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Acción y Reacción

Maye Malfter

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Capítulo 6

Keith odiaba esperar. Lo odiaba con la fuerza de diez mil supernovas explotando a la vez. Pero de alguna manera ilógica, el destino encontraba maneras más y más imaginativas de obligarlo a sentarse sobre su trasero sin nada que hacer. Más. Que. ¡Esperar!

"Sólo unos ticks más" era lo único que salía de la boca de Coran desde hacía ya medio quintante. Sólo unos ticks más para poder conectar el teludav del castillo a las coordenadas que Ulaz dejó antes de sacrificarse por Voltron. Sólo unos ticks más para encontrar la bendita base escondida de la más escondida aun Espada de Marmora. Sólo unos ticks más antes de tener la oportunidad de preguntarle a alguien (cualquiera) cómo es que un cuchillo con el jodido símbolo de una jodida sociedad secreta de alienígenas en contra del Imperio Galra había terminado en la tierra y en su posesión. Sólo unos jodidos ticks más.

Aunque, si era objetivo, Keith ni siquiera debería estar esperando nada de ese primer contacto con la Espada de Marmora.

De acuerdo con el magnífico plan orquestado por Shiro y Allura, solamente el paladín negro entraría a hablar con quienquiera que fuera el líder de la Espada. Los demás miembros del equipo, incluidos Coran y Allura, debían esperar en sus puestos de batalla, preparados para atacar si llegaba a surgir cualquier eventualidad o si todo aquello resultaba una trampa bien organizada.

—Es injusto que vayas tú solo —le había dicho Keith la noche anterior, en la habitación de Shiro.

Acababan de llegar de la reunión de equipo, agotados después de pasarse varias vargas planeando estrategias de apoyo por si algo llegaba a salir mal. A Shiro se le notaba la tensión en los hombros, pero Keith estaba tan indignado con el tonto plan que no le importaba demasiado seguir expresando su enojo con la única persona en el castillo dispuesta a escucharle a esas horas.

Por una parte, Keith había esperado poder acercarse lo suficiente a algún miembro de la Espada de Marmora como para preguntar por el símbolo en su cuchillo. Sin embargo, no era solamente eso lo que le preocupaba. Enviar a Shiro por su cuenta a territorio galra estaba demasiado cerca de convertirse en una mala idea. Sobre todo considerando que fueron los galra quienes le raptaron, le obligaron a pelear por su vida y básicamente lo diseccionaron vivo.

Nop. Ni hablar. Enviar a Shiro solo y sin apoyo directo a enfrentarse a estos desconocidos era el peor plan en toda la historia de los planes. ¿Cómo es que los demás habían decidido que era un excelente plan y que debían llevarlo a cabo? Ah, sí. Porque nadie escuchaba a Keith nunca. Por eso.

—Es que es muy peligroso, Shiro, de verdad —continuó, siguiendo a Shiro de un lado a otro mientras este se movía por la habitación—. Creo en Ulaz tanto como tú, pero no sabemos nada de los otros miembros. Podría ser una trampa. Alguien podría ser un agente secreto de Zarkon. Podrían atacarte, raptarte, o algo peor.

—¿Cómo quitarme un brazo y encajar un arma letal en su lugar? —interrumpió Shiro, con un tono demasiado ligero para las oscuras implicaciones de lo que decía—. Ah, no. Eso ya lo hicieron.

Keith sintió sus dudas volverse mucho más reales. Se detuvo en seco y se cruzó de brazos para mirar a Shiro con los ojos entornados. Odiaba que Shiro hiciera esa clase de bromas sobre las cosas horribles que le habían pasado, y aunque sabía que era su forma de ser, en ese preciso instante Keith era incapaz de encontrarle la gracia.

—Lo siento —se disculpó Shiro tras echarle un vistazo. Terminó de cambiarse la ropa del día por algo más cómodo y se giró para encararle—. Sé que no te agrada. Pero es el mejor plan que tenemos y aunque no sea perfecto, ya está decidido.

—¿Y no podría ir yo contigo en lugar de ir a meterte tú solo en la cueva del lobo? —sugirió Keith por lo que le pareció la milésima vez en el día. Shiro dejó escapar un suspiro cansado—. Soy tu mano derecha, se supone que mi deber es apoyarte. Y si algo va mal puedo cubrirte la espalda hasta que lleguen los demás.

Shiro puso sus manos sobre los hombros de Keith y buscó su mirada. Era una movida injusta por su parte, sobre todo sabiendo lo mucho que a Keith le distraía cuando Shiro le miraba directamente. Jodido tramposo.

