Capítulo 5

William Birkin se apresuró a atravesar el fondo de la planta de tratamiento de agua mientras se dirigía hacia el control B, en el primer sótano, varios pisos por encima. Se sentía atemorizado incluso por el resonante sonido metálico de sus propios pasos en los cavernosos pasillos. El lugar parecía frío y muerto, como una tumba, lo que, hasta cierto punto, no era una mala analogía. Pero él sabía lo que merodeaba detrás de las puertas cerradas ante las que pasaba, sabía que estaba rodeado de abundante vida, al menos de un cierto modo de vida. De alguna forma, ese conocimiento hacía que los vagos ecos causados por sus movimientos le resultaran aún más sacrílegos, como si estuviera gritando en medio de un depósito de cadáveres.

Que es lo que realmente es. Aún no están muertos. Tus colegas, tus amigos…

Tranquilízate. Todos sabíamos que existía esta posibilidad, todos. Ha sido mala suerte, eso es todo.

Mala suerte para ellos. Él y Annette se hallaban en los laboratorios de la ciudad, finalizando la descomposición de la nueva síntesis, cuando ocurrió el vertido.

Había llegado a las escaleras de comunicación de la parte trasera del B4 y comenzó a subir. Se preguntó si Jiemma seguiría esperando. Probablemente. Birkin llegaba tarde. Le había costado abandonar su trabajo aunque fuera por un momento, y Albert Jiemma era un hombre preciso y puntual, entre otras cosas. Un soldado. Un investigador. Un sociópata.

Y quizá fue él. Quizá fue él quien provocó el vertido.

Era posible. Jiemma sólo era leal a Jiemma, y siempre había sido así, y aunque llevara mucho tiempo en Tartaros, Birkin sabía que estaba buscando la manera de salirse. Por otro lado, echarse piedras a su propio tejado no formaba parte de su estilo, y Birkin conocía a Jiemma desde hacía unos veinte años. Si Jiemma hubiera causado el vertido, sin duda no se habría quedado por ahí para ver qué pasaba.

Birkin llegó al final del tramo de escaleras, dio media vuelta y comenzó a subir el siguiente tramo. Supuestamente, los ascensores seguían funcionando, pero no quería arriesgarse. No había nadie por ahí que pudiera ayudarlo si algo iba mal. Nadie excepto Jiemma, y a juzgar por las apariencias, el capitán de los STARS había decidido marcharse a casa.

En lo alto del segundo tramo, Birkin oyó algo, un sonido suave que provenía

de detrás de la puerta que daba acceso al segundo nivel de los sótanos. Se detuvo un instante y se imaginó a algún desgraciado tras la puerta; tal vez estuviera golpeándose irracionalmente una y otra vez contra el obstáculo en un vago afán de salir de allí. Cuando se identificó la infección, las puertas interiores se cerraron automáticamente atrapando a la mayoría de los trabajadores infectados y a lo

sujetos de estudio que habían escapado. Los corredores principales estaban limpios, al menos entre las salas de control.

Echó una mirada a su reloj y comenzó a subir el tramo final de escaleras. No quería que se le escapara Jiemma, suponiendo que aún siguiera por allí.

Pero si Jiemma no lo había hecho, entonces ¿quién?, ¿cómo?.

Todos pensaron que había sido un accidente, incluso él mismo, hasta hacía una horas, cuando Jiemma lo había llamado para explicarle lo del tren. Con ése ya eran demasiados accidentes. Dios sabía que había gente más que suficiente con razones para intentar sabotear a Tartaros, pero no era fácil conseguir un pase para los niveles inferiores en ninguno de los laboratorios de Magnolia.

Y si… Jiemma había mencionado algo sobre que la compañía quería datos reales sobre el virus, no sólo simulaciones sino algo práctico; quizá lo hubieran dejado escapar ellos mismos. Podían haber enviado a uno de sus comandos para hacer saltar el corcho que no debería haber saltado nunca, por decirlo de alguna manera.

O tal vez sea así como planean conseguir el Ethernano. Creando todo este caos y luego

colándose sigilosamente para robarlo.

Birkin apretó los dientes. No. Aún no sabían lo cerca que estaba de lograrlo, y no lo sabrían hasta que él estuviera bien preparado. Había tomado precauciones, escondido cosas, e incluso Annette había sobornado a los vigilantes para que se mantuvieran apartados. Lo había visto ocurrir demasiadas veces: la compañía apartaba a un científico de su investigación porque quería resultados instantáneos, y para ello se la entregaba a gente nueva… Y al menos en dos casos que conocía directamente, el científico inicial había sido eliminado, la mejor manera de que no se pasara a la competencia.

