Capítulo 6: Lunas (y probables) estrellas
—¿Crees que usará la serpiente para engañar en los exámenes?
—¡No, apuesto a que la usa para tramar las muertes de gente inocente!
—No, apuesto que él la usa para... —Y Harry no pudo oír la última palabra, ya que la frase se apagó en una carcajada.
Harry mantuvo los ojos fijos y los pies en movimiento. Había sabido que esto pasaría cuando revelara que podía hablar Pársel. Él lo sabía. Y lo había hecho de todos modos. Por lo menos había practicado ignorando este tipo de cosas las primeras tres semanas de escuela, cuando él había hecho su mejor esfuerzo para ignorar a sus compañeros de Casa.
—Podría hechizarlos —Draco, caminando junto a él, ofreció en voz baja.
—¿A todos ellos? —preguntó Harry secamente. Pasaban un grupo de Ravenclaws de cuarto año, que gritaban en voz alta y saludaban al "Príncipe Serpiente". Harry luchó contra el impulso de endurecer sus hombros—. Entonces tendrás tres cuartas partes de la escuela con furúnculos en la nariz y las piernas juntas. Además, nos llevaría a detención.
—Podríamos hacerlo —dijo una voz detrás de él.
Harry se volvió y miró a Marcus Flint. Los ojos del Slytherin mayor ardían, y él tenía su varita afuera. No había disparado ningún maleficio a nadie, pero por la mirada en su rostro, era sólo cuestión de tiempo.
Harry no estaba seguro de qué hacer con Flint, ni con el resto de Slytherin. Los había fastidiado al ignorarlos en las primeras semanas, y por no tomar represalias cuando lo molestaban. Pero desde el momento en que reveló que podía hablar Pársel, parecían haber cerrado filas alrededor de él, decidido a protegerlo como uno de los suyos.
Harry lo disfrutó, mientras trataba de no hacerlo, sobre todo porque lo desconcertaba. Estaba seguro de que tenía que terminar pronto, cuando su molestia por él superara su orgullo de que había alguien con el talento de Slytherin en su Casa. O cuando le dijera a Flint que tenía una escoba Nimbus 2001. Flint sabía que estaba planeando jugar en el equipo de Quidditch. Aún no sabía lo de la escoba.
No ha habido tiempo de decírselo, Harry se defendió.
—Por supuesto que no lo ha habido —dijo Sylarana. Desde su espectáculo en el Gran Comedor, se había propuesto sisear en voz alta más y más a menudo, sin importarle si alguien la oía. Draco, como siempre, trataba de mirar por debajo de la manga de Harry hacia ella, nunca pareció entender que una Locusta era altamente peligrosa e impredecible—. Sigue diciéndote eso, si te hace sentir mejor.
Harry no respondió. No tenía ganas de discutir en su cabeza, y hablar con Sylarana en Pársel en los pasillos le hacía sentirse tímido. Los otros Slytherin le habían asegurado que no les importaba. Eso sólo hacía que Harry se sintiera más preocupado.
Pasaron junto a dos estudiantes mayores de Ravenclaw, que se volvieron hacia Harry y le sonrieron. —Quizá guarda la serpiente en la almohada —susurró uno de ellos con voz baja y viciosa—. Allí hay charla de almohada.
—Está tocado de la cabeza —dijo el otro, y resopló—. Pensando que puede controlar a esa bestia en absoluto. Apuesto a que la serpiente está esperando hasta cierto punto del año, y luego va a devorar a todos en la escuela.
La risa de regreso tenía un asqueroso borde que hacía a Harry preocuparse más que de costumbre. Bromear de él era una cosa. Difundir rumores de que Sylarana quería herir a los estudiantes podría resultar en que intentaran llevarla lejos, y eso resultaría en que alguien se lastimara.
—No creo que esté loco —dijo una voz pequeña y tranquila—. Si puedes hablar con un Snockack de Asta Arrugada[1], no veo por qué no puedes hablar con una serpiente.
