La Mangosta Roja.
Prólogo: UA. Posguerra. Dos años después de la batalla final, Zuko descubre una amenaza latente en la parte baja de Ba Sing Se: un grupo de rebeldes liderados por un viejo y poderoso enemigo. Junto a Katara, deberá hacer todo lo posible para eliminar esa amenaza.
Disclaimer: Avatar, The last airbender es propiedad exclusiva de Nickelodeon y de sus creadores, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. No obtengo ningún beneficio económico con esta historia.
La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.
Benjamin Franklin, estadista y científico estadounidense.
La habitación de invitados que Toph le había asignado a Katara era grande y espaciosa, con una gruesa moqueta de color melocotón. Tenía cortinas con volantes y muebles antiguos, y una inmensa cama con dosel. De las paredes colgaban cuadros con marcos dorados: pinturas de paisajes, de animales y de plantas. Divisó un pequeño ramo de lirios amarillos en un jarrón de cristal y se dio cuenta de que el aire estaba cargado del aroma de las flores. Le pareció un adorno adecuado; representaba hospitalidad.
Se volvió de espaldas a la ventana y se quitó el vestido con cuidado. Después, se dirigió al armario de roble, abrió las puertas cubiertas de espejos y lo colocó en una percha de madera. Tenía algunas arrugas a la altura de los muslos, pero, a pesar de todo, estaba en perfectas condiciones. Toph le había prestado un camisón de seda color marfil con ribetes de encaje blanco y mangas abultadas. Creyó que nadie lo había usado hasta entonces.
Se puso el camisón y se miró en el espejo. La tela terminaba por encima de la rodilla y apenas llegaba a taparle el trasero. Parecía un disfraz mitad cortesana, mitad suripanta. ¿En qué había estado pensando? Ella casi medía un metro setenta, pero Toph no medía ni uno cincuenta; era lógico que no fuera de su talle.
Se metió en la cama y se acurrucó hecha un ovillo. No extrañaba para nada el viejo y apestoso futón de la taberna. El juego de cama era digno de una princesa: las sábanas eran blancas y las almohadas muy blandas. El cubrecama azul lavanda había sido plegado cuidadosamente anticipando la llegada de un visitante. ¿Qué tipo de personas habrían dormido allí anteriormente? ¿Nobles del Reino Tierra? ¿Poderosos terratenientes? Era difícil de imaginar.
Alguien llamó suavemente a la puerta.
—Katara, soy yo —dijo Zuko en voz baja—, ¿puedo pasar?
¡Maldición!
Katara se incorporó sobresaltada, tomó la almohada precipitadamente y se cubrió los muslos con ella. Nada que no debía verse quedo a la vista.
—Adelante.
Zuko entró en la habitación. Ella podía reconocer su silueta claramente, recortada contra la luz, aunque los rasgos de su rostro permanecían ocultos. Llevaba unos pantalones holgados y una camisa blanca desabrochada.
—No quería despertarte, pero tenemos que hablar de algo.
—No hay problema, todavía estaba despierta. ¿Qué pasa?
Él dio unos pasos en su dirección y se detuvo a los pies de la cama. Sus ojos recorrieron la habitación.
—Qué raro, ¿tu cuarto no tiene balcón?
—No, no tiene. ¿El tuyo sí?
—Ajá. Uno enorme y lleno de lirios —señaló las flores con el mentón—. Los míos son de color violeta, creo.
—El Señor del Fuego Zuko merece sólo lo mejor —bromeó—. Es lo más razonable.
Él le lanzó una sonrisa burlona y alzó la nariz con gesto altanero.
—¿Qué puedo decir? La fama me precede.
Katara soltó una risita.
—Oh, cállate de una vez.
—Si quieres —le ofreció el brazo galantemente—, puedo enseñarte el balcón.
—Eh… No creo que sea una buena idea.
—¿Por qué?
—Bueno, ¿ves este camisón? —él alzó su única ceja. Katara estaba sentada con las piernas cruzadas, tapándose la ingle con la almohada. Vestía un blusón ligero y entallado, que casi no dejaba nada a la imaginación—. No es muy apropiado para andar por ahí.
«No es muy apropiado para nada», pensó.
—¿Esa cosa es de Toph?
Katara se mordió el labio para ocultar una sonrisa.
—A mí también me sorprendió, seguramente es un regalo de su madre. ¿Y tú? ¿De dónde sacaste eso?
—De uno de los guardias. No quería que el señor Bei Fong me prestara su pijama.
