Capítulo 6: Lola Quiere un Trozo de Pastel
Boston, Massachusetts, Diciembre de 2046.
–Lola reconsidéralo por favor. No puedes irte ahora que tenemos tanto trabajo encima. Recuerda que este negocio funciona solo por tu buen sentido del gusto.
–Lo siento Adrian pero tampoco puedo dejar esto de lado… Es cosa de vida o muerte.
–¿Cosa de vida o muerte?... ¿Lola qué sucede? ¿Acaso estás en problemas?
–… Algo así.
–¿Qué es?… ¿Un ex novio tuyo?... ¿La mafia?
–¡No lo sé con exactitud!… Mira, hice una promesa, ¿si?... Escucha Adrian, necesito que tu te hagas cargo de todo mientras no estoy.
–¡¿Yo a cargo?! –protestó el afeminado asistente de Lola, y tomó un par de platos de porcelana de un mostrador. Cada uno con una muestra de pastel con una diferente cobertura de betún–. La boda de la hija del señor Puga es en tres días y ni siquiera sé que tipo de cubierta escogió para su pastel, ¿la de crema de mantequilla o la de limón?
Al voltearse, la ya de por sí estresada Lola se inmovilizó y se relamió los labios: viendo de pronto lo deliciosas y provocativas que lucían ambas rebanadas. Incluso retuvo un hilo de baba y se mordió las uñas reprimiéndose para no estirar el cuello a darles una salvaje mordida en la que Adrian podría hasta perder los dedos de una mano.
–Dime –volvió a preguntar el acercándole los platos con ambos trozos a la cara–, ¿crema de mantequilla, o limón?... ¿Lola?... Amiga… ¡Hey!, ¿Lola?
Flashback.
Royal Woods, Michigan, Agosto de 2018.
–¡Oye! –reclamó la pequeña Lola en el momento en que Luna entró en la cocina a retirarle su plato con una generosa porción de nuggets de pollo.
–Es la cuarta vez que te sirves –la riñó su hermana rockera.
–¿Qué? –replicó la niña–, estoy creciendo.
–... Lola –empezó a hablar Luna–, esta tarde hablé con tu maestra por teléfono y me dijo que te sorprendió en clases comiéndote un paquete grande de galletas.
–… Tenía hambre –se excusó.
–Ayer habían tres pudines en la nevera –continuó la tercera mayor–, y desaparecieron justo después de que tu llegaste.
–¡¿Me estás acusando de algo?!
–Zolicito permizo para retirarme –las interrumpió Lisa levantándose de su lugar –. Yo… Eh… Tengo que revizar mi exzperimento zuper controlado.
–Yo tengo que dar de comer a mis mascotas –le siguió Lana haciendo exactamente lo mismo.
–Suspiro... Yo también me voy –dijo Lucy sin tomarse la molestia de inventar una excusa como las otras.
–Hermanita, ¿te sientes bien? –preguntó Luna con un tono indulgente hincándose sobre una rodilla para estar a su altura.
–¿Cómo que si me siento bien?
–Bueno…, es que últimamente solo te he visto comiendo y...
–¡Ah!, ahora me estás llamando gorda.
–Olvidé a Lily –se anunció Lucy volviendo a entrar en la cocina para llevarse a la bebé.
–¿No deberíamos ejecutar el protocolo de pelea de hermanas? –sugirió Lana, quien se estaba asomando a la entrada discretamente junto a Lisa.
–Me temo que eza practica ya no rezulta efiziente en nueztro núcleo familiar –explicó la genio.
–No, no te estoy llamando gorda –dijo Luna tratando de ser paciente–. Es solo que me preocupo por ti.
–¡¿Y POR QUÉ MEJOR NO TE OCUPAS DE TUS PROPIOS ASUNTOS?! ¡Ja!, y dicen que la metiche soy yo.
–¡Se acabó, no tendrás postre!
–¡Tu no puedes decirme que hacer! –la desafió Lola.
–¡A tu habitación! –sentenció Luna devolviéndole una severa mirada, que inexplicablemente denotaba una autoridad aun más intimidante que la que Lori había ejercido en el pasado.