Harry parpadeó. Los estudiantes de Ravenclaw retrocedieron hacia el sonido de la voz tan rápido que se quedó mirando a sus espaldas. Tenían a alguien acorralado contra la pared, pensó, alguien lo suficientemente pequeño como para que no pudiera ver nada de—¿ella?—sobre ellos.
—Lunática, Lunática Lovegood —dijo el primer estudiante, el que había mencionado la charla de almohada, con una voz con un borde aún más desagradable del que había usado para hablar de Harry—. No eres el mejor testigo de la cordura de alguien, ¿verdad? Tú y tus Snockacks de Asta Arrugada y tus pendientes de rábano…
Harry retrocedió, empujando suavemente a Draco y a unos pocos Slytherin de tercer año que se erizaban para atacar a los Ravenclaw. Podía ver entre los dos estudiantes ahora, y habían rodeado a una pequeña muchacha hacia la pared, una muchacha que parecía tener todo el pelo rubio replegado y ojos enormes detrás de unas gafas igualmente grandes. De hecho, tenía pendientes de rábano, colgando lo suficientemente largos como para cepillarle los hombros. Ella parpadeó a los estudiantes mayores, incluso cuando uno de ellos extendió la mano y le arrebató la varita de detrás de la oreja.
—No debes mantenerla ahí, Lunática —dijo en un tono de regaño—. Podrías volar tu propia oreja.
La chica asintió. —Sí, eso es verdad —dijo—. Gracias por el consejo —ella tendió la mano—. La mantendré detrás de mi oreja izquierda en el futuro.
El estudiante que sostenía su varita rio. Harry gruñó suavemente. No le gustó esa risa, era del mismo tipo que Ron y Connor habían usado con Hermione el año pasado antes de que se convirtieran en sus amigos.
—No te la devolveré, Lunática —dijo el muchacho de Ravenclaw—. La mantendré más segura que alguien que cree en Hellpaths o cómo los llames.
—He-lio-path[2] —dijo la muchacha, enunciando cuidadosamente cada sílaba—. Y es verdad que existen. No sólo en Gran Bretaña. Pero el Ministerio mantiene un ejército de ellos. No quieren que lo averigües, por supuesto. Todo es muy silencioso —se volvió y miró a Harry, de repente, desconcertantemente, a través de la misma brecha que él estaba usando para mirarla—. Pero la gente valiente pone la verdad adelante, incluso si no les creen.
Harry decidió en ese momento que había tenido suficiente, y llamó a su propia magia. —Devuélvanle su varita —dijo.
Los chicos de Ravenclaw parpadearon y lo miraron. Harry tenía la sensación de que se habían olvidado de él, de que la chica era su objetivo más favorecido.
¿Así que la molestaban a menudo?
Eso irritaba a Harry. Una cosa era que se burlaran de él, el Pársel era un talento Oscuro, y él se había puesto delante de eso, como decía la muchacha. Pero lo único que había hecho era defenderlo y, aparentemente, hablar de criaturas que no existían y usar rábanos como aretes. Eso no era suficiente para justificar este tipo de burlas. Y ella parecía ser de primer año, por lo que no podría haber acumulado ningún rencor de larga data.
—¿Por qué deberíamos, Príncipe Serpiente? —preguntó el que sostenía la varita de la muchacha, sonriendo como un tonto—. Sólo queremos evitar que se haga daño. No puedes confiar en estas locas brujas. Bastante loca, como su madre —agregó, alzando su voz para los estudiantes que se habían detenido y estaban observando la creciente pelea—. Muerta en un experimento.
—Sí —dijo la muchacha con calma—. Yo estuve ahí. Vi lo que sucedió —hizo una pausa—. A veces la echo de menos.
Harry se sintió enfermo. No podía imaginar perder a un miembro de su familia así. Y que los chicos usen eso para burlarse de ella...
Y ella lo había defendido.
Harry entrecerró los ojos a los chicos y susurró un hechizo que nunca había intentado sin varita antes. —Apis Occaeco.
