeza sensible.
-Ah, sí, era esto exactamente lo que quería -pronunció suavemente la voz que él por lo general escuchaba gritar.
Observándolo de reojo, Papyrus se percató de la manera fija en la que el otro lo miraba, como si se negara a perder el menor detalle y cada uno de los que estaba recibiendo ahora no hacían más que satisfacerlo por completo. No tenía idea de que las personas pudieran mirarse así, con tanta intensidad, haciéndole tomar más consciencia que antes lo íntimo que era lo que estaban haciendo. Jamás había tenido a nadie hacer algo así por él y francamente no estaba seguro de cuál debía ser el mejor curso de acción. ¿Debía decir algo? ¿Qué era lo que la gente normal hacía en esas situaciones?
-Je, ¿disfrutando el espectáculo? -comentó e inmediatamente supo que era un pobre intento, pero no le importó.
Que le dieran un respiro a un novato.
-Ciertamente -sonrió el otro Papyrus, desplazando sus pies de un lado a otro para hacerle sentir la fricción de toda su planta hasta el talón-. Eres muy entretenido de ver, incluso callado. ¿Sabes que no hace falta reprimirte de ningún modo, no? Sans ya debería estar despierto de todas formas. Anoche no he podido escuchar tanto de ti como me gustaría.
Papyrus sintió un nuevo acceso de magia en su rostro. Podía ver a sus propias costillas expandirse y caer en una respiración a la que ya no podía controlar, la necesidad por la siguiente caricia volviéndose más obvia hasta que era como una picazón en su alma. Pero no estaba ni cerca de perderse a sí mismo en el mismo nivel que la otra versión de Sans anoche. Tal vez fuera algo que los otros Sans compartían entre sí. Él no lo sabría, desde luego, así que sólo podía especular al respecto.
-No creo que yo sea el tipo de monstruo que hace mucho ruido-murmuró y sonrió, encogiéndose de hombros-. Siento decepcionarte, viejo.
-¿Mmm? -Su reflejo elevó una cuenca-. ¿Cómo me has llamado?
Los pies se apretaron con un poco más de fuerza a su alrededor. Todavía no dejaba de ser placentero, por lo que Papyrus no pensó que había una intención especial con ello.
-¿Viejo? ¿Algún problema? -preguntó, más que nada extrañado por la cuestión.
El otro Papyrus suspiró, relajándose sobre sus brazos detrás de él.
-Eres todavía nuevo, así que se te perdona el descuido. Pero cuando estemos en situaciones así se supone que tú debes dirigirte a mí con el apropiado respeto. Señor funcionaría bien.
-¿Es en serio?-dijo Papyrus antes de poder evitarlo y los pies esta vez le apretaron con más fuerza. Ahora el gesto sí que resultó incómodo y él levantó una mano sin tener ninguna idea en mente, pero su gesto fue cortado por la súbita magia azul que envolvió su alma. Su mano cayó sobre su vientre y se deslizó por su costado sin la menor voluntad. Con las cuencas agrandadas, observó al otro Papyrus, cuyos movimientos se habían detenido del todo, devolverle la mirada tranquilamente-. Oye…
-¿Quieres decir la palabra? -preguntó el otro monstruo.
Sus pies reanudaron las caricias. De alguna forma, el hecho de que ahora no pudiera moverse hacía que su magia reaccionara con más intensidad a los estímulos del otro. Papyrus tomó una profunda inspiración y negó con la cabeza.
-Un aviso habría estado bien -expresó entre dientes aun así.
-¿Qué habría de divertido en que supieras todo lo que voy a hacer? -El otro Papyrus se movió hacia el frente por sobre el colchón hasta dejar a sus muslos descansar sobre las piernas de Papyrus-. A veces vas a tener que confiar en que no busco tu malestar. Nosotros lo hacemos cada noche permitiéndote dormir aquí. Claro que tendrías que ser un idiota para intentar nada en primer lugar, pero eso es fuera de la cuestión. Espero que te relajes sabiendo que si quisiera herirte, no me molestaría hacerlo de esta manera -En todo ese tiempo los pies del esqueleto no se habían detenido y, por el contrario, ahora parecían haber encontrado un ritmo cómodo-. Ni siquiera te lo dejaría ver venir al golpe.
-Oye, puede que no sea un experto, pero incluso yo sé que esa es terrible charla para la cama -dijo Papyrus, bromeando sólo en parte.
-Sólo soy honesto -afirmó el monstruo, sin dejar de estrujarlo o darle importancia a sus declaraciones, como si fueran tan normales como declarar una preferencia de color-. Rus, estás en una posición en la que ningún otro monstruo ha estado antes. Queremos confiar en ti y, a cambio, necesitamos que confíes en nosotros. ¿Suena eso tan terrible acaso?
