Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Uso de OC y nombres humanos:

*Jan van Santen - Holanda

*Emma Van Santen - Bélgica

*Emily Jones - Nyo Estados Unidos

*Lola Fernández Carriedo - Nyo España

*Dennis Andersen - Dinamarca

*Scott McAlvey - Escocia


Alfred

Alfred dormía en el desván de la pensión. Lo prefería así porque aquel sitio era muy grande, tenía una ventana y mucho espacio para dejar cualquier cosa que se encontrase por la calle. Al contrario que las habitaciones de abajo, las paredes no estaban empapeladas y el suelo de madera crujía bajo los pasos. No había puerta, se llegaba por la trampilla que había en el suelo, al lado del lateral derecho de la habitación. A la izquierda, según se subía por la escalerilla plegable, estaba la cama del muchacho y junto a ella una mesita de noche y una pila de tebeos bastante deteriorados. A un lado de la habitación había un armario no muy grande y al otro, un escritorio con varios libros, plumas, lápices y cuadernos. La ventana estaba en medio de la pared que daba al exterior.

No parecía acogedora pero para Alfred era como un nido. Su nido.

Aquella noche estaba nublado por completo y no era posible observar estrellas. Alfred sentía un disgusto especial por ese tipo de clima porque de esa forma no le quedaba más remedio que tumbarse en la cama a hacer cualquier otra cosa antes de dormirse.

Sentado en el colchón aún con el pijama a medio abrochar, el muchacho se quitó las gafas y las dejó encima de la mesita de noche. La débil luz de la lamparita proyectaba su sombra por todo lo ancho de la estancia y la brisa ligera agitaba las cortinas de franela que colgaban de los rieles sobre la ventana. Un rayo iluminó el cielo muy a lo lejos, al que le siguió el estallido del trueno acompañante. La buhardilla parecía más tétrica que nunca.

Pensativo, Alfred desvió la vista hacia el telescopio que estaba instalado junto a su ventana y se preguntó si ellos aparecerían también esa noche.

Recordaba el primer avistamiento que hizo meses atrás, antes de que Lovino llegase al pueblo. Había estado holgazaneando un poco, mirando perezosamente a través del aparato hacia la luna creciente de esa noche. También recordaba lo cansado que se sentía por haber estado repartiendo toda la tirada de prensa porque su compañero se había puesto enfermo y no había ido al trabajo. Y por supuesto, recordaba la montaña de hamburguesas que su madre le había hecho para cenar.

Fueron esas condiciones, somnolencia y satisfacción, las que le hicieron desviar la trayectoria del telescopio sin querer, aburrido y medio dormido, de la luna al cementerio de Winterfield.

Desde la ventana de Alfred se divisaba la zona este del pueblo y más allá de las colinas. Gracias a la altura que le proporcionaba la ubicación en el desván, tenía una visión perfecta y panorámica de todo el este. No solía mirar hacia ninguna otra parte que no fuese el cielo, pero aquella vez fue la excepción.

Y gracias a eso pudo verlos por primera vez.

Mientras giraba un poco la lente para adecuarla a la distancia relativamente cercana del cementerio, Alfred captó el movimiento de una luz parpadeante, de color verde, aproximándose hacia su rango de visión. La luz era de un tamaño considerable, una bola brillante e indefinida, difícil de identificar. Al principio, Alfred tan sólo vio como caía hasta apagarse en lo que sería la superficie del cementerio. No le dio más importancia después de eso porque pensó que había sido una bengala, lanzada por cualquiera allá fuera. Pero cuando la luz volvió a brillar, elevándose desde el suelo, Alfred sintió un escalofrío y trató de seguir la trayectoria de la bola verde, sin éxito. Recorrió el cielo con el telescopio y sin él, en busca de aquello.

Pero el cementerio estaba desierto, el cielo despejado y no había rastro de ninguna luz extraña por ninguna parte. Aquella noche no durmió, nervioso, asustado y emocionado. Y al día siguiente, cuando se levantó y fue al trabajo, repartió los periódicos con octavillas que él mismo había hecho durante su insomnio, anunciando la visita extraterrestre. Ese fue el motivo por el cual ahora muchos le tomaban el pelo y se reían de él, aunque lo que nadie sabía, ni siquiera Jan, era que Afred había continuado observando por su ventana todas las noches, con la esperanza de ver otra vez aquella luz brillante. Y que cada quince días, día abajo, día arriba, la luz verde volvía, aterrizaba, se apagaba y volvía a irse por dónde había venido.

