Hola! Gracias por los comentarios, me hace feliz saber que alguien lee esta historia ^^. Acá traigo el cap 5, espero lo disfruten…

Disclaimer: Beyblade es de Takao Aoki, no mío.

Aclaraciones: lo que está en kursiva son recuerdos.

Advertencias: no considero que haya violencia, por ende, ninguna.

Extras: -

– – –

Contexto general: Primer Campeonato Mundial de Bayblade

Capítulo V: Soldados en la guerra

Comedor Central (Abadía)

Moscú, Rusia

1995

Inconscientemente, los dos comenzaron a hacerse amigos siendo amparados por la cercanía que pasaban a la noche y la poca privacidad que les otorgaba la falta de micrófono en el cuarto. Evidentemente, Boris no pensaba seguir malgastando dinero en un par de chiquillos que se deleitaban con destrozar una costosa cámara de seguridad sólo por diversión. Así fue como de a poco fueron haciéndose más cercanos y nuevas emociones les hacían sonreír con la idea de regresar a su dormitorio en las noches.

A pesar de que en el día pocas veces se hablaban o se miraban, debido a que, principalmente, Kai era un año más joven por lo que recibía un entrenamiento diferente y más por ser el nieto de Voltaire y pieza fundamental del plan de éste. Cuando llegaban a su dormitorio y se acostaban comenzaban a hablar como no lo hacían en el día. Quizá por ello fue que prontamente se sintieron grandes amigos y ya no se peleaban tanto como antes.

Durante una de sus conversaciones previas a dormir, comenzaron a hablar sobre cosas triviales e instintivamente terminaron platicando de los amigos de Yuriy. A raíz de ello empezó una serie de anécdotas y comentarios provenientes de la boca del pelirrojo. Sin embargo, para su compañero no todo era tan genial como parecía. Prontamente terminó manifestándole la gran envidia que sentía al oírlo hablar sobre sus amigos. Le confesó sentirse realmente solo en algunos momentos del día, le dijo que principalmente durante el almuerzo. El pelirrojo recordó la primera charla civilizada que compartieron. Lamentablemente, incluso después de que Kai se hubiera dormido, no pudo quitarse la idea de la cabeza.

Esa mañana, todo transcurrió como siempre. Los entrenamientos fueron iguales de intensos que todos los días, por momentos se les confundían los días y ni siquiera recordabas si era martes o miércoles, pero regresaban a la realidad cuando miraban el almanaque de la pared. Después de que los chequearon por última vez, para poder hacer comparaciones y llenar las estadísticas correspondientes, los dejaron libres por unas dos o tres horas, dependiendo del día y de las ganas de Boris, para almorzar.

Todos los niños se formaron en fila delante de la mesada donde dos cocineras les servían. A pesar de que todos querían que les atendiera la más anciana, debido a la amabilidad de ésta, a muchos les tocaba una mujer cuarentona que muy pocas veces les dirigía miradas amables. De las pocas personas que realmente les miraban con una sonrisa la cocinera más vieja era la única que no fingía para sacarles provecho. Todos, inclusive los, ahora, cinco chicos más duros del "Ala Norte" le sonreían con gratitud.

Yuriy y sus amigos se encaminaron, una vez que obtuvieron su almuerzo –que consistía en una masa que apenas sí tenía forma de puré con una ensalada verde de quién sabe qué verdura y un jugo que lo que menos tenía era sabor–, hacia la mesa que siempre ocupaban ubicada casi en el centro del comedor. Desde allí podían ver al resto de las mesas e ignorarlas, haciendo gala de ser de los cuatro mejores de la abadía.

Tan pronto como comenzaron a comer la charla entre Ivan, el niño que Kai había calificado de enano narigón, Sergei, el musculoso según Kai, y Bryan, el desteñido con lavandina de acuerdo con la descripción del mismísimo Kai, se hizo presente. Si bien a ninguno le gustaba hablar de más, siempre disfrutaban de discutir entre ellos. Inclusive a Yuriy le agradaba discutir, sin llegar a pelearse, no obstante esta vez se mostraba algo pensativo. Por la cabeza del pelirrojo todavía pasaba la idea de ser amigo del bicolor, no sólo por la noche, sino que fuera uno más de ellos.

El nieto de Voltaire retiró su bandeja con comida, había tenido la mala suerte de recibir la mirada despectiva de la más joven de las cocineras. Tal vez por esa misma razón sus ojos se centraron en Yuriy. Por primera vez en su corta vida, deseaba con todas sus fuerzas que su compañero de cuarto le hablase y le dijese algo durante el día. Se sentía solo, muy solo, quería a alguien para hablar, alguien con quien reír, pero muchos ni lo querían cerca. Por esta última razón los mismos niños lo habían desplazado hasta hacerlo comer en la mesa más alejada.