Pero a mí no me pasará. Y tampoco al Ethernano.

Era la obra de su vida, pero lo destruiría antes de dejar que se lo arrebataran de las manos.

Llegó a la sala de control que buscaba. En realidad se trataba de una

plataforma de observación que compartía el espacio con el generador auxiliar de la planta, que afortunadamente se hallaba en silencio. Las luces no funcionaban, pero mientras avanzaba por la pasarela metálica vio a Jiemma sentado ante las pantallas de vigilancia, con la espalda recortada contra el destello de los monitores. Como hacía a menudo, Jiemma llevaba puestas las gafas de sol, una costumbre afectada que siempre había irritado a Birkin; era como si el tipo pudiera ver en la oscuridad.

Antes de que le anunciara su presencia, Jiemma ya había alzado una mano, sin mirar siquiera por encima del hombro, para que Birkin se acercara.

—Ven a ver esto.

Su voz era autoritaria y urgente. Birkin se apresuró a unirse a él y se inclinó sobre la consola para ver lo que tanto interesaba a Jiemma.

Éste tenía la vista fija en una escena del centro de formación, en lo que parecía

la videoteca del segundo piso. Un recluta vagaba por la sala. Era evidente que estaba infectado y llevaba el uniforme de trabajo manchado de sangre y otros

fluidos. Sin duda se lo veía mojado, pero Birkin no notó nada especialmente extraño en él.

—No veo… —comenzó, pero Jiemma lo interrumpió.

—Espera.

Birkin contempló cómo el joven recluta, un chico que nunca llegaría a viejo gracias al virus-T, chocaba con un pequeño escritorio en un rincón de la sala, luego se daba la vuelta y regresaba, tambaleándose como hacían todos los portadores, hacia los bancos de los ordenadores. La cámara lo siguió. Justo cuando Birkin estaba a punto de preguntar a Jiemma qué estaban buscando, lo vio.

—Ahí —indicó Jiemma.

Birkin parpadeó sin estar seguro de lo que había visto. Mientras volvía hacia los ordenadores, el brazo del recluta se había alargado y afinado, se había estirado casi hasta tocar el suelo y luego había vuelto a su forma normal. El proceso había durado menos de un segundo.

—Es la tercera vez que pasa durante la última media hora, más o menos —

informó Jiemma sin alzar la voz.

El recluta continuó vagando por la reducida sala, y de nuevo pareció indistinguible de cualquiera de los otros condenados que aparecían en las pequeñas pantallas.

—¿Un experimento del que no estábamos informados? —preguntó Birkin. Pero sabía que era improbable. Ambos estaban tan al corriente de todo como cualquier otra persona fuera de las oficinas centrales.

—No.

—¿Mutación?

—Tú eres el científico, dímelo tú —replicó Jiemma. Birkin reflexionó un instante y luego negó con la cabeza.

—Supongo que sería posible, pero… No, no lo creo.

Observaron en silencio al soldado durante un momento, pero éste volvió a cruzar la sala sin que nada se alargase o cambiase. Birkin no sabía qué era exactamente lo que habían visto, pero no le gustó nada de nada. En la complicada serie de ecuaciones en que se había convertido su vida, entre su trabajo y su familia, entre los desastres de Magnolia y sus sueños de conseguir crear artificialmente el virus perfecto, lo que habían visto era una incógnita. Era algo nuevo.

Un crujido de estática rompió el silencio y la voz desconocida de un hombre se oyó en medio de un zumbido.

—Tiempo de llegada aproximado, diez minutos, cambio.

Eso tenía que ser el equipo de limpieza de Tartaros dirigiéndose hacia el tren. Jiemma le había dicho que estaban en camino. Éste apretó un botón.

—Afirmativo. Informe cuando alcancen el objetivo. Cambio y corto.

Volvió a apretar el botón, y los dos hombres continuaron contemplando al soldado desconocido, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Birkin no

sabía lo que pensaba Jiemma, pero él empezaba a creer que había llegado la hora de abandonar Magnolia.

—Wendy.