Estando nublado sería difícil intentar mirar pero de todas formas lo intentó. Se acercó trémulamente al telescopio y pegó el ojo al objetivo. La oscuridad era aún más turbia sin la ayuda de la luna o las estrellas y apenas era capaz de enfocar nada visible. Alfred chasqueó la lengua, echando un vistazo al reloj que estaba encima del escritorio, al otro lado del cuarto. Los extraterrestres solían aparecer sobre pasadas las doce y ya daban y quince minutos. Quizá ya habían venido y él no lo había notado. Fuese como fuese, el chico se mantuvo un poco más a la espera, hasta que la tormenta alcanzó Winterfield y le fue imposible seguir observando nada. Cerró la ventana para que no entrase el agua y apartó el telescopio, dejándolo a un lado junto a la pared.

Alfred suspiró algo desilusionado y fue hasta el escritorio. Tomó un pequeño cuaderno bastante manoseado, de tapas duras y negras, y un lápiz. Luego fue hasta la cama. Allí se tumbó, abriendo el cuaderno por la última página escrita. Comenzó a escribir poco después, tras unos segundos pensando.

Registro número 18. Clima: Nublado. Hora: 00:20 de la noche. Día: 17 de Junio de 1940.

Hoy no han venido. Sí lo han hecho, no les he visto. Sigo sin saber qué es lo que quieren o por qué han elegido Winterfield como lugar de aterrizaje. Pero lo sabré, no importa cómo o cuándo, yo lo sabre, y le demostraré al mundo que los alienígenas existen.

¿Qué significará todo esto? ¿Y la luz verde? ¿Serán marcianos o selenitas?

Alfred F. Jones.

PD: Sigo teniendo hambre.


Había pasado una semana desde que Dennis se embarcara y saliera hacia alta mar. Las noticias que llegaban de la situación en Europa eran cada vez más alarmantes y la idea temerosa de que Estados Unidos entrase en el conflicto para ayudar a los británicos y franceses era cada vez más cercana. Muchas personas pensaban que el país no debería ir a la guerra y muchas otras que sí. Alfred escuchaba todas las opiniones cuando repartía los periódicos, lo quisiera o no. Si le molestaban, no daba muestras de ello, sonreía y asentía ante las exultantes quejas de los ancianos o los lamentos de las señoritas y continuaba su camino.

Su rutina era simple. Se levantaba antes de que amaneciese, usaba el aseo del servicio y bajaba a la cocina, dónde estaría esperándole la cafetera preparada del día anterior. Calentaba un poco de café y devoraba un par de tostadas con huevos. Cuando terminaba de desayunar su madre aparecía por las escaleras, le daba un beso en la mejilla y le deseaba buena suerte. Después, dependiendo del tiempo, se llevaba la chaqueta de aviador de su padre o una bufanda.

Cuando salía a la calle todavía era de noche, aunque ya se empezase a vislumbrar la claridad del amanecer por la línea fina del horizonte en el este. Andaba a buen paso por las desiertas calles, cruzándose siempre con Thomas, el lechero, de camino al ayuntamiento. La sede de la Editorial Winterfield estaba en el primer piso del edificio gubernamental a falta de uno propio y se encargaba de distribuir la prensa que llegaba desde la metrópoli además de fabricar su propia propaganda o de editar algún que otro libro. Alfred trabajaba en esa sección como repartidor de periódicos, redactor a tiempo parcial e informador, o de lo que le mandasen. Aparte de los ingresos que su madre ganaba con la pensión, el de Alfred era el único sueldo que tenía la familia.

