JUNTO A TI

CAPITULO 6

En la víspera de la boda, el Duque le hizo firmar un estúpido contrato bajo amenazas, que hicieron que su ya resentido humor se volviera más obscuro y solo bastara un pequeño roce para hacerlo explotar.

La mañana en que se casaba, el cielo amaneció gris pero milagrosamente poco antes del mediodía el clima mejoró bastante. El sol apareció luminoso tras las nubes y un suave viento se llevó los nubarrones.

Neal se paseaba como gato enjaulado en su habitación ¿En qué estaba pensando cuando aceptó participar en esa charada? Había vaciado ya tres vasos de whiskey tratando de darse valor para dar el gran paso. Caminó hasta su escritorio solo para leer el documento que firmó el día anterior donde se le daba todo el poder de manejar los bienes de su futura esposa.

Resignado leyó varias veces los papeles. Le cedieron todos los derechos pero también le exigían responsabilidades y una de ellas era procrear hijos lo antes posible. El sólo pensar en que pudiera tener intimidad con ella ya le producía calosfríos. Su compañía le era grata pero no la amaba y mucho menos la deseaba.

Poco a poco se había acostumbrado a ser el foco de atención en las reuniones de la alta sociedad. En las elegantes cenas y bailes, ellos eran la comidilla y el chisme del momento. Todo el mundo se preguntaba cómo alguien tan poco atractiva pudo pescar a un hombre tan guapo y de distinguida familia. Especulaban que la cuantiosa dote ofrecida por el duque, era la causa principal, pero al enterarse con quien estaba emparentado el novio, supusieron que el dinero no era la causa de ese enlace. Otros corrieron el rumor de que Catherine lo sedujo a base de engaños y fueron pescados infraganti y los más románticos creían que la boda era exclusivamente por amor.

Neal estaba enterado porque Elisa y la misma Catherine se lo contaban. El solo sonreía por dentro, llevando sus pensamientos y deseos hasta lo más profundo de su alma, intentando borrar y acallar su conciencia ¿Pero desde cuando Neal Leagan tenía conciencia? Dicho sea de paso, la ambición ganó terreno y aceptó todo lo que se avecinaba, como pago a su sacrificio… después de todo solo sería un año y si no llegaban los hijos, porque obviamente, ni loco se acostaría con ella, ese sería el principal pretexto para repudiarla, divorciarse y ser libre.

Se ajustó las mancuernillas, se colocó el chaleco y la levita. Quería casarse vistiendo un kilt pero era una boda al estilo inglés. Tomó el par de guantes y el sombrero de copa y suspiró largamente. Miró el reloj, faltaban escasos 30 minutos para que iniciara la boda y como era costumbre, el novio tenía que esperar en la iglesia.

Como ausente miró sin ver, la nave de la abadía de Westminster, llena de gente que ni conocía. A sus oídos llegaban las palabras de los arzobispos católicos y protestantes que oficiaban el servicio. Aceptó casi en el delirio a las preguntas hechas y como autómata recitó los votos que para él se escucharon tan falsos y sin sentido. Cuando les bendijeron, Neal cerró los ojos, sintiendo una pesada loza sobre su pecho y besó a su esposa con un leve roce en la mejilla… quería salir corriendo y tomar grandes bocanadas de aire pero solo pudo sonreír con ironía.

Esta vez no estaba su madre, rescatándolo como aquella vez. Ya era un hombre y estaba muy consciente de que él solo había aceptado todo eso. El banquete se ofreció en el mismo palacio de Buckingham y el rey George V y la reina Mary estaban presentes, después de todo Catherine era una de sus ahijadas.

La opulencia y el derroche se hicieron evidentes en cada detalle de la recepción. La fina mantelería, los cubiertos de plata y la vajilla hecha expresamente para la ocasión con los filos en oro y la cristalería reflejaban elegancia. Neal estaba presente pero sin estar realmente atento a la fiesta. Los murmullos y la música de la orquesta le llegaban con un eco. Sentía sin sentir. Esa mezcla de sentimientos e impotencia por querer que todo terminara se traducía en un enojo callado que no podía ocultar. El ceño fruncido y su fastidio eran tan evidentes que Catherine lo notó y se lo hizo saber.

