Capítulo 6

Dejándose caer por las escaleras desde su habitación, John bosteza y se frota los ojos somnoliento. Se detiene en el marco de la puerta para estudiar a Sherlock y el caos de conocimientos esparcidos a su alrededor. Libros, papiros, manuscritos, textos ilustrados, símbolos de todo tipo, cada cultura, cada religión y fuentes esotéricas dispersos alrededor del detective que está sentado en el sofá, descalzo con los pies recogidos bajo él, la bata abierta en torno a él como la túnica de un profeta. Sus ojos centrados en algo que está frente a él, pero seguramente viendo cosas en su mente en lugar de su entorno. Runas, jeroglíficos, símbolos, señales, su enorme intelecto repasa todo su conocimiento y todas las fuentes posibles para determinar el significado de los mensajes dejados en el banco.

Moviéndose en silencio, John entra en la cocina y hace en silencio una taza de té a los dos y una tostada, untando una fina capa de mermelada de fresa a la suya y una de miel de trébol a la de Sherlock antes de volver al salón. Coloca la de Sherlock en la mesa frente a él, moviendo algunos libros para hacer sitio. Sherlock no hace mucho más aparte de parpadear en respuesta. Acomodándose en su sillón favorito, John abre el periódico con otro bostezo contenido, toma su sorbo de té y luego da un mordisco a su tostada.

Watson era un hombre sorprendentemente paciente a pesar de toda su necesidad de estímulos y excitación en su vida. Y John es un ángel. La paciencia es su fuerte. Es recompensado cuando los ojos de Sherlock pierden su carácter abstracto con sutileza, regresando al aquí y al ahora, con el ceño levemente fruncido haciendo que sus facciones tiendan al descontento mientras recoge la tostada sin pensar y da un mordisco.

Después de masticar un momento se detiene y se la queda mirando fijamente y luego mira al otro lado del salón a donde su compañero de piso está sorbiendo su té.

- ¿John?

- ¿Mmmmmmm?

- ¿Qué es esto?

Levantando la cabeza, John le lanza a Sherlock una mirada de curiosidad, con una ceja arqueada mientras pregunta:

- ¿De verdad necesitas que te lo diga? Uno pensaría que sería una deducción bastante simple.

- Me hiciste una tostada. Con miel.

- ¿Sí?

- ¿Cómo lo...? - la voz de Sherlock se desvanece, desconcertado, mientras claramente empieza a viajar en el tiempo a través de sus recuerdos, buscando por un tiempo el cuándo se ha hecho a si mismo una tostada con miel en presencia de John.

¡Oh! Oh, John, que torpe. Ha sido muy, muy estúpido. Tostada con miel. Era la comida de seguridad de Sherlock de niño. Algo que su madre solía hacerle. Algo que más de una niñera astuta le había ofrecido cuando estaba inconsolable. Algo con lo que raramente se complacía ahora como adulto, pero después del día anterior John sentía que quizás Sherlock apreciaría algo dulce y familiar. Algo reconfortante. Algo de lo que John Watson no debería tener ni idea.

- ¿Qué? - tantea una buena excusa – No te gusta la mantequilla, no te gusta la mermelada. La miel parecía la siguiente opción lógica.

Sherlock se endereza y mira fijamente a John con una mirada demasiado penetrante, la que hace que John se retuerza en su interior. Sus ojos vuelven a caer al periódico mientras da un mordisco a su propia tostada con falsa inocencia.

Al final, Sherlock deja escapar un reflexivo, pero no del todo convencido "mmmmmm", antes de colocar los pies en el suelo y pisar la mesa de café en su camino a través del salón para recoger su portátil, girándolo en su lugar y luego volviendo a pisar la mesa en su regreso para dejarse caer en el sofá.

- ¿Deduzco que la búsqueda de los símbolos no va bien?

Un resoplido de disgusto y burla es toda la respuesta que consigue John por una pregunta tan evidentemente estúpida.

El portátil se abre y se escuchan sus dedos tecleando sin descanso, buscando en internet Dios sabe qué. Y en esos días, no es que esté exactamente hablando con John. Dios, eso es.

- Entonces, ¿qué pasó con Sebastian?

Otro resoplido burlón.

- Aparentemente el hecho de que uno de sus compañeros fuera asesinado apenas es suficiente razón para excusarse de su elegante reunión de almuerzo sin sentido. En cuanto le sugerí que quizás preferiría comer más tarde en Scotland Yard, revisó su opinión de la situación – hace un gesto con la mano en el aire con desdén mientras señala – Me dijo algo más sobre Van Coon, nada que ya no hubiese recopilado por mi cuenta en su piso. Al parecer tenía la suerte de los tontos. Perdía cinco millones en una semana, para recuperarlos la siguiente. En realidad, eso dice bastante.

- ¿Y?

- Bueno, es un idiota. Todos lo son. Le dije que Van Coon fue asesinado y que el grafiti era una amenaza. Pero una llamada de su director hizo todo eso discutible. Aparentemente el diagnóstico final como causa de la muerte es un ataque al corazón. ¡Un ataque al corazón! Y, según el DI Dimmock, a pesar del estado del apartamento, no hay evidencias de una entrada forzada, ni huellas dactilares, ni nada obviamente ausente. No quieren que se vea como un caso de juego sucio, o el banco está presionándolo en ese sentido. ¡No quieren un escándalo! - sisea con un tono de voz deliberadamente escandalizado.

De repente los dedos de Sherlock que teclean a la velocidad del rayo se detienen. Una sonrisa de autosuficiencia curva lentamente sus labios mientras murmura para si:

- Oh. Oh oh. Sí. ¡sí, lo sabía!

Parpadeando, John deja a un lado su taza de té y se inclina hacia delante, preguntando:

- ¿Qué sabías?

Dando la vuelta al portátil hacia John de manera triunfante, Sherlock anuncia:

- ¡Sabía que era asesinato!

