V
La primera prueba

A medida que se acercaba la fecha en la que iba a tener lugar la primera prueba, los alumnos de los tres colegios se volvían cada vez más emocionados por el misterio que ésta entrañaba. No era así para los campeones, sin embargo. Pese al orgullo inicial de ser campeones, ahora el verdadero peso de serlo estaba causando efectos no muy agradables que digamos.

Ninguno de los cuatro campeones sabía en qué iba a consistir la primera prueba, pues, como había dicho el señor Crouch, enfrentar lo desconocido era una cualidad que ellos debían demostrar y superar cualquier dificultad que les pusiesen. No obstante, Cedric y Fleur no lucían muy compuestos e incluso se podía decir que estaban pálidos. Krum se veía más hosco de lo normal y pasaba horas insanas en la biblioteca, con la cabeza inclinada sobre una pila de libros. En cuanto a Amy, nadie sabía qué hacía entre clases, pues desaparecía misteriosamente en los recreos y aparecía solamente en el desayuno, en el almuerzo y en la cena, aparte de entrar a horas intempestivas a la sala común de Ravenclaw (Amy tenía una habilidad innata para resolver acertijos y muchas veces ayudaba a alumnos que tuviesen muchos problemas, estuviesen en su contra o no).

El día anterior a la primera prueba, Hermione se dirigía a la sala común de Gryffindor y pasaba por uno de los corredores del quinto piso cuando escuchó unos sonidos raros que provenían de un aula supuestamente vacía. Curiosa, pegó una oreja a la puerta y arqueó una ceja. Era como si alguien estuviera dando vueltas en círculos, o deambulando de un lado a otro para calmar su nerviosismo.

El sonido se detuvo, pero en su lugar hubo un pequeño destello de luz azulada antes que todo volviera a la normalidad. Hermione se vio invadida por la curiosidad y tocó dos veces a la puerta. Cuando ésta se abrió, ella tuvo que suprimir una exclamación de sorpresa.

Era Amy.

—Hola, Hermione —saludó Amy, quien respiraba hondo y se podían ver unas gotas de sudor recorrer su frente y su cuello. Vestía ropa deportiva por alguna razón.

—¡Amy! —exclamó Hermione, sorprendida por ver a su amiga en ropa tan ajustada. Aparentemente, su belleza no se limitaba a su cara—. Estás en buena forma.

—Eso de "cuerpo sano, mente sana" no es una broma —dijo Amy, cuya respiración se iba normalizando rápido—. Estaba entrenando para la primera prueba.

—Te veo muy tranquila.

—No lo estoy —dijo Amy, haciendo un gesto para que Hermione entrara, a lo cual ella accedió—. No saber lo que me espera en la primera prueba, honestamente, me aterra. Pero si entreno lo suficiente puedo enfrentar mis miedos.

—Suenas como si entrenar te distrajera de tus miedos en lugar de enfrentarlos.

—También hace un buen trabajo con ello —dijo Amy, sentándose en un pupitre y Hermione hizo lo mismo—. Pero al final, si te preparas lo suficiente, puedes conquistar tus miedos, porque siempre sabrás qué hacer.

—Parece que eres más de lo que normalmente muestras, Amy.

—Todos somos más de lo que aparentamos —dijo Amy, mirando a Hermione a los ojos—. Pero siempre me pasa que tengo miedo de mostrarme cómo realmente soy, porque podría despertar sentimientos negativos en otras personas, podrían pensar mal de mí.

—¿Y por qué las personas harían algo así? Eres alguien admirable.

—Agradezco tu voto de confianza, Hermione, pero no todos piensan como tú. Mucha gente cree que ser diferente te hace peligroso o raro. Por eso me escondo, por eso no quiero que nadie vea lo que hago para prepararme para la primera prueba.

—Entiendo —dijo Hermione en voz baja—. La gente podría pensar que quieres demostrar tu superioridad si decides mostrar tus verdaderas capacidades. Sé que yo lo hice.

Amy mostró una amplia sonrisa.

—¿Cómo puedes no guardarme rencor? ¡Te hice algo horrible!