El Ravenclaw sosteniendo la varita gritó y la dejó caer abruptamente, agarrando su mano. Harry asintió con la cabeza. El maleficio de las abejas invisibles era suave, pero causaba un dolor agudo y punzante en el centro de las manos, y eso valía la pena. Harry levantó la varita rápidamente y se volvió hacia la chica.
—Gracias —dijo con gravedad, recibiendo la varita de él y colocándola detrás de su oreja izquierda—. Mi nombre es Luna Lovegood. ¿Cuál es el tuyo?
Harry parpadeó. —¿Me estabas defendiendo, y ni siquiera sabías mi nombre?
—No hemos sido presentados adecuadamente —dijo Luna, extendiendo una mano.
Harry la sacudió, ignorando las miradas que podía sentir detrás de él. —Harry Potter —dijo él—. Encantado de conocerte.
—Vas a pagar —gruñó una voz detrás de él, y entonces el Ravenclaw que no estaba gimoteando por las picaduras en su mano agarró a Harry por el hombro y lo hizo girar.
Harry lo miró a los ojos y pensó en Sylarana. Cuando abrió los labios, supo que las palabras salían en un silbido. —¿Puedes salir de mi manga y solo enrollarte en mi muñeca, no atacarlos? Sólo quiero recordarles que existes.
—¿Hay una audiencia?
—La hay.
—Voy.
Sylarana sacó la cabeza de la manga y se enrolló en la muñeca, en un movimiento perfectamente perezoso que Harry tuvo que admirar. Ella abrió la boca en una imitación de un bostezo humano, la lengua moviéndose alrededor de sus colmillos transparentes.
El Ravenclaw que había estado listo para atacar a Harry se había puesto pálido como un muerto. —No dejes que me lastime —gimoteó, encogiéndose lejos de Harry—. Por favor, no dejes que me lastime.
—Oh, ella no va a lastimarte —dijo Flint, que tenía su varita entrenado al Ravenclaw—, porque voy a lastimarte en primer lugar.
—No, yo —dijo Draco, y lanzó el maleficio de las piernas de gelatina[3]. El estudiante de Ravenclaw se dejó caer al suelo, medio gritando, como si Sylarana ya le hubiera mordido.
—¡Paren esto de una vez!
Harry hizo una mueca cuando la profesora McGonagall dobló la esquina y se abalanzó sobre ellos. Sólo Dumbledore habría sido peor. La Jefa de Casa de Gryffindor tenía sus labios apretados tan fuerte que era una maravilla que ella no los hubiera mordido. Su varita estaba fuera, y con un barrido, terminó tanto el maleficio de Draco como el de las Abejas Invisibles. Sus ojos pasaron a través de todos ellos en el repentino silencio, cayeron sobre el rostro de Harry y se estrecharon.
—Señor Potter —dijo ella.
—Profesora McGonagall —dijo Sylarana, su entonación una imitación casi perfecta de la voz de la mujer.
Harry nunca se había alegrado más de que en la escuela no hubiera habido otro hablante de Pársel. —Profesora —reconoció él, moviendo la cabeza, y esperó a que le dieran detención o le quitaran puntos. Probablemente los dos.
—¿Qué pasó?
Harry parpadeó un momento, luego recordó la buena consecuencia de que la profesora McGonagall los atrapara. A diferencia de Snape, la Jefa de Casa de Gryffindor era escrupulosamente justa. Ella escuchaba a todas las partes, y como no había ningún Gryffindor involucrado aquí, ella sería prejuiciosa—
Excepto que él era un Slytherin, y hablaba Pársel.
Harry se encogió de hombros. Tendría que aceptar lo que ella eligió darle, en ese caso.
—Oí a estos dos Ravenclaw hablando de los chismes que se difunden por la escuela a raíz de mi anuncio, señora —dijo, señalando a los muchachos—. Entonces Luna me defendió, y se volvieron contra ella, se burlaron y le quitaron la varita. Interferí y le pedí a mi serpiente que me defendiera. A uno de ellos no le gusto, y trató de atacarme. Draco lanzó el maleficio de las piernas de gelatina. Entonces usted apareció.