Levantándose, John cruza la sala antes de agacharse, echar un vistazo a la historia desplegada ante él y leerla en voz alta:

- "El periodista independiente de Earl's Court, Brian Lukis, 41 años, fue encontrado muerto en su piso después de que unos vecinos llamaran a la policía quejándose de que su televisor estaba demasiado alta. Lukis, un residente de larga duración que viajaba frecuentemente por su trabajo, fue encontrado en el suelo de su apartamento, muerto aparentemente por un ataque al corazón. Aunque su piso, una cuarta planta, estuviera destrozado, no hay evidencias de un allanamiento y todas las ventanas y puertas del piso habían sido bloqueadas desde dentro. A pesar de las extrañas circunstancias, la policía proclama en este punto que ha sido una muerte por causas naturales y no el resultado de un asalto."

- Sherlock. Esto es exactamente igual que...

- ¿Que Van Coon? Una vez es sospechoso. ¿Pero dos? ¿Exactamente igual? Eso es asesinato. Aún no se cómo, pero definitivamente asesinato – lanza a John una sonrisa vengativa, uniendo sus manos bajo la barbilla – Que maravilloso. Y mira quien es el DI a cargo.

Volviendo a mirar hacia abajo, John lee:

- DI Lestrade.

- Precisamente. Ni mucho menos tan idiota como Dimmock, y Lestrade sabe cuando escuchar.

Saltando sobre sus pies en un remolino de seda azul, Sherlock desfila hacia su cuarto, exclamando por encima del hombro:

- ¡Date prisa y vístete, John! ¡Tenemos una escena del crimen en la que colarnos!


Cuando el sargento detective va hacia Lestrade, diciéndole que había alguien en la puerta clamando tener información vital concerniente al caso, la última persona que espera encontrar es a cierto detective asesor.

- ¡Sherlock!

- Buenos días, Lestrade. Un día perfecto para un asesinato, ¿no crees? No te importa si solo aparezco y echo un vistazo por ahí, ¿verdad?

- Yo...

- No, no, claro que no – concede alegremente antes de saltar escaleras arriba sin permiso.

- ¡Sherlock!

- ¡Solo cinco minutos! - grita Sherlock a su espalda.

Lestrade toma aliento para gritar tras él en respuesta antes de soltarlo en su lugar con un gruñido de frustración. Su mirada se vuelve hacia John mientras frunce el ceño ligeramente, intentando recordar.

- John Watson, ¿no era así? Dios, ¿en qué anda ahora? Esto no es asesinato. Es un caso peculiar, te concederé eso, pero no hay ningún indicativo de que alguien haya entrado o de que la muerte fuera por algo más aparte de por causas naturales.

La cabeza de Sherlock aparece por encima de la barandilla con expresión anonadada.

- Ningún indicati... Dios santo, Lestrade, ¿estás ciego? - y entonces vuelve a desaparecer.

- En realidad, hay algo inusual en este caso – ofrece John diplomáticamente - ¿Ha hablado ya con el DI Dimmock?

Frunciendo el ceño, Lestrade parece confundido y niega con la cabeza.

- No, nada excepto intentar calmar algunas ampollas levantadas por Sherlock estando en su escena del crimen. Deduzco que los dos no se cayeron muy bien.

John sonríe ligeramente, aunque hay poco humor en su sonrisa torcida. No después del dolor que las palabras deliberadas de Dimmock causaron en Sherlock.

- No mucho, no – aclarándose la garganta, toma rumbo a algo más serio – Sugeriría encarecidamente que consiguiera una copia del informe de la muerte de Van Coon. Aparentemente es idéntica a la de Lukis, la seguridad en el apartamento, el desorden total sin pruebas de que algo fuera robado, y las causas aparentemente "naturales".

Arqueando una ceja, Lestrade vuelve a mirar escaleras arriba y responde.

- ¿En serio?

- En serio.

- Bueno, maldita sea. Está bien entonces. Será mejor subir ahí y escuchar más acerca de lo idiota que soy...

Los dos hombres suben a rastras las escaleras tras Sherlock, Lestrade saludando a los pocos oficiales que aún están examinando la escena y recolectando pruebas para que le permitan el paso. Siguiendo a Sherlock, Lestrade lo observa un poco antes de murmurar:

- John me informó brevemente. Dice que estás convencido de que estos dos casos están relacionados y que son de hecho asesinatos.

Sherlock ni siquiera ralentiza su inspección de la habitación, respondiendo con altanería.

- Es descaradamente obvio.

- Vale entonces, deslúmbrame. ¿Cómo entró este supuesto ladrón y asesino? Comprobamos todas las puertas y ventanas. Todo cerrado por dentro. ¿Alguien con una serie de ganzúas entonces? ¿Una ex celosa o un compañero de piso con una llave?

- No es un ladrón, al menos no en el caso de Van Coon, aunque es posible que tomara algo del piso de Lukis, pero no lo creo. El lugar no estaría tan patas arriba si hubiese encontrado lo que estaba buscando, y las oportunidades de que estuvieran en el último lugar que miró... - el tono de Sherlock indica la gran improbabilidad de ello.

"En cuanto a una ex-amante o un compañero de piso, no pierdas el tiempo. Dudo seriamente que encuentres un diagrama de Venn* cuando compares los círculos sociales del señor Van Coon con los del señor Lukis. No se solapan – Sherlock se agacha y recoge un trozo de papel negro arrugado, volviéndolo y examinándolo con cuidado antes de dejarlo posado sobre la palma de la mano mientras levanta la vista hacia John y Lestrade – Dos hombres que viajaban en círculos muy diferentes y aún así ambos tenían una cosa que los conectaba.

- ¿Y qué es eso?

- China.

- ¿El colador*? ¿Cómo?

Sherlock parpadea y resopla antes de levantarse y de corregir a Lestrade de forma brusca.

- China. El país. Van Coon viajaba allí con frecuencia por razones de negocios de su banco, Lukis era un periodista que estaba especializado en escribir historias concernientes a China.

- ¿Cómo sabes eso?

Poniendo los ojos en blanco, Sherlock hace un gesto con la mano a cada una de las pruebas del piso, lo cual, considerando el total caos existente, es bastante impresionante.

- Las estanterías llenas de libros sobre política y cultura china. Un billete reciente de vuelta de Hong Kong. Su portátil está abierto y hay un artículo parcialmente escrito sobre las actuales relaciones comerciales entre Estados Unidos y China. ¿De verdad quieres que continúe?