La joven no contestó ni se volvió hacia él, únicamente bajó el arma. Romeo deseó que hubiera algo que pudiera decir, pero supuso que sería mejor mantener la boca cerrada. La situación hablaba por sí misma: el hombre tendido en el suelo llevaba el uniforme de los STARS, probablemente era un amigo de la chica, y había sido infectado.

Romeo le concedió un momento a Wendy, pero no pensaba que pudieran permitirse muchos más lujos. No podía estar seguro, pero parecía que el tren estaba ganando velocidad. Si estaba sin control, seguramente descarrilarían y probablemente morirían. Si alguien lo controlaba, entonces necesitaban saber quién y por qué.

—Wendy —dijo de nuevo, y esta vez la joven se volvió hacia él, sin

avergonzarse de sus lágrimas. Lo miró sorprendida.

—¿Te he oído disparar hace unos minutos? —le preguntó. Romeo asintió con un gesto e intentó sonreír, pero no le salió.

—Un bicho monstruoso. ¿Y tú?

—Un perro —contestó Wendy, y se enjugó la última lágrima—. Y… alguien a quien conocía.

Romeo se removió incómodo y ambos se quedaron en silencio durante un segundo. Finalmente, Wendy suspiró y se apartó el flequillo de la frente.

—Dime que has encontrado las llaves —dijo.

—Algo parecido —repuso él, alzando la escopeta.

—No servirá —replicó ella, y suspiró de nuevo—. Tiene cierres magnéticos, como la cámara de un banco o algo así.

—¿En un tren de pasajeros? —preguntó Romeo.

—Es privado. —Wendy se encogió de hombros—. Tartaros.

La compañía farmacéutica. Entre el consejo de guerra y la sentencia, Romeo no había prestado mucha atención sobre donde lo iban a ejecutar, pero lo recordó de repente: Magnolia, lo más parecido a una metrópolis que había en esa zona y el lugar donde la mega corporación se había instalado inicialmente.

—¿Tienen su propio tren?

Wendy asintió.

—Tartaros está por todas partes aquí. Oficinas, investigación médica, laboratorios…

«Hoy hemos tenido noticias del laboratorio de Arklay… y nos enviarán la semana que viene para comprobar su estado.»

El bosque de Magnolia, la misma Magnolia, todo se hallaba situado en las montañas Arklay.

Los pensamientos de Wendy parecían ir en la misma dirección.

—No pensarás que…

—No lo sé —repuso Romeo—. Y en este momento, no me importa. Aún tenemos que atravesar esa puerta.

Wendy comenzó a caminar de nuevo hacia la parte delantera del tren, luego pareció pensárselo mejor, quizá porque no quería ver a su amigo. Fijó los ojos en el suelo y habló en voz baja.

—Hay un cadáver junto a la puerta, un hombre con una llave en la mano —

dijo—. Puede que abra algo útil.

—Espérame un segundo —le indicó Romeo.

Pasó ante ella y avanzó por el corredor hasta llegar al final. El decrépito cadáver de un empleado del tren se hallaba apoyado contra la puerta cerrada, era el cuerpo sobre el que la joven estaba inclinada cuando se vieron por primera vez. Y sí que tenía una llave metálica en la agarrotada mano. Romeo se la cogió y la observó bajo la tenue luz. Tenía pegada una etiqueta en la que se leía VAGÓN RESTAURANTE.

Qué gran ayuda, muchísimas gracias.

La dejó a un lado y pasó cerca de un minuto registrando la chaqueta del cadáver. En un bolsillo sólo encontró un paquete de cartas, y en el bolsillo delantero un puñado de caramelos de menta cubiertos de borra… Pero en otro había varias llaves más cogidas a una anilla. Dos no estaban etiquetadas, pero en una tercera estaba grabada la palabra REVISOR en el metal. Romeo se las guardó en el bolsillo y, después de pensarlo un momento, se agachó y con cuidado le sacó la chaqueta al cadáver. No pudo evitar una mueca de asco al notar la textura fría y esponjosa de su piel. El pobre tipo no parecía haber pillado el virus, pero una o varias personas desconocidas lo habían mordido repetidamente, del rostro y las manos le habían arrancado grandes pedazos de piel y músculo; estaba hecho un desastre.

Romeo regresó a donde se hallaba Wendy, pero se detuvo antes para cubrir con

la chaqueta el cadáver del STARS muerto. Sólo le ocultaba el rostro y la parte superior del cuerpo, pero supuso, pensando en la chica, que cualquier cosa sería mejor que nada. Cuando ella se acercó, le hizo un movimiento con la cabeza en señal de agradecimiento, pero no dijo nada.