Ivanov siguió con la mirada cada lento paso de su compañero de habitación. De vez en cuando sus miradas se cruzaban. Kai casi le suplicaba con su solo mirar que le invitara a comer con ellos, que le dijera a los demás que eran amigos. Pero el silencio era lo único que recibía como respuesta. Yuriy deseaba gritarle que viniera con ellos, pero sabía que los demás ni siquiera lo conocían, ¿cómo podía pedirles que fueran amigos, así como ellos?, simplemente no podía hacer algo así, iba en contra de todo lo que habían formado entre ellos cuatro cuando prometieron cuidarse y ser sólo ellos y nadie más.

—…Tienes razón —dijo sonriendo Bryan y luego miró al chico que tenía sentado al lado. — ¿Verdad, Yuriy? —le dijo, mas no recibió respuesta. El chico estaba sumido en la contemplación del niño bicolor que pasaba por el pasillo junto a su mesa.

Bryan miró en la misma dirección, logrando deducir fácilmente a quién observaba tan ensimismado su mejor amigo. Rápidamente recordó que le había comentado, hacía un par de semanas, que su compañero de cuarto era Kai Hiwatari. También recordaba que fue él mismo quien le dijo que debía de conocerlo mejor antes de juzgarlo. Pensó que quizá le había hecho caso.

¿Y cómo es? —preguntó de repente el chico, dirigiéndose al pelirrojo. Éste se sobresaltó levemente y comenzó a prestarle atención al niño a su lado, sin embargo notó como los otros dos, que estaban frente a él, le miraban extrañados.

¿Quién? —cuestionó fingiendo no comprender a quién se refería.

Pues él —contestó el otro, señalando disimuladamente al niño que caminaba por el pasillo rumbo a la única mesa que estaba disponible para él, —tu compañero de cuarto.

Bueno… —comenzó a decir, cuando vio que los otros dos se volteaban y miraban al niño de ojos rojos con detenimiento. Ivan chasqueó la lengua, casi decepcionado, Sergei se mantuvo neutral, casi sin prestarle importancia.

Kai Hiwatari —dijo el rubio, regresando a su posición inicial.

Dicen que es arrogante, orgulloso, engreído, que se lleva el mundo por delante y se cree superior a los demás —siguió diciendo Ivan, dejando entrever el poco afecto que le tenía y que realmente cree lo que dicen los demás niños sin conocerlo.

¡Ah! ¡Es como Yuriy! —comentó risueño Bryan, recibiendo un fuerte codazo por parte de éste, igualmente ni con eso se quedó callado.

De hecho… no es tan malo como parece —manifestó el pelirrojo sintiendo que por fin podía hablar sin interrupciones.

¡Pero es Hiwatari! —renegó un molesto Ivan, que no quería saber nada con la familia Hiwataria.

¿Y? —cuestionó el muchacho de cabello lavanda, siendo uno de los pocos en toda la abadía que no comprendía ese odio injustificado hacia cualquiera con ese apellido.

¿Y? Que es el nieto de Voltaire, el sujeto que nos tiene aquí matándonos entre nosotros —siguió diciendo Ivan.

De esa forma se desató una pelea entre Bryan e Ivan, quienes se negaban a ser derrotados. La pelea rondaba entre saber si realmente todos los Hiwatari eran o no malos, para el más alto no era así, tenía fe en que no todos podían ser iguales. El más bajito decía que ese niño recibía los beneficios por ser el nieto del jefe de todo y por eso ellos no debían ni siquiera juntarse con él o serían la envidia de los demás niños. Recibir el rechazo de los demás significaba ser ignorados, saboteados, insultados y hasta golpeados por ellos.

Mientras los dos discutían, casi peleándose sobre la mesa, los otros dos niños intentaban no prestarles demasiada atención. Para Yuriy el haber armado tanto enredo entre su grupo, por el solo hecho de tener a Kai como compañero, era lo más tonto del mundo. Razón por la cual prefirió no comentar más nada. Sergei sólo suspiró, odiaba que se pelearan por cosas tan estúpidas, por lo que se resignó a seguir comiendo.

El griterío en la mesa de los cuatro más fuertes ya molestaba al rubio más alto de todos allí, ya llevaban unos cuantos segundos así y era insoportable. Para colmo, la mirada perdida del pelirrojo en la sola contemplación del dichoso niño Hiwatari le crispaba los nervios. A pesar de toda la tensión que se formaba en sus músculos, Sergei se mantuvo comiendo tranquilamente, hasta terminar la mitad de su asquerosa comida. Solo en ese instante reaccionó y dejó los cubiertos a un lado, haciendo un fuerte ruido en el proceso.

Ya basta —dijo con autoritarismo, pero sin gritar. Los dos chicos le miraron y se quedaron callados, hasta el mismo Ivanov le prestó atención. El rubio se giró levemente. — ¡Hey, niño! —gritó.