Cruzándose de brazos en el pecho, Lestrade saca la barbilla a la defensiva y le responde irónico:

- Vale, entonces fueron asesinados por China.

- No tienes talento para los chistes, Lestrade. ¿Quizás deberías intentar los monólogos? No, evidentemente no fueron asesinados por China, pero ese es el enlace que los une.

- Una nación de más de un billón de habitantes. Va a ser un poco difícil de acotar eso, Sherlock. ¿Por qué no nos atenemos a los hechos más simples y relevantes del caso? Como por ejemplo, ¿cómo entró el asesino? ¿Vas a decirme que trepó por las paredes? ¿Entró por el techo como un ninja?

- Los ninjas son japoneses, no chinos. Sin embargo esa sería la historia que te recomendaría que pusieras en tu informe, excepto toda esa referencia "ninja". Comprobé el balcón y el tejado del banco, el apartamento de Van Coon, y estoy seguro de que cuando haga lo mismo aquí llegaré a la misma conclusión.

- Espera un minuto, ¿qué banco?

- Es la razón por la que estábamos en el apartamento de Van Coon en primer lugar – explica John apresuradamente, viendo como la impaciencia e irritación de Lestrade aumentan al enfrentarse a las réplicas contundentes y sarcásticas de Sherlock - Hubo un allanamiento en un banco. Nada robado, solo se dejó unos grafitis. Sherlock cree que eran una advertencia o una amenaza para Van Coon.

Confirmando con un asentimiento, Sherlock añade con decisión:

- Nadie usó el tejado, ni los balcones o las farolas para entrar en las escenas de los crímenes. No hay marcas de escalada, garfios, ni nada por el estilo. No, sospecho que este asesino literalmente atravesó las paredes.

Uno de los detectives cercanos levanta la mirada y frunce el ceño al escuchar de pasada la conversación antes de sacudir la cabeza, decidiendo que claramente debe de haberlo oído mal, y se mueve a otra habitación.

Lestrade echa un vistazo a su alrededor incómodo, acercándose mientras masculla entre dientes:

- Baja la voz, ¿quieres? Ya es bastante malo tenerte aquí así, sin ir soltando cosas sobrenaturales que harán que nos expulsen a ambos de Yard.

Sherlock entrecierra de repente los ojos cuando pregunta:

- ¿Advertiste a Dimmock sobre mi?

- ¿Qué? ¿Advertir? No – y entonces, tras un momento de reconsiderarlo – Bueeeeno, no con esas palabras. Le dije que eres un completo capullo para trabajar contigo...

Sherlock entrecierra aún más los ojos.

- … y que eres absolutamente brillante y que debería considerar seriamente todo lo que le hayas dicho. ¿Qué tiene eso que ver con...?

- Da igual. No importa – Pero la pequeña sonrisa en los labios de Sherlock hace evidente su placer para John – Vale, por el bien de los mundanos, bajaré la voz. Estoy bastante seguro de que estamos tratando aquí con algo sobrenatural. Como John dijo, ha habido un crimen anterior, no un asesinato, en el Banco Shad Sanderson, y no, no lo denunciaron. Quieren mantener la discreción. Pero ese misterioso allanamiento me guió hasta Van Coon, que era el empleado a cargo de las cuentas de Hong Kong y hasta Lukis aquí, un periodista especializado en temas chinos. En los tres casos, los edificios y las habitaciones estaban firmemente cerradas, en dos casos había medidas adicionales de seguridad y cámaras, y aún así ninguna prueba de un intruso más allá de las muertes y el daño hecho.

Lestrade apenas se contiene a si mismo de gemir de frustración.

- ¿No pudo haber sido un trabajo hecho con alta tecnología? ¿Un trabajo interno? - suena muy melancólico.

- Es posible, pero las posibilidades están disminuyendo rápidamente. También está la cuestión de las muertes. Van Coon fue declarado muerto por un ataque al corazón, pero me gustaría ver el informe de la autopsia. Y, naturalmente, querré saber al momento cuando tengas el informe de la autopsia de Lukis. También querrás esto. - Sherlock vuelca el trozo de papel negro en la palma de la mano de Lestrade, haciendo que el Detective Inspector lo mire de cerca, y luego a él, confuso.

- Es una flor de origami. Un loto negro, para ser específico. Puede que quieras buscarlo en la base de datos, aunque no se cuantos casos encontrarás ahí. Probablemente cientos en China.

- ¿Por qué, qué es?

- La tarjeta de visita del asesino.

Lestrade frunce el ceño hacia la escultura de papel en su mano enguantada. Acercándose a una de las bolsas de pruebas, lo desliza dentro antes de preguntar:

- ¿Algo más?

- ¿Había algún grafiti en las paredes? ¿Algún símbolo dibujado o pintado?

- ¿Grafiti? No, nada de eso – una llamada desde otra habitación hace que Lestrade haga un gesto hacia los dos, señalando – Tengo una llamada de Dimmock, adelante y sigue mirando por ahí pero ya conoces la rutina. No manipules las pruebas, tienes dos minutos...

Moviéndose por el apartamento con rapidez, Sherlock resopla y empieza a murmurar:

- ¿Dónde está, dónde está?

- ¿Dónde está qué?

En su torbellino, Sherlock inmoviliza a John con su mirada, pero su tono es paciente cuando se explica:

- Lukis no tenía una oficina como Van Coon. Su casa era su "oficina". Así que, lógicamente, el cifrado debería estar aquí. En alguna parte en la que el asesino sabía que él estaría. En algún lugar donde estaba seguro de que lo vería.

Mirando por el piso, John masculla:

- Bueno, está claro que no está aquí. Si esto es igual que en el otro caso – la oscura mirada de Sherlock le hace añadir rápidamente – y estoy seguro de que lo es, tendremos que encontrar el cifrado. Pero no tengo ni idea de como nos lo arreglaremos para hacerlo. No tenemos ni idea de lo que Lukis pudo haber hecho antes de volver a casa, y no hay forma de descubrirlo. Puedes ser el detective asesor vivo más brillante, pero no eres un perro rastreador.

