Este fic es para el reto de Takari95 en el foro Proyecto 1-8


CROSSFIRE

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Capítulo 5

"Nightmare"

-Pesadilla-

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I.

Lo último que podía recordar eran unos ojos extraños. Uno rojo y uno verde. Y una risa divertida que llenaba todos los espacios y no dejaba sitio alguno para nada más. Recordaba el negro y el blanco, un torbellino de color nauseabundo y una sensación familiar recorriendo la punta de sus dedos cuando todo terminó.

Parpadeó, para sacudir la molestia que lo invadía y su mirada vagó por los alrededores. Estaba oscuro dentro del callejón. Muy oscuro. En el cielo, salpicado con diminutos puntos blancos, no llegaba a ver la luna. No sabía que estaba haciendo allí, lo que le ocurrió y por qué estaba solo...

Pero no se sentía solo.

Sus manos se movieron torpes hacia su rostro, para asegurarse que estaba bien, a pesar de que no podía cerciorarse con una mirada. No había otra forma de controlarlo en la soledad profunda en la que se hallaba. Se preguntó que le había pasado, cuánto había dormido.

No podía pensar con claridad, en realidad. Se sintió observado, en alerta y su rostro se movió por instinto. A todas partes, a ninguna. En busca de cualquier ser —cualquier cosa— que pudiese estar allí.

No había nadie más.

Un extraño sonido retumbo entre los muros sólidos que se alzaban a ambos lados y parpadeó cuando encontró un pequeño aparato cerca de su mano. No reconocía la forma —era un aparato rojo y negro que no recordaba con claridad pero que sabía que le pertenecía— y el tacto se sentía extraño contra la yema de sus dedos. Familiar, cálido.

¿Qué había pasado con él?

—Debes destruir a los Guerreros Legendarios, Agnimon —susurró una voz en sus pensamientos.

Agnimon. Agnimon y los guerreros legendarios, destruir.

Fuego, fuerza, poder.

Venganza.

Todo daba vueltas sin motivo pese a que sabía que él estaba inmóvil en el suelo. Y la cabeza le dolía. Pero aquella voz, severa y aguda, era lo único a lo que podía aferrarse.

II.

—Takuya sigue sin contestar —Kouji protestó, con rabia. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del D-Scan azul y sus cejas se volcaron en un ceño fruncido.

Kouichi sabía que no se trataba solamente de la molestia sentida al ser ignorado. Habría tenido que ser tonto para no darse cuenta de las líneas de preocupación que se extendían por toda la expresión de su hermano menor. Por eso no creía prudente decir algo, Kouji podía ser tan explosivo como Takuya en ciertas ocasiones. Y era mejor no precipitar el estallido.

Kouichi sabía que ellos tenían muchos puntos en común y otros tantos en los que eran opuestos completos así que tendía a mantenerse en el medio. Tal vez para frenar dos fuerzas tan potentes como eran su hermano y su amigo.

—No estamos lejos de su casa, Kouji —suspiró, en voz baja—. Tranquilízate.

Sintió que la mirada de su hermano lo atravesaba. —Estoy calmado.

Kouichi detuvo su caminar. Bokomon estaba en sus brazos mientras que Neemon reposaba en los brazos de Kouji, fingiendo ser muñecos de peluche ante ojos ajenos. El mayor de los gemelos enarcó una ceja en dirección al menor, sin creer ni una palabra.

—¿Sabes? Eso de la conexión ocurre en dos vías, puedo sentir que estás perdiendo el control. Si no puedes comportarte, te quedarás aquí. Se supone que tenemos que mantener la cabeza en su lugar, hay que encontrar a Takuya. No ayudarás mucho de esta manera.

Minamoto resopló. Maldito sea Kouichi por mantener la cabeza fría en ese instante, él estaba hirviendo en irritación y molestia. No estaba solo el hecho que Takuya no respondía sino que no lo habían podido contactar en su casa y que al marcharse los padres de su amigo habían quedado consternados. Ellos no habían esperado tener que responder tantas preguntas. Y para peor, Kouji sabía que la ansiedad de los Kanbara había alimentado la suya.

—Él no está aquí. No está en su casa. ¡No está en ninguna parte! No entiendo que le habrá ocurrido a ese idiota. No puede haberse perdido, Kouichi. Algo debió haberle pasado.

