Bueno un capitulo mas, siento la demora, espero poder actualizar prontamente.
Respecto a este capítulo hay dos aclaraciones que me gustaría hacer:
a) Los helados en la edad antigua se hacían con nieve, luego se saborizaban según la nieve lo requiriera. Obviamente se derretían pero en época de invierno se mantenían y la gente, aunque con frio, si los compraba.
b) Si quien lea esto se considera una persona conservadora respecto al sexo es preferible que no lo lea porque hay una práctica incluida en este capítulo que puede ser un poco pesada. ¡He advertido!
Muchas gracias por seguir leyendo.
A Lady´s Pleasure y sus personajes es un libro original de Robín Schone.
Solo se trata de mí probando mis aptitudes para traductora.
Los personajes de Twilight pertenecen a SM
Capitulo 6
Isabella levantó el brazo izquierdo para proteger sus pechos, mientras ocultaba su intimidad con la mano derecha.
Se veía tan tentadora como una ninfa del mar, y tan frígida como una virgen debutante.
Edward quería arremeter contra el señor llamado Thomas por convertir a la salvaje y sensual mujer que había compartido su cuerpo y sus fantasía con él, en una mujer que lucía como si nunca hubiera deseado a un hombre en su vida.
Era demasiado pronto, necesitaba más tiempo, necesitaba más.
- - ¡Señorita Isabella! – El hombre miró hacia el camino que bajaba de la casa a la playa, un hombre viejo a juzgar por sus hombros encorvados y paso vacilante – ¿Está ahí abajo, señorita Isabella? -
Edward sujetó a Isabella antes de que se diera la vuelta para escapar en medio de las olas tras de ellos.
- - Quédate aquí, me ocuparé de él -
Rápidamente, antes de que ella hiciera algo tonto como ahogarse a sí misma en nombre de la modestia, él ascendió el embarrado camino para detener al hombre.
- - ¿Como le va? Mi mujer, Isabella, y yo nos encontramos en una situación algo embarazosa -
- - ¿Como sé que es la señorita Isabella? – Los pequeños ojos lo miraron suspicazmente intentando ver detrás de su hombro – pudo haberse deshecho de ella y estar allá abajo con su puta -
La ira corrió por la espalda de Edward al escucharlo referirse a Isabella como una puta.
Se olvidó de la lluvia que azotaba su cuerpo. Se olvidó de que estaba parado, completamente desnudo, frente a un hombre lo suficientemente viejo para ser su abuelo. Se olvidó de todo menos del insulto que había lanzado el hombre.
- - Le dije que era ella – dijo Edward fríamente. – y será peor para usted si no dirige su mirada a otro sitio -
El anciano lo miró. El agua empapaba su rostro.
- - La señorita no menciono a ningún hombre -
- - Estoy de permiso en el ejercito, mi….mi esposa no me esperaba. Esta interrumpiendo nuestro rencuentro. Así que hable rápido -
- - Tampoco dijo nada de ningún esposo. - Thomas miró hacia el tormentoso cielo sobre el hombro izquierdo de Edward, luego el derecho, a todas partes menos a su cuerpo desnudo - dijo que solo era ella. –
- - Le expliqué las circunstancias, se le rembolsará por sus esfuerzos, si es eso lo que le molesta -
- - Mi esposa solo acordó cocinar y limpiar para una persona – los ojos pequeños destellaron con avaricia cuando el menciono el pago. – puse una canasta de provisiones en la casa. No hizo comida para dos.
- - Dele las gracias a su esposa de mi parte, estoy seguro de que cualquier cosa que ella haya preparado alcanzara para los dos. Ahora….le deseo un buen día, señor -
El anciano entendió la indirecta.
Edward suspiró cuando el señor Thomas se devolvió hacia la casa, y probablemente a la carreta.
Dándose la vuelta poso sus ojos sobre Isabella.
Y sintió como si le hubieran pateado el estomago.
Su cabello se adhería a su espalda como la piel de una nutria. Bajo ese cabello podía observar sus blancas nalgas.
Aun llovía y nada lo iba a privar de la noche que lo esperaba.
Comenzó a acecharla.
