ADVERTENCIAS: Leverrier hijoputa (en serio... ¿Alguna vez no ha sido este hombre un hijoputa?), Kanda malhablado, Allen con unas copitas de más. Drama. Mención a tortura.
¡Disculpad la tardanza! TT-TT Me quedé sin PC u.u
Aquella noche, Allen no durmió. No fue porque no lo intentara, sino porque en cuanto había comenzado a conciliar el sueño los Cuervos habían venido a buscarle. Otra vez.
Uno de ellos le golpeó en la nuca con el canto de la mano, y de pronto todo se volvió negro.
Despertó de nuevo en aquella habitación. Sentado en una silla. Atado. Leverrier estaba detrás suya, su aliento le golpeaba en la nuca. No pudo reprimir un estremecimiento.
—¿Creías que te ibas a librar de mí tan fácilmente? Hmm...—Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa mientras hablaba. Agarró a Allen del mentón y lo obligó a echar su cabeza hacia atrás, con fuerza. El chico apretó los dientes, no iba a mostrarle ni un ápice de debilidad a aquel hombre. Algo apuntó hacia él, y se dio cuenta de que Leverrier tenía un cuchillo en la mano. —Con esto no te olvidarás de mí ni un instante mientras estés ahí fuera. No te olvides, ¿vale?
Y el cuchillo descendió.
—¿Estáis listos, chicos?—Allen asintió, Kanda tan solo chasqueó la lengua. —Kanda, me tomaré eso como un sí.—Respondió Komui.
Allen consultó el sobre con las instrucciones de la misión. Debían partir hasta Rusia, concretamente a un pueblecito perdido en medio de ninguna parte. Según lo que los aldeanos habían contado a los buscadores, todos los viernes por la noche aparecía por la calle principal del pueblo un coche de caballos tirado por... Nada. Cuando se intentaban acercar a él, las puertas del coche se abrían, y de ella salía una mano que...
La información terminaba ahí, sin especificar. Pero estaban seguros de que se trataba de Inocencia. O de Akumas.
—Esto, Komui...—Dijo Allen. —¿Y Timcampy?
—Lo siento, Allen. Parece ser que los de la sección científica se lo quieren quedar un tiempo más...—Respondió Komui, apenado.—Tendréis que sobrevivir con el golem de Kanda.
—No pasa nada.—Dijo Allen, componiendo una sonrisa.
Después de un largo silencio, el momento de despedirse llegó. Komui estrechó a los dos exorcistas en sus brazos, con fuerza, y les deseó suerte. Allen le prometió que llegarían sanos y salvos. Kanda murmuró una incoherencia relacionada con el aspecto físico del Moyashi, y éste hizo como que no escuchaba.
Antes de partir, Komui le susurró a Allen al oído: "No te preocupes, el golem de Kanda es seguro. Leverrier no conseguirá espiaros desde él".
Allen asintió, más tranquilo.
Los dos chicos recogieron sus cosas y atravesaron la puerta hacia el Arca. Komui los contempló entrar, con un nudo en el estómago. Su plan para que efectuaran la misión juntos había funcionado. Después de evitar al metomentodo de Leverrier había conseguido enviar a los dos chicos a la misión. Leverrier se puso furioso, pero no pudo hacer nada. Aún recordaba la expresión de frustración del hombre al ver que sus planes no habían funcionado del todo.
Asintió con satisfacción. Ahora todo dependía de aquellos dos.
Cuando Allen y Kanda llegaron al pueblo, se dieron cuenta de que aquello tenía más de campamento troglodita que de pueblo. Una carretera estrecha circulaba en línea recta y alrededor de ella se habían construido quince casas, un hotel, un bar, dos tiendas, una iglesia y el ayuntamiento. Y una espesa capa de nieve que lo cubría todo.
Allen se abrochó por completo su chaqueta de exorcista, estaba tiritando del frío. A su lado, Kanda parecía no inmutarse, ni siquiera castañeaba los dientes, aunque en verdad se estuviera congelando.