—La llave que viste era del vagón restaurante, donde ya hemos estado —le explicó, y sacó el llavero del bolsillo—, pero puede ser que éstas abran algo.

Se hallaban ante la puerta que estaba señalada como la oficina del revisor. Romeo alzó la llave grabada. Con un gesto de asentimiento de Wendy, la metió en la cerradura y la hizo girar sin problemas. Alzó su arma y empujó la puerta, preparado para disparar contra cualquier cosa que no se identificara al primer segundo.

No había nadie. Romeo se relajó un poco y entró en la oficina. Wendy esperó en la puerta con el arma desenfundada y miró hacia el escritorio cubierto de papeles. Comenzó a revisarlos mientras Romeo registraba el resto de la cabina.

—Horarios, cartas… Hay algo llamado «Manual de uso del lanzagarfios» — dijo Wendy—. Informes de mantenimiento; una nota sobre un cierre de anillo, sea lo que sea eso; hojas de pedido para la cocina…

Romeo abrió el armario mientras ella seguía recitando el contenido del escritorio. Un par de letreros, postales y varias notas enganchadas en el interior de la puerta, talonarios de gastos y un maletín cerrado. Romeo lo cogió y lo sacudió. Algo se agitó en el interior, pero pesaba muy poco. ¿Podría ser una llave? No era probable, pero siempre quedaba la esperanza.

Examinó la cerradura con el entrecejo fruncido. No había agujero para ninguna llave, aunque en la parte superior tenía una hendidura en forma de círculo. Movió el picaporte. Estaba firmemente cerrado. Seguramente lo podría desmontar, pero era de buena calidad y posiblemente le ocuparía un tiempo que no podía perder.

—Hace un momento has dicho algo de un cierre de anillo, ¿no? —preguntó. Wendy apartó unos cuantos papeles.

—Ah… Aquí. Es una nota escrita a mano; dice: «Modo de acceso a porta, cierre de anillo separado, dos partes.»

¿A «porta» qué? Romeo comenzó a encogerse de hombros, y entonces sintió una oleada de excitación. ¡Al portafolios! La llave estaba en el maletín, lo presentía. Observó atentamente la cerradura y de repente recordó el extraño anillo de plata que había hallado arriba, antes de su encuentro con la cosa escorpión. Las muescas de la hendidura se parecían a las del anillo.

Pero en la nota dice dos partes, y…

—Eh, he encontrado un anillo en la parte trasera del tren —exclamó Wendy. Romeo alzó la mirada mientras la joven se sacaba un anillo de oro del dedo índice, y antes de que se lo entregara, supo que se trataba de la segunda parte.

—Creo que hemos dado en el clavo —dijo Romeo, sonriendo. Era su primera sonrisa desde… desde no sabía cuándo. En la cabina del maquinista tenía que haber una radio, y controles, y tal vez un mapa que les dijera cómo diablos salir de los bosques.

Ya casi habían salido de ésta, estaba seguro. Pero no tenía ni idea.

Alguien había hecho arrancar el maldito tren. Era posible que alguno de los empleados siguiera vivo, pero Jiemma supuso que lo más seguro era que uno de los portadores, con el cerebro hecho papilla, se hubiera caído sobre los controles. En cualquier caso, el piloto del helicóptero ni siquiera había dudado, simplemente había cambiado el momento de llegada en unos cuantos segundos. Lo habían alcanzado a tiempo; si no lo detenían, el tren se iría directo contra el centro de formación y se estrellaría, y lo último que necesitaban era llamar la atención sobre cualquiera de las áreas infectadas que se habían aislado.

—Nos desplegamos ahora, cambio.

Jiemma esperó. Podía oír el ruido del helicóptero en el fondo, incluso podía oír las cuerdas por las que descendían los hombres cortando el viento. Deseó a medias estar allí, a punto de pisar el maldito tren que avanzaba a toda velocidad bajo la noche tormentosa, con el arma desenfundada, y los enfermos andantes esperando encontrar el descanso eterno en medio de un baño de sangre y huesos.

Birkin le interrumpió su agradable fantaseo. Había inquietud en su voz y su actitud mientras extendía la mano para tapar el micrófono con la palma.