Hay un momento de vacilación antes de que Sherlock agarre a John por los brazos y da vueltas a su alrededor.

- Me sorprendes continuamente, John Watson. Una excelente sugerencia. Conozco justo a ese perro.

Corriendo por las escaleras en una ráfaga de brazos y abrigo, Sherlock fuerza a John a murmurar una rápida disculpa a Lestrade antes de correr escaleras abajo detrás de él. Una mirada a la izquierda y luego a la derecha hace que John tenga un momento de desconcierto antes de que se de cuenta de que no necesita sus ojos para encontrar a Sherlock Holmes. Espera un instante hasta que siente el tirón, entonces gira a la derecha y corre hasta que consigue alcanzar las largas zancadas de su compañero de piso. El móvil de Sherlock está en su mano y lo mantiene en vertical mientras teclea rápidamente con el pulgar.

- ¿A dónde vamos?

- A la carnicería más cercana.

Parpadeando, John suspira y pregunta de forma estúpida.

- ¿Y eso por qué?

Efectivamente, Sherlock le lanza esa mirada que quiere decir que acaba de hacer una pregunta estúpida.

- ¡Porque solo el mejor filete mignon* lo conseguirá, por supuesto!


Se encuentran en un callejón, que pasa desapercibido en su mayoría por los peatones al pasar. Lo cual está bien, porque Sherlock está ahí, desempaquetando una gran trozo de carne roja del papel blanco de carnicero que lo envuelve. Frotándose los labios con la carne cruda, murmura en la carne tierna:

- ¡Pwca, clywed fy ngalwad! Rwy'n gwneud y cynnig yn gyfnewid am eich gwasanaethau. Gwneud fy ewyllys! Perfformio fy bidio!

Parpadeando, John masculla:

- Estás de coña, ¿verdad? ¿Crees que vas a engañar a un pooka* con eso?

Sherlock entrecierra los ojos mientras inclina la cabeza y pregunta a su vez:

- John, ¿cuántos idiomas hablas?

Oh mierda. Realmente necesita ser más cuidadoso. ¡Primero la miel y ahora esto! Parpadeando como un búho, John responde tímidamente:

- Unos cuantos – algo así como todos ellos. Es algo difícil, fingir saber menos de lo que sabes cuando cierto tipo de información es tan innato e inconsciente como el respirar.

Un gemido suave los interrumpe, haciendo que Sherlock sonría y que John se trague sus palabras. Para el resto del mundo, parecería que un enorme perro negro de ojos dorados está sentado frente a dos hombres, la cola peluda meneándose entusiasta, la lengua colgando a un lado de la boca llena de unos dientes muy grandes y blancos. Sin embargo para John, está más que claro que el agua que este "perro" es todo lo contrario.

- Claro que no, John – dice Sherlock alargando las palabras de forma burlona – No se "engaña" a los pookas con cualquier truco. Son jugadores. No se la puedes jugar – la pálida mirada plateada de Sherlock se encuentra con la dorada, su expresión es solemne cuando sostiene en alto el filete y pide – Necesito un favor, y sin trucos. Necesito que rastrees los últimos movimientos de un hombre por mi en la secuencia inversa desde el último al primero. A cambio, cada mes, durante un año, te proveeré con una ofrenda de carne – baja el trozo de carne para que el pooka la considere - ¿Tenemos un acuerdo?

El cambia-formas ojea la carne, la olfatea, y considera a Sherlock un momento antes de que sus ojos se muevan hacia John con picardía. No está seguro, ¿pero ese maldito perro le está sonriendo?

- Sí, rastrearé a tu hombre y sin trucos para ti – responde el pooka antes de que diera una dentellada blanca y la carne salte de los dedos de Sherlock y la devore con evidente placer.

Sus brillantes ojos dorados, sin embargo, se posan sobre John y el ex-ángel tiene una sensación más que incómoda de picazón entre los hombros. Después de todo, el pooka no le había hecho ninguna promesa a él.

- No podías haber escogido una forma mejor – alaba Sherlock, sabiendo que la mitad del camino hacia el corazón de una criatura mágica era a través de su ego – Iba a pedir específicamente un canino, ya que esencialmente necesito que olfatees un rastro por mi. Pero medio esperaba que aparecieras con tu forma tradicional.

El pooka no habla con la boca llena, es difícil decir si es por buena educación o simplemente por falta de capacidad para babear sobre un trozo de carne enorme y articular palabra al mismo tiempo. Una vez que termina, se lame el hocico ensangrentado.

- En la ciudad, es probable que un perro llame menos la atención. Todas las demás formas parecen causar solo problemas y caos – sin embargo, sus ojos brillan como si nada complaciera más al pooka que causar problemas y caos.

- Tenemos un poco de prisa – advierte Sherlock, sacando un trozo de tela del bolsillo de su abrigo que debe de haber recogido del piso de Lukis – Puedes causar todos los problemas que quieras después de que encontremos lo que estamos buscando.

- Sherrrrrrlock – entona John de forma infantil.

Uno nunca debería alentar a un pooka a causar problemas.

El pooka mira fijamente a John y maldita sea si no estaba sonriendo de nuevo mientras carraspea:

- Aguafiestas.

Hacen su camino de vuelta al piso de Lukis, la gente a su alrededor dándoles un gran rodeo a Sherlock, John y a su enorme "mascota". John solo espera que nadie intente denunciarlos por pasear a su "perro" sin correa. No puede decidir que sería más difícil, si intentar explicar al oficial de policía que uno no puede poner una correa a un pooka, o intentar convencer al pooka de llevar correa. Ninguna de las opciones terminaría bien para ellos.

- ¿Y bien? - pregunta Sherlock a su guía. El pooka olfatea el aire y entonces espera a que el peatón más cercano esté fuera del rango auditivo antes de señalar:

- ¿El hombre por el que estás preguntando? Apestaba a miedo. Es de hace horas y aún puedo olerlo – vuelve a olfatear el aire y ladea la cabeza hacia un lado, como hacen los perros, mientras pregunta a Sherlock - ¿Entonces está muerto?

- Bastante muerto.