— ¿Podría quitar un poco esa cara? Le recuerdo que estamos celebrando nuestra boda y no se vé muy bien que el novio tenga el ceño fruncido.

— Ya quiero que termine toda esta farsa — le dijo casi en susurro pero inmediatamente se arrepintió — quiero que termine la fiesta, pero al parecer su majestad no piensa retirarse.

— Por favor Neal, le pido que aguante un poco. Todavía falta abrir el baile y hacer el brindis correspondiente. Además…

— Si, ya lo sé… le han comprado un marido y tengo que callar.

— No — le dijo con cierta tristeza — no me refería a eso pero si lo quiere tomar así, entonces, sí, mis padres me han comprado un marido y exijo que se me trate con un poco de consideración.

— Vaya, ya salieron las verdaderas intenciones y las exigencias — le dijo mordaz y con el firme propósito de herirla — Ya me extrañaba que no se me impusiera algo más que su presencia en mi vida.

— ¿Sabe qué?... ¡Váyase al infierno! — y se levantó indignada.

— Ya estoy en él — Alcanzó a decirle y miró como ella detenía su movimiento por un breve momento y le miró con rabia mientras le dirigía una dulce sonrisa.

Eliza miraba la escena desde cierta distancia. Para ella, que era una experta, no pasó desapercibido el intercambio de miradas y palabras entre los novios. Y cuando Catherine pasó rumbo al toilette inmediatamente corrió con disimulo hasta donde estaba su hermano.

— ¿Qué ha pasado? — ella preguntó.

— Nada, solo que hemos tenido nuestra primera discusión de recién casados.

— Recuerda que estamos en palacio y…

— Ya lo sé, pero no pude contenerme.

— ¿No crees que ya es muy tarde para arrepentirte? Mírala, la pobre es tan fea que si no me hubieras dicho por qué aceptaste, creería que te volviste loco o de plano ciego. Ni en el día de su boda, los afeites pudieron favorecerla… ¡Pobre hermanito! En verdad te compadezco.

Cuando subieron al coche y se dirigieron al ala oeste del palacete del Duque, Neal sentía que el mundo se hacía chico. Entendía muy bien que si no "cumplía" con la noche de bodas, el duque no dudaría en hacer efectivas las cláusulas del contrato prenupcial. Tenía que yacer con Catherine y dejar la "muestra" de su pureza entre las sábanas. Después de todo el Duque le había creído que nada pasó entre ellos y se aprovechó de ello, ya que había tenido la precaución de informarle hasta el últimomomento. Los chismes ya habían llegado hasta Londres y el Duque no permitiría que su familia fuera blanco de burlas. Las apariencias para él, lo eran todo. Ese viejo zorro elaboró un contrato un tanto rebuscado en ese aspecto que era imposible negarse. No pudo evitar preguntarse si el padre de la ahora duquesa no le había obligado a firmar algo parecido, solo así se podría explicar que el duque se casara con la madre de Catherine que era mas horripilante que su hija.

Disimuladamente volteó a su derecha donde ella miraba el paisaje, su albo vestido había sido cambiado por un traje más sencillo y a la moda. La suave falda caía en pliegues casi hasta sus tobillos y vestía un abrigo de piel con puños y cuello cubiertos de zorro, enseguida supuso que era aquel pobre animal que le ofreció en la cacería. Las pequeñas manos cruzadas sobre su regazo sosteniendo un bolso a juego. El rostro estaba parcialmente cubierto con el tul del sombrero.

Quiso imaginársela hermosa pero por más que evocó recuerdos de las mujeres con las que había tenido alguna aventura, no pudo encontrar algo en ella que le agradase y por consiguiente le excitara. Se obligó a no pensar más, ya vería como salía del embrollo.

Fueron recibidos por la servidumbre impecablemente uniformada y alineada. Inmediatamente la nana de Catherine la llevó a sus habitaciones nupciales y le preparó para recibir a su marido. Le baño y perfumó el cuerpo, peinó sus cabellos y la vistió con la suave bata de seda y encaje francés. Catherine estaba nerviosa, porque no encontraba la manera de ser delicada y decirle a su marido que esa no era su primera vez con un hombre.

