Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen a mí, sino a la prodigiosa Yana Toboso.
CAPÍTULO 6
Frota chata que sale horchata
Desde el incidente de las Jornadas Culturales, Sebastian se sentía intranquilo. Ya habían pasado varios días, y por el momento Ciel no había tomado represalias de ningún tipo contra su persona. Por supuesto, sería iluso pensar que saldría impune después de haber denigrado al crío de semejante manera, pero la esperanza era lo último que se perdía.
Cada mañana, Sebastian recogía a Ciel de su casa y juntos caminaban hacia el instituto. El pequeño siempre iniciaba una conversación, que muchas veces acababa convertida en un monólogo por la falta de cooperación de su compañero. La mayoría de las veces, Sebastian se limitaba a responder con monosílabos y frases cortas, siempre alerta por si Ciel intentaba algo.
Claro que, estar constantemente atento y preparado resultaba agotador, por eso, con el tiempo, Sebastian se había ido relajando hasta pensar que quizás Ciel sí había reflexionado sobre lo ocurrido y de verdad había aprendido una lección. Además, el mocoso no había vuelto a insinuársele o a intentar un acercamiento con intenciones poco decorosas desde entonces; lo cual, si se le permitía pensarlo, era un alivio.
Esa mañana concretamente, todo parecía seguir su curso. Sebastian caminaba junto a Ciel, que no paraba de parlotear mientras el mayor le escuchaba a medias. Tan solo faltaban un par de calles más para llegar al instituto, y entonces Sebastian se libraría de Ciel, con un poco de suerte, por el resto del día. Sin embargo, Ciel hizo algo que rompió la encantadora rutina en la que parecían haberse sumergido:
—Sebastian, tú también has escuchado los rumores, ¿verdad? —le preguntó el pequeño, parándose en mitad de la calle, dándole la espalda.
—¿Rumores? No sé a qué te refieres —contestó Sebastian con honestidad. Por acto reflejo, él también se había detenido y ahora contemplaba con ojos curiosos y cautelosos la pequeña forma de Ciel, estática. Como no podía verle la cara, era difícil saber en que estaba pensado.
—Esa animadora, Beast, si no recuerdo mal, va a pedirte salir hoy —comenzó a decir Ciel, y su voz sonaba demasiado dulce y tranquila como para augurar nada bueno—. No sé cuál es tu opinión con respecto a ella, y tampoco quiero saber lo que piensas de esto, pero cuando esa zorra te pida salir, la dirás que no y la romperás el corazón delante de todo el instituto.
Dicho eso, Ciel reanudó la marcha dejando tras de sí a un Sebastian estupefacto. Era obvio que Sebastian conocía los rumores, y aunque en su mente él nunca se había planteado darle una oportunidad a la chica, que Ciel se lo prohibiese con semejante desparpajo le cabreaba. Después de todo, su relación con Beast formaba parte de su vida privada, y nadie más que él debería poder opinar nada al respecto.
Cuando llegaron al instituto, Ciel hizo su desaparición y Sebastian fue a encontrarse con Claude, que le esperaba junto a las escaleras.
—Últimamente pasas mucho tiempo con ese mocoso —observó Claude, cruzándose de brazos—. Todas las mañanas la gente os ve llegar juntos al instituto, y como te descuides, pronto empezarán los cotilleos.
—¿Te refieres a Ciel? No es más que un niño que me cogió cariño después de ayudarle el otro día, nada más. Supongo que soy algo así como su héroe —mintió Sebastian, aguantándose las ganas de sonreír ante la ironía.
—Héroe o no, que yo sepa nunca antes te habían importado los sentimientos de los demás, así que deshazte de él. Ese Ciel es malo para tu imagen.
La mirada de Sebastian se endureció.
—Cuidado, Claude. Me desharé del niño solo cuando yo lo considere apropiado. Así que recuerda tu posición, no vuelvas a darme una orden y quizás te deje seguir siendo mi perrito faldero un poco más.
Claude no respondió, aunque la tensión entre ambos era palpable. En silencio caminaron hasta llegar a la primera clase, y así avanzó el resto del día, con Claude lanzándole cuchillos invisibles con la mirada y probablemente deseando que se atragantase con su propia saliva hasta morir. Aunque su querido amigo tenía razón en una cosa: a Sebastian no solían importarle los sentimientos de los demás, y eso incluía los de Claude.
