Los personajes de Love Live! School Idol Project & Love Live! Sunshine! no me pertenecen.
Había cometido un error. Un error tan estúpido que, de verdad, de verdad, no sabía cómo no había sido capaz de predecirlo.
En verdad, el culpable era su buen humor. Ese día las cosas habían ido tan bien, tan redonditas y perfectas, que había llegado a su casa con un optimismo muy superior al de sus días promedio. Dos operaciones de resultados excelentes, su jefa felicitándola porque había logrado volver a enfocarse en su trabajo, y el alta a una niña que llevaba semanas en el hospital y que por fin había logrado recuperarse —todo eso se había acumulado en una montaña de buenos pensamientos que la habían llevado a pensar que, quizá, ese día podía intentar algo nuevo.
El problema —el santo problema— era que la carencia de dotes culinarias no se curaba con optimismo. Ni la ignorancia y el desconocimiento con «buenas vibras».
Cuando había encendido la hornalla, no se había imaginado que la situación culminaría con el arroz pegado y quemándose en el fondo de la cacerola, ni el aceite desparramado por toda la mesada luego de que —sin querer, claro está— lo derribara de un manotazo, ni las verduras que había puesto en el horno produciendo un aroma extrañísimo que recordaba al de la goma quemada.
—Diablos —masculló, pasando una espátula por el fondo de la cacerola e intentando así despegar el ennegrecido arroz. Volutas de vapor subían hacia su rostro y la hacían transpirar. ¿Por qué había pensado que esto era una buena idea?
No tenía caso. El arroz estaba tan pegado que empezaba a pensar que tendría que tirar la cacerola a la basura y comprar una nueva. En su lugar, intentó limpiar el aceite de la mesada —retirar la parte líquida no fue demasiado trabajo, bastó con gastar aproximadamente medio rollo de papel de cocina para retirarlo todo. El problema era la capa grasosa que se resistía a desaparecer, brillando sobre la superficie horizontal como si se burlara de ella.
Era asqueroso. Quizás tendría que tirar lavandina o algo así. Pero el olor inmundo de las verduras que acababa de sacar del horno —y que parecían cualquier cosa excepto algo comestible— le impedía concentrarse.
Empezaba a transpirar y a considerar irse a dormir dejando todo como estaba —tal era su frustración— cuando oyó que sonaba el timbre.
Se incorporó con aturdimiento. No esperaba a nadie. No quería a nadie en su casa, no era momento para recibir visitas. La vista panorámica del desastre de la cocina la irritó aún más. Incapaz de contemplar aquel caos por más tiempo, se enjuagó las manos aceitosas con jabón hasta que las tuvo ásperas, y atendió el portero.
—¿Maki–chan? —La voz de Nico la sobresaltó—. ¿Por qué tardaste tanto en atender?
La pelirroja balbuceó por unos segundos, sin saber qué contestarle. No supo cómo explicarle el lío que era su cocina, ni cómo decirle que eso le impedía atenderla, ni cómo confesar que no quería que viera el resultado de su incapacidad para cocinar hasta la tontería más simple.
Se quedó callada, mirándose los pies, buscando algo que responderle.
—¿Vas a abrirme la puerta o piensas quedarte ahí filosofando hasta la medianoche? —Nico se escuchaba impaciente.
—N–no, es decir… —Como por inercia, presionó el botón para abrir la puerta de abajo. Mierda, pensó para sus adentros. ¿Por qué había hecho eso? Demasiado tarde: Nico estaba subiendo, pero de verdad, de verdad, Maki no podía recibirla en ese momento. Quizás podían hablar en la entrada del departamento.
El «plin» de la puerta del ascensor abriéndose en el recibidor le indicó que Nico ya estaba arriba.
