Muchas gracias por sus comentarios en el capítulo anterior, no pensaba que tendría todavía esa cantidad de apoyo. Aquí les traigo el capítulo siguiente de El Testamento, para que disfruten. Gracias nuevamente para su apoyo.


Inuyasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi


-6-

—No creo que tengo que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer —metió un par de zapatos de malas maneras en la maleta—. El trato fue claro: yo me instalaba como presidenta del hotel y me largaba de regreso a Florencia a cerrar mi galería y a despedirme de mi familia.

—No puedes irte en la semana más crítica de tu vida, vas a arruinar todas tus posibilidades de tener un debut decente en la semana de la moda.

Kagome soltó una risita amarga.

—Deja de actuar como si realmente te preocupa mi bienestar, Sesshomaru —dejó de guardar sus cosas para mirarlo, cruzada de brazos—. Tú lo único que quieres es aprovecharte del alboroto que causó mi aparición. Si lo que quieres es fama, eso es lo que te voy a dar. Tu compañía trabaja de nuevo con la mía, no pidas más de lo que puedes pagar.

—Estoy intentando evitarte problemas, es una pena que no lo veas de esa forma.

—Escúchame bien, porque no te lo voy a repetir: déjame tranquila. Yo no soy ni tu novia, ni tu esposa, ni tu empleada, ni nada tuyo. Soy la hermana de Kikyo. Soy la presidenta de una compañía. Y hasta dónde yo revisé, en ese maldito testamento no decía absolutamente nada sobre tener que tolerarte. Ahora, lárgate de mi cuarto y déjame tranquila —se acercó a él en cuatro zancadas y le clavó un dedo en el pecho—. Yo no tengo que obedecerte ni escuchar tus sugerencias. Me voy a Florencia te guste o no —lo empujó hasta el pasillo—. Y si realmente te tienes algo de respeto, no vas a volver a dirigirme la palabra a menos que sea estrictamente necesario. Buenas noches.

Y le cerró la puerta en las narices.

Sesshomaru bajó las escaleras de dos en dos, echando humo por lar orejas. Agarró su chaqueta del perchero junto a la puerta de entrada y salió dando un portazo. Desde la mesa, Izayoi e Inuyasha escucharon el despliegue de palabras. Inu-Taisho entró entonces en la estancia, luciendo un pijama azul marino, a juego con la bata que le colgaba de los hombros.

—¿Se puede saber que fue todo ese escándalo? —preguntó al tiempo que se sentaba junto a su esposa.

—Ya sabes que Kagome se va a Florencia en la madrugada, y tu hijo se acaba de enterar. Vino a decirle a Kagome que mañana tienen una entrevista con uno de los canales internacionales que va a cubrir el evento la semana que viene —Izayoi soltó un suspiro y bebió un sorbo de café—, pero entonces Kagome le dijo que no iba a asistir por que se iba de viaje y Sesshomaru se alteró y comenzaron a discutir. Si no los conociera diría que parecen una pareja de recién casados, discutiendo por todo.

—No digas esas cosas, mamá —Inuyasha se levantó, apurando los restos de su café—. Voy por Kagome, tiene que estar en el aeropuerto en veinte minutos. Ya regreso.

El muchacho se perdió escaleras arriba.

—¿Alguna vez creíste que estaríamos en esta situación? —Inu-Taisho miró a su esposa, confundido—. Me refiero a Kagome, y a Sesshomaru y a Kikyo. Ese par se llevan a matar y todo porque Kikyo se murió. A veces me pregunto qué hubiese pasado con nosotros si ella nunca se hubiese muerto. Kagome nunca había llegado a nuestras vidas.

—Ya vemos que pasa, tú deja de preocuparte, que ya están lo bastante grandes para resolver sus problemas solos —Inu-Taisho se puso de pie—. Vamos a dormir, ya es tarde.