Cuando acunó sus nalgas en sus manos, ella gritó y se dio la vuelta.
Cuando tomo su rostro y lo levanto hacia él, ella suspiro y puso sus manos alrededor de su cuello.
Lenta y suavemente él saboreo la lluvia fría en sus labios y la rapidez con la que se separaron. El interior de su boca estaba caliente, como estaba fría la lluvia que los rodeaba.
- - ¿Tienes frio? - murmuró él hocicando su mejilla, oliendo la lluvia que empapaba su piel, mezclada con la sal del océano y los ligeros toques de sudor y sexo.
- - Hmm – contesto ella.
Él presiono su masculinidad contra su vientre y murmuró.
- - Móntame –
Ella levantó la mirada, sus ojos marrones se veían confusos.
- ¿Perdón? -
Edward maldijo nuevamente al señor Thomas.
Si no hubiera aparecido no habría confusión en su sugerencia.
- - A la cabina – dijo él, se dio la vuelta y le ofreció su espalda – Súbete.
Esperó con el corazón en un puño, este era el momento decisivo, la realidad había irrumpido.
¿Escogería ella el mundo de fantasía que ambos habían creado?
Una mano tentativa descansó sobre su hombro, seguida de una suave y tibia pierna en su cintura.
Su corazón salto en su pecho.
Antes de que ella tuviera tiempo de pensar sobre cuán torpe y vulnerable era la posición en la que se encontraba, él la agarro debajo de la rodilla y la empujó contra su espalda.
Sorpresivamente sus brazos se aferraron con fuerza a su cuello mientras su pierna izquierda intentaba ganar equilibrio, él encontró la rodilla con su mano izquierda, la agarró y la sujetó hasta que ambas rodillas estuvieron aseguradas contra sus caderas.
La carne suave entre sus piernas presionó contra el nacimiento de sus nalgas.
Estaba caliente y húmeda contra su piel empapada de lluvia, de ella, de él.
Por un segundo pensó que podría llegar al orgasmo allí.
Luego la aseguró y comenzó a caminar hacia la orilla en medio del barro y la lluvia.
Un pequeño temblor en su cadera lo hizo detenerse, ella temblaba de frio, no de deseo.
- - Usted es mi montura, señor -
Asegurando sus talones en la cima de sus muslos, ella trepó más arriba por su espalda.
¡Jesús…! su vulva rozaba su piel.
Ella gritó.
- - ¡Arre, caballo!
Luego el cielo gris trono como su risa, e Isabella fue nuevamente aquella niña que le había devuelto su propia infancia.
No recordaba haber subido hacia la casa, solo recordaba la sensación de ella rozando con su espalda, su trasero, el toque repentino de un talón contra su "lanza", luego ambas piernas alrededor de él y sus pies tratando de tocarlo.
Cuando ella bajó de su espalda él gruño y se apoyó contra la puerta de la casa, sus ojos estrechos y su miembro duro, sobresaliendo de su cuerpo.
Una mano suave y fría toco los músculos de su antebrazo.
- - Edward… ¿estas bien? ¿Te lastimaste la pierna? -
Edward no sabía si reír o llorar por la preocupación que se dejaba ver en su voz.
Él necesitaba su pasión en ese momento, no su amabilidad, esa que se había llevado la agonía de su primer asesinato.
- - Mira hacia abajo y dime lo que ves -
- - Una canasta con comida – respondió ella inocentemente – ¿tienes hambre? -
El abrió los ojos con aflicción.
- - ¿El paseo en la lluvia fue como lo esperabas? -
- - Nunca lo olvidaré, Edward -
El apretó los labios.
- Tampoco lo hará el señor Thomas -
Los ojos marrones que lo observaban eran solemnes, demasiado solemnes. Sus pestañas estaban salpicadas de lluvia.
- - ¿Que le dijiste? –
- - Que eras mi esposa -
- - Pero declaré en el arriendo que… -
- - Y que no esperabas mi llegada porque mi permiso en el ejercito fue imprevisto -
- - No tendrías que haberle dicho que estábamos casados, Edward.
- - Pero lo estamos. Al menos estuvimos unidos por las caderas -
La risa brillo tenuemente en sus ojos marrones, una chispa en donde antes no había nada.