—Nico–chan —saludó, incómoda, saliendo al recibidor y entornando la puerta de entrada al departamento detrás de sí. Esa tarde Nico vestía un tapado beige a juego con un gorro del mismo color, debajo del cual se asomaban sus eternas dos colitas. Maki podía contar con los dedos de una mano las veces que la había visto sin ellas. La contraria arqueó las cejas, y ella carraspeó—. Eh… estoy un poco complicada ahí dentro, espero que no te importe —hizo un gesto con la cabeza hacia el interior del departamento.
Nico hizo una mueca, pero no comentó nada; en su lugar, tosió y dijo:
—Vale. Venía a decirte que ya no tienes que cubrir los gastos del hospital.
Maki revoleó los ojos. No de nuevo, pensó. No cuando tenía una cocina caótica que ordenar, y una cena que resolver.
—Nico–chan, ya tuvimos esta conv–…
—¡No puedo permitir que tires tanto dinero por mí! —protestó la pelinegra, contorsionando su rostro en una mueca de contrariedad. Vale, Maki sabía que ella misma era bastante testaruda a veces; pero Nico no se quedaba atrás. Su poder de insistencia y testarudez era tan impresionante como el suyo.
—Ya te dije que no es ningún gasto para mí —empezó a explicar, por lo que se sentía la milésima vez; pero entonces Nico arrugó la nariz, frunciendo el ceño y mirando a Maki con fijeza.
—¿Qué demonios es ese olor? —le preguntó con expresión de asco; casi parecía que los cabellos negros de sus colitas se erizaban por el disgusto. La pelirroja tragó, incómoda—. ¿Eso viene de tu departamento?
Diablos.
—Eh… —Hubo una breve pausa, donde Nico le clavó la vista y Maki intentó pensar algo inteligente que decir. Por desgracia, no se le ocurrió nada. Al final, aflojó los hombros —que había mantenido en tensión todo el rato— y murmuró, abatida—: Míralo con tus propios ojos.
Se hizo a un lado para que Nico entrara al departamento.
La mirada de sospecha que le dirigió la pelinegra al entrar no hubiera podido anticipar en manera alguna el espanto con el que contempló momentos después su cocina. Los azulejos de la pared estaban húmedos por el humo y el vapor; el aroma repelente se había asentado por toda la habitación, como una bruma caliente que se cuela por las narices y se niega a desaparecer. Nico miró el interior de la olla de arroz con horror. Pero eso no fue todo, porque su expresión fue todavía peor cuando contempló el recipiente que contenía las verduras asadas… si podía llamárselas así.
—¿Qué… qué se supone que intentaste hacer con estas verduras? —preguntó con inquietud, levantando con un cuchillo lo que Maki creía que había sido una chaucha… o tal vez parte de un espárrago… pero que ahora no era más que una cosa gomosa de tono ennegrecido.
—Pues…
Sorprendentemente, a Nico no le tomó más de quince minutos limpiar el desastre. Maki nunca sabría cómo había hecho para despegar el arroz de la cacerola, ni cómo era capaz de superar el asco y separar las verduras arruinadas de las que todavía se podían salvar. Ella hubiera tirado todo a la basura sin pensarlo un segundo.
—Tienes que llenar la mesa de algún producto desengrasante, ¿no ves? —Le mostró la pelinegra mientras rociaba la mesada con un espray que había encontrado en una de las alacenas—. ¿Para qué tienes esto si nunca lo usas? —Le preguntó, arrugando el ceño. Maki quería irse, desaparecer como un fantasma a causa de la vergüenza. ¿Por qué Nico había elegido para ir a verla justo ese día? No —¿por qué ella había sido tan tonta como para ponerse a hacer estupideces en la cocina, cuando sabía que era una inútil para cocinar?
Al final, en lo que a Maki le pareció un milagro, la cocina quedó impecable —lo único que persistía era el olor a quemado, pero para eso no había más remedio que abrir las ventanas y esperar. Aun así, el perfume del detergente y el suave aroma de la solución anti–grasa lo tapaban un poco. Nico miró ceñuda las verduras que había separado, y entonces se dirigió a Maki.
—¿Tienes harina y huevos?
Ella la miró sin comprender.