El reparto de periódicos estaba dividido por zonas y Alfred tenía dos asignadas. Normalmente los repartidores tenían una pero él se prestaba siempre a ocupar los huecos por falta de personal. Se encargaba de cubrir todos los distritos que conformaban la parte norte y oeste, en tanto que sus compañeros se apañaban con las restantes. A él no le importaba trabajar más que la media, porque era más dinero y realmente no tenía nada más que hacer. Derrochaba energía. Alfred usaba una bicicleta para moverse por el pueblo. En la parte trasera había sujetado una vieja caja de naranjas y allí dejaba los montoncitos de periódicos. Tenía que hacer muchos viajes pero era mejor que caminar.

Terminaba de repartir los periódicos hacia medio día, dependiendo de las dificultades o de si algún vecino le había entretenido más de la cuenta. Pero nunca faltaba al almuerzo con Jan en la ferretería. Lloviese o hiciese sol, Alfred siempre le llevaba un periódico y compartía sus hamburguesas caseras –regalo de la señora Carter- con él. No lo hacía por nada en especial. Aunque Jan fuese un tipo seco, tacaño y cascarrabias que le dejaba bien claro lo que pensaba de los demás con sólo una mirada, Alfred se desentendía de eso y le atacaba con una sonrisa, siempre. Y Jan, que en realidad no era tan duro como aparentaba y quería hacer creer, le dejaba quedarse un rato en su tienda. El holandés lo consideraba como un sobrino, ese sobrino travieso y alborotador que siempre quería llamar la atención. Alfred lo consideraba como un amigo, ese que parece que no está pero que en verdad siempre se mantiene a tu espalda, esperando para ayudarte.

— ¡Buenos días! — como siempre, Alfred entró en la ferretería como un torbellino, aunque Jan jamás se inmutaba, como si le esperase.

— No grites. — fue el saludo de Jan.

Alfred entró a zancadas y dejó el periódico encima de la mesa. Jan estaba entretenido leyendo una revista vieja sobre motores de cosechadoras y parecía muy inmerso en ella, salvo que estaba del revés. Alfred se dio cuenta de eso incluso a golpe de vista porque no era normal que la portada de una publicación así tuviera la foto de una máquina con las ruedas arriba y no abajo. Pero no le dijo nada.

— La gente está nerviosa. — comentó Alfred mientras almorzaban, después de haberse informado mutuamente sobre las novedades de la semana.

— Por las noticias que llegan a Europa, ya lo sé. — Jan asintió, mientras masticaba con aire absorto.

— Hay algunos que incluso piensan que hay espías alemanes en Estados Unidos.

— Eso sí que es estúpido. — Jan gruñó. — No tiene sentido que Alemania gaste recursos en un país neutral. Entiendo que en Inglaterra tengan miedo pero ¿aquí?, es absurdo.

Alfred hizo una mueca de disconformidad a la vez que desenvolvía su segunda hamburguesa.

— Bueno, no somos neutrales del todo. Apoyamos a los Aliados con recursos económicos. — casi era una protesta.

— Aún así Estados Unidos no forma parte activa del conflicto, y estamos fuera de la órbita de actuación alemana.

—Pero si Alemania gana en Europa… ¿quién te dice que no seguirán con el resto de los continentes?

— Ningún país tiene tanto poder para hacer eso. Gane quién gane, se quedará en Europa.

Alfred entreabrió los labios y se acercó al mostrador, inquieto, incrédulo.

— ¿Cómo puedes decir eso? Tú tienes familia en Holanda, ¿qué pasa con ellos? ¿Qué pasa con todo?

Jan entornó los ojos, afilando severamente la mirada, clavando la vista en Alfred, sin levantarse. Por un momento, imágenes dispersas de su anterior vida en Holanda sacudieron su cabeza, casi nublando su raciocinio. Casi.

— Alfred, lo que pase en Europa no es asunto nuestro, deja de darle tanta importancia. — aun a sabiendas de que había escogido las palabras cuidadosamente, Alfred estalló, golpeando la mesa con las manos.

— ¡La gente está muriendo! ¡¿Cómo no voy a darle importancia? ¡Si nadie le diese importancia a nada, todo se iría a la mierda! — Alfred se había exaltado, furioso. No entendía por qué Jan no quería comprenderlo. Respiró profundamente dos veces y luego se separó del mostrador, todavía intranquilo. — Entiendo que te de… miedo todo eso, pero no puedes ignorarlo.