- - No fue mi cadera lo que se unió a ti, Coronel Cullen -
- - Sé muy bien que fue lo que se unió a mí, Señorita Isabella -
Sus pestañas descendieron.
- - Tus pies tienen barro. Necesitas un baño -
- - Solo si tú me lavas.
- - Pero tengo hambre – ella lo miró, tras sus ojos alegres había tibio deseo. – Si te baño no comeré. Y tengo una fantasía en particular que quiero llevar a cabo -
El agua en la pequeña bañera estaba tan fría como la de la lluvia que arreciaba fuera.
Edward experimentó una extraña alegría mientras miraba los pequeños senos de Isabella cuando esta acerco a la bañera para humedecer la toalla. Cuando se inclinó sobre la tina él pensó que su corazón se detendría.
- Tienes un trasero hermoso, señorita Isabella. Y entre las piernas tienes esos labios rosados rodeados de suave vello.
Esto llamó su atención.
Mirándolo ella dio la vuelta alrededor de la tina, su rostro antes pálido, estaba ahora tan rosado como los labios que él había mencionado.
- - Tienes un trasero cóncavo, coronel Cullen, y unos testículos peludos. -
- - ¿Estamos comparando, señorita Isabella? -
- - En absoluto. Tú eres evidente, yo puedo esconderlo -
Los ojos de él brillaron mientras tomaba la toalla que ella le ofrecía, caminando hasta donde estaba ella, al lado de la bañera. Comenzó a limpiarla, sus hombros, sus pechos, sus caderas, todo el camino hasta llegar a los elegantes y estrechos tobillos.
- Es hora de comer – murmuró el deliberadamente sobre la juntura de sus piernas, inhalando el aroma que desprendía.
Sus piernas temblaron. Sonriendo él se enderezo.
- - Esta vez será comida de verdad. Si voy a satisfacer mas fantasías tengo que recuperar fuerzas -
Acostumbrado, como estaba, a racionalizar, la canasta contenía un verdadero festín. Carne de cordero fría, queso, huevos hervidos. Una hogaza tibia de pan de horno.
Había más que suficiente para dos personas. Ella comió delicadamente pero con verdadero apetito.
Cuando sus parpados se cerraban el empacó el resto de la comida y la llevó en sus brazos hasta la cama.
Nunca había dormido con una mujer hasta que la conoció a ella. Nunca había experimentado el simple placer de tener la espalda de una mujer contra su abdomen, y su masculinidad entre sus nalgas. Nunca imagino esa cercanía, que nada tenía que ver con sexo sino con la mujer entre sus brazos.
La realidad de Isabella superaba sus fantasías. Suspirando el enterró su cara entre su rizado cabello.
El estallido de un cañón lo despertó
¡Jesucristo! Se había quedado dormido durante la batalla. La carne caía sobre él, el cadáver de una persona, ya asesinada por los nativos. Un cadáver aun tibio.
Con el corazón en un puño sus dedos aferraron con fuerza la culata de su rifle, solo para hundirse en una carne tibia. Recordó.
La tormenta, la necesidad ardiente que lo había llevado a salir. La luz en la casita y la mujer llamada Isabella.
Suavemente soltó el pecho que había apretado. Ella se movió.
- - ¿Edward? -
- - ¿Por qué estas aquí, Isabella? -
Su suave espalda se puso rígida, intentó moverse.
Él se rehusó a dejarla ir, presionándola más firmemente en la curva de su cuerpo mientras apoyaba su mandíbula en su cabeza.
- - Dímelo.
- - Ya te lo dije – su corazón pálpito contra la palma de su mano. – dentro de tres semanas cumpliré treinta años.
- - A cada momento, en el mundo, una mujer cumple treinta años -
- - Pero no todas ellas son solteronas -
- - Eres soltera porque así lo elegiste, Isabella -
- - No quiero ser una solterona, Edward -
Hizo un esfuerzo por oírla sobre el estruendo de la lluvia.
- - No quiero pasar en edad a mis hermanos y hermanas, no quiero estar sola -
Edward intento inmunizarse contra el dolor en su voz.