-Supongo que no -tuvo que admitir Papyrus, tomando una larga bocanada y echando la cabeza atrás. A pesar de la sorpresa, en ningún momento había creído realmente que estuviera en peligro. No dudaba de que esos dos sabrían hacer valer sus amenazas si alguna vez se vieran en necesidad de ello, y aun así se sentía seguro en su presencia; al menos eso tenía claro-. Tú… eh, eres el jefe.
-Mmm, sí, eso me gusta escuchar -murmuró el otro monstruo casi como un ronroneo-. Aprende tu lugar y acéptalo cuando te dirijas a mí.
Sus pies aumentaron de velocidad hasta el punto en que a Papyrus en verdad no podría importarle menos el resto de su cuerpo. La única cosa a la que le quería dedicar la menor atención era la presión de esos huesos firmes y su propia magia acumulándose, vibrando en su interior, alcanzando un cenit al cual era arrojado a toda velocidad. La magia azul presionando todo su cuerpo hacia abajo le forzaba a sentirse indefenso para hacer otra cosa que aceptar lo que fuera que el otro hiciera, impotente para luchar contra su propia excitación. Pero antes de que pudiera arrojarse de la cima tranquilamente, liberando la creciente presión en su pelvis, los pies dejaron de moverse. Se quedaron quietos, a la espera de algo. Incapaz de contenerse un gimoteo de protesta, Papyrus abrió las cuencas para ver a su reflejo sonreírle.
-Si quieres terminar, quiero escuchártelo pedir como un buen chico -dijo el monstruo.
-¿Es necesario…? -inquirió Papyrus con un rezongo.
-Esencial -respondió el otro-. Aunque, claro, siempre puedo levantarme y dejarte terminar por tu cuenta. De todos modos alguien tiene que preparar el desayuno.
-Está bien -masculló Papyrus. Deseó levantar sus manos para frotarse la cara, pero sus brazos continuaron inmóviles sobre el colchón. No tenía ninguna posibilidad de ocultarse y el calor continuaba ahí, llamándole la atención como una sirena-. Está bien, maldito seas… Hazlo, señor.
-Eso fue espantoso. ¿Esa es tu idea de tener buenos modales? Repite después de mí, y memoriza esto para la próxima vez: déjeme correrme, señor, por favor.
Papyrus gruñó quejumbroso. Movió la cabeza de un lado a otro, deseando más que nada apagar el naranja que iluminaba incluso sus sábanas, mover las caderas, acabar con esa incomodidad de una buena vez. En las pocas ocasiones en que había jugado consigo mismo toda la experiencia no duraba más que unos minutos, entre su propia falta de interés en alargar la experiencia más de lo necesario y la cochina culpa que siempre estaba lista para asomar la cabeza no bien acababa, recordándole que la idea que lo había llevado a ese punto era una que no se le estaba permitida.
En esa ocasión, sin embargo, así como anoche, no era el caso. En todo caso debería ser incluso más seguro ahora porque ni siquiera se trataba de un monstruo que fuera un doble de su hermano, pero un doble de sí mismo. A pesar de que en cuestión de personalidad todavía difirieran demasiado, ¿al final no se trataba de otra masturbación? Siendo así, ¿qué razón tenía para resistirse en lo más mínimo?
-Bien… -susurró entre dientes, incapaz de verle-. D-déjame correrme, señor… por favor.
De reojo se percató del brillo satisfecho que pasó por las cuencas de su doble, recordándole vagamente a cuando su hermano abría un nuevo regalo bajo el árbol decorado. Saberse el causante de esa reacción nunca había sido desagradable en lo absoluto, pero dadas las circunstancias resultaba vergonzoso.
-Aah, eso está mejor. Te has portado bien por ahora, de modo que te concederé el favor. No te olvides de agradecerlo después.
Antes de que se le pudiera ocurrir una respuesta, los pies volvieron a frotarse contra su erección y de alguna parecía que estos lo estaban acariciando en todas las maneras que más deseaba. No fue ninguna sorpresa para nadie cuando tomó sólo un poco más de esa estimulación para que Papyrus arqueara su espina lo más que era posible, derramándose sin reservas. La liberación de magia, tanto suya como la del otro sobre su alma, le dejó relajado y con unas ganas inmensas de volver a dormir. Cerrando las cuencas, Papyrus suspiró.
-Gracias… señor -agregó de última.
-Buen chico -Hubo un movimiento indefinible sobre el colchón. Antes de que Papyrus se diera cuenta algo tocó contra sus dientes y cuando vio de nuevo, encontró a uno de los pies cubierto de su exceso mágico extendido hacia él-. Ahora limpia el desastre que has hecho.