El pooka pone la nariz en el suelo y empieza a rastrear los movimientos del periodista a la inversa, guiando a Sherlock y John a lo largo de una concurrida intersección sin paso de peatones, los coches y taxis frenando de golpe y tocando sus bocinas al enorme animal, con Sherlock y John siguiendo su estela, John ofreciendo disculpas inútiles y haciendo gestos con las manos en su camino. El camino es aleatorio y tortuoso, como si Lukis intentara que alguien perdiera su rastro, además de intentar encontrar el camino más rápido a casa a pie. Se detienen abruptamente, la enorme cabeza del pooka se inclina a la derecha y la levanta hacia las escaleras que llevan a la puerta principal de la Biblioteca de West Kensington.

- Estuvo ahí.

Echando un vistazo a la calle, John sisea suavemente:

- Sherlock, no podemos meter un perro en la biblioteca.

Sherlock ni siquiera se vuelve hacia John, siguiendo al pooka escaleras arriba mientras responde despreocupado:

- Que bien entonces que no tengamos perro, ¿verdad?

John pone los ojos en blanco y corre tras ellos, esperando en vano que nadie note al animal.

- ¡Oiga! ¡No pueden traer esa cosa aquí! - grita uno de los bibliotecarios desde detrás del mostrador de entrada.

Sherlock y el pooka aceleran alegres a su lado, forzando a John a pararse y a balbucear:

- Lo siento, lo siento, perro guía. Es solo... olvidamos ponerle el chaleco esta mañana. Está sucio. Necesitaba un lavado. ¡Lo siento!

Se apresura, esperando que la excusa los cubra lo suficiente hasta que encuentren lo que están buscando o sigan adelante. El pooka galopa por los pasillos, asustando felizmente a los clientes a derecha e izquierda, Sherlock pisándole los talones. Para cuando John los pilla, Sherlock está recorriendo las estanterías, buscando cualquier tipo de pista relevante.

- Aquí es donde pasó, lo que fuera que le asustó – está explicando el pooka – El olor es especialmente fuerte aquí y luego disminuye – mientras Sherlock empieza un estudio intensivo de las estanterías, sacando libros de su sitio, de uno y otro lado, el pooka se vuelve y se sienta junto a John. Meneando la cola mientras observa a Sherlock estudiar las estanterías, las orejas levantadas antes de que murmure con picardía – Eshu me habló de ti.

John se queda paralizado, la sangre le corre helada por las venas mientras observa a Sherlock explorar los libros, buscar una pista, aparentemente atrapado lo bastante en sus propios pensamientos como para no notar su conversación. Mierda. ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Los bromistas, independientemente de su origen, tienden a congregarse, a contar las historias de sus distintas estratagemas y conquistas.

Con los ojos fijos al frente, John sisea suavemente:

- ¿Podrías bajar la voz?

La lengua del pooka cuelga de su boca abierta, una sonrisa perruna aparece en su cara mientras sus ojos dorados se vuelven hacia John, brillando con alegría:

- Te ha puesto en un verdadero aprieto, ¿verdad? Un asunto complicado, el ser humano, tener los recuerdos de uno – inclina la cabeza a un lado mientras consulta – No te lo dijo, ¿verdad? ¿Los efectos secundarios? ¿La resistencia del huésped humano? - un gruñido de Sherlock hace que el pooka se vuelva hacia el detective asesor, su voz un poco más fuerte mientras ruge – No se lo has dicho, ¿verdad? No lo sabe...

- Oye, cállate. Ya has tenido suficiente. No hace falta decir nada más.

Sherlock lanza una mirada en su dirección, pero ambos, el supuesto canino y John le devuelven la mirada con expresiones de total inocencia. Frunce el ceño ligeramente antes de volverse, y con un bufido de hastío, John gruñe:

- Joder. Solo guardate esa información para ti, ¿vale? - antes de alejarse para ayudar a Sherlock en su búsqueda entre las estanterías.

Entrecerrando los ojos hacia una anomalía, Sherlock alarga el brazo con sencilla elegancia hacia una altura que John nunca podría soñar con alcanzar, sacando un libro enorme y de un gran tamaño de la parte de arriba de la estantería indicando burlón:

- Que curioso, ¿un libro de antigüedades chinas aquí, en la sección de historia China? Definitivamente descolocado...

El libro se abre y ahí, en la primera página, está el ya familiar par de símbolos pintados con espray de pintura amarilla. Es decididamente más pequeño que el primero, pero la forma y el color son inconfundibles.

- Ahí lo tienes John. Una prueba. Una prueba que ni siquiera Dimmock puede negar.

- Excepto por la parte en la que tienes a un pooka que nos ha guiado hasta aquí, estoy de acuerdo contigo.

Con un molesto suspiro de eterno sufrimiento, Sherlock se mete el libro bajo el brazo y se hace camino para salir de la biblioteca, mascullando:

- Detalles, detalles...

El sonido del teléfono de Sherlock ni siquiera hace que ralentice el paso, buscando el móvil en el bolsillo con una mano enguantada para contestar, su voz retumba con un toque de entusiasmo:

- Lestrade. ¿Qué tienes para mi?

Se detiene en seco, un atisbo de sorpresa y de pura alegría brillan en sus facciones mientras cubre el teléfono y se vuelve hacia John, explicando:

- En la autopsia ha aparecido algo sin precedentes. Tres allanamientos imposibles, dos asesinatos misteriosos, ¿y ahora una causa de la muerte físicamente improbable? Ohhhh, ¡es Navidad! - volviendo al teléfono, Sherlock asiente y responde – Voy para allá ahora mismo. Diles que tengan a los dos, a Van Coon y a Lukis listos para mi.

Cuelga el teléfono, dando a John una mirada de pura excitación:

- ¡Vamos, John!

Es un milagro que no baje el pasillo dando saltitos como un niño pequeño. Tal como es, Sherlock gira y corre pasillo abajo, dejando a John y al pooka atrás, el último sacudiendo la cabeza antes de que empiece a seguirlo.

- ¡Ey! ¡Ey! ¡El de ahí! ¡El del perro!

Mirando a su alrededor, John se estremece cuando varios miembros del personal de la biblioteca, incluyendo el guardia de seguridad, se dirigen hacia él y al enorme no-perro de su lado.