—Qué frío...—Murmuró Allen.—¿Vamos adentro, Kanda?
—¿Tú que crees?—Dijo el susodicho, en un tono cortante a más no poder. Allen se mordió el labio y siguió hacia adelante.
El hotel no era gran cosa, tan solo una casita de madera con dos plantas. En cuanto entraron por la puerta se encontraron en una simple sala que se utilizaba como recepción, donde una mujer regordeta les atendió. Les indicó su número de habitación, e hizo señas para que subieran las escaleras.
—Vamos, Moyashi.—Dijo Kanda, golpeando a Allen en el brazo para que espabilara. Allen reprimió un gemido de dolor, no por el golpe, sino por lo que el puño de Kanda había tocado. El recuerdo de Leverrier.
Cogieron su equipaje y subieron las escaleras. Kanda iba delante, ignorando a su compañero, como si éste no existiera. Éste se acariciaba el brazo suavemente, intentando aliviar el dolor.
Kanda abrió la puerta, y se quedó paralizado del shock. Allen pudo ver como su expresión pasaba de pura sorpresa a enfado y, para terminar, repulsión.
—¿Qué sucede, Kanda?—Preguntó Allen, acercándose a la puerta. Cuando estaba al lado del japonés, miró dentro de la habitación y lo vio.
—¿Qué va a ser, estúpido Moyashi? Mira bien, joder. ¡Nos han metido una puta cama doble!
Efectivamente, en medio de la habitación, se encontraba una cama de matrimonio con dosel y sábanas completamente blancas. Perfecta para una noche de bodas de ensueño.
A Allen no le dio tiempo a decir nada, pues al instante siguiente Kanda ya corría escaleras abajo maldiciendo entre gritos a la familia muerta de la recepcionista y a su descendencia. Allen suspiró, agotado, y cargó con su equipaje y el de Kanda y lo metió en la habitación. En cuanto lo hubo dejado a los pies de la cama, se sentó en el colchón.
No era el momento idóneo para compartir una cama doble con Kanda, se dijo. Podía escuchar los gritos del japonés desde el piso de abajo.
Al cabo de un rato Kanda volvió. Estaba colorado de la emoción, y en su cara se veía claramente su enfado.
—¿Qué pasó?
—La hija de puta esa no nos quiere dar camas separadas. Dice que en este hotel no hay.—Kanda desvió la mirada a la cama, y luego a Allen.—No quiero dormir a tu lado, sucio maldito.
—¿Quién dice que yo sí quiera?
—Cállate, maldito Moyashi.
—¿Qué tienes en contra mía, Kanda?—Se defendió Allen, molesto.—¡Yo nunca te he hecho nada!
—Existir, eso es lo que haces.—Respondió Kanda, frunciendo el ceño.—Déjame en paz un rato, ¿quieres? Piérdete o algo.—Acto seguido empujó a Allen hasta tirarlo de la cama, y luego se tumbó en el colchón, ignorando el grito que pegó su compañero. Éste se levantó del suelo, llevándose una mano al trasero con una mueca de dolor. Kanda simplemente lo ignoró.
—¿Pero qué te has creído, estúpido?—Gritó Allen, el otro había conseguido sacarlo de sus casillas.—¿Por qué me empujas? ¡Yo estaba antes! Devuélveme la cama, idiota.
—No.—Fue la respuesta de Kanda. Allen sintió cómo se ruborizaba, no de vergüenza, sino de ira.
—Tú lo has querido.—Sin pensarlo ni un segundo, Allen se abalanzó sobre Kanda, dispuesto a sacarlo de ahí. Cayó encima del japonés, y empezó a golpearle para que se apartara de SU cama. El otro se defendió, y lo agarró de los hombros para darle la vuelta. Al momento era Kanda quien se posicionaba encima de Allen, y éste último le intentaba pegar rodillazos en las costillas. Kanda consiguió inmovilizarlo, y lo agarró con fuerza de los hombros.
