VI

De campamento.

Se está congelando. Pero era de esperarse. ¿A quién se le ocurre que acampar en pleno otoño es una buena idea? A Finn. Esa es la respuesta. Rachel no se queja. En principio, él hace absolutamente todo lo que ella le pide (aún esas cosas que ella sabe que él odia, como acompañarla al mercado de productos orgánicos o mirar documentales sobre la vida de cuanto actor haya pasado por un escenario de Broadway). No, él nunca se niega a nada y generalmente pide muy poco a cambio, así que en esas raras circunstancias en que a Finn se le ocurren actividades que puedan llegar a desagradarle a ella (porque ir a jugar al bowling y besarse en su camioneta son cosas que Rachel adora hacer), Rachel se ve prácticamente obligada a decir que sí (y que él use su media sonrisa y sus ojos de cachorrito también contribuye a la respuesta final). Así es como terminó en una apestosa carpa, en el medio de la nada, temblando en su bolsa de dormir e intentando no pensar en los millones de insectos que deben de estar rondando la zona. Se mueve de nuevo en la bolsa, intentando calentarse los pies, y se gira sobre su espalda para poder mirar a Finn, que duerme plácidamente en la bolsa de al lado. La carpa es pequeña, por lo que él debe encoger los pies para que no se le salgan por la pequeña puerta de lona. Es tan tierno cuando duerme. Rachel cree que es lo más tierno que ha visto. Tiene una media sonrisa en el rostro y respira lentamente. De vez en vez suelta como un pequeño quejido que no llega a ser un ronquido, y Rachel tiene que contener una risita. No lo ha visto muchas veces más que cuando se queda dormido sobre su tarea o las pocas veces en que ella se escapa de la habitación de Kurt en sus pijamadas para echarle un vistazo a su novio, pero no mucho más que eso. De hecho, ni siquiera en la noche de su primera vez pudieron dormir juntos, porque sus padres la esperaban a las doce y Rachel no quería mentirles. Es mala mintiendo. A Finn y a sus padres no puede mentirles, no importa cuan buena actriz sea. Finn se mueve en sueños, y su cabello se despeina un poco. Rachel no puede resistir la tentación de acariciarle una de sus mejillas, trazando con su pulgar el contorno de sus labios, jugando con el lóbulo de su oído entre sus dedos. Él se sobresalta, casi sentándose en su bolsa de dormir.

- ¿Qué… qué pasó?- pregunta, sacudiendo su cabeza, como si quisiera eliminar del todo el sueño para ponerse en estado de alerta.

- Hey… no te asustes, no pasó nada.- le dice ella, tomándolo del codo y obligándolo a acostarse de nuevo. Él obedece, y su respiración comienza a volver de a poco al ritmo normal.- Sólo te estaba acariciando…-

- ¡Oh! Lo siento, Rach…

- No, yo lo siento… no quise asustarte. Es sólo que luces muy tierno cuando duermes.- le explica, y él se ruboriza al instante como si fuera la primera vez que ella le dice que es tierno (cosa que está muy lejos de la realidad porque, en verdad, ella se lo dice prácticamente todos los días. Y todos los días él se ruboriza).

- Tu también eres muy, muy tierna cuando duermes.- le responde, con la voz aún cargada de sueño, estirando su brazo y tomándola de la cintura. Ella se acerca más a él, buscando la calidez de su abrazo, y lo besa brevemente en los labios.- ¿Sabes que me gusta? Que pones tus manos debajo de tu cabeza y juegas con tu cabello. Me encanta eso.- agrega él, conteniendo un bostezo y cerrando los ojos, como si estuviera por volver a dormirse. Rachel lo besa otra vez, antes de que eso ocurra y Finn vuelva a asustarse por sus sorpresivas manifestaciones de cariño.

- ¿Porqué estás temblando?- pregunta él al sentirla temblar contra su cuerpo, volviendo a abrir los ojos y frunciendo el ceño

- Tengo frío.- murmura Rachel, acercándose más a él.

