Shingeki no es mío y el Rivamika tampoco, ya lo saben.
Levi olvidó, causa de las múltiples misiones y la pérdida de éstos en su infancia, qué era tener una familia por la que volver a casa. Con el paso del tiempo, el hombre reconoció que era fácil vivir solo, pero habitar con los recuerdos de una vida pasado era algo muy complicado de sobrellevar, hasta para el soldado más fuerte de la humanidad. Chasqueó la lengua y bebió de su taza de té sin dejar de detestar aquel apodo que, a día de hoy, todos los habitantes vociferaban cuando le observaban ir o volver encima de su caballo.
Dejó de beber cuando, sorprendiendo a su acompañante, la puerta se abrió con dificultad y, ante él, apareció la menuda complexión de su, hasta ahora, hija postiza. Acompañada por su largo vestido blanco y su chaquetita rosada, Mikasa Ackerman observó a su padre adoptivo e intentó, por todos los medios, que él le devolviera la mirada y le explicase, además, cuál era el papel de aquel molesto hombre que había proclamado ser quién le llevase junto a su nueva familia. Éste apareció tras ella y, al ver la confianza que Levi depositó en él con un único 'puedes llevártela', Mikasa se revolvió en sus brazos con los dientes totalmente apretados y las lágrimas surcando su porcelánico rostros, mientras lanzaba palabras al viento que Levi nunca respondería, Mikasa nunca hallaría respuesta y ambos nunca serían capaces de olvidar. El desconocido, dolorido por un golpe en la barbilla que causó la pequeña con uno de sus bruscos movimientos, chilló y llevó sus grandes y cayosas manos hasta ésta sin percatarse de la libertad con la que gozaba, momentáneamente, la pequeña. Poseyendo una experiencia como la suya, el hombre no demoró en volver a tener a la niña entre sus brazos y, ésta vez, coger la maleta apoyada en el marco de la puerta y, además, no dejarle despedirse del que, por las palabras que ella empleaba, había sido su padre durante los pocos meses que compartieron juntos.
—¡El señor Levi es un mentiroso! —lloró, desconsolada—. ¡El señor Levi me prometió que nunca se iría de mi lado y que podría quedarme con él para siempre! —Los recuerdos asaltaron a ambos y la despedida se convirtió en un reproche por parte de la pequeña. Levi, sentado en la mesa y esperando terminar su taza de té, quiso renunciar a sus ideales y quedarse con ella, dejar la milicia y disfrutar la mujercita—. ¡Te odio, Levi!
Tembló, frustrado. ¡Él no deseaba finalizar de esa manera! Él, simplemente, deseaba poder visitarla y seguir conociendo su estado físico, anímico, sentimental..., todo lo que fuera necesario para él y su bienestar personal.
—Levi, debes marchar con tu escuadrón. —Erwin no le permitió levantarse de la silla y detener al hombre que marchaba junto a la pequeña. Levi había decidido darle un buena vida a la niña de sus ojos y, ahora, no podía dar marcha atrás y atarla a una vida dominada por soldados, titanes y muchísimas muertes inevitables.
Ofuscado por el timbre de voz que su amigo había empleado, Rivaille mordió su lengua y apretó los puños bajo la mesa.
—Mierda —gruñó—, maldita mocosa.
El calor que desprendía la estancia a su espalda le despertó. Húmeda, desconcertada y abandonada por sus lentes, Hanji salió apresurada del baño al escuchar los chillidos de su querida pequeña asiática. Preguntó, secándose la melena con una pequeña toalla caucásica, por el paradero de ésta al percibir el serio mirar en Erwin y el temblor que azotaba el menudo cuerpo de su amigo.
—Levi —llamó, caminando hacia la mesilla de noche, sin quitarle un ojo de encima—, ¿dónde está Mikasa? —añadió instantes más tarde.
El silencio de su amigo lo dijo todo y Hanji no tardó en sorprenderse. Cogió sus gafas con cuidado y las colocó correctamente sobre el puente de su nariz, expectante. Levi, habiendo escuchado las palabras de su compañera, decidió pensar las palabras adecuadas y no dejarse llevar por la poca tolerancia que gobernaba su cordura. Bebió de su taza de té, siendo el centro de atención de ambos espectadores, hasta acabar todo el contenido y dejarlo, nuevamente, encima del pequeño plato que siempre la acompañaba.
—Ella merece tener un futuro y vivir junto a una verdadera familia —murmuró en un largo suspiro—. Aquí no hay nada de todo esto, y no pienso dejar que entre en la Legión por querer seguirme —dictaminó, acuoso.
—Entonces, ¿dónde está? —insistió ella en saber.