Tal vez era la primera vez que escuchaba a Kouji preocuparse en voz alta. Solía saber cuando su hermano se sentía ansioso o intranquilo pero escucharlo le daba una nueva relevancia al asunto. Kouichi contempló las posibilidades. Kouji y Takuya habían sido los primeros en Digievolucionar juntos y también fueron los primeros en conformar al guerrero que derrotó a Lucemon. Y, además, tenían elementos afines: fuego y luz.

Si la inquietud de Kouji tenía alguna relación con ello, Kouichi tendría que empezar a preocuparse.

Pero no quería pensar en ello, porque si las palabras de Izumi retornaban a sus pensamientos, no iba a poder concentrarse. Y era lo único que podía hacer. Tenía que hacer algo útil. Lo necesitaba.

—Llama a Junpei y a Tomoki. Yo hablaré con Izumi. Tenemos que buscar a Takuya.

—¿Por todo Japón? —Kouji dudó, con el ceño fruncido. Sabía que era mejor que sentarse a esperar pero no podía evitar protestar—. Eso es algo extremo, Ni-san.

Kouichi rodó los ojos —Entonces llama a Junpei y a Tomoki para avisarles que algo ocurrió pero que no haremos nada. Siempre es mejor idea.

Kouji protestó otra vez. Kouichi podía ser tan irritante como su mejor amigo en ocasiones. Y sabía leerlo mejor que nadie en el mundo.

—Eres un mandón.

—Sí, lo que digas. Hazlo —Kouichi hizo un gesto desdeñoso con su mano y Kouji sintió una sonrisa arrastrando sus labios, a su pesar.

El guerrero de la oscuridad suspiró. Le tocaba a él llamar a Izumi y contarle lo ocurrido. Sabía bien que su amiga estaba muy inquieta, había podido sentir su preocupación en cada palabra que le dijo durante la breve conversación que compartieron y no se sentía bien al confirmar aquellas sospechas extrañamente válidas.

No obstante, él sabía que lo haría mejor que Kouji, en ese sentido. Su hermano prefería no lidiar con las malas noticias, si podía evitarlo. Y con los sentimientos que arrastraban esas novedades. Con ambas cosas juntas, mucho menos.

—Takuya estará bien, ¿no? —dudó Neemon, con un hilo de voz como si temiese la respuesta.

Kouichi sintió que se le secaba la garganta al escuchar la pregunta, sin poder evitarlo. No había forma de responder con sinceridad y eso le preocupaba. Bokomon no había dicho demasiado desde que la desaparición de Kanbara dejó de ser una sospecha para volverse realidad y su compañero eterno, siempre disperso, parecía suponer que los gemelos responderían con acierto.

—¡Claro que estará bien, tonto! —Bokomon pareció salir del trance en el que se había sumergido y tiró del elástico del pantalón de Neemon, un castigo cotidiano para situaciones de tensión que parecía acorde en todo momento—. ¿Olvidas de quién estamos hablando? ¡Es Takuya, el guerrero del fuego! El primero en aparecer y enfrentar el enemigo, el sucesor de AncientGreymon. Él... Él ha vuelto siempre, siempre, antes. Es muy fuerte, nosotros no podemos... ¡no podemos dudar! ¡Digitonto! —sus ojos negros brillaban, decididos y firmes.

Kouji sonrió, con tristeza. Él siempre había pensado que Takuya era el favorito de Bokomon y ver la defensa en las habilidades de Kanbara era una especie de consuelo para recordarle lo que olvidaba por momentos.

Se trataba de Takuya Kanbara.

Estaría bien.

—Es un necio tonto, Neemon. No se dará por vencido hasta regresar a su casa —Kouji optó por decir, en voz baja. Takuya era su compañero de armas, al que quería tener siempre en su esquina cuando tuviese que luchar, la persona más testaruda y optimista de la faz de la tierra. Y no permitiría que desapareciese así como así.

—Hola, Izumi—chan —escuchó la voz de Kouichi y se tensó, ligeramente, al ver la forma en la que la postura de su gemelo se había endurecido. Sabía que consideraba a Izumi como una de sus mejores amigas y que odiaba la idea de ser portador de malas noticias, pero tampoco iba a dejarla al margen de lo ocurrido así que no tenía otra opción que confirmar los miedos de la rubia.