McGonagall entrecerró los ojos. —¿Pero no usaste la magia?
—No tenía mi varita, señora —Harry empezó, ya que él sabía que podía salirse con la suya. Habría revelado su habilidad para usar magia sin varita si tuviera que hacerlo, pero prefirió no hacerlo.
—Y los estudiantes de segundo año no pueden lanzar magia sin una varita —dijo Flint, metiéndose. Ni siquiera se estremeció cuando la mirada de McGonagall cayó sobre él... bueno, no mucho—. Todo el mundo lo sabe, profesora. Ninguno de nosotros vio a Harry sacar su varita. Todos lo juraremos —su rostro era el cuadro de la inocencia.
McGonagall suspiró y luego murmuró: —Bueno, eso es cierto —y apuñaló a Harry con una mirada—. ¿Por qué interfirió, señor Potter?
Harry parpadeó. —La estaban molestando —dijo—. No se lo merecía.
McGonagall miró a Luna. —¿Y esto es cierto, señorita Lovegood?
—Por mi honor como futura entrenadora de Snockacks de Asta Arrugada —dijo Luna con gravedad perfecta—, lo es.
McGonagall asintió enérgicamente. —Muy bien. Cuarenta puntos de Slytherin, señor Malfoy, por usar magia contra un compañero de estudio, y una detención de una semana conmigo.
Harry esperó a que Draco objetara. No lo hizo. Simplemente parecía petulante. Harry no lo entendió, y decidió preguntarle sobre eso más tarde.
McGonagall se volvió bruscamente hacia los Ravenclaw. —Cuarenta puntos de Ravenclaw por pelear en los pasillos —dijo—. Veinte puntos de Ravenclaw por acosar a un estudiante más joven que ustedes. Deberían avergonzarse, señor Gorgon, señor Jones. ¿Asediar a un estudiante de su propia Casa? —ella sacudió la cabeza con evidente disgusto, mientras Gorgon y Jones se quedaban boquiabiertos.
Harry había dejado escapar su aliento cuando se volvió hacia él. —Señor Potter.
Harry se tensó, esperando que le quitaran puntos a Slytherin por mentir o pelear o llamar a su serpiente para defenderlo. —¿Sí, profesora?
McGonagall miró a Luna, a él y a los Ravenclaw. —Cincuenta puntos a Slytherin por mostrar que la lealtad de la Casa no es lo único que importa —dijo—. Y por defender a una estudiante más joven que usted —tenía una sonrisa divertida en su rostro cuando ella lo miró de nuevo, una que sólo hizo que Harry parpadeara—. Ahora, señor Potter, si no desea llegar tarde a Defensa Contra las Artes Oscuras, le sugiero que se apresure —ella se giró y se alejó por el pasillo.
Hubo un silencio largo y aturdido, y entonces Flint dijo, en la voz de alguien que trataba de no cuestionar un milagro, para que no desapareciera cuando lo mirara con demasiada fuerza. —Eso significa que salimos diez puntos por encima. ¿McGonagall? ¿Le dio diez puntos a Slytherin?
—Ella le dio diez puntos a Harry —dijo Draco, y empujó a Harry con un codo—. Creo que eso es importante.
—Vas a pagar por esto, Potter —dijo uno de los Ravenclaw, Gorgon, pensó Harry, mientras retrocedían—. Sé que usaste magia —él levantó su mano roja, hinchada acusatoriamente.
—Ven aquí y dilo de nuevo —dijo Harry, y Sylarana se movió amenazadoramente. Gorgon y Jones tragaron y se apresuraron a alejarse.
Harry se volvió hacia Luna. —Gracias —dijo—. Por defenderme antes, y con la profesora McGonagall.
Luna simplemente asintió solemnemente. —Quienes hablan con serpientes no son malvados —dijo—. Quienes que hablan con Wrackspurts[4], esos sí son malvados, porque pondrían mandar a los Wrackspurts a atacar a la gente y confundirían sus cerebros.