Lola pasó dando pisotones frente a la mesa de los grandes, subió las escaleras enfurruñada, entró a su cuarto e hizo azotar la puerta.
Durante el siguiente par de horas Lola intentó distraerse jugando con sus peluches a la fiesta de te, pero estaba de tan mal humor que al final terminó por arrojar su taza contra la cabeza de Mr. Sprinkles.
Su oso de felpa cayó de cara sobre la mesa, y Lola vio el cierre de cremallera que tenía cosido a su espalda. No había vuelto a abrirlo desde que gastó casi todos sus ahorros en reponer y a la vez tratar de deshacerse de esa horrible muñeca de porcelana que en cierta ocasión creyó que la estaba acosando; excepto cuando guardó un regalo que había hallado en su maletín deportivo que en principio pensó era de un admirador secreto.
Lola guardó silenció para cerciorarse de que nadie estuviese circulando afuera, rasgó el zíper cautelosamente, y sacó una caja de bombones adornada con un lindo listón de color rosa.
Primero la desempolvó con un soplido y leyó la nota que tenía pegada.
Para mi princesa favorita.
Aunque no ganaste el concurso regional,
se que lo harás mejor el próximo año.
Te quiere Lincoln.
En el reverso de la tarjeta decía:
PD: procura que este sea nuestro secreto.
Ya sabes lo que hacen las chicas cuando
hay chocolate cerca ; )
≪Que considerado… Y yo ni siquiera llegué a darle las gracias≫.
Lola destapó la caja y se llevó un bombón a la boca. Al sentir como el chocolate se derretía entre su lengua y el paladar, unas cuantas lagrimas brotaron de sus ojos.
Así, sin siquiera a esperar a acabárselo, tomó el segundo y luego un tercero.
Ya estaba por tomar el cuarto, cuando la puerta se abrió suavemente y Luna entró en la habitación.
–Hermanita, quería hablar con... ¡¿Pero qué cara...?!
–¡Hey! –chilló Lola cuando Luna le arrebató la caja de sopetón–, ¡eso era mío!
–Ya fue suficiente. Desde mañana estarás a dieta. Nada de dulces, ni sodas, ni ningún tipo de comida chatarra para ti.
–¡Tu no eres mi mamá!... ¡¿Quién te nombró a ti como la jefa de esta casa?!
–Nadie –respondió la otra de manera cortante y sin regresar a ver a su hermana pequeña–. Pero alguien tiene que evitar que esta familia se desmorone.
–Si sabes que actuar como Lori no hará que el regrese ¿verdad?
Luna se retiró sin querer contestar a ese ultimo comentario, y fue a encargarles a Leni y a Luan que la ayudaran a vigilar a Lola por si acaso esta pretendía volver a bajar a la cocina. Después arrojó los bombones a la basura al comprobar que estos estaban rancios.
Ya pasada la medianoche, cada una de las gemelas estaba acostada en su respectiva cama sin poder conciliar el sueño. Lola miraba al techo pensativa mientras que, acurrucada entre sus cobijas, Lana seguía preguntándose si debía contarle o no a su hermana lo que vio esa misma tarde en la biblioteca.
–Lana…
–...
–Lana...
–Mhp… ¿Qué?
–... Nada.
–...
–Lana…
–¿Qué quieres?
–... ¿Cómo va tu proyecto secreto?
–... Mal.
–¿Qué pasó con la maqueta…, y los planos?
–¡¿Eh?!
–¿Que no salieron cómo esperabas?
–Espera, ¿cómo sabes que...?
–Lana somos gemelas. Te conozco mejor que nadie. ¿Crees que no sé que has estado tratando de...? Olvídalo. No fue mi intención entrometerme.
–...
–... Recuerdo... Que nos daba galletas con chispas de chocolate para que dejáramos de pelear todo el tiempo.
–… y ahora que no está ya ni peleamos por nada.
–Si… ¿Te conté que el me enseñó a leer?
–Como doscientas veces.
–... Lo extraño mucho.
–... Yo también.
–... Tu... ¿De veras crees que aun podría estar...?
–No quiero hablar de eso.
–Discúlpame.
–...