- ¡Rachel! ¡Estás helada!- la reprende él, tomándole el rostro entre sus tibias manos.- Ven aquí.- le ordena, abriendo del todo su bolsa de dormir y invitándola a recostarse con él. Ella obedece sin siquiera pensar en que esa bolsa es pequeña para albergarlos a ambos. Se desliza al lado de Finn, entrelazando sus piernas para ocupar menos lugar, dejándose envolver por la tibieza de su cuerpo y soltando un suspiro de alivio. Finn usa la bolsa de Rachel como sábana, abriéndola sobre sus cuerpos, y la abraza fuertemente, frotando sus manos en su pequeña espalda para darle calor. Ella apoya su frente en el cuello de él y lo besa allí, abrazándolo también por la cintura y abotonando inconcientemente sus caderas contra las de él. Finn no opone resistencia, si no más bien todo lo contrario: suelta un sonido entre suspiro y risa y le besa la frente y la punta de su nariz, antes de llegar a sus labios. Sabe a los malvaviscos que comieron antes de irse a dormir y a esas pastillas de cereza que a él tanto le gustan… y a Finn. Han pasado dos años desde la primera vez en que ambos se besaron, y aún así Rachel no puede evitar derretirse en cada uno de sus besos.

- Creo que me gusta venir de campamento.- murmura ella separándose un poco, rozando sus labios contra los de él.

- ¿Cuándo hicimos algo que no te gustó?- inquiere él con una media sonrisa, besándola de nuevo. Ella también sonríe.

- A veces creo que tu me conoces más de lo que yo me conozco a mi misma.- confiesa ella. No sabe de donde vienen esas confesiones. La mayor parte del tiempo las dice sin siquiera pensarlas, y probablemente sean las palabras más genuinas que salen de sus labios.

- Igualmente.- responde Finn, acariciándola por debajo de su pijama, y las yemas de sus dedos van dejando un patrón cálido contra su propia piel. Ella devuelve el gesto, haciendo lo propio con la espalda de él.

- ¿Te das cuenta de que es la primera vez que dormimos juntos?- le dice ella. Él asiente.

- No se si voy a poder volver a dormir solo después de esto.- agrega, apoyando su mejilla contra el cabello de ella, y volviendo a bostezar. Se quedan en silencio unos segundos, y a Rachel le parece que él ha vuelto a dormirse, porque su respiración se torna pausada y suave. Pero entonces, cuando vuelve a hablar, lo hace con un susurro casi imperceptible, como si tuviera vergüenza de lo que está diciendo.- Si algún día tengo dinero… me gustaría comprar una casa en algún lugar como este, ¿sabes? No tiene que ser nada muy grande, puede ser una cabaña o algo así. Pero me gustaría que esté en un bosquecito o cerca de un lago, para poder pasar los fines de semana y pescar y… y jugar con mis hijos. Disfrutar de la naturaleza.- finaliza. Rachel siente un nudo en la garganta. No es angustia. No es dolor. Es emoción. Finn no suele hablar mucho de su futuro (no, al menos, con la regularidad con la que ella lo hace), pero las pocas veces en las que habla de eso… no habla de él. No habla de su carrera o de sus objetivos individuales. No, siempre habla de los lugares a los que le gustaría ir de vacaciones con su familia o de las películas que va a mostrarle a sus hijos o de la raza de perro que le gustaría tener… y Rachel encuentra eso increíblemente esclarecedor. Ella cree que a Finn realmente no le importa que profesión va a terminar teniendo… él sabe con certeza que lo que realmente quiere es una familia, ser un padre. Algunas veces, en esos pequeños momentos, a Rachel le parece que sus propios sueños son demasiado mezquinos comparados con los de él. Siempre, todas las veces, se queda pensando que si es lo suficientemente suertuda y la vida realmente le sonríe… ella va a ser la madre de esos niños. Tal vez ese sea el único secreto que nunca le ha dicho a Finn. Debe tragar saliva antes de volver a hablar, conteniendo las enormes ganas de llorar de la emoción que la han embargado.

- Me encantaría que tuviéramos una casa de fin de semana.- le responde, abrazándolo con más fuerzas. Finn no dice nada, pero Rachel sabe, por la forma en la que la besa y la acaricia lentamente (tanto como se los permite la pequeña bolsa de dormir) que el mensaje le ha llegado.