En ese momento Kagome bajó las escaleras seguida de Inuyasha, quién cargaba con su maleta. La muchacha se despidió de Izayoi e Inu-Taisho con un abrazo y salió por la puerta sin mirar hacia atrás. La perspectiva de pasar una semana entera en Florencia, de regreso en su casa la tenía feliz. Nada podía arruinarle ese momento, ni siquiera la perspectiva de regresar a ese infierno japonés.

—¿Enserio tienes que irte? —le preguntó Inuyasha una vez ambos estuvieron en el auto rumbo al aeropuerto.

Kagome sonrió tristemente.

—Sí, ese es el trato que hice con Akira. Tengo que cerrar mi galería, rematar mis cuadros porque no tengo dónde guardarlos y un montón de cosas más —echó un vistazo por la ventana—. No sé si tenga el valor suficiente para volver. Florencia es mi hogar.

—Tienes que regresar.

—Lo sé —suspiró—. ¿Me parezco a ella?

Inuyasha se tomó su tiempo para responder.

—Físicamente son iguales, mucho más ahora con lo que los estilistas hicieron contigo, pero a nivel personal son diferentes. Kikyo era excesivamente calculadora, consideraba hasta la última posibilidad y consecuencia antes de tomar una decisión. Era como si jugase ajedrez contra la vida. Y era fría. Nunca le decía a mi hermano que lo amaba, aunque se le notaba. Tú en cambio, lo dices todo. Y eso lo pude comprobar con el show de esta noche.

—Lo siento por eso, pero es que no me gusta que me ordenen las cosas. Tu hermano es un desastre… y todo porque no puede llorar la muerte de su mujer. ¿Mucho le cuesta derrumbarse un poco? No es sano guardarse todos esos sentimientos, llega un momento en que te superan y es peor.

—Sesshomaru sufre a su manera, no hay nada que hacer en ese caso. Aunque tienes razón, llorar un poco le haría bien.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio. Kagome se despidió de Inuyasha y se bajó del auto arrastrando su maleta. En el counter de la aerolínea recibió su pase de abordo y entregó su maleta. Tenía todavía que esperar dos horas antes de abordar el avión. Se pasó una mano por el cabello y escogió un asiento junto a la ventana en la gigantesca sala de abordaje. De su bolso sacó un libro y se dispuso a leer. Pero no podía apagar su mente. Los eventos de la última semana la rondaban como aves hambrientas. Y lo peor de todo era que no podía dejar de pensar en Sesshomaru. Su última discusión había sido la peor, y ya comenzaba a arrepentirse de todo lo que le había dicho. Tal vez realmente estaba preocupado por ella. Negó al instante. Eso era imposible. Sesshomaru solo sabía preocuparse por él mismo.

Soltando un suspiro volvió a levantar el libro. Iban a ser las dos horas más largas de su vida.


El sol brillaba en el cielo cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Florencia. Una azafata despertó a Kagome con amabilidad y le indicó que ya podía abandonar el avión. Cartera en mano bajó por la escalerilla e hizo su camino hasta el área de equipaje. En la banda transportadora ubicó rápidamente su maleta, la separó del montón y se encaminó a la puerta. Afuera, la esperaba Armando con un pequeño cartelito en las manos que decía bienvenida. Sin poderse contener soltó la maleta y corrió a sus brazos. Lo había extrañado demasiado.

—Estás hermosa, bella —le susurró el hombre al oído—. Te extrañé, Kagome. Pensé que ya no ibas a volver.

—Yo también lo creí —repuso, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas—. Llévame a casa, por favor.

El muchacho asintió y guio a Kagome hasta el estacionamiento. En el auto, esperaba Isabella, quién se echó a llorar ni bien la vio. Durante todo el camino Kagome los puso al día sobre su semana en Tokio. Les contó todo, hasta el último detalle. Sus amigos se mostraron bastante impresionados. Kagome se había marchado de Florencia una semana atrás con tan sólo una maleta y regresaba con una cuenta bancaria llena de ceros, una compañía a cuestas y la apariencia de su hermana. Era una mujer totalmente diferente y a la vez la misma. Se le notaba un fuego en la mirada que antes no había estado allí.