- - Así que, ¿por eso estas aquí, con libros como única compañía? - dijo él determinado a resolver el misterio que era ella.
Por largos segundos, él pensó que ella no iba a responder, luego ella suspiro.
- - Vine a despedirme -
El miedo corrió rápidamente por sus venas. Con él había imágenes de ella muerta en lugar de él.
Las apartó de inmediato de su cabeza.
- - ¿A quién viniste a despedir? -
- - A mis sueños. Me canse de querer cosas que nunca van a poder ser. Traje mis libros, revistas y demás conmigo porque planeo dejarlos atrás. Esperando que sin ellos pueda encontrar….un poco de paz -
Paz. Soldados como el buscaban paz, no a amables mujeres que nunca habían enfrentado la muerte.
Pero la misma soledad estaba ahí, la soledad que era el precio a pagar por saltarse las reglas de la sociedad.
Edward había matado por deber, Isabella había escondido sus deseos con el erotismo escrito. Y había pasado en edad a sus hermanos y hermanas.
- - ¿Y tus padres? –
- - Muertos. Tengo un hermano y tres hermanas a quienes amo. Pero aun soy la hermana solterona. Y soy la más joven así que por supuesto saben que es lo mejor para mí -
Él apretó suavemente su pezón en amable consuelo.
- - Esto no lo es -
- - No – un destello de risa iluminó su voz. – creo que William moriría de una apoplejía si descubriera mi baúl de libros.
- - Cuéntame de tu hermano y tus hermanas -
Ella acunó sus manos con las suyas.
- - Mi hermano y hermanas me han provisto amablemente de veintiún sobrinos y sobrinas. Están convencidos de que la felicidad de una mujer reside en el matrimonio. O debería decir, en tener una familia. El esposo o esposa, cualquiera que sea el caso, es una prueba que hay que superar para tener hijos. Tienes razón, soy soltera por que así lo decidí. Pero me pregunto si mi hermano y mis hermanas tienen derecho. Tal vez por eso insisten en sorprenderme con algún elegible pero mortalmente aburrido hombre, tanto así que es preferible estar sola -
Edward no tenía ninguna razón para estar celoso. Pero lo estaba. Furiosamente.
- ¿Te casarías con un hombre gordo y con patillas? – gruñó el – ¿uno que te haría vestir como un piano por miedo a excitar…- él apretó uno de sus pezones – esto?
Ella toco sus dedos y rio suavemente.
- - Detente, coronel Cullen, me has convencido de mi error. ¿Que pasa contigo? ¿Tienes familia? -
Tal vez fue alivio lo que incitó la respuesta de Edward, tal vez era la manera en que su cuerpo se amoldaba al suyo y su risa hacia desaparecer la oscuridad. O tal vez era solo el hecho de que no le importaba compartir su pasado con esa mujer que estaba tan dispuesta a compartir su cuerpo.
- - Cuatro hermanos y cinco hermanas -
- - ¿Tus hermanos están en el ejercito? -
- - No – se sintió cauteloso ante el hecho de que ella fuera una dama, una cosa era aceptar el hecho de que había matado en nombre del deber, ella no querría saber que el hombre de su fantasía tenía bajos orígenes. Pero curiosamente las palabras salieron sin que las pudiera contener - Siguieron los pasos de mi padre -
- - ¿Aun vive? –
- - Mucho, me atrevería a decir -
- - ¿Por qué no te detuvo cuando te enlistaste en el ejercito? - Edward sonrió ante la indignación de su voz.
- - Una boca menos que alimentar. Pero tu indignación esta fuera del lugar. Muy pocas personas pueden detenerme cuando tomo una decisión -
- - ¿Que hace tu padre?, ¿cual es su profesión? -
Él se tensó, pero había confesado demasiado para echarse atrás.
- - Es un vendedor ambulante. Vende helados -
La respuesta de Isabella ante su pedigrí fue tan impredecible como su respuesta al hacer el amor.