—Podrías sorprenderte, Hermione, pero muchas personas no saben por qué se comportan de la forma en que lo hacen. Critican sin fundamento, discriminan y agreden, pero rara vez saben por qué y ciertamente ninguno se para a pensar en la causa de sus comportamientos. La ignorancia no es un pecado, Hermione, es una condición de la mente que ocurre por la falta de conocimiento. Por eso los perdono y por eso te perdoné.

—¡Pero deberías tener algo de amor propio! —insistió Hermione con incredulidad—. ¿No te pasa a veces que quieres reventar a golpes a alguien que te ha hecho mucho daño?

—¿Reventar a golpes? —dijo Amy con una risita—. Esa frase me pareció graciosa. Y sí, hay ocasiones en las que he tenido que defender a seres queridos porque era mucho el daño que le hacían, pero jamás he empleados los puños para hacerlo. Tengo otros… medios.

—¿Cómo cuáles?

—Eso… no puedo decírtelo, Hermione. No lo entenderías.

—Así que también tienes secretos.

—Y te pido perdón por no poder revelarlos —dijo Amy tristemente, pero no apartó sus ojos de los de Hermione—. Como te dije, la ignorancia es una condición de la mente humana, y necesitas conocimiento que no estás preparada para tener en este momento.

—Entiendo.

Hubo un silencio entre ambas chicas, pero no era un silencio incómodo o tenso. Era un silencio agradable, un silencio que podía ser sostenido sin que ninguna de las dos se pusiera nerviosa. Sin embargo, hasta el más placentero de los silencios tenía que terminar en algún momento.

—¿Sabes? Eres la primera mujer con la que he podido sostener la mirada por más de cinco minutos —dijo Amy en un tono suave, confidencial.

—¿Y por qué con otras no has podido?

—No es algo que pueda explicar —respondió Amy casualmente—. No lo sé todo, como algunos en este colegio piensan. Pero lo que sí sé es que me siento cómoda contigo.

—Es curioso que lo digas, después de toda la mierda que te tiré.

—Insisto en eso de la ignorancia —dijo Amy, pero Hermione ya no la estaba mirando, sino que a un punto por encima del hombro de Amy. Luego, para sorpresa de ella, Hermione se había puesto de pie y caminó lentamente hacia una mesa cuya decoración más prominente era una fina capa de polvo. Amy se dio cuenta que su amiga había notado el objeto sobre la mesa, una especie de cetro cuya cabeza era una estrella de cinco puntas y, en el centro, había un símbolo que sería extraño para mucha gente, pero no para Hermione.

—¿Qué es?

Amy miró a otro lado para que Hermione no la viera tragar saliva, para luego encararla con una expresión que esperaba que luciera casual.

—Es un talismán que me regaló mi madre —repuso Amy con una voz un poco más aguda de lo usual, pero Hermione pareció no darse cuenta—. Lo llevo siempre conmigo porque me recuerda a ella y a que siempre va a estar esperando mi regreso.

—¿Y por qué tiene el símbolo astrológico de Mercurio?

—Ah, es porque mi madre cree que tengo algunas características de Géminis —dijo Amy y Hermione entendió a la perfección—, y esas son las cualidades que más le gustan, no tanto las de Virgo.

Hermione miró por la ventana y se dio cuenta con horror que ya era de noche.

—Deberíamos irnos de aquí —sugirió Hermione y ella y Amy abandonaron la sala, dejándola como estaba primero. Después de una afectuosa despedida, Amy se dirigió a su sala común, pero Hermione tenía algo más que decirle.

—Buena suerte mañana, Amy —dijo, mostrando una amplia sonrisa—. Estaré apoyándote.

—Gracias.

Y Hermione vio cómo Amy desaparecía por una esquina, pensando en lo que su amiga había dicho sobre que se sentía cómoda con ella.


El día de la primera prueba estaba cargado con una electricidad contagiosa. Los alumnos discutían animadamente sobre qué era lo que los campeones debían enfrentar, claro que en momentos como ese, la empatía era una palabra que no existía en el léxico de los estudiantes, pues muy pocos de ellos pensaban en lo que debían estar pensando o sintiendo los campeones. Y, aunque Harry y Ron también conversaban en tonos casuales sobre las pruebas del Torneo, ver a los campeones desfilar hacia las carpas que rodeaban el lugar donde iba a tener lugar la primera prueba hizo que fuesen más empáticos con ellos.