—Mamá no está, pero dijo que volvería lo más pronto posible para verte —le dijo Armando mientras dejaba la maleta de Kagome en el recibidor—. ¿Quieres descansar antes de irnos a la galería?

—Vamos ahora mismo —Kagome se pasó una mano por el cabello—. Quiero arreglar ese tema lo antes posible y disfrutar de mi semana.

—¿Tienes que irte otra vez?

Kagome soltó un pesado suspiro y se sentó al pie de la cama.

—La próxima semana tengo un evento muy importante en el hotel y mi presencia es obligatoria. No hay para dónde correr. Ayer pasé en metida en reuniones y en probadores. ¿Te acuerdas de cuando me quejaba de que no tenía nada que hacer? Ahora estoy pagando mis palabras.

Armando soltó una risita y se sentó junto a ella.

—¿Qué has averiguado de tu hermana?

—Una semana atrás yo no existía en la vida de Kikyo. Su familia me aceptó de inmediato, incluyendo mi cuñado, pero es difícil. Sé que para ellos verme es doloroso, soy una copia exacta de mi hermana… al igual que a nosotros, Kikyo los mantenía en la sombra sobre su pasado. Sus habilidades para manipular a la gente solo mejoraron con el tiempo.

—En otras palabras se llevaron una sorpresa al descubrir que Higurashi Kikyo no era la mujer que ellos habían imaginado.

—Exactamente —asintió la pelinegra—. A quién más duro le pegó todo esto fue al abogado de mi hermana, Akira. Él cree que yo no me he dado cuenta, pero sé que está enamorado de ella. Por eso odia a Sesshomaru. No fue tan difícil atar cabos.

—¿Y cómo es su marido?

Kagome se tomó un tiempo para responder. Describir a Sesshomaru era tan difícil como caminar con los ojos cerrados. Por momentos era una persona y el rato menos pensado se transformaba en alguien más.

—Aún no acabo de descifrarlo, es una persona y varias a la vez. Todo un enigma, la verdad.

—Ya me imaginaba —Armando se levantó y estiró las piernas—. Vamos, pues. Ya tendremos tiempo luego de conversar a fondo sobre este tema.

—Claro.

Kagome recogió sus cosas y abandonaron la casa.

Su galería estaba ubicada en una de las calles más concurridas de Florencia. Estacionaron unas cuantas cuadras más allá e hicieron el resto del recorrido a pie. Al ver la puerta de la galería, los ojos de Kagome se llenaron de lágrimas. Había extrañado ese lugar con toda el alma. Quitó los candados y entró. Una ligera capa de polvo cubría todo, pero gracias a su buena providencia, Kagome había cubierto todos los cuadros con sábanas para evitar que se ensuciasen.

—Voy a necesitar más de una semana para vender todo esto —comentó Kagome, abatida. Realmente no tenía esperanzas de sacar dinero de sus cuadros. Nunca se habían vendido bien.

—Sobre eso, tengo una oferta bastante buena —dijo Armando—. Un amigo vio fotos de tus cuadros por internet y se enamoró de todos. Me llamó hace unos días y dijo que quería hablar personalmente contigo para llegar a alguna clase de acuerdo.

—¿Ese tipo quiere comprar cincuenta cuadros? —Kagome no se lo creía—. ¿Para qué?

—No tengo idea, pero puedo llamarle y pedirle que venga. Yo le dije que estabas de vacaciones, pero que regresarías pronto. ¿Estás de humor para recibirle?

—Que venga ahora mismo si es posible.

—Hecho.

Mientras Armando hacía su llamada telefónica fuera de la galería, Kagome comenzó a remover las sábanas de los cuadros y a meterlas en un pequeño cuarto de aseo que había al fondo de la estancia. Con una escoba barrió el polvo del suelo y lo amontonó junto a la puerta.

—Llega en diez minutos, estaba cerca de aquí —dijo Armando, entrando nuevamente a la galería—. Está bastante interesado en conocerte.

—Yo también.