Papyrus volvió a rezongar, pero esta vez hizo lo que se le pedía sin más demora, dejando a su lengua recorrer los pequeños huesos y chupándolos dentro de su boca hasta que volvieron a estar de nuevo blancos. Se había probado a sí mismo antes, por simple curiosidad, descubriendo así que su sabor era espeso y dulce, pero no tan fácil de identificar como la miel con la que se llenaba. Repitió lo mismo por el otro pie cuando éste se le ofreció y no perdía oportunidad de deleitarse en la expresión arrobada del otro monstruo, como si le encantara cada segundo del espectáculo. Sólo por ello se demoró unos segundos más de lo necesario, asegurándose de abrir la boca y fuera apreciable el movimiento de su lengua por cada dedo. Finalmente depositó un beso en la planta antes de dejarlo ir.
-Has hecho muy bien, Rus -dijo el otro Papyrus y volvió a cambiar de posición, esta vez para ponerse en cuatro sobre él, sus pupilas rojas dando un brillo satisfecho con él-. De verdad creo que podríamos pasarla muy bien los dos juntos, ¿no lo crees?
Papyrus asintió, encontrando sencillo esbozar una sonrisa sincera. Había estado bien y no le importaría repetirlo si se daba la oportunidad. Su contraparte sonrió igualmente y se inclinó a rozarle brevemente los dientes en su frente.
-Me alegro de que lo veas así -afirmó el alto esqueleto, poniéndose de pie. Sus largas piernas se imponían a cada lado de su cuerpo, cubiertas por esos pantalones apretados que a él nunca se le ocurriría usar y no hacían otra cosa que hacerle desear recorrerlas de arriba abajo con sus manos-. Vete vistiendo por ahora. Hoy me acompañarás igualmente a trabajar.
-Como digas, pero oye… -Papyrus dijo, ya cuando el otro se hallaba a punto de abrir la puerta. El monstruo se volvió hacia él y Papyrus señaló vagamente hacia su cinturón, de donde salía un débil pero todavía notable brillo rojizo-. ¿No quieres… ayuda con eso?
El otro monstruo sonrió simplemente.
-Oh, para eso tengo a Sans en la otra habitación -afirmó el otro-. Ahora arréglate. Te estaré llamando cuando el desayuno esté listo.
—
Ir al trabajo con el otro Papyrus ese día consistió en seguirlo mientras hacía su ronda por Hotland, revisando las trampas de pasada y amenazando a cualquiera que viera faltando a su trabajo o a la escuela cuando debería estar ahí. En esos momentos tuvo oportunidad de ver al esqueleto en su elemento en cara de sus obligaciones. Había tenido una idea el día anterior, pero ahora se le hacía mucho más notable la diferencia entre la manera en la que Papyrus movía los brazos y su cuerpo en general con cómo se conducía por su propio hogar. A puertas cerradas o no había un deseo de llenar el espacio con su presencia, una absoluta negación a pasar desapercibido, pero afuera además había un aire tenso, casi amenazante, que invitaba a cualquiera en las proximidades a perderse de vista, no fuera que resultara ser la última gota que derramara el vaso.
Cuando hablaba con las otras personas, en especial aquellos a los que regañaba por faltar a sus deberes, su voz seguí siendo tan imponente como antes pero al mismo tiempo tranquila, en un tono fríamente controlado, que de alguna manera se sentía peor que los gritos que podía pegar. El monstruo en sí apenas lo miró o reconoció su presencia, tomando por hecho que lo seguiría, manteniendo una distancia de al menos tres pasos entre ellos, sólo dirigiéndole el ocasional discurso sobre no ser como el resto de aquellos vagos antes de continuar como si no existiera. Si alguien se le quedaba viendo por un largo rato o preguntaba directo quién era, la respuesta podía ser cortante o una llamada a ocuparse de sus propios asuntos.
En todas esas interacciones, también le fue difícil ignorar la manera en que la gente reaccionaba al alto esqueleto. Había una abierta hostilidad adonde fuera que se dirigieran, pero aun así por lo general los monstruos no se atrevían a verlo a la cara y decían apresuradamente lo que fuera necesario para acabar la charla, incluso si eso implicaba dirigirse a sus trabajos. Las señales de frustración, las miradas asesinas de reojo o los insultos masticados por lo bajo resultaban de lo más comunes. A veces el otro Papyrus los reprimía por ello, otras lo ignoraba, pero ninguno se le escapaba. Mientras tanto él todavía sentía en sus espaldas su odio, como un soplo de aire caliente en su nuca.
Su constante sensación de incomodidad encontró un momento de respiro cuando el esqueleto le mandó a ir al puesto de su hermano.