—¿Estás seguro que esto es el virus? Quiero decir, ¿no podría tratarse de un secuestro o de… un fallo mecánico, quizá? Quiero decir, ¿sabemos sin duda que ese equipo está aquí para encargarse del tren?

Jiemma suspiró internamente. William Birkin era un hombre inteligente, pero también obsesivamente paranoico. Su convicción de que Tartaros quería robarle su trabajo era de una intensidad casi infantil.

—Estamos seguros —respondió—. ¿Qué otra cosa podría ser, si no fuera el virus?

Birkin hizo un gesto con la cabeza hacia el monitor donde había visto al soldado con el brazo de goma.

—Quizá algo relacionado con eso.

Jiemma se encogió de hombros. Era una mutación, tenía que serlo. Extraña, pero no imposible.

—Lo dudo. No te preocupes, William. Nadie de arriba sabe nada de tu

precioso Ethernano. —No era exactamente cierto, pero Jiemma no estaba de humor para consolarlo—. En cuanto al tren…, quizá el virus-T se adapte mejor de lo que pensábamos.

Esa explicación no pareció convencer a Birkin, lo que no era una sorpresa, porque a Jiemma tampoco lo convencía. Si la infección en el tren era un accidente, entonces él era la tetera de su tía Maddie, por decir algo.

—La mansión, los laboratorios, el tren… ¿Quién lo habrá hecho? —preguntó

Birkin en voz baja—. ¿Y por qué?

Uno de los comandos de limpieza los interrumpió.

—Estamos abajo, cambio. —El sonido de fondo de las hélices del helicóptero había sido reemplazado por el rítmico traqueteo de un tren en movimiento.

¡Ya era hora!

—Excelente —dijo Jiemma, y volvió a tapar el micrófono para poder contestar a Birkin.

—Eso es irrelevante. Lo que importa ahora es que no salga, que no se extienda más. Hay que destruir el tren. Todas las pruebas deben desaparecer. Seguro que lo entiendes, William. En eso no hay ningún problema, así que no crees uno. —Destapó el micro y habló por él—. ¿A qué distancia se hallan de la próxima bifurcación? Cambio.

—A no más de diez minutos, probablemente…

Jiemma esperó a que pasara la estática.

—Repita. No lo he entendido. Cambio.

Hubo un chirriante estallido de acoples, lo suficientemente alto como para doler. Jiemma se echó hacia atrás y vio a Birkin haciendo una mueca ante el sonido…

Y entonces se oyeron gritos, ambos hombres en el tren chillaron a la vez.

—¡Ah, Dios! ¿Qué demonios…?

—¡Jesús!

—¡Sácamelo, sácamelo de encima!

—¡No! ¡Nooo! ¡Noo…!

Se oyeron varias ráfagas de los rifles automáticos, luego el grito inarticulado de dolor y terror de un hombre sobre ese sonido y finalmente sólo el zumbido de la estática.

Jiemma apretó los dientes con fuerza mientras a su espalda, Birkin

comenzaba a farfullar presa del pánico. Al parecer sí que había un problema.

Se hallaban ante la puerta cerrada. Wendy sujetaba la tarjeta y tenía una sensación de triunfo desproporcionado en comparación con lo que realmente habían logrado. Supuso que probablemente se debía a que se sentía emocionalmente agotada. No había sido difícil, habían encontrado un par de anillos y habían abierto el portafolio. A pesar de todo, se sentía como si hubiera resuelto el enigma de la maldita esfinge.

Romeo le hizo un gesto para que abriera la puerta, inclinando la cabeza hacia un lado. Seguía escuchando atentamente. Le aseguró que había oído un helicóptero en el exterior cuando habían ido a buscar el anillo, y a alguien gritando poco después. Wendy no había oído nada. Probablemente él estaba tan exhausto como ella, considerando…

… considerando que estaba de camino hacia su ejecución. No empieces a hacer comparaciones. Por mucho que haya hecho para ayudarte, sigue siendo un animal, y olvidarlo te puede costar la vida.

De acuerdo. En cuanto hubiera llegado a una radio que funcionara, se habría acabado esa tregua. Pasó la tarjeta por el lector y la lucecita roja cambió a verde. La puerta se abrió con un clic y Romeo la empujó hacia dentro.