Diez minutos después una motocicleta de gran cilindrada se detuvo frente a la galería. El conductor se quitó el casco, revelando el rostro de un hombre joven, de ojos azules y cabello castaño. Kagome se quedó petrificada. Era guapo, mucho. Y no sabía si era por la emoción del momento, pero se transformó en una quinceañera: se le tiñeron las mejillas de rojo y comenzaron a temblarle las rodillas.

—¿Kagome-san? —le saludó el recién llegado en japonés, sin acento. Aquello la descolocó un poco—. Mi nombre es Andrea Kishimoto —continuó en italiano—. Parece que la he desconcertado. Mi madre es italiana, mi padre es japonés, así hablo los dos idiomas bastante bien.

—Ya veo —dijo Kagome, soltando una risita nerviosa—. Es un placer conocerte. Armando me contó que estabas interesado en comprar mis cuadros.

El recién llegado asintió, sonriente. Se la había imaginado muy diferente, pero la mujer que tenía adelante era bastante hermosa. Ensanchó su sonrisa.

—Sí, le llamé hace unos días. ¿Dónde está?

—Regresa en unos minutos, salió a hacer algo. Bueno, hablemos de negocios.

—Por supuesto —el muchacho se recostó en una pared cercana—. ¿Por qué estás tan interesada en vender tus cuadros?

Kagome soltó un pesado suspiro.

—No me queda otra opción; por motivos de fuerza mayor me mudé al Japón hace una semana y no puedo llevarme los cuadros conmigo, además los pinté con la intención de venderlos, pero ha sido bastante difícil.

—Me parece increíble, porque pintas muy bien. Mi interés en adquirirlos es puramente sentimental. Me gustan los cuadros y si puedo pagar el precio por ellos, los compro.

—Disculpa la pregunta, pero ¿qué vas a hacer con cincuenta cuadros?

Andrea se echó a reír. Sabía que le preguntaría eso.

—Hace unos meses compré una casa antigua y la estoy transformando en un hotel. Prácticamente está terminada, pero a las paredes les hace falta algo de vida, así que me puse en contacto con Armando con la intención de hablar contigo. Me había contado de pasada que estabas rematando los cuadros con galería y todo y encontré una oportunidad de oro.

—Ya veo —Kagome se recostó en la pared junto a él—. Pues me salvas la vida, realmente. Si no recibía una oferta me iba a volver loca… no puedo llevarme todos estos cuadros a Tokio.

—Claro, no entran en las maletas.

—Exactamente.

—¿Cuánto quieres por todos los cuadros?

Kagome hizo el cálculo rápidamente en su cabeza. Era bastante dinero, considerando que ya no podía venderlos en moneda local, sino en yenes, así se le haría más sencillo traspasar los fondos a su cuenta personal. Respiró profundo y por cortesía decidió anotar el valor total en un pedazo de papel. Andrea contempló la cifra durante un minuto entero, sin decir una palabra. Finalmente clavó sus ojos azules en Kagome.

—¿En yenes?

—Sí, en yenes.

Andrea volvió a mirar el papelito antes de sacar una chequera del bolso que le colgaba del hombro. Se acercó al escritorio junto a la entrada y anotó el valor en el cheque, que acto seguido le entregó a Kagome.

—Puedes cobrarlo aquí como en Tokio, no hay ningún problema —guardó la chequera nuevamente en el bolso— Y quita esa cara de espanto, has hecho bien. Si me vendías los cuadros por menos de ese valor me hubiese llevado una impresión bastante pobre de ti. Defiendes tu arte con uñas y dientes, eso me gusta.

—Gracias —Kagome guardó el cheque en su bolso—. Ha sido un placer hacer negocios contigo.

—El placer es todo mío. ¿Podemos encontrarnos otra vez aquí mañana? Así me das tiempo de contratar a alguien para que se lleve todo esto al hotel.

—No hay problema —Kagome tomó una de las tarjetas de presentación que reposaban sobre el escritorio y anotó su número privado en el reverso—. Llámame a la hora que quieras y vendré a abrirte la galería.