Kai ya había pasado la mesa donde estaban Yuriy y sus amigos, por lo que les daba la espalda. Se había convencido de que iba a ser otro día en el cual almorzaría sólo, por más que había prácticamente suplicado con la mirada a su amigo para que le invitara el silencio fue su única respuesta. O al menos eso pensó cuando escuchó el grito, sin embargo siguió caminando, seguro de que no era el único niño al que podían llamar.

¡Hiwatari! —escuchó por parte de la misma voz que le llamaba. Por eso mismo se giró, viendo que el niño que le había gritado era Sergei, el musculoso amigo de Yuriy.

Lo miró incrédulo por unos segundos, hasta que el chico le hizo una seña que le indicó que se acercara a ellos. Una leve sonrisa se formó en los labios de Kai, estaba feliz de que por fin, después de tantos años, almorzaría con alguien. Otro niño, o mejor, un grupo de niños le llamaban desde su mesa y le invitaban a almorzar con ellos. Si bien no iba a dejar que los demás notaran su alegría, caminó tranquilamente hasta los cuatro niñitos de la mesa del centro.

Una pequeña sonrisa se formó en los labios del pelirrojo, quien miró a su amigo con agradecimiento. El rubio había tenido la valentía que él mismo no había logrado tomar, había cumplido su mayor deseo y sin que siquiera se lo pidiera. Con un movimiento de cabeza le hizo saber que se lo agradecía y con una sonrisa, Sergei le dijo sin palabras "de nada". Bryan se encogió de hombros, no le importaba demasiado que ese niñato fuera a su mesa y mucho menos que fuera Hiwatari. Lamentablemente, para Ivan no era todo genial, reprochaba por mil y un razones el comportamiento de su grupo de amigos, no los entendía. Por esa misma razón giró su cabeza y contempló con enojo a Sergei, sentado a su lado.

¿Qué estás haciendo? —le preguntó casi a los gritos, claramente molesto por la decisión.

Lo invito a comer con nosotros —contestó con una sonrisa que lo único que hizo fue alimentar más la rabia de Ivan.

Bryan sonrió triunfal sintiendo que al final él había tenido toda la razón en la discusión. Yuriy contemplaba con ilusión como el niño al que únicamente le había conocido miradas tristes y furiosas ahora le dirigiera una mirada cargada de alegría, aunque fuera sutil. Sabía que sólo era cuestión de tiempo antes de que sus demás amigos aceptaran a Kai y lo quisieran tal y como él lo apreciaba en ese momento. Desgraciadamente el que no lo aceptaría ni en un millón de años era Ivan.

¡Pero…! —comenzó a decir, mas fue interrumpido por un exaltado Sergei.

Yuriy dijo que no era tan malo como parecía —contestó simplemente.

Si él lo dice, es verdad —le acompañó Bryan con una sonrisa triunfal y sacándole la lengua, burlándose por su fácil victoria.

Yuriy no pudo contener una risita que indicaba que él también estaba satisfecho con la decisión que Sergei había tomado. A decir verdad, le agradaba que sus amigos lo defendieran de esa manera y que le creyeran a ese punto. En el fondo estaba feliz de saber que podría influenciarlos hasta que aceptaran a Kai tal y como era, aunque por otro lado, si lo querían a él que incluso era un poco más violento que Hiwatari, ¿por qué no habrían de apreciarlo también?

Claro, debe ser verdad… Como los experimentos en las torres —comentó de repente Ivan, haciendo que los demás recordaran ese viejo incidente, que databa de unos meses atrás, antes de que a Yuriy le dieran su habitación definitiva.

Todos recordaban eso, Yuriy les había dicho que había visto que a muchos niños los hacían subir a una de las cuatro torres de la abadía. Bryan y él, siendo que llevaban el mismo tiempo en la abadía, decidieron investigar por su cuenta. Mientras el niño de cabellos claros distraía a los guardias, el pelirrojo decidió aventurarse a ese lugar, en pos de averiguar qué era lo que pasaba arriba. Cuando bajó estaba más pálido que de costumbre y prácticamente salió corriendo rumbo a su habitación.

El cuarto de Ivanov en ese momento era compartido con Bryan, Ivan, Sergei y dos niños más. Una noche Yuriy les dijo que había visto que hacían experimentos en niños en la torre a donde había ido. Muchos lo creyeron loco y le dijeron que no pensara estupideces, pero ante la insistencia de su nuevo amigo, los seis niños acordaron investigar por su cuenta. Lograron así un plan que resultó muy conveniente y que les permitió subir a la torre para ver que no había nada en ella. Era un simple desván, donde se guardaban las camas, sillas y demás muebles estropeados. Al menos cuatro niños se enojaron con Yuriy, quien les había asegurado haber visto un laboratorio.

A pelirrojo le costó mucho hacer que sus amigos le perdonasen, debido a que recibieron un duro castigo por aventurarse a las zonas no permitidas de la abadía. Logró que sus tres amigos actuales fingieran no sentir rencor alguno y se hicieran sus amigos definitivos, pero se ganó la zozobra de los otros dos niños de los cuales todavía recibía miradas de desprecio.