En la carpa donde debían esperar los campeones, el señor Crouch estaba entregando los detalles de la primera prueba. Amy notó que Fleur y Krum no lucían sorprendidos, sino resignados. El único que tenía los ojos dilatados era Cedric.

Cuando el señor Crouch se fue de la carpa, Amy se acercó a Cedric y él supo que deseaba hablar con él.

—¿Qué quieres? —preguntó Cedric en un tono apenas audible. Daba la impresión que iba a vomitar si alzaba más la voz.

—¿Notaste las caras de Krum y Fleur?

—Estaba más pendiente de las instrucciones del señor Crouch. ¿Por qué?

—Ellos dos sabían en qué iba a consistir la primera prueba —dijo Amy, y aunque pretendía sonar indignada, tenía las cuerdas vocales muy tensas para ello—. Eso es trampa. Deberíamos informar al profesor Dumbledore.

La carpa volvió a abrirse y Amy pensó en el director de Hogwarts, pero en su lugar apareció Ludo Bagman. El recién llegado ignoró olímpicamente a los demás campeones y se acercó a Amy.

—¡Vaya! La cuarta campeona.

—¿Qué quiere, señor Bagman?

—¿Qué es lo que quiero? —dijo Bagman con incredulidad—. ¡Eres la campeona más joven! Es normal que estés asustada con lo que espera al otro lado.

Amy se cruzó de brazos por toda respuesta.

—Como dije, eres la campeona más joven y es evidente tu desventaja con respecto a los demás —continuó Bagman en un tono más confidencial—. Por eso necesitas toda la ayuda posible. Y estoy dispuesto a otorgártela.

—No gracias, señor Bagman —dijo Amy con voz temblorosa—. Se supone que tenemos que superar esta prueba por nuestra cuenta.

—Pero…

—Pero nada, señor Bagman. Y si insiste, hablaré con el señor Crouch.

Bagman no dijo nada, pero compuso una expresión mezcla de decepción y susto. Luego, mirando a los demás campeones, se retiró de la carpa, dejando a Amy preguntándose por qué Bagman parecía tan dispuesto a ayudarle con la tarea que tenía por delante.

Una voz se escuchó en la lejanía. Cedric era el primero en enfrentar a su dragón, un Hocicorto Sueco. Amy, a modo de lectura complementaria, había leído sobre dragones, las diversas especies que había, sus descripciones y hábitats. Sin embargo, nada que había leído le instruyó cómo derrotar o siquiera burlar a uno. Daba gracias a cada momento a su entrenamiento preventivo y, por supuesto, a la profesora McGonagall por poner un aula vacía a su entera disposición.

Hubo unos gritos de celebración, lo que le dijo a Amy que Cedric había conseguido el objetivo. Era el turno de Fleur de enfrentar a su Galés Verde Común.

—¿Cómo te fue? —quiso saber Amy cuando Cedric entró en la carpa médica y fue atendido inmediatamente. Amy notó que tenía unas quemaduras en su piel, nada grave eso sí.

—Traté de distraer al dragón con un labrador —dijo Cedric con una sonrisa. Su nerviosismo había desaparecido después de haber pasado la prueba—. No resultó como esperaba. Conseguí el huevo, pero no sin éstas—. Y señaló sus quemaduras.

—Bueno, al menos son superficiales.

—Espero que Fleur lo haga bien —dijo Cedric justo cuando un grito colectivo de decepción atronó desde las gradas—. Eso no sonó bien.

—Para nada —añadió Amy.

No obstante, quince minutos más tarde, los vítores le dijeron que Fleur también había conseguido el huevo de oro. Cuando apareció en la carpa, Cedric y Amy notaron que su uniforme había sido chamuscado por el fuego del dragón.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Cedric, dirigiéndose a Fleur.

—Un poco impactada, pero bien —repuso la veela, cuya respiración se antojaba superficial.

—Es el turno de Krum —dijo Amy, mirando cómo el estudiante búlgaro se dirigía a su encuentro con su Bola de Fuego Chino.

—Por cierto, tienes mala suerte, Amy.