Ella volvió a reír y observó su torso. La superficie de su piel se veía desde el cuello hasta los contornos de su pecho y, bajo la camisa, se dibujan con nitidez los músculos de los bíceps. Zuko no era un hombre especialmente robusto —no tanto como La Roca, por lo menos—, pero sí tenía un cuerpo agradable. La rugosa cicatriz de su pecho parecía brillar a través de la ropa.
—Nunca te había visto de blanco —mencionó—. Te queda muy bien.
—Eh… Gracias.
—¿No deberías decirme que también me veo bien?
Él hizo una pausa.
—¿De verdad quieres que te diga cómo te ves?
Eso sonó como una amenaza.
—No, creo que no será necesario. ¿Y bien? ¿Qué era eso que querías decirme?
—Bueno —carraspeó—. No quería inquietar a Toph, pero… no lo sé, nuestra situación me preocupa. No hemos hecho ningún avance todavía. ¿No deberíamos haber descubierto ya alguna cosa?
—Tu hermana no es tonta, Zuko, no va a dejar un rastro de migajas para que el Avatar la encuentre. [1]
—Ese es el problema, es demasiado inteligente. ¿Recuerdas aquella vez que se infiltró en la ciudad vestida como Suki?
Ella se encogió de hombros. Por supuesto que lo recordaba.
—Quizás sólo debemos tener paciencia. Nunca se sabe, tal vez las cosas mejoren pronto.
—¿Y si no? ¿Y si nunca mejoran? No puedo creer que tenga que volver a lidiar con Azula. Después de todo este tiempo, después de todo lo que pasó, realmente pensé que la vida sería más fácil.
Zuko la miró con ojos tristes, frotando su pie contra la moqueta. Podía entender su abatimiento.
Katara sacó las piernas por un costado de la cama y se acercó a él, olvidando por un momento el asunto de la almohada.
Apoyó una mano en su hombro para reconfortarlo. Parecía tan vulnerable y confundido. Se estiró sobre las puntas de los pies y deslizó los brazos alrededor de su cuello. ¿A quién le importaba con qué tendrían que vérselas más tarde? Sentía que, irremediablemente, se adentraban cada vez más en terrenos desconocidos. Enterró el rostro en su pecho y dejó que Zuko la abrazara. Él levantó las manos hasta los brazos de Katara, quien por un momento llegó a pensar que iba a apartarla de su lado, pero lo que hizo fue estrecharla contra él. La estrechó durante mucho tiempo —y quizá con demasiada fuerza—, sin hacer nada más, mientras a ella el corazón le latía con fuerza.
Notó su aliento en el pelo, haciéndole cosquillas.
—Todo saldrá bien —murmuró finalmente, bajando la voz a cada palabra. No sabía por qué, pero tenía muchas ganas de llorar.
Sus labios encontraron su oreja.
—Gracias, Katara —le susurró al oído.
Sintió la mano de Zuko, tímida al principio, que le acariciaba suavemente la espalda. Katara hundió los dedos en su cabello y dejó escapar un suspiro. Su pecho subía y bajaba con un ruido lejano y confuso. Era el abrazo más extraño y agradable que alguien le había dado jamás.
Se separaron. Ella miró el piso. Él la miró a ella.
—Casi me olvidaba de decirte algo importante: Natsu sabe que soy de la Tribu Agua.
Su comentario lo devolvió a la realidad.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabe?
—Encontró el collar de mi madre y reconocido el tallado. Ya sabes, el del Agua Control.
Zuko entrecerró los ojos.
—¿Estuvo husmeando en nuestras cosas?
—Eso parece.
—Vaya, entonces era cierto.
—¿El qué? —preguntó.
—Mi tío tuvo una especie de… relación con ella. Es difícil de explicar, pero creo que sucedió durante el asedio de Ba Sing Se. Sea como sea, la cosa es que me dijo que tenga cuidado con ella. Es bastante perceptiva.
—¿Y hasta ahora me lo dices? ¿Qué vamos a hacer?
—No creo que debamos preocuparnos por nada. Si no nos metemos en sus asuntos, ella tampoco se meterá en los nuestros. No creo que sea la clase de mujer que le gusten los conflictos.
—¿Eso es todo? ¿No vamos a hacer nada?
—Estoy abierto a sugerencias, si tienes otro plan.
Katara se devanó los sesos en busca de una idea, pero no se le ocurrió ninguna.