- - ¡Me encantan los helados! - exclamó como si aun fuera la pequeña niña que había jugado en el océano. – el de fresa es mi favorito -
- - Te aconsejo que comas helados de limón o crema, mantente alejada de los de fresa -
- - ¿Por qué? –
- - No hay fresas en los helados de fresa -
- - Claro que si – su voz en la oscuridad era simpáticamente seria. – No fresas completas, por supuesto, pero si en pedacitos -
- - No son fresas, Isabella – murmuró el cortantemente.
- - ¿Entonces…? - Pregunto ella obstinadamente.
- - Cochinillas –
- - Quieres decir… ¿insectos? -
- - Si, eso quiero decir - .
Él podía sentir que ella estaba tratando de lidiar con el hecho de haber comido insectos, cuando descubrió que no habría ninguna repercusión se relajó.
- ¿Fue por eso por lo que te uniste al ejercito cuando tenias trece? -
Él se rio cínicamente.
- - Comer insectos difícilmente es lo peor que puede ocurrir en las calles de Londres. Aparte de estar bajo constante riesgo de ser asesinado o atracado, hacer helados es una ardua labor. Trabajas desde las cuatro de la mañana hasta las siete de la noche. Fue por eso por lo que me uní al ejército -
Y había acabado trabajando días mucho más largos y rodeado de mucho más peligro que en una calle de Londres.
- - ¿Volverías si pudieras? - pregunto ella suavemente
- - No lo se –
- - ¿Vas a volver? -
El apretó gentilmente su seno.
- - No lo se -
La lluvia era un sonido de consuelo, nunca pensó en tener una furiosa erección y estar contento solo abrazando a una mujer. No más de lo que nunca pensó que podría llegar el día en que deseara que la lluvia no se detuviera.
En el campo de batalla el barro húmedo y frio era un indicio de muerte.
En Inglaterra el barro le había dado vida…y a Isabella.
- - ¿Edward…? –
- - ¿Hmm?
- - Quiero hacer realidad tu fantasía- él inhalo su tibio aliento.
- - Ya lo hiciste-
- - Tonterías… -
- - Me permitiste hacer realidad las tuyas -
- - Pero quiero ser la mujer de tu fantasía, Edward.
Busco tras ella la túrgida carne.
- - Quiero que me des todo lo que le das a ella -
Edward detuvo su mano, deliberadamente rudo.
- - Te dije que no tengo fantasías sobre lo que una mujer me haga -
No iba a dejar que se negara.
- ¿Entonces que le haces? Dijiste que fantaseabas con hacerlo todo. ¿Que es todo, Edward? -
Él cerró los ojos cuando la vieja necesidad volvió a la vida.
- - Te horrorizaría, Isabella -
- - No, no es cierto. Dímelo. Dime lo que quieres, Edward. Déjame ser la mujer de tu fantasía. Dime que hacemos antes de la batalla -
Él se resistió desesperadamente.
- - Dijiste, antes de la comida, que tenias otra fantasía -
- - Esta es esa fantasía, Edward. Ser tu fantasía.
Dios lo ayudara, esa también era su fantasía.
Su corazón se apretó, él modeló su cuerpo apretándolo más firmemente contra el de ella, pecho contra su espalda, sus redondeadas nalgas presionando contra su abdomen, atrapando el suave nido de su pelo entre sus cuerpos.
- - Hago esto - el cuerpo de ella se tenso, expectante.
- - ¿Que mas? -
Él respiró a través del suave cabello encontrando la carne, indescriptiblemente suave, debajo de él.
- Abre las piernas-
Edward sonrió con dolorosa satisfacción contra su cabello, notando como ella rápidamente seguía su orden, enterrando los dedos entre sus labios.
Dentro del apretado valle ella estaba caliente y húmeda. Sus suaves labios se cerraron alrededor de sus dedos mientras él los deslizaba suavemente atrás y adelante, rozando su clítoris, deslizándose hacia abajo hasta tocar la pequeña abertura que había creado, luego de vuelta hasta su clítoris.
- - Cuando estoy solo, en la noche, cansado de la muerte – murmuró contra su cabello- imagino que tengo una mujer que siente lo que yo siento. Y siento lo que ella siente -
Él deslizó su mano sobre su suave vello, a través del triangulo de rizos, luego sobre su estomago.
