Notas de Mayumi: Hola! Os traigo un nuevo capi, a ver si este par se empieza a aclarar aunque sólo sea un poquito… Muchas gracias por los comentarios de ánimo que me mandáis, todos los que estaban registrados los he contestado. No molesto más, a leer!

Basado en One Piece

One Piece y todos sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

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Pequeñas diferencias

Parpadeó un par de veces, sin a penas poder distinguir nada en aquella oscuridad, aunque no lo necesitaba para saber donde se encontraba. Volvía a estar en la pequeña bodega, se lo decía el ambiente húmedo y cargado de tabaco, la dureza del lecho en el que descansaba y la pared contra la que chocaba su hombro derecho. No tenía muy claro como había vuelto a parar allí, lo último que recordaba era que Luffy les había subido a Sanji y a él hasta la cubierta, y el resto era un confuso remolino de gritos furiosos de Nami y sollozos alarmados de Chopper.

Zoro giró hacia la izquierda, dispuesto a incorporarse. Sentía el cuerpo agarrotado de llevar tanto tiempo en la cama, así que ya iba siendo hora de estirarse un poco. Justo cuando estaba a punto de levantarse sintió algo cálido y rítmico chocando contra su mejilla. Agudizó la vista hasta poder distinguir de que se trataba y el corazón le dio un vuelco al descubrir a Sanji durmiendo tranquilamente junto a él. Se incorporó como impulsado por un resorte, alejándose de aquel inocente contacto como si quemara. Aquel simple roce de la respiración del cocinero le provocaba un suave hormigueo por toda su columna que le hacía estremecerse. No estaba acostumbrado a que su cuerpo reaccionara por si mismo, a que una persona lograse hacerle perder el control sobre sus acciones. No estaba acostumbrado a sentir.

Se permitió el pequeño desliz de contemplar a Sanji unos minutos, aprovechando la inesperada intimidad que aquella extraña decisión de Nami había creado entre los dos. No entendía porque estaba en allí en vez de estar en la relativa comodidad de su hamaca, pero el rubio parecía tener tendencia a caerse de ella, no era la primera vez que lo encontraba en el suelo. Le parecía curioso que incluso tras caerse y estando dormido Sanji conservara aquella elegancia natural en su pose, con las manos acurrucadas junto al pecho y la expresión del rostro de serena calma. No se parecía en nada a su torpe y burda manera de ser. Sonrió con cierto orgullo ante aquella delicadeza innata del rubio, cogió una de las sábanas amontonadas a los pies de su improvisada cama y la colocó sobre su cuerpo, cubriéndolo hasta los hombros. Estuvo tentado a acariciar con el dorso de su mano la mejilla del cocinero, a comprobar si era tan suave y tersa como aparentaba, pero los nervios y la expectación le aceleraron tanto el pulso que la mano le empezó a temblar.

-Marimo idiota- se dijo en un susurro a si mismo.

Se sentía bastante ridículo. Era capaz de enfrentarse a un enemigo más fuerte y experimentado que él sin un atisbo de duda o miedo, sin que un latido de su corazón sonara más estridente que otro, y en cambio no se atrevía a rozar si quiera a Sanji, el nudo en su estómago era tan grande y los nervios tan intensos que le hacían sentir sus movimientos increíblemente torpes. Estaba seguro de que si se acercaba más le despertaría. Zoro se resignó a quedarse con la duda y se dio impulso con las piernas para ponerse de pie. Salió en silencio de la estancia y se encaminó al exterior, sin molestarse en ponerse las botas.

Cuando salió a cubierta le recibió una brisa suave y templada que le hizo tintinear los pendientes. Mientras se desperezaba le llegó un resuello profundo y suave, acompañado de un repetitivo chasquido de lengua. Conocía aquella forma de roncar, seguro que Ussop se había quedado dormido mientras hacía guardia en la torre de vigía. Se acercó al mascarón de proa y reposó tranquilamente los brazos sobre la barandilla, contemplando el hipnótico vaivén de las calmadas aguas del mar. No sabía como iba a hacer para comportarse con normalidad de ahora en adelante. Hacía tiempo que sabía que Sanji le provocaba reacciones desmesuradas, pero hasta ese momento le era fácil atribuirlas al enfado y a la estupidez del cocinero. Ahora era distinto, ahora sabía que era porque sentía algo por él, y le preocupaba que su cuerpo le traicionara sonrojándole, o haciendo que se quedara mirándole como un idiota, o simplemente le paralizase como le había ocurrido unos instantes atrás. Sanji no era tonto, no tardaría en darse cuenta de que pasaba algo, y le aterrorizaba pensar cual podía ser su reacción.