—Puedes apoyarme mucho más estando dentro de tu león —aseguró con calma—. Llevaré mi armadura de paladín con el intercomunicador que Pidge modificó para hacerlo de largo alcance. Si algo pasa serás el primero en saberlo.

—Pero tardaré demasiado en llegar a ti —insistió Keith, sin intención de dejar ir el tema—. ¿Cómo se supone que viva conmigo mismo si algo llega a pasarte y yo no estoy ahí para ayudar?

Shiro le dedicó una pequeña sonrisa ante eso, subiendo sus manos hasta sostenerle el rostro.

—Si algo pasa, sé que encontrarás la manera —dijo acercándose a él. Keith descruzó los brazos de forma inconsciente—. Confío en ti, Keith. Si hay alguien en este universo que pueda protegerme, ese alguien eres tú.

Después de una declaración como esa (y de que Shiro sellara sus palabras con un beso apasionado) por supuesto que Keith tuvo que ponerse de rodillas y darle al hombre la mejor mamada de toda su vida.

Pero Keith ahora estaba en el puente de mando, esperando por los "solo unos ticks más" de Coran mientras deseaba más que nada en el mundo poder meterse en su león y dar al menos un par de vueltas al perímetro para calmar sus ansias. ¿Cuánto más tendrían que aguardar para que el teludav estuviera listo para transportarles? Otra varga más de espera y Keith comenzaría a arañar las paredes como un gato enjaulado.

—Coran, ¿cuánto falta para llegar a la base de la Espada de Marmora?

—Según las coordenadas que nos dio Ulaz, deberíamos estar ahí dentro de un par de doboshes.

La voz de Shiro le hizo espabilar, seguida por la voz de Coran desde el panel de control. ¿Acaso dijo doboshes? Keith puso sus sentidos en alerta. Estaban más cerca ahora, tan cerca que Coran por fin daba una respuesta real. Casi sentía su cuerpo vibrar por la anticipación.

Del otro lado del puente le llegaban conversaciones amortiguadas de sus compañeros de equipo. Pidge y Hunk discutían algo acerca del bolsillo espacio-tiempo que Hunk bautizó como "Taco Espacial". La voz de Lance también se colaba dentro de su cabeza, diciendo alguna tontería propia de él en respuesta a los sinsentidos culinarios de Hunk y al sinsentidos científicos de Pidge.

Keith intentó hacer que guardaran silencio, tal vez con un poco menos de tacto del que pretendía. Las conversaciones desenfadadas del resto del equipo lograban taladrar el borde de su paciencia, porque ¿cómo es que podían conversar y bromear tan tranquilos? El castillo estaba a punto de arribar al que, de estar Ulaz en lo cierto, seguramente se convertiría en un punto clave para la batalla contra Zarkon. Sin mencionar que el lugar debía estar atestado de galras armados y peligrosos, fueran del bando aliado o no.

Entonces, ¿bromear al respecto? Keith no concebía tal cosa.

—La base está cerca —confirmó Coran tras un momento. Keith sintió su corazón comenzar a bombear; se sentó al borde de su silla.

Shiro pidió a Coran acercarse despacio, pero aparentemente eso no iba a ser posible. La base de la Espada de Marmora estaba protegida por una gran estrella azul entre dos agujeros negros. Pidge de inmediato dio una explicación que Keith no entendió del todo, pero que sonaba a que cualquier cosa que tratara de aproximarse demasiado terminaría carbonizada, lanzada a la nada, congelada, o todo al mismo tiempo.

De nuevo Hunk comenzó con su comparativa de la situación con alguna clase de alimento. De nuevo Lance remató con un comentario idiota. ¡Y de nuevo Keith intentó hacerles callar de una bendita vez! Se puso en pie y preguntó a Coran la ubicación exacta de la base, que resultó estar en medio de todo el embrollo astronómico. Pidge dijo que el sitio era perfecto en cuanto a defensa, Allura señaló que también podía resultar la perfecta trampa y Hunk… ¿acaso estaba sugiriendo que no entraran?

—¿De qué rayos hablas? ¡Tenemos que entrar! —le espetó Keith, completamente exasperado—. Esa es la única razón por la que vinimos. ¡No tenemos otra opción!

Su tono de voz debió de ser bastante más alto de lo normal, puesto que todos se le quedaron mirando como si fuera una bomba a punto de estallar. Incluso Lance, siempre presto a discutir con Keith en otras circunstancias, dejó de lado su rivalidad con el paladín rojo e hizo el intento de calmar sus ánimos. Si Lance le daba la razón solo para apaciguarle, Keith debía de estar actuando como un verdadero imbécil.

Así que Keith se giró hacia la pantalla principal, evitando por todos los medios mirar a Shiro, a Lance, ni a nadie más en el puente.