Rachel no sabe porqué recuerda eso ahora, casi quince años después, mientras se sienta en el balcón de su apartamento esa noche de otoño, abrazándose a sí misma para contrarrestar la fría brisa que anuncia una tormenta. Tal vez sea por el frío. O por el olor de las hojas de los árboles que se amontonan en la calle dos pisos más abajo.

- Deja de pensar en mi.- le dice Finn, con una sonrisa, sentándose a su lado en el sillón y extendiendo una manta sobre las piernas de los dos.

- ¿Y porqué estás tan seguro de que estaba pensando en ti?- pregunta ella, tomando la tasa de chocolate caliente que él le tiende y acomodándose más en el sillón, amoldándose al cuerpo de su esposo.

- ¡Vamos, Rach! La pequeña sonrisa, el brillo en los ojos… si no estabas pensando en mi entonces estabas pensando en Fanny o en Chris o en Amy. Pero por la forma en que te lamiste los labios, estoy un cien por ciento seguro de que estabas pensando en mi.- se explica él, dándole un sorbo a su propia tasa y conteniendo una sonrisa de satisfacción al ver el rostro sorprendido de su esposa.

- A veces creo que tu me conoces más de lo que yo me conozco a mi misma.- dice ella, limpiándole con el pulgar el pequeño bigote de chocolate que se le formó sobre el labio.

- Igualmente.- contesta él, tomando su mano en la propia y besándole los nudillos.- ¿Vas a decirme en que estabas pensando?

- ¿Recuerdas ese pequeño bosque a un par de kilómetros de Lima al que solíamos ir de campamento?

- Oh sí… recuerdo cuan entretenido era dormir contigo en una misma bolsa. Sobretodo porque generalmente no dormíamos.- agrega él, guiñándole un ojo de forma sugestiva, y Rachel le golpea la cabeza de forma juguetona.

- A veces eres un niño, ¿sabes? Es como tener cuatro hijos en lugar de tres.- dice ella, colocando las tasas vacías a un lado y subiendo las piernas al sillón, sentándose sobre ellas y apoyando sus rodillas contra el muslo de Finn. Él la rodea con un brazo por los hombros, besándola en la fría mejilla, frotándole la espalda para darle calor, y Rachel sonríe porque, realmente, algunas cosas nunca cambian por mucho tiempo que pase.

- ¿Y porqué recordaste eso ahora?

- No lo sé. Puede ser porque es otoño… como la primera vez que fuimos. O porque… porque me vendría bien un descanso. Ya no hacemos esas cosas. Pasamos todo el tiempo en aquí en casa, y lo más cercano a la naturaleza que tenemos es… el Central Park y las tres macetas que puse en la terraza.- dice ella, jugando distraídamente con los cordones del pantalón deportivo de él.

- Realmente era un lindo lugar.- dice Finn, conteniendo un bostezo, y ella asiente en adhesión y bosteza también, porque es realmente contagioso.

- Creo que deberíamos ir a la cama. Me estoy congelando.- propone ella, intentando ponerse de pie, pero Finn la toma de la cintura y la levanta del suelo, cargándola en sus brazos.- ¿Qué crees que estás haciendo?- le pregunta ella, en un tono que sugiere que ya sabe la respuesta, sobretodo porque ya ha comenzado a besarlo en el cuello.

- No puedes hacerme recordar esas noches y pretender que me vaya a la cama de brazos cruzados.- responde él, tumbándola suavemente en la cama y corriendo a cerrar la puerta del balcón, y ella no puede ni siquiera contener la carcajada que se le forma en el pecho porque, en serio, él es lo más tierno y previsible que ella conoce.

- Para serte honesta, Finn, esa era parte del plan.- le confiesa, mientras él la ayuda a quitarse la ropa, y sólo entonces Rachel pierde ese dejo de envidia que, hasta unos segundos antes, había sentido por la vieja Rachel Berry. Realmente, aquella Rachel Berry no tenía ni la más mínima idea de lo que se estaba perdiendo.

-oo-

- ¿Qué tal estuvo?- inquiere Rachel, aún agitada, mientras toma la botella de agua que Kurt le tiende. A lo lejos, aún se siente a la multitud aplaudiendo efusivamente.