¡Había algo allí! ¡Yo lo vi! —gritó un consternado Yuriy. Recordar el hecho le molestaba, porque él estaba seguro de haber visto un laboratorio, que no estuviera cuando los demás fueron con él no significaba que no haya estado antes. Le molestaba que todos lo acusaran de mentiroso por ello.

Acordamos no hablar más sobre eso —sentenció el niño de cabellos lavandas, con una mirada seria.

¿Por qué el resto no lo vimos? —preguntó el bajito, ignorando completamente a su otro amigo.

¡No lo sé! ¡Yo vi algo allí! —volvió a gritar el pelirrojo, sin darse cuenta de que Kai ya estaba parado al lado de su mesa y estaba escuchando la situación sin saber exactamente qué pensar.

Acéptalo… nos mentiste —dijo un tranquilo Ivan, sin ver al lado al niño que le miraba un poco enojado por la afirmación que hacía de su compañero de cuarto. —Mentiroso.

¡No le mentí a nadie! —gritó nuevamente Yuriy, odiando haber mencionado en algún momento lo que había visto o sospechado siquiera.

Oye, niño — habló por primera vez Kai, quien ya estaba más que arto de pensar que su compañero fuera un mentiroso tan empedernido. Los demás notaron que estaba parado a su lado, mas ninguno se había dado cuenta antes de tal hecho. —No sé mucho de amigos, pero alguien que acusa a otro de mentiroso no es amigo —comentó con una calma que contrastaba con su estado de ánimo.

¡¿Y tú qué opinas, Hiwatari?! Ni siquiera tienes un amigo mentiroso como Yuriy —le dijo Ivan, volviendo a darle la espalda.

Los demás miraron con cierto odio a su bajito camarada. Si bien ninguno creía ya en el laboratorio de la torre, sabían lo mucho que el tema molestaba a Yuriy, por lo que no lo hablaban y habían acordado nunca decirle algo sobre eso o siquiera recordar el suceso. Ahora Ivan se valía de ese pequeño problema para asegurar que su amigo era un completo mentiroso, no lo creían capaz de algo así, además pensaron que él quería a Yuriy como ellos.

Un silencio incómodo les invadió. Kai sintió sus mejillas hincharse de rabia. Él sabía que no tenía amigos y que el único ser en ese maldito lugar que le prestaba atención era el niño con el que compartía habitación, no necesitaba que viniera un enano narigón a decirle lo que ya sabía. Apretó los puños con fuerza, pero no quería golpearlo. Ya antes había peleado con Yuriy y sabía que éste defendería a sus amigos así lo hayan insultado de la peor manera. Sin embargo, ver cómo los otros dos miraban a Ivan; y solo contemplar el rostro enrojecido del pelirrojo, quizá por la vergüenza de recordar el hecho o por la frustración de que nadie le creyera; le hizo armarse de coraje.

¡Papov! —le gritó el niño de cabello bicolor, metiendo la mano en el puré aparentemente comestible de su propia bandeja. Cuando el pequeño de cabellos violetas volteó a ver cuál era la inquietud, su sorpresa no fue menor a la del resto de niños en la mesa. — ¡¿Qué opinas de esto?! —volvió a gritar antes de arrojarle el puñado de masa que tenía en la mano directamente en la cara.

Un grito de sorpresa salió de la boca de Ivan, siendo acompañado de un "oh" por parte de Sergei y Yuriy y una risa burlona cortesía de Bryan. Éste último comenzó a reírse a carcajadas mientras señalaba con el dedo índice a su compañero de mesa lleno de esa asquerosa pasta que para lo único que servía era para pegar las servilletas debajo de la mesa. Inclusive una risa socarrona asomó por los labios de Kai con sólo contemplar su cara de enojo, frustración y sorpresa.

Buena esa, Hiwatari —le felicitó un muy risueño Bryan.

El gruñido del niño ruso fue evidente entre los de la mesa, de los cuales ya tres reían y Kai, aunque parado, acompañaba la ocasión mirándolo con superioridad. A pesar de estar cubierto con esa suerte de comida, Ivan tomó un poco de la que todavía conservaba en su plato y la arrojó desenfrenadamente al único parado allí.

Con un grito apenas audible, el nieto del dueño de la abadía se agachó y logró esquivar la bola de alimento que se dirigía a su cara. Lamentablemente, la misma siguió su trayectoria chocando contra la mejilla de uno de los niños de la mesa de al lado. Éste último, igual de enojado que Ivan, tomó de su plato un puñado y lo arrojó a los de la otra mesa, teniendo tan mala puntería que dio de lleno en Sergei.