- ¡No puede traer aquí animales! Tiene que ponerle la correa inmediatamente y llevárselo fuera.

- Maldita sea... - empieza John a mascullar para si, pero levanta las manos en un gesto de rendición y ofrece en tono de disculpa – Sí, sí, claro. Lo siento muchísimo. Fue solo un malentendido, no volverá a ocurrir...

El problema es, que no tiene una correa. Joder, ni siquiera tiene un collarín, así que, ¿cómo va a "ponérsela" exactamente? Volviendo su mirada hacia Sherlock, John está ligeramente horrorizado al descubrir que su compañero de piso se ha desvanecido por completo, dejándolo atrás con la criatura del mundo de las hadas que había convocado sin ni siquiera un "con tu permiso".

El pooka está sentado junto a John, meneando la cola y con la lengua colgando, con esa estúpida y molesta sonrisa perruna que curva las comisuras de su boca. Es un gesto que algunos podrían considerar perturbadora en un animal de ese tamaño, es más, hasta amenazadora considerando los blancos y afilados dientes que enseña. Con un suspiro de frustración, John se quita el cinturón y murmura a su compañero:

- Bien, vale, solo sígueme el juego y deja que nos saque a ambos de aquí, ¿de acuerdo?

El pooka, sabiamente, no dice nada, meneando la cola con más fuerza. John se agacha para intentar poner el cinturón al enorme y peludo cuello, pero la maldita criatura de repente zigzaguea con la cabeza, lamiéndole la cara como si nunca hubiese estado más feliz de verlo, haciendo que John resople y escupa y luche inútilmente con la bestia gigante, mascullando:

- ¡Perro malo! ¡Siéntate! ¡Quieto!

Finalmente se mueve hasta que está a caballo sobre la espalda del pooka, usando las piernas para intentar inmovilizar a la cosa lo más quieto posible mientras alarga los brazos para pasar el cinturón alrededor de su cuello. John es tan bajo, y el "perro" es tan grande, que está literalmente sentado sobre la espalda de la bestia. Y es entonces cuando lo entiende. La cabeza del pooka se gira para encontrarse con los ojos entornados de John, los ojos brillando con intención maliciosa.

Oh mierda.

En un instante el pooka se levanta, levantando a John del suelo. Perdiendo el equilibrio, John mete las manos en el espeso pelaje de la bestia, las rodillas agarrando el lomo y entonces el resto es un borrón. Hay gritos y maldiciones, chillidos y figuras corriendo por todas partes mientras el enorme "perro" se lleva a John en una cabalgada salvaje e indeseada a través de la biblioteca, corriendo por los pasillos, serpenteando dentro y fuera de las estanterías, derribando clientes, muebles y, por supuesto, libros, haciéndolos volar en todas direcciones. John necesita de toda su fuerza y concentración solo para mantenerse en la espalda de la bestia, aferrándose por su vida y rezando para que no salga disparado por un ventana o escaleras abajo.

El pooka está teniendo el momento de su vida, persiguiendo a los incautos clientes y al personal, dentelleando los dientes peligrosamente afilados, y tratando a la elegante y señorial Biblioteca de West Kensington como su propio circuito personal de perros. Los libros se levantan ocasionalmente del suelo y se pulverizan entre las poderosas mandíbulas y puntiagudos incisivos, hasta que las páginas vuelan libres como pájaros aterrorizados. Al golpear lateralmente con una estantería a toda velocidad, ambos, pooka y hombre gruñen y giran y John vuelve la cabeza y observa aturdido como una estantería se tambalea y cae, solo para golpear a otra estantería, la cual se tambalea y cae solo para golpear otra estantería... su alocada carrera casi es interrumpida por el efecto dominó antes de que el pooka salte hacia las escaleras, el viendo de la última estantería rozando el aire alrededor de John, el borde raspa su chaqueta antes de chocar contra el suelo.

Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, la salvaje cabalgada termina con el pooka agachando la cabeza y parando en seco, lanzando a John hacia delante para aterrizar... sobre un cómodo sofá, bocabajo.

Mareado, aturdido y molesto, John se endereza con cuidado, parpadeando con fuerza, esperando a que su cabeza pare de dar vueltas antes de mirar a su alrededor.

La biblioteca es un caos, no se ve al pooka por ninguna parte, y delante de él están varios bibliotecarios muy enfadados y un oficial de policía golpeando con su porra en la mano.

Mirando alrededor con timidez, John levanta la mirada al oficial y le ofrece una tentativa sonrisa de disculpa.

- Mmmmm, ¿me creería si le dijera que no era mi perro?


De pie en el cuarto de baño, Molly mira fijamente su reflejo en el espejo, la luz fluorescente hace que parezca más horroroso de lo normal, mostrando la palidez de la piel, los círculos oscuros bajo los ojos, la general falta de color. Tras alcanzar su bolso, saca un pequeño kit que tiene siempre a mano para tales emergencias.

Naturalmente, su crítica interior tiene algo que decir.

¿Qué estás haciendo?

¿Qué te parece que estoy haciendo? ¡Ponerme maquillaje!

Metiendo la mano en la bolsa saca un pintalabios y lo destapa, estudiando el color antes de darse cuenta de que realmente no importa si pega con lo que lleva puesto o no. Es el único que tiene. Además, lleva puesta una bata de laboratorio. ¿Qué importa de qué color tenga los labios? Cualquier cosa es mejor que las cosas pálidas y agrietadas que son ahora.

Girando la base, lo alza a los labios con dedos torpes, no acostumbrada a tales técnicas. Dale un escalpelo y es una artista, ¿pero una barra de labios? Nada, a no ser que encuentres atractivo el maquillaje tipo payaso. Toma aliento e intenta aplicar artísticamente el color a sus labios blanquecinos.

Da un paso atrás y estudia el trabajo que ha hecho. No demasiado mal. Un poco espeluznante, pero no está mal. ¿Qué solía hacer su madre? Ah si. Alcanza un poco de papel, se lo coloca entre los labios y los aprieta, tapando el color, suavizándolo a un tono ligeramente más natural.

Para una autopsia. La burla en el tono de voz es inconfundible.