Kouji ladeó la cabeza para escuchar. Solo podía captar los murmullos al otro lado de la línea—... No, él no está aquí. —Kouichi trago saliva antes de continuar. Kouji se acercó un poco más, como si eso lo hiciera más fácil. Su gemelo le sonrió levemente, agradecido, pero su semblante se oscureció de inmediato. Kouji sabía que era improbable pero pensó que escuchaba a Izumi contener la respiración—. No lo encontramos, él no está aquí... Parece que ha desaparecido.

III.

Tomoki suspiró, con inquietud. No podía dormir, no tenía ánimos para quedarse inmóvil sobre su cama pese a que lo habían enviado a su habitación después de regresar de su improvisado paseo por los alrededores de Shibuya y tampoco podía hacer otra cosa más que permanecer allí, envuelto en penumbras.

Desde que Kouji lo había llamado, no había podido dejar de pensar en Takuya y en tener que salir a buscarlo. Era así como funcionaban: cada vez que uno de ellos se perdía, todos salían a buscarlo. Nunca habían querido dejar a nadie atrás, no deberían tener que hacerlo.

No le gustaba quedarse sin hacer nada y mucho menos cuando era algo referente al joven Kanbara. Si era sincero, la mayoría de sus recuerdos felices en el Mundo Digital lo incluían a él. Takuya se había vuelto su ídolo, su líder, alguien a quien admirar: la persona a la que seguía a todas partes. Recordaba su compañía, su consuelo, sus risas. La forma en la que lo retenía en sus brazos cuando se presentía una amenaza a su alrededor. Tan cercano como un buen amigo, tan protector como un hermano.

No le gustaba tener que quedarse al margen, aunque no tuviese otra opción. En momentos como ese, le gustaba pensar en el Mundo Digital, en lo sencillo que sería moverse por las regiones y buscar a su amigo perdido.

¿Cómo podría hacer para salirse de su casa, del apartamento sin alertar a sus padres o a Yutaka? Era casi imposible y, lamentablemente, ninguno de los Spirits habría ayudado en tal ocasión. Un oso de nieve y una criatura blanca extraña solo habrían causado pánico en los ojos ajenos y él debería dar muchas explicaciones en lugar de ponerse en marcha.

Pero se trataba de Takuya y se sentía tan impotente al quedarse allí.

Si pudiera hacer algo, cualquier cosa...

—Estará bien, ¿verdad? A Takuya no le sucederá nada, ¿cierto?—le preguntó a su D-Scan.

Siempre habían hablado con el dispositivo digital cuando querían comunicarse con sus compañeros digimon y nunca se sentía raro hacerlo. Parecía como si esos aparatos fuesen un puente entre las dos identidades de los guerreros. Los espíritus digitales quedaban atrapados en ellos y los humanos eran los únicos capaces de activar el verdadero poder.

En la pantalla, la imagen de su compañero apareció y Tomoki sonrió levemente al ver el Digispirit del Hielo. Sabía que se trataba de un consuelo.

—¿Tomoki? —la voz de Yutaka rompió el silencio, repentinamente y el más joven se giró hacia la puerta.

—¿Qué ocurre, onii-chan? —preguntó.

Yutaka lo miró con atención, sin despegarse de la puerta. Se balanceó ligeramente hacia adelante y, finalmente, entró —¿Ha pasado algo? Te has comportado extraño desde que regresaste a casa.

No se acostumbraba a ver que su hermano mostrase su preocupación sincera. Habían tenido siempre una relación difícil. Bueno, todas las relaciones entre hermanos son difíciles.

—Estoy bien.

Pero sabía que el mayor no le creería, en absoluto. Su propia voz sonaba débil en sus oídos, vacilante. Tomoki no quería huir, la relación con Yutaka había mejorado mucho con el paso de los años y ahora necesitaba un poco de consuelo

Yutaka suavizó la expresión de su rostro, acercándose hasta su posición. —Oye, enano, sabes que puedes contarme lo que sea. ¿De acuerdo? Hemos hablado de esto. Quiero ayudarte, si puedo.

Asintió, sin decir nada. ¿Hasta que punto podía confiar...?

Se mordió los labios, aferrándose al dispositivo digital blanco y verde —No estoy seguro de si vas a creerme, onii-chan.