El rubio, ofendido por tal equivocación, hizo lo mismo y lanzó un poco de su comida, estrellándose contra otra mesa. Para mala suerte de mayores, el lanzamiento fue con tal fuerza que salpicó a todos los que intentaban comer en ese mueble, razón por la cual comenzaron a aventarse la pasta a otros que creyeron se las había arrojado primero. Los gritos de frustración se hicieron presentes en toda la cafetería. Inclusive el mismo Bryan y Yuriy se armaron contra los futuros lanzamientos de sus compañeros de abadía.

¡Guerra de comida! —resonó el grito de alguien que ya estaba divirtiéndose con la situación.

Con ese grito descarado, todos tomaron posiciones de combate y arrojaron sus respectivos alimentos a cuanto niño se les pasase por el frente. Los de la mesa del centro se desquitaron con los demás, defendiéndose de los ataques. Si bien no eran un grupo violento, les encantaba cualquier cosa que involucrara golpear, quizá por eso mismo Kai encajó tan bien en el mini-batallón que formaron entre los cinco.

Restos de comida volaron por todo el comedor, estrellándose en las paredes, cayendo al suelo, estampándose contra el cuerpo de algún niño. Manchas de quién sabe qué cosa se desplegaron por todos lados, entre risas e insultos de los autores de tales actos. Si bien estaban cubiertos de comida y de líquido, puesto que los jugos igual de asquerosos también volaron por todos lados, se estaban divirtiendo. Inclusive, como estaba prohibido ese tipo de actos de violencia, los pocos encargados de cuidarlos los intentaron detener, y ellos también terminaron llenos de comida y tuvieron que irse del comedor con tal de que no siguieran atacándolos.

Pasaron así unos geniales segundos, donde por primera vez en mucho tiempo se sintieron como los niños que eran. Por primera vez gritaron lo que quisieron, se dijeron lo que sentían mientras se arrojaban lo que tenían en la mano y algunas sillas volaron. La bronca que reprimieron durante mucho tiempo, contra sus compañeros o contra las mismas autoridades o por el simple hecho de estar allí sin posibilidades de marcharse, fueron descargadas en esa guerrilla de chiquillos casi tan inocente como el motivo por el que empezó.

Lamentablemente, en cuestión de minutos, unos pasos atronadores se hicieron escuchar entre el griterío que se había armado. Con los ojos atónitos e irradiados con la ira que ameritaba el hecho, el jefe de la abadía avanzó hacia el comedor, mas al no recibir el merecido respeto porque los niños estaban ocupados en otra cosa, se detuvo en seco y miró aún más enojado.

¡¿Qué está ocurriendo aquí?! —gritó exasperado y tan fuerte que le dolió la garganta por el paso del aire.

De inmediato, con el terror que los invadió, los niños se quedaron petrificados en sus posiciones. Quienes tenían comida en las manos la dejaron caer, otros se escondieron detrás de las sillas y otros se arrojaron al suelo con tal de protegerse de una amenaza que ni sabían cuál podía ser, sólo algunos pocos quedaron de pie y miraron valientemente el semblante de Boris. El jefe de la abadía parecía que podía echar humo por las orejas, estaba rojo de cólera, de rabia, en ese instante lo único que quería era lanzar una bomba nuclear a los malditos chiquillos.

¿Quién fue? —dijo en tono bajo, pero sin recibir respuesta. A menos que el temblor que recorrió los cuerpos de los chicos o que el ruido de uno de los más pequeños estallando en llanto pueda ser considerado como una respuesta coherente. — ¡¿Quién comenzó?! —dijo a los gritos, causando como reacción el grito y llanto de los nuevos y más chiquitos.

Todos comenzaron a mirarse entre ellos y de a poco las vistas se fueron volteando o mirando hacia la derecha o a la izquierda o al frente con más énfasis. Lentamente Boris siguió las vistas aterradas de los niños que se centraban en la mesa que más temía que fuera, no porque quisiera a esos chicos, sino porque eran los que más odiaba por su altanería y forma de ser tan pedante, orgullos y presumida. En parte le hubiera gustado que hubieran sido otros, para variar.

La mesa del centro del salón, la mesa que siempre ocupaba su grupo de revoltosos favoritos, el grupo al que tiempo atrás hubiera sacado de la abadía de no ser porque son los más fuertes del "Ala Norte". Con el seño fruncido y con los brazos cruzados se plantó frente a la mesa y les miró severamente.

Bryan, que estaba parado sobre el mueble y con un poco de comida en la mano, listo para arrojarla pero que la dejó caer inmediatamente, se bajó al suelo. Ivan, quien estaba sobre una silla por le simple hecho de ser muy bajito y no ver a los demás, también se bajó de la misma. Sergei estaba parado al lado de la mesa, preparado para arrojar lo que tenía en la mano, mas siendo incapaz de lanzarlo a Boris, lo dejó caer.

