Capítulo 5
ALBERT se vistió silenciosamente en la oscuridad, luego echó leña al fuego. Quería abandonar su dormitorio sin mirar a Candy, pero su cuerpo tenía una idea diferente. Se arrodilló ante la silla y la miró, notando el moretón en el costado de su cabeza donde se había golpeado con la mesa. Estaba desvaneciéndose lentamente.
Tomó su muñeca y la apoyó sobre su pierna. Ella se movió y abrió los ojos.
-Chito -dijo, gruñón-. ¿Esto te duele?
Ella asintió dormida.
La apoyó suavemente, luego la envolvió en la rígida tela que había preparado el día anterior. Por suerte la muñeca estaba solamente golpeada, no rota, y sanaría con el tiempo. Albert se puso de pie, y tomó a Candy en sus brazos. Estaba más allá de entender sus propias acciones, así que no lo pensó dos veces. Acostó a su mujer del futuro muy cuidadosamente sobre su propia cama y la cubrió con una manta.
-Estás cansada - anunció. Usó el tono que usualmente utilizaba con los jóvenes zagales que se equivocaban. -Descansarás aquí hasta que venga a buscarte. ¿Está claro?
Ella sonrió. Lo sintió justo detrás de las rodillas y casi lo hizo caer. ¡Misericordioso San Miguel, era una belleza! Se volteó y salió de la habitación dando grandes zancadas mientras podía caminar. Una moza. ¿Por qué el Destino lo aborrecía tanto como para endilgarle una moza? Particularmente una tan atractiva, con una lengua afilada y una vasta cantidad de coraje. Podría haberlo soportado con mucha más facilidad si hubiese lloriqueado en cada esquina. Sin embargo, ella gritaba, justo como él hubiese hecho. Jimmy estaba completamente bajo su hechizo, y Jesse estaba rápidamente siguiendo el mismo camino. El muchacho se pasaba todos los momentos que podía arrebatar de su entrenamiento con Candy, hablándole hasta el cansancio.
Desafortunadamente, Jesse no se las había ingeniado para obtener mucha información de ella. Albert no tenía intenciones de fracasar en eso. Quería hablarle abiertamente. ¿Era posible que conociese a su sobrino? ¿Cómo eran las cosas en sus días? Seguramente era una época de grandes milagros. ¿Cómo podía si no un hombre capturar parte alguna de otra alma y pegarla en un pergamino que nunca se atenuaba o se volvía más oscuro? Aye, aquellas eran preguntas para las que tendría respuesta. La reticencia de ella a hablar no duraría mucho con él.
Entrenó durante una hora antes de decidir que ella ya había dormido lo suficiente. Subió las escaleras hasta su cuarto; su propósito inconmovible. Abrió la puerta. Candy estaba introduciendo una daga en la cerradura de su baúl. Se dio vuelta bruscamente por la sorpresa, luego rápidamente escondió la hoja detrás de su espalda.
Albert frunció el entrecejo.
-Los ladrones son colgados, ¿sabes? -dijo, con una mordaz mirada a su baúl.
Como ella tenía el descaro para parecer desafiante, ciertamente no lo sabía, pero se las arreglaba.
-Estaba buscando mi ropa. ¿Dónde está?
Albert había planeado devolvérsela. Aye, sí que lo había hecho. Ahora, sin embargo, estaba dubitativo. Si le entregaba su ropa, estaría en camino antes de que él hubiese atinado a decir algo. Así que, siendo como él era laird, eligió lo más sabio: se quedaría con la ropa y se quedaría con ella. Hasta que respondiese sus preguntas.
-Hay varias cosas que quisiera discutir contigo. -dijo, en un tono lo más laird posible.
Ella levantó una ceja.
-¿Cómo adónde fue mi ropa?
-Como de dónde viniste -repuso- O, más exactamente, de cuándo.
Se quedó totalmente quieta.
-Veo que has estado hablando con Jesse.
Albert frunció el entrecejo.
-Aye, pero no me dijo nada que no hubiese adivinado por mi cuenta. -No iba a decirle cómo-. Y ahora tengo preguntas para las que deseo respuestas.
Ella silenciosamente se movió hacia la repisa de la chimenea y dejó la daga de vuelta sobre ella.
-Pienso que hay ciertas cosas que realmente preferirías no saber, -dijo ella-. Si tan sólo me ayudas a llegar al bosque, te dejaré en paz. -Dio la vuelta y lo miró-. Por favor.
El "por favor" fue casi su perdición. Pero, con un esfuerzo, llevó los hombros hacia atrás y retomó su dura mirada.
-Necesito noticias de mi sobrino, Antony. Tengo razones para creer que tú a lo mejor lo conozcas.
Ella sacudió su cabeza, lentamente.
-Has venido del bosque -presionó-. Tu vestimenta no era como nada que hubiese visto antes, y tu acento es algo que nunca he escuchado. Si eso no me hubiese convencido, el hablar con Jesse sí lo haría. Mi hijo dice que tú has visto estas cosas del futuro. Estoy seguro de que si sabes de estas cosas, entonces de alguna manera -tomó aire profundamente-, más allá de la razón, eres tú de allí; del futuro.
