LA MEMORIA DE LOS PECES
VI
James
La primera travesura
James no recuerda el regalo que tía Hermione le hizo en su último cumpleaños. Le parece que fue uno de esos juguetes que están guardados en el baúl de debajo de la cama, pero no está muy seguro. Sí que está convencido de que dedicó más tiempo a jugar con la caja en que venían etiquetados pero, claro, eso es algo que suele hacer con casi todos los regalos. Tal vez porque tiene demasiados, algo normal teniendo en cuenta lo grande que es la familia. En cualquier caso, de lo que sí está seguro James es de que el regalo de ese año es genial porque tía Hermione le ha dado sus primeros lápices de colorear mágicos y se muere de ganas de usarlos.
Las ansias se le apagan un poco durante todo el tiempo que permanece jugando con sus primos mayores. Se lleva especialmente bien con Fred, aunque también pelean muy a menudo. Después de todo, no es muy fácil discutir con el siempre silencioso Dominique, o con una Victoire que nunca juega con ellos porque son brutos y se ensucian mucho, o con Molly, que es una sabelotodo y siempre arruga la nariz cuando alguien dice algo que no le agrada. Fred, en cambio, es divertido y nunca se queja por tonterías, y aunque le gusta presumir de las cosas que tiene, a James no le importa porque suele hacer lo mismo cuando él posee la exclusividad de algo, lo que sea.
En esa ocasión son los lapiceros. Fred, que es un par de meses más grande, aún no tiene los suyos y esa tarde se muere de envidia. La verdad es que a James le apetece un montón estrenar su regalo, pero se ha propuesto hacerlo mucho antes que Fred, así que termina escondiendo los colores debajo de su cama y pasan la tarde jugando a pillar, al escondite o a saltar a hurtadillas en los charcos del jardín. Se lo pasa tan bien, que para cuando el último Weasley se va a casa ya ni se acuerda del regalo de tía Hermione.
Es durante la cena cuando mamá se lo recuerda. Durante todo el día no ha estado muy participativa porque la nueva hermanita está a punto de nacer y le cuesta un montón de trabajo poder moverse. Papá ha sido quién ha organizado todo el cumpleaños y cuando llega la noche está tan cansado que coge a Albus en brazos y se va a dormir asegurando que el niño tiene sueño. James lo duda, porque Albus ha comido tanta tarta que está más nervioso y bullicioso de lo que ha estado en mucho tiempo.
Mamá mira a papá con aire divertido y agita la cabeza mientras comienza a organizar los regalos. Nada nuevo bajo el sol. El clásico jersey de la abuela Molly, algo de ropa y unos cuantos muñecos. Y los lápices de colorear. En cuanto los ve, James se arroja sobre ellos a la velocidad del rayo y mamá mira a su alrededor como buscando algo.
-¿Te apetece probarlos? –Y James afirma tan efusivamente que mamá sólo puede reírse- Está bien, iré a ver si nos queda algo de pergamino. Espera aquí.
Y James espera durante un buen rato. Ha sacado los colores de su envoltorio y se agita nerviosamente en el suelo, pensando en qué será lo primero que dibujará con sus nuevos lápices. Le parece escuchar a mamá moviendo cosas en el piso de arriba y se pregunta si alguna vez encontrará el dichoso pergamino.
No sabe porqué lo hace. Sólo sabe que está nervioso y expectante y que mamá tarda una eternidad en volver. De hecho, está bastante seguro de que se ha olvidado de él y los colores son tan tentadores que obedecer y esperar aquí se torna en misión imposible. Por eso busca algún sitio donde pintar, pero no encuentra nada que sea lo suficientemente blanco y liso. Salvo la pared.
Mientras traza la primera línea, algo en su cabeza le dice que eso no está bien. Ni mamá ni papá se lo han prohibido expresamente, pero James está seguro de que se enfadarán cuando descubran lo que está haciendo. Y eso, lejos de echar al traste sus planes, le parece la idea más atrayente de todo el mundo. Tanto que comienza a dibujar muy rápido, maravillado al ver su obra tomar vida, feliz y satisfecho después de tanto esperar para ese momento.
Pretende dibujar un partido de quidditch de los de verdad, pero apenas ha creado un par de jugadores cuando mamá regresa al salón. James se da media vuelta de inmediato, esconde los colores y simula la primera expresión de suma inocencia de su existencia. Ginny, que tiene un poco de pergamino en la mano y no se esperaba algo como aquello, se queda paralizada en la puerta de la sala de estar, horrorizada ante el aspecto de su pobre pared. No hay que ser muy lista para darse cuenta de quién es el culpable de ese desastre.
-¿Qué has hecho, James?
-Nada, mamá.
Ginny no acierta a decir nada. Duda entre reír o llorar y finalmente se decide por lo primero. Seguramente eso dará alas a James y con el tiempo sus travesuras irán a peor, pero por esa noche no importa. Es la primera vez de muchas y Ginny tiene la seguridad de que nunca podrá aburrirse teniendo a James al lado. No sabe si eso le alegra o no, pero está convencida de que no tardará en resignarse.