Zoro se sobresaltó cuando sintió algo cubriéndole los hombros y deslizándose por la parte superior de su pecho hasta tapar su torso desnudo. No se sorprendió cuando se giró y se encontró a Sanji contemplándole a poca distancia. El cocinero se había vuelto algo tan habitual y necesario en su entorno que ya ni notaba su presencia cuando se le acercaba. Miró con curiosidad la manta con que le había envuelto para luego dirigir al rubio una mirada interrogante.

-Estamos en una zona de choque climático- indicó el cocinero, repitiendo con voz pausada la explicación que Nami les había dado horas antes sobre aquel voluble tiempo-. Tan pronto tenemos una brisa suave como un aire helado. No deberías coger frío.

Zoro aceptó el consejo con un leve asentimiento de cabeza y se arrebujó en la manta, estrujándola con una mano a la altura del pecho. Debía de ser la que había estado utilizando Sanji para cubrirse esos días, porque estaba impregnada de su olor. Le gustaba que el cocinero tuviera esos pequeños detalles, aunque le dolía saber cual era el verdadero motivo.

-¿Te he despertado?- preguntó el espadachín. Pensaba que había sido lo suficiente silencioso, esperaba que esos días sin entrenar no le hubiesen disminuido demasiado sus habilidades.

-No, no podía dormir- respondió Sanji. Aquello sólo era parte de la verdad, lo cierto es que estaba durmiendo tranquilamente hasta que le había faltado a su lado el calor y la presencia de Zoro. Había intentado volver a conciliar el sueño, pero le había sido imposible. Quería creer que era porque una parte de él estaba inconscientemente preocupada porque el marimo hiciese alguna de sus locuras y le obligara a pasar más tiempo con él, porque si era por cualquier otra cosa iba a tener un problema cuando regresaran a la habitación de los chicos.

El espadachín no pudo evitar que sus manos se aferraran con fuerza a la barandilla. ¿Sanji había estado despierto todo el rato? ¿Se había dado cuenta de que casi le había acariciado? ¿Cómo se lo iba a explicar si le preguntaba algo? Todavía no estaba preparado para hablar de lo que sentía. Ni si quiera se atrevía a darse la vuelta para ver la reacción del cocinero, no quería ver reproche o asco en su mirada.

-Oe, ¿no estarás pensando en saltar de nuevo al agua?- preguntó Sanji con un punto de alarma, al ver que el peliverde no apartaba la vista del mar y se ponía en tensión.

-Tranquilo, no voy a causarte más problemas- le aseguró el espadachín, mientras dirigía un puchero de resentimiento al mar. Si Sanji se había dado cuenta de algo, esperaba que entendiera que su afirmación iba más allá de su gripe.

Sanji sonrió y se apoyó de espaldas a barandilla, descansando sobre ella sus codos y echando la cabeza hacia atrás. Lo cierto es que no le desagradaba tanto pasar el rato con él.

-¿Tienes hambre?- preguntó el rubio. Supo por intuición que el espadachín había negado con la cabeza a su lado- No importa, te comerás lo que te prepare- decidió, mientras se ponía en marcha hacia la cocina-. Como se te ocurra hacer alguna estupidez mientras no estoy te patearé el culo- le advirtió antes de perderse en el interior del barco.

Zoro se sentó en el suelo e intentó analizar el extraño momento. No había habido insultos ni gritos, ninguno había perdido la paciencia y había golpeado al otro. Sanji le había dado un par de advertencias, pero él no había respondido a ellas porque habían sido inusualmente suaves y sensatas. A una parte de él le gustaba aquella calma, a otra le parecía realmente alarmante. Se sentía vulnerable cuando el cocinero era amable con él, y no estaba dispuesto a dejarse llevar y cometer un nuevo error que diera a Sanji la excusa para apartarlo para siempre de su lado. Tendría que conformarse con seguir como hasta ese momento, peleando con él y contemplándole en la distancia. Suspiró resignado y puso sus manos tras la nuca con aspecto abatido. Sabía que preocuparse no tenía demasiado sentido, sólo era cuestión de tiempo que todo regresara a la normalidad. En cuanto Nami levantase a Sanji la obligación de cuidarle, volvería a ser invisible para él.