—Sí, en la alacena y en la heladera —respondió casi en automático, sin saber bien por qué se lo preguntaba—. Pero ¿qué…?
Nico no le dio demasiado margen para protestar. Maki lo intentó, de veras; no tenía por qué ponerse a cocinar por ella —al fin y al cabo, ni siquiera era su casa—, lo que había pasado era culpa de Maki y ella sola se arreglaría; iría a comprarse alguna cosa ya preparada, o algo en ese plan… Pero nada de lo que dijo sirvió para disuadir a Nico, que quince minutos después llevaba puesto un delantal sobre su ropa negra y freía verduras en una sartén, todo mientras la pelirroja la miraba con resignación.
—¿Qué hay de tus hermanos? —le preguntó, en un pobre intento por disuadirla de lo que estaba haciendo; como si no fuera ya demasiado tarde y Nico no hubiera pasado ya la mitad de las verduras que había logrado salvar por el aceite hirviendo.
—Les dejé comida preparada, ya que iba a venir aquí de todas formas. —Casi la fastidiaba la simplicidad con la que se deshacía de todas sus quejas. No tenía caso.
En realidad, todos sus motivos para quejarse se desvanecieron cuando hundió un trocito de berenjena en la salsa de soja y sintió el cielo en la Tierra al probarlo —Nico la miró pagada de sí misma al notar que a Maki le gustaba lo que había preparado, aunque «gustar» fuera una total subestimación del asunto. De verdad quería protestar, pero era difícil cuando la tempura estaba tan rica, y más todavía si contrastaba su exquisitez con el olor inmundo que el arroz y las verduras quemadas de su infructuoso experimento culinario habían dejado en la cocina.
Era como si Nico fuera un ángel que había llegado para salvarla de tener que comer algo horrible.
—Considéralo un pago por lo del hospital —le dijo Nico sin más, llevándose un trozo de verdura a la boca y saboreándolo con orgullo—. Aunque, claro, tendría que venir a cocinarte un montón de veces para cubrir todos esos gastos —señaló amargamente—. No sé cómo has sobrevivido hasta ahora —comentó instantes después, incrédula.
Maki bufó.
—Me las he arreglado bastante bien.
—Tu cocina no parecía estar muy de acuerdo con eso, cuando llegué.
La pelirroja repitió el bufido, y Nico rió. Ahora que se había quitado el gorro, sus dos coletas se sacudían libremente con cada una de sus risas.
—Sabes, quizás no es tan mala idea que venga a salvarte la cena de vez en cuando. No sé si esa cacerola sobreviviría a otra catástrofe así —señaló, adoptando un falso gesto pensativo. Maki sentía que se ponía del mismo color que su pelo, pero acababa de tomar otro bocado, así que no tuvo margen para defenderse por estar masticando. Nico volvió a reírse.
Pasaron un rato sin intercambiar demasiadas palabras, excepto las burlas ocasionales de Nico y las preguntas de Maki por sus hermanos menores. Al terminar de comer, esta última le ofreció descorchar un vino como agradecimiento —Nico puso los ojos en blanco, pero no se negó.
Se sentaron en los sillones de la sala de estar, de cara al amplio ventanal detrás del cual se observaba el vasto cielo. Algunas nubes de un tono gris violáceo salpicaban el negro nocturno. Se movían despacio, sutiles como leonas al acecho —no entonces, no esa noche, pero pronto llovería. Sin embargo, disfrutarían de la danza apagada de los nubarrones grises mientras pudieran.
Al principio sólo hablaron tonterías. Nico le preguntó por Chika, de la que Maki no le había contado demasiado, pero que había despertado la curiosidad de la pelinegra al descubrir que tenía Nico Puri como himno personal. Estuvo un buen rato contándole algunas de las tonterías que había hecho su asistente desde que había empezado a trabajar en el hospital —casi podía escucharla protestar con su eterno «¡Maki–san!» si se enteraba que había divulgado algunos de sus errores más ridículos, pero sabía que en el fondo a Chika no le importaba, y que quizás incluso empezaría a hiperventilar si se enteraba de que estaba hablándole de ella a Nico Yazawa de entre todas las personas.