Jan alzó una ceja. No le había molestado en lo más mínimo que Alfred le gritara porque era muy común que el muchacho lo hiciese cuando alguien no estaba de acuerdo con él. Tampoco le importaba que le llamase cobarde, en cierto modo lo era, aunque de una manera especial. Además, le era divertido rebatir sus argumentos.

— Y tú no puedes decirme lo que puedo o no puedo hacer. Así es cómo considero las cosas, no me importa la rabia que sientas. Tu forma de pensar es típica de un niño inmaduro que no ha salido de casa y que no ve más allá de sus narices, que cree que las cosas se arreglan yendo a una pelea siendo el más fuerte. Ir a una guerra es lo peor que un país puede hacer aún si no tiene más remedio. Por eso jamás estaré de acuerdo con que Estados Unidos vaya a Europa a hacer nada. — después del pequeño discurso, Jan encendió un cigarrillo y se lo llevó a los labios. — No tiene nada que hacer allí, te pongas como te pongas.

Alfred, que había aguantado la respiración presa de una creciente ira, apretaba los puños tratando de controlarse para no tener que golpear al holandés. No era capaz de asimilar las ideas de Jan, por eso no desistía en querer hacerle entender la suya, aun cuando Jan sí las comprendía. En parte era su nula predisposición natural a escuchar a los demás.

— Entonces, según tú, gane quién gane será lo justo. — dijo, casi paladeando las sílabas.

— No, no me has entendido. Una guerra no tiene nada de justo. — con un suspiro resignado, bajó la revista y entrelazó los dedos. — Una guerra no es una competición, ni un juego, pero hay dos bandos. Y gané quién gane tendremos que aceptarlo.

— No aceptaré que gane Alemania, querrán apoderarse de todo. — Jan podía ver el odio que Alfred destilaba, el rencor y la amargura.

— Eso es lo que tú crees que harán.

— Lo harán, los alemanes están deseosos de venganza después de los derrotaran en la Primera Guerra, no pararán hasta desquitarse con Estados Unidos también y con todos aquellos que los humillaron.

Parecía tan seguro de eso que Jan se preguntó de dónde habría sacado esas ideas. Alfred era muy joven para albergar esa clase de sentimientos contra todo un colectivo. Y lo que era peor… estaba culpando a todo el país y no al partido Nazi, como hacían muchos allí. Con un nuevo suspiro, esta vez más flojo, se masajeó la frente con los dedos y tomó una calada, pensativo.

— Escucha, Alfred. — pidió, con un murmullo. El chico pareció tranquilizarse de pronto. — No es seguro que gane Alemania. — en el fondo, él tampoco quería que eso sucediera. — En caso de que lo haga, su dominio no duraría mucho, ¿sabes por qué?

— ¿Por qué? — preguntó él con recelo.

Jan sonrió.

— Porque cuanto más grande es el territorio bajo tu control, más difícil es de dominar. Si Alemania gana y se hace con Europa, tardaría menos de diez años en caer y entonces sí que no volvería a levantarse.

— Pero eso podría provocar otra guerra.

— Quién sabe. Puede que sí o puede que no. Ya se han derrumbado muchos imperios, todos por cometer el mismo error. Los alemanes son unos idiotas si creen que si forman uno, el suyo no lo hará.

— ¿Qué error?

Jan chasqueó la lengua y chupó otra calada, sin responder a la pregunta. Desvió la vista hacia el reloj de la pared y exhaló humo.

— Será mejor que vuelvas al trabajo, se te ha pasado la hora.

— Pero…

— Ve.

Alfred protestó por lo bajo y recogió las hamburguesas sobrantes, colgándoselas del hombro. Después de repartir todos los periódicos tenía que volver para ayudar con el correo y no era buena idea retrasarse. Cabeceó despidiéndose de Jan y avanzó hasta la puerta. Sin embargo, al abrirla, se quedó quieto en el umbral, ensimismado. Luego se volvió hacia el holandés.

— Jan, ¿qué error?