Cuando terminó la última hora de clases, Sebastian se dirigió a su taquilla para poder recoger unos libros de texto que necesitaría para este fin de semana. No obstante, cuando descubrió a Beast esperándole allí, sus labios se torcieron en una mueca exasperada. Ahora no estaba de humor para esto.
Beast parecía nerviosa y sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas, como si el mero hecho de encontrarse frente a Sebastian bastase para ruborizarla. Hoy iba vestida con una camisa excesivamente escotada que resaltaba sus enormes pechos, vaqueros ajustados y unos botines con plataforma negros. Cualquiera que la viese pensaría sin duda que la joven era toda una belleza, pero a Sebastian en cambio se le revolvió el estómago mientras forzaba una sonrisa.
—Sebastian yo… te he estado buscando para preguntarte una cosa. —A diferencia de las otras veces que se habían encontrado, la voz de la chica se escuchaba tímida e insegura. Beast era conocida por ser temperamental y decidida, por lo que esta actitud era toda una sorpresa.
Las palabras de Ciel resonaron en la cabeza de Sebastian, y casi al instante el chico sintió la rabia fluyendo por sus venas, pero logró controlarse antes de que esa rabia se reflejase en su rostro.
—Veras, desde la otra noche no he podido dejar de pensar en ti, en nosotros —explicó Beast, refiriéndose a la noche en la que Sebastian se la folló cuando estaba tan borracho que no habría sido capaz de distinguir un coño de una batidora—. Por eso he pensado que deberíamos darnos una oportunidad para hablar y conocernos mejor. Me interesas, Sebastian Michaelis. Creo que incluso podría admitir que me gustas.
Ojalá Sebastian pudiese corresponder a sus sentimientos como era debido y darle la respuesta que ella quería escuchar. De hecho, si ese fuese el caso, su vida sería mucho más sencilla.
—Mira, Beast, eres una chica preciosa y seguro que hay muchos otros chicos por ahí deseando ofrecerte algo mucho mejor de lo que yo jamás podría ofrecerte, pero…
—¡No! —exclamó ella antes de que Sebastian pudiese darle un ultimátum y rechazarla—. Solo dame una oportunidad. Solo una.
Sebastian suspiró audiblemente.
—Quedemos esta tarde en el Starbucks del centro. Allí podremos hablar, y si después de todo no quieres nada conmigo, entonces te dejaré en paz —sugirió la chica apresuradamente.
—De acuerdo, te daré una oportunidad para convencerme —concedió Sebastian.
Quizás fueron las ganas de rebelarse contra Ciel las que le impulsaron a aceptar la propuesta de Beast, pero el caso es que hoy a las seis y media, Sebastian tenía una cita con la animadora. Habiendo terminado por fin la tediosa conversación, y después de haber espantado con una mirada de advertencia a todos los curiosos que se les habían quedado observando, Sebastian por fin salía del instituto.
Si tan solo el resto del día hubiese continuado su curso sin incidentes, Sebastian habría llegado a casa y se habría tirado sobre el sofá del salón con las Converses puestas, aprovechando que Tanaka no había llegado todavía del trabajo para regañarle. No obstante, la visión de un Ciel enfadado esperándole frente a la entrada del instituto anunciaba un cambio drástico de planes para él.
—¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó Sebastian, porque Ciel y él nunca se iban a casa juntos.
—Cállate, aquí las preguntas las hago yo. ¿Qué le has dicho a esa puta?
Que Sebastian no respondiese a la pregunta solo parecía enfurecer a Ciel todavía más.
—Le has dicho que sí, ¿no es cierto? A pesar de que te pedí claramente que no lo hicieses.
—En primer lugar, solo vamos a quedar hoy para hablar. En segundo lugar, si quiero salir con ella, saldré con ella. Al igual que si quiero tirármela, besarla o tener putos niños con ella, también lo haré. Es mi vida y tú no decides por mí.
Ahora Ciel temblaba y su cara estaba roja a causa de la cólera contenida. Era obvio que el pequeño estaba haciendo un gran esfuerzo por no ponerse a gritar en mitad de la calle; algo poco habitual en él, porque siempre que estaban juntos, Ciel parecía controlar sus emociones a la perfección.