Entonces fue cuando Allen se dio cuenta de lo cerca que estaban uno del otro. Prácticamente podía sentir el aliento de Kanda sobre su nariz, y sus cuerpos estaban tan juntos el uno con el otro que Allen no hizo más que ruborizarse. Y esta vez sí que era de vergüenza. Su corazón había comenzado a latir con fuerza.
—¿Por qué me miras así, Moyashi?—Preguntó Kanda, sonriente.—Cualquiera diría que te emociona que te tenga así. ¿Acaso eres masoquista?
—N-¡no!—Allen empujó a Kanda para que le soltara los hombros, y se incorporó con rapidez.—No soy masoquista... No inventes cosas raras, ¿quieres?
Sabía que estaba rojo. Sabía que estaba gritando demasiado y su voz era demasiado chillona. Y sabía que su reacción había sido muy exagerada. Y oh, Dios, Kanda se estaba riendo de él en ese instante.
—¡Voy a ducharme!—Gritó, mientras cerraba la puerta del baño tras de si. Cuando la hubo cerrado, apoyó la espalda contra la puerta y se dejó caer, hasta quedar sentado en el suelo. Suspiró, en un momento había perdido toda la energía de antes, y se sentía muy cansado.
Su brazo derecho le dolía horrores. Se quitó la chaqueta con cuidado y se dio cuenta que tenía la manga de la camiseta empapada de sangre. Con cuidado también, se quitó la camiseta. Y se fijó en su brazo, donde las laceraciones que le habían producido los grilletes destacaban sobre la pálida piel de su muñeca.
Luego contempló la venda que cubría su brazo, ahora llena de sangre. Se quitó la venda y hizo una mueca de desagrado al ver el estado de los cortes que le había hecho Leverrier con el cuchillo. Se había encargado de que los cortes formaran una sola palabra: TRAIDOR. El hombre se aseguró de que aquella palabra se quedara para siempre grabada en su piel, las heridas eran tan profundas que aunque sanaran sin infectarse, quedaría una horrible cicatriz.
—Mierda...—Murmuró.
Necesitaba curarse pronto, o se desangraría. Y entonces cayó en que se había dejado el botiquín en su maleta.
Cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta, se dio cuenta de que no podía salir en aquel estado, no con Kanda pululando por la habitación. Al parecer, tendría que pedir ayuda a Kanda.
—Kanda...—Dijo, golpeando la puerta.—¿Kanda, estás ahí?
—¿Qué quieres, Moyashi?—Respondió Kanda. Sonaba enfadado.
—¿Podrías hacerme un favor?
—No.
—Por favor... Sólo tienes que abrir mi maleta, sacar el botiquín que hay dentro y alcanzármelo. Lo necesito.
—Ven tú y cógelo tú mismo, idiota. No tengo por qué hacer nada.
Allen suspiró, y se dio cuenta de que la sangre estaba resbalando por su brazo y ya empezaba a manchar el suelo.
—Por favor, Kanda.—Dijo, suplicando. Odiaba tener que hacerlo, pero no tenía otra opción.—No puedo salir a cogerlo, y lo necesito urgentemente... Por favor.
Allen escuchó a Kanda quejarse y luego el sonido de pasos en el suelo de madera. Después de unos instantes que se le hicieron interminables, el japonés golpeó la puerta para que le abriera. Allen la entreabrió, de manera que el otro tan solo pudiera ver su cara y la mitad del cuerpo que no tenía ninguna herida visible.
Kanda estaba de pie, con el ceño fruncido y el brazo extendido tendiéndole el botiquín. Allen alargó su brazo izquierdo y cogió el botiquín. Sonrió, tanto de alivio como de agradecimiento. El bastardo de Kanda le había ayudado.
—Muchas gracias, Kanda.
—No hay de qué, estúpido Moyashi.—Respondió el japonés, dándole la espalda. Allen sonrió, y cerró la puerta.