—¿Por qué?

—Tu dragón —dijo Cedric, quien lucía verdaderamente preocupado—. No he leído nada bueno sobre la especie que te tocó. Son criaturas realmente desagradables y peligrosas.

Amy rodó los ojos.

—Gracias por el apoyo moral —dijo ella sarcásticamente.

Otros quince minutos pasaron para que Krum regresara victorioso de su encuentro con el dragón. Era el turno de Amy para enfrentar al temible Colacuerno Húngaro.

—Buena suerte, Amy —le deseó Cedric con una sonrisa. Amy le sonrió de vuelta.

Todo su cuerpo temblaba cuando entró en la arena, frente a una multitud que gritaba, silbaba y abucheaba. Jamás esperó que la oferta de Ignatius Robinson implicara enfrentar dragones de diez metros de altura. O tal vez había sido mera coincidencia que su llegada a Hogwarts ocurriera el mismo año en que se celebrara el Torneo de los Tres Magos.

Recuerda tu entrenamiento, Amy. Recuerda que el agua en todas sus formas es tu elemento.

Amy estaba segura que la prueba sería mucho más fácil de superar si lo hubiera hecho como Sailor Mercury, pero sería mucho asombro para los magos darse cuenta que una de las alumnas de Hogwarts era una Sailor Senshi. En lugar de eso, Amy puso en práctica su entrenamiento y su experiencia en combate.

Y la contienda comenzó.

Amy sabía que el dragón no podía ser derrotado, pues era una criatura mágica muy poderosa y que era inmune a los encantamientos, por lo que necesitaba una distracción. En segundos se le ocurrió un plan de acción.

Amy se dio cuenta que el dragón no parecía moverse demasiado del grupo de huevos, entre los cuales estaba el huevo de oro. Es un dragón hembra se dijo Amy. No va a alejarse de los huevos… a menos que separe los huevos reales del que necesito obtener.

Para sorpresa del público, Amy corrió hacia el dragón, al parecer con la intención de atacarlo. Como era predecible, la criatura le lanzó un chorro de fuego y todos pensaron que ese sería el fin de Amy, pero vieron con asombro que ella se había hecho a un lado, rodando por el suelo con destreza militar. El dragón volvió a atacar, pero Amy volvió a esquivar su ataque como toda una profesional. Y, en cuanto se puso de pie, alzó su varita y de ella brotó una bruma muy densa que oscureció el campo de batalla, impidiéndole al dragón ver lo que estaba ocurriendo.

Bien. Ahora, dividir y vencer.

Amy, sabiendo que el huevo de oro era el único que estaba protegido contra hechizos, empleó un encantamiento convocador muy preciso para atraer los huevos reales hacia ella. Sabiendo que si rompía siquiera uno de ellos le haría perder puntos valiosos, Amy trabajó rápido. Después del encantamiento convocador, utilizó un encantamiento levitador para sostener los huevos y controlarlos mejor. Con cuidado, Amy trasladó los huevos reales hacia un lado del campo de batalla y los depositó gentilmente sobre el suelo, justo cuando la bruma se disipó.

El dragón miró hacia abajo y se dio cuenta que casi todos los huevos habían desaparecido. A continuación lanzó un bramido que hizo estremecer a todo el mundo y vio a la única amenaza que había en el campo de batalla.

Amy, viendo que el dragón había caído en la trampa, corrió hacia un lado, sabiendo que el dragón jamás dañaría sus propios huevos. Sin embargo, eso no impidió que extendiera una pata en su dirección y le habría hecho una herida mortal si no hubiese saltado en el último minuto, rodando por el suelo para amortiguar la caída y seguir corriendo hacia el huevo de oro.

El plan había resultado tal como ella había esperado. El dragón no se movió de su lugar y el huevo de oro había quedado solo, lejos de la criatura. Sin embargo, eso no hizo que el dragón no atacara a distancia, pero sus ráfagas de fuego no poseían la misma fuerza y Amy pudo neutralizar sus ataques con una pared de hielo que iba creando a medida que se acercaba al huevo.