—Vale. Como quieras —siseó Ciel, introduciendo una mano en el bolsillo de su pantalón y sacando de él su móvil—. Por cierto, ¿has visto mi nuevo fondo de pantalla? Creo que es muy artístico, pero me gustaría tener la opinión de alguien que sepa un poco más del tema.
Cuando Ciel le enseñó la pantalla del dispositivo, Sebastian apretó tanto la mandíbula que sus dientes amenazaron con partirse. Como no, el wallpaper de Ciel era su foto; la misma que arruinó su vida cuando le ancló a este crío psicópata y controlador.
—He escuchado por ahí que a Beast le gusta el arte. ¿Qué crees que opinará ella de esta foto?
—Espera, no lo hagas —pidió Sebastian, aunque no estaba seguro de que era más humillante: si tener que doblegarse ante un mocoso como Ciel, o si dejar que la chica enamorada de ti descubra que te atraen las pollas más que a un tonto un lápiz.
—¿Y por qué no? Últimamente no haces más que decepcionarme. Si sientes tan poco interés por conservar tu vida perfecta y a tus amigos, entonces dímelo y haré pública esta foto de inmediato.
—Ciel, ya basta. Haré lo que quieras, pero no mandes la foto —masculló Sebastian, preguntándose para sus adentros como se sentiría arrancarle la cabeza a Ciel.
—De acuerdo, me has convencido. Te daré una última oportunidad.
—¿Debería darte las gracias? —inquirió Sebastian con sarcasmo.
—Si de verdad quieres que perdone tu desobediencia, acompáñame al baño —ordenó Ciel, ignorando por completo la pregunta de Sebastian.
—La experiencia me ha demostrado que no eres la persona más capaz que conozco, pero creo que hasta tú podrás mear solo —escupió Sebastian venenosamente.
—Tus deducciones son correctas, pero no te preocupes, asuntos escatológicos aparte, lo que vamos a hacer en el baño es mucho más divertido.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, y prefiriendo no indagar en la clase de diversión que tenía Ciel en mente, Sebastian dejó que el crío le condujese a los baños de la planta baja del instituto.
—Si yo fuese tú, atrancaría la puerta —avisó Ciel, apoyándose contra uno de los lavabos.
—Si yo fuese tú, buscaría hobbies normales y actuaría como un niño de tu edad —replicó Sebastian, aunque de todos modos obedeció y atrancó la puerta.
Por toda respuesta, Ciel le dedicó una sonrisa radiante. Después, del bolsillo pequeño de su mochila sacó algo que escondió en un puño cerrado.
—Verás, como sabía que al final acabarías haciendo lo que te da la gana, me he preparado para este momento y he comprado una cosita por Internet que seguro que te ayudara mucho a comprender mi punto de vista.
Sebastian entornó los párpados, dirigiéndole a Ciel una mirada llena de desconfianza.
—¿Qué estás escondiendo en esa mano?
La sonrisa de Ciel se ensanchó.
—Ya veo que estás ansioso. Eso es buena señal —comentó él con alegría.
—Ciel… —gruñó Sebastian, esta vez con un tono de advertencia en la voz.
Por fin, Ciel abrió la mano y reveló lo que residía en su palma: una pequeña bala vibradora de color plateado.
Los ojos de Sebastian se abrieron como platos y su boca pronunció silenciosamente la palabra "no". De ninguna manera iba a permitir que Ciel utilizase esa cosa con él. Ni hablar. Antes muerto.
—Sé lo que estás pensando, pero antes de que digas nada, solo quiero que pienses en lo que está en juego. Si te niegas, lo podrías perder todo —anunció Ciel—. No obstante, también sé que esta es una decisión difícil de tomar, así que te daré algo de tiempo para decidir qué hacer. Tienes hasta tu cita con Beast para pensártelo, aunque te advierto que si no llevas puesta la bala entonces, lo sabré.
Con indecisión, Sebastian cogió el pequeño juguete y se lo guardó en el bolsillo.