El sonido del tren se convirtió en un rugido mientras la puerta se abría sobre una pasarela de rejilla que estaba parcialmente expuesta a los elementos. El viento y la niebla los salpicó cuando pisaron la pasarela. A la derecha había una especie de jaula cerrada con equipo que se extendía a lo largo de todo el vagón; a la izquierda sólo había un pasamanos y la violenta noche que atravesaban a toda velocidad. Delante, en otro vagón, vieron lo que debía de ser la cabina del conductor, aunque era difícil juzgar en la oscuridad. Wendy se aferró al pasamanos cuando se dio cuenta de la velocidad a la que avanzaba el tren; realmente estaba volando sobre las vías.

Oh.

Wendy se detuvo mientras Romeo avanzaba rápidamente unos pasos y se agachaba junto a un hombre o una mujer. Había un segundo cuerpo a más o

menos un metro del primero. Ambos iban vestidos con trajes de asalto y tenían el rostro oculto tras visores tintados.

¿SWAT? ¿Cuándo han llegado aquí? ¿Y por qué sólo dos?

Mientras se acercaba, la joven pudo ver que ambos brillaban a causa de la baba que los cubría, la misma porquería espesa que excretaban las sanguijuelas del vagón restaurante. El uniforme, los chalecos antibalas y las piezas metálicas no llevaban ninguna insignia. No eran del departamento de policía de Magnolia ni militares.

Romeo observaba la pared de rejilla metálica de la derecha. Wendy le siguió la

mirada y vio lo que parecía una tela de araña gigante hecha de hilos negros enganchada a la parte interior de la reja, de la que colgaban miles de sacos semitranslúcidos.

Sacos de huevos. De las sanguijuelas.

Wendy sintió un escalofrío, y Romeo se incorporó de nuevo sacudiendo la cabeza. Tuvo que gritar para que ella le pudiera oír sobre el estruendo de tren.

—¡No hay nada que hacer! ¡Están muertos!

Wendy ya lo había supuesto, pero no iba a fiarse de su palabra. Pasó ante él y examinó los dos cuerpos en busca de alguna señal de vida. Notó las extrañas hemorragias que brotaban de pequeños montículos sobre la piel pálida. Romeo tenía razón, y tal vez también la había tenido al decir que había oído gritos. A pesar de la lluvia, ambos cuerpos aún estaban calientes.

Se incorporó, se volvió a agarrar a la barandilla y siguió a Romeo hasta el

siguiente vagón. Justo estaba pensando qué iban a hacer si se encontraban con otra puerta cerrada cuando vio a Romeo empujar hacia dentro la puerta.

Salieron de la lluvia y entraron en una cabina de maquinista relativamente

pequeña, limpia y ordenada, excepto por la fina y homogénea capa de baba que cubría la consola de controles que se hallaba enfrente. Los oídos le silbaron a Wendy por el súbito silencio cuando la puerta se cerró tras ella, pero estaba más preocupada con las numerosas luces rojas parpadeantes que cubrían la reluciente consola.

Romeo se acercó y contempló los múltiples paneles de control durante un momento y luego presionó sobre un teclado que se hallaba ante una pequeña pantalla. El monitor permaneció negro. Romeo se volvió para mirar a Wendy con una expresión sombría.

—Los controles están bloqueados —dijo.

Wendy sacó la tarjeta magnética del bolsillo de su chaleco. No había números en ningún lado, nada que pudieran utilizar como secuencia. Se acercó a Romeo, intentando no prestar atención a la lluvia que golpeaba el parabrisas y a la vertiginosa masa tenebrosa de los bosques, y apretó unos cuantos botones. Las teclas parecían bloqueadas, no se hundían completamente. Comenzó a buscar cualquier cosa con la palabra EMERGENCIA escrita encima.

—Aquí —dijo Romeo, y alargó la mano hacia una palanca que sobresalía de un lado de la consola. Cuando la apretó, por la pantalla del ordenador comenzaron a pasar palabras.

FRENOS DE EMERGENCIA - LAS TERMINALES FRONTAL Y POSTERIOR DEBEN ESTAR

ACTIVADAS ANTES DE FRENAR. ¿RESTAURAR LA CORRIENTE A LA TERMINAL POSTERIOR?

Eran los controles que Wendy había visto al final del tren. Romeo apretó la tecla de activación.

CORRIENTE RESTAURADA EN LA TERMINAL POSTERIOR DE FRENADO.

—Gracias a Dios —exclamó Wendy—. Hazlo ya, detén esta cosa.

El tren parecía ir a una velocidad imposible. El rugido de los motores era más estruendoso que antes y parecía a punto de llegar a un volumen de paroxismo.