Rápidamente se sentó en el suelo y abrió el botiquín. Sacó algodón, unas vendas y alcohol, lo poco que había conseguido de parte de la enfermera jefe. Se hubiera cosido las heridas, pero Leverrier se lo había prohibido, así que la aguja e hilo no estaban a su alcance.
Cogió el bote de alcohol y esparció el líquido por todos y cada uno de los cortes. Un quejido se le escapó de los labios, pero intentó no pensar en el dolor. Limpió los restos de sangre con el algodón, y cuando las heridas estuvieron limpias las vendó, apretando bien fuerte la tela alrededor del brazo.
Luego cogió un frasco de aquella bebida para el dolor, y se lo llevó a los labios. De un trago había acabado el frasco entero, y al momento pudo notar un alivio en el brazo y en su garganta. A cada hora que pasaba, ésta última parecía mejorar, o quizá tan solo fueran los efectos de tantas drogas.
Antes de salir, limpió la sangre del suelo y recogió la venda vieja. Se los metió en el bolsillo de la chaqueta, ya los haría desaparecer después. Fuera estaba Kanda esperándolo, de pie.
—Moyashi, vamos.
—¿A dónde?—Preguntó Allen, sin entender muy bien.
—Joder, tío, ¿tú estás de vacaciones o trabajando?—Respondió Kanda, frunciendo el ceño.—Vamos a investigar, ¿o pensabas tocarte los...
—Vale, vale.—Cortó Allen, agitando los brazos.—Vamos a investigar.
Tan sólo eran las cinco de la tarde, pero ya había oscurecido por completo. A pesar de que el pueblo era muy pequeño, se habían pasado el día recorriéndolo de parte a parte, buscando alguna pista sobre la Inocencia o sobre los Akuma, pero no habían dado con nada. La gente del lugar tan sólo evadía las preguntas, y los que sí se dignaban a responder, tan solo se dejaban llevar por la superstición.
—¡Es el demonio fantasma de la esposa muerta de Vladimir!—Decía una mujer. Aquello les hizo pensar en un Akuma, pero cuando fueron a preguntarle al tal Vladimir éste les contó que en su vida se había casado. Kanda casi mata a aquella mujer con Mugen, de no ser por las súplicas de Allen.
Ahora se encontraban en el bar. Era un lugar bastante cálido, lleno de mesas y con una enorme barra de madera llena de bebidas de todas las clases. Todos los habitantes del pueblo se habían reunido para tomar algo, hablar y echar un vistazo a los dos jóvenes exorcistas.
Resultó que el tal Vladimir era el dueño del bar, y en cuanto los vio pasar por la puerta les hizo sentarse en la barra junto a él.
—Decidme chicos, ¿qué queréis tomar?—Preguntó, señalando las botellas. Allen negó con la cabeza.
—Lo siento, no bebo. Pero muchas gracias.—Dijo, con una sonrisa.
—¿Tienes vodka?—Preguntó Kanda. Allen abrió los ojos, sorprendido. Conocía a Kanda demasiado bien, y sabía que no bebía. El hombre asintió, y al momento le había servido una copa.
—¿Desde cuándo bebes?—Preguntó Allen, con la boca abierta. Kanda dio un sorbo a su copa y le miró, frunciendo el ceño.
—¿Y a ti que te importa?
—No, en serio. ¿Te gusta beber, Kanda?
—Ay, Dios.—Kanda suspiró, y se acercó a su oreja, para susurrarle.—Mira. Esa gente nos ve como extraños. No responderán nuestras preguntas si no nos hacemos pasar por alguien como ellos. Y yo hago lo que hacen. Beber. No pienso relacionarme con esos gilipollas, así que si no levanto sospechas respecto a eso mejor para mí.
Allen miró a Kanda, sorprendido. La lógica del japonés era bastante buena, le había dejado boquiabierto. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si estaban en un pueblucho alejado de la mano de Dios, demonios!
Kanda lo miró, y alzó una ceja al ver su reacción. Se volvió a acercar a él.