-Si es que lo conozco, y eso hago, no va a estar ahí –comentó el monstruo, gruñendo. Ni siquiera le daba más que la espalda mientras hablaba-. Habrá llevado su gordo trasero a Grillby, imagino. En cuyo caso, sé de algún uso y llévalo a su puesto. Ve si puedes mantenerlo ahí de algún modo hasta que yo vaya más tarde.
-Vale –dijo Papyrus, encogiéndose de hombros-. Tú eres el jefe. ¿Algo más que quieres que le diga?
-Sí, de hecho –afirmó el monstruo y le agarró del frente de su camiseta. Papyrus apenas tuvo tiempo de fruncir el ceño antes de que su espalda diera contra la pared de un edificio, adentro de un callejón. El golpe no resultó tan fuerte como simplemente sorprendente, pero un impacto más fuerte resultó ser cuando el otro esqueleto le sostuvo la mandíbula, imponiéndole un beso que se traga su gemido de sorpresa. La lengua parecía dispuesta a llenarle toda la boca. Apenas tuvo oportunidad de siquiera relajarse al ser algo familiar, al fin, cuando el contacto se rompió y volvió a ser empujado a la calle-. Dile a ese holgazán que esté en casa para la noche. Tengo otras ideas para nosotros que quisiera utilizar.
Papyrus se irguió y se giró, pero su reflejo ya le daba la espalda en dirección contraria. No tenía idea de qué acababa de pasar. Su alma todavía latía un poco agitada por la brusca estimulación. ¿Era así como se manejaban las cosas?
Como sea, no quería quedarse en esa área más de lo que fuera necesario. Ahora que no tenía al otro monstruo al lado, ya no atraía tanto la atención pero seguía sin gustarle en lo absoluto la que sí lo hacía, de modo que acabó saltándose grandes porciones del camino y manteniéndose más que nada en las sombras para no llamar la atención. Desgraciadamente ya no podía aspirar a la misma discreción al entrar en Snowdin, pero al menos ahí los monstruos parecían más inmersos en sus propios asuntos.
Eso pensaba hasta que llegó a la zona del bosque y de pronto percibió un cambio en el ambiente. Si no fuera porque sus reflejos eran un poco más afilados que la norma, la enorme hacha lanzada sin duda que le habría dado en el blanco en su espalda. Al no ser así, Papyrus se hizo a un lado a dejar que el arma silbando a su lado.
Luego del ataque fallido, el hacha giró en el aire y de nuevo se corrió a un costado para evitar su filo. Había reconocido al arma, incluso si era un poco más grande a lo que estaba habituado, y como se lo imaginaba, cuando se volvió el mango aterrizó en la palma extendida de la versión de ese universo de Dogaressa. Ella y su marido salían de los árboles, seguidos por Greater Dog y Lesser Dog.
-¿No les dije que olía a huesos por aquí? –dijo Dogamy.
-¿Dónde están tus dueños, cachorrito? –dijo Dogaressa-. ¿Qué hace uno como tú sin correa? No vas a durar nada así.
-¿Uno como yo? –preguntó Papyrus, pero agitó la cabeza. Si esos tipos querían pelea, no iba a dárselas-. Escuchen, siento lo que Sans les hizo, pero eso no tiene nada que ver conmigo, ¿de acuerdo? Así que me iré por mi camino, ustedes el suyo y todos quedamos en paz.
Sabía que sus palabras caerían en saco roto en cuanto escuchó la risa de los cuatro perros, mezclados con el ladrido corto y agudo de Greater Dog. En ese momento su alma sintió el tirón familiar y de pronto estaba viendo a los cuatro en modo de batalla.
-Ah, pero si Sans de verdad se preocupa tanto por ti –dijo Dogaressa, preparando su hacha- y lanzando el primer ataque en conjunto con su marido-. ¿Me pregunto cuánto podría molestarle si ya no estuvieras?
-Eh, yo no diría mucho –dijo Papyrus, corriéndose a un lado. No pensaba hacer nada en su siguiente turno, pero parecía que ahí las reglas de etiqueta respecto a esas situaciones importaban poco o nada a los monstruos y de esa novedad se enteró al siguiente momento, cuando los cuatro atacaron sin demora -. Creo que ustedes sobreestiman demasiado el aprecio que me tiene. Ustedes sólo lo atraparon en un mal momento, es todo. Me apena decirles esto pero si quieren llegar a él, están en serio perdiendo el tiempo aquí.
-¿Es así? –dijo Dogamy, su voz tiñéndose de frustración-. ¡Maldita sea, quédate quieto! ¡Este desgraciado sólo tiene un punto de vida! ¡Debería ser fácil!