—Se me quedó mirando, como si no entendiera por qué le estaba diciendo eso —explicó entre risas, tratando de concluir una anécdota a pesar de ser incapaz de hilar la frase entera sin detenerse para reírse, mientras Nico se abrazaba el estómago y parecía a punto de caerse del sillón—. ¿Puedes creerlo? —le preguntó con incredulidad, al tiempo que la pelinegra se incorporaba, todavía riéndose, y tomaba otro sorbo de su copa—. Me recordó a Honoka cuando Yukimi–sensei la encontró comiendo pan durante ese examen de nivelación de inglés en el que nos juntaron a todas en el mismo aula, ¿te acuerdas?
Fue como si la atmósfera se paralizara —cargándose de electricidad estática, llenando el ambiente de un aire afilado que parecía ir a cortar la piel si se hacía el más mínimo movimiento. Las risas de Nico se apagaron; a pesar de la dulce neblina del alcohol, Maki pronto se dio cuenta de lo que acababa de hacer —romper un pacto de silencio implícito más por la negligencia de un momento agradable que por genuina traición.
Hubo unos instantes en los que ninguna de las dos dijo nada. Nico parecía tensa, como dividida entre la risa por el recuerdo —ciertamente, esa vez Honoka había hecho una estupidez astronómica— y la incomodidad nostálgica de quien no quiere recordar. Maki tragó, dubitativa, pero su impulso fue más fuerte y creía que había algo de ella —y no sólo del vino— cuando continuó hablando:
—… Bueno, lo de Hanayo fue peor, claro —señaló despacio, tratando de sacar seguridad de alguna parte, aunque no sentía ninguna. Sabía que lo que estaba haciendo era arriesgado, pero ya no había vuelta atrás—. Tratar de comerse el arroz de su almuerzo mientras corría en la prueba de resistencia anual fue lo más ridículo que vi jamás.
Por una fracción de segundo creyó que sólo había empeorado las cosas; pero entonces, de pronto y casi de forma milagrosa, Nico se echó a reír sin contenerse.
—¡Dios mío! ¿Te acuerdas de eso? —le preguntó entre carcajadas—. ¡No puedo creer que lo intentara! Y encima Rin le decía «¡tú puedes, Kayo–chin!» como si fuera lo más normal del mundo. —Volvió a abrazarse el vientre por la risa, y pronto Maki se sumó a ella, incapaz de aguantarse.
Pasaron unos minutos antes de que volvieran a relajarse.
—Ah… —Nico se secaba una lagrimilla que se deslizaba por su ojo derecho—, esa vez sí se buscó que Eli la regañara.
—Es que era ridículo —insistió Maki— hasta el pan de Honoka era más aceptable que eso. —Aunque era difícil decirlo cuando se acordaba de la cara de la pelirroja, llena de migas, cuando la profesora había ido a regañarla por estar comiendo pan durante un examen; y Nico pareció formarse la misma imagen mental, porque instantes después ambas se reían sonoramente otra vez.
Como si el recuerdo que Maki había traído a la conversación hubiera roto un hechizo, pronto otros recuerdos afloraron y ambas se encontraron rememorando hasta las situaciones más recónditas y olvidadas en el tiempo. En general eran estupideces que alguna de sus compañeras de μ's había hecho —la mayoría, había que admitirlo, involucraba a Honoka y a Rin, aunque había varias de Nozomi poniendo en evidencia a Eli, e incluso de Umi perdiendo catastróficamente contra Kotori en las cartas. Al menos así fue hasta que a Nico se le ocurrió señalar que, por entonces, Maki todavía creía en Santa Claus.
—¡C–cállate! —le espetó la pelirroja, sintiendo que otra vez esa noche volvía a ruborizarse hasta adquirir el color de los tomates. Nico se reía con ganas.