Jan se le quedó mirando en silencio por un buen rato y sonrió de lado. Al final, aunque hubiesen discutido, Alfred había dejado ver su carácter curioso de nuevo. No importaba si no estaban de acuerdo, él siempre le enseñaría algo al joven, de una manera o de otra.

— El mayor error que todos los imperios cometen, Alfred. Pensar que eres diferente y que vas a durar para siempre.


Emily

Uno de los primeros recuerdos de Emily era el estar en brazos de su madre, mirando hacia el cielo mientras cuatro aviones hacían piruetas entre las nubes y dejaban estelas de colores a su paso. Era una evocación borrosa, distorsionada por el paso del tiempo y que sin embargo, le hacía sentirse orgullosa. Ese sentimiento también le sacudía el pecho cuando veía un avión.

Y todo aquello se debía a su padre.

Jacob J. Jones había sido piloto durante la Primera Guerra Mundial y había muchas fotografías de él al lado de su caza repartidas por las estanterías de la sala de la pensión.

Emily recordaba muy vagamente a su padre porque este había muerto en un accidente en su hangar de trabajo cuando ella sólo tenía dos años. Podía rememorar la calidez y la sonrisa optimista, el bigote fino y bien cuidado y sus ojos azules. También su voz, grave y melodiosa. Y su olor, a tabaco de liar, grasa de motor y loción para después del afeitado

Alfred y ella habían crecido escuchando historias sobre el señor Jones y sus hazañas en combates aéreos. Ese era el motivo por el cual Emily adoraba a los soldados y a los hombres que luchaban por lo que querían. Y que Alfred desease con todas sus fuerzas ser admitido en el ejército, para ser igual que su padre.

El carácter de Emily también se había forjado a partir de ese orgullo. Patriota, dinámica, trabajadora, una forma de ser dura y a la vez soñadora. No había muchas chicas que tuvieran una forma de ser tan extrañamente férrea. Emily sabía muy bien lo que quería siempre y en base a eso daba lo mejor para los demás.

Su vida era una sencilla cadena de acontecimientos y acciones. Trabajaba en la pensión así que no percibía sueldo pero era eficiente y le quitaba mucho trabajo a su madre. Ella sola se encargaba de la ropa de los inquilinos, tanto de lavarla como de plancharla y zurcirla en caso de necesidad. Ayudaba con las comidas y los recados y era la que llevaba el libro de cuentas. Pagaba las facturas con el dinero que le daba la señora Jones y adquiría los suministros. No era la dueña de nombre pero hacía todas las cosas que debía hacer el jefe. Eso a ella no le importaba porque le hacía sentir útil y orgullosa de si misma. Al igual que a su hermano mayor, adoraba ayudar a los demás y prestar servicio en Dos estrellas era una forma muy buena de hacerlo.

Esa mañana era veintiuno de junio y Emily estaba en la casa, terminando de tender sábanas en el patio trasero. Hacía un poco de viento, pero era tibio y eso ayudaría a que la ropa se secase antes. Tarareaba una canción animada mientras colocaba las pinzas, pensando en cosas comunes y corrientes. Saludó a varios vecinos que pasaron caminando al lado de la valla de madera que delimitaba el patio y charló un poco sobre los problemas cotidianos con las madres que iban llevando a sus hijos al colegio.

Emily adoraba a los niños pequeños y esperaba con completa ansia el día en que pudiera tener uno propio. La sensación de tener una criatura indefensa, y que dependía de ti por completo, en los brazos tenía que ser la más maravillosa de todas. La idea de proteger, educar y guiar a un niño hasta que fuera capaz de valerse por si mismo…

— ¿Emily? — la voz de la señora Jones hizo que dejara de pensar en esas cosas y atendiera a lo que estaba haciendo. La muchacha se había quedado mirando hacia el final de la calle, absorta en sus sueños.

— Ah, mamá, he terminado de colgar la ropa. — Emily se acercó hasta la puerta del patio, hasta su madre.

— Voy a ir un momento al mercado, ¿puedes vigilar la olla por mí? — ese día estaban cocinando estofado de ternera. — No tardaré mucho.

La mujer mayor le acarició la mejilla y sonrió, maternal. Emily asintió sonriendo también y ambas entraron a la casa.