-Un error común –No pudo evitar comentar Papyrus, pasando de los hachazos combinados en los otros ataques. Tenía que admitir que se le estaba haciendo un poco difícil encontrar el ritmo, pero en verdad no era nada imposible. Lo malo era que se veía agotándose más pronto de lo normal si continuaba así y entonces estaría en problemas-. Oigan, esto fue divertido y todo, pero ya tengo que irme. Nos veremos luego, ¿de acuerdo?
Intentó extender la mano para seleccionar escapar, pero la espada de Lesser Dog pasó rápidamente por donde había estado su muñeca. Trató una vez más, pero ahora también estaba la lanza de Greater Dog. Ni siquiera le dejaban utilizar su propio menú. Eso era inconveniente, por decir lo menos.
-No hace falta poner a nadie en perril, chicos –dijo, echándose hacia atrás para evitar el impacto de otro proyectil-. Vamos, ustedes ya deben saber que no valgo la pena. No van a conseguir mucho AMOR de mí de todas formas.
Dogaressa ladró de golpe, cortando sus palabras.
-Les dije, les dije –insistió ella con una sonrisa divertida-. ¡Ni siquiera está atacando! ¡Es un debilucho! –Papyrus abrió la boca para decirle que tenía toda la razón, que por eso eliminarlo no significaría ninguna victoria, pero entonces la monstruo continuó-. ¡Y luego tiene el descaro de caminar por ahí, como si el resto del mundo no le importara, como si no tuviera nada que temer por parte de nadie! ¿No es lo más molesto que han visto en sus vidas?
Los otros perros gruñeron de acuerdo.
-¡Y ahora ni siquiera se defiende! ¿Quién se ha creído este saco de huesos que es? –replicó Dogamy-. Incluso cuando no está con los otros, se atreve a ir así por ahí. ¿Es que se piensa demasiado bueno para pelear?
-Eso es exactamente lo que pasa –dijo una voz detrás de Papyrus y una barrera de huesos surgió del suelo para cubrirlo, deteniendo los ataques en el acto. Un segundo más tarde Sans estaba a su lado, una mueca de irritación en el rostro-. ¿Quién desperdiciaría su magia con alguno de ustedes, montón de animales idiotas?
Los perros descubrieron los dientes, pero ninguno intentó atacarles de inmediato y Papyrus se percató de cómo se apretujaban entre sí, sus pelos en punta.
-Ah, ¿qué pasó ahora? –dijo Sans, dejando a sus palabras vibrar en una risa burlona-. ¿El gato les comió la lengua?
Greater Dog se adelantó con el brazo listo para arremeter con su lanza, pero bastó un solo gesto de Sans para que su alma se volviera azul y, moviendo el resto de su brazo, fuera estrellada una y otra vez contra el suelo. Los puntos de vida del monstruo descendían a cada impacto mientras el resto contemplaba, paralizados.
-Estúpidos animales, ustedes nunca aprenden, ¿verdad? ¿Saben lo que se les hace a los perros que no hacen más que molestar? –continuó Sans, sus palabras escuchándose todavía por sobre los gemidos doloridos de su oponente. Lesser Dog, gimoteando, intentó adelantarse con su espalda, pero su escudo no le sirvió de nada contra la magia de Sans y fue arrojado contra los dos perros que quedaban, afectando los puntos de todo el grupo-. Como decía… a los perros como ustedes deberían ponerlos adormir.
Los puntos de Greater Dog descendían gradualmente, sin pausa. Papyrus finalmente reaccionó cuando se dio cuenta de que Sans no tenía ninguna intención de detenerse ahí, de que eso no se trataba de un mero escarmiento. Se adelantó y puso una mano sobre el brazo del esqueleto, dirigiéndolo hacia abajo suavemente.
-Ya es suficiente, viejo –dijo tranquilamente, dirigiéndole una sonrisa-. Tengo la impresión de que ya entendieron la idea.
-¿Eh? –dijo Sans. Su desconcierto le hizo perder el control sobre el alma de Greater Dog, el cual se arrastró hacia los otros perros, pero el monstruo bajo no podía importarle menos mientras clavaba una mirada incrédula en Papyrus-. ¿De qué estás hablando? ¡Esos idiotas trataron de matarte!
-Pero no lo hicieron. Aprecio el apoyo, pero no hace falta todo esto. No quisiera que acabaras haciendo algo de lo que te arrepintieras.
Sans se irguió lo máximo que le permitía su baja estatura, la luz de sus cuencas idas del todo y la sonrisa de su rostro todavía presente pero seca, como un relieve en una figura de porcelana.
-Sí te das cuenta de que no sería el primer monstruo al que vuelvo polvo, ¿no es así? –preguntó el monstruo, hablando en un tono helado que no le importaría no volver a escuchar.