Andrea le sonrió y se guardó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Estás ocupada? —preguntó de repente.

—No, no lo estoy, ¿por qué?

—Es casi la una y se me ocurrió que tal vez te gustaría almorzar conmigo —ofreció—. ¿Hay algún problema?

Kagome echó un vistazo a través de la puerta. Armando no regresaba todavía y no sabía si debía esperarlo allí o no. Le bastó un minuto para tomar una decisión. Sacó su móvil de la chaqueta, marcó a Armando y le dejó un mensaje de voz diciéndole que se iba a terminar de cerrar el trato con Andrea en un restaurante cercano.

—Vámonos, pues.

Andrea le regaló una sonrisa radiante.

—No te dan miedo las motos, ¿verdad?

—Para nada.

Kagome cerró la galería y se montó en la moto, tras Andrea.

—¿A dónde vamos?

—Ya verás.

Kagome se había imaginado que irían a algún restaurante de la zona, pero se sorprendió cuando Andrea estacionó su moto frente a una pintoresca casa de dos pisos con un jardín sacado de una mansión. Andrea rio con gusto al ver la cara de espanto de la pelinegra.

—Prometo no hacerte nada —le dijo mientras abría la puerta de entrada—. Y te aseguro que yo cocino mejor que cualquiera de los chefs que trabajan en los restaurantes cerca de tu galería.

—Habrá que probar, supongo —repuso la muchacha, derrotada. Andrea la convencía con una sonrisa o una palabra y le daba la impresión de que él sabía que tenía esa clase de poder sobre ella—. Pero nada de comida italiana, quiero que me sorprendas.

—Sus deseos son órdenes, alteza.


—¿Te gustó?

Kagome contempló los platos vacíos del almuerzo y sonrió.

—Bastante —bebió un sorbo de vino—. Cocinas muy bien.

—Muchas gracias —se sirvió un poco más de vino y dejó la botella a un lado—. Bueno, dado que ya te di de comer y si no estoy mal hemos tomado más de una botella de vino, creo que nos tenemos la suficiente confianza para hablar sobre nosotros.

—Me parece bien. Comienza tú.

Andrea sonrió.

—Pues es fácil, me gustan los paseos largos por la playa, los animales, la comida mediterránea y en mi tiempo libre busco la paz mundial —se echó a reír y bebió un poco más de vino—. La verdad que de mí no hay mucho que contar. Vivo en Florencia la mitad del año y la otra mitad recorro toda Asia, visitando las compañías de mi padre, no es mentira eso de que me gustan los animales y la comida mediterránea. Y por último, soy fanático del arte aunque no sirvo para nada más que no sea tocar la guitarra. Tu turno.

—A ver… he vivido en Florencia toda mi vida, a pesar de que estudié leyes y economía en la universidad me dediqué al arte, como ya sabes, no sé tocar la guitarra, aunque cantando me defiendo un poco, y ya.

—Me dijiste que te mudaste a Japón por motivos de fuerza mayor… ¿Puedo preguntar cuáles?

Kagome clavó la mirada en el suelo. ¿Podía contarle? Era un extraño… pero por otro lado él juzgaría la situación de una forma diferente, no con la pasión que su familia ya lo había hecho.

—Supongo que ya te imaginas que Armando y yo no somos familia —Andrea se mostró sorprendido. Kagome le sonrió—. Cuando yo tenía catorce años mi hermana melliza me dejó aquí y se fue a vivir a Japón, en ese entonces Armando era novio de mi hermana y su familia me acogió el momento en el que se enteraron de lo sucedido. Durante once años no supe nada de ella, hasta que hace una semana un abogado me citó en un restaurante a decirme que mi hermana había muerto y que había dejado un testamento para mí. Básicamente me legaba todas sus posesiones: la franquicia de hoteles más famosa del mundo, Sengoku Hotels, todo su dinero y demás, con la condición de que tenía que mudarme a Tokio a una semana de revelado el testamento y tomar parte en todos los aspectos de su vida… y aunque quise negarme, no pude. La curiosidad por saber que había sido de ella todos estos años pudo más conmigo que todo el odio que le tengo.