Isabella se encogió con decepción.
- Te aseguro que la estabas sintiendo -
Él se rio por un momento, sintiéndose confiado ante su aceptación. Besando su hombro el deslizo su mano sobre su caderas, entre sus cuerpos, hacia sus nalgas entre su redondeada carne.
Él deslizo la yema de sus dedos contra su humedad.
- - Quiero sentirla otra vez, Isabella. Abre bien las piernas, pon el pie derecho en el colchón – el siguió el camino de su muslo, agarrando la pierna. – Así, ahora estas abierta para mí -
- - ¿Así que esa es tu fantasía?, ¿una mujer abierta para ti? -
- - Si - Él manipulo su húmeda carne, preparándola. – Bien abierta. Dame tu mano -
- - ¿Por qué? -
- - Te dije que quiero que la mujer de mi fantasía sienta lo que yo siento. Dame tu mano -
Ella no lo hizo así que él la tomó.
Ella luchó débilmente cuando el guio ambas manos entre sus piernas. Sus costillas subían y bajaban bajo su brazo.
- - Hicimos esto anoche, Edward -
- - No como ahora – Dios los ayudara a ambos, no como esta noche.
- - Querías saber que hacemos la mujer de mi fantasía y yo antes de la batalla, esta parte. Conviértete en ella. Siéntete como yo te siento. La húmeda suavidad aquí – él deslizo sus manos unidas contra sus labios como pétalos de rosa hasta que estuvieron impregnados con su esencia. – La apretada carne dentro.
Suavemente él aparto sus labios con sus dedos. Suavemente su carne se estiro para recibirlos. Su respiración se detuvo.
- - Edward… -
- - ¿Que sientes, Isabella?-
- - Siento tus dedos -
- - También los tuyos – él presiono hacia dentro. – nuestros dedos, tu piel es suave dentro, como seda húmeda. Nunca he tocado a una mujer como lo estoy haciendo ahora. ¿Sientes eso? Es tu vagina contrayéndose a nuestro alrededor. Más allá puedes sentir la esponja, detrás de ella está la entrada a tu matriz -
Él presiono la esponja, suave y delicadamente, forzándola a presionar también, sabiendo que cada movimiento de su muñeca presionaba su clítoris. Su vagina se contrajo alrededor de sus dedos.
- Eso es lo que siento cuando estoy dentro de ti. Cuando meta nuestros dedos en ti, así, relaja los músculos e inclínate, como si mi miembro estuviera llenándote. Cuando los saque aprieta mis dedos, lo más fuerte que puedas… -
Él aspiro los hilos sedosos de su cabello, sintiendo que la seguridad de la casa y la tibieza de la cama se disolvían y se convertían en un embarrado y húmedo campo de batalla.
- Necesito que sientas lo que siento, Isabella. Necesito que sientas cuan caliente, húmeda y apretada eres.
"Necesito que sientas mi dolor. Necesito compartirlo con alguien, de otra manera no creo que pueda vivir con él."
El cabello de Isabella se enredo alrededor de su mandíbula.
- - ¿Cual es la otra parte de la fantasía? Siento lo que tú sientes, pero ¿como puedes sentir lo que yo siento? -
Él acunó su cuerpo contra el de ella.
- - Prométeme que si lo que voy a hacer es repugnante para ti me lo dirás -
- - Dijiste que una vez que nos embarcáramos en este viaje no habría vuelta atrás. Quiero que sientas lo que yo siento, si es posible…-
- - Mas que posible -
- - ¿Como…? -
Edward liberó sus dedos, los sacó lentamente de su cuerpo. Le dio un beso en la curvatura del cuello y dándose la vuelta salió de la cama.
- - ¿Que estas haciendo? -
La ronquera de su voz estaba teñida de impaciencia. Edward tomo una respiración profunda.
- - Buscando la mantequilla -
El silencio fue electrificante. Él esperó por el rechazo que seguramente vendría, rechazo a él, a su fantasía, a la vida que había vivido, soñando con ese momento.
Podía sentir su sorpresa, su incertidumbre y finalmente…
- - Está en la alacena -
Por un segundo pensó que sus rodillas colapsarían por el emerger de su alivio. Fue seguido por la necesidad primitiva de poseer.