La señora Jones salió poco después, dejando a Emily al cuidado de la casa. Aquel día, todos estaban fuera por alguna u otra razón. Dennis en alta mar, Jan en su local, Alfred en el ayuntamiento. Lovino había salido a instalar un sistema de riego por goteo en el jardín de uno de los adinerados del pueblo y Lola había ido a tomarle las medidas a la hija de Lewis Darcy, uno de los secretarios del alcalde.

A solas con su silencio, Emily se sentó en un taburete de la cocina, vigilando el fuego y esperando a su madre. No sobrellevaba muy bien eso de esperar y menos si estaba sola, sin nada que hacer o alguien con quién hablar. Apoyó los codos en la mesita que había pegada a la pared frente a los fogones y fijó la vista en el techo sin darse cuenta, mirando a las musarañas.

Hacía mucho tiempo que no sabía nada de él y eso le preocupaba. Guardaba todas sus cartas en una cajita de madera que tenía encima del tocador de su cuarto y siempre que sentía añoranza las volvía a leer, una y otra vez, recordando sus ojos o el sonido de su voz. También recordaba las pocas citas que habían tenido, lo maravilloso que era pasear tomando su mano y mirar su sonrisa tenue, dirigida sólo a ella. Pensar en él hacía que su corazón latiese más fuerte. E inmediatamente recordaba que estaba en el frente, en Francia, haciendo que esos latidos se convirtieran en un dolor sordo y constante.

Todos los días rezaba para que aquella guerra acabase pronto y pudiese volverlo a ver. Esa era la razón oculta por la que deseaba que Estados Unidos ayudase a los Aliados en Europa. Si su país entraba en la guerra, ganarían, estaba segura de ello. Y Emily podría reunirse con su novio, casarse y formar una familia.

Despertando de su ensoñación, la joven se levantó al oír el burbujeo del estofado. Lo removió un poco y se llevó el cucharón a los labios, comprobando que estaba haciéndose bien. Le añadió un poco de sal y volvió a sentarse.

No quería volver a pensar en esas cosas, se sentía triste y alegre al mismo tiempo y no sabía cómo lidiar con ello. Pero era su situación y vivía con ella. Así le decía siempre su madre.


La tormenta de hacía unos días había dejado un cielo limpio y despejado y un ambiente fresco un poco extraño a esas alturas de la primavera.

Después de la cena, Emily se quedó fregando los platos mientras los demás se iban a sus habitaciones. Sin querer captó parte de la conversación que se mantenía en el salón, en donde Lola se había quedado hablando con Lovino en voz baja. Sonrió sin darse cuenta, mientras las palabras suaves y relajadas de ambos se confundían con el sonido del grifo y los platos dejados en el aparador. Debían de estar hablando de algo gracioso porque de vez en cuando reían. Emily no podía estar segura pero quería pensar que Lola había encontrado también a alguien a quién amar.

De nuevo se acordó de él y su ánimo decayó un poco. Había estado esperando alguna respuesta a la última carta que le envió desde hacía unas semanas y la falta de ella le reconcomía. Quizá el sistema postal entre Estados Unidos y Francia se había roto o simplemente él no había tenido tiempo de escribir. Sabía que su trabajo era complicado y muy arriesgado, mucho más que el de cualquier soldado en el frente.

Avanzó hasta la sala secándose las manos con un trapo, suspirando por culpa del cansancio. Lola y Lovino interrumpieron su charla y la miraron, la primera con una sonrisa y el segundo con cierto deje irritado, como si no le hubiese gustado la interrupción. Sin embargo, recobró pronto la tranquilidad. Era Emily después de todo.

— ¿No os vais a dormir? — preguntó la muchacha rubia, yendo hacia las escaleras.

— Hm, debería. — masculló Lovino, bostezando y levantándose del sofá. — Mañana tengo que cambiarle los grifos a Saranson.

— Saranson, ¿el abogado? — preguntó Lola, levantándose casi a la misma vez que él.

— Si hay otro yo no lo sé. Ese tipo da escalofríos. — Lovino se encogió de hombros y pasó al lado de Emily, subiendo las escaleras. — Buenas noches. — dijo, de una forma increíblemente suave.