—Si sé quién es ella —dijo Andrea sin su habitual personalidad extrovertida—. Hace unos años la conocí en una visita a la compañía de mi padre en Tokio. Los ejecutivos de mi padre siempre se hospedan allí. La verdad que sí son parecidas.

—Todos me dicen lo mismo.

Se sumieron en un pesado silencio. Hablar de aquello todavía le dolía.

—Perdón, no debí preguntarte algo tan personal.

—No te preocupes —Kagome le dedicó una sonrisa sin fuerzas—. Tengo que hacerme a la idea de que voy a hablar sobre esto varias veces.

—¿Cuánto tiempo tienes que quedarte en Japón?

—Dos años.

Andrea enarcó una ceja.

—Eso es mucho tiempo, ¿Por qué querría tu hermana que te quedases tanto tiempo allá?

—No lo sé, pero esa era una de las condiciones del testamento. Y ya lo firmé, así que no hay nada que pueda hacer al respecto.

Andrea iba a añadir algo, pero en ese momento el móvil de Kagome comenzó a sonar. La muchacha se disculpó y se escabulló a la cocina para contestar.

"¿Dónde estás?"

—En casa de Andrea —repuso la muchacha con algo de nerviosismo. Armando se escuchaba molesto—. ¿Pasó algo?

"Mamá ya llegó y quiere verte. Voy por ti."

—No es necesario, ya le pido yo a Andrea que me lleve. ¿Te pasa algo, Armando?

"Para nada. ¿Por qué?"

—Me dio la impresión de que estabas de mal humor. Nos vemos luego.

Colgó sin darle tiempo a Armando de responder y regresó al comedor. Andrea ya había recogido el estropicio y lo había amontonado todo en un extremo de la mesa.

—¿Podrías llevarme a mi casa? Tengo que irme.

—Claro, dame un momento.

Tras dejar todo en el fregadero de la cocina, abandonaron la casa. Tras darle la dirección a Andrea, Kagome montó en la moto un tanto distraída. El comportamiento de Armando la había descolocado. Él nunca la trataba de esa forma, ni siquiera cuando estaba molesto. Todo el camino pasó sumida en sus pensamientos y le tomó un momento darse cuenta de que la moto ya había detenido la marcha.

—Muchas gracias, Andrea, por todo —dijo Kagome mientras le devolvía el casco—. Nos vemos mañana en la galería.

—Por supuesto. Ha sido un placer conocerte, Kagome.

—Lo mismo digo.

Y antes de poder arrepentirse, la muchacha le plantó un beso en la mejilla y se escabulló por la puerta de entrada de su casa. Al abrir la puerta, la madre de Armando la recibió con un abrazo y los ojos anegados de lágrimas. Sin dilaciones la arrastró a la sala, la sentó en la butaca junto a la chimenea y comenzó a acribillarla a preguntas sobre su semana en Japón. En algún momento de la conversación Isabella y Armando se les habían unido y escuchaban atentamente el relato.

—Esta noche te prepararé una cena de bienvenida —le dijo la señora, sonriente—. Ahora ve a descansar, que se te nota muy cansada.

Kagome asintió y subió las escaleras hasta su habitación. Se recostó en la cama y clavó la mirada en el techo. Se sentía tan raro estar ahí otra vez. No quería admitirlo, pero extrañaba su habitación en la mansión Taisho. Ese cuarto se había convertido en su refugio, en su santuario, algo que su vieja habitación ya no podía darle.

—¿Kagome?

Isabella entró con paso vacilante y se sentó al pie de la cama.

—¿Dónde estuviste hoy?

Otra vez con esa pregunta. La pelinegra se incorporó lentamente y clavó sus ojos en Isabella.

—¿Por qué quieres saber?

—Es que Armando mencionó algo… y me dio curiosidad.