—Una familia la ha aceptado —contestó abandonando la estancia—. El doctor Jaegger la cuidará como si fuera su propia hija, lo sé.
Los estruendosos pasos de Eren le despiertan. Fuertes y cercanos al habitáculo, se escuchan acercarse decididos a entrar. Los débiles rayos de luz saludan al antiguo capitán de la Legión y le advierten de que ya ha amanecido y él ha pasado la noche en el baño esperando por una respuesta que nunca ha llegado ni, si las cosas seguían transcurriendo de ese modo, llegaría en un futuro.
—Mierda, me he quedado dormido —murmura acongojado sin dejar de pensar en Mikasa y en los varios encuentros que nunca ha efectuado—. Maldita mocosa del demonio —gruñe levantándose del suelo y revolviendo sus oscuros cabellos.
La puerta, abierta de par en par, invita al hijo de su mujer a entrar y compartir su estado de ánimo. Sorprendido, y algo perdido por el estado físico de su padrastro, Eren le observa incrédulo llegando a susurrar incoherencias que ni él mismo puede interpretar. Aturdido por su recién levantar y enfurecido por el innumerable nuevo desplante, el retirado soldado desvía la mirada y vuelve su atención al agua con la que se refrescará el rostro antes de salir a saludar a su mujer.
—Levi-sama —llama Eren cerrando la puerta al entrar. Levi le mira de reojo, con el rostro mojado y las manos muy cerca de éste, esperando la pregunta que desea conocer—, ¿qué hace aquí encerrado?
—No me encontraba bien —contesta y vuelve a su rutina matutina.
El hijo mayor de Carla, incómodo y preocupado, le contempla en silencio con las manos detrás de su espalda. Levi, quien no le da importancia a su presencia, prosigue sin murmurar palabra. Allí, en ese instante, es cuando Eren se percata: Rivaille está más que enfurecido y no parece querer socializar con nadie. Conmovido, el moreno suspira temeroso y aprieta sus manos contra su espalda.
—Espere —ruega al intuir los siguientes movimientos del hombre. Él, al escuchar al menor, alza los ojos y le examina desafiante—, llamaré a mamá.
Tener que contestar a las cuestiones de una preocupada mujer es algo que Levi no desea hacer de buena mañana, mucho menos delante de su hijastra, la culpable de sus malestares, y su hijastro, quien no conoce nada sobre ello. No quiere experimentar, además, los deseos carnales de buena mañana en el desayuno familiar y frente a sus seres queridos.
—No, no hace falta —declara el hombre de ojos grisáceos. Eren, al escuchar su ruego, detiene su caminar y le observa por encima del hombro—. Está durmiendo, no la molestes.
—Levi-sama, ¿usted estima a Mikasa?
Las cuestiones de su hijo le hacen querer echarse a reír, empero decide no hacerlo. El lugar, el momento y la compañía no lo requieren, y él no está dispuesto a mostrar sus oscuras orejas a las inocentes ovejas que conviven a su lado. Levi es un hombre de guerra, un soldado de frío hierro que no puede ser doblegado por palabras como las escuchadas anteriormente.
Los ojos de Eren revolotean alrededor del habitáculo, buscan una respuesta e intentan comprender qué esconde el hombre ante él. Se siente confundido, ahogado en sus propias erróneas conclusiones y perdido en sus propias confusiones. Momentáneamente anonadado, Eren examina los diferentes movimientos de su padrastro y las sensaciones que su mirar provoca en él.
Levi, al sentirse estudiado, no se hace esperar:
—¿Qué buscas con éste tipo de preguntas, mocoso? —gruñe el azabache entre dientes, observándole de reojo y secándose las manos con la única toalla encima del mueble.
Su actitud prepotente le enfurece. Eren conoce los límites de la educación, del respeto hacia un mayor, un sabio que conoce sobre la vida que empiezas a vivir. No obstante, incomprensible, Eren aprieta los dientes y tensa el cuerpo.
—Una razón al beso que le dio hace dos noches —murmura con rencor, casi con veneno. Levi queda anonadado ante el descubrimiento del joven. Paso por paso, Eren se acerca hacia él sin miramientos, sin miedo y Levi espera por su llegada con los brazos abiertos y una mirada más fría que la anterior—. No voy a dejar que dañe a mi madre, mucho menos a mi hermana. Ella ha pasado por mucho, y ahora me toca a mí protegerla —acusa e informa con el dedo índice apuntándolo acusadoramente—. Ni se le ocurra acercarse de esa manera nunca más a mi hermana a espaldas de mi madre.
—¿Me estás amenazando, niño?