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La rutina había vuelto al Merry después de la recuperación de Zoro. Luffy, Chopper y Ussop pasaban los días jugando, intentando pescar o vigilando el mar y escuchando las inverosímiles historias del tirador mientras comían cualquier cosa que el capitán hubiese robado en la cocina. Nami pasaba la mitad del día atendiendo a la navegación y la organización del barco, y la otra mitad tomando el sol o trabajando en su despacho. Zoro entrenaba o dormía por cualquier rincón, y Sanji y Robin pasaban horas encerrados en la cocina.

-¿Qué te apetece para el almuerzo, preciosa?- preguntó alegremente Sanji, mientras removía una masa de color claro en un gran cuenco.

-Cualquier cosa que hagas estará bien, cocinero-san- respondió la morena, sin dejar de prestar atención a su lectura.

-¡Oh, Robin-chan, me encanta esa confianza! Es la fuerza de mi amor que te da seguridad en mí- canturreó, mientras vertía la masa en un molde y la ponía en el horno.

Sanji empezó a pelar y cortar la fruta fresca con la que decoraría bizcocho que acababa de meter en el horno con movimientos ágiles y precisos, pero fueron perdiendo el ritmo conforme su mirada empezó a perderse por la ventana. Desde donde estaba podía ver a Zoro entrenando. Estaba levantando una y otra vez aquellas pesas inhumanas, tensando al máximo los músculos de sus brazos y apretando las mandíbulas por el esfuerzo. Parecía por completo ajeno al sol que brillaba sobre él, haciéndole transpirar en abundancia. ¿Ya bebía lo suficiente? El marimo era tan desastre que seguro que no prestaba atención suficiente a su hidratación, y él nunca se había dado cuenta de que podía necesitar más líquidos que el resto de la tripulación, posiblemente porque nunca había estado tan atento al espadachín como esos últimos días. Le parecía que se le había quedado la costumbre inconsciente de vigilar todos sus movimientos.

-¡Auch!- protestó Sanji, más de sorpresa que de dolor, cuando sintió el filo del cuchillo abrirse paso por su piel y producirle un pequeño corte en un dedo.

Apartó con presteza la mano de la encimera para no manchar de sangre la comida y metió la mano debajo del grifo. A penas era un corte superficial, no iba a necesitar ni una tirita, así que dejó correr el agua para que le limpiara la herida. Intentó recordar cuando había sido la última vez que se había cortado, pero hacía tanto tiempo de ello que le resulto imposible.

Robin esbozó una sonrisa divertida. Se había dado cuenta de cómo el metódico golpeteo del cuchillo contra la tabla de cortar se iba volviendo irregular hasta perder por completo la ágil cadencia que solía marcar el cocinero, así que había dejado de lado su libro para ver a que se debía. Sanji estaba mirando por la ventana, y sólo había dos cosas que pudieran atraer de ese modo su atención desde el lugar donde él estaba: Nami tomando en sol en bikini y Zoro entrenando unos metros más allá de la chica. Estaba casi segura de saber cual de ellos era el culpable, y si el cocinero lo admitía sería sin duda un paso adelante. Quería que Sanji pusiera en ella su confianza y que supiera que podía contar con ella para lo que necesitara, porque estaba segura que la realidad le iba a golpear con tanta fuerza que le haría falta un punto de apoyo.

-¿Te lastimaste, cocinero-san?- preguntó la morena con voz melosa.

-No fue nada, Robin-chan- se apresuró a tranquilizarla Sanji con una sonrisa, al tiempo que le mostraba el dedo índice que ya había parado de sangrar. Retomó su tarea de cortar la fruta con formas decorativas.

-Es normal tener la atención en el exterior con el buen día que hace, todos deberíamos estar disfrutando del sol- le quitó importancia la arqueóloga. Asintió satisfecha cuando la mirada del cocinero se dirigió de forma automática a la ventana. Era el momento de su primer movimiento-. Navegante-san lleva un precioso bikini verde- comentó con aire casual. Quería asegurarse de que no se equivocaba antes de presionar al pobre cocinero.

-Sí, precioso- coincidió Sanji, un poco distraído.

Robin curvó una sonrisa triunfante. El traje de baño de la pelirroja era de un rojo tan escandaloso que era imposible confundirse de color si le habías dado un sólo vistazo a la chica. Hizo florecer un brazo justo en el centro del pecho de Sanji y le tomó de la barbilla, obligándole a que girara la cara hacía la tumbona en la que descansaba Nami.