Casi de inmediato, un mensaje en un idioma raro apareció en la pantalla, seguido de una voz automatizada que les pedía identificarse. Coran abrió una frecuencia de contacto y Shiro estableció que eran los paladines de Voltron y que Ulaz les enviaba. Cerca de tres ticks pasaron antes de que la voz antinatural les diera acceso a la base, recalcando que solo dos podían entrar y que debían ir desarmados.

Por supuesto, la exigencia no hizo sino avivar las dudas de Allura, con las que Keith muy en el fondo estaba de acuerdo. Algo raro pasaba si no podían entrar todos, sobre todo considerando que acababan de identificarse como los paladines de Voltron. Todo el que conociera la leyenda sabría que los paladines (y sus leones) eran cinco. Sin cinco paladines, Voltron no podría formarse. Y eso sin contar con que dos paladines aislados y sin armas serían demasiado vulnerables frente a quien sabría cuántos rebeldes galra.

Shiro no tardó en recordarle a Allura que ya era tarde para echarse atrás, al tiempo que Coran recibía las coordenadas de entrada por parte de la base. Shiro y quienquiera que le acompañara contarían con apenas una varga para entrar a salvo por la brecha entre las llamaradas solares. Después de eso, ambos quedarían aislados durante dos quintantes completos.

Aunque a Keith no le hicieran nada de gracia las condiciones impuestas por la Espada de Marmora para entrar a su base, al menos significaba que Shiro no estaría solo con todos esos alienígenos desconocidos. Por supuesto que estaba el detalle de ir desarmados, pero considerando que tendrían que llevar un león y que la mejor arma de Shiro era de hecho su propia mano, las posibilidades de que salieran con vida si todo resultaba una trampa aumentaban muchísimo.

Ahora solo quedaba la interrogante de quién sería el segundo paladín en entrar por la brecha. Keith quería creer que Shiro lo escogería, sobre todo considerando lo mucho que le pidió que le dejara acompañarle. Pero por otro lado, Keith también sabía de primera mano que el líder de Voltron no haría absolutamente nada que pudiera comprometer la misión. Mucho menos para complacer los deseos de su… lo que sea que fuera Keith para él.

Siendo lógicos la mejor opción estaba entre Lance y Hunk, ya que por causa de Zarkon y su conexión con el León Negro, el robot debía quedarse en su hangar lejos de la base súper secreta. Por un lado, el León Azul era ligero y capaz de disparar hielo sólido, lo que podía ir perfecto para contrarrestar las llamaradas solares. Por el otro, la armadura reforzada del León Amarillo también serviría muy bien para soportar el calor proveniente de la estrella azul, sin contar con que sería el lugar perfecto para atrincherarse si acaso la Espada de Marmora resultaba ser una gran estafa.

Claro, también estaba el gran detalle de que el León Rojo de Keith era a la vez ágil y resistente al calor. Pero con un paladín tan comprobablemente impulsivo y testarudo, era probable que Shiro se decantara por las opciones menos peligrosas para una misión tan importante. ¿O no?

Lance debió pensar lo mismo que Keith, porque tan pronto Shiro se giró hacia los demás paladines, el muchacho se ofreció de voluntario. Keith apenas escuchaba, medio metido en sus pensamientos y calculando si tal vez le daría tiempo de escabullirse tras Shiro para darle un abrazo de despedida. O quizás algo más íntimo que un abrazo, si Keith era lo suficientemente rápido y se saltaba los previos innecesarios que de todas maneras él pocas veces necesitaba y... esperen, ¿fue acaso su nombre lo que salió de la boca de Shiro?

Los reclamos de Lance no se hicieron esperar, alegando que Keith era demasiado impulsivo, por lo que probablemente dispararía primero y haría las preguntas después. Para crédito de Lance, si las cosas se ponían feas, Keith sí que dispararía primero.

Shiro no se dejó intimidar por los chillidos enojados de Lance, demostrando toda su casta de líder. Explicó con gran tranquilidad que, ya que el León Negro tendría que quedarse en el castillo, el León Rojo era el más apto para el trabajo. Por supuesto, si Rojo iba a llevarle, también tendría que ir su paladín, lo que hacía de Keith su segundo.

De alguna manera, Shiro se las arregló para dejar por fuera el hecho de que Lance no estaba tan equivocado con respecto a Keith (razón por la cual Keith dudaba ser escogido en primer lugar). No obstante, nadie puso en duda su decisión.