—¡Yo quise decírtelo, Maki–chan, quise decirte la verdad! —se excusaba, levantando las manos en el aire como quien se libra de toda culpa; pero riéndose mientras lo hacía—. ¡Ellas no me dejaron! Me dijeron que era un crimen capital, y luego estuvieron todo el tiempo que pasamos en la cabaña amenazándome para que no te dijera nada.
Maki refunfuñó y desvió la mirada hacia la ventana. Las nubes continuaban deslizándose por el cielo con suavidad. Entonces en su rostro se dibujó una sonrisa malvada.
—Bueno, creer en Santa Claus —señaló, dándose aires de que no le importaba demasiado— no es tan terrible como decirles a tus hermanos menores que tus compañeras de grupo son sólo bailarinas de apoyo —remarcó; llenándose de satisfacción cuando la indignación bañó el rostro de su amiga, acompañada de un intenso rubor.
—¡Ey! ¡E–eso no es justo! —protestó Nico. Maki se rió satisfecha, al tiempo que la pelinegra hacía un esfuerzo visible por encontrar otro recuerdo vergonzoso con el que callarla.
Pasaron otro rato más de esa forma: una revolvía sus pensamientos hasta dar con alguna situación estúpida que involucrara a la otra, y entonces la contraria protestaba y hacía lo mismo para acallarla. Maki se vio obligada a rememorar momentos totalmente bochornosos que había luchado por encajonar en lo más profundo de su mente; pero Nico pagó con una cuota equivalente de lo mismo, y pasar vergüenza por un rato no estaba tan mal si eso le daba la oportunidad de ver cómo Nico se ponía roja y trataba de negar todo lo que Maki le decía.
Ninguna de las dos mencionó «eso». Incluso en medio del vapor producido por el alcohol y las risas, era palpable que ambas evadían una serie muy concreta de recuerdos —como si, por nublados que se hallaran sus sentidos, permanecieran eternamente alerta para no sacar a relucir lo que ninguna de las dos quería recordar.
Quizás esto último no fuera del todo cierto. Quizás era mentira que no quería recordarlo. Pero Maki sabía que no era el momento para ponerlo en cuestión.
—¿Todavía tocas? —le preguntó Nico con curiosidad; se había incorporado, luego de que la botella de vino se terminara, y rozaba la superficie de madera del piano de cola con los dedos. Maki carraspeó y sacudió la cabeza.
—No demasiado.
—¿Cómo? —el tono de Nico fue incrédulo y casi indignado, casi como si le recriminara que se hubiera atrevido a abandonar la que había sido su principal pasión durante la secundaria. Maki se revolvió en su asiento; la pelinegra, sin embargo, apartó la banqueta frente al piano y se sentó, haciéndole un gesto para que fuera con ella y tomara asiento a su lado.
Dubitativa y un poco a regañadientes, Maki se incorporó y fue hasta allí. Se sentía raro volver a sentarse sobre el almohadón aterciopelado después de tanto tiempo —las últimas veces que lo había hecho habían sido hacía ya varios meses, y ninguna de ellas había alcanzado a interpretar más que algunos compases de las piezas que recordaba. Esta vez, por algún motivo, se sentía mucho más real.
Además, volvía a tener a Nico muy, muy cerca. Casi tan cerca como lo habían estado en el acuario, mientras los hermanos de Nico comían sus helados y ellas se miraban la una a la otra en ese banco alumbrado por el Sol del atardecer.
La contraria abrió la tapa y retiró la tela de color bordó que cubría las teclas. En la penumbra de la sala de estar, parecían fantasmas que resplandecían con un suave brillo blanquecino.
Nico se quedó mirando las teclas, sin que ninguna de las dos se moviera. Aunque Maki esperó, ella no hizo ademán de hacer nada. Maki la contempló arrugando la frente.
—Yo no sé tocar —se excusó Nico, frunciendo el ceño como si fuera obvio. La pelirroja tragó y, tras un instante de duda, dejó descansar los dedos sobre las teclas, sin presionar ninguna.