-Esa es navegante-san- puntualizó Robin, sin poder evitar una risita divertida. Volvió a girarle en rostro hacia Zoro-. Ese es espadachín-san- indicó con calma- Hay pequeñas diferencias entre ellos, pero deberían ser suficientes para que lo puedas distinguir- dijo de forma ambigua.

Sanji notó como le subían los colores. Le había preocupado tanto la atención que le estaba poniendo al marimo idiota, hasta el punto de perder de vista lo que hacía en la cocina, que ni si quiera había estado al caso de lo que le decía su preciosa arqueóloga.

-Lo lamento, Robin-chan- se excusó, sintiéndose realmente culpable por no escuchar a la chica como se merecía. Dejó escapar un suspiro y decidió que podía hablar con ella-. Últimamente la situación ha estado un poco tensa entre Zoro y yo- confesó, en un susurro tan suave que no estuvo seguro de que la chica le hubiera escuchado. Le avergonzaba admitir que su relación con el espadachín podía llegar a inquietarle- Supongo que los dos necesitamos desembarcar y dedicarnos algo de tiempo a nosotros mismos- intentó quitarle importancia. No quería que la morena sacase conclusiones cuando ni él sabía lo que significaba.

Robin se acercó hasta él con aquella sonrisa indescifrable, le guiñó un ojo con picardía y abrió la ventana con tranquilidad.

-¡Espadachín-san!- le llamó con un grito enérgico.

El corazón de Sanji se paró de la impresión. No iría a decirle nada… ¿verdad? Miró a la chica asustado, pero esta permanecía tan confiada que se tranquilizó al acto. Robin conocía perfectamente el complicado equilibrio de rivalidad-amistad que había en su relación y no haría nada que inclinara la balanza a favor de Zoro. Se reprendió mentalmente por dudar de ella.

El peliverde bajó las pesas y miró a la mujer con curiosidad, poco acostumbrado a que la arqueóloga fuera tan escandalosa.

-Cocinero-san y yo estamos recogiendo la cocina. ¿Podrías traernos esos platos?- preguntó, señalando con la cabeza la pequeña mesa que estaba al lado de Nami y que tenía algunos vasos y platos del refrigerio que Sanji había preparado hacía un rato para las dos chicas. Remató su petición con una sonrisa inocente.

Zoro enarcó una ceja con desconfianza. La arqueóloga no solía llamar a nadie a voces, y menos pedirle algo a alguien.

-Que los lleve Nami- protestó, dispuesto a darse media vuelta para seguir con sus ejercicios.

-Navegante-san está durmiendo, debe estar cansada porque esta noche ha estado comprobando el clima y la topografía de la isla a la que nos acercamos- indicó Robin.

El espadachín hizo una mueca de duda. Era imposible que Nami siguiera dormida después del grito de la morena, pero decidió desistir y acercarle los platos. La arqueóloga tramaba algo y sentía un poco de curiosidad.

-Robin-chan… ¿Qué haces?- preguntó en un susurro Sanji, que había seguido las acciones de la chica con creciente confusión. Era consciente de que hacía venir a Zoro expresamente hasta allí, pero no entendía para qué.

-Hay cosas que es mejor ponerlas en claro antes de que quemen por dentro- le respondió la chica- Porque a veces el fuego se deja ver tan poco a poco que cuando nos damos cuenta de él ya nos ha consumido.

Sanji sólo acertó a mirarla con cara de no entender nada, pero antes de que pudiera preguntar la puerta se abrió, dejando paso al espadachín.

-Aquí tienes- gruñó Zoro, dejando los platos en el fregadero. Pocas cosas le molestaban más que las interrupciones durante su entrenamiento y estaba seguro de que la arqueóloga también lo sabía.

-Espadachín-san, ¿te importaría terminar de recoger por mí?- preguntó la morena- Quisiera acabar de leer la historia de la isla antes de desembarcar- explicó con una sonrisa radiante.

-Ni hablar- se negó en rotundo el peliverde-. Ya me he encargado de la colada esta mañana, a mí no me…

-Eres muy amable, espadachín-san- le sonrió Robin, ignorando por completo su protesta. Se inclinó sobre Zoro y le besó en la mejilla, logrando que diera un asustado bote hacia atrás y que se quedara sin habla. Recogió el libro y salió con calma de la cocina.