Harry parpadeó. Nunca había oído hablar de los Wrackspurts. Pero como Luna no parecía pensar que hubiera algo inusual en lo que decía, decidió que tampoco lo pensaría mucho.
—Gracias —repitió, y se dirigió a Defensa, los Slytherin charlando a su alrededor. Una mirada hacia atrás mostró a Luna marchando decididamente por el pasillo, con la varita puesta detrás de su oreja izquierda, sola.
—¿Por qué pareces tan satisfecho por tener detención? —susurró Harry a Draco tan pronto como estuvieron sentados en Defensa. Lockhart aún no había llegado, lo que hacía feliz a Harry. Cuando estaba en la habitación, era difícil concentrarse en cualquier cosa, excepto en lo tonto que era, y quería escuchar la respuesta de Draco.
Draco tarareó en voz baja y siguió poniendo sus libros en el borde del escritorio. Harry los miró con disgusto resignado. Estaban leyendo Aventuras con Acromántulas esta semana. Ya había leído más sobre lo que Lockhart comía cada noche en las remotas aldeas a las que viajaba, de lo que nunca había tenido que saber.
Pero sacudió los pensamientos cuando se dio cuenta de que Draco tenía la barbilla sobre una mano y lo estaba estudiando simplemente, una sonrisa brillante en su rostro. —¿Y bien? —preguntó Harry—. No es como si McGonagall hiciera que las detenciones fueran divertidas —Harry nunca había oído que lo hiciera, incluso para sus Gryffindor, de acuerdo con Connor. En su mayoría consistía en escribir líneas o fregar cosas sin magia. Connor había parecido agraviado que McGonagall no fuera, por lo menos, un poco más justa con su propia Casa. Harry tuvo que admirarla por ello, de una manera perversa. McGonagall era consistente, de principios e inflexible, y nunca dejaba que nadie a su alrededor lo olvidara.
—Lo sé —dijo Draco—. Pero te protegí —parecía tan encantado como si su madre le hubiera enviado una caja entera de chocolates de casa, algo que hacía una vez a la semana.
Harry parpadeó. —No entiendo.
—Te protegí —dijo Draco—. Fue la primera oportunidad que tuve desde que anunciaste que hablabas Pársel… la primera vez que llegamos a alzar varitas en lugar de lanzar estúpidos insultos que un Slytherin podría decir diez veces mejor —dio un pequeño giro de algo que Harry pensaba era deleite—. He querido hacer eso, Harry —terminó—. Sé que no piensas en mí como un amigo muy cercano todavía. Pero los amigos se protegen mutuamente. Así que lo hice.
Harry suspiró, pero se encontró sonriendo. Algo así sería la razón de Draco.
Por supuesto, su buen humor se arruinó en el instante siguiente, cuando Lockhart entró, sonriendo. Harry se consoló con la idea de que al menos los dientes del profesor de Defensa no eran tan blanquecinos como podrían haber sido. Un progresivo Obscurus colocado en su sonrisa y cabello había sido la venganza de Harry cuando vio a Lockhart una vez más instando a Connor a aparecer en las fotos con él. La sonrisa y el cabello se harían un poco más oscuros cada día. Harry esperaba estar allí cuando Lockhart empezara a mirarse al espejo, pensando que su pelo se estaba poniendo gris o sus dientes amarillos.
Por ahora, sin embargo, el profesor de Defensa era tan molesto como siempre. Se acercó al frente de la habitación y le dio unas palmadas. —¿Quién sabe qué día es hoy?
—Su cumpleaños —dijo Pansy Parkinson detrás de Harry, sonando soñadora. Harry lanzó una mirada de disgusto, y fue justo a tiempo para ver a Millicent Bulstrode, con una mirada aún más disgustada, enterrándole el codo a Pansy en las costillas.
—¡Actúa como un Slytherin, por el bien de Merlín! —la muchacha más grande susurró—. ¡Deja de babear por él!