OoOoO
Sebastian no lo había debatido mucho consigo mismo. En realidad, prefirió no pensar en ello hasta que el tiempo se le echó encima, y entonces, sin ningún miramiento y con un poco de lubricante, se introdujo la bala en el recto. Por mucho que Ciel adornase sus amenazas, en el fondo Sebastian no podía hacer otra cosa. Someterse era lo única opción que le quedaba. Además, el juguetito era tan diminuto que el estudiante apenas lo notaba dentro, así que seguro que podría aguantar fácilmente un par de horas con ello en su cuerpo.
Cuando llegó al Starbucks donde Beast y él habían quedado, la chica ya le estaba esperando sentada en una de las mesas. Al parecer se había vestido y maquillado más provocadora que de costumbre solo para la ocasión.
—¡Sebastian! —le llamó ella felizmente desde la mesa, levantándose para abrazarle a modo de saludo y revelando en el proceso la parte inferior de su conjunto: una ajustada minifalda acompañada de unos botines negros con tacón de aguja. Solo con verla, la polla de cualquier tío habría pegado un brinco.
—Buenas tardes —saludó Sebastian, esbozando una sonrisa encantadora—. Espero que no lleves mucho tiempo esperando aquí.
—Oh, no te preocupes, acabo de llegar. ¿Nos sentamos? —ofreció la chica, a lo que Sebastian asintió.
—Primero pidamos algo para tomar. Yo invito —dijo él.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto. Después de todo, dejar que pague una señorita tan guapa como tú sería un crimen —aduló Sebastian—. Tan solo dime que te apetece.
—En ese caso, tomaré un Frappuccino de caramelo —contestó Beast, apartando la mirada azorada.
Sebastian, como el galán que le gustaba aparentar ser, espero la cola y pidió la bebida de la chica junto con un cappuccino para él. Cuando le sirvieron las bebidas, Sebastian las cogió y regresó a la mesa.
Al principio todo iba bien. Beast era una chica encantadora a su manera, y en otras circunstancias, ambos habrían hecho una bonita pareja. Sin embargo, algo no cuadraba. Aunque hablaban y bromeaban con facilidad, Sebastian era incapaz de prestar verdadera atención a la conversación. Había algo que le inquietaba, y una rápida ojeada alrededor del local le dijo que era: un par de ojos azules les observaban atentamente desde una de las otras mesas. Al ver como la sonrisa se disipaba de su rostro, Beast se preocupó y arrugó el entrecejo.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó ella—. De repente tienes mala cara.
—Eh, sí… perfectamente —contestó Sebastian distraidamente, apretando los puños por debajo de la mesa cuando Ciel le sonrió y le enseñó una especie de aparatito parecido a un iPod que sostenía en una de sus manos.
—¿Estás seguro? —insistió Beast.
Justo cuando Sebastian abrió la boca para responder, Ciel pulsó uno de los botones del aparato. Sin poder evitarlo, Sebastian dio un bote en su asiento a causa de la sorpresa cuando la bala comenzó a vibrar dentro de él.
—¿Sebastian…? —preguntó Beast, contemplándole asustada.
—Ahhh, nada, nada —siseó Sebastian, apretando las piernas aunque sabía que no serviría de mucho—. Es que estoy un poco cansadooo. —La "o" se le deslizó cuando las vibraciones aumentaron de potencia. Debido al movimiento del indómito juguete, ahora la bala se había desplazado hasta presionar directamente contra su próstata, provocando que su cuerpo se convulsionase por acto reflejo.
—De acuerdo… si es solo eso —murmuró Beast, no muy convencida—. Aún así, no has respondido a mi pregunta: ¿Qué quieres estudiar?
—Ohhug, bueeeno… —dijo Sebastian, cerrando los ojos con fuerza, simulando estar pensando la respuesta cuando en esos momentos ni siquiera era capaz de recordar su apellido—. Me gustan las m-mates y la física, la música…
—Eh, comprendo… —asintió Beast, algo confusa por el extraño comportamiento del chico—. A mí también me gusta la música, me parece fascinante. ¿Y qué tipo de música escuchas? A mí me gusta el rock alternativo y siento debilidad por My Chemical Romance.
—Nononono —suplicó Sebastian cuando la bala tembló con tanta fuerza, que por un segundo sus ojos bizquearon. Lo peor de todo era que desde su mesa, Ciel parecía estar pasándoselo en grande.