—Ni siquiera estoy bebiendo, ¿sabes? En cuanto nadie mire tiraré lo que haya en ese vaso. Y ahora, deja de hacer esa cara de estúpido, y déjame solo. Ve a hacer amigos, ¿quieres?
Allen le hizo caso, por primera vez en mucho tiempo se sentía idiota al lado de Kanda. Se acercó a un grupo de hombres que hablaban e intentó entrar al grupo. Al instante ya tenía el brazo de uno de ellos sobre los hombros y el aliento a alcohol de otro en la cara. Intentó no desmayarse y comenzó a hablar con ellos, como si fuera "uno más".
Mientras, Kanda tiraba parte de la bebida al suelo, disimuladamente. Y sintió que alguien lo observaba. Desvió la mirada hacia su derecha, y ahí vio a dos chicas, apartadas del resto de personas, cuchicheando entre ellas y mirándolo sin ningún tipo de disimulo. Una de ellas, de rizos rubios y un vestido rosa, le sonreía de forma coqueta. No pudo evitar alzar una ceja. La otra miraba al Moyashi como si pensara devorarlo de un momento a otro.
Estaban teniendo éxito entre las damiselas, pensó.
El tiempo pasó, y pronto el Moyashi estuvo de nuevo a su lado. Venía tambaleándose y con la cara roja como un tomate.
—¡Kandaa! ¡Hip! Tengo... Tengo sueño...—Dijo, por su tono de voz estaba borracho como una cuba. Se le tiró al cuello, abrazándolo, sin importarle los empujones de Kanda.—¡Vamos a dormir!
—Joder, ¿no eras tú el que no bebía?
—Sólo fue... Una copita... ¡Hip!—Kanda lo empujó, el Moyashi le había echado el aliento en la cara y el olor estaba empezando a marearlo. Sin embargo, el chico se había pegado como una lapa, y no se conseguía separar de él.
—¿Una copa de absenta, quizá? Suéltame, Moyashi.
—¡No!—Allen se pegó más a él, enterrando su cara en el cuello del japonés. Éste lo apartó con más fuerza, y consiguió separarlo de él. El Moyashi lo miró frunciendo el ceño, e hizo un puchero.—¡Eres malo Ka...¡Hip!
—Será mejor que nos vayamos... Por tu culpa están sospechando.
Agarró con fuerza al Moyashi del brazo derecho y lo arrastró fuera del bar, sin dejarle despedirse de nadie. Cuando salieron fuera, se echó hacia atrás por un instante. El frío era helador. Sin embargo, el Moyashi iba feliz, ajeno a todo, con una sonrisa tonta en el rostro.
De camino al hotel, Allen se cayó varias veces al suelo y a Kanda le tocó recogerlo, e incluso hizo un amago de ponerse a orinar en la puerta de la iglesia. A Kanda le tocó llevarlo a rastras.
—Moyashi... Algún día te quemarán en la hoguera.
A Kanda le tocó llevar a Allen en brazos hasta la puerta de su habitación, al chico le había entrado tal ataque de risa que no tenía fuerzas ni para subir las escaleras. Cuando entraron, lo dejó tumbado sobre la cama, aunque Allen no parecía tener esos planes. En cuanto Kanda empezó a quitarse la chaqueta, se cayó de la cama.
—¡¿Pero qué?!
Kanda lo volvió a tumbar sobre la cama. Le sangraba la nariz, pero seguía feliz como una perdiz. Como un idiota, diría Kanda.
—Escúchame, Moyashi.—Dijo Kanda, intentando mantenerlo quieto en su asiento. Parecía un niño pequeño, pensó.—¿Qué demonios te has tomado?
—Aaaaaah...
—Responde.
—Yo... ¡Sólo fue una copa...! Me la dio aquella chica tan... Guapa...—Allen se sentó, llevándose un dedo a los labios. Kanda lo miró y no pudo evitar pensar en lo tierno que se veía. Agitó la cabeza, maldiciéndose a si mismo por pensar en esas cosas.—Dijo que era... ¡Hip! Un cóctel de... Aaaah...