Coran envió las coordenadas y la ruta de entrada directo a la memoria del León Rojo desde el panel de control del castillo. Al mismo tiempo, Shiro y Keith se dirigieron a sus respectivos hangares para cambiarse a sus armaduras de paladín. Shiro le dio encuentro en la bahía de Rojo, donde Keith ya lo esperaba a los pies del gran robot. El hombre caminaba hacia él con pasos firmes y decididos, y fue solo cuando lo tuvo prácticamente encima que Keith se dio cuenta de que Shiro iba a besarle.

El beso fue breve pero contundente, una mano en el rostro de Keith y la otra atrayéndole por la cintura. Keith correspondió lo mejor que pudo, con la extraña sensación de que la pata de Rojo se movía ligeramente de sitio, para así ocultarlos de ojos imprudentes. Cuando Shiro rompió el beso, inmediatamente fue por un abrazo, acercando a Keith hacia él con determinación. Keith le abrazó de vuelta, respirando en el olor característico del otro hombre y percibiendo su calor a través de la armadura.

Se quedaron varios segundos en esa posición, recreándose en ese momento como si pudieran alargarlo para siempre. La voz de Coran por el intercomunicador principal los sacó de su pequeña burbuja, anunciando que las coordenadas y ruta de entrada hacia la base de la Espada de Marmora estaban correctamente cargadas en el león.

Se separaron con lentitud, mirándose a los ojos y tratando de trasmitir con ellos todo lo que era demasiado peligroso decir en voz alta. No con una misión tan cerca y los intercomunicadores activos. No cuando todo el bienestar del universo dependía de su éxito. No en ese momento.

Como una señal, el León Rojo dejó caer una escalera de mano junto a ellos. Su propia extraña manera de ayudarles a iniciar la misión que de por sí les tenía con el tiempo contado. Keith fue el primero en girarse para subir la escalera y Shiro lo siguió de cerca.

—Espero que tanta insistencia por venir conmigo tenga razón de ser —comentó Shiro a sus espaldas, cuando ya iban a más de la mitad—. Lance va a acusarme de favoritismo toda la semana si no pasa algo extraordinario mientras estamos allá.

Keith sonrió para sí mismo, sorprendido y conmovido a partes iguales. Shiro sí que había tomado en cuenta sus súplicas en cuanto a acompañarle, a pesar de que también hizo lo mejor para satisfacer los requerimientos de la misión entre manos. Jodido hombre perfecto, pensó Keith, negando con la cabeza y deseando con todas sus fuerzas que el extraño presentimiento dentro de su pecho de verdad tuviera alguna justificación.

...

Shiro y Keith arribaron a la base secreta dentro del tiempo indicado, siendo llevados ante el líder sin demasiada espera. La sala donde los recibieron era enorme, con un gran símbolo holográfico flotando en medio del aire al más puro estilo de un candelabro antiguo. El lugar seguramente estaba diseñado para intimidar a los visitantes, pero el hecho de que apenas hubiera una docena de rostros cubiertos le hacía pensar a Shiro que la tan mentada "sociedad" no contaba con tantos adeptos como debería.

Kolivan, líder de los marmoritas, estaba de pie en medio de un altillo. Les recibió, intercambió palabras con Shiro (que a su parecer no tenían nada de diplomáticas) y al final les acusó de traer armas a la base.

Shiro pensó de inmediato en su brazo mecánico, que aunque estaba atado a su cuerpo era en toda regla un arma peligrosa y letal. Keith en cambio pensó en el León Rojo, lo que tenía mucho más sentido, y Shiro lo apoyó explicando al líder que tener un león de Voltron de su lado era lo mejor para ellos. Sin embargo, no era el león de Keith a lo que Kolivan se refería.

Mucho más rápido de lo que Shiro pudo reaccionar, el marmorita más cercano a Keith le atacó por la espalda, tirándolo al suelo mientras otro galra le cortaba el paso a él.

—Tiene uno de nuestros cuchillos —dijo el marmorita tras quitarle a Keith una daga oculta entre su armadura—. ¿De quién la robaste?

—¡De nadie! —replicó Keith desde el suelo, girando el torso para ver a su atacante—. Lo he tenido toda mi vida.

¿Toda su vida? ¿Keith había tenido ese cuchillo toda su vida? ¿Y por qué lo había traído a la base? ¿Qué acaso no escuchó cuando les pidieron ir desarmados? ¿Acaso no le importaba la misión?

—¿Puedes corroborar las palabras de tu amigo? —preguntó Kolivan hacia él. Shiro se obligó a apartar la mirada de Keith y del enorme galra que lo tenía atrapado contra el suelo—. ¿Es verdad que este cuchillo le pertenece?

Shiro dudó. No recordaba haber visto ese cuchillo, mucho menos en las manos de Keith. Él, que le conocía más que nadie en el universo. Su mejor amigo, su confidente, su amante. ¿Cómo rayos era que justo él de todas las personas no sabía de la existencia de ese cuchillo entre las pertenencias de Keith?