—No tengo —admitió finalmente, y entonces cayó en cuenta de lo expuestas que estaban sus piernas en realidad. Se aferró al dobladillo del camisón. Miró atrás, en dirección a la almohada, y después volvió la vista hacia él. Zuko mantenía la mirada fija en su rostro. Katara regresó a la cama, caminando hacia atrás para esconder su trasero.
—Siento haberte obligado a bailar conmigo está noche —confesó—. Es evidente que no te gustan esas cosas.
Zuko esbozó una sonrisa y cruzó la habitación. «¿Me puedo sentar?», le preguntó, señalando el cubrecama. Katara se apartó para dejarle espacio, subió los pies a la cama y se abrazó las rodillas. Él se sentó a su lado. Sus brazos se rozaban ligeramente.
—No estuvo tan mal. Es sólo que no estoy acostumbrado.
—¿Ah, no? ¿Y que hay de los bailes reales? ¿No tienes que participar en esos eventos?
—Bueno, sí, técnicamente. Aunque siempre puedo fingir una enfermedad.
Ella torció el gesto.
—Eso no es correcto. No puedes desentenderte de tus obligaciones.
—¿Crees que estaría aquí si realmente me desentendiera de algo?
Buena pregunta.
Se aclaró la garganta.
—No, creo que no. Aunque sí fue un poco irresponsable haber ido a esa fiesta.
—Por parte de ambos —agregó él—. Sólo quería que te distendieras un rato. Estabas muy cansada y nerviosa.
—¿Yo? —soltó una risotada— ¡Tú estabas insoportable! Cuidado con esto, cuidado con aquello. No dejabas de fastidiarme.
Zuko miró el techo. Tenía cara de cansado.
—Puede ser, pero mientras estemos en Ba Sing Se, yo tengo que cuidarte.
Algo en aquella frase la hizo sonreír. Le pasó el brazo por la cintura y reclinó la cabeza sobre su hombro.
—¿Sabes? No necesito que nadie me cuide, soy una chica grande, pero… gracias, por hacerlo de todos modos.
La criada entró en el comedor, llevando una bandeja grande de plata cargada con una tetera, unas tazas y una cesta llena de buñuelos con chocolate. Dejó el contenido de la bandeja sobre la mesa y se retiró de la habitación con una reverencia. Toph tomó un buñuelo, se lo llevó a la boca y le dio un mordisco, masticando vigorosamente. Zuko la observó comer, impresionado, no era para nada femenina.
—¿Quieres? —preguntó con la boca llena.
Él examinó la cesta receloso.
—Eh… no gracias.
Ella se encogió de hombros y exclamó: «¡Más para mí!».
Por ser educado, tomó un sorbo de su taza.
—¿Sueles ir seguido a esa parte de la ciudad?
—Tanto como puedo. Estoy cansada de la aristocracia, de los modales y todo eso. Es muy aburrido, aunque tú ya lo debes saber, Señor del Fuego Zuko.
—Lo sé —sonrió—. Es un poco abrumador, a veces, pero tampoco es tan malo.
Toph se apartó el flequillo de los ojos. Tenía un poco de chocolate en la barbilla.
—Quizá no lo sea para ti. Nadie te dice lo que tienes que hacer. ¡Oh! Tenemos compañía. Buenos días, Katara. ¡Uau, te ves estupenda!
—¿En serio? Muchas —de repente, recordó que su amiga era ciega—. Ja-ja, muy gracioso, Toph.
Katara se sentó junto a Toph, frente a Zuko, que bebió otro sorbo de su taza. Ahora, por lo menos, traía puesto un batín.
Ella se sirvió un poco de té, tomó un buñuelo y entero se lo introdujo en la boca.
Notó que Zuko la observaba.
—¿Qué? —inquirió a la defensiva.
—Nada, sólo me estaba preguntando a qué se debía la extraña adición que las chicas tienen con el chocolate.
—Para tu información, el chocolate tiene un poder antidepresivo y tranquilizante mucho mayor que cualquier infusión.
—Y sabe bien —agregó Toph, sonriendo de oreja a oreja.
Zuko hizo un mohín, se puso de pie y flexionó un brazo hacia atrás por el lateral de la cabeza hasta tocar con la mano el omoplato contrario. Cogió el codo flexionado con la otra mano y lentamente tiró de él hacia abajo. Luego, rotó la cabeza de izquierda a derecha. Su cuello emitió un tronido.
—¿Puedo entrenar en el parque? Hace quince días que estoy holgazaneando.