- Excelente. Como cada noche.- responde él, como si se tratara de la obviedad más grande.

- Ya aburres, Berry.- agrega Santana, metiéndose en su propio camarín, y ambas comparten una sonrisa. Rachel camina arrastrando los pies hasta su camarín. Es Sábado en la noche, lo que significa que por dos días no debe volver al teatro. Rachel realmente disfruta su trabajo, pero hay días en los que desearía escaparse, tomar a Finn y a sus hijos y esconderse en algún lugar en el medio de la nada, reponer energías. Está pensando en llamar a Finn para que la recoja cuando oye las inconfundibles voces de sus hijos saliendo de su camarín.

- ¿Qué están haciendo aquí?- dice, realmente contenta, alzando a Fanny y hundiéndole la mejilla de un beso.

- ¡Sorpresa!- grita Chris, alzando sus brazos al aire, y Rachel sabe que ha estado practicando ese saludo por un buen rato. Amy le sonríe desde el pequeño escritorio, mientras se pinta las uñas con una de sus pinturas, y Finn deja el diario sobre el sillón y se acerca hasta ella.

- Estuviste fantástica.- le murmura, dándole un beso en los pintados labios, pintándose los propios. Fanny suelta una carcajada al verlo, y sus hermanos parecen encontrarlo divertido también, porque ambos se desternillan de risa.

- Lo siento.- le dice Rachel, limpiándole los labios con su pulgar. Finn sonríe.

- No importa. ¿Qué dices si te cambias y nos vamos? Te tenemos preparada una sorpresa.

- ¡Sorpresa!- gritan los mellizos al unísono, lanzando sus brazos al aire de nuevo. Amy suelta un suspiro.

- Ya pueden dejar de decirlo, ¿saben?- los reprende, mirándose las uñas de las dos manos y decidiendo que ya están bien pintadas (lo que es una mentira, porque tiene manchas de pintura roja en todos los dedos).

- Te esperamos en el auto.- le dice Finn, tomando a Fanny en sus brazos y guiñeándole un ojo a su esposa al pasar. Rachel se cambia rápidamente, y está tan entusiasmada que se olvida su bolso en su camarín y debe volver a buscarlo.

-oo-

- ¿Finn? ¿No vas a decirme adonde vamos?- pregunta Rachel por vigésima vez, mientras las luces de la ciudad se pierden en el horizonte.

- Es una sorpresa cariño. ¿No conoces la definición de "sorpresa"?- responde él, también por vigésima vez, sin quitar la vista del tráfico de la concurrida autopista.

- ¡Sorpresa!- gritan los mellizos, cada uno desde su propio asiento para bebés, y Rachel vuelve a sonreír.

- En serio chicos… ya no es divertido.- murmura Amy, con la frente apoyada en el vidrio de su ventana y una expresión aburrida en el rostro.

- Salimos de la ciudad hace dos horas, Finn.- agrega ella, intentando leer los carteles de la autopista para darse una idea de adonde pueden estar yendo.

- Llegamos en… tres segundos.- dice él, abandonando la ruta principal y tomando un estrecho camino de tierra, iluminado por un par de viejos postes de luz. Rachel frunce el ceño, sin entender. Están en el medio de la nada. Literalmente. Por un par de kilómetros sólo se ve el estrecho camino surcado por árboles y nada más. Entonces el camino de un giro y, a lo lejos, se ve el inconfundible reflejo de la luz de la luna sobre la superficie de un lago. Finn estaciona la camioneta en la entrada de lo que parece ser una casa playera.

- ¡Llegamos!- anuncia, apagando el vehículo y bajándose con entusiasmo, ayudando a sus hijos a salir de sus asientos. Rachel también se baja, y examina mejor el lugar. Hay un muelle a lo lejos y un par de botecitos, y la casa es grande y espaciosa, con una galería que da al lago y muchos árboles bien crecidos. No están muy lejos de la ciudad, porque aún se ve en el horizonte el destello luminoso de los rascacielos, pero sin embargo parece como si estuvieran a años luz. Todo es silencioso, a excepción del sonido de los grillos y las pequeñas olas del lago golpeando contra la costa.