Eren reconoce que su tono ha sido amenazador, mas no desea que Levi lo comprenda de la misma manera. Su boca, repentinamente, queda totalmente seca y su lengua, aquella que podía mover con facilidad durante su corto discurso, queda pegada contra su paladar. El aire a su alrededor, instante a instante, queda reducido a la nada y el calor evoluciona hasta convertirse en un agobio sofocante, casi mortal.
—P-Piense lo que quiera —gime retrocediendo hacia atrás. Levi sonríe, victorioso y Eren gruñe antes de cerrar la puerta del baño y dejar a su padrastro fuera.
—Maldita sea —chasquea la lengua y cruza sus brazos contra su pecho.
—Cariño, ¿qué ocurre?
Asustada por los estrepitosos sonidos que han acechado su hogar, Carla sale de su habitación y busca consuelo en los brazos de su marido quien, como cada mañana, la saluda con un corto y dulce beso en la frente. La mujer, picarona, picotea sus labios en una cálida caricia y suelta una risilla antes de separarse del calor de sus extremidades y volver a mirar a su alrededor buscando al responsable. Levi, aún desconcertado por la actitud del hijo de ésta, suspira y capta la atención de la fémina.
—¿Quién ha dado semejante portazo? —demanda saber con su monótono amable timbre de voz.
Levi, deseoso de desayunar y buscar consuelo en las espadas que su amigo Erwin le tiene preparadas, responde sin vacilar:
—El mocoso parece haberse levantado de muy mal humor.
Carla, al escuchar el nombre de su hijo, deja caer su cabeza derrotada. Al parecer, la matriarca se encuentra agotada y cansada, mucho más que el propio Levi de la ignoráncia de su hijastra.
—Dios mío —suspira llevándose las manos a la cabeza y revolviendo sus oscuros cabellos—, Eren me está dando demasiados dolores de cabeza desde la intromisión de Jean —admite sin mirar a su marido a los ojos. Su centro de atención, en estos momentos, es la estancia donde se encuentra encerrado su hijo. De nuevo, más incomprensible que antes, Carla vuelve a suspirar y retira las manos de entre sus finos cabellos negros. No obstante, el gruñido que su marido emite al escuchar el nombre del prometido de su hija la coge totalmente desprevenida. Con los ojos bien abiertos y la boca entreabierta, la viuda del doctor Jeagger contempla a su marido perpleja—. No puede ser, ¿a ti tampoco te gusta el hijo de los Kirschstein?
Carla se encuentra sorprendida, Levi no lo está y, dentro de su habitación, Mikasa tampoco.
—No creo en sus palabras —escupe él.
—Hmpf —bufa ella llevándose las manos a las caderas—. Vamos a la cocina, hoy almorzaremos más pronto —avisa a su marido caminando hacia la zona nombrada. sin embargo, antes de entrar en ella, gira sobre sus talones y pide a Levi hacer una última cosa antes de sentarse en la mesa y desayunar—: ¿Podrías llamar a Mikasa? Eren tardará en asearse.
De acuerdo con las palabras de Carla, Levi asiente y avanza con sigilo hacia la habitación de su hijastra.
—Eh, mocosa —gruñe al entrar en la habitación y dirigirse hacia ella—, levántate —ordena antes de cerrar la puerta y apoyarse en ésta. Mikasa, aún estirada dentro de las caucásicas sábanas le observa de reojo y vuelve a esconder su rostro bajo la tela. Rivaille, al ver tal osadía en la joven, muestra los dientes y aparta la mirada enfurecido—. Ayer también me dejaste sólo durante toda la noche. ¿Qué pretendes decirme con tus acciones?
Mikasa se remueve y se destapa lentamente. Sus desordenados cabellos y la poca luz que ilumina la pequeña estancia le dan un aire sensual y exquisito al que Levi es incapaz de resistirse. Con una de sus manos, la muchacha aparta sus azabaches cabellos del rostro y le observa con los ojos adormecidos.
—Que mamá está antes que nosotros —responde escondiendo las manos bajo la tela—. Yo tengo prometido, Rivaille, no puedo pensar en nadie más que él —añade, cruel.
—¿Él te ha dicho éso?
—He sido yo quien lo ha decidido.
Ahora mismo, tengo conciencia, de que muchísima gente querrá asesinarme virtualmente. Y sí, lo sé, tienen toda la razón, ¡pero he empezado bachillerato y tooodo es muy complicado! El tiempo libre se me ha reducido muchísimo y no sé cuándo podré actualizar mis otras historias. Por ello, por favor, si desean saber qué ando haciendo, pasen por mi tumblr: .com y, a lo mejor, encuentran cosas nuevas.
Muchísimas gracias por todos los comentarios, de verás. Espero que disfruten de un buen día y tengan mucha suerte ;)