—Sí, seguro, diviértete. Sólo intenta no prender fuego mi casa, ¿quieres?
—Haré lo que pueda.
—Recuerda: tenemos que volver a La Mangosta Roja. Así que apresúrate.
Toph chasqueó la lengua y se volvió hacia Zuko.
—Tú tomate todo el tiempo que desees. Yo ya me encargué de ese asunto.
—¿Cómo que te encargaste de él? ¿Qué hiciste, Toph?
—Nada malo, si es lo que insinúas —simuló una expresión inocente—. Envié un halcón mensajero avisando que volverán al anochecer.
—No podemos quedarnos tanto, Toph. Natsu nos espera.
—Vamos, Katara. Sólo serán un par de horas más.
Katara interrogó a Zuko con la mirada. Este vaciló; pero al cabo de una breve pausa dijo resueltamente:
—Katara tiene razón. No podemos quedarnos.
—¡Bien! —exclamó con tono acusador—. Abandonen a la niña ciega.
Katara le pasó un brazo por los hombros, pero ella lo apartó bruscamente.
—Almorzaremos aquí, pero luego nos iremos.
—De acuerdo —resopló ella.
Zuko cerró los ojos, colocó una mano sobre su abdomen e inspiró profundamente. Sentía cómo se desplazaba el diafragma, permitiendo la expansión de la caja torácica. Los hombros y el pecho no se movían. Exhaló despacio y sintió cómo el diafragma volvía a su lugar. Inspiró profundamente por segunda vez y se concentró en la respiración. La respiración diafragmática consumía menos energía que la pectoral. Como un buen Fuego Control era el resultado de una buena respiración, los ejercicios respiratorios eran uno de los primeros pasos más importantes para los Maestros Fuego que comenzaban. Él no era un principiante, por supuesto, pero de todas formas le gustaba tomarse unos minutos para realizar los ejercicios de básicos de calentamiento.
Notó que la energía fluía con suaves impulsos a través de su cuerpo. Miró hacia arriba. El sol se encontraba en el punto más alto del cielo.
Comenzó a entrenar.
Lanzó un puñetazo al aire, como peleando con un enemigo invisible, y generó una pequeña pero extensa bola de fuego. Las llamas se disolvieron en el aire. Luego, practicó los misiles flameantes, y dio varios golpes giratorios, creando aros y anillos de fuego. Pasó una hora y media disparando chorros de fuego de las huellas de los dedos, creando látigos y dagas, y en una oportunidad, casi incendió las tupidas ramas de un abeto que se hallaba junto a la entrada.
—Eso estuvo cerca —oyó que le decía una voz a sus espaldas.
Zuko se giró. Katara estaba ahí, sosteniendo en las manos dos frutos con forma elipsoidal.
—Creí que quizás te gustaría un refrescante jugo de sandia muy helado.
Zuko se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y se acercó a ella con aire de satisfacción. Hasta ese momento no se había dado cuenta de la sed que tenía. Tomó una de las frutas y le quitó el popote.
—¿Siempre observas a la gente cuando entrena?
—No siempre. Sólo cuando tengo ganas de participar.
Zuko se tumbó de espaldas sobre la hierba y Katara se sentó con las piernas cruzadas, al estilo de los indios. Era un día verdaderamente espléndido, con un sol resplandeciente y unas cuantas nubes algodonosas en el cielo. El viento mecía suavemente las ramas de los árboles desatando una melodía que invitaba a relajarse. El ambiente era muy ameno y, afortunadamente, el calor no era tan extenuante como en otros días.
—Lamento decepcionarte, pero no peleare contigo. Te quieres aprovechar de mi cansancio para patearme el trasero, no creas que no lo sé.
—Me atrapaste —rió—. Eres muy intuitivo para ser un Maestro Fuego.
—Y tú muy ingenua.
A Katara no pareció gustarle esto, puso una expresión desagradable y le pellizco el brazo muy fuerte.
—¡Ouch! ¿Por qué hiciste eso?
—Por que te lo merecías. Si hasta ahora no sabes que no es prudente provocar a una Maestra Agua, algo anda muy mal en tu cabeza.
—Mi cabeza está bien, gracias por tu preocupación. Aunque —se incorporó— te puedo mostrar una nueva técnica, si quieres.
—¿Qué técnica?
—Bueno, todavía no tiene nombre. Yo la inventé, ¿quisieras verla?