Lockhart continuó antes de que Pansy pudiera tomar represalias. —Mi cumpleaños, sí, excelente. Diez puntos a Slytherin —Pansy sonrió. Draco hizo unos discretos sonidos de vomito junto a Harry, y Harry estaba dispuesto a estar de acuerdo—. Y eso quiere decir —declaró Lockhart—, que cada uno de ustedes tiene mi permiso para practicar los hechizos que deseen hasta el final de la clase, momento en el cual pueden presentarme los regalos en los que usaron los hechizos.
Él les sonrió, la sonrisa perfecta y pulida que estaba en la copia de Corazón de Bruja que Pansy mantenía con ella en todo momento. Harry podía ver la oscuridad atormentando sus dientes delanteros. Él enfocó sus pensamientos en eso y no en el caos que podría resultar de una clase de Ravenclaw de segundo año y de Slytherin que lanzaban hechizos alrededor mientras que él sacaba su varita.
—¿Está chiflado, o es simplemente estúpido? —susurró Draco a su lado.
—Simplemente estúpido, creo —Harry susurró devuelta, y sacudió la cabeza. Lockhart era estúpido, y era un desperdicio. Defensa Contra las Artes Oscuras era la clase más importante en Hogwarts, para Harry. Los estudiantes tenían que aprender a defenderse de maldiciones y criaturas Oscuras, o estarían indefensos cuando Voldemort regresara.
Por ahora, sin embargo, podía contentarse con pensar en el "regalo" que crearía para Lockhart. Cerró los ojos durante un largo momento, luego sonrió y los abrió. La mejor manera de hacerlo habría sido a través de una poción, pero como no tenía ningún ingrediente de poción aquí, haría lo mejor que pudiera para aproximarlo con hechizos. Pensó que podía hacerlo.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Draco, mientras sacudía su varita y transfiguró un pedazo de papel de una hoja de papel un poco más grande—. Voy a hacer algo simple y fingir que es algo complicado y muy antiguo y sangrepura. El idiota no sabrá la diferencia.
—Observa —dijo Harry, y realizó su propia Transfiguración, convirtiendo una de las escalas de Sylarana en una pegajosa pasta naranja. Draco alzó las cejas y empezó a hacer una pregunta, pero Harry calentó la pasta y la agitó en rápida sucesión, luego la hizo flotar en el aire y girar alrededor de sí misma. Podía sentir su magia casi ronroneando de felicidad por el uso, y sacudió la cabeza. A veces tenía ideas muy extrañas sobre su propia magia, y parecían ser más frecuentes que de costumbre desde el verano.
Alisó la pasta y luego miró a su alrededor buscando un recipiente. Lockhart tenía una jarra vacía en su escritorio que había utilizado para contener Duendecillos de Cornualles en el primer día de clase. Harry levantó la mano con recato.
—¿Señor?
Lockhart se volvió hacia él. —¿Sí, señor Potter?
—¿Puedo pedirle ese frasco? —preguntó Harry, bajando los ojos—. Necesito un contenedor para mi regalo, y sería un honor tocar algo que haya tocado usted.
Mirando positivamente encantado, Lockhart dijo, —Ciertamente, Harry —y trató de levitar el frasco hacia él. Pronunció mal el encantamiento, y el frasco se disparó hasta el techo y casi se agrietó, antes de que Harry tomara el control de él y lo hiciera flotar en su dirección. Lockhart se rio entre dientes—. ¡A veces no conozco mi propia fuerza!
¿Cuál es, uno multiplicado por el poder de la idiotez? Harry pensó, y agarró el frasco, dirigiendo la pasta naranja dentro de él. Él lanzó un hechizo final, uno simple que convirtió el color naranja en oro y lo hacía parecer irresistiblemente hermoso. Harry llevó el frasco solemnemente hacia Lockhart.
—Feliz cumpleaños, profesor —dijo.
—Pues, gracias, señor Potter —dijo Lockhart, y le quitó el frasco—. Qué sorpresa —miró la pasta dorada por un momento, luego frunció el ceño, como si odiara tener que admitir esto—. Er... ¿qué es?