Esa mañana su madre tuvo a bien informarle del contrato firmado por su prometido y sintió pánico. Su desliz con Rupert, era su mayor secreto y aunque su entrega fué por amor ¿Cómo explicarle a un hombre que estaba dispuesto a desflorarla que ya no tenía pureza alguna que ofrecerle? Sea como hayan sido las condiciones de su matrimonio, cualquiera se sentiría humillado al descubrir que su mujer se había entregado a otro. Sabía que ella era un objeto de trueque y que su padre pagó por un marido pero ¿Por qué se sentía sucia? Mucho le hubiera gustado ofrecerle a su esposo, al menos, su virtud. Se sabía fea y poco atractiva, el espejo le recordaba a cada instante su rostro. Se miró nuevamente y buscó algo que la hiciera sentirse sensual y deseable para alguien como Neal.

— Nana, ¿Crees que él sienta algo por mi... es decir que yo le inspire a querer hacer efectivos sus derechos de esposo?

La nana entendió muy bien el trasfondo de su pregunta. No podía mentirle en que era hermosa pero Catherine tenía otras cualidades que la hacían excepcional. Le tomó las manos y le abrió el camisón. La obligó a ver su cuerpo desnudo en el espejo.

— No tengas miedo, Cathy. Mírate, tienes un cuerpo hermoso. Un busto generoso, una cintura estrecha, un trasero firme y voluptuoso. Muchas mujeres quisieran tener tu cuerpo. Además de una personalidad dulce y fuerte al mismo tiempo. Eres educada, cantas y tocas el piano como ninguna. Y en tu cabecita tienes un cerebro que has cultivado y aquí, señalando su pecho, hay un corazón que late ilusionado por el que ahora es tu esposo ¿O me equivoco?

— Pero mi cara nana… mi cara… quiero agradarle.

— No llores — le dijo mientras la vestía nuevamente — tienes unos ojos hermosos, unos labios voluptuosos, lo único que desentona es esa horrenda nariz que heredaste de tu madre. ¡Perdóname! Pero es la verdad. No te angusties, una mujer puede ser tan sensual como ella quiera. Si tu esposo quiere tomarte, no te inhibas, sé cómo en realidad eres… a un hombre le fastidia hacerle el amor a una piedra… además él se ve que es alguien que sabe tratar a las mujeres y complacerlas, no como el mentecato ese que solo te tomó como si fueras… ya mejor no digo nada más. Si tan solo me hubieras contado todo antes, te habría ayudado porque de cierta forma yo inicié esto, creí que te habían mancillado y ahora ya estás casada.

— ¡Oh nana!

— Anda, métete a la cama y usa esto después de que pase todo.

— ¿Qué es?

— Un poco de sangre de gallina, ya sabes, la servidumbre no tiene por qué enterarse que ya no eres virgen, aunque no puedo hablar por tu marido – le dijo entregándole el pequeño frasco.

Quiso darle un último consejo pero en ese momento tocaron a la puerta y la abrieron con fuerza. Para la nana no pasó desapercibido el aroma a alcohol que desprendía Neal.

— ¡Está borracho!

— No… solo tomé una copitas para darme valor — él le contestó.

— ¡Insolente!

— Si… si… lo que usted quiera — Neal decía mientras empujaba a la nana hacia la puerta — Ahora quiere dejarme con mi mujercita o es que también le pidieron estar presente.

— ¡Es usted un grosero! Pero que puede esperarse de un escocés americano y yo defendiéndolo… una se lleva cada chasco.

— ¡Fuera! — exclamó Neal. Y azotó la puerta.

— ¡No debió ser tan grosero con ella! — Catherine le reclamó.

— ¿No? Es una entrometida, si me hubiera dejado explicarle lo que pasó realmente hace unos meses, no estaría en esta situación.

Catherine suspiró.

— Entiendo que sea toda una tragedia para usted. Pero el sufrimiento extremo que significa estar casado conmigo, bien vale la pena. Recuerde que no lo obligué a nada, usted aceptó… su ambición pudo más que su orgullo herido.

Catherine ni siquiera se dió cuenta que se había levantado de la cama, manoteaba y gesticulaba visiblemente enfadada. Cuando de pronto sintió como unos fuertes brazos la empujaron, arrojándola a la cama. Ella rebotó en el suave colchón y luego sintió como el camisón le era subido tapándole la cara. Ella se resistió, no quería ser tomada de ese modo.