Emily se hizo un poco a un lado y le dejó pasar, observando su espalda y deseando buenas noches también, Lola se acercó a ella un poco, mirando igualmente hacia las escaleras. La joven rubia desvió la vista hacia su amiga entonces.

— Siento haberos interrumpido. — dijo bajando la voz.

Lola negó con la cabeza, sonriendo.

— No te preocupes, sólo estábamos hablando.

Aún así Emily se sentía un poco culpable. Lovino era un poco difícil de tratar, se cerraba a los demás y no dejaba que nadie fuese más allá de la mera cordialidad. Lola había traspasado un poco esa línea y Emily se lamentaba de haber hecho que el muchacho huyese.

— ¿Sigues sin recibir noticias, verdad?

Mientras subían juntas las escaleras hasta el primer piso, Lola se interesó por la correspondencia que Emily mantenía con su novio destinado en Francia. Ella no sabía mucho de él porque la joven no hablaba demasiado de eso. Lola asumía que era porque la situación le era demasiado insostenible y prefería guardarse la tensión adentro en lugar de confiársela a alguien más.

— Sí. — murmuró Emily en respuesta. — Seguro que ha estado ocupado, es normal…

Pero de repente, antes de que pudiera continuar con la conversación, se oyó el correteo desmesurado de alguien por el piso de arriba. Ambas muchachas se detuvieron en el pasillo de su piso mirando hacia el techo. El retumbo pasó del piso de arriba a las escaleras y Alfred apareció entonces, respirando como si hubiera participado en una maratón. Algo despeinado con el pijama puesto y sin las gafas, Alfred se acercó a su hermana y le tendió un sobre. Ella lo tomó por inercia y lo miró, desconcertada. El sobre estaba algo arrugado.

— Alfred, ¿qué…?

— ¡Perdona, tendría que habértelo dado esta mañana, pero se traspapeló con mis propios sobres…! Lo siento.

El chico parecía bastante arrepentido y tanto Emily como Lola se miraron, un tanto aturdidas. Emily leyó la dirección del remitente y el corazón le dio un vuelco. Las palabras francesas, la letra pulcra y estilizada…

— Alfred, idiota… — murmuró, antes de mirar al muchacho y propinarle un suave puñetazo en el hombro. Alfred protestó y se frotó la zona golpeada, apartándose un poco.

Fuck, Emily, ya dije que lo sentía.

Emily abrió el sobre, bajo la mirada atenta de Lola y Alfred, y leyó la carta. La misiva era larga, contaba cosas y sucesos de la vida diaria en Francia y también abordaba sentimientos del autor hacia el destino. Pronto Emily sonrió suavemente, presa de una dulzura inexplicable. Cuando terminó de leer, suspiró, llevándose el papel al pecho, como si quisiera abrazar al que la escribió. Lola ladeó la cabeza, feliz por verla así de contenta.

— ¿Y? ¿Qué dice? — preguntó curiosa.

Emily desvió la vista hacia la española y esbozó una sonrisa más grande, luego miró a su hermano, que también esperaba para saber qué era lo que la carta decía. Casi parecía que se lo callaba a propósito, para darle interés a la situación. Sin embargo, finalmente habló.

— Va a venir. — musitó. — Ha pedido un permiso especial para un mes.

— ¿De verdad? — Lola se emocionó. — Qué romántico. — suspiró.

Alfred puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua.

— Que cursi. — esa vez fue Lola la que le golpeó el brazo. — Ay, vale, ya, ya me calló. — se retiró hasta el pie de las escaleras gruñendo. — Bueno, si eso era todo… sólo no olvides decírselo a mamá por la mañana.

— Claro que no. Buenas noches, hermano.

Yeah, buenas noches. — Alfred desapareció en la oscuridad, dejándolas solas.

Emily entonces volvió a leer la carta, dejando que Lola lo hiciese también. Al final, cuando llegaron a las últimas líneas, ninguna de las dos pudo evitar suspirar. La dulzura de las palabras y el amor que se destilaba de ellas eran tan fuertes que habría sido imposible no hacerlo.