- ¿Te gusta?- inquiere Finn, sacándola de su ensueño. Tiene los brazos cargados de bolsos, y su rostro entusiasta brilla bajo la luz de la luna. Rachel asiente, sin poder contener su propia sonrisa.

- ¿Dónde estamos?- pregunta ella, ayudándolo a entrar los bolsos a la casa.

- Es la casa de fin de semana de uno de los auspiciantes de los Jets. ¿Bobby Laurence?

- ¿El del bigote o el de la mujer flacucha…?

- El de la mujer flacucha.

- ¡Oh!

- En fin… me pareció que nos hacía falta un descanso, así que se la pedí prestada por este fin de semana. ¿Qué te parece?- inquiere él, colocando algo de comida en el refrigerador. Rachel mira a sus ojos, que juegan contentos en los sillones del amplio estar, con el amplio lago de fondo, entrando por las ventanas.

- Creo que nunca te he amado más que ahora.- le responde, abrazándolo fuertemente, relajándose en los brazos de su esposo. Finn le besa el cabello.

- Me alegro de que así sea.- le dice, rodeándola por la cintura.- Ahora… ¿quién está listo para hacer una fogata?- inquiere él, mirando a sus hijos.

- ¡Yo!- gritan los tres al mismo tiempo, bajándose de los sillones y corriendo hasta su padre.

- Ese es mi equipo.- responde Finn, dándole una palmada en la cabeza a cada uno.

-oo-

- ¡Oh Dios! Eso si que costó.- se queja Finn, tirándose en la cama matrimonial de forma dramática, enterrando su rostro en la falda de su esposa. Rachel suelta una risita.

- No puedes darles todo ese chocolate y esos malvaviscos y pretender que se duerman así como así, Finn.- dice ella, acariciándole el cabello dulcemente.

- ¿Quieres que te muestre tu sorpresa?- murmura él, incorporándose y mirándola a los ojos.

- ¿No era mi sorpresa?- inquiere Rachel, señalando al pequeño trozo de lago que se ve desde la ventana de su habitación. Finn niega con la cabeza y busca algo debajo de la cama. Rachel suelta una carcajada en cuanto reconoce la bolsa de dormir.

- Estás loco.- le dice, mientras él tira de su brazo para sacarla de la cama.

- Sí, pero tu también lo estás.- le responde él, abriendo la puerta y sacándolos al frío aire del otoño. Extiende la bolsa y un par de almohadas en el piso de madera de la galería y se mete en ella, invitando a su esposa. Rachel obedece, deslizándose a su lado, entrelazando sus piernas.

- ¿Esta es más grande o nos encogimos?- pregunta Rachel, mientras él la abraza fuertemente, obligándola a poner su cabeza en su firme pecho.

- Es más grande.- responde Finn. Ella lo siente relajarse a su lado, y las caricias se hacen más espaciadas. - Los Laurence van a venderla.- agrega, en un susurro, después de un buen rato.

- Tú siempre quisiste una casa como esta.- dice ella, en el mismo tono. Finn se mueve en la bolsa para poder mirarla a los ojos.

- ¿Aún recuerdas eso?- murmura, impresionado, con una sonrisa en los labios. Rachel también sonríe, estirando su mano para acariciarle una mejilla.

- Claro que sí. Yo recuerdo todo, Finn.- agrega, fingiendo enfado, y los ojos de él brillan bajo la tenue luz de la luna. La besa entonces, tan suavemente que al principio a ella le cuesta entender que la está besando. Rachel lo toma por la nuca, atrayéndolo más, invitándolo a proceder, y él sonríe contra sus labios, mordiéndole juguetonamente el labio inferior. Sus piernas se mueven debajo de la bolsa, buscando contacto entre toda la ropa que ambos se han puesto para contrarrestar con el frío del otoño. Finn desliza su mano por debajo del suéter de su esposa, acariciándole el estómago con sus frías manos, y un escalofrío corre por la espalda de ella, acercándola más a él inconcientemente. Finn presiona más sus caderas, y Rachel puede sentir el calor que emana de sus cuerpos saliendo de la bolsa de dormir.