Terminó por decir que no lo sabía, renuente de admitir ante Kolivan que en realidad no tenía ni idea de dónde había sacado Keith algo así. Desde el suelo, Keith le prometía que no había robado el cuchillo, que lo había tenido desde que podía recordar. Y Shiro quería creerle. ¡Dioses! Deseaba tanto que lo que Keith le juraba resultara ser verdad. Pero no sabía que hacer más que observar.

—Vi que Ulaz tenía un cuchillo igual —dijo Keith hacia Kolivan sin perder el tiempo—. Díganme qué significa.

Kolivan desestimó sus palabras y prácticamente les corrió de la base. Cuando el galra dejó libre al a Keith, Shiro espabilo por fin, entendiendo la situación y colocándose del lado de su segundo al mando.

Una punzada de indignación le atravesó el cuerpo al ver la expresión en el rostro de Keith; una mezcla entre la derrota y la humillación. La Espada de Marmora no había hecho más que desconfiar de ellos, evadir sus avances para formar una alianza y literalmente tirar a uno de sus enviados al piso para recuperar un tonto cuchillo que honestamente no tenía nada que ver con nada.

¿Qué rayos podía importar que Keith tuviera un cuchillo marmorita cuando estaba en riesgo el futuro de todo el universo? ¿Eran acaso más importantes sus estúpidas reglas y secretismos que aliarse con Voltron para poder derrotar por fin a Zarkon y su Imperio? Tal vez Ulaz pensara que enviar a Voltron a la Espada de Marmora era algo por lo que valía la pena morir. Pero viéndoles de cerca, Shiro empezaba a creer que el hecho de que no hubieran conseguido derrocar el Imperio Galra en todo el tiempo que llevaban encubiertos hablaba muy alto de sus verdaderas prioridades.

Así que Shiro tomó una decisión: irse con Keith de vuelta al castillo de los leones y dejar la Espada de Marmora detrás. Todavía seguía preocupado por el asunto del cuchillo, pero fuera como fuera, lo resolverían mejor lejos de esa estúpida base. Sin embargo, Keith no estaba tan dispuesto a rendirse.

El paladín rojo demandó respuestas hacia Kolivan, quien lo instó a hacer caso a Shiro. Pero obstinado como siempre, Keith siguió insistiendo. Shiro no era capaz de ver su expresión, pero lo conocía tan bien que no se le hacía difícil imaginarla. Los intensos ojos color violeta llenos de un fuego propio de la determinación, el ceño fruncido y una mirada que podía hacer hoyos en la fibra misma del tiempo y el espacio.

Al final, Kolivan aseguró que la única manera de que Keith pudiera obtener las respuestas que buscaba era a través de algo llamado "las Pruebas de Marmora".

—Si sobrevives, puedes quedarte el cuchillo. Y sus secretos te serán revelados.

—¿Si sobrevives?

Shiro no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Sobrevivir? ¿Pero de qué rayos estaba hablando Kolivan? Se acercó de nuevo a Keith, poniendo una mano en su hombro para obligarle a que le mirase mientras expresaba en voz alta lo mucho que se oponía al asunto. No obstante, lo que Shiro encontró en el rostro de Keith fue exactamente lo que supo que encontraría. Esa sempiterna testarudez que tantos problemas le había causado en el pasado.

—No voy a irme —declaró Keith con firmeza, aunque Shiro lo supo incluso antes de escucharlo salir de sus labios—. Es algo que tengo que hacer.

Así que Shiro se limitó a mirar mientras el marmorita de antes (Antok, dicho por el propio Kolivan) le devolvía el cuchillo a Keith. Otro miembro enmascarado guio a Keith a través de una puerta lateral. Al mismo tiempo, Shiro fue llevado por Kolivan y Antok a una habitación contigua al gran salón.

La nueva sala era muchísimo más pequeña que la anterior, pero decorada en los mismos colores y estilos. Sobre la oscura pared del fondo se proyectaban un par de pantallas holográficas, mostrando imágenes de una gran estancia vacía en la cual Shiro no había estado todavía. Ni Antok ni Kolivan emitieron palabra por varios doboshes, pero eventualmente, una toma en primer plano de Keith apareció en la pantalla.

El muchacho llevaba un traje enterizo muy ajustado, similar al de la mayoría de los marmoritas a excepción de Kolivan y Antok. Sin embargo, había algunas diferencias.