Neal le obligó a abrir las piernas y la penetró con fuerza. Lastimándola. Dos, tres, cuatro embestidas y luego salió de ella para vaciarse fuera. Posteriormente se marchó dando un portazo y dejar a Catherine llorando silenciosamente.

Ella se sentía herida, humillada. El odio que le tenía a su padre se intensificó en esos momentos en que se sentía tan desprotegida. ¿Cómo su padre obligó a Neal a prestarse para eso? El acuerdo entre ellos solo era una boda, una temporada juntos, después el divorcio y cada quien su vida. Pero el duque había sido muy astuto y para cuando Neal Leagan comprendió su error, ya era demasiado tarde.

Tenía que casarse con ella o si no su padre lo demandaría e iría a la cárcel, además de pagar los daños a su persona y familia. Suma que obviamente la familia Leagan no tenía. Ella cuando se enteró discutió con su padre la misma mañana de su boda, tratando de disuadirlo y liberar la palabra de su prometido. Acarició su rostro al recordar la bofetada que le había significado enfrentarse a su padre. Richard Grandchester era el amo y señor de su destino. Recordó como le hechó en cara el que sus planes de emparentar definitivamente con la familia reinante quedaran truncados y tener que conformarse con un yerno rico pero no con el abolengo que él quería.

Ella no deseaba llegar a la intimidad, quería evitarlo a como diera lugar para que no descubrieran su desliz. Quizás más adelante lo haría, cuando ella tuviera la confianza suficiente de contarle su secreto. Tenía todo planeado pero la súbita acción de su marido, la desconcertó. La tomó contra su voluntad, forzando algo que bien sabía ella rompería el trato un tanto cordial que existía entre ellos.

Gruesas lagrimas corrían por sus mejillas y hecha un ovillo, comprendió de pronto porque le dolía tanto… se había enamorado de su esposo. Cuando hizo este descubrimiento las lágrimas se hicieron abundantes y los espasmos sacudían su cuerpo y la hacían temblar. Se sintió totalmente ultrajada.

Hasta la habitación de Neal llegaba el sonido de los sollozos de Catherine. Se paseaba de un lado a otro, mesándose los cabellos, tratando de algún modo justificar su proceder… la había tomado a la fuerza, en términos prácticos fué una violación.

Desquitó con ella el proceder del duque al obligarlo a tener intimidad. Sabía muy bien que Catherine no era culpable porque entre ellos existía un acuerdo. Pero maldito Richard Grandchester, lo tenía en sus manos. No podía decirle a su esposa que su padre quería la muestra de su virtud sin tener que intimar con ella para así accesar libremente a su dote y a la herencia de su abuelo.

Pero lo que en realidad le sorprendió, fué descubrir el secreto de su mujer, porque queriendo o no, ya lo era al tener intimidad con ella. Ahora comprendía su rechazo que malinterpretó, creyendo que él le daba asco. No iba a soportar que alguien como ella le rechazara, al contrario debía sentirse agradecida que él se dignara siquiera a mirarla ya ni se diga el hacerle el amor… no, Catherine debería estar besándole los pies y, ese rechazo que creyó, fué el motivo por el que actuó de esa manera. El alcohol, la frustración por haber aceptado ese ridículo contrato y la presión por tener intimidad a la fuerza con alguien que no le excitaba, acabaron por hacerlo explotar.

Pero en determinado momento no supo cómo ella logró despertar su pasión. Tal vez fue el fuego en su mirada o el vaivén de sus pechos al respirar furiosamente o quizás el cuerpo, que sabía desnudo, y que traslucía provocativamente sus curvas bajo la fina bata. Sintió la dureza en su cuerpo y la necesidad de humillarla se hizo imperiosa… desquitarse de alguna manera. Hacerla suya dándole a conocer el cielo para después negárselo.

Casi por impulso la arrojó contra la cama buscando su satisfacción. Pero nada más entrar supo que ella ya le había pertenecido a otro. Furioso por saberse engañado, quiso salir de ella pero su cuerpo se negaba, sus caderas se movían como si tuvieran vida propia. No supo cómo logró escapar de las tibias carnes para terminar desahogándose con ayuda de sus manos.