Le tomó unos momentos animarse a empezar a tocar.
La melodía pronto llenó la habitación. Era suave, y bastante lenta —no se atrevía a probar algo más rápido, principalmente porque de verdad hacía mucho que no tocaba y no quería mandarse con algo muy complicado. Aun así, cometió algunos errores —al fin y al cabo, estaba tocando de memoria—, pero ninguno de ellos bastó para arruinar la dulce armonía de la que resultaba ser una pieza bastante melancólica.
Era difícil describirlo. Se sentía como si ardiera, pero al mismo tiempo el vello de la piel se le erizaba como si se congelara. Una sensación de nostalgia la invadió por dentro, obligándola a desconectar todo pensamiento y abandonarse a los sonidos del piano y el tacto de las teclas bajo sus dedos. La presencia de Nico a su lado, sin embargo, vibraba como un sonido que no se puede ignorar; y cada vez que su brazo se movía a través del piano y se rozaba con el suyo sentía como si allí, donde su piel entraba en contacto con la de ella, quedara un rastro incandescente difícil de ignorar.
La última nota se extendió por unos segundos cuando terminó de tocar. El silencio fue aplastante —sólo interrumpido por los solitarios aplausos de Nico, que le sonreía de manera genuina.
—¿Viste que sí podías? —Le preguntó, rechazando de plano la inseguridad que había plagado a Maki desde un primer momento. Se quedó unos segundos sonriéndole; Maki se ruborizó, sin saber qué decir —entonces Nico carraspeó sonoramente y, retomando su expresión autosatisfecha, aclaró—: Siempre tengo razón, ya ves.
—Me equivoqué en varias notas —puntualizó ella, como si algunos errores después de tanto tiempo zanjaran la cuestión. Nico soltó un bufido.
—Podrías aceptar un cumplido de vez en cuando ¿eh? Mira que yo no voy regalándolos por ahí —protestó, aunque no sonaba verdaderamente enojada—: Yo sólo elogio lo mejor de lo mejor.
Entonces se hizo el silencio. Porque Maki no supo cómo responder a eso, y Nico —al contrario de lo que ella esperaba— no añadió nada más. Permanecieron mirándose la una a la otra, sin decir nada —tan cerca que, incluso en la penumbra, Maki casi podía contar sus pestañas y percibir el brillo de la nostalgia en sus ojos, silencioso y disimulado en sus iris rojizos; pero siempre presente.
—Yo… —murmuró Nico finalmente, desviando la mirada y acomodándose unos finos cabellos que se habían soltado de sus colitas detrás de una oreja— debería irme.
Maki se irguió con aturdimiento.
—S–sí —asintió.
Ninguna de las dos dijo nada mientras Nico recogía sus cosas y se ponía el saco. No hubo bromas ni comentarios de ningún tipo —ningún intento por soltar un poco la pesada atmósfera que se había levantado sobre sus hombros, aplastándolas con una realidad que no parecía ir a morirse nunca.
Habían pasado años y estaban de nuevo en la zona cero.
Era imposible que, una vez Nico desapareció tras las puertas del ascensor con un escueto «ya nos veremos», la película muda de recuerdos no aflorara en la mente de Maki.
—¡Uno!
—¡Dos!
—¡Tres!
—¡Cuatro!
—¡Cinco!
—¡Seis!
—¡Siete!
—¡Ocho!
—¡Nueve!
La estrella de nueve puntas se alzó hacia el cielo; las nueve apuntando hacia arriba, más allá de donde se encontraban ahora —allí donde aguardaban sus sueños.
—Esta será nuestra última vez las nueve juntas —anunció Honoka; se veía emocionada, pero a su vez un brillo dubitativo resplandecía en sus ojos, como si quisiera detener el tiempo y que aquel momento durara para siempre.