Ahora que lo había puesto en palabras, se dio cuenta de lo loco que sonaba. ¿Del futuro? Por todos los santos, ¡estaba balbuceando tantas tonterías como Antony había hecho! Su licencia de conducir era algo que un artesano había confeccionado. Quizás era del Continente. Su acento era lo suficientemente extraño como para que aquello fuese cierto.
-1998 -susurró.
Albert tragó con fuerza.
-¿1998? repitió. -Los números se sentían extraños en su lengua-. Aye, -dijo- 1998.
Ella asintió.
-Ese es el año del que provengo.
-Antony dijo que el volvía a ese año. Ese tiempo -se corrigió. Trató de sonreír con seguridad, pero temía que se formara una mueca de dolor-. Pensé que estaba loco.
-No creo que lo estuviese.
Luchó para respirar con normalidad. No era tan extraño. Si le podía creer a Antony, podía sin duda creerle a Candy.
-Quizás a lo mejor mi sobrino fue allí -continuó- Tu 1998. Seguramente lo viste allí.
-Se parece a ti sólo que sonríe más, -dijo Canfy- ¿no?
Los ojos de Albert se abrieron de la sorpresa.
-¿Entonces lo conoces?
Ella sacudió la cabeza.
-Jesse me lo dijo; Albert la ciudad de la que vengo, la tierra de donde vengo, esta tan llena de gente, que podrían pasar días sin que viera a la misma persona dos veces. No puedes imaginarlo.
Albert conocía amigos y enemigos a millas de distancia. Que terrible lugar el futuro debía ser, donde no conocías a nadie, no veías una cara amigable en tus viajes.
-Desearía poder ayudarte -dijo ella, suavemente-. De veras. Lo siento.
Así era la situación de él.
-Ah -dijo él, carraspeando para decir-, no es nada. Sospechaba lo mismo. Hay, de todas maneras, otras preguntas que quisiera hacerte.
Ella se sentó sobre su baúl y levantó la mirada hacia él.
-Albert, saber qué es lo que va a ocurrir no es como funciona la vida. Tu futuro es mi pasado. Ya ha pasado como debía pasar. Si te digo cosas del futuro, podrías tomar diferentes decisiones y eso cambiaría lo que para mí ya ha sucedido. Probablemente ya he dicho más de lo que debía. -Lo miró y sonrió gravemente-. ¿Lo ves?
¿Ver qué? Tratar de imaginar su futuro como el pasado de ella le daba dolor de cabeza. Ella ya sabía lo que le pasaría a él, a su clan, a sus enemigos, ¿y él todavía no tenía ningún indicio de nada? Por todos los santos, era más de lo que podía soportar antes de la cena.
-Dejemos que sea como tiene que ser. -dijo él, frunciendo el ceño en beneficio de ella, y rezando que no se viera tan desorientado como se sentía-. De todas maneras voy a tener mis respuestas. Después. Cuando tenga tiempo para ello.
Salió de la habitación mientras todavía le quedaban los últimos hilos de cordura.
¡Dios, lo que necesitaba no eran preguntas, sino un barril de cerveza! Aye, una copa o dos para fortalecerse no era una mala idea.
Para la tercera copa, su ceño se había acentuado. A lo mejor ella estaba en lo cierto, y él estaba mejor sin saber lo que le ocurriría. Y, ya que no podía proveerlo con noticias de su sobrino, sabía que era más que hora de enviarla a casa. Lo último que necesitaba era caer presa de ella como su hijo y Jimmy habían hecho.
Sus buenas intenciones duraron hasta el almuerzo. Se sentó a la cabecera de su mesa con Candy a su derecha y se encontró con sus ojos continuamente atraídos hacia ella.
Pero era sólo porque no comía lo que tenía puesto enfrente. No había, sin lugar a dudas, ninguna otra razón para que él la mirase. Tampoco había razón alguna para persistir, excepto que Candy parecía estar planeando algo. Ya reconocía el desobediente brillo en sus ojos.
La descubrió en el acto de corromper a Angus.
-Sólo ayúdame a eludir a Jimmy, estaba susurrando.
Albert se paró directamente detrás de ella y cruzó los brazos sobre su pecho. Angus se encontró con su mirada y le dirigió una irónica sonrisa.
-Es persuasiva.
Candy giró y tragó de golpe.
-Albert.
-Albert, muchacho, ella quiere irse a casa. -dijo Angus suavemente- A lo mejor...
-No va a ir a ningún lado -Albert dijo tercamente. Maldito sea, ¿por qué tenía tanta endiablada prisa por irse? Cualquiera con sentido común podía ver que ella todavía estaba agotada de su viaje al pasado. Él no sería acusado de ser negligente en su hospitalidad. Bajó su mirada hacia ella y sintió un profundo ceño formarse en sus facciones. -¿Dónde has escondido a tu guardián?
En ese momento la puerta se abrió de un golpe, y Jimmy entró tambaleante.
-¡Ahí está! -Jimmy exclamó, corriendo a máxima velocidad hacia ellos. Albert quitó a Candy del camino antes de que Jimmy chocara contra ella.