—Sí, ya lo sé, mucha gente les odia, pero yo creo que también tienen buenas canciones, solo que cuando algo se vuelve muy famoso, la gente comienza a despreciarlo y a sacarle pegas por todas partes.
—E-es demasiado… —Ahora la velocidad del juguete se iba alternando, volviendo loco a Sebastian, que se había visto obligado a bajar la cabeza y morderse el labio inferior con fuerza para no gemir lastimosamente.
—Tienes toda la razón, es demasiado triste, pero así es la sociedad de hoy en día.
Esto iba fatal. Si las cosas seguían así, su polla terminaría haciendo estallar el botón de su pantalón de lo dura que estaba. Ciel no le daba ningún respiro, aunque conociéndole, Sebastian no esperaba recibir ningún tipo de misericordia por su parte. Desesperado, Sebastian se levantó de su asiento de golpe, colocándose su chaqueta por delante del cuerpo para disimular su problema.
—V-voy un segundo al baño —informó él.
—De acuerdo, aquí te espero —dijo Beast, aunque Sebastian ya se había marchado.
Cuando Sebastian llegó hasta la mesa de Ciel, descubrió que el niño se estaba comiendo una tarta de Oreo con toda la tranquilidad del mundo. Mientras tanto, la mano que tenía libre trasteaba con el control de la bala. Sin vacilar, Sebastian le arrebató el plato con la tarta y se lo estampó contra el pecho.
—Ups, que torpe soy, te he tirado la tarta sin querer. Será mejor que me acompañes al baño para que podamos quitarte esa mancha. —Sin esperar respuesta, Sebastian agarró a Ciel del brazo y le arrastró consigo hasta los baños.
Dichos baños estaban vacios a excepción de un adolescente con la cara repleta de acné que parecía estar estallándose un grano, pero después de recibir una mirada asesina por parte de Sebastian y un "largo" pronunciado con voz de ultratumba, el chico salió por patas, dejándoles solos.
—Al suelo —ordenó Sebastian, obligando a Ciel a arrodillarse.
—¡¿Qué te crees que haces?! —protestó Ciel, tratando de resistirse mientras luchaba por ponerse en pie otra vez, pero la mano de Sebastian sujetando su cabeza se lo impedía.
Entonces, Sebastian soltó a Ciel, arrojó su chaqueta al suelo y se desabrochó los pantalones liberando de ese modo a la sorpresita que aguardaba en su interior. Casi de inmediato, los ojos de Ciel se abrieron como platos. La monstruosa polla de Sebastian le había dejado sin palabras.
—Mira lo que has hecho, maldito mocoso —gruñó Sebastian—. Ahora vas a portarte bien por una vez en tu vida y vas a hacerte responsable de tus acciones.
—E-es enorme —titubeó Ciel, maravillado.
—Ciel, no lo pienso repetir. Mi pene está tan duro que si te diese un pollazo con él en la cara, te dejaría inconsciente —advirtió Sebastian.
Todavía en estado de shock, las manos temblorosas de Ciel se envolvieron alrededor del órgano suave y caliente. El tronco era tan grueso que sus deditos eran incapaces de rodearlo por completo. Despacio, sus manos comenzaron a deslizarse arriba y abajo.
—Ahh, siii… —suspiró Sebastian, echando la cabeza hacia atrás.
Tímidamente, la lengua de Ciel lamió el glande, y el pequeño hizo una mueca de desagrado ante el inesperado sabor que asaltó sus papilas gustativas.
—¿A qué viene esa cara? —inquirió Sebastian—. ¿No me digas que nunca antes habías chupado una polla?
—Eso no es de tu incumbencia, y cierra el pico. Si me cabreas te morderé —amenazó Ciel, abochornado. No obstante, tanto él como Sebastian sabían que era una amenaza vacía.
—Siento desilusionarte, pero no tenemos tiempo para ir despacito y hacer de esto una experiencia agradable para ti, princesa. Estamos ante una emergencia, y si no te das prisa, mis huevos van a estallarte en la cara.
—De acuerdo, tan solo… dame un poco más de tiempo. Ni siquiera creo que esta cosa que me quepa en la boca.
