Azul le había dicho Gandaf. Cuando estuvieran cerca orcos o trasgos la hoja de la pequeña espada que le había entregado a Billa se tornaría de color azul. Ingenioso, pensó la pequeña Hobbit.

Los únicos que habían tomado espadas de la cueva de esos trolls eran Gandalf y Thorin, aunque el mago le había dado una pequeña espada a ella.

Al poco tiempo apareció Radagast con un trineo tirado por conejos pardos y se guido de él, de la espada de Billa salió una luz azulada. Orcos. Una manada. Corrieron todo lo que pudieron, mientras el mago pardo los intentaba despistar.

Finalmente llegaron a Rivendell, donde un elfo llamado Elrond les dio la bienvenida.

Billa todavía seguía pensando, ¿por qué cuando Gandalf le dijo que la hoja se volvía de color azul cuando estaban cerca esos engendros sintió como si su estómago se retorciese y se expandiese calor? Pues no era un sentimiento desagradable precisamente y no estaba asociado a ninguna manera a los trasgos u orcos.

Estuvo meditando durante la comida brindada por los elfos.

¿Por qué había sentido aquello? No tenía ni pies ni cabeza. Y estaba frustrada por no saber la razón de aquel sentimiento tan nuevo para ella. Había sido un sentimiento parecido a cuando vio las hermosas estructuras de Rivendell. Su pecho se infló y de él salió un calor que le inundó. Y su corazón latía con emoción e impaciencia. Parecido, pero no igual.

La cena constaba enteramente de verduras o setas. Los enanos se quejaban de la comida, de que las muchachas elfas no eran de su agrado y de la música. Bofur se subió encima de la mesa, como lo había hecho también en la casa de Billa, y se puso a cantar una canción que todos los enanos se la sabían y cantaban a coro con el enano subido en la tabla.

Billa miró sonriente, aunque un poco avergonzada por la actitud de sus compañeros en la mesa, a cada uno de ellos. En ese momento se encontró con la mirada de Thorin. Quien bebía de una jarra de cerveza al otro lado de la mesa, de pie.

En ese instante Billa se sintió como la vez que el mago le dijo que la hoja de su espada se volvía del color del cielo. Sintió su corazón palpitar más rápido, como su pecho se hinchaba y se extendía un agradable calor por su cuerpo, y como su aliento se quedó atascado en su garganta.

Entonces todo tenía sentido.