Un gris más oscuro para el área de los brazos, la entrepierna hasta los muslos y la base de la espalda hasta más abajo del trasero. Gris claro donde los marmoritas tenían azul. Partes de un azul muy oscuro que no daban la impresión de estar hechas como una protección contra los ataques, sino como soporte para unos extraños círculos de luz ubicados en puntos estratégicos del cuerpo de Keith: dos sobre las vértebras dorsales, uno a cada tendón de Aquiles, uno a cada lado de la cintura y otros dos situados uno a cada lado de cuello, dando origen un par de líneas de un brillo morado que llegaban hasta sus clavículas.

Inmediatamente después de la aparición de Keith en la sala, un galra encapuchado emergió de una compuerta deslizante ubicada en el piso. Se puso en posición defensiva y provocó a Keith al decir que entregara el cuchillo y que no podía ganar. Gran error, pensó Shiro arrugando el gesto. Si había algo que garantizara un intento insaciable por parte de Keith Kogane era precisamente decirle que no había manera de que consiguiera su objetivo. El chico era un rebelde de naturaleza; no cabía duda que los marmoritas estaban buscando sacar lo peor de él.

Keith atacó sin segundas miradas, usando el cuchillo de la discordia con una habilidad propia de quien lo ha tenido toda su vida. Shiro sintió una punzada de culpabilidad al notarlo. ¿Cómo había sido tan idiota para desconfiar de Keith? Tal vez si le hubiera apoyado, el muchacho no estaría peleándose con marmoritas anónimos por el derecho de quedarse el arma. Pero ya no era momento de pensar en los hubieras.

El marmorita en cuestión era realmente bueno. Se movía con fluidez y cierta calma que a Keith le faltaba. Asimismo, parecía adivinar cada movimiento de Keith, defendiendo primero y luego atacando, llegando a golpearle y cortarle con su espada con poquísimos instantes de diferencia.

—Vamos, Keith —dejó escapar Shiro sin apenas darse cuenta de que lo decía en voz alta.

Le dolía no poder estar ahí para apoyar a Keith en su cruzada, pero una vez más las palabras de su padre resonaron en su interior. Cada quien debe enfrentar sus propias batallas. Si las enfrentas por ellos, nunca aprenderán a defenderse.

Keith se enfrentó a su oponente en busca de sus tan ansiadas respuestas, pero luego de herirlo, el marmorita dejó su pose de batalla y se limitó a decirle que Keith no estaba destinado a cruzar la puerta al fondo de la habitación. Por supuesto, Keith intentó pasar por la puerta, pero antes de llegar a ella la imagen en la pantalla se desvaneció, mostrando al muchacho otra vez al principio de la estancia mientras dos figuras emergían del suelo.

Los marmoritas atacaron y Keith se defendió lo mejor que pudo, que en con solo un cuchillo en la mano y herido como estaba, no era para nada suficiente. Volvió a caer al suelo, al límite de su resistencia.

—¡Esta no es una pelea justa! —exclamó Shiro hacia la pantalla, sintiendo la impotencia subírsele por las venas. Keith estaba superado en número, mal herido y con solo un cuchillo para defenderse de marmoritas entrenados y con sendas espadas cada uno. ¿Acaso Kolivan iba en serio cuando habló de "supervivencia"?

—Tampoco lo es derrotar a los galra —declaró Kolivan a su lado—. Y sin embargo, esa es pelea a la cual nos enfrentamos.

Kolivan tenía toda la razón, por supuesto. Pero una cosa era enfrentarse a los galra como un equipo y otra muy diferente era dejar que Keith se enfrentara por sí solo a los mismos alienígenas con quienes se suponía que ambos habían venido a formas una alianza. Sin embargo, el chico había decidido su destino y de momento no había nada que Shiro pudiera hacer más que mirar.

Así que por un tiempo que quera incapaz de definir, Shiro observó la pantalla flotante como en medio de un trance. Sin saber realmente qué hacer o cómo sentirse con todo lo que pasaba a su alrededor. Sobre todo considerando que lo que pasa estaba directamente ligado a la persona más importante para él.

Keith se enfrentó en solitario a otros tres guerreros, luego a cuatro y a cinco. Cada vez sus movimientos eran más lentos, su cuerpo no respondía como debía y cada tick que pasaba sus heridas parecían empeorar al punto de no poder tenerse en pie sin el efecto la adrenalina de la pelea directa.

Cuando siete marmoritas emergieron del suelo, Shiro sintió algo completamente desagradable instalarse en la boca de su estómago. Era miedo. Temor puro y crudo de lo que pudiera pasarle a Keith si continuaba enfrentándose a más y más guerreros sin descansar, comer, beber o curarse las heridas.