Sanji, que había contemplado la escena con incredulidad, estalló en carcajadas al ver la cara de susto que se le había quedado al espadachín, inmóvil y agarrado al mármol de la cocina como si hubiera visto un fantasma.

-Parece que no soy el único que se deja dominar por las mujeres- se burló el cocinero- Al final resultará que eres un marimo pervertido.

Zoro pareció reaccionar al fin. Se frotó insistentemente la mejilla mientras una gruesa vena se le marcaba en la frente.

-Robin está aprendiendo las técnicas de arpía de Nami… Tendremos que separarlas de habitación- decidió, al darse cuenta de que la morena le había dejado su tarea con toda la tranquilidad y el descaro del mundo.

Zoro recibió una patada de Sanji que no se molestó en esquivar. No tardaron ni dos segundos en estar intercambiando golpes como era habitual.

-Vigila tus palabras si no quieres que te arroje por la borda, espadachín sin cerebro- le amenazó Sanji.

-Inténtalo si crees que puedes, cocinerucho faldero- le retó el peliverde, mientras paraba un golpe. En ese momento echó en falta sus katanas, que se habían quedado en cubierta. Se reprendió mentalmente, parecía que no supiera que estar en la misma estancia que Sanji significara necesariamente pelear con él.

-Marimo sin…

El cocinero no llegó a completar el insulto porque en ese momento algo le golpeó en la cabeza con tanta fuerza que le hizo perder el equilibrio. Se sujetó instintivamente en Zoro, quien tensó sus brazos para absorber el impacto y evitar que acabara en el suelo, olvidando que era él quien le atacaba segundos antes.

-Si queréis mataros por mí está bien, pero hacedlo en silencio- bramó Nami desde la ventana. Alzó una mano para recuperar la parte del Climatac que les había arrojado, que ya había terminado su vuelta y regresaba a ella por el efecto boomerang.

-Sí, Nami-san- aceptó Sanji con energía- Moriré en silencio por ti- aseguró, con sus ojos convertidos en dos corazones.

Zoro puso los ojos en blanco y empezó a fregar los platos con más energía de la necesaria. Estaba seguro que si no tuviera una relación tan sólida con la navegante la odiaría con todas sus fuerzas. Nami se limitó a ignorarles y a volver a tomar el sol. Sanji siguió con la mirada el hipnótico caminar de la pelirroja hasta que se tumbó en el mismo lugar en que estaba.

-Oi, oi, vigila- advirtió el cocinero a Zoro, quien estaba dejando los platos enjabonados con tanto ímpetu que podría partirlos en cualquier momento- No te servirá de nada esa fuerza desmesurada si no eres capaz de controlarla- le señaló, mientras le quitaba el siguiente plato de las manos antes de que acabara hecho pedazos- Un plato es frágil como una dama, lo has de tratar con cariño- indicó, con aquella expresión radiante que le iluminaba el rostro cada vez que explicaba cualquier cosa relacionada con la cocina. Daba igual si se trataba de una elaborada receta o de la presentación de la comida, él siempre cuidaba hasta el más pequeño detalle.

El plato se le escurrió al peliverde cuando Sanji lo tomó con tanto cuidado de sus manos que el gesto adquirió el cariz de una sensual caricia, haciendo que toda su piel se electrizara. Sin embargo el rubio no le quitó el plato, simplemente lo sostuvo junto a él, mientras la otra mano del cocinero se cernía en torno a la que sujetaba la esponjita enjabonada y le obligaba a describir lentos círculos sobre el plato. Los músculos del espadachín se movían para seguir los movimientos que marcaba el rubio con una rigidez antinatural, pero aquella inesperada caricia de sus suaves y cálidas manos le había tomado por completo desprevenido.

-Así, marimo torpe- le reprendió, ajeno a lo que estaba haciendo sentir al peliverde.

Zoro abrió la boca para defenderse del insulto, pero no le salió un solo sonido. Ni siquiera pensaba con claridad, simplemente era consciente del imperceptible temblor que sacudía sus manos y se propagaba en forma de corriente eléctrica por toda su piel. Su parte más racional le estaba gritando que se separase de aquel contacto, pero una vez más su cuerpo no le respondía, parecía que Sanji podía derribar con el más inocente de los gestos sus años de disciplina. Se dejó guiar con una docilidad del todo impropia en él.