Uno… dos… tres —los contó Boris con la voz ronca y señalándolos con el dedo. —Me falta uno…

Sintiéndose llamado, Yuriy asomó la cabeza por debajo de la madera y junto a él se asomó Kai. Ambos, sintiéndose suficientemente cubiertos de alimento, decidieron refugiarse bajo la mesa y esperar a que todo terminara. Pese al ruido, se habían distraído lo suficiente como para no escuchar el silencio cuando todo se hizo. Lo único que oyeron fue a Boris, escupiendo las palabras como si fueran balas contra ellos.

Una mueca de fastidio y sorpresa se dibujó en la cara de jefe. Como si no le fuera suficiente con tener que soportar a cuatro, ahora eran cinco. Cinco niños fastidiosos que, aunque le tenían un miedo atroz, no dejaban de hacer de las suyas y desobedecer las reglas. Al menos eran de los mejores y si los mejores se rozaban con los mejores era una buena señal de progreso. Lo único que esperaba era que el instinto competitivo aflorara en ellos para que se hicieran añicos unos contra otros y así quedaran los más fuertes. Igualmente, habían roto una regla y merecían un castigo.

Alinéense —ordenó el hombre como si fuera el general de un ejército, en parte lo era, dado que "sus chicos" acataban todas y cada una de sus órdenes sin objetar. O al menos casi todos lo hacían.

Inmediatamente, los cinco niños se colocaron en fila delante de Boris, con los pies juntos y firmes como los mejores soldados que eran. Kai se colocó a la izquierda del sujeto, a su lado estaba Yuriy, ambos se negaron a separarse debido a que el bicolor tenía más afinidad con su compañero de cuarto y, al menos por ahora, se sentía algo incómodo al lado de los demás. En el centro del grupito de cinco se colocó Sergei, con su mirada dura e impenetrable que daba a conocer su carácter tranquilo pero fuerte, aún siendo un simple niño. Al lado de éste Bryan miraba a su superior con una furia que pocas veces le daba a alguien. El último de la fila era el más bajito, Ivan, quien temblaba sutilmente debido al temor al futuro castigo que, en vez de fortalecer su carácter, había hecho que sintiera un miedo implacable.

Boris los miró con severidad, clavando la vista en cada uno de ellos de manera individual. Sólo buscaba asustarlos y hacer que tomaran conciencia de la magnitud del castigo que recibirían, aunque no fuera muy grande. Apretaba los puños ante la frustración de no lograr su cometido con tanta facilidad, por algo eran los mejores del ala norte, por no decir de toda la abadía, mas debía de ocultar esa realidad por el temor a que se creyeran superiores a él inclusive. Cuando finalizó la observación se percató de la cantidad de niños chismosos que se habían juntado a su alrededor y lo miraban como quien realiza una actuación. Los miró furioso a ellos también.

¿Cuál es el espectáculo? —dijo enojado. — ¡Vayan a lavarse! ¡Tienen treinta minutos! Luego preséntense para el entrenamiento —les ordenó con la voz firme que tanto le caracterizaba.

Pero, señor —le interrumpió bajito uno de los cuidadores, que se había colocado detrás de Boris, casi escoltándolo entre el grupo de niños ruidosos. El hombre se volteó y le contempló con hastío, haciendo que continuara: —No alcanzarán las duchas para que se bañen en tan poco tiempo.

Ese no es mi problema, es de ellos. Que se las ingenien como con esta guerrita —contestó simplemente y en un tono casi de burla. — ¡Todos fuera, ya! —gritó a modo de orden.

Todos los chicos salieron del comedor lo más rápido que pudieron. Se pelearían por las duchas, tendrían que bañarse al menos tres en el mismo cubito de dos por dos que ocupaban y todo en treinta minutos, no había tiempo que perder parloteando. Así se quedaron sólo los cinco chicos de la mesa del centro, el jefe de la abadía y dos de los guardias que le habían acompañado.

El clima se había puesto muy pesado. La mirada petrificante de Boris clavada en los cinco chicos, al tiempo que caminaba delante de ellos, parecía que había logrado evaporar el mismísimo aire de alrededor. Las respiraciones agitadas de los niños era el único sonido medianamente audible en ese comedor ahora solitario. Tenían miedo al castigo que recibirían, pero no se arrepentían de lo que habían provocado, era lo más divertido que hubieran hecho en mucho tiempo.

Finalmente, tras unos breves segundos, Boris se detuvo delante de Kai. Éste apenas sí respiraba con la mirada del sujeto puesta en él por tanto tiempo. Luego de eso elevó la vista y miró a los demás, sin embargo no se movió del frente de Kai.

¿Quién comenzó? —dijo en un tono que simulaba su enojo.

El niño bicolor estaba a punto de dar un paso al frente, dando a conocer la identidad de quien había sido el primero en arrojar algo, quien comenzó todo –aunque todo hubiera comenzado con los comentarios ofensivos de Ivan–. Hubiera dado el paso que lo llevaría a hacerse responsable, de no ser porque alguien lo tomó de su remera, jalándolo hacia atrás. La mano que lo sostuvo era la de Yuriy, quien se negaba a dejar que se hiciera responsable él solo por un error cometido por todos. Además ellos tenían un código que él pensaba aplicar con Kai.