-Lo he visto –dijo Papyrus, sin perder su aire relajado. Era difícil, considerando que ambos estaban en modo batalla y él siendo un juez, el ignorar el nivel de AMOR que Sans desplegaba junto al resto de sus estadísticas. Resultaba más que un poco perturbador el que tuviera en primer lugar; no le convenía pensar en eso ahora-, pero si eres algo como yo tampoco te vuelve loco la idea de aumentar un nombre más a la lista –Sans bufó despectivo, cruzándose de brazos-. Escucha, hazlo por mí, ¿de acuerdo? No quiero cargar con esto.
Sans gruñó, desviando la vista.
-Bien –escupió como si fuera una sucia palabra. Alrededor de ellos el bosque de Snowdin volvió a hacerse visible. Los perros se reagruparon y se alejaron de ahí, cargando a Greater Dog. Antes de que se alejaran demasiado, Sans les gritó-. ¡Más les vale recordar esto, sarnosos! ¡La única razón por la que siguen de pie es porque sus vidas no valen ni siquiera el trabajo de eliminarlas!
Los perros no se volvieron a responderle, pero el que se retiraran a una mayor velocidad sirvió igualmente. Papyrus se acercó al doble de su hermano y le puso la mano en el hombro, dándole un gentil apretón.
-Gracias.
Sans se lo sacudió de encima y se rascó la nuca, tratando de disimular el leve rubor en sus mejillas. Papyrus igualmente hizo de cuenta que no lo notaba.
-No me agradezcas, no lo hice por bondad a ellos –dijo el monstruo, la mandíbula tensa-. Más que nada es porque sé lo que es tener tu primer muerto encima de golpe. Tú no tienes absolutamente ninguno. Tu universo debe ser todavía más suave de lo que creía.
-Eso parece –concordó Papyrus sin problemas. Suspiró de alivio-. De todos modos lo aprecio.
-Como sea –espetó Sans y se giró hacia él-. ¿Qué haces aquí de todas formas? Creí que ibas a estar con el jefe.
-Terminamos y me mandó a asegurar que estuvieras en tu puesto.
-¿Solo? Je, el jefe debe tener mucha confianza en ti y en que no te meterás en líos.
-Bueno, no puedes culpar al sujeto si tengo una cara digna de confianza. Obviamente él sabe lo que se hace.
Sans apenas emitió una media risa antes de que la sonrisa volviera a caer de su cráneo. Una de sus manos se puso a jugar con la argolla de su collar.
-Viejo, no es un chiste. A esos tipos no les habría importado matarte. Como ellos son todos los otros monstruos aquí. Te das cuenta de ello, ¿verdad?
-Me estoy haciendo a la idea –dijo Papyrus. La idea no le gustaba en lo absoluto, pero con cada momento que pasaba ahí se daba cuenta de que esa era la realidad de las cosas-. De acuerdo, probablemente esa fue mi culpa. Iré con más cuidado la próxima vez.
-No me hagas ningún favor -masculló Sans, siguiendo por el camino de piedra. Papyrus lo siguió, poniéndose a su lado sin problemas-. Esta es la segunda vez que te salvo. No entiendo por qué no te defiendes tú mismo cuando eres perfectamente capaz de ello. ¿De qué te sirve tener toda esa magia si no?
-Hum -dijo Papyrus, sin tener realmente una respuesta y sabiendo que el otro tampoco se la esperaba. No quería pelear, tan sencillo. Pero por la manera en que el otro Sans se había comportado ya podía imaginar que podía repetir la misma explicación todo lo que quisiera y todavía no le habría aclarado nada, por lo que no le veía el sentido-. Oh -dijo, para cambiar el tema-, tu hermano también quería que te pasara un mensaje.
-¿Ah, sí? -dijo Sans, volviéndose hacia él con un nuevo interés-. ¿Qué quiere?
Papyrus hizo un recorrido visual de los alrededores para asegurarse de que estuvieran completamente solos. No percibía la presencia de ningún alma cercana ni escuchaba nada alarmante, por lo que asumió que ese debía ser caso. En tanto el bajo esqueleto parecía impacientarse cada segundo más de silencio, Papyrus le tomó suavemente del mentón y se lo subió, chocando los dientes en un leve roce.
-Eso -dijo Papyrus.
Sans parpadeó su sorpresa por un segundo antes de recomponerse, la sonrisa confiada de nuevo en su rostro.
-Ah, no, eso no puede ser -dijo el monstruo-. Eso no suena al jefe para nada. ¿Estás seguro de que eso no ha sido por parte tuya?
-No, de hecho eso fue él -afirmó Papyrus, asintiendo con falsa seriedad.