Aquel gesto que en un primer momento se había hecho tan natural para el cocinero empezaba ahora a asustarle. Era la segunda vez que tocar a Zoro le parecía lo más normal del mundo hasta que se daba cuenta de que su tacto le quemaba y le producía una presión en el pecho que no debería estar ahí. Solamente estaba lavando los platos con el marimo, por favor, lo había hecho miles de veces. ¿Cómo podía provocarle semejante nudo en la boca del estómago? El movimiento de fregar el plato fue perdiendo velocidad hasta que sus manos se quedaron simplemente apoyadas sobre las del Zoro. Antes de que se diera cuenta, sus dedos habían empezado a juguetear con los del espadachín, separándolos y enredándose entre ellos.

Ante aquella nueva caricia Zoro sintió que todo su autocontrol pendía de un frágil hilo. Para Sanji no era más que una inocente forma de hacerle notar sus maneras desgarbadas, pero a él le estaba haciendo darse cuenta de hasta que punto deseaba más contacto con el cocinero.

-Suéltame- pidió el espadachín, con todo el aplomo que fue capaz de reunir.

Sanji se dio cuenta de que estaba cruzando la línea. El marimo siempre mantenía con todos una prudencial reserva, le molestaba que invadieran su espacio personal. Sólo tenía que recordar como había reaccionado ante el beso de Robin, una mujer a la que todo hombre le dejaría hacer cualquier cosa. Sabía que tenía que dejar aquello, pero necesitaba saber hasta donde era capaz de llegar todo aquel torrente de emociones que se agolpaban en su pecho.

-¿Y si no quiero?- le preguntó, curvando una sonrisa en un mudo reto.

Zoro se dio cuenta de que el cocinero había vuelto a entrar en el juego de llevarle en todo la contraría. No podía saber que el juego había cambiado por completo su significado para él.

-Te arrepentirás- le advirtió el espadachín, consciente de que una vez le hubiera demostrado lo que sentía no habría manera de recomponer su relación.

Zoro hizo un brusco gesto para deshacerse del agarre de Sanji, pero este ya se lo esperaba y tan sólo apretó más su presa. El cocinero sintió como el peliverde temblaba bajo sus manos, aquella vibración imperceptible que le sacudía cuando estaba a punto de perder el control pero que él había aprendido a percibir con tanta claridad. Le iba a golpear con todas sus fuerzas.

-Hazlo- le retó. Eso era precisamente lo que necesitaba, un buen puñetazo que le hiciera reaccionar de una maldita vez y sacarse toda aquella confusión de encima.

Zoro retorció una sonrisa macabra. El rubio no tenía ni idea de lo que le estaba pidiendo. Se liberó al fin y agarró al rubio de la camisa, atrayéndolo con brusquedad. Lo único que le impidió besarle fue la brutal intensidad de la pasión que intentaba reprimir, estaba seguro de que si se dejaba ir le haría hasta daño.

-Hazlo- volvió a insistir Sanji, aunque esta vez no estuvo tan seguro de lo que le estaba pidiendo. Había visto el brillo extraño en la mirada de Zoro y algo se había agitado en su interior con una calidez abrasadora.

A Zoro le temblaron ligeramente las manos mientas sostenía la retadora mirada del rubio.

-¡Tierra a la vista!- gritó Chopper desde algún punto del exterior- ¡Una isla, una isla enorme!- anunció con todas sus fuerzas.

El rostro despreocupado del capitán asomó por la ventana medio segundo más tarde, haciendo que el espadachín soltara a Sanji con tanta brusquedad que fue a parar al suelo.

-Pelead más tarde, ahora vamos a prepararnos para desembarcar- ordenó Luffy alegremente.

-Yo me encargo de la vela- rezongó Zoro, saliendo de la cocina sin dirigir una sola mirada al cocinero.

Luffy ladeó la cabeza y contempló como Sanji se ponía en pie con el rostro inusualmente inexpresivo.

-Mmm… ¿Ha pasado algo?- preguntó el capitán con inocencia. El ambiente estaba raro, lo notaba aunque no supiera nada de lo que estaba ocurriendo entre ellos.

-No lo sé- respondió el cocinero con sinceridad.

El capitán se encogió de hombros y se fue corriendo a los remos. Sanji comprobó como estaba el bizcocho del horno y trató de pensar en lo que le acababa de pasar. Algo había cambiado en su manera de interaccionar con Zoro, de reaccionar ante él. Algo tan imperceptible que no acertaba a identificar. Pero aunque no fuera más que una pequeña e inapreciable diferencia, como le había dicho Robin, debería ser bastante para que lo pudiera distinguir. Y no lograba hacerlo.