… y espero que cuando leas esta carta mires al cielo y pienses en mí. Yo lo hago todos los días aún cuando tengo que estar concentrado en el trabajo. No puedo esperar a que llegue el día en que pueda verte como tampoco hay una noche en que no sueñe con tus besos. Pero no te preocupes, como dije más arriba, pronto estaré contigo. Espérame. Te quiero.

Con todo mi corazón,

Arthur Kirkland.


Bien ~ y aquí terminan las dichosas presentaciones del día a día. El siguiente capítulo inicia el primer arco real de la historia pero no daré detalles. Alfred vigila a los OVNIS y Jan lee revistas al revés, que cosas, ¿cierto? A decir verdad, los extraterrestres serán el único elemento de ficción en el fic, no vayan a pensar que de repente ahora hay magia XD. Hice el capítulo partido a mitad y mitad porque realmente Alfred y Emily son los personajes con un pasado sencillo que no llama la atención. Salvo el disgustó del papi, poco más tienen de malo en sus vidas, al contrario que los demás. Bueno, ¿más opiniones? ¿tomatazos? Gracias por leer ~

Lorena Malfoy: Te intentaré contestar en general a todo, no me suelen dejar comentarios en varios capítulos cuando están publicados pero haré el esfuerzo. Varios me han dicho ya que mis fics son como ver películas y no sé por qué XD créeme que me resulta muy curioso leerlo porque simplemente escribo tal como imagino en mi cabeza. Pero me alegra, eso quiere decir que voy por buen camino. Sobre los personajes, trato de hacerlos lo más realistas y verosímiles posibles. Una vez me enseñaron que una historia gusta más cuanto más real es -dentro de su propio universo claro- así que intento siempre y por todos los medios conseguir eso. Si lo hago o no, creo que eso los lectores son los que juzgan. Ciertamente los personajes, aunque hayan emigrado, varios de ellos no desean volver y Dennis en particular no se acuerda, aunque en un arco posterior pasan cosas que le hacen replantearse esa cuestión. Si te preguntas por qué Lola no emigró a Argentina, por ejemplo, no te preocupes, lo explico más adelante XD.

Muchas gracias por leer y comentar, se agradece ^^ espero que te guste el siguiente capítulo.

Un saludo ~

Loto de Origami: Vaya, gracias ^^ me alegra que el estilo no sea muy tedioso de leer, siempre me preocupo por ello. La verdad es que no sabía si Scott tendría buena acogida porque es un OC pero visto lo visto realmente no me importa, será por OCs. Tampoco quería hacerlo emigrante, mi fic va de esas cosas pero tampoco hay que pasarse. Y bueno, supongo que Jan y Dennis necesitaban un amigo nativo del pueblo -que no fuese Alfred, que ese nene va a otra onda XD-. Espero que lo que viene te guste. este primer arco no es el de más acción pero tiene su cosa interesante.

Un saludo ~

Suzume Mizuno: Díos mío, lo siento XD no sabía que te pasaban esas cosas con los barcos. Aún así creo que me alegra porque es el efecto que quería causar en los lectores, la angustia por respirar en un espacio cerrado lleno de agua. Tal como "querías" en cierta forma, el arco empieza en el capítulo siguiente, que ya lo tenía todo previsto XD. Sobre lo que comentas de la "chicha"... hm, bueno, en parte por las descripciones tienes razón, me falta ánimo para describir un poco las cosas, un error que estoy tratando de mejorar. Sobre el relleno... no me gusta meter relleno o conversaciones vacías. Si los personajes tienen que interactuar, interactuan, si no tienen por qué no lo escribo. Si lo hiciera los capítulos serían más largos, sí, pero me daría la sensación de ser un globo lleno de aire con un poco de agua. Es una sensación horrible de tener cuando lees un fic y es una de las cosas que más miedo me dan, que el fic se vuelva aburrido en exceso. Supongo que es mi estilo XD.

El caso concreto de la habitación de Dennis es especial porque -aparte de que todas las habitaciones son iguales- se describe entera en el segundo arco por una causa especial y por eso no quería... hm, hacerlo ahora. Muchas cosas tienen su razón de ser XD.

Espero que te haya gustado este capítulo. Un saludo ~