La misma seriedad que le permitió mantener una expresión neutra incluso cuando Sans le agarró del pecho de su camiseta y lo arrastró hacia los árboles. Lo bueno respecto a la diferencia entre sus alturas era que los tirones de Sans no se sentían tan fuertes como los de su hermano, pero todavía era algo contra algo que no le dejaba muchas opciones. Sin embargo, lo que en verdad no se esperaba fue el empujón detrás de su rodilla, el cual causó que perdiera el equilibrio y se encontrara de pronto con su trasero contra el suelo helado y el otro esqueleto de pie en frente de él.
-¿Estás seguro de que el mensaje del jefe no era un poco más así? -dijo Sans, ya agarrándole de la mandíbula y no dejándole pronunciar el menor sonido antes de decidir ahogarlo con su lengua, llenándole con su aliento cálido.
Papyrus mentalmente tiró la toalla mientras dejaba a sus brazos envolver la cintura del monstruo más bajo. Se rendía. Oficialmente no podía predecir a esos monstruos ni entender del todo cómo funcionaban. Si era así como ellos se manejaban, qué diablos, lo aceptaría. De todos modos no podía decir que en realidad le disgustara. El cuerpo más bajo se acercó hacia él y le abrazó el cuello con sus brazos, apretándolos a ambos más cerca.
-¿Iba así? -dijo Sans y una de sus manos se deslizó, por encima de sus costillas, haciéndolo vibrar, hasta su entrepierna todavía plana, los dedos cerrándose en torno al hueso ahí debajo-. ¿O iba algo más así?
-No exactamente -murmuró Papyrus, estremeciéndose bajo el contacto-. Ahora que lo pienso, no lo recuerdo muy bien. ¿Quizá puedas ayudarme a recordar?
Sans estaba de nuevo haciendo ese gesto de pasarse la lengua por su colmillo dorado y Papyrus sólo podía mirar con arrobamiento, pensando que nunca, jamás, se habría esperado ver algo así con ese rostro. El que estuviera dirigida hacia él y tuviera toda la libertad del mundo para tocar sin tener que echarse atrás le seguía pareciendo algo sacado de un sueño, un hecho imposible que, gracias al cielo, el otro monstruo se encargaba de confirmarle como real. Lo único que podría haberlo sacado de la fantasía era el recordar que estaban en un lugar público, pero en cuanto las manos del otro se cerraron entorno a su erección recién formada a través de sus pantalones, ese hecho le pareció uno sin la menor importancia. Los dos podían teletransportarse a la menor señal de peligro en cualquier momento y en todo caso estaban en un área de por sí bastante densa del bosque, adonde probablemente ni los más jóvenes se aventurarían a jugar. Estaban a salvo, y vivos y nadie había tenido que morir. ¿No era esa suficiente razón para darse un momento de celebración?
Agarrando las nalgas recién formadas del otro, Papyrus decidió que no pasaba nada si se entregaba a ese inocente juego.
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Más pronto de lo que le hubiera gustado, Papyrus se dirigió a Snowdin hacia el puesto de su hermano. Se suponía que tendría que hablar con Undyne acerca de los informes criminales de fin de mes, pero la casa de Waterfall estaba vacía y al mensajear a la capitana sólo recibió un mensaje diciéndole que ella estaba ocupada y, aunque por ningún especificaba ocupada con qué, tenía la vaga impresión de que incluía a la Científica Real. Desde hacía un par de semanas le parecía clarísimo que la relación entre esas dos estaba bastante cerca de dejar de ser meramente platónica, sin importar lo que la propia capitana dijera al respecto sobre que sólo tenía curiosidad por sus libros de sabihondos, como si alguien que la conociera un poco fuera a creérselo.
El caso era que estaba libre hasta que tuviera que hacer su segunda ronda del día y, naturalmente, su primera idea fue a ver cómo iba el holgazán de su hermano. No sabía bien qué opinión le merecía Rus, pero algo respecto a su rostro le gritaba que era un monstruo responsable y quería creer que podría ser de una influencia positiva en Sans. Incluso si la historia con la cual se había presentado ante él debería ponerlo en la misma categoría perezosa, el hecho de que hubiera tomado acciones para mejorar, empezando por ir a buscar al Terrible Papyrus de entre todos los monstruos, debería decir mucho acerca de su potencial para hacer mejor. Al final no había razón para que todos no fueran ciudadanos ejemplares, sobre todo si ponían el esfuerzo para ello y hasta ahora en ese sentido Rus no le había decepcionado.
Pero en cuanto llegó al puesto de su hermano, no había nadie adentro o en los alrededores más cercanos. No quería asumir de inmediato que esos dos estaban atragantándose con alguna porquería en Grillby, de modo que continuó por el camino más adelante. Tras saltar sobre la trampa sobre la que no había ningún puente (porque entonces no sería ninguna trampa), llegó frente a la puerta de piedra contra la cual algunas tardes podía encontrar a Sans apoyado, riéndose suavemente. Tampoco estaba ahí.