–Eh... ¿Tienes una galleta?
–No.
–... ¿Un chocolate?
–Tampoco.
–... Tengo hambre.
–Ya duérmete de una vez.
–Lana...
–…
–Lana…
Su gemela se sumergió bajo las sabanas sin ánimos de seguir charlando.
Pasaron otros diez minutos, y Lola se puso en pie y salió a hurtadillas de su habitación para bajar a la cocina aprovechando que a esa hora sus hermanas mayores ya estaban durmiendo.
En cuanto abrió la puerta de la nevera queriendo buscar un pudín, tuvo que retroceder para dar espacio a un centenar de globos de múltiples colores que pasaron volando frente a ella y fueron a dar hasta el techo.
De inmediato descartó la posibilidad de que se tratara de alguna trampa plantada por una de sus hermanas para proteger sus sobras (como por ejemplo que los globos fueran a estallar y la bañaran en pintura o sangre de cerdo), si ya ni hacían eso desde hacía mucho tiempo.
Igual los globos quedaron en un plano secundario, comparados con la sorpresa tan desagradable que la hizo querer gritar histéricamente en vez de empezar a hipar como en realidad sucedió.
En uno de los compartimentos estaba Lindsey Sweetwater, su antigua rival de los certámenes de belleza infantiles y una de los tantos niños desaparecidos en Royal Woods. Su pequeño cuerpo cabía perfectamente en la estrecha zona naranja, debido a que estaba doblado de formas relativamente imposibles.
Lola perdió el apetito de un zarpazo y dejó escapar un silencioso eructo con gusto amargo.
Con mucha dificultad, el cuello roto de Lindsey giró trescientos sesenta grados haciendo crujir sus vertebras cervicales. Sus ojos coagulados apuntaron a Lola y sus labios muertos se curvaron en una mefistofélica sonrisa.
–Si sigues comiendo así no llegarás muy lejos en los concursos Lola –habló repentinamente su cadáver. De su boca salivaba un agua negruzca–. Te pondrás gorda y fea.
Nuevamente, Lola quiso gritar y salir corriendo a refugiarse en la habitación de mamá y papá, cuando entonces se congeló al sentir la fría respiración de alguien que estaba parado justo detrás de ella resoplándole en la nuca.
Lola se dio la vuelta des-pa-ci-to… Para encontrarse con Skippy, el amigo del taller de bicicletas de Lana. La mitad de su cara estaba corroída a dentelladas, así como apareció ese día flotando boca abajo en el pantano del parque Tall Trees.
–Hora de flotar cuñis –dijo el con la jeta moviéndose en dos pedazos grotescamente desconectados.
–Nos fuimos flotando… –continuó Lindsey–. Pero si vienes con nosotros, también flotarás.
A Lola empezó a dolerle la cabeza y sus dientes le cosquillearon. En eso, el suero de un queso enmohecido situado detrás del mismo compartimento (y que tampoco debería estar ahí puesto que Lynn Sénior era muy meticuloso en no dejar que los alimentos se dañaran) se escurrió y tomó la forma de una rara masa gelatinosa que se adhirió al cuerpecito contorsionado de Lindsey conforme crecía gradualmente.
–Vas a flotar Lola, flotarás, flotarás, vas a flotar –siguió repitiendo Lindsey mientras iba disolviéndose hasta los huesos dentro de ese transparente moco palpitante que a su vez se fue tornando de un color morado rojizo–. ¡Vas a flotar!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!, ¡VAS A FLOTAR!...
Lola tragó un nugget semidigerido que subió hasta su faringe, cerró la nevera de golpe y ahí si salió corriendo de la cocina. La masa sanguinolenta salió por entre las rendijas de la puerta del refrigerador formando un enorme charco en el piso.
–Corre, corre que te alcanzo. Croack, croack, croack. Croack, croack, croack… –canturreó Skippy.
Se detuvo en el umbral del comedor, para ver horrorizada como esa cosa amorfa se hacia mucho más grande y se tragaba a Skippy cuya piel se derritió adentro como si fuera un helado.
–Has engordado cuñada –dijo el chico en carne viva–. Con tantas ricas golosinas que te has comido resultarás mucho más apetitosa.