Romeo apretó la palanca. Se movió con facilidad, con demasiada facilidad, y nuevas palabras recorrieron la pantalla.

LA SECUENCIA DE LOS FRENOS TRASEROS DEBE SER ACTIVADA ANTES DE QUE SE

ACCIONEN LOS FRENOS.

—¡Oh, tiene que ser una broma! — exclamó Romeo, haciendo una mueca—.

¿Cómo que no podemos activar los frenos de emergencia desde la maldita sala de control?

—Es posible que podamos, sólo que no sin autorización —repuso Wendy—. Aunque, manualmente… He visto la terminal posterior, está fuera del último vagón. Voy para allí.

Romeo negó con la cabeza, mirando hacia la oscuridad que pasaba ante ellos demasiado de prisa.

—No, déjame que vaya yo. No te ofendas, pero creo que puedo correr más de prisa que tú. ¿Hay por ahí un sistema intercomunicador? Te puedo llamar cuando lo haya activado.

Ambos comenzaron a buscar, pero la consola estaba llena de interruptores y paneles sin ninguna indicación, tardarían demasiado tiempo en descubrir para qué servían. Wendy comenzó a decirle que tendría que correr, y por la gran velocidad a la que parecía avanzar el tren, seguramente tendría que hacer un sprint, cuando de repente se acordó de Gajeel.

—La radio de Gajeel —dijo—. La tenía antes de que… Todavía debe de llevarla encima.

Romeo ya corría hacia la puerta.

—La cogeré de camino.

—Ten cuidado.

Romeo asintió con un gesto y lanzó otra mirada hacia el exterior.

—Estate preparada para darle a los frenos desde aquí. Tengo la sensación de que, de una forma u otra, vamos a parar muy pronto.

Abrió la puerta hacia el estruendo, y salió.

Los segundos pasaban lentamente. Wendy se aseguró de que su radio estuviera funcionando y mantuvo la mano sobre la palanca de frenos mientras contemplaba la noche. El tren tomó una curva demasiado rápido, y Wendy cerró

los ojos rogando para que la máquina descontrolada se mantuviera en la vía e imaginando que sentía elevarse las ruedas para luego volver a caer sobre los raíles. Romeo tenía razón, de una forma u otra, no iban a ir mucho más lejos.

¿Por qué tarda tanto?

Sólo habían pasado unos minutos, pero eso ya era mucho. Agarró la radio y apretó el botón para transmitir.

—¿Romeo, me oyes? ¿Cuál es tu situación? Cambio. Nada.

—¿Romeo? —Esperó mientras contaba lentamente hasta cinco y el corazón empezaba a latirle a toda prisa. Vio que se acercaba otra curva—. ¿Romeo, me oyes?

¡Mierda!

Quizá no hubiera encontrado la radio, o igual había olvidado encenderla. O algo había pasado con los controles y no los podía activar.

O está muerto. Quizá algo lo haya atrapado.

El tren entró en la curva, y esta vez no hubo que imaginar nada, el tren se inclinó demasiado y aceleró mientras se sacudía al caer de nuevo. Otra curva como ésa y todo habría acabado. Tendría que ir ella a la parte trasera; no había tiempo, pero tampoco tenía otra opción.

—¡Ahora, Wendy!

Wendy vio una masa borrosa a la derecha del tren, pero desapareció tan rápidamente que no supo lo que era hasta que hubo pasado: el andén de una estación. El andén de la estación, y eso significaba que lo único que quedaba delante era el lugar donde guardaban el maldito tren, y eso significaba que tal vez ya era demasiado tarde.

—¡Sujétate! —gritó por la radio mientras agarraba la palanca y la apretaba con todas sus fuerzas. Algo avanzaba hacia la ventanilla frontal, una oscuridad más profunda que la de la noche. Un túnel. Los frenos chirriaban mientras el tren se lanzaba hacia la negrura y partía alguna débil barrera de la que pasaron trozos de madera volando por delante de la ventana. El tren se inclinó de nuevo, pero esta vez no recuperó la estabilidad.

Wendy oyó su propio grito junto con el chirrido del tren, que caía contra el suelo y comenzaba a deslizarse. El metal se rasgaba y saltaban chispas como si fueran unos fuegos artificiales infernales. La pared se convirtió en el suelo, y Wendy se golpeó contra él mientras la locomotora se estrellaba contra algo aún más duro y se apagaban las luce.