—Pues a Beast le entró en el coño perfectamente. Aunque no te preocupes, si te sientes tan incapaz de hacerlo, iré a llamarla para que sea ella quién me ayude…
—¡No! Si dejas que esa puta te toque, arruinaré tu vida —bufó Ciel. Después, como si quisiese demostrar que podía hacerse cargo de la situación, el crío sujetó el pene con más convicción de la que sentía y se introdujo la cabeza en la boca, sorbiendo con fuerza.
—Bien, sigue así —aprobó Sebastian. A pesar de sus palabras, elegiría mil veces la boca pequeña y húmeda de Ciel sobre la de Beast.
Como meterse la polla de Sebastian entera en la boca sin morir por asfixia era imposible, Ciel utilizó una de sus manos para hacerse cargo de la base, mientras su lengua repartía lamiditas por la parte superior como si se tratase de un gatito ansioso por beber un tarro de crema. En realidad, el sabor de Sebastian no estaba tan mal, solo era cuestión de acostumbrarse. Además, chupársela merecía totalmente la pena solo por escuchar sus gruñidos y jadeos ahogados.
Cuando tras un arrebato de valentía Ciel decidió introducirse el pene hasta la garganta, un ataque de arcadas amenazó con hacerle vomitar.
—Tranquilo, ten cuidado y respira. No seas bruto —le dijo Sebastian, acariciándole los cabellos dulcemente por acto reflejo, pero entonces, como si se hubiese quemado, retiró su mano al recordar con quién estaba tratando. Por algún motivo, aquel gesto pareció molestar a Ciel.
Incluso si la actuación de Ciel resultaba algo deficiente e inexperta, Sebastian estaba tan cachondo que sentía que en cualquier momento se correría, y que Ciel introdujese la mano en el bolsillo de su pantalón para volver a activar bala fue el empujoncito que le bastó para alcanzar el orgasmo.
Sorprendentemente, Ciel consiguió tragarse todo el semen sin atragantarse, y después, como si fuese una marioneta a la que acaban de terminársele las pilas, se dejó caer contra las piernas de Sebastian, agotado. Su mandíbula le dolía y su propia polla palpitaba dentro de sus pantalones, pero por alguna razón, no quería pedirle ayuda a Sebastian, y sabía que el mayor no se la ofrecería. En su lugar, simplemente susurró:
—No salgas con ella.
Sebastian, que todavía respiraba agitadamente, no respondió.
OoOoO
Una vez que Sebastian se hubo deshecho de la bala y después de asearse un poco, Ciel y él salieron del baño. Milagrosamente, nadie había entrado mientras ambos se encontraban en mitad de la faena. Sin dedicarse una palabra de despedida, cada uno se fue por su lado.
Cuando Sebastian volvió a su mesa, Beast todavía le estaba esperando y se veía genuinamente preocupada.
—¡¿Sebastian, dónde estabas?! ¡Tenía miedo de que te hubiese pasado algo!
Alzando la mirada para clavar sus ojos borgoña en los de ella, Sebastian hizo lo que debería haber hecho desde un principio esa mañana:
—Lo siento mucho, pero he comprendido que tú y yo no tenemos futuro. Espero que lo entiendas, y si no, lo siento por ti. Así que por favor, no vuelvas a llamarme ni a dirigirme la palabra.
No queriendo ver las lágrimas que seguramente adornarían los ojos almendrados de la chica, Sebastian salió del Starbucks lo más rápido posible, deseando poder olvidar lo que acababa de ocurrir.
¿Pero olvidar el qué, Sebastian? ¿Lo de Beast o lo de Ciel? En fin, que se le va a hacer, habrá que esperar para ver a qué se refiere este hombre...
Cambiando de tema, tal y como prometí, aquí está el capítulo, y técnicamente todavía es fin de semana... (por lo menos aquí). Por cierto, esta es la primera vez que escribo una escena con un juguetito, y seguro que nadie se esperaba que Sebastian fuese la víctima... xd.
Por último, muchas gracias por los reviews, os amo fuerte. Y ya que estamos, os comento que desde mi punto de vista, los reviews son como el pago que recibe un escritor de fanfics, así que ya que estamos prácticamente en Navidad, ¿qué tal si me dais una buena paga extra? *guiño guiño, codazo codazo, patada voladora*