- Sí, para un autopsia – se burla en respuesta. Es increíblemente molesto, tener una discusión contigo misma.

No, idiota, ¡porque Sherlock va a venir!

Pero si ni siquiera te nota.

Pone los ojos en blanco.

Oh, cállate y déjame concentrarme.

Molly no está segura de cuando empezó a hablar sola como si fuera dos personas en lugar de una. Es algo que ocurre cuando vives solo el tiempo suficiente, asumió. Seguramente, todo el mundo lo hace.

Al menos solo tiene esas conversaciones en voz alta cuando sabe que está sola. Prefiere pensar en ello como un capricho encantador en lugar de algo mucho más comprometedor. Gracias a Dios por el Bluetooh. En estos días medio mundo va por ahí hablando consigo mismos como si estuvieran locos. Va por el delineador dorado e intenta poner un poco de línea de ojos.

Sí, pero no se responden a si mismos...

Dice, ¡cállate! Oh, mira lo que has hecho. ¡Ahora mi maquillaje está todo corrido!

Con un resoplido, moja un poco de papel higiénico y añade un poco de jabón, para limpiar con cuidado el borrón negro para no seguir pareciendo un mapache. Perfecto. Sin línea de ojos. Solo pintalabios. ¿Tal vez un poco de colorete?

¿Por qué te molestas?

Porque uno de estos días se va a dar cuenta de lo parecidos que somos, de lo perfectos que estaríamos juntos.

Eso es tan triste. Suenas como una mala novela romántica.

- Oh, ¡vete a la mierda! - suelta, la aflautada voz de Molly resonando en los baños vacíos a su espalda. El silencio siguiente, tanto en su mente como fuera es un bendito respiro para su vergüenza y su autoflagelación. Tantea con los dedos y se da prisa en terminar el trabajo antes de meter la barra de labios en el bolsillo en su bata de laboratorio y de vuelta corriendo a la morgue, con la esperanza de llegar antes que Sherlock allí.

No hay suerte. Literalmente, se embisten mutuamente en la puerta, Molly murmurando una incómoda disculpa antes de hacerse camino por delante de Sherlock.

- El DI Lestrade llamó para decir que ibas a venir y para que te mostrara lo que quisieras ver. El cuerpo de Lukis es por el que le llamé, pero ya que me dijo que los casos estaban relacionados, también he sacado el de Van Coon. Por lo que he entendido el señor Van Coon fue el primer caso, así que te lo enseñaré primero.

Guía en el camino hacia el cuerpo cubierto, solo para volverse y encontrar a Sherlock mirando fijamente su cara. Lamentablemente, no en un modo amoroso o encandilado, sino como si tuviese una horrible oruga en el labio superior o algo.

- Llevas pintalabios.

Apenas se las apaña para no tocarse los labios con los dedos o la lengua para confirmar ese hecho.

- Sí. Sí, llevo. ¿Y?

- Nunca llevas pintalabios.

Maldita sea, lo notó. Es decir, sí, ella quería que él lo notase, notara sus labios, lo deliciosos, jugosos y besables que son, pero no que notara que se había puesto pintalabios como si estuviera intentando atraer su atención. El hecho es que está en ese punto.

Pero, claro, a eso es ignorante. Ve el efecto sin reconocer la causa. Hora del farol.

- Claro que si. Solo es que tiende a borrarse durante el día. Solo... lo repasé un poco – Oh Dios, puede sentir la horrible falsedad en su sonrisa. ¡Para Molly, solo páralo ahora! Pero sus labios se mantienen firmes en ese rictus ridículo mientras los ojos de Sherlock se estrechan con sospecha.

- Llevas pintalabios. Mientras realizas autopsias.

Estirando la espalda, Molly pone las manos en las caderas, la barbilla apuntando hacia arriba a la defensiva mientras replica:

- Sí, bueno, tú golpeas cadáveres para estudiar el patrón de los moratones después de la muerte – ya es bastante malo que ella crea que es idiota. No necesita que Sherlock también piense que lo es.

Sherlock arquea las cejas hacia arriba con irónica diversión mientras explica secamente:

- Esas situaciones apenas son comparables.

- Lo son si consideras que ambas nos hacen sentir mejor después de un largo y frustrante día.

Sherlock permanece ahí quieto un momento antes de que sus labios se curven hacia arriba en las comisuras.

- Touché

Molly exhala un silencioso suspiro de alivio ya que había conseguido sortear el obstáculo sin demasiada dificultad. Molly: 1, Sherlock: 0

- Vale – se frota las manos en la bata de laboratorio, estirándola innecesariamente – Según la autopsia inicial, Van Coon sufrió claramente de un ataque al corazón, causado por un infarto de miocardio. Hay un daño evidente en el tejido cardíaco – señala, señalando las zonas oscurecidas del tejido muerto – y lo que parece una condición anterior no diagnosticada de miocardiopatía hipertrófica. Probablemente no tenía ni idea de que le pasaba algo malo. Literalmente podría simplemente haberse levantado y haber tenido un fallo cardíaco en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras Sherlock se pone un par de guantes y empieza a toquetear y a pinchar dentro de la cavidad abierta del pecho de Van Coon, Molly da un paso a atrás para darle algo de espacio, coge un trozo de papel y limpia meticulosamente el maquillaje de su boca.

Cuando Sherlock se endereza, su ceño de irritación por la aparentemente muerte natural de Van Coon pasa a extrañeza.

- Te has quitado el pintalabios.

Genial. Normalmente no nota nada sobre ti. O al menos nunca dice nada. Te cortas el pelo, sin comentarios. Llevas un vestido bonito, sin comentarios. ¿Te pones una blusa que realmente pega con tus ojos? Sin comentarios. Supone que debería estar complacida. Después de todo, Sherlock está notando y comentando. Solo es que no son el tipo de comentarios que una chica espera de verdad cuando intenta arreglarse para un chico que le gusta. Maldita sea.

- Sí, bueno, no encajaba conmigo.

- Lástima... ahora la boca es... - y Sherlock mueve los dedos de un forma no descriptiva antes de criticar – muy... pequeña.