Ningún hombre le haría lo que él estaba a punto de hacerle. Caminó hacia la estufa y tomó la toalla que se secaba detrás.
Luego abrió la puerta de la alacena y encontró la pequeña taza de mantequilla.
Ella lo esperaba en la cama, una oscura silueta contra el pálido lino de la manta.
- - ¿Que debo hacer? -
- - Acuéstate boca abajo, luego ponte de rodillas y apoya la cabeza en la almohada -
- - ¿Alguna vez has hecho esto? -
Él levanto su mano, encontró su nariz, su barbilla, apartando el cabello de su rostro. Sus manos, esas que habían sostenido un rifle con mortal precisión, estaban temblando.
- - Nunca. Sabes que no tienes que hacer esto -
- - Pero quiero hacerlo. Quiero que sientas como me siento. Quiero ser la mujer de tu fantasía, Edward. Quiero que me des todo lo que le das a ella -
Edward levantó la cabeza y miro hacia la oscuridad. Si hacia esto no sabía cómo haría para volver a su vida de matanzas. Si hacia esto no sabía cómo podría morir sabiendo lo que dejaba atrás. Si hacia esto no sabía cómo podría dejar ir a Isabella una vez que la tormenta terminara.
El sonido del colchón le indicó que ella había asumido la posición que le había pedido. El miro hacia la oscura silueta, sus nalgas arqueadas, y supo que no le importaban las repercusiones que esto pudiera traerle a ella. El trato había sido todo, y todo era lo que estaba a punto de tomar.
Inclinándose hacia la oscura silueta que era Isabella, encontró la cabecera de hierro, colgó la toalla allí.
Luego metiendo la mano dentro de la taza unto sus dedos de mantequilla y lo esparció por todo el tamaño de su pene.
Nueve pulgadas, había dicho ella mientras bromeaba sobre medirlo, él sintió que media doce pulgadas, luego veinte, duro y poderoso, nunca antes más consciente de su propia masculinidad.
Untando más mantequilla en su mano él puso la taza en el piso y se arrodillo en la cama detrás de ella. La toco ligeramente, reverentemente.
Ella se tensó.
- Relájate, Isabella. Esto es parte de la fantasía. Tocarte en todas partes. – suavemente él esparció la mantequilla alrededor de su apretada entrada trasera. Una y otra vez hasta que ella se arqueo bajo su toque.
Su dedo medio se deslizo dentro de ella. Ella gimió. El gimió. Era increíblemente apretada. Y caliente. Todo y más de lo que él había imaginado.
Dentro de ella la carne se tenso, intentando sacarlo. Él movió el dedo.
- - ¿te duele? –
- - No -
La voz de Edward estaba teñida de deseo.
- - ¿Me tomaras, Isabella? -
Su voz, cuando respondió, era igualmente deseosa.
- - Lo hare -
Inclinándose el la beso en las nalgas, su piel era tensa y fresca por fuera, suave y caliente por dentro.
Lentamente retiro el dedo. Con cuidado lo limpio con la toalla.
- - Trataré de no hacerte daño – arrodillándose en la cama, entre sus piernas, él froto su miembro alrededor de su tensa carne, presionando hacia adentro, haciendo más fuerza hasta que ella se relajo un poco.
Luego, súbitamente, estaba dentro de ella, y ella grito en la oscuridad. Tomo una respiración profunda y se quedo quieto. Su carne lo apretaba. La suavidad de sus nalgas temblaba contra su ingle.
Edward sintió una emoción tan fuerte que por un momento no fue capaz de darle nombre. Lujuria. Ternura.
Quería embestirla con tanta fuerza y tan profundamente hasta hacerla gritar. Quería abrazarla hasta que las lágrimas desaparecieran y nunca volviera a sentirse sola de nuevo.
Levanto una mano y siguió el rastro de su espalda hasta la base de su cuello, luego de vuelta hasta rozar el lugar donde estaba enterrado.
Ella arqueo la espalda, llevándolo más profundamente dentro de ella. Inclinándose el acuno su seno con su mano izquierda mientras que con su otra mano encontró la de ella, aferrándose a la almohada.