Se lavó con rabia mientras el alcohol en su cuerpo como por arte de magia, dejó de obnubilar sus pensamientos. Se sintió tan miserable, necesitaba disculparse. Ya más tranquilo, abrió la puerta que comunicaba ambas habitaciones y la miró hecha un ovillo. Se acercó con cautela, dándose cuenta que sus sollozos se habían apagado. Entonces se atrevió a hablar.

¿Catherine? Yo… por favor discúlpame — No se dió cuenta que le hablaba de tu y ya no de usted, como había sido su trato desde que se conocieron — No sé qué me pasó. Yo no quería lastimarte… ¿Catherine?

Ella poco a poco giró hasta dar la vuelta y Neal pudo ver sus ojos hinchados, la horrorosa nariz congestionada pero en lugar de producirle repulsión, toda ella le pareció tierna e indefensa. Era un monstruo por haberla herido, por no haber tenido ningún tipo de consideración. No importaba si eran ricas, pobres, bonitas o feas, todas las mujeres debían ser tratadas con respeto.

— ¡Por favor dí algo! Insúltame, repróchame, pero dí algo.

— ¡Váyase!... ¡Déjeme sola!

— No, no me iré hasta que entiendas que no quise hacerlo.

— Claro que lo entiendo, desquitó conmigo el que le obligaran a casarse. Pero usted y yo teníamos un trato, ya tenía todo planeado — y le mostró el frasquito que le entregara su nana — No había necesidad de tener intimidad o forzar nada. Con esto podía engañar a mi padre pero usted descubrió mi secreto de la manera más humillante… ahora váyase… ¡Por favor, váyase! — Y las lágrimas salieron silenciosas como testigos de la culpa que ella sentía al haberse descubierto su pecado.

Neal se sentó a su lado, sintiendo como ella apretaba más su cuerpo queriendo hundirse en la cama hasta desaparecer. Recordó como tiempo atrás quiso forzar a Candy y que esta prefiriera morir saltando hacia el mar que doblegarse. ¿Acaso en verdad, él era un monstruo, un ser tan ruin y bajo? Con Candy no logró su objetivo pero con Catherine… Se mesó los cabellos, alborotándolos más, suspiró profundo y notó que el camisón estaba sucio, manchado de sangre. Si el frasquito estaba intacto ¿Entonces de dónde provenía el sangrado?

Sin pedir permiso, nuevamente intentó subirle el camisón pero ella instintivamente se hizo a un lado y le dio un manotazo.

— No voy hacerte más daño, solo quiero revisar porque creo que te he lastimado.

— Puedo hacerlo sola…

Pero la miró a los ojos y ella supo que no podía negarse, dejó que Neal continuara desabotonando el largo camisón y él pudo notar que efectivamente la había lastimado. Con cuidado tomó una toalla y la humedeció en el agua perfumada a rosas y limpió a Catherine con delicadeza, refrescando las partes tumefactas y doloridas. Ella permitió que él lo hiciera porque aunque su sonrojo y vergüenza eran evidentes, la sensación era placentera.

Cuando Neal hubo terminado, deslizó el camisón a través de los hombros de ella, dejándola totalmente desnuda. Se sorprendió gratamente al notar un cuerpo bien formado, lleno de curvas suaves y turgentes, cubierto de una piel tan alba y cremosa que se antojaba recorrerlo y probar si sabía tal como y él ya se lo había imaginado.

Tratando de ocultar el agrado que le causó descubrir ese cuerpo, lo cubrió con las suaves colchas y se retiró. Tras de la puerta divisoria, su respiración delataba su excitación. ¿Cómo era posible que ella tuviera el cuerpo de una diosa y la cara tan horrible? Bueno, solo era esa nariz que desentonaba con el cabello de suaves rizos de un castaño parecido a la canela y que brillaba en la oscuridad, unos grandes y expresivos ojos y los turgentes labios que complementaban su redonda cara… pero esa nariz.

Si tan solo pudiera desaparecerla.

Suspiró resignado, ya pronto amanecería y él debía descansar también. Mañana sería un día bastante agotador.

© Tzitziki Janik.