Durante años había sido una discusión postergada, un secreto mantenido. Había hablado con Junpei y Kouichi sobre la idea de mantener a su hermano en las sombras de sus aventuras, sin decir lo ocurrido en el Mundo Digital. Su mayor excusa había sido el no tener pruebas para demostrar la veracidad de sus declaraciones y... Ahora la tenía. Tenía su D-Scan, uno de sus Spirits... Incluso tenía un motivo para decirle la verdad a Yutaka.

Tal vez su hermano mayor le ayudaría a poder escabullirse de la casa.

Yutaka se sentó en el extremo de su cama, mostrando una paciencia inusual. —Te prometo que no me reiré.

Inhaló profundamente, luchando contra todas las objeciones que nacieron de forma inmediata. No era fácil contar un secreto tan bien guardado después de tanto. Era un hecho, supuso, que su hermano mayor no iba a reírse de lo que tenía que contarle.

—Todo empezó hace cinco años, cuando me llegó un mensaje de texto...

IV.

Izumi Orimoto

Si despertaba de una pesadilla era probablemente porque había llegado al punto más oscuro del sueño y necesitaba deshacerlo, borrarlo y extinguir cada memoria de él. Pero cuando me senté allí, en mi cama, y mis ojos se dirigieron a las paredes color lavanda, me pregunté por qué no conseguía despertar de este sueño terrible. La sensación incómoda no había querido abandonarme en ningún momento desde que me asaltó la repentina certeza de que algo le había ocurrido a Takuya y ahora no podía quitarme la idea que yo podría haber evitado que ocurriese. Tal vez, si lo hubiese acompañado a su casa... Si hubiese ido con él, las cosas ya no serían tan horribles. Seguramente estaríamos juntos y no habría nada que pudiese detenerlos. Pero Takuya se había marchado por su cuenta, confiado y ansioso y ahora ya no estaba. Ya no estaba.

Takuya.

Presioné mis dedos en el D-Scan, buscando un consuelo que nadie más podía ofrecer y me mordí los labios, incapaz de pensar con claridad. Susurré el nombre de Takuya a la pantalla como había intentado una vez hace mucho tiempo, cuando nos encontrábamos en el Mundo Digital. Él siempre contestaba a mis llamados, en líneas generales.

No siempre, porque podía dar buenos ejemplos de cuando no quería hablar.

Pero nadie respondió.

Y el pánico me invadió de nuevo. ¿Por qué tenía que ser Takuya? Se suponía que era nuestro líder, el que nos guiaba y sostenía, el que mantenía las piezas juntas en nuestro grupo... ¡él era quien nos mantenía en marcha! ¿Qué se suponía que íbamos a hacer sin él?

No haríamos nada, no lograríamos nada... Nada. Nada.

Tranquilízate, Izumi. Pese a que había terminado la llamada con Kouichi antes de que él pudiese consolarme, la voz de Fairymon sonó en mis pensamientos como un lejano eco del recuerdo. La única vez que había hablado con mi hada fue durante aquella breve despedida que tuvimos tras vencer a Lucemon pero su voz era reconfortante y cálida. Que hablase en italiano era aún más relajante, me gustaba el sonido. Lo hallaremos.

Y con la suave presencia de mi compañera cada vez más real, no podía dejar de preguntarme que había cambiado de la última vez que estuvimos juntas. No solíamos poder comunicarnos abiertamente con nuestros compañeros digimon —porque eso eran para nosotros, en aquella vida— pero, sin duda, sentíamos su compañía. Y era igual ahora, la cercanía indefinible persistía entre nosotros. Y, sin embargo, era diferente, también. Fairymon podría haber estado allí mismo, sosteniendo mis manos entre las suyas y sonriendo con calma para transmitirme una paz necesaria.

¿Cuál sería la diferencia? ¿Tenía que ver, acaso, con el hecho que estuviesen ahora en el mundo real y no a la inversa como la vez anterior? Tal vez. Probablemente era la mayor diferencia que tenían nuestras aventuras. Fue un alivio pensar en otra cosa que no fuese Takuya y la repentina angustia sorpresiva.

Aunque ahora que mi mente se había despejado, podía volver a concentrarme en los hechos. Primero, los digimon habían llegado al Mundo Real porque Dracumon lo permitió. Existía una profecía que decía que si los seres digitales llegaban al mundo real habría colapso. Los digimon que habían venido estaban confundidos así que parecían no ser una amenaza. Pero los Tres Ángeles habían enviado a nuestros espíritus junto a Bokomon y Neemon para poder defender nuestro mundo... Takuya ya no estaba. ¿Que tenían todos esos hechos en común?