—Estaremos bien. —La mano de Umi se posó sobre su hombro en gesto tranquilizador. Kotori le sonreía con la cabeza ligeramente ladeada a un costado, igual que un pajarillo que contempla algo con curiosidad. La mirada celestina de la pelirroja se dirigió hacia sus senpais, que también esbozaron una sonrisa.
Los ojos rojos de Nico, sin embargo, no miraron a Honoka por mucho tiempo. La mirada de la que probablemente tenía los sentimientos más fuertes por μ's se detuvo en Maki, causándole la sensación de que la atravesaba con la vista —de que era transparente.
Ambas lo sabían. Sabían que era hora, que el reloj había cantado su nota y ya no quedaban excusas ni pretextos que poner, que todo lo que habían construido juntas se consumaba en ese momento —que las peleas, los cumplidos en silencio, las miradas furtivas y los roces las habían conducido todo el tiempo al ahora.
—¡El último live de μ's! —exclamó Honoka tras unos instantes de duda, infundida de nuevo de esa eterna seguridad carente de preocupaciones que la caracterizaba—. ¡Allá vamos!
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Se abrazaron, se felicitaron, derramaron tantas lágrimas que sus ojos se cansaron de llorar, y sus párpados brillaban como si se encontraran bañados en diamantes. Las sonrisas dijeron lo que las palabras no pudieron, las promesas inundaron el ambiente como un incienso cálido y dulce que asegura eternidad. Maki pasó por los brazos de una llorosa Hanayo, por los estrujones de una Nozomi quizás demasiado efusiva, por las felicitaciones de Eli y los cumplidos interminables de una Honoka que no cabía en sí de emoción. Pero cuando sus ojos del color de las lavandas se encontraron con los rojos, no hubo lugar para ninguna palabra, ningún apretón de hombros ni ninguna sonrisa —se arrojó sobre ella, y cuando sus labios se encontraron con los suyos sintió que, por fin, por fin estaba en casa.
No hubo exclamaciones de sorpresa ni cuestionamientos de ningún tipo; no hubo preguntas para una respuesta que siempre había palpitado en el aire, latente —evidente en su silencio eterno. Las sonrisas sí surgieron cuando, tras separarse de ella, contempló el rostro de Nico y ambas se echaron a reír al unísono; pronto, las demás se sumaron a sus risas, con Nozomi aplaudiendo y Rin levantando los puños en el aire como si celebrara algo que había estado esperando mucho tiempo.
Cuando palpó su mano con los dedos, ésta la recibió en un tacto firme y tan cálido que Maki podría haberse derretido en él. Era la sensación de que quizás, incluso aunque μ's hubiera tenido su cierre y llegara la hora de bajar las persianas, todo estaría bien.
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El otoño llegó sin darle tiempo a comprenderlo, sin pedirle permiso ni explicarle por qué, aunque afuera brillara el Sol y los árboles florecieran, dentro suyo las hojas enrojecidas se desprendían de su alma y se deslizaban silenciosamente hasta el suelo.
Estados Unidos había sido su cierre —un viaje, más que a otro continente, a una montaña rusa de emociones enroscadas que no podían corresponderse unas a otras. Las dudas, la distancia; ninguna de las siete decía nada, pero todas veían el quiebre que había nacido con el primer beso, los tactos dubitativos y las palabras que se ahogaban antes de nacer.
—No puedo —le había dicho Nico por fin, la tarde antes de partir de regreso a Japón, luego de separarse del resto y sentarse en un parque a ver el atardecer. Maki ya conocía esas palabras, sabía que iban a salir tarde o temprano, pero eso no impidió que escucharlas en voz alta cuajara directo en su corazón y lo partiera en dos—. No es que no quiera —aclaró, con los ojos llorosos y la voz quebrada por la desesperación—, es que no puedo. Apenas vuelva entraré en una empresa de trainees —las lágrimas se desbordaron y cayeron por sus mejillas— y no… n–no me permiten…
La frase murió en el aire, pero Maki ya sabía todo lo que necesitaba saber —lo peor: comprendía el otoño dentro de ella justo en el instante en que la última hoja muerta se deslizaba sobre el suelo. Era lo último que quería oír, pero justo lo que más necesitaba escuchar; que la resistencia de Nico no fuera sinónimo de rechazo, que los roces inseguros no estuvieran fundados en una inseguridad de su alma, que las miradas de tristeza no fueran a causa de ella, sino por ella.