-Cuidado -exclamó.
Albert. Rescató a Candy de detrás de él y la entregó de regreso a Jimmy- No te quiero ver a más de un paso de distancia de ella, ¿entendido? Cualquier excusa que ella te dé, ignórala.
-Albert -dijo Angus, aclarándose la garganta con decisión-Candy no es tu prisionera. ¿Por qué no la dejas ir?
Albert suprimió la urgencia de retorcer el pescuezo de Angus.
-Todavía está indispuesta.
-No lo estoy -retrucó Candy.
-Aye, lo estás. -Lanzó otra mirada de disgusto hacia Jimmy-Cuida bien de ella o responderás ante mí.
Jimmy movió la cabeza obedientemente. Albert abandonó el salón, maldiciendo en voz baja. Debería haberla dejado ir. Habría sido, de lejos, mucho más fácil para su tranquilidad de espíritu.
No había entrenado un cuarto de hora antes de escuchar a Jesse gritar su nombre. Albert envaino de nuevo su espada y se dirigió como un rayo hacia el salón, su furia cerca del punto de ebullición. Luego vio la falta de color en el rostro de su hijo, y su pecho se tensó dolorosamente.
-¿Candy?.
Jesse sacudió su cabeza
-Kenneth. Se adentró en los bosques...
Albert pasó rozando a su hijo al dejarlo atrás y corrió hacia el torreón. Ya había un grupo de hombres en el salón cerca del fuego. Albert los separó y se arrodilló frente al hombre de su clan. No era blando de corazón de naturaleza, pero el panorama que se le ofrecía, de su herido y ensangrentado pariente, le hizo dar vueltas el estómago. Quería tomar la mano de Kenneth, pero no había nada de donde hacerlo. Así que se encontró con lo que quedaba de su mirada.
-Vaya lucha -dijo bruscamente.
Kenneth sonrió, luego hizo una mueca de dolor.
-Seguía un ciervo. Encontré un par de cerdos. Algo... más. Pudo haber sido un dragón. -tosió y arqueó su espalda de repente-Cuida de mi...hijo, Albert.
-Lo haré -dijo Albert, pero Kenneth no estaba vivo para escuchar esa promesa. Albert pasó sus manos sobre los ojos de Kenneth y se los cerró. Luego escuchó un breve y sordo grito sofocado y levantó la mirada justo a tiempo para ver un flash de la falda de Candy mientras se alejaba.
-Fue la bruja que lo maldijo -murmuró un hombre.
Albert se levantó y lanzó una mirada de odio.
-No es ninguna bruja.
-Ella lo miró y murió -repitió el hombre mayor, terco.
-¡Murió por sus heridas! -Albert explotó. Se puso de pie, asqueado-. ¡Por los dioses en el cielo, no es nada más que una muchacha; una muchacha asustada por esto! -Miró alrededor del círculo hasta encontrar a Archie.-. Avísale a su familia. Iré a ofrecer mis respetos esta noche.
Archie asintió.
-Lo haré y me encargaré de Kenneth.
Albert abandonó el salón y subió las escaleras hasta su habitación. Cerró la puerta detrás de sí y se apoyó contra ella. Candy estaba de pie frente a la ventana abierta, tomando grandes bocanadas de aire. Entendió todo. No sólo probablemente nunca hubiese visto a un hombre en tal estado; sino que sin duda se había dado cuenta que ir al bosque sola era una estupidez. Cruzó la habitación y se paró detrás de ella, sin atreverse a tocarla.
-¿Está muerto? -murmuró.
-Aye, muchacha.
Ella no dijo nada más, pero sus hombros se sacudieron.
Albert no tenía idea de que tenía que hacer. ¿Debería tomarla entre sus brazos? ¿Para hacer qué? No lo hubiese podido soportar si ella hubiese comenzado a lloriquear. Sus propias emociones estaban, de lejos, muy cerca de la superficie para aquello.
También sabía que parte de los temores de Candy era por ella misma. Quería irse a casa. Podía entender eso. De haber estado en su lugar él, ¿no habría acaso, añorado las Highlands? ¿No lo habría llevado el dolor de perder a su familia, a hacer cualquier cosa para verlos otra vez? Agachó su cabeza y pasó las manos por su cabello. No quería que se fuese, pero no podía pensar una buena razón para hacerla quedar. Suspiró profundamente.
-Te llevaré.
Ella se giró y lo miró. Sus ojos estaban humedecidos.
-Te lo agradezco.
Albert se aclaró la garganta bruscamente
-Si, deberías.
Ella colocó su mano sobre el brazo de él.
-Lo lamento, Albert. Lo de tu amigo.
-Fue tonto al ir por su cuenta.
-Pero eso no lo hace más fácil, ¿no? -preguntó con suavidad.
Albert se alejó, su contacto lo había quemado.
-Descansa mientras puedas. Mañana nos iremos con la primera luz del día.
Salió de la habitación antes de quebrarse y comenzar a lagrimear. Y no sabía porque lloraba más... si por haber perdido a un buen hombre de su clan o porque Candy estaba yéndose. ¡Por todos los santos, que lío había hecho ella de él!
Continuara...