Ella asintió con la cabeza, intrigada. Zuko extendió la mano derecha, con la palma hacia arriba, y una flama pequeña surgió de su piel. La llama se volvió de color amarillo pálido y se hizo más alta. Parecía una antorcha débil y brillante.
—Tócala —le ordenó.
Katara alzó las cejas hasta el nacimiento del pelo. Debía ser una broma. Frunció los labios y miró a Zuko. Su expresión era tranquila, impasible, y sus ojos le parecieron más oscuros que nunca.
—¿Confías en mí? —le preguntó, al notar su vacilación. Ella volvió a asentir—. Entonces, tócala, no te quemaras.
Katara alargó una mano temblorosa, mientras alzaba la vista para mirarlo, y hundió rápidamente los dedos en la llama. El fuego se percibía como una brisa cálida. No quemaba, no ardía ni dañaba. Era suave y benigno, como el agua caliente. Recordó el dolor que había sentido cuando Aang la quemó por accidente, y se preguntó por qué no sentía lo mismo. Estaba sorprendidísima.
—El fuego es energía, el calor que cada persona lleva en su interior. Quería saber si podía hacer algo que no lastimara. Ya sé que parece una técnica inútil pero…
—Es genial —lo interrumpió—. Nunca pensé que esto fuera posible.
El agua trae curación y vida, pero el fuego trae sólo destrucción, dolor y muerte; fuerza a los que llevamos esta carga a caminar al filo de la navaja entre la humanidad y el salvajismo. Finalmente, somos destrozados. [2]
Ella giró la mano para quedar palma con palma y enlazó los dedos con los de él. El fuego se extinguió, pero pequeñas flamas doradas lamieron las junturas.
—Ser un Maestro Fuego es un asunto complicado.
—Lo sé. Es decir, no lo sé. Sí lo sé y no lo sé. No lo sé con exactitud, pero siento que sí lo sé. El primer maestro de Fuego Control de Aang se llamaba Jeong Jeong, y fue alguna vez un gran almirante de la fuerza naval de tu nación. Él tenía ciertos… sentimientos encontrados con respecto a su poder.
—¿Jeong Jeong? Sí, lo conozco. Es miembro de la Orden del Loto Blanco.
—Ajá. Como sea, me parece verdaderamente genial que hayas creado algo como eso —repitió—. ¿Qué nombre le pondrás?
—Hummm... no sé —miró al cielo, sus ojos brillaban como carbones encendidos—. ¿Qué nombre le pondrías tú?
—Pues… —se frotó la nuca—, no soy muy buena para estas cosas, la verdad.
—Haz el intento.
—Bueno… ¿qué te parece El Fuego Benigno?
Él se echó a reír. Katara apartó su mano.
—¡Te dije que no era buena para esto de los nombres! —exclamó ruborizada.
—Lo siento, lo siento —se enjugó una lágrima, procurando contener la risa—. No estaba tan mal.
—Bah, cállate —Katara le dio un sorbo postrero y ruidoso a su popote, con el ceño muy fruncido—. Eres un odioso, ¿lo sabías?
[1] Alusión al cuento de hadas Hansel y Gretel. Me pareció divertido comparar a un niño tan inocente como Hansel con Azula XD
[2] Jeong Jeong, El Desertor.
Notas del Autor: Siento como si me hubiese tardado toda la vida en publicar este capítulo, ¡perdón! Pero quería hacerlo más largo y lo tuve que revisar muchas veces porque no quería que me fuera a quedar mal.
Bueno, divagué un poco, ¿no? XD Igual me pareció divertido y adecuado. ¡A partir de los siguientes dos capítulos se complica todo!
Gracias a KaoruB por ese maravilloso, maravilloso review, comentarios como el tuyo me animan a seguir escribiendo y a no abandonar. ¡Muchas gracias!
Y para responder a la pregunta de isabelmasen, el final de Harry Potter la verdad no me gustó. Esperaba otra cosa, algo así como un broche de oro. Aunque la serie estuvo buena de todas formas, la prefiero antes que a otras series que hay ahora. La película todavía no la vi, la voy a ver mañana con una amiga, y, ¡a propósito! Voy a ser testigo de un casamiento el año que viene, ¿no es genial? :D
Gracias por leer ^^
Y gracias especialmente a Camila Fanel, Chris , 06kathy12, youweon, Tentacion Prohibida y a todos los reviewers frecuentes. ¡Son los mejores!
PD: La próxima historia la voy a publicar cuando termine esta.