Quiso decirle que estaba bien. Que lo entendía, que lo aceptaba, que no pasaba nada porque Nico estaba persiguiendo su sueño —el sueño de todo μ's— y que no quería ser ella quien lo destruyera antes de que pudiera nacer.
También quería sentir alguna de todas esas cosas que no sabía cómo decirle —sentirlas en toda su pureza, sin impedimentos ni pensamientos amargos que las nublaran y las ennegrecieran—, pero no siempre se tiene todo lo que se quiere.
Estaba sola de nuevo.
No, no lo estaba. Tenía la compañía de su piano.
Deslizó los dedos por el blanco marfilado de las teclas, mirándolas sin ver —como si viera más allá de ellas. Era un suave nostálgico, la sensación de quien vuelve a encontrarse con un amigo al que no ve hace mucho tiempo. Aunque algunas horas antes lo hubiera tocado para Nico, era la primera vez en mucho tiempo que estaba sola con él.
Era una sensación parecida a la que había sentido al toparse con ella por primera vez después de tantos años, aquella tarde cualquiera en ese pequeño supermercado perdido en las intrincadas calles de Tokio.
Por unos momentos, dejó los dedos suspendidos sobre las teclas sin presionar ninguna. Así se mantuvo hasta que, dubitativa, permitió que uno de ellos se apoyara despacio sobre una de ellas —una sola, sin nada de especial, tan igual a todas las demás. Igual que lo había hecho para la pelinegra; pero esta vez de una manera mucho más íntima, como quien se atreve a escribir en su diario una historia personal.
El sonido vibrante del piano llenó la habitación.
Un pulso intenso invadió su pecho; la llenó de pronto, como si despertara algo que hasta entonces hubiera permanecido dormido en su interior. No era una melodía como la que había tocado hacía un rato, no era ninguna canción cuya partitura hubiera leído una infinidad de veces hasta fijarla por repetición en su memoria. Era una nota, sólo una nota —y, sin embargo, le decía mucho más.
Por unos segundos no se atrevió a insistir; hasta que, curiosa, presionó otra tecla casi con miedo —insegura sobre lo que se iba a encontrar. La vibración del piano en el aire volvió a inundar la habitación. Armonizaba.
¿Cómo era posible? ¿Cómo era que su mente se llenaba tan pronto de relámpagos entre las nubes, y de flores que se abrían de golpe en todos sus colores, y de voces tan curiosas que la instaban a seguir tocando? ¿Cómo sonaba, dentro de su cabeza, una melodía tan misteriosa que jamás había escuchado, pero que palpitaba en sus oídos y fluía por sus pensamientos como si la conociera desde siempre?
¿Cómo podía ser?
Tal vez sea una simple coincidencia.
Lo siento tanto. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero espero que todavía no se hayan olvidado de mí —o, en realidad, de esta historia. Entre el bloqueo y las cosas de la vida —exámenes, muelas de juicio, hospitales, y etc.— el tiempo se me fue; pero no me olvidé de ustedes. Bajo ningún concepto me he olvidado de ustedes ni de esta historia, que pienso sacar adelante no importa lo que haga falta. Le he hecho spam en el DM a todo el mundo, agradeciendo por sus bellos comentarios y pidiéndoles perdón por la tardanza porque de verdad me siento súper mal por el tiempo que ha pasado desde la última vez.
Espero poder actualizar pronto (voy a hacer todo lo posible, ¡lo prometo!), y que el capítulo no los haya decepcionado. Ya saben que las reviews son el alimento del alma de los autores, así que cualquier cosita que quieran decirme será bien recibida.
¡Nos leemos en el próximo!