- - Siéntenos, Isabella -
Enredando sus dedos con los de ella, él llevo ambas manos entre sus piernas.
- - Separa las piernas -
El movimiento lo llevo aun más profundo.
- - No. No retrocedas. Aquí. – encontró sus lisos suaves labios inferiores, los aparto, froto los dedos de ambos, impregnándolos con su esencia, hasta que su cuerpo se abrió y los acepto al primer intento.
- - Edward….Edward…puedo sentirte -
- - Jesús…- él podía sentirse, a través de la fina membrana que separaba los dos canales. Podía sentir su carne apretando sus dedos, los dedos de ella, sentía su otra carne apretando su miembro.
Cuidadosa, inexorablemente, él presiono sus dedos más profundamente, pinchando la esponja, queriendo sentir su matriz, queriendo que ella lo sintiera ahí.
Presionaba dentro de su vagina y suavemente presionaba en ese otro sitio también, hasta que finalmente encontraron el ritmo.
Sus dedos presionando, rozando la columna rígida de su pene, los dedos retirándose, rozando el bulbo de su pene mientras presionaba en su ano.
El placer de tenerla de esa manera, de sentir su cuerpo al mismo tiempo que el propio, era más de lo que había soñado.
Pensamientos e imágenes pasaban ante sus ojos como si fuera un moribundo. El sol de la India elevándose sobre las montañas y volviendo la arena de color sangre. Los palillos de tambor clavándose en el cuerpo del rebelde. Las lagrimas de Isabella mientras le relataba su historia.
Su propia voz; "- Descubrí que no quería morir sin saber lo que era perderme dentro de una mujer -"
La voz de Isabella; "- vine a despedirme- .- ¿A quién viniste a despedir? - . – a mis sueños, Edward. – "
Repentinamente el cuerpo de Isabella se tenso, apretándose, capturando sus dedos y su masculinidad dentro de ella.
- - ¡Oh, Dios, Edward! ¡No puedo soportarlo! – Su voz era agónica – ¡Por favor! Dios, sácalo…haz algo…mas…Edward… ¡Edward!
- - Prométeme algo… – Edward apenas reconoció su propia voz en la oscuridad, era un gruñido salvaje secundado por el sonido de su piel golpeando contra la de ella mientras la respiración del rebelde hacía eco en su cabeza.
- - Por favor….Edward -
- - Sin tus fantasías y tu erotismo serias como cualquier otra mujer. Y nunca habríamos tenido la noche pasada y esta. No estaríamos haciendo esto ahora. ¿Renunciarías a esto también? -
- - ¡No…nunca! - gimió ella, con dolor, con placer, no importaba, ella era suya y estaba ahí para darle todo lo que había hecho su vida tolerable, y él no iba a dejar que ella renunciara.
- - ¡Prométeme que no renunciaras a tus sueños! -
- - ¡Oh Dios! ¡Dios!, ¡lo prometo, Edward! –
- - Entonces déjate ir – Edward apretó sus dientes – esto es lo que me mantuvo con vida, Isabella, este sueño. Córrete para mí. Quiero que sientas lo que siento cuando te corres por mí. Quiero que tomes mi dolor y lo conviertas en placer. ¡Quiero que te corras ahora! -
En un rápido movimiento el cambio la sincronización de sus dedos y su pene llenándola al mismo tiempo, rápidamente, duramente, profundamente hasta que ya no hubo Isabella o Edward, solo un cuerpo, un latido, todo ello concentrado allí donde sus carnes se unían.
Súbitamente el cuerpo de Isabella se abrió completamente, tomando sus dedos y su miembro dentro de ella más profundamente de lo que él pensaba que era humanamente posible, antes de escalar en búsqueda de su orgasmo.
Sus músculos se contrajeron alrededor de los dedos de él, hasta que con un poderoso rugido el enterró su cara en la curva de su cuello y llego al orgasmo de manera explosiva.
Y supo que la tormenta le había cambiado irrevocablemente la vida. Isabella había tomado su dolor y lo había convertido en placer.
Le había devuelto su alma.
See u soon