—¿De qué?
—¡No sé!—Dijo, y estalló a carcajadas. Kanda se golpeó la frente, demasiadas emociones en una noche.
—Moyashi... Eres gilipollas. ¿siempre has sido así de tonto?
—Kanda... ¡Eres malo!—Dijo Allen, y su rostro cambió de una expresión alegre a una bastante deprimente. Le temblaba el labio.
—Ay Dios... Duerme la mona un rato, ¿quieres?—Kanda se disponía a levantarse y quitarse la ropa, pero unas manos lo cogieron de las solapas de la chaqueta y lo obligaron a quedarse junto al Moyashi, quien lo miraba con ojos llorosos.
—Kanda... Eres muy malo conmigo... Y-yo...
—Que sí, que sí... Venga, quítate la ropa y ponte a dormir.
Allen no quiso hacerlo por si mismo, así que Kanda lo agarró para que no se moviera y le quitó los zapatos. Después le intentó quitar la chaqueta, pero cuando le agarró el brazo izquierdo para sujetarlo, el chico empezó a gritar de dolor. Extrañado, se preguntó qué demonios le estaba pasando. Pero el Moyashi tan sólo comenzó a llorar más fuerte y se alejó rápidamente de Kanda, asustado. El japonés alzó la mano para cogerlo, pero el otro temblaba más y más.
—¡K-kanda! Eres muy... Malo... ¡Déjame!
—¿Pero qué he hecho?—Preguntó Kanda, alzando una ceja.
—¡Todo! Lo hago todo por ti, y tú... ¡Todo esto es por tu culpa! Me hace daño... ¡Hip!
—Ay Dios... Pero si yo no he hecho nada, joder.—Dijo Kanda, defendiéndose. El Moyashi lo miró, con los ojos llorosos, y al momento siguiente estaba golpeándole con una furia impropia de él.
—¡Todo es tu culpa! ¡Malo, estúpdio, idiota! ¡Esto es por tu culpa!—Kanda lo agarró de los brazos, intentando pararlo, y Allen volvió a chillar de dolor. Definitivamente no comprendía nada.
—Joder, ¿estás loco? No recuerdo...
—¡No recuerdas nada!—Allen siguió llorando, desfogándose. Kanda lo miró, paralizado, embargado por la sorpresa. Había algo... Había algo en todo el asunto que le resultaba tremendamente familiar.—¡Mierda, mierda! ¡No recuerdas absolutamente nada! ¡Yu! ¡Quiero... A mi Yu... De vuelta!
—Pero...
Allen no respondió, se quedó mirándolo con lágrimas en los ojos y con los dientes apretados de furia. Y entonces se quitó la camiseta, revelando a Kanda su cuerpo lleno de marcas de ataduras y algún que otro moratón. Y luego empezó a quitarse la venda de su brazo derecho, que estaba llena de sangre. Cuando su brazo quedó completamente descubierto, se lo extendió a Kanda, que miró los cortes con horror. Estaban todavía frescos, y goteaban sangre.
—¡Todo es tu culpa!—Gritó Allen.—¡Por tu culpa soy un maldito traidor! ¡Por tu culpa me están...! ¡Y tú no recuerdas nada! ¡Todo lo tengo que aguantar yo, estoy harto!
Kanda quiso hacer preguntas, quiso preguntarle a qué se refería con todo ello. También quién le estaba haciendo aquellas cosas, qué era lo que se suponía que había olvidado. Pero en cuanto terminó de gritar, el Moyashi cerró los ojos y cayó sobre el colchón, agotado. Kanda se acercó y lo examinó más de cerca. Dormía como un bebé. Se lamía los labios en sueños y murmuraba cosas.
—Dangos... Dan... ¡Dango!
Era de esperar que soñara con esas cosas, pensó Kanda. Suspiró. No entendía nada.
Sin embargo, no pudo evitar que una pizca de preocupación se le implantara en la cabeza. Una pizca, tan solo. Por Dios, era Yu Kanda, el tipo más frío de toda la Orden.