Así que la peste holgazana de su hermano se le estaba pegando a su aprendiz después de todo. Bueno, eso era fantástico. Maravilloso. Estupendo. ¿Por qué no? ¡Que todo mundo abandonara su trabajo ahora! ¡No era como si nadie necesitara centinelas que mantuvieran las cuencas abiertas o nada por el estilo! ¡No, si lo mejor era ser desperdicios de aire, magia y espacio sin contribuir para nada a lo que de por sí era una sociedad en seria necesidad de un poco de disciplina para no canibalizarse a sí misma! Y tal vez era un poco su culpa por no decirle a su hermano acerca de qué tan mal las cosas realmente estaban, pero eso era irrelevante para su disgusto actual y en esos momentos lo último que necesitaba era ser tan racional como fuera posible.
Después de haberle dado su buena patada a la puerta (agregando una nueva marca a las muchas que ya tenía), finalmente se encontró con la suficiente presencia de ánimo para pensar de nuevo. De acuerdo, iría a Grillby y les recordaría a esos dos sus obligaciones. Qué diablos, si no era absolutamente nada fuera de lo normal para el Terrible Papyrus. La única diferencia era que tendría que ser dos cráneos a los que esperaba llenar con algún sentido común lo que fuera y dios sabía que él… ¿qué era esa cosa?
Papyrus jamás había visto una formación así. La idea más parecida con la que podía compararla era en la visión de una de nieve arrojada al aire antes de que diera con su rostro, pero tampoco era eso y no sólo porque era negra en lugar de blanca. En los bordes de aquel fenómeno aparecían cuadros multicolores, distorsionando la verdadera forma y color de los árboles a su alrededor. No podía ver más allá de él, ni por arriba, debajo o los costados, como si intentara activamente impedirle el paso. ¿Y encima parecía acercarse? El Terrible Papyrus conjuró un montón de huesos listos para ser lanzados, pero por alguna razón el modo batalla no se activaba como lo haría si se enfrentara al ataque de un monstruo. Si no era el producto de la magia, ¿entonces de qué?
Intentó dispersarlo, crear una entrada por la cual podría salir al otro lado, pero parecía inútil. Cada ataque que lanzara, fuera grande o largo sólo parecía ser consumido y la bola de nieve que no era en lo absoluto una bola de nieve continuaba acercándose sin pausa. Aun así, el monstruo esqueleto no era uno que se rindiera y siguió intentándolo, sólo para ver sus esfuerzos frustrados repetidamente. Antes de que se diera cuenta ya no tenía más espacio al que retroceder mientras aquel negro desconocido con sus cuadros y formas geométricas ya habían conseguido tragarse casi todo su campo de visión. Papyrus se puso en posición defensiva y esperó por lo peor.
Cuando se sintió envolver por aquella oscuridad, notó la diferencia en el acto. Los sonidos usuales de la brisa pasando entre los árboles y el crujido de la nieva bajo sus botas desaparecieron del todo, siendo reemplazados por la más absoluta nada. Incluso si los esqueletos de por sí no podían percibir el frío como lo haría un monstruo con piel, sus huesos aun así notaron la inmediata ausencia.
Creyó que todavía tenía un suelo sobre el cual pararse, pero pronto esa noción salió volando de la ventana cuando sintió a sus piernas perder la firmeza que antes las sostenía. Estaba vivo, eso era lo único que sabía en concreto, y podía apreciarlo, pero no tenía idea de qué estaba pasando. Para cuando quiso abrir las cuencas para averiguarlo, tuvo apenas un vistazo de las figuras multicolores antes de que fueran reemplazadas por el camino de salida de las ruinas y su rostro tuviera un directo encuentro con el suelo.
El golpe le dio por sorpresa, y si pudo poner un brazo para impedir que se machacara los dientes fue por simple suerte. La cabeza le daba vueltas, el universo parecía dar vueltas. ¿De verdad había aterrizado adonde estaba antes? Mientras se ponía de nuevo de pie, intentando ordenar sus pensamientos, una voz le llamó a sus espaldas.
-¡PAPYRUS!
Papyrus gruñó con descontento. Tener a la gente gritando su nombre no era lo que necesitaba con una jaqueca como la suya aproximándose. Se volvió, a punto de decirle a su hermano que estaba bien y que no había necesidad de perder la calma, pero las palabras murieron en su boca antes de que pudiera sacarlas.
En frente de él se encontraba un monstruo esqueleto, uno que nunca había conocido antes.