- Oh bue.. vale – suspira con nostalgia y una débil sonrisa. Él es un idiota. Ella es una idiota. Porqué se molesta, nunca lo sabrá. Lo mejor es pasar a una cosa que hacen bien juntos – Bueno, ven aquí y echa un vistazo a esto...

Al menos en esto, ella sabe que no será decepcionada. Tirando de la sábana, la mirada de Molly se fija en el rostro de Sherlock. La forma en la que se ilumina de puro placer, los ojos centelleando, la boca abierta por la sorpresa, conteniendo realmente el aliento antes de murmurar:

- ¡Es increíble!

- Lo es, ¿verdad? - mirando abajo a la cavidad torácica abierta del hombre, tiene que coincidir. Donde una vez estuvo el corazón, ahora todo lo que queda es un amasijo triturado y sanguinolento de músculo y tejido. Es asombroso. Es impresionante. ¿Y lo mejor de todo? Es imposible.

Sonriendo, Sherlock levanta su mirada conspirativa a Molly y murmura:

- ¿Y dicen que esto es un ataque al corazón? Bueno, supongo que la terminología no es estrictamente incorrecta. Ciertamente parece que algo ha atacado este corazón y lo ha machacado hasta convertirlo en un pedazo inútil de pulpa. Dios mio, es fantástico – continúa estudiando el órgano demolido con entusiasmo antes de preguntar - ¿Alguna idea?

- ¿Como causa de la muerte? Ninguna. Pero déjame que te enseñe algo que noté que creo que encontrarás interesante.

Ahora él es todo suyo. En este momento Sherlock está completamente concentrado en las palabras de Molly, en sus manos, mientras le muestra su descubrimiento, siente en el cuerpo un cosquilleo de placer por haber encontrado algo que él seguro que encontrará interesante. No sabe lo que significa, pero si alguien puede descubrir su significado en esta locura, es Sherlock.

- Por tanto, en la superficie parece que los casos no están relacionados – Molly camina de vuelta a Van Coon haciendo un gesto a la cavidad abierta en su pecho, específicamente a su corazón – Uno es un simple ataque al corazón, provocado por la miocardiopatía hipertrófica, el otro, bueno, el otro va más allá de toda explicación. Imposible, ¿no? ¿Pero sin relación? Tal vez no. Mira esto.

Retomando un conveniente bisturí, Molly señala la forma del daño en el corazón de Lukis mientras lo comenta:

- ¿Ves esas marcas? ¿Esas líneas? Son, a falta de un término mejor, puntos de presión. Esos puntos son donde la fuerza que aplastó el corazón se concentró. Ahora ven y echa un vistazo al corazón de Van Coon – volviendo sobre ella señala los puntos - ¿Ves aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí? - y solo lo justo, débiles pero notables, están las señales de tejido dañado que son visibles a lo largo de puntos y líneas similares - ¿Esas marcas? Es muy poco probable que sean de un infarto de miocardio. Son altamente inusuales. Y a menudo con un fallo cardíaco, todo lo que se necesita es una especie de catalizador para desencadenarlo. Si fuera jugadora, apostaría a que cualquier cosa que le pasara a Lukis empezó a pasarle a Van Coon también, antes de ser interrumpido, como catalizador del ataque al corazón.

- ¿Puedo? - pregunta Sherlock, mirando absorto la evidencia, con los ojos brillantes de emoción y comprensión.

Molly simplemente se encogió de hombros.

Tras estirarse los guantes, Sherlock se enrolla las mangas y desliza una mano en la cavidad torácica de Lukis primero, colocando cuidadosamente la mano sobre el corazón antes de fruncir el ceño.

- Manos, pequeñas, fuertes... - se gira abruptamente, los ojos pálidos apuntando a donde está Molly parada mientras exige – Molly, ¡dame tu mano derecha!

Sonrojándose levemente, un poco sin aliento como siempre que la atención de él está sobre ella tan intensamente, sacrifica su mano por él voluntariamente, preguntando:

- Está bien... ¿exactamente qué...?

Interrumpiéndola antes de que pueda terminar, él le agarra la mano y la coloca sobre el corazón, alineando sus dedos sobre las líneas de compresión, murmurando entre dientes:

- Mis manos son demasiado grandes... sin embargo las tuyas... - le saca la mano y la arrastra hacia el cuerpo de Van Coon, quitando y poniendo a un lado el guante para ofrecerle uno nuevo, pareciendo impaciente mientras ella retuerce los dedos dentro – Deprisa... - carraspea, agarrándole la mano una vez que ha terminado la tarea y repitiendo el mismo proceso con el corazón de Van Coon antes de girarse y darle a Molly una de esas brillantes sonrisas que ella tiene que recordarse cabezonamente a si misma que no son para ella.

- ¡Son iguales!

- ¿Iguales?

- ¡Sí, iguales! ¡Exactamente iguales! No es tan bueno como una huella dactilar, pero, ¿cuántas personas tienen manos pequeñas y fuertes y la habilidad de ponerlas en el pecho de las personas para aplastar sus corazones?

Su mente da vueltas cuando Molly ofrece sin aliento un:

- Mmmm, ¿ninguna?

Otra cegadora, aunque algo compasiva, sonrisa curva los labios de Sherlock mientras entona con gravedad:

- Exacto.


Diagrama de Venn: Los diagramas de Venn son esquemas usados en la teoría de conjuntos, tema de interés en matemáticas, lógica de clases y razonamiento diagramático. Estos diagramas muestran colecciones (conjuntos) de cosas (elementos) por medio de líneas cerradas.

China: la confusión de Lestrade es debido a que china en inglés también significa porcelana, por lo que perplejo pregunta por la vajilla. Sin embargo en español eso iba a quedar un poco sin sentido. Así que he elegido poner que se confunde con el colador en forma de embudo que se suele llamar china, o colador chino.

Filete mignon: es un término usado para referirse a diferentes cortes de carne provenientes del cerdo, la ternera o el buey.

Pooka: criatura del folclore irlandés. Se les considera portadores de buena y mala fortuna, pudiendo ayudar o entorpecer a las comunidades rurales o marineras. Se dice que las criaturas cambian de forman para tomar la apariencia de caballos negros, cabras y conejos.