Viendo que no iba a recibir una respuesta por parte de Hiwatari, de quien esperaba mayor cooperación, Boris comenzó a caminar de nuevo delante de cada uno de los chicos. Sus pasos resonaban en el silencio de la gran sala, lo que aumentaba la tensión en el ambiente. Parecía que inclusive los dos hombres que "custodiaban" a Boris estaban nerviosos, por no decir temerosos.

¿Tú comenzaste? —preguntó de repente, plantándose delante de Ivan y mirándolo tan fijamente que el pobre niño tembló de pies a cabeza.

El ruso estuvo a punto de señalar a Kai como el que inició todo, lo cual era verdad, no obstante para suerte del bicolor, Bryan logró pellizcar con suficiente fuerza la mano del pequeño, logrando que guardara silencio. De inmediato el chico sintió como su piel era retorcida por la mano de su amigo, de manera tal que el jefe de la abadía no se diera cuenta. Tuvo que ahogar el grito que estuvo a punto de salir de su garganta, si llegaba a hablar sabía que la iba a pasar peor que en el castigo que el hombre le daría.

Con un gruñido, y sintiéndose insatisfecho con las respuestas que lograba obtener, el hombre decidió probar suerte con los otros tres niños. Sin embargo, sabía que si Ivan, el más temeroso de los cuatro, no hablaba; al igual que Kai, quien era el más nuevo de los cinco, no hablaba tampoco, iba a ser muy difícil que los otros tres lo hicieran.

¿Cuál es la gracia, Kuznetsov? —preguntó al ver una ligera risita por parte del niño.

Para Bryan, ver cómo su amigo se ponía rojo con tal de aguantar el dolor que él mismo le proporcionaba, era muy divertido. Más allá de lo negativa de su propia situación, no podía ocultar su risita burlona mucho más de lo que ya hacía. Finalmente, viendo que Boris desistía de su intento de hacer hablar a Ivan, lo soltó. Pero la risa persistió en su cara, sin pasar de sea percibida por el hombre dueño del interrogatorio.

Nada —dijo únicamente, sin pensar otra respuesta mejor, pero siendo interpretada como una burla hacia el jefe, quien no dudó ni cinco segundos en darle un fuerte golpe en el estómago. El niño se retorció en su sitio y cayó de rodillas al piso, llevándose las manos a la zona afectada.

¡Bryan! —exclamó Yuriy, haciendo el amague de acercarse a él y ayudarlo a ponerse de pie.

¡Quieto, Ivanov! —le señaló Boris a modo de orden. Yuriy le hizo caso y se quedó quieto, regresando a su posición inicial. Con una sonrisa triunfante, Boris se volvió hacia Sergei. —Petrov, ayúdalo —le ordenó, —a menos que seas el culpable —siguió diciendo, intentando forzar la personalidad del niño y hacerlo reaccionar.

Sin siquiera inmutarse y guardando la calma por la que tanto se le apreciaba, Sergei se acercó a su amigo en silencio y le colocó el brazo alrededor de los hombros, dejando que éste se apoyara en los suyos. De a poco y con un quejido, Bryan se puso de pie y sonrió levemente a su compañero como muestra de agradecimiento. Una vez que estuvieron de pie, contemplaron a Boris con el mismo odio e indiferencia con que siempre lo miraban cada uno.

Un suspiro casi mudo salió de la garganta de Yuriy. Estaba feliz de que Kai no fuera descubierto, pero le molestaba que sus amigos pagaran por algo que no había sido su culpa. Lamentablemente, su mirada de vulnerabilidad fue muy visible para Boris, el hombre siempre había tenía bien vigilado a ese niñito que le causaba más de un dolor de cabeza a la semana.

Entonces… ¿tu eres el culpable, Ivanov? —le preguntó al niño con el veneno siendo escupido en cada palabra.

Yuriy le sostuvo la mirada por unos segundos, antes de bajarla y mirar el suelo. Su cabeza no se había movido, pero sus ojos estaban fijos en el piso. No iba a decir la verdad, eso era seguro, pero tampoco pensaba echarle la culpa a los demás, no quería que todos fueran castigados. A pesar de su corta edad, él prefería que le castigaran a él en vez de a alguno de sus amigos. Con ese pensamiento elevó la cabeza y miró a Boris con superioridad, no tan digna de un niño, sino más bien digna de un guerrero.

Todos fuimos —resonó la voz de Sergei, antes de que el pelirrojo diera un paso al frente.

Sí —le secundó Bryan, después Ivan, aunque a fuerza de un pellizco por parte del de cabellos lavandas.