—¿Cuánto más durará esto? —preguntó, ahora dirigiéndose directamente al galra a su lado. Intentaba esconder de su rostro la preocupación y creciente ira que sentía surgir cada vez que una nueva compuerta se añadía a las anteriores, pero le era prácticamente imposible.

—A veces el mayor desafío es saber cuándo detenerse —respondió Kolivan, todavía sin mirarle, lo que no hizo sino avivar las llamas de su frustración. ¿Qué acaso se creía mejor que los demás por saber de qué iba todo aquel sinsentido?

—Él nunca se detendrá —aseguró Shiro, en un último intento por hacer entrar en razón al único que parecía tener el poder de darle término a esas benditas pruebas.

—Esto terminará de una manera u otra —insistió Kolivan, y Shiro se preguntó si acaso el galra no sería tan o más testarudo que Keith en cuanto a sus convicciones—. Conocimiento o muerte.

Muerte. La sola palabra mandando escalofríos a todas partes de su cuerpo.

Shiro intentó no pensar en las implicaciones de aquello, dirigiendo sus esfuerzos mentales a planear una manera viable de sacarles a Keith y a él de ese disparate de sociedad antes de que fuera demasiado tarde para el muchacho. Mientras tanto, más y más guerreros surgían del suelo como margaritas.

Keith se veía cada vez más débil, apenas capaz de sostenerse en pie, mucho menos presentar alguna clase de amenaza para la creciente cantidad de oponentes. Shiro comenzaba a preguntarse si le sería tan difícil dejar fuera de combate a sus dos custodios para ir en busca de Keith, pero lo que pasó en la pantalla desvió todos sus pensamientos.

En un movimiento inesperado, Keith cambió las reglas del juego tras tirar su cuchillo hacia una de las compuertas en el suelo de la estancia y lanzarse él también, bajando por el panel levadizo hacia donde fuera que llevara. Shiro no pudo contener un jadeo de sorpresa, moldeado con el nombre del paladín rojo.

La pantalla de la derecha (que parecía estar ligada directamente a Keith de alguna manera) le siguió hasta otra habitación, no muy diferente de las anteriores pero más pequeña. Como Shiro temía, tras dar un par de pasos hacia el interior de la estancia, las fuerzas de Keith le abandonaron, haciéndole caer al suelo. Shiro sintió el impulso de salir corriendo para ir a ayudarle, cosa que no podía hacer por obvias razones. Se conformó con seguir mirando la pantalla, a la espera de cualquier brecha que pudiera darle entrada a su plan de desarmar a sus "acompañantes" e ir en busca de su Keith.

No obstante, lo siguiente que vio lo sacó por completo de balance. Una figura alta, de hombros anchos y enfundado en un traje de paladín se materializó frente a Keith. Era él, tan él como podía serlo si Shiro no estuviera completamente seguro de encontrarse a quien sabría cuantos metros de distancia del chico.

Atónito, se observó a si mismo tenderle una mano a Keith y decirle lo muy bien que lo había hecho durante las pruebas. Keith no parecía notar nada raro, escuchando mientras el otro-Shiro le decía que no era necesario continuar con todo aquello.

—Sólo dales el cuchillo y salgamos de aquí —dijo su alter-ego, con una sonrisa tranquilizadora pero (a su parecer) un tanto falsa.

—No puedo entregárselos, Shiro —se negó Keith, como era de suponerse.

Después de todo lo que había ocurrido, el verdadero Shiro jamás se hubiera atrevido a pedir algo así de Keith. Primero, Shiro lo conocía demasiado bien como para pensar que cedería. Y en segundo lugar, y a esas alturas, incluso Shiro pensaba que darles el cuchillo a los marmoritas era impensable. Habían hecho sufrir a Keith durante vargas sin tregua, todo por un estúpido cuchillo del cual ni siquiera se dignaban a explicar su valor. Así que, en cuanto a él respectaba, la Espada de Marmora, sus secretos y sus pruebas podían irse mucho a la mierda.

—¿Es eso un holograma? —preguntó Shiro hacia Kolivan, con las manos empuñadas a cada lado de su cuerpo y una sensación burbujeante subiendo desde la boca de su estómago.

—El traje tiene la habilidad de crear un escenario virtual de escape mental que refleje las esperanzas y temores más grandes de quien lo usa —explicó Kolivan, impasible—. Y en este momento, tu amigo quiere verte con desesperación.

Por primera vez en todo ese tiempo, Kolivan giró el rostro hacia Shiro. ¿Qué rayos significaba eso? ¿Era acaso algo importante? Shiro honestamente no tenía tiempo para trucos marmoritas, no cuando su doppelganger atacaba verbalmente a Keith por no querer entregar el cuchillo.

—Sabes exactamente quién eres —dijo el holograma—. Eres un paladín de Voltron. Somos la única familia que necesitas.