Volví a mirar el cuadrado negro de la pantalla y murmuré el nombre del chico que consideraba mi mejor amigo.

—Izumi...

Cerré los ojos. No sabía como había podido transmitir tanta emoción en mi nombre. Ni siquiera se molestó en mencionar que le había dejado con la palabra en la boca durante nuestra última conversación.

—Tenemos que encontrarlo —murmuré, mi voz extraña en mis propios oídos. Era lo único que podía decir con la sensación de incertidumbre trepándose por mi estómago—. Kouichi...

—Lo haremos, Izumi —prometió, en voz baja y tranquila. Quería pensar que era verdaderamente sincero—. Sabes que lo haremos.

—¿Estará bien? —pregunté, sintiéndome una niña de cinco años. Esta persona no era yo. Él no tenía las respuestas y yo lo sabía, pero no importaba. Solo quería escucharlo decir que nada malo iba a pasar. Que estaría bien.

Podía sentir que Kouichi sonreía. Era tonto, en algún nivel que no comprendía, que lo sintiese tan claramente. Me pregunté si tenía que ver con los niveles y las conexiones existentes entre el resto de nosotros, también. No era tan fuerte como lo que sentía con... Takuya, pero estaba allí.

—Claro —no podía decir si mentía o no: él era bueno en ocultarse detrás de la alegría. Pero lo escuché sincero cuando continuó con las palabras que necesitaba oír—. Recuerdas que hablamos de Takuya, ¿cierto? Seguramente ya habrá salido de todo esto cuando lleguemos a su lado. Es una de las personas más fuertes que he conocido en mi vida.

Adivinaba que Kouji también sonreía, junto a su gemelo. Ellos eran nuestra luz y oscuridad ahora más que nunca, un poco de esperanza para luchar contra la desesperación.

—¿Has hablado con Junpei y Tomoki? —pregunté.

—Solo con Tomoki, que se quejaba de estar encerrado en su casa hasta mañana: no puede salir. Junpei no podía hablar cuando lo llamamos...

Parpadeé, mirando hacia el reloj de mi despertador. Había pasado más tiempo del que pensé, se había escurrido entre mis dedos —¿Dónde están ahora?

—En el tren —replicó Kouichi, aunque había un matiz extraño en su tono.

—Han salido a buscarlo, ¿verdad? —Era tan simple como sumar dos más dos.

¿Por qué no se me había ocurrido antes?

La respuesta fue simple. —Lo haría por nosotros.

Fruncí el ceño, sin poder evitarlo, enumerando los hechos. Ellos afuera y yo aquí, sintiéndome repentinamente como una tonta. No podía creer que no se me había ocurrido.

—¿dónde están? —pregunté, de nuevo. Kouichi no respondió—. No son los únicos que se preocupan por él. Además, cubriremos más espacio si vamos juntos.

El mayor de los gemelos suspiró. Quería imaginar su casa consternada —No es que quisiéramos dejarte afuera. Avisé a mi mamá que saldríamos con Kouji y ella no se preocupará...

—Y no te di tiempo para proponerme estar allí, ¿no? —Yo sabía que era verdad. No necesitaba que me hiciese sentir mejor sobre eso.

—No te sentías bien —replicó.

Y supe que me entendía mejor de lo que creí. Mi pobre Kouichi-kun, siempre velando por los demás desde las sombras, sin querer nada a cambio. Si alguna vez llegase a pensar que no era merecedor de todo el respeto que le teníamos, lo golpearía. A veces pensaba que no se daba cuenta de cuan significativos eran sus actos. Él los veía como pequeños gestos, yo los sentía inmensos, en momentos así.

Por otro lado...

—No puedo quedarme aquí —insistí, en voz baja. No era una súplica, porque no había forma de que él me detuviese desde el otro lado de la línea de contacto. No solían compararme con la terquedad de nuestro amigo por nada.

Déjala, Niisan. Izumi sabe lo que hace —la voz de Kouji, clara y concisa. Fue la que concluyó con nuestra llamada. Tengo que reconocer que su apoyo me hizo sentir mucho mejor.

Kouichi soltó un suspiro cansado y yo me sentí mal por él, aunque no sabía la causa. —Estamos en la estación. Con Kouji hemos estado dando vueltas por aquí, si quieres venir.

—Estaré allí —prometí.