- No cambias nunca.- le murmura ella, mientras él le besa el cuello y su mandíbula. Finn suelta una risita tan tierna, tan sexy y tan suya que Rachel podría echarse a llorar.- Tal vez podemos comprarla.- suelta, sin pensarlo. No lo importa. Sabe que con Finn las cosas suelen ser así de espontáneas.

- ¿A… a la casa?- inquiere él, alzando su cabeza para mirarla a los ojos. Rachel asiente, intentando contener la sonrisa que se le quiere formar en el rostro cuando ve el entusiasmo que se dibuja en los ojos de su marido.

- ¿Porqué no? Es algo que siempre quisimos, ¿no? Tener un lugar de descanso, cerca de la ciudad para pasar los fines de semana y jugar con nuestros hijos…

- Es lo que siempre quise yo pero… ¿es lo que quieres tu?- dice él, quitándole un mechón de cabello en el rostro.

- Sí. Realmente lo quiero.- contesta ella, asintiendo. Se acerca más a él, colocando sus labios a milímetros de los de su esposo.- Cómprame esta casa, Finn.- le murmura, sintiendo su propia respiración rebotando contra la de él.

- No puedo decirte que no cuando lo pides así.- responde él, conteniendo una carcajada y abrazándola fuertemente. Rachel lo toma de las mejillas y lo besa en el rostro, murmurando un "gracias" entre beso y beso.

- ¡Esto será fantástico! Tu madre amará este lugar…

- Y podemos enseñarles a los niños a nadar…

- Sí, deberíamos enviarlos a alguna academia o algo por el estilo…

- Y Kurt querrá llenarlo de cabezas de alces y pieles…

- Y podemos plantar nuestros propios árboles…

- Y hay espacio para construir una casa en aquél árbol…

- Y tal vez un día, cuando los niños crezcan, podemos vivir aquí, ¿sabes? Cuando seamos viejos y aburridos y no tengamos nada para hacer.- dice ella, en tono más serio, mirándolo a los ojos. Finn sonríe y vuelve a recostarla en su pecho, acariciándole el cabello.

- Me gusta esa idea. Tu puedes sentarte allí en una mecedora, tejiendo suéteres horribles que nadie querrá usar pero que todos recibirán amablemente.- dice él, y a Rachel se le retuerce el corazón porque, de hecho, puede imaginárselo a la perfección.

- Y tu podrás quejarte de los patos y del periódico y de que se te cae el cabello…- agrega, cerrando fuertemente los ojos y llenándose los pulmones del aire nocturno y de la esencia de Finn. Él también se acomoda más cerca de ella, apoyando su mejilla en su cabello, entrelazando sus manos. A veces tienen estos momentos, estos breves pero maravillosos momentos, en los que Rachel entiende a que se referían cuando se prometían amor eterno. Finn es su compañero de ruta. De ayer, de hoy y de siempre. Y Rachel tiene la certeza de que eso no va a cambiar nunca.

- ¿Hey Rach?- murmura él, conteniendo un bostezo.

- ¿Mmmmmh?

- Por favor… no te enojes conmigo cuando me ponga viejo y gris y me queje por todo.- le dice, en tono de broma, pero Rachel sabe que en realidad él ha estado pensando en lo mismo que ella.

- Te prometo que cuando te pongas muy insoportable apagaré mi audífono para no enojarme contigo.- responde ella, en el mismo tono. Finn suelta una carcajada.

- Gracias, cariño.- murmura, besándola en el coronilla.- Te amo.

- Yo también te amo.

- Buenas noches.- agrega, antes de dormirse, tal y como hace todas las noches.

- Buenas noches.- responde ella. Pero no duerme esa noche. Hay algo en todo eso que la tiene demasiado entusiasmada como para dormir. Tal vez sea el hermoso paisaje o el ruido del lago. Lo real y lo concreto es que, en aquella noche, Rachel se limita a mirar a Finn dormir a su lado, pensando en su futuro. Por primera vez en su vida, Rachel no tiene planes. Ya ha cumplido todos los sueños que alguna vez había tenido. Y, sin embargo, aquella falta de planes no la asusta. Mientras Finn esté a su lado… las cosas solo pueden salir bien.