Keith se notaba realmente abatido, pero más que todo, parecía estar muy, muy cansado. Como si todo el peso de las peleas, las palabras del Shiro falso y su propia batalla personal le estuvieran pasando factura. Más que nunca antes, Shiro deseó poder estar a su lado para aligerar su carga. Si las enfrentas por ellos, nunca aprenderán a defenderse.

—Shiro, eres como un hermano para mí —respondió Keith, en un tono triste, casi resignado—. Pero tengo que hacer esto.

Shiro sintió que dejaba de respirar por un instante. ¿Hermano? Después de todo lo que había ocurrido entre ellos, ¿Keith le consideraba simplemente un hermano? No, se reprendió mentalmente. Ese definitivamente no era el momento para dudar del chico. ¿Pero qué tal si-?

—No, no tienes —replicó el Shiro holográfico, cortando su tren de pensamiento—. Así que dales el cuchillo.

—No puedo hacer eso.

—¡Sólo renuncia al cuchillo, Keith! Sólo estás pensando en ti mismo, como de costumbre.

El rostro de Keith al escuchar tales palabras le resultó demasiado desgarrador, como si miles de alfileres se clavaran en el pecho de Shiro impidiéndole respirar con normalidad.

Resultaba tan jodidamente frustrante ver aquello y no poder hacer nada. Ver como el holograma acusaba a Keith de egoísta cuando Shiro jamás habría hecho tal cosa y mucho menos en esas circunstancias. Las palabras de Kolivan resonaban en su cabeza, recordándole que lo que Keith veía era solo un reflejo de sus miedos y esperanzas. Keith quería ver a Shiro, sí, pero también temía que Shiro pensara en él como alguien ególatra que solo se preocupaba por sus propios intereses. Oh, Keith.

—Ya tomé mi decisión —dijo Keith tras un instante, sin mirar al Shiro holográfico a la cara.

—Entonces elegiste estar solo.

El holograma le dio la espalda a Keith, alejándose hacia la puerta. El muchacho miró su cuchillo una vez, como considerando lo que acababa de escuchar, después miró la figura de Shiro alejarse de él y para sorpresa del Shiro real, Keith salió corriendo detrás del holograma.

Para Shiro, aquello parecía ser el fin de la prueba, siendo que Keith yendo tras su holograma implicaba que estaba abriéndose a la posibilidad de entregar el cuchillo. Sin embargo, todo el alivio que pudo haber reunido en esos instantes fue sustituido por un masivo sentimiento de preocupación cuando Keith cayó al suelo inconsciente justo antes de que el Shiro falso se desvaneciera en el aire.

El muchacho apenas se movía, y desde ese ángulo era virtualmente imposible saber si estaba respirando o no. Shiro tenía que hacer algo. Y tenía que hacerlo rápido.

—Tienen que sacarlo de ahí —demandó hacia Kolivan.

—Él puede decidir cuándo salir.

—Están jugando con su mente —insistió Shiro, subiendo el tono de voz—. ¡Lo matarán!

—Conocimiento o muerte, Shiro —respondió Kolivan, girando el rostro para mirarle.

Shiro sentía la sangre recorrerle el cuerpo en oleadas calientes. El corazón le resonaba en los oídos y el brazo galra prácticamente vibraba en reacción a su estado mental.

Decir que estaba enojado era decir lo poco. Estaba furioso. Furioso con la Espada de Marmora por ser una panda de imbéciles tan metidos dentro de su mundo que no entendían lo muy necesaria de una alianza para el futuro del universo. Furioso con Keith por haberle ocultado ese cuchillo durante tanto tiempo. Pero más que nada, furioso consigo mismo, por haber permitido que toda esa maldita estupidez se extendiera hasta tal extremo.

—Voy a terminar con esto —declaró, girándose para salir. Pero su paso fue cortado por un puñado de guerreros marmorita que aparentemente habían salido de la nada.

Su brazo galra vibró de nuevo y Shiro prácticamente lo sintió brillar cuando uno de los marmoritas intentó darle alcance. Quizás fuera muchos y mejor equipados que él, pero por todos los demonios que Shiro no les dejaría detenerle en su misión de encontrar a Keith para salir de ese condenado lugar.

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CONTINUARÁ...


Notas del capítulo:

Casi al final de esta historia. Espero que este capítulo no les haya parecido aburrido. Es solo que siempre me ha gustado indagar en los pensamientos y sentimientos de mis personajes durante momentos pivotales y canon. Así que, ya que la historia me dio la oportunidad, la tomé. Sus comentarios al respecto son siempre bienvenidos. Nos leemos la otra semana con el último cap~

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