¿Cuál era el interés en saber dónde había estado? Se pasó una mano por el rostro y respiró profundo.

—Hoy rematé todos los cuadros de mi galería, cosa que no me esperaba, y la persona que me los compró me invitó a almorzar. Fin de la historia.

Isabella asintió, no muy convencida.

—¿Fue Andrea Kishimoto quien te compró los cuadros?

—Sí, fue él. ¿Algún problema?

—Armando está celoso —confesó finalmente Isabella—. Por eso cuando te llamó sonaba tan enojado. Armando quería almorzar contigo, pero entonces tú le llamaste a decir que te ibas con Andrea.

—¿Armando está celoso? ¿Por qué?

—Vamos, Kagome, ¿estás segura de que no lo sabes?

La respuesta le llegó de inmediato. Lo había sabido desde siempre. Armando estaba enamorado de ella. Y no sabía si era porque se parecía a Kikyo o porque realmente la veía a ella como ella misma.

—Sabes que no puedo hacer nada, Isabella. Puede que él esté enamorado de mí, pero yo no estoy enamorada de ella. Lo quiero como a un hermano, porque eso ha sido siempre para mí.

—Lo sé, he intentado hacérselo entender, pero ya sabes como es. Hasta que no le rompas el corazón no va a estar contento.

—Ese ya no es mi problema —volvió a acostarse—. ¿Salimos en la noche? Quiero ver a las chicas.

—Ya las llamé, nos esperan en el arco por la casa de Helena a las ocho.

—Listo. Ahora, si me disculpas, voy a dormir. Estoy muy cansada.

—Te levanto a las seis.


Sesshomaru abrió la botella de whisky, y tras beber un largo trago, la estampó contra la pared. Una lluvia de alcohol y cristal le cayó encima, abriéndole pequeños cortes en la piel. Habían pasado dos días desde que Kagome se fuese para Italia, y aunque no quería admitirlo porque le daba vergüenza, la extrañaba. No podía ponerle otro nombre a la punzante necesidad de verla, de sentirla cerca. Y a la vez no quería ni escuchar su nombre. Cada vez que se la imaginaba, imaginaba también a Kikyo atrapada entre los fierros retorcidos del auto, consumiéndose viva en las llamas. A ella también la extrañaba. Y la extrañaba porque la odiaba. Nunca se había enamorado de ella, por más que lo intentó. Lo máximo que había llegado a sentir por ella era cariño, y del breve. El único momento en el que realmente se sentía conectado con su esposa era cuando se revolcaban en la cama.

—Esa botella me costó un ojo de la cara —Inuyasha entró bien campante en la habitación de su hermano, sorteando los charcos de alcohol y los pedazos de vidrio más grandes—. Es la primera vez en mucho tiempo que rompes algo, ¿qué es lo que te pasa?

—Nada, no me pasa nada —gruñó, lanzándose a la cama—. ¿Qué haces aquí?

—Evitar que mamá te mate por dañar la madera del piso, es obvio, soy tu hermano y me interesa saber cómo estás. Tienes dos días encerrado aquí, no has ido ni a trabajar. Y eso significa que lo que sea que te está pasando es bastante grave.

Sesshomaru soltó un suspiro.

—Ya te dije que no me pasa nada, Inuyasha, no es necesario que te preocupes.

—Pareces quinceañera. Bájale a tu mal humor, que yo no tengo la culpa de que extrañes a Kagome.

Sesshomaru se crispó en la cama y enterró el rostro entre las almohadas. Inuyasha se dio cuenta entonces de que había dado en el clavo. Había dicho eso por decir, no porque realmente creía que era cierto. Sonrió de medio lado y palmeó a su hermano en la espalda.

—No estoy muy alejado con lo de quinceañera, entonces. Deja de sufrir, el fin de semana ya va a estar aquí y podrás verla, invitarla a comer o lo que quieras —se puso de pie y se encaminó a la puerta—. En fin, mamá dice que bajes a ver el trapo para que limpies este desastre. Ninguna sirvienta lo hará por ti.

Y se fue.