Pero primero iba a llamar a Junpei. Seguramente Tomoki no tendría permiso de sus padres para ausentarse a estas horas de su casa pero mi amigo mayor era otra historia. Mis padres me habían castigado, sí, pero no contaban con que podía escabullirme por la ventana y cruzar los cielos de Japón. Quizás él tuviese más suerte.

—¿Izumi? —la voz de mi amigo sonaba extraña. Podría apostar que había estado durmiendo.

—Junpei, lo siento. Te desperté...

—Yo... no te preocupes. No me di cuenta de que me había quedado dormido, quería cerrar los ojos un minuto —se rió de sí mismo, un sonido agradable que siempre brillaba en él. Junpei podía ser un niño aún pero había madurado más de lo que mostraba a otros—. Ha sucedido algo, ¿cierto? Prometí devolverle la llamada a Kouichi y se me pasó.

La pregunta se sintió errónea, como si tuviese que suceder algo particular para que yo lo llámase. En otros tiempos, no hubiese importado... Ni siquiera considerando los sucesos del día. Me mordí el labio, porque la respuesta era afirmativa, en este caso.

Junpei interpretó mi silencio de la misma forma que siempre lo hizo: muy bien.

—Oye, no era un reclamo —susurró, con una suavidad inesperada. Él solía ser tierno al tratarme, más suave—. Me lo pregunto más por la hora que por cualquier cosa, Izumi. Sabes que no me importa hablar contigo. Somos amigos, como siempre.

Tan tranquilizador.

—Lo siento, sí. Ha pasado algo.

—¿estás bien? —su tono cambió, rápidamente. La alarma atravesó la distancia y se plantó en mi corazón al escucharlo, no le daba el suficiente crédito a Junpei— ¿Están bien los chicos?

No... No lo sé —inhalé, profundamente. Las palabras se enredaron antes de salir, tuve que repetirme un par de veces—. Takuya no está, Junpei.

Hubo una pausa dolorosa, como si Junpei estuviese absorbiendo la información con parcimonia— Él... No habrá ido a enfrentar al enemigo por su cuenta, ¿verdad?

Fruncí el ceño, confundida. —Estaba camino a su casa y desapareció. Yo...

¿Habría ido Takuya a enfrentar a Dracumon solo? Mi primer instinto fue negarlo pero, enseguida, vacilé. Takuya era muy protector y, si Dracumon lo había interceptado no existía forma de que él no lo enfrentase.

Agnimon iría, confirmó Fairymon. Pero yo no sabía si Takuya había hallado alguno de los espíritus del fuego o si estaba solo, desprotegido y vulnerable.

Tenía que encontrarlo, tendía que encontrarlo, ahora. El resto tendría que esperar. Incluso el colapso del universo.

—Kouichi y Kouji lo están buscando por los alrededores. Voy a unirme a ellos ahora mismo, solo quería avisarte y... —Junpei no respondió pero no me sorprendió. Le extrañaba que fuese brusca con él casi tanto como a mí me resultaba desconcertante la cercanía que habíamos perdido.

—Estaré en Juyigaoka en unos minutos —dijo, al fin. Él vivía más cerca de allí que Tomoki o yo, pero me alegre que se hubiese unido a la búsqueda improvisada. Su voz había cambiado otra vez pero no podía concentrarme en eso, por el momento—. Cuídate, Izumi.

—Tú igual —repliqué. Habría más oportunidades para hablar con él, para averiguar cómo arreglarlo todo. Era hora de partir.

La brisa de la noche soplaba cuando abrí la ventana de mi dormitorio de par en par. Las cortinas se balancearon hasta mostrar el cielo despejado y la luna tímida que no recordaba haber visto. No era tan grande como para que saliese alguno de mis amigos —que siempre eran más grandes que yo— pero lo suficiente para mí o Tomoki, si estuviese aquí. Me ayudé con el marco, para moverme y durante un segundo, me sentía como dentro de una película. Estaba escapándome para salir a buscar a mi amigo, nunca había pensado que un relato ficticio podía ser tan real.

Tomé mi D-Scan y cerré los ojos al asomarme. Fairymon abrió sus alas luminosas para volar con libertad.


N/A: Realmente, no puedo creer que esta historia ya tenga un año. Quisiera poder decir que no tardaré tanto en actualizar la próxima vez pero prometo mejor que no quedará inconclusa.