Aun así, había algo en las palabras del Moyashi que le había tocado la fibra. Sentía, y tan solo era una suposición, que sus palabras tenían algo que ver con aquella extraña sensación que lo acompañaba día tras día.
O quizá no. Quizá el Moyashi tan solo estaba loco, y con el alcohol lo acentuaba más.
Aunque esas heridas de su brazo... Y la palabra que formaban... Daba escalofríos.
Decidió no pensar más en ello. De momento, dormiría.
Se dirigió al baño y allí se quitó la ropa hasta quedar en sólo unos pantalones. Luego se acercó a la palangana de agua para lavarse las manos y le dio un trago. Luego volvió a la cama, y se tumbó en su lado. Cuando iba a apagar las luces, se fijó en el brazo del Moyashi y pensó que si no lo vendaba, mañana amanecería sin compañero. Sería demasiado papeleo que arreglar en cuanto llegara a la Orden.
Antes de dormir, le curó el brazo a Allen, con cuidado de no despertarlo. Se sorprendió de encontrar en el botiquín una gran cantidad de frascos para el dolor tan efectivos que paralizarían a un caballo. Se deshizo de las vendas viejas y guardó el botiquín, y después volvió a meterse bajo las mantas.
Apagó las luces, aunque la luz de la luna seguía iluminando la habitación. Intentó dormir, pero sin embargo el sueño no venía. A su lado, el Moyashi murmuraba nombres de comida en sueños. Entonces se preguntó a qué venía la reacción del chico, y a qué se refería con todo lo que había dicho. Definitivamente, le pasaba algo. Esas marcas... Y esas heridas... Horribles. Se preguntó en qué estaría metido aquel chico que dormía a su lado, y qué tenía que ver él en todo eso. Probablemente nada, si tuviera algo que ver lo recordaría... ¿verdad?
Se dio la vuelta en la cama. El Moyashi estaba frente a él, durmiendo a pierna suelta. Si hace un rato estaba llorando y balbuceando incoherencias, ahora parecía que hubieran pasado siglos de aquello. Tenía que reconocer que el Moyashi era bastante mono. Muy... Adorable.
Se preguntó cómo es que no había visto a un chico como él antes en la Orden, es decir, unas pintas como aquellas no se le pasarían por alto así como así, y sin embargo todos parecían conocerle menos él.
¿De dónde habría salido un chico como aquel?
¿Y por qué sentía como si lo conociera desde hacía mucho tiempo?
¡Hola hola! Disculpen la tardanza... Los eché de menos, no crean. ¿Se acuerdan de mi anterior nota de autor? ¿De aquel examen de mates? Bueno... Lo suspendí. Y me castigaron sin PC. Me dio tiempo a actualizar mi otra historia, pero nada más. Tranquilos, he aprobado mates, así que me tendrán publicando historias más a menudo. Respecto a mi otra historia... Tengo que corregir muchas cosas. Así que de momento no la actualizaré. (Lo siento por los que la estén leyendo y esperen nuevo capítulo pronto).
Bueno... ¿Qué les pareció el cap? Sí, tenía ganas de hacer a un Allen borracho, y cuando está borracho... Me lo imagino como una criatura infantil y melodramática xD. Recuerden criticarlo todo lo que quieran, y no duden en escribirme su opinión en los comentarios, ¡necesito saber de mis lectores!
A ver si Kanda por fin empieza a espabilar... Algo sospecha ya, pero no sé... e.e
Bueno, me voy ya que tengo que seguir con el Reconnect de Dmmd (Kojakuuuuu 3). Au revoir mes amis!
Ah si, ¡feliz Navidad! Y feliz Año Nuevo, que ya es mañana. Que les hayan regalado muchas cosas 3.
Con todo su amoroso amor,
Dolly.
P.D: ¡Necesito críticas, necesito Reviews! Escríbanme algo, por corto e insulso que sea, ¡porfaa! Denme un tomatazo si hace falta.