Sorprendido por el compañerismo que mostraban los amigos de su amigo, Kai sintió una gran admiración. Deseó pertenecer a ese grupo, ser uno más de esos niños que se lanzaban al abismo todos juntos y casi tomados de la mano. Por eso mismo también miró desafiante al hombre parado delante de ellos.

Sí —dijo Kai también, asegurándose de no ser menos que los demás.

Sí, todos fuimos —contestó Yuriy, ahora con una mirada igual a la de sus amigos. Por su mente no pasaba la sola idea de dejar que Ivan asumiera la responsabilidad, a pesar de que le había tratado de mentiroso. En ese aspecto seguía siendo un niño de unos nueve años, tan inocente que no necesitaba que le pidieran perdón para perdonar.

Ante la mirada desafiante de los chicos, Boris elevó aún más cabeza, haciéndoles notar lo pequeños que eran ante él. Lamentablemente, ese simple gesto no servía con ese grupito de revoltosos, para ellos eso era un simple gesto, el cual aprenderían a imitar con el tiempo. De esa manera, les dio la espalda y caminó unos pasos. Por esos breves segundos, los cinco suspiraron con alivio, pensando que todo había terminado, mas notaron que se habían equivocado cuando lo vieron devolverse.

Con que todos, ¿eh? —dijo con una sonrisa sínica en su rostro. De esas que ponía cada vez que estaba a punto de deleitarse con el dolor ajeno, sin embargo estaba consiente de que no podía hacerlos sufrir demasiado, por el simple hecho de considerar una guerra de comida como un delito menor. Sólo quería que sufrieran un poco.

Entonces, supongo que no les molestará tener todos el castigo, ¿no? —volvió a hablar Boris con esa misma sonrisa y ese mismo tono.

¿Castigo? —repitió en tono bajo Kai, sabiendo de antemano que eso no era algo bueno.

A pesar del miedo que les provocaba esa sola palabra, –debido a que "castigo" se había convertido en sinónimo de frío, golpes, dolor, llanto, tristeza, soledad y muchas más palabras que, según los rumores, acarreaban los castigos en esa abadía– ninguno mostró temor. A excepción de Kai, quien habiéndose unido hacía un tiempo al grupo no comprendía cómo funcionaban entre ellos. Por esa misma razón, Yuriy le tomó de la mano, en un vano acto por trasmitirle la confianza que necesitaba.

Disimuladamente, tanto el pelirrojo como el bicolor, compartieron una mirada y una sonrisa. No podían dejar que Boris lo notara o estarían mucho más que acabados. Esas simple demostraciones de afecto estaban terminantemente prohibidas en la abadía, cualquier demostración de afecto significativa sería duramente sancionada –claro que estos castigos no serían tan severos como si perdieran en una bey-batalla–.

Aún así —siguió hablando el hombre, desviando la mirada como si estuviera realmente decepcionado por lo que iba a decir —, no podré castigarlos como merecen… Sólo deberán limpiar todo el comedor.

¿Todo? —se atrevió a cuestionarlo uno de los niños, aunque Boris no pudo identificar quién debido a que había perdido interés en ellos.

¿O quieren otra cosa? —les ofreció con toda la malicia que le caracterizaba.

No —habló Yuriy, mirando feo a Ivan, quien había hablado.

¿Preguntas? —dijo como una simple cortesía de rutina.

Entre todos se miraron. A pesar de conocer la crueldad de Boris, sabían que si él hacía esa pregunta con el tono y la mueca adecuada, significaba que podían preguntar sin temor a ser reprendidos.

¿Podemos lavarnos antes de comenzar? —preguntó Bryan. Y es que todos estaban cubiertos de comida hasta la cabeza y realmente les molestaba estar tan pegoteados y que la tierra se les pegara.

—…Vayan —contestó tras un suspiro.

Eh… señor —le llamó uno de los guardias que estaban detrás de él y que no se habían movido de su puesto —, los baños están llenos.

Pues que se laven donde sea, ¡da lo mismo! —gritó al tiempo que les daba la espalda a los cinco y caminaba a la salida como si lo corrieran con gas tóxico. — ¡Sólo muévanse, rápido! —les volvió a gritar desde el umbral de la salida.

Sí, señor —contestaron como si fueran soldados del ejército al tiempo que llevaban una de sus manos a sus frentes y se podían en posición de firme, con los pies juntos y erguidos.

Los cinco niños salieron de la cafetería firmes como soldados, pero en cuento pusieron un pie fuera corrieron hacia los baños para lavarse lo más rápido posible. Sin darse cuenta, todos comenzaron a apreciar a Kai, ignorando su apellido. Claro está que Ivan ya no fue el mismo de siempre y conservó ese rencor hacia Kai y Yuriy hasta que se hicieron más grandes. Sin embargo, el castigo les sirvió para conocerse y abrirse a ser amigos los cinco, o cuatro tal vez.

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Nota final: con eso termina este capítulo ^^. Espero que les haya gustado, si es así espero un review; y no les gustó, espero me lo hagan saber en un review :P