Tres metros, dos, uno…

Amy tomó el huevo de oro y escapó del dragón hasta llegar a un lugar seguro, mientras que un equipo de magos se encargaba de subyugar a la criatura. Ludo Bagman, quien era el narrador, gritaba palabras diversas al público, pero Amy no las oía. Todo lo que importaba era que ya no había abucheos en las gradas. Había una ovación general por la alumna nueva, e incluso los jueces lucían impresionados.

—Eso fue… asombroso —dijo una voz detrás de Amy. Ella se dio la vuelta y vio a Hermione, acompañada de Harry y Ron—. ¿Dónde diablos aprendiste a hacer eso?

Amy se puso colorada y juntó ambas manos.

—Es el entrenamiento.

—¿De qué estás hablando? —dijo Ron, quien lucía aún más asombrado que Hermione—. Nadie puede moverse de ese modo en tan poco tiempo. Es como si ya hubieras hecho esto antes.

Hermione le dirigió una mirada inquisitiva a Amy, pero ella no respondió.

—Déjala, Ron —dijo Hermione, sabiendo lo que ese silencio significaba—. Ella tiene derecho a guardar sus secretos.

—¿Y tú sabes algo?

—Sé que Amy guarda secretos, y sé también que no está en nuestro derecho averiguar cuáles son.

—Yo estoy con Hermione —dijo Harry, mirando a Ron con una expresión seria—. Cuando sea el momento indicado, ella nos lo dirá. Como sea, los jueces están a punto de entregar sus puntajes.

Y los cuatro miraron hacia arriba y vieron que los jueces alzaban sus varitas y dibujaban un número que brillaba con luz dorada. Madame Maxime le dio un nueve, Dumbledore un diez, Crouch un diez, Bagman un diez y Karkaroff un cinco.

—¿Un cinco? —exclamó Ron, indignado—. ¡Cerdo imbécil! ¡Esa fue lejos la mejor actuación de todas! ¡A Krum le dio un diez, pese a que rompió algunos huevos!

—Es verdad —dijo Hermione, quien era más moderada para mostrar su enojo—. Amy fue muy cuidadosa con el asunto de los huevos, y lo que es más, ni siquiera recibió un rasguño.

A lo lejos, Harry pudo ver que los demás jueces miraban con curiosidad a Karkaroff.

—Amy fue muy inteligente al separar los huevos reales del que necesitaba obtener —dijo Hermione, quien todavía miraba a Karkaroff con una mirada fulminante—. Hizo que el dragón decidiera sus prioridades y escogió proteger a la mayoría. Me pregunto por qué a ninguno de los otros campeones se le ocurrió una idea similar.

—Eso qué importa —dijo Ron—. El punto es que Amy está a la cabeza del Torneo con cuarenta y cuatro puntos. Krum tiene cuarenta, Cedric tiene treinta y seis y Fleur, treinta y cinco.

—Lo hiciste muy bien —dijo Hermione, abrazando a Amy afectuosamente y ella le devolvió el abrazo del mismo modo. Ron arqueó una ceja, justo cuando el flash de una cámara hizo que Hermione y Amy se separaran de forma brusca.

—Veo que hay tiempo para el amor en el Torneo —dijo una voz desagradable que sonaba como la de una reportera. Hermione frunció el ceño y Amy se cohibió en presencia de la mujer frente a ellas.

—No sé a qué se refiere —dijo Hermione con desdén.

—¿No? Pues yo sé exactamente a qué me refiero —dijo Rita Skeeter con su acostumbrado cuaderno y pluma flotante de color chillón—. ¿Es normal para usted, señorita Granger, que tenga inclinaciones románticas por otras chicas?

—Eso no es de su incumbencia —ladró Hermione, pero Rita no se inmutó.

—Voy a tomar eso como un sí —dijo la reportera, mirando a Amy—. Señorita Mizuno. ¿Está de acuerdo con lo que dice su novia?

Amy carraspeó antes de entregar su respuesta.

—Un abrazo no hace una relación, señorita Skeeter —dijo Amy con la modestia que le caracterizaba—. Hermione y yo somos amigas, muy buenas amigas.

Rita Skeeter no dijo nada, pero su pluma se divertía haciendo anotaciones en el cuaderno. Hermione tenía la impresión que no le iba a gustar mucho cierto artículo del periódico de la tarde.