—Una pasta para ayudarle a cuidar su piel y su cabello, profesor —dijo Harry con seriedad—. Me di cuenta de que esta mañana parecía un poco pálido en el desayuno. Espero que esto ayude.
Lockhart se volvió débilmente verde. —¿Pálido? ¿De verdad? Gracias, señor Potter —lo volvió a poner en su escritorio, y sumergió un dedo en la pasta y lo aplicó sobre su mejilla derecha.
Harry giró por un golpecito en su brazo derecho. —¿En serio? —susurró Draco, mirándolo.
—Por supuesto que no —dijo Harry, teniendo cuidado de mantener su voz baja. Lockhart probablemente no lo oiría, pero había mucha gente en el aula que se ofendería con Harry por atreverse a jugarle una broma a él—. Hará que su cabello brille más durante una semana, luego volverá su piel naranja.
Los ojos de Draco se abrieron y él empezó a reír. Harry le sonrió y se recostó sobre la mesa, listo para estar agradablemente aburrido hasta el final de la clase mientras observaba a Lockhart aplicar la pasta liberalmente.
Un murmullo detrás de él le avisó, pero no le dio suficiente advertencia. Una voz que no era de Slytherin dijo: —¡Hechizó a Gorgon! Sé que lo hizo.
—Esto debería enseñarle entonces —dijo otra voz, y Harry se giró a tiempo para ver un hechizo verde brillante volando hacia él. Él entró en pánico por un momento. No creía que pudiera alzar un Encantamiento Escudo a tiempo, y definitivamente no quería levantar uno delante de todos. Los estudiantes podrían pensar que un profesor lo había hecho en medio del Gran Comedor, pero ¿aquí?
Permíteme.
El cuerpo de Harry vibraba con la fuerza de esa voz, y el mundo delante de él se torció y giró. Vio los colores arrastrarse unos contra otros, convirtiéndose en manchas quemadas por el sol. Observó cómo su propia mano se movía con un gesto perezoso, y el hechizo verde se volvió rojo y voló hacia al Ravenclaw que lo había lanzado. Se sentía distante, desapegado, como si no lo hubiera hecho. Y no lo había hecho, en realidad no.
Harry oyó risas suaves en su cabeza, y luego el siseo agitado de Sylarana. Al momento siguiente, los colores de la habitación dejaron de difuminarse, y volvió a la normalidad, tambaleándose, mientras el mundo parecía tomar forma de nuevo. Sylarana era visible, bailaba en su muñeca y no atacaba a nadie, como si pudiera morder a quienquiera que hubiera dicho las palabras a Harry y se hubiera reído.
Draco agarró su hombro y se quedó mirándolo. —¿Harry? ¿Estás bien?
Harry asintió tembloroso. Todavía no podía creer lo que creía haber visto. ¿Cómo pudo haber vuelto un hechizo de color rojo, sobre todo cuando no sabía qué era?
—¡Lastimó a Margaret!
Harry levantó la vista rápidamente, con el corazón latiendo. Una chica de Ravenclaw, presumiblemente la que le había lanzado el hechizo en primer lugar, estaba tirada en el suelo. Tenía los ojos cerrados, la cara pálida, y tenía una marca como una huella en la mejilla derecha. La huella de la mano se extendía mientras Harry observaba, volviendo toda su cara roja. Margaret lloriqueó suavemente mientras dormía.
—Tranquilos —dijo Lockhart, corriendo, con la cara medio dorada—. Los accidentes pasan con hechizos volando por todo el lugar, ¿sí? Realmente debería haber pedido que hicieran pequeños regalos para mí, no unos especiales. Sólo lleve a Margaret a la enfermería, señorita...
—Turtledove —sollozó la chica agachada junto a Margaret. Le lanzó una mirada de odio a Harry—. Profesor Lockhart, ¿no va a hacer nada para castigarlo? ¿Qué le hizo a ella?
—Eh, bueno, no lo sé —dijo Lockhart, y se volvió hacia Harry, tratando de parecer valiente y heroico y fracasando miserablemente—. ¿Qué le hizo, señor Potter?
—No lo sé —susurró Harry—. Vi su hechizo volando hacia mí…
—¡Ella no lanzó un hechizo! —Turtledove interrumpió caliente.
—Sí, lo hizo —dijo Millicent, inclinándose hacia adelante desde el asiento detrás de Harry—. Yo la vi. Harry lo desvió. No creo que él quiera hacerle daño, pero eso es lo que sucedió —ella se encogió de hombros—. Ella no debería haber estado jugando con hechizos como ese en clase. Ninguno de nosotros debería haberlo hecho —le lanzó a Lockhart una mirada acusadora que él ignoró completamente.
—Entonces es sólo un caso de magia peligrosa enfrentándose a magia peligrosa —dijo Lockhart, iluminándose—. Por favor, acompañe a Margaret a la enfermería, señorita, er, Turtleshell, y estoy seguro de que se pondrá mejor.
La chica Turtledove y tres de sus compañeros de clase ayudaron a llevar a Margaret fuera de la habitación. Harry podía sentir que lo miraban. Sacudió la cabeza. Esperaba que Luna no sufriera si sus compañeros de Casa enfocaban su ira de nuevo sobre ella.
Y esperaba que no volviera a sufrir algo así. Se tocó la frente y se estremeció. Luego se detuvo. Había un dolor específico en su cabeza, y provenía de su cicatriz. La rozó con los dedos, luego se estremeció. Ardía. Se preguntó si no lo había notado antes.
¡Lo sentí! Sylarana siseó en su cabeza.
¿A quién? preguntó Harry. Pensó que lo último que necesitaba ahora era que lo oyeran siseando en Pársel.
¡El que te visita por la noche! ¡Tom Riddle! Sylarana se movió en círculos. No sé qué hizo. Él estaba... allí, por un momento, y tú no lo estabas. Entonces lo empujé lejos, o se fue, no sé cuál. Harry nunca la había oído tan preocupada.
Harry dejó escapar un suspiro y miró hacia arriba cuando Draco le tocó el brazo. —¿Qué pasó, Harry? —susurró.
—No lo sé —replicó Harry, observando a Lockhart acercarse a la parte delantera de la habitación para poner la pasta dorada en sus mejillas. La broma parecía hueca ahora—. Pero no creo que sea algo que quiera volver a experimentar.
—Entonces pelearemos juntos —dijo Draco, y pasó un brazo por el de Harry.
Sí, lo haremos, dijo Sylarana, y ahora sonaba más sombría de lo que jamás lo había hecho.
Harry cerró los ojos. Si, sea lo que sea, vuelve a pasar, ¿significa eso que soy un peligro para Connor?
Decidió rápidamente que esa no era la clase de decisión que podía tomar por su cuenta. Tampoco podía Sylarana o Draco, por falta de conocimiento. Pero había alguien con quien Harry necesitaba hablar, que podía saber, que había crecido en torno a la magia Oscura y luego luchó contra ella como un Auror.
Después del almuerzo, decidió. Iré a hablar con Sirius.
[1] Snockack de Asta Arrugada: Criatura no voladora que supuestamente vive en Suecia (pero no está probada su existencia). Según Luna Lovegood, el Snockack de Asta Arrugada tiene unas orejas pequeñas parecidas a las de un hipopótamo, pero moradas y peludas. Para atraerlos hay que tararear algo, preferiblemente un vals.
[2]Heliopaths: No está probada su existencia, y muchos magos y brujas opinan que son fábulas; son espíritus del fuego; enormes y flameantes criaturas que galopan por la tierra y queman todo en su trayectoria. Luna Lovegood cree que Cornelius Fudge tiene un ejército de Heliopaths bajo su mando.
[3]Así como el Encantamiento Escudo es, en sí, un Protego, el maleficio de las piernas de gelatina se llama Locomotor Wibbly.
[4]Wrackspurt: Ser invisible. Viaja por tus oídos y a través de tu cerebro.