Skippy quedó reducido a un montón de sangre, tripas y huesos en el interior de la mancha voraz que creció hasta tocar el techo y se arrastró acechante hacia Lola claramente con intención de devorarla también.
La pequeña asustada, no tuvo mejor idea que correr a subir los escalones de dos en dos. Llegó hasta el único baño a encerrarse, aseguró la puerta y tapó las rendijas con toallas y trozos de papel higiénico para que la masa no pudiese pasar.
Justo entonces se acordó de que su familia también corría peligro y quiso salir a advertirles, cuando de repente escuchó venir un gorgoteó del desagüé de la bañera.
Suponiendo que eso en realidad era la cosa de la cocina que había entrado por el fregadero y se había arrastrado por las tuberías hasta allí, Lola se limitó a arrinconarse junto al inodoro para esperar su inevitable final.
–No te preocupes, no voy a hacerte daño… Solo quería saludarte.
≪¡Pero que ra…!≫.
Intrigada se asomó a ver. El tapón salió disparado hacia el techo y un par de manos enguantadas se asomaron por la boca del desagüé.
–Está muy estrecho aquí. Déjame agrandarlo un poco.
Lola sintió un espasmo en el vientre e hipó y se cubrió la boca para contener otro amargo eructo.
Las dos manos deformaron el suelo de la tina abriendo un enorme agujero por el que un feo payaso sacó la cabeza.
–Aquí estoy –la saludó sacudiendo una mano. Con la otra señaló al hoyo–. Oye, creo que te gustará lo que hay aquí abajo.
Lola abrió la boca para gritar por ayuda, pero en su lugar emitió un sonido de asco al que le siguió una arcada.
–De nada te sirve correr pequeña mocosa –rió el payaso. Sus ojos eran amarillos como los del monstruo de la laguna negra, y sus dientes filosos y marrones como los del monstruo de la laguna negra–. Me apareceré en tus sueños, vendré muchas veces. Vuelve cuando quieras y no olvides traer a tus hermanas.
–¡MAMII! ¡PAPII! –estalló al no poder soportarlo más.
Ahí se oyeron unos golpes y Lana entró tras haber forcejeado exitosamente la puerta del baño seguida por sus padres y el resto de sus hermanas con excepción de Lynn.
–¡Lori! –sollozó la niña yendo a abrazarse a las piernas de su hermana más grande.
–Lo-Lo… Lo-Lo… Lo-Lo… ¡Lola! –tartamudeó Lori–. ¿Q-q-qué fue lo que p-p…?
–¿Qué es este desastre? –preguntó Rita pasando junto a las tollas desdobladas y los restos del papel.
–El pa... El pa... –balbuceó Lola señalando la tina.
–¿El pa? –repitió Lynn Sénior agachándose a ver.
–¡No papi! –quiso alertarlo su hija asomándose también, solo para darse cuenta de que el payaso ya se había ido y el agujero del desagüe había vuelto a su tamaño normal.
–¿Lola qué hay aquí? –volvió a preguntar Lynn Sénior.
El payaso, fue lo que intentó responder pero la peristalsis inversa le ganó y apenas alcanzó a ir a meter su cabeza en el inodoro para vomitar.
–¡BUAHG!... ¡BUAHG!... Ay, ay… ¡BUAHG!...
–Te dije que no comieras tanto –la regañó Luna–. A ver, déjame sujetarte el cabello.
Fin del Flashback.
–Tierra a Lola… ¿Me escuchas?
–¿Ah?… Perdón. Dime Adrian.
–Te decía que cual pastel debo usar en la boda de la hija de Puga, si el de crema de mantequilla o el de li... Nha, olvídalo. ¿Ves?, no podemos hacer nada si tu no estás aquí para dirigirnos.
–Ahora tu escúchame bien –insistió Lola sobándose el abdomen al sentir un repentino dolor estomacal–. Confió en que harás un buen trabajo Adrian. Regresaré en unos días. Hasta entonces TU estás a cargo…, y por favor aleja esos pasteles de mi.
Lola agarró su bolso y salió a toda